Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18


Recomiendo: What If Love – RHODES

.

Capítulo 13:

No los quiero perder

"Cierra los ojos ante la tenue luz

Y más tarde quiero soñar

¿Te quedarás conmigo?

(…) ¿Qué pasa si el amor es un sentimiento en el cual creer?

¿Qué pasa si el amor es un sentimiento que nos pone de rodillas…?"

¿Qué hacía llamándola? No podía ser cierto.

—¿Qué quieres? —espetó, sintiendo la rabia emerger de su interior.

—Bella, vamos, no me hables como si fuéramos desconocidos —siguió diciendo Jacob, usando un tono de voz amigable que le hacía recordar los primeros momentos en que ellos se conocieron.

—¿Te parece poco todo lo que me hiciste? —inquirió, elevando su voz.

Fue tanto que sintió algunos ojos acechándola.

—¿De verdad te parece poco? —Bajó la voz, manteniéndose erguida y muy orgullosa.

—Nenita, Pecosita… —decía.

—No me llames así —gruñó, siseando.

Para Bella, las heridas volvían a emerger. Recordaba todo lo mal que lo pasó, en especial cómo lo encontró con su colega en la cama que ellos compartían. Era grotesco, porque también destrozaba su autoestima, uno que había tenido que aprender a reconstruir con mucho esfuerzo.

Pecosita —insistió.

—Jacob, no quiero volver a saber de ti.

—Pero…

—Basta. Tendrás un hijo, yo no quiero saber de lo que vives o tu felicidad con esa mujer, me das asco…

—Yo sí quiero saber de ti, quiero verte. Te extraño tanto, Bella —susurró el hombre.

Bella no podía creer lo que escuchaba.

—Tú no me extrañas, estás loco. El que destruyó cada cosa que pude hacer por ti y darte fuiste tú y nadie más.

Ella seguía sintiendo rabia, una que la comía por dentro. No quería odiarlo, fue lo único que no se permitió porque la contaminaba, pero ahora no podía evitarlo. Era recalcitrante.

—No vuelvas a llamarme, ¿bien? —soltó, a punto de alterarse—. O voy a difundir tu maldito video con tu amante y madre de tu hijo por toda la red.

No, ya no lo guardaba. Aún le quedaba un poco de sororidad y no quiso hacerlo exclusivamente por la maldita de Lauren, que a pesar de todo era una par y a las mujeres siempre iban a juzgarlas más, sea por lo que sea.

Cuando cortó, metió de un solo empujón el móvil al bolso y luego se pasó las manos por la cara. Quería llorar solo de rabia, porque no podía creer que Jacob sintiera el derecho a llamarla con todos esos diminutivos luego de lo que pasó. "Pecosita", dijo.

Ash, qué rabia sentía.

Con el refunfuño en su garganta, se cruzó de brazos, queriendo patear algo. Sin embargo, prefirió respirar para que los pequeños no se dieron cuenta de que a Bella podían cagarle tan fácilmente el día. No iba a darle ese poder al imbécil de Jacob, de solo pensarlo le daba asco.

Edward regresó con su cámara profesional, una que acumulaba polvo desde que la había comprado. Emmett lo molestó durante meses porque sabía que era un asco para inmortalizar momentos, pero ahora era el momento y deseó que hubiera venido para demostrarle que de algo había servido el caro artilugio. Sin embargo, antes de poder seguir pensando en eso y de contarle a Bella respecto a la anécdota, notó de manera muy instantánea lo enojada que se veía. Algo la tenía muy colérica y esa expresión jamás la había visto antes.

—Hola, hermosa, ¿qué pasa? —preguntó, pasando su mano por su espalda.

Bella intentó tranquilizarse, abrazándolo y sintiéndose segura entre sus brazos.

—Nada, tuve una mala conversación, eso es todo.

—¿Con alguien de aquí? —Miró a su alrededor, contrariado, lo que a Bella le hizo sentir mucha ternura.

—No, es… —Suspiró—. Olvidémoslo, ¿sí?

Edward notó que lo que más quería era dejarlo pasar, así que le dio la chance.

—¿Quieres una fotografía? —le preguntó, dándole un beso tierno en la mejilla.

Bella le sonrió y se apegó a su pecho.

—Sí, me encantaría.

El Dr. Torpe hizo alarde de su apodo y la encendió mientras tambaleaba entre sus dedos, sin saber cómo seguir. Bella lo veía algo apresurado y nervioso, por lo que ella se rio y lo hizo por él.

—Eres tan torpe —le dijo al oído—. Por eso te quiero tanto.

Dejó que el lente hiciera su aparición y esta rápidamente hizo un sonido, a la espera de capturar el momento.

—Y yo te quiero también, mi Ojitos Marrones —respondió Edward—. Mucho.

Edward no pudo comportarse y simplemente le besó la coronilla, momento que Bella aprovechó para inmortalizar en la fotografía. Cuando revisaron, simplemente sonrieron y se dedicaron a besarse, manteniéndose románticos el uno con el otro, y sí, añorando un momento más a solas, repitiendo lo sucedido esa noche de Halloween.

Sintieron que alguien carraspeó detrás de ellos y se separaron. Era una mujer menuda de aspecto alegre.

—¡Hola! —exclamó, corriéndose el cabello. Venía con un hombre detrás—. Edward, qué sorpresa verte. Pensé que te la pasabas trabajando, pero en realidad veo que estás en romance. ¡Soy Ángela! ¿Y tú? —Miró a Bella, quién parecía sorprendida.

—Soy… Bella Swan.

—Y yo soy Ben. Qué alegría ver que mi ingrato amigo y colega esté tan enamorado —afirmó, mirándolo con los ojos entrecerrados.

Bella se giró a mirarlo, mientras que Edward estaba algo avergonzado porque, bueno, sí había sido un ingrato.

Ben era uno de sus mejores amigos y desde que el trabajo, la vida y el hecho de que ya poco o nada disfrutaba de lo bonito que era tomarse un descanso, no desde que perdió las ganas de hacerlo, había hecho que perdieran algo de contacto. Las únicas veces que estaban más cerca era cuando sus hijos se dedicaban a juntarse en los ensayos, pero no pasaban de fríos saludos. Ahora, con el amor y el que Edward sintiera ganas de disfrutar de lo bonito que era vivir, por sus pequeños y su Ojitos Marrones, hacía que todo fuera diferente, y sus amigos lo sabían.

—Bueno, sí, he sido mal amigo —dijo Edward, atrapando la cintura de su Bella.

—Eso está muy mal —le respondió ella, jugando.

Ben y Ángela se miraron, porque veían a su amigo tan feliz que no podían creerlo.

—¿Vinieron a ver el espectáculo de los pequeños? —inquirió la mujer, intrigada con la presencia de la chica.

Los dos asintieron, solo que Bella parecía más tímida. Ella de verdad no quería asumir un lugar en la vida de los pequeños y que eso significara romper con la imagen de Chelsea.

—Ava y Noah querían que estuviéramos aquí —dijo Edward, besando los nudillos de Bella.

Ángela y Ben volvieron a sonreír.

—Estoy tan contenta. —Ángela se puso las manos en el pecho, dio un paso hacia adelante y, casi de manera inconsciente, abrazó a Bella—. Gracias por venir.

Bella quedó tan sorprendida que por unos cuantos segundos no supo qué decir.

—Mis hijos están adentro, aprovechando de ensayar —respondió Ángela, alejándose un poco ante las emociones de saber que los mellizos tenían el cariño de una mujer como ella—. Te los presentaré en un rato, ya verás que son encantadores.

La maestra salió y llamó a las madres o padres que quisieran terminar por arreglar a los pequeños, pues en cinco minutos saldrían a escena.

—Te esperaré aquí —le dijo a Edward, estirándole la corbata y la camisa con cariño.

Él negó.

—Vamos los dos. Hoy eres mamá y como tal debes venir conmigo.

Bella sintió un nudo en la garganta y no supo qué decir al respecto.

—¿O no quieres? —preguntó él—. ¿Qué estoy diciendo? Claro que puede incomodarte, eres una chica joven, de pronto sentir la responsabilidad de tener a dos mellizos y… Lo sé, es raro…

—¡No! —exclamó, acariciándole las mejillas y mirándolo a los ojos—. No es raro, es hermoso. —Su barbilla tembló—. No me asusta, me hace feliz, es… algo que… yo… —Tragó—. Solo no quiero abarcar cosas que pudieran manchar el recuerdo de su madre.

Edward negó con tranquilidad.

—Ellos saben quién los cuidó antes de nacer, pero también saben que ella ya no está —asumió—. Tienen dos madres, una que siempre llevarán en sus recuerdos y una que desde ahora es capaz de todo por ellos.

—¿Y tú? ¿Qué quieres? —le preguntó ella, temblorosa.

Edward sonrió e iba a responder que solo ansiaba que formaran una familia, porque sus hijos la amaban y porque, bueno, él lo hacía de tal forma que se sentía joven, feliz y capaz de todo por ella, pero sintió que volvían a llamarlos, pues los pequeños irían a escena ya.

—Vamos —instó él, tomando su mano con firmeza.

Bella sintió la inmensa felicidad de ir con él y se fueron juntos, metiéndose en el caos de los camerinos. Ava luchaba con su cabello y Noah intentaba acomodarse con sus anteojos en el trajecito. Ojitos Marrones corrió hacia ellos y rápidamente se puso a arreglarle el cabello a la pequeña, mientras que Edward lo hizo con Noah, arreglándole los anteojos en su pequeña carita.

—¿Quieres una trenza? —le pregunto Bella a la pequeñita, mientras ambas se miraban frente al espejo.

Ava asintió y apegó su cabeza al pecho de ella, muy contenta. Bella le sonrió y comenzó a seleccionar sus hebras, haciéndole un rápido peinado que adornó con el prendedor que llevaba en su vestido, una flor con brillantes.

Gacias… mamá —le susurró Ava, dándose la vuelta para abrazarla.

Bella la recibió y cerró sus ojos, apretando los párpados con mucha fuerza.

Edward tenía a Noah en sus brazos y este quiso bajar para unirse a los brazos de Bella. Ella se sorprendió de tenerlos a ambos en su cobijo, y mirarse en el espejo, con los mellizos que habían llegado a cambiar su mundo, se hizo preguntar en cuán impresionante podía ser el destino para que, luego de tanto llorar por esas pérdidas, este podía haberle regalado a dos pequeños tan adorables que sintieran el deseo de llamarla mamá.

—Es hora de ir, cielitos —les dijo, mirando a un Edward soñador y feliz.

Cuando se acomodaron sus trajecitos, Bella se acercó a su Dr. Torpe y se quedaron mirando a los mellizos, correteando hasta llegar a su maestra, que los saludó de forma apresurada y les recordó sus puestos para acercarse al escenario.

.

Las luces hicieron un vaivén y Bella se acomodó con mucho orgullo en su puesto de mamá. El espectáculo de ballet de la academia prestigiosa de Seattle era el primero, de hecho, efectuado por el nivel más pequeño de este. Para Bella era todo un honor poder ser parte de este, pero sobre todo, poder ser su mamá de la boca de los propios pequeños.

—Los inscribí cuando tenían dos años y diez meses —le susurró Edward—, quería que se disciplinaran un poco, pero ahora tienen más energía que antes.

—No hay mucho que hacer con los mellizos, ¿no crees? —Lo contempló con ojos soñadores—. Se parecen mucho a ti.

Edward le dio un beso en los labios y este mismo comenzó a tornarse apasionado, tanto que él rápidamente pasó su mano por su muslo.

—Lo siento —masculló, suspirando mientras respiraba de manera desacompasada—, pero estoy tan deseoso de ti.

Bella sentía que se sonrojaba.

—Dime que podremos estar solos esta noche —jadeó ella, pasando su mano por su pecho mientras lo miraba a los ojos.

—Prometo que una vez que se duerman… —Tragó—. Lo siento, debes pensar que soy un tipo aburrido que tiene que lidiar con…

—No, Edward —respondió Isabella a la brevedad—, nunca pensaría que por tener dos pequeños vas a parecerme tedioso y aburrido.

Él respiró hondo y se quedó un momento en silencio.

—Imagino que eso ocurrió en alguna ocasión para que creas eso de mí.

Edward jugó con su cabello para pensar en la respuesta correcta, pero se dio por vencido.

—Antes no me importaba, la verdad, ser un padre viudo con dos pequeños que nunca conocieron a una madre asustaba más de lo que imaginas. Las citas no eran lo mío, no hablo de muchas cosas que a las mujeres les interesa, pero… cuando te conocí supe que iba a doler mucho si te parecía tedioso y agotador, sobre todo si venía con una pequeña carga de dos pequeñuelos de apenas tres años y un mes recién cumplidos.

Bella arqueó las cejas y le acarició la quijada, maravillada con su rostro sincero.

—Haberte conocido a ti y a los pequeños ha sido lo mejor de este año y, posiblemente, lo mejor de mi vida —dijo ella, jugando con sus labios.

Él contempló su expresión dulce, femenina y tranquilizadora, lo que lo llevó una vez más a preguntarse si esta mujer era el amor de su vida o estaba pensando estupideces debido al romance a flor de piel.

La música clásica comenzó a sonar, lo que los distrajo de sus palabras. Ambos se giraron a mirar el espectáculo, el cual dio inicio en cuanto se abrió el telón. Al principio, la historia contaba con la presentación de los chiquitines más grandes del nivel, aquellos que tenían cinco. Todos eran animalitos que jugaban con el personaje principal, Patito Feo, o sea Ava, que parecía muy nerviosa en medio del escenario, mirando hacia todos los demás con sus ojitos grandes y verdes.

—Oh, está muy asustada —susurró Edward, mirando a su diminuto cachorro en medio del lugar.

—Ahí está Noah —dijo Bella, aferrada a los brazos de la silla, viendo cómo actuaba de su pequeño hermanito, el hermoso cisne.

La maestra era la madre, que le enseñaba junto a los demás hermanitos más adultos, lo que era amarse a sí mismo. Patito Feo tuvo que salir a escena a solas, pero Ava se quedó con su tutú, mirando a los demás mientras temblaba. A Bella se le apretó la garganta, sintiendo que se veía a sí misma cuando fue la primera vez que tuvo que hacer uno de esos espectáculos en la escuela. Así que, con el valor de una madre viendo a su cachorro solito, bajó las escaleras junto con Edward y ambos se acercaron al escenario, dándole valor.

—Vamos, tú puedes —le recordó Bella, instándole a que siguiera.

Ava miró a ambos, muy temerosa de hacer su baile a solas.

—Baila —instó Edward—, tú puedes, amor, ve.

Cuando Bella asintió y se quedó junto a él, viendo que ella estuviera bien, Ava comenzó a tomar valor y dio inicio a su baile, olvidándose del temor, ese que paralizaba a una pequeña de tres años. Ambos, Edward y Bella, sonrieron mientras eran testigos del especial baile de la pequeña, que tenía una gracia única para moverse. Ella no podía creer que estaba usando el tutú que le había hecho con sus propias manos, algo que siempre había soñado poder hacer con sus hijos. Y ahí estaba Ava, luciendo su precioso traje que comenzaba a brillar, simulando la transformación del pequeño patito a la de un resplandeciente cisne. Noah la acompañó en su baile, generando la ternura de todos, en especial de los invitados de honor para los mellizos, a su papá y a su nueva mamá.

—Te hacen feliz —susurró Edward, pasando su mano por la fina cintura de Isabella.

—Más de lo que imaginas, ¿sabes por qué?

Él negó.

—Porque tienen una parte de ti.

Edward tragó y la besó una vez más.

.

Bella escuchó que la llamaban y los mellizos corrieron a su encuentro. Ella los tomó entre sus brazos y los contempló a la vez, usando sus trajecitos tan bonitos en sus pequeñitos cuerpos.

—¡Han bailado tan bien! —exclamó, llenándolos de besos.

—Para mí han sido los mejores —afirmó Edward, caminando detrás de Bella.

Afuera hacía mucho frío, así que él abrazó a su Ojitos Marrones y luego le puso el abrigo a los pequeños, que estaban recostados en el pecho de ella.

—Eso lo dices podque edes nuesto papá —dijo Noah, sacándole una carcajada a Bella.

—Creo que tiene razón —respondió Bella—, han sido los mejores y eso lo afirmo.

—¿Idás con nosotos a casa? —inquirió Ava, moviendo sus piecitos de alegría.

—¿Qué dices, Edward? ¿Voy? —Lo miró, moviendo sus pestañas de manera coqueta.

—¡Di que sí, papi! —pidió Noah, tirando de su camisa.

Él se rio.

—¿Creen que voy a negarme a que Mamá Cisne esté en casa? Nos vamos los cuatro a casa, sí o sí.

—¿Mamá Cisne? —preguntó Bella, sintiendo el fuerte latido de su corazón.

—¿No es así, pequeños? Es hermosa como un cisne.

—Como una Deina —susurró Ava, tocándole la mejilla mientras la miraba con el amor de una pequeña frente a mamá.

Bella tragó y le besó la frente a cada uno, deteniéndose en el olor a bebé que desprendía de ambos.

.

Los dos se habían quedado dormidos en cuanto Edward los puso en las sillas. Ni tiempo les había dado de poder, al menos, instarlos a conciliar el sueño. Estaban muy cansados.

—Tienen el sueño muy pesado —le dijo a Bella, acariciando su muslo de forma cariñosa.

—Espero que tengas algo preparado para mí.

Quería ponerlo nervioso, pero en cuanto él sonrió, muy despreocupado, se sorprendió.

—Espero que te guste el filetillo a la Edward. —Ella iba a protestar—. Ni te atrevas, quiero agasajarte.

—Pero acabas de tener una guardia de doce horas, debes estar muy cansado. Yo me contento estando contigo y nada más.

El doctor le acarició la mejilla en cuanto llegaron a su casa.

—No estoy cansado cuando se trata de pasar tiempo con quienes más me importan. Cuando se trata de ti puedo sacar energías desde debajo de las piedras. —Se bajó del coche, sin esperar a más protestas de la preocupada Bella y se puso a sacar a los pequeños con la experticia de un padre acostumbrado a lidiar con el pesado sueño de sus hijos—. Ponte cómoda y espérame en la sala, te encantará lo que tengo para ti.

Cuando Bella llegó hasta allá, notó que Edward se había preocupado de dejar la mesa puesta para ellos dos, justo en la parte lejana de la casa. Había velas y flores, con la mesa mirando hacia la inmensa ventana de pared que mostraba el lindo jardín. Era perfecto y sencillo, tal como le gustaba. Antes de que ella siquiera pudiera girarse a buscarlo, él ya estaba muy cómodo detrás, con ambas manos en sus bolsillos, sin corbata y las mangas a la altura de sus codos.

—¿Y? ¿Quieres mi especial filetillo?

Ella sonrió y suspiró.

—¿Con vino?

Edward amplió su gesto dulce y asintió con sus ojos brillantes.

—Tengo uno de reserva esperando por nosotros dos. Es una ocasión especial.

—¿Especial?

—Sí. Tu existencia en mi vida, eso es lo especial.

La garganta de Bella se apretó, pero no quiso ponerse emocional, por lo que respiró hondo y aceptó acompañarlo a la cocina. Verlo en ese ambiente era sensual y atractivo.

—Comencemos por una copa, ¿qué me dices? —inquirió él, poniéndole una copa con buena cantidad delante de sus ojos.

Bella rio.

—¿Vas a querer que me emborrache?

—No sola, eso tenlo claro.

Se volvió a reír, mientras que Edward encendió la sartén y calentó la mantequilla para dejar caer el filetillo ya adobado y listo para cocinar. El olor rápidamente hizo que ella cerrara sus ojos, mientras lo contemplaba moverse frente al fuego, iluminando su rostro.

¿Cuándo fue la última vez que un hombre le había cocinado? Posiblemente, cuando su papá le había hecho el desayuno, esa vez que su madre se enfermó de cálculos en la vesícula. De casada eso jamás sucedió, Jacob no era el tipo de hombre que se dedicaba a agasajar a una mujer. Mientras tenía a Edward frente a ella, haciendo esas sencillas, pero maravillosas cosas para su deleite, se preguntó por qué se había fijado en Jacob Black, por qué es que dejó pasar tanto tiempo y por qué es que nunca se dio cuenta de que necesitaba a alguien mejor en su vida, alguien que la amara y la cuidara como ella era capaz de cuidar también. Todo ese tiempo a solas en su casa, actuando como una esposa aburrida, monótona y desgastada, sirviendo como un segundo plato mientras Jacob se acostaba con Lauren… ¿En qué demonios pensaba al creer que esa era la vida que merecía? Sí, lo tenía todo, nunca faltó nada material, tenía los mejores atuendos, la mejor casa, el mejor coche, un chofer, gente que le limpiaba hasta los dientes… Finalmente, ¿eso era suyo? No, claro que no, había sido un préstamo de Jacob mientras actuaba como su muñequita, nada de eso se lo había ganado como lo había inculcado su padre y su madre desde pequeña, nada de eso era suyo porque al final nunca había podido dedicarse a hacer lo que le gustaba, hasta ahora, que estaba con un hombre de buena profesión, pero que jamás se atrevería a pensar en ella como un juguete y a la que jamás intentaría mantener, porque le gustaba el valor que conservaba, como la mujer independiente que dejó ir antes de que siquiera ella se diera cuenta.

—¿En qué piensas tanto, mi amor? —le preguntó, sacándola de su trance.

—En… lo mucho que me gusta verte cocinarme.

Él sonrió.

—Puedo hacerlo cuanto quieras, enamorar comienza por el estómago y tú me hiciste caer rendido al chocolate de tus ojos.

Bella se acercó y le besó la espalda, haciendo que Edward se diera la vuelta para abrazarla y comenzar a besarla de manera acalorada. Él bajó sus manos hasta sus nalgas, apretándolas hasta hacerla brincar de regocijo. Toda la cena habría acabado ahí, cambiando drásticamente a la locura de la pasión, pero la campanilla hizo que ellos se separaran, recobrando el aliento.

—Los bocadillos de calabaza están listos —jadeó él, juntando su frente con la suya.

—Iré a sentarme, te espero allá.

Cuando ella se fue, Edward se mordió el puño, intentando calmarse.

.

Bella vio cómo se acercaba con la asadera, usando guantecitos de cocina y un delantal. Le pareció tan adorable y sexy a la vez.

—Es mi especialidad, espero que te encante.

Ella lo observaba esmerarse, sirviéndole los bocadillos de calabaza y los vegetales salteados en su plato. Cuando regresó con la charola y el filetillo, el aroma la noqueó tanto que le sonó la barriga.

—Creo que tienes mucha hambre —comentó él, sentándose frente a sus mejillas sonrojadas.

—Lo siento —dijo.

—No tienes que sentirlo. Es natural, tanto como te quiero.

Edward encendió las velas y le rellenó el vaso, esperando a que se sintiera cómoda en el lugar que esperaba sintiera como un hogar.

—Edward —llamó Bella, una vez que se dispuso a comer.

Él alzó la mirada.

—M-Me cuesta mucho comer desde este lado de la mesa —susurró, mirando con algo de incomodidad el número trece que había en un bonito cuadro minimalista.

El doctor se quedó algo sorprendido.

—¿Por qué…? ¿Te da frío? La chimenea está caliente —la tranquilizó, levantándose para buscar una manta.

—No… Es… —Tragó—. No me gusta ese número.

Edward pestañeó.

—Sé que te pareceré tonta y algo quejumbrosa, pero…

—¿Saco el cuadro? —preguntó, sin darle más vueltas al asunto.

Bella cerró sus ojos y asintió.

Si seguía ahí, sentía que algo malo iba a suceder. ¿Pero qué? Quizá algún accidente, o algo iba a disgustarle a Edward de ella y… se iba a desencantar y…

—Ya está —le hizo saber, mostrándole cómo botaba el cuadro al tacho de la basura.

—No, ¿por qué hiciste eso? —se lamentó.

—Porque te molesta, cariño.

—P-pero…

—Quiero que sientas esta casa como tu hogar y si ese cuadro sigue aquí, no será como tal.

Bella tragó y luego cerró sus ojos, respirando hondo.

—Lamento que te parezca una demente.

—No, descuida —respondió él, intentando no buscar respuestas en ella. Se veía tensa y muy intranquila—. Olvidemos eso y vamos a comer.

Ella respiró hondo y tomó los cubiertos para ponerse a probar el primer bocado que él le había hecho. La carne estaba jugosa, con leves toques a especias y… ¿whisky?

—Es mi especialidad. Tiene un toque de Jack Daniels y la delicia de la miel.

Bella sonrió.

—Me parece tan deliciosa, Edward, ¡mi madre y tú podrían maravillas!

Ese dejo de felicidad lo volvía loco, por lo que tomó su mano y se la besó.

—Esa sonrisita tan apetitosa —susurró Edward—. Podría usarla como el medicamento perfecto para hacer curar todos los males del hospital.

Bella notó que algún recuerdo le pasó por la cabeza, pues sus ojos dejaron de brillar por un par de segundos.

—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó ella, inquieta.

—Hoy… tuve la visita antes del quirófano de mi paciente más pequeño.

—Oh.

—Tiene diez años y esperaba un corazón. Imagínate la felicidad de la familia. Me hizo pensar en mis hijos, en esos padres, en… —Suspiró—. Habría sido un día difícil de no ser porque llegué a verte y luego nos quedamos con Ava y Noah.

—Eres un buen médico. ¿Qué te preocupa?

Suspiró.

—No poder hacer bien mi trabajo.

Bella arqueó las cejas y sonrió con tristeza.

—Eso no siempre depende de ti, porque sé que dices eso ante la idea de que esa pequeña de diez no soporta la operación, ¿no es así?

Él asintió.

—Si yo pudiera, pondría mi vida en tus manos.

Esas palabras hicieron tanto ruido en su interior que sus ojos se sintieron escocidos por las lágrimas.

—Debes tener mucha confianza en mí para que eso ocurra.

Asintió.

—Más de la que tendría por cualquier hombre… Y bueno, con perdón de mi papi. —Se rio.

—Gracias por confiar en mí.

—Siempre.

.

Habían tenido una cena fantástica. El filetillo de Edward era para chuparse los dedos y ni hablar de los bocadillos de calabaza. Ella sabía que había sido un gran esfuerzo haber tenido todo perfecto para ella, así que se ofreció a lavar los platos, pero él se negó rotundamente, alegando que no quería que moviera un solo dedo en casa. Así que, asumiendo que iba a demorarse unos cuantos minutos, Bella se miró al espejo de la habitación y tanteó la cama, sintiendo cómo rebotaba su corazón en su pecho.

Nunca había estado en la habitación de Edward.

Recorrió el lugar, suspirando porque, bueno, era su mundo y todo gritaba "Edward". Sonrió al ver que tenía un librero lleno de libros de anatomía, fisiología, semiología y más, pero también literatura clásica, algo de crianza y, bueno, hasta romance. Era tan lindo que la volvía loca. Sin embargo, supo que era el momento de recobrar su autoconfianza y, sabiendo que lo había estado pensando durante toda la noche anterior, se quitó el vestido, dispuesta a lucir el conjunto que con nervios supo que solo podría ocupar con él. Frente al mismo espejo vio a una mujer diferente, tan sonrojada ante la idea de lo que iba a ocurrir, tan sensual en el conjunto rojo de encaje y con unos ligeros apretándole las piernas rebosantes de su lechosa piel. Se acomodó los cabellos, terminó de ponerse un poco más de labial y, casi de forma inconsciente, se sentó a los pies de la cama, esperándolo con el corazón en la boca.

Edward no pensó ni sospechó lo que se iba a encontrar al entrar a su habitación. Cuando abrió la puerta vio a una mujer despampanante de rojo, con un cuerpo que lo volvía loco y una mirada intensa que lo invitaba a pecar.

—Te estaba esperando —dijo ella en un hilo de voz.

Él tragó. ¿Era su Ojitos Marrones? Por Dios, es que… ese conjunto… esos ligueros…

—Vaya —fue lo único que pudo decir.

Cuando se cruzó una pierna y apoyó las manos en la cama, Edward pensó que le iba a sangrar la nariz.

—¿No vas a acompañarme?

Edward asintió en automático y con la boca entreabierta, mirando ese delicado cuerpecito siendo tan… sensual.

—Sé que estás cansado y esta noche quiero hacerte feliz —susurró, levantándose de la cama.

—Cariño…

—Shh —lo calló, pasando sus manos por sus hombros y luego pegando su rostro a su espalda—. Déjame agasajarte, ¿sí?

—Es suficiente con que tú y yo nos quedemos juntos esta noche.

Ella sonrió y le dio la vuelta.

—¿Y si te digo que hago unos masajes maravillosos? —susurró, desabotonando su camisa, botón por botón de manera muy lenta mientras lo miraba a los ojos.

—Entonces quiero probarlos. Pero créeme que no dormiré hasta que prueba de ti.

Bella sonrió.

—Todo lo que quieras. Has tenido un día laboral muy pesado, déjame agasajarte y hacerte feliz, es lo que hace una mujer por su hombre, ¿sí?

Él le respondió con un beso lleno de pasión y Bella hizo de tripas corazón para separarse.

—Recuéstate en la cama.

Él hizo lo que Bella le dijo, dándole la espalda. Bella se acostó a horcajadas y le terminó por quitar la camisa. Mirarle los músculos fue algo que le gustó tanto que por un buen rato se dedicó a acariciárselos, como si pudiera trazar un dibujo digno de un libro. Antes de dedicarse a su cometido, le besó la nuca y luego las vértebras del cuello, justo en la zona posterior, donde su aroma masculino y el perfume de la tarde parecían tener más intensidad.

—Bella, cariño —se quejó, haciendo un sonido masculino con su ronca voz de excitación.

Bella comenzó a realizar su masaje, actuando con las mejillas rojas y la intensidad de sus deseos. Ella actuaba por instinto, disfrutando de su piel tal como a él le gustaba la suya. Agasajarlo era algo que le gustaba, en especial ahora, que podía sentir la fuerza de su hombría.

—Date la vuelta —le susurró al oído.

Cuando Edward lo hizo, Bella notó su erección, lo que le hizo aumentar la rubicundez. Ella se sentó sobre él y con la timidez de hacer algo que nunca había experimentado antes, comenzó nuevos masajes, esta vez más intensos, con su respiración alocada. Se miraban mutuamente y a medida que Bella bajaba las manos hasta el botón de sus pantalones, Edward frunció el ceño, quejumbroso de deseo.

—Siempre he querido hacer algo distinto, pero… —murmuró, mordiéndose el labio, sin saber cómo decírselo—. Contigo sé que puedo hacerlo sin sentirme presionada. Contigo el dolor fue placer y luego el placer una linda intimidad.

Sus mejillas seguían rojas y Edward instintivamente se las acarició, mirando a sus ojos y luego a ese conjunto que estaba volviéndolo un desquiciado.

—No quiero que sientas que es una obligación…

—Lo quiero.

Él tragó, viendo cómo sus manos bajaban sus pantalones y su ropa interior, desnudándolo a medida que ella se lamía el labio inferior. Isabella temblaba ante la idea, no porque le asustara, sino porque era algo que, en su interior, ansiaba poder disfrutar hasta que encontrara al correcto, y ese era Edward. Isabella acarició su miembro, amoldando su mano a toda la extensión. Era suave, muy caliente y palpitaba entre sus dedos, lo que le gustaba muchísimo. Él se quejó y Bella se acercó para besarle los labios a medida que le daba placer. Cuando el corazón de ella buscó más, se separó, besando la piel de su pecho, la de su abdomen y luego llegó hasta donde quería. Se pasó la lengua por la comisura y lamió, intrusa ante nuevas sensaciones.

Supo que su sabor era único.

—Bella —gruñó, sintiendo el calor de su boca.

Edward miraba sus ojos brillantes mientras ella, llevada por sus instintos, hundía su hombría y lo apretaba con sus labios. Quiso acariciar sus mejillas rojas y lo hizo, pasando por esa expresión tan dulce y perversa a la vez. Ese iris tan lindo lo encandilaba, haciéndolo preso junto al placer que le daba su boca.

Isabella nunca había hecho esto, ni siquiera había tenido las ganas, no con el único hombre con el que había estado antes de Edward. Con él, el placer era diferente, o bien… era real placer. Sentirlo en su boca parecía surrealista. Ser parte de esa expresión llena de deseo, excitación y locura, la hacía sentir poderosa, pero también más sensual que nunca. Era un sabor que no iba a olvidar y que no se asemejaba a nada, era el sabor de Edward, el hombre al que amaba y al que quería agasajar como él lo hacía con ella. Edward respetaba su ritmo a pesar de que quería tomar sus cabellos y pedirle más, todo esto mientras ella disfrutaba de la sensación tan contraria entre la suavidad de su piel y la dureza interior.

Cuando le costó respirar, Bella se alejó, subiendo entre besos por el mismo lugar que ya había recorrido y sin tiempo de un pestañeó de espera, Edward le dio la vuelta, sacándole una carcajada.

—Me ha encantado —murmuró él, juntando su nariz con la suya.

—Es la primera vez que lo hago —susurró, pasando sus manos por su pecho.

—Para mí ha sido perfecto.

Ella sonrió y luego hizo un mohín de placer cuando los dedos de Edward buscaron su intimidad.

—La manera en cómo te ves es… —Gruñó, comiéndose sus labios.

Bella lo abrazó desde el cuello mientras sentía cómo sus manos la despojaban de la ropa interior. Primero el sujetador, el que quitó rápido, aprovechando de tocar sus senos desnudos, tirando de ellos con suavidad. Ella se arqueó.

—Me gusta que seas un torpe no torpe cuando se trata de hacer el amor —susurró ella.

Edward rio y siguió dándole placer a medida que iba quitándole la tanga.

—Te dejaré con estos —murmuró, tirando con fuerza de los elásticos de los ligueros—. ¿Te molesta?

Negó.

—Son para ti y para mí, quiero que me hagas el amor con ellos.

Los ojos de Edward oscurecieron, mientras Bella se reincorporaba en la cama, agarrándose de su cuello y dejándolo caer en la cama. Se volvió a poner a horcajadas y sin pensarlo mucho se frotó sobre él. El gemido fue instantáneo, así que su doctor se posicionó en su entrada y comenzó a hundirse, mientras Bella acomodaba sus caderas, echando la cabeza hacia atrás. Sí, sentía las ligeras vibraciones del dolor, pero también del placer. Se sentía tan linda, tan… increíble.

—Dame un beso, te quiero conmigo —susurró Edward, tirando de su mano para abrazarla y comenzar a moverse con más rapidez.

Bella se quejó, arqueando las cejas, disfrutando de cómo sentía que se unían en una sincronía maravillosa. Era una intimidad que siempre había soñado, ambos se querían y ambos se respetaban. ¿No había algo más perfecto que poder compartir algo así?

—Shh, cariño, no querrás despertar a los mellizos —le recordó él con dificultad.

Bella rio y se mordió el labio mientras sentía que sudaba debido a la locura de sus movimientos y los roces de su intensa intimidad. Finalmente se besaron, mordiéndose, lamiéndose y jadeándose, siempre unidos, siempre disfrutando del placer, percibiendo cómo sus cuerpos anunciaban la llegaba de la culminación, una que buscaron aumentando sus ritmos y acabando en una explosión que los llenó de dicha, mirándose a los ojos mientras expresaban sin ningún temor lo que los dos se provocaban.

—Te quiero —le dijo él con dificultad, respirando de esa manera alocada que significaba la pasión descarnada de ambos.

Bella tragó, intentando recomponerse. Las cosas que sentía con Edward no se asemejaban a nada.

—Te quiero —respondió ella, cobijándose a su lado.

Edward tiró de las sábanas y la tapó, para luego acariciarle las mejillas rojas y luego quitándole los cabellos del rostro. Parecía un león.

—Quiero estar contigo así, juntos, desnudos, todo el tiempo que podamos —murmuró Edward, mirándola a los ojos.

Isabella le besó la barbilla y luego pasó sus piernas por las suyas.

—¿Qué? ¿Te ha entusiasmado eso de ser los Sres. Cullen? —preguntó, suspirando en medio de una paz relajante.

Él asintió, sabiendo que era demasiado pronto.

—Prométeme que esto sucederá más seguido y que, eventualmente, tú y yo estaremos durmiendo juntos por el resto de nuestros días.

Bella sintió que le escocían los ojos.

—¿Quieres soportarme abrazándote toda la noche… por el resto de nuestros días? —susurró ella, nerviosa.

—Sí.

Ojitos Marrones suspiró y se acercó más.

—Claro que sí, quiero —respondió.

Edward sonrió y le comenzó a dar caricias para que se durmiera.

—Te quiero, mi Ojitos Marrones.

—Y yo a ti, mi Dr. Torpe.

.

Bella se sentía tan descansada, pero cuando se movió algunos músculos dolieron. Unos besos suaves la despertaron y ella abrió sus ojos de manera abrupta. Edward estaba sentado a la orilla de la cama, ya vestido y con la bata blanca a un lado de él.

—¿Te irás? —preguntó ella, restregándose los ojos.

—Sí, cariño, tengo que ir a la cirugía.

—Oh —susurró en respuesta, bastante triste y desilusionada.

—Descuida, estaré a buena hora contigo y los mellizos. Y mira, te preparé el desayuno.

Al girarse y ver esos deliciosos huevos, la fruta y las tostadas, todo junto a un té humeante con canela, se sintió tan dichosa como nunca antes.

—Eres maravilloso —canturreó, levantándose para llenarle el rostro de besos.

—Te adoro, preciosa —le dijo él al oído—. ¿Te parece si hacemos algo hoy? No sé cuánto demore con la cirugía, pero conmigo somos tres cardiólogos, así que podría regresar en ocho horas sin problema.

Bella se comió una fresa y luego le dio otro beso mientras se sentaba en sus piernas.

—¿Te parece si vamos a la playa?

—¿A la playa?

Ella asintió.

—La Push parece el lugar perfecto para que los mellizos jueguen un poco, ¿no crees?

—¿Y podré verte en bikini?

Bella rio.

—Anoche me viste en ligueros, ¿no es suficiente con eso?

Él le besó el cuello y el hombro.

—Nunca es suficiente. Pero hecho, vamos. Puedes irte en mi otro coche y yo te seguiré saliendo del trabajo.

—¡Eso haré! —exclamó, muy entusiasmada—. Ava, Noah y yo te esperaremos muy contentos.

Edward suspiró y le dio un beso largo en los labios.

—Deséame éxito en la cirugía. Pensaré en ti.

—Y yo en ti. Mucho éxito. Eres el mejor de todos.

Cuando él se marchó, Bella se acomodó en la cama, extrañándolo. Finalmente suspiró y se vio en medio de la cama, una que sin pensarlo la hacía sentir como si siempre hubiera pertenecido ahí. Era muy grande y acolchadita, con unos edredones esponjosos y calentitos. Y sí, olía a él.

En el instante en que se disponía a tomar el desayuno, sintió dos voces agudas y dulces acercándose de forma peligrosa a la habitación. Ella se echó a reír y esperó a que los mellizos entraran. Ambos se subieron a la cama como pudieron con sus cortas piernitas y se acomodaron a su lado.

—¡Buenos días! —dijo ella, con uno a cada lado.

—¡Estabas aquí! —dijo Noah, con sus anteojos algo chuecos.

Bella se los acomodó y los tapó.

—¿Creían que me había ido?

Ava sonrió y se acostó en pecho de ella.

—¿Quieren comer algo? —preguntó—. Papá hizo huevos.

—¡Sí! Aunque ya bebimos lechita.

Claro que él no iba a dejarlos sin su desayuno.

—Un poco del desayuno de Bella no les hará mal.

—¡Del desayuno de mami! —canturrearon, haciéndola sonreír.

Luego de comer los tres y de quedarse un buen rato en la cama, se quedaron dormidos sin siquiera notarlo. Tanto Ava como Noah la abrazaron y conciliaron el sueño sin espacio a la duda, mientras que Bella, junto a su olor tan inocente y su calorcito único, también se durmió. De no haber sido porque Maggie los encontró en medio de la habitación y la imagen le pareció tan tierna que se quedó un buen rato mirándolos, Bella no habría despertado.

Como ya era buena hora para irse a la playa, Bella aprovechó que Maggie estaba ahí y le encargó a los mellizos mientras iba a casa a darse una ducha.

.

Charlie Swan estaba comiéndose una dona a escondidas de Renée, que no estaba en casa. Como Bella tampoco había llegado a dormir, imaginando que se había quedado con el mequetrefe de Edward a hacer… quizá… qué… cosa…

Le dio un buen sorbo al café y le dio otro mordisco a la dona.

—No pensé que seguirías comiendo donas, Charlie Swan —afirmó uno de los hombres que eran como un hijo para él, su adorado Riley Johnson.

Desde que se presentó en su casa para saludar, su emoción fue instantánea. Lo conocía desde que era un pequeñito. Como su madre, quien era una de sus mejores amigas de la escuela, había perdido a su novio cuando ella apenas estaba embarazada, él se había encargado de todo mientras, bueno, Renée se ponía muy celosa. A pesar de eso, ella jamás fue mala con el pequeño, a quien cobijó mientras su mamá trabajaba para poder mantenerlo. El adorable Riley creció junto a Bella y sí, siempre pensó que acabaría con su hija, pero Bella lo veía como un muy buen amigo, aunque, a decir verdad, Charlie sabía que para él eso jamás sería así porque seguía enamorado de ella, al menos hasta que se marchó para seguir sus pasos como abogado, años atrás.

—Y yo jamás pensé que te volvería a ver por aquí. ¡Me habrías llamado!

Riley se acomodó frente a él, sentándose en el sofá, luciendo como un guapo hombre de veintisiete.

—Mi madre quería darte una sorpresa. Siempre te recuerda con mucho cariño.

—Oh… Lucy. Claro que sí. La última vez que hablé con ella fue el año pasado, cuando me comentó que fueron juntos al Caribe.

Riley sonrió.

—Espero que la Sra. Swan no se moleste con la idea, pero… ella vino conmigo.

Charlie levantó las cejas.

—Eso es pasado. Ella ya no está celosa.

Riley suspiró y se quedó mirando la casa en la que se quedó por mucho tiempo y, de pronto, vio la fotografía de Bella cuando era una adolescente, lo que le hizo recordarla con el mismo entusiasmo y ansia que siempre. A pesar de todos esos años, nunca dejó de amarla, incluso cuando supo que se había ido con el imbécil de Black, ya casada.

Cuánto sufrió al saberlo.

—Bella debe estar muy feliz con su matrimonio —soltó—. Me encantaría volver a verla.

Cuando Charlie lo escuchó, recordó que él no sabía las buenas nuevas, así que abrió la boca para responder. Sin embargo, ella entró tambaleando, algo acomplejada con la puerta desengrasada a la que siempre le costaba abrir. En el momento en el que vio a Riley, la sorpresa le hizo dejar caer las llaves. Ese chico… No podía creerlo. ¿Estaba aquí?

—Oh por Dios, ¿Riley?

Él se levantó del sofá, mirándola con el corazón latiéndole con mucha rapidez. Parecía que los años le habían dotado de una hermosura tan intensa que la hacía deslumbrar.

—Bella, qué sorpresa… Yo pensé que estabas en Seattle, yo…

—Me divorcié, Riley.

A diferencia de cualquier hombre, él no se sintió feliz de escucharlo.

—Vaya —susurró, sin saber qué más responder.

—No sabía que estabas acá, es… sorprendente. Estás tan… adulto.

Y sí, estaba muy guapo. Riley era un hombre hecho y derecho, de aspecto elegante y sofisticado. Tenía una piel oliva y unos ojos grises tan penetrantes que nunca había tomado más atractivo que hasta ahora, que era un adulto.

—Y tú muy guapa —respondió, sin pensarlo. Luego carraspeó—. Yo regresé a Forks.

—¿En serio?

Asintió.

—Soy el fiscal encargado.

—Oh, uau, eso es fantástico.

—Me preguntaría si, ahora que estás acá y yo también, podríamos ponernos al día luego de tanto tiempo sin saber el uno del otro.

Bella sonrió.

—Me parece una genial idea.

.

Haber recordado a Riley la llenó de nostalgia. Durante el viaje a la playa de La Push, se puso a recordar lo que significaba su pasado y cómo esa zona a la que iba con los mellizos estaba llena de memorias de Jacob cuando eran más jóvenes. Esa llamada que le había dado, además, aún seguía comiéndole la cabeza, porque tenía mucha rabia.

—¿Qué les parece? ¿No es hermoso? —preguntó, apoyándose en el respaldo de la silla para verlos a los dos, muy entusiastas.

—¡Paya! —exclamaron al unísono.

Bella los sacó de las sillas y los acomodó en la arena.

—¡Donde mis ojos los vean! Papá regresará en un poco rato. ¿Quieren armar algún castillo?

—¡Sí!

Bella puso una toalla sobre la arena y se acomodó con ellos, ayudándoles a ponerse el traje de baño. Cuando vio que los dos aún usaban pañales, aquello le enterneció más.

—Papi quiede que hagamos en el tadito del pis, pedo a mí me da medo —le contó Ava.

Ella sonrió.

—Está bien, yo dejé los pañales cuando tenía cuatro.

—¿Cuánto es cuato? —Noah se miraba los dedos.

Bella los besó y los abrigó para que la brisa marina no los incomodara y dejó que jugaran tranquilamente mientras esperaban a Edward. A él le iba a encantar lo que estaba viendo.

Al rato, Bella los dejó jugando y se volvió hacia el coche para buscarles algo de comer. Estaban tan entusiastas jugando que se tranquilizó, despistándose un minuto exacto. Cerca había un hombre vendiendo helados, así que corrió para comprarles unos. Cuando se dio la vuelta para preguntarles si querían manzana o melocotón, no los encontró.

Los helados cayeron por sus pies.

Bella miró a su alrededor y se dio cuenta de que iba a volverse loca.

No estaban, simplemente no estaban.

Su corazón se desbocó de manera intensa mientras sentía que se paralizaba de dolor. Sus manos comenzaron a temblar y a sudar, como si de pronto fuera a desmayarse.

—¡Ava! ¡Noah! —gritó, mirando a su alrededor mientras el llanto estaba a punto de aparecer.

Sus pequeñitos no estaban y ellos jamás se perderían de vista así como así, no en medio de la playa, no cuando estaban los acantilados cerca…

La sola idea de imaginar que algo les había pasado sentía que se desmoronaba.

Solo se había demorado un segundo en comprarles el helado mientras ellos disfrutaban de la arena de La Push, pero cuando regresó no estaban.

—¡Ava, cielito! ¡Ava! —volvió a gritar, metiéndose entre las pocas personas.

Miró las olas y luego la palita enterrada, por lo que corrió y la tomó con dificultad debido al temblor en sus dedos. Era la suya y la de Noah, con las olas golpeándolas sin remedio.

Ellos jamás dejaban sus palitas por ahí, las adoraban.

—¡Noah, amor! ¡Noah! —gritó con más desesperación.

Por Dios, no estaban, sus pequeñitos no estaban.

Corrió hacia donde se encontraban un par de enamorados, disfrutando del raro sol intenso de la península.

—Hola —dijo con la voz temblorosa—. ¿Vieron a dos pequeñitos? No tienen más de tres años, estaban jugando y… y…

—No, no hemos visto nada —respondieron, tan indolentes que Bella se sintió deshecha.

Ella se alejó mientras trabajaba, imaginando escenarios tan horribles que enseguida se largó a llorar de manera profusa. ¡Quizá se habían metido al agua! ¡Quizá habían visto una gaviota y cayeron en medio de las rocas! Iba a morir de terror, no daba más del miedo y de la desesperación.

—¡Ava! ¡Noah! ¡Cielitos! —gritó, corriendo hacia las rocas más peligrosas.

Ahí estaba el juguetito de su pequeña, enterrado y algo destrozado.

—Oh no —gimió—. ¡Ava! ¡Noah!

Algo le había pasado a sus mellizos, no iban a separarse así, jamás, eso era… tan difícil.

Bella comenzó a sentir comezón en las palmas de sus manos y que de pronto se desmoronaba. Pisó las piedras y luego el único asfalto de lugar, no queriendo tocar las líneas, así como tampoco con el pie izquierdo primero. Si lo haces algo malo pasará, algo muy malo, pensaba de manera compulsiva, aterrada hasta la parte más interna de su interior.

De su bolso sacó los medicamentos tranquilizantes y se puso uno debajo de la lengua, botando unos cuantos ante el terror inhumano de imaginar lo que había pasado con sus mellizos.

—Señor, ¿ha visto a dos pequeñitos de tres años? —inquirió a un hombre que pescaba cerca de la orilla.

—No, no he visto nada.

—¡Mierda! —gritó, sintiendo que le oprimían el pecho con tanta furia que estaba a punto de desmayarse otra vez.

Sus pequeñitos… ¿Dónde estaban, maldita sea? Lo único que había querido era comprarles un helado, lo único, nada más. Quería ser una buena mamá, quería demostrarles que con ella estaban segura y que nada malo les podía suceder, pero ahora no estaban, el mar se los había tragado y el solo pensamiento de ello la rompía en pedazos. No era una buena madre, no lo era, una buena madre jamás podía perder de vista a sus pequeños en medio del mar. Si algo malo había ocurrido jamás se los iba a perdonar, jamás.

Edward aparcó cerca de la playa y se bajó, entusiasta por regalarle lo que había comprado a Bella. Cuando la vio cerca de las rocas, corriendo hacia una dirección, despeinada y a punto de caer a la arena, supo que algo iba mal. Corrió hacia su encuentro y la vio temblando, compulsa, moviendo las manos de una manera desesperada.

—Mi amor, ¿qué ocurre? —preguntó, llamando su atención.

Cuando Bella vio a Edward, lo primero que hizo fue desmoronarse entre sus brazos.

—Bella, ¿dónde están? —inquirió—. Ava y Noah… ¿Dónde están?

Ella tragó y sintió que se moría de dolor. Sus pequeños solo habían dejado sus juguetes con el mar dispuesto a tragárselos.

—Se perdieron, Edward, se perdieron y yo… solo quería comprarles un helado —gimió, explotando en llanto.

Edward sintió el inmenso dolor de saber que sus hijos no se encontraban ahí, mirando el mar con la agonía rozándole la piel.

—Solo encontré los juguetes enterrados. Perdóname —suplicó—. Perdóname, por favor.

Él bajó los hombros con los ojos llorosos y se separó, yendo directamente al mar para buscarlos.

Bella se sintió rota, sintiendo la culpabilidad en su interior, porque sí, había sido su culpa.

—Edward, yo no quería…

Edward dejó de escuchar y se metió rápidamente al mar, buscando de manera desesperada a ver si ellos estaban por ahí, entre las rocas, entre esas aguas turbulentas que, en menos de un minuto, se los podría haber llevado.

Bella sentía que iba a morirse de dolor.

Sus pequeñitos no estaban, simplemente no estaban. Y era su culpa.


Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Estos dos han demostrado que están más unidos y que disfrutan de su amor no solo desde la ternura, sino también desde la pasión. Los pequeños son felices con Bella, pero al parecer ella teme no ser suficiente en este nuevo papel de madre. ¿Qué significará la llegada de Riley a la vida de todos ellos? ¿Qué significará lo que ha sucedido con los mellizos? Porque de pronto han desaparecido y Bella siente que es su culpa lo que sea que les haya sucedido. ¿Qué creen que pasará ahora? ¿Los encontrarán? ¡Cuéntenme qué les ha parecido el capítulo! Ya saben cómo me gusta leerlas

Agradezco los comentarios de lauritacullenswan, Pancardo, CeCiegarcia, Mss Brightside, ariyasy, lindys ortiz, Liliana Macias, Milacaceres11039, Lore562, Liz Vidal, Pam Malfoy Black, viridianaconticruz, Flor Santana, Tereyasha Mooz, rjnavajas, cavendano13, Dominic Muoz Leiva, freedom2604, katyta94, DanitLuna, MarieL8, Noriitha, Jocelyn, Jenni98isa, Iza, Josi, SeguidoradeChile, Coni, NellyMcCarthy, alejandra1987, Brenda Cullenn, Twilightsecretlove, Fallen Dark Angel 07, Belly swan dwyer, Kath Morgenstern, Ivette marmolejo, miop, Valevalverde57, Mela Masen, Luisa huiniguir, Emilse Mtz, Angelus285, Elizabeth Marie Cullen, Ceci Machin, Karina, A k, Joa Castillo, Srita Cullen brandon, krisr0405, Bitah, Markeniris, Duniis, Elmi, jupy, angryc, Heart on winter, GabySS501, Chiqui Covet, Elejandra Solis, FlorVillu, calia19, debynoe12, Tata XOXO, Jeli, JMMA, Car Cullen Stewart Pattinson, Beth, beakis, LicetSalvatore, patymdn, damaris14, Gladys Nilda, Gibel, somas, ELIZABETH, Bookaholicreader, Says, NaNYs SANZ, keith86, Andre22-twi, tulgarita, morales13roxy, Tina Lightwood, Rero96, Ana karina, seelie lune, michi cullen, valentinadelafuente, Pili, llucena928, Diana Hurtarte, florcitacullen1, claudiahernandez, NarMaVeg, Vero G, kathlenayala, K, Adriu, santa, Gis Cullen, saraipineda44, LuAnKa, rosycanul10, Aidee Bells, MaleCullen, Esal, lunadragneel15, Smedina, morenita88, BreezeCullenSwan, cary, MasenSwan, almacullenmasen, AnabellaCS, Abigail, Atiseret, sool21, Jess, Diana2GT, Robaddict18, Jade HSos, terewee, AndreaSL, YessyVL13, Mar91, bbluelilas, Nat Cullen, camilitha cullen, Pao-SasuUchiha, twilightter, carlita16, Fernanda javiera, martuu341, Mayraargo25, Ella Rose McCarty, Fernanda21, Jeli, Tecupi, merodeadores1996, Reva4, Maca Ugarte Diaz, LoreVab y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente por aquí, cada gracias que ustedes me dejan me alimenta y me hace muy feliz, me insta a seguir en esto que, a veces, significa atraer a personas que, por desgracia, disfrutan de hacer sentir mal al resto

Recuerden que si dejan un review recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, solo deben dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá

Pueden unirse a mi grupo de facebook que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents", en donde encontrarás a los personajes, sus atuendos, lugares, encuestas, entre otros, solo debes responder las preguntas y podrás ingresar

Pronto un nuevo capítulo, pero eso depende de ustedes

Cariños para todas

Baisers!