Anna respiró profundo, abriendo poco a poco los ojos, acostumbrándose a la oscuridad que estaba rodeándola. Intentó levantarse, pero su abdomen le dio una clara señal de que no lo hiciera por lo que cayó en la cama soltando un jadeo. Escuchó como una risa escapaba de los labios de alguien y la hizo sonreír al ver de quien podía tratarse.
– Els… – suspiro con una boba sonrisa.
Sintió un peso a su lado, unos brazos rodeando su pecho y besando su mejilla. Elsa mordió su barbilla suavemente, quitándole un gemido a la historiadora.
– ¿Cómo te sientes?
– Mejor que ayer, quizás si me das un beso… podría sentirme mejor.
Escuchó la dulce risa de su reina, antes de poder sentir sus fríos labios sobre los propios. Un rápido, pero dulce beso que le devolvió las energías a Anna. Casi por costumbre, llevó sus manos hasta las mejillas de Anna, acariciándolas con cuidado, sintiendo la cicatriz que había adquirido por los golpes que recibió.
Pero… algo las interrumpió. La tierra tembló y Anna no dudó en levantarse, olvidándose de todo dolor. Tomó la ropa que había allí doblada, un pantalón y una camisa blanca de algodón junto a unas botas negras. Apenas logró ponerse todo, entre pequeños quejidos, tomó a Joan y salió junto a Elsa.
Ambas se encontraron con un enorme gigante de roca avanzando hacia el valle, sobre su hombro distinguieron a alguien. La albina corrió para buscar un catalejo y extendérselo a Anna tras ver de quien se trataba. El gruñido de su novia le dio a entender que estaba molesta, la historiadora bajó el objeto y sujetó con más fuerza la empuñadura de su espada.
La tierra temblaba ante cada paso del gigante de roca, casi de inmediato los trolls se acercaron colocándose detrás de ambas chicas. Pabbie rodo hasta posicionarse a un lado de Anna, observó al gigante y luego a los trolls.
– ¡La hora ha llegado! ¡Prepárense para luchar! – grito, causando un alboroto antes de fijar su vista en la pelirroja. – Anna, el gigante debe estar bajo las ordenes de Hans, déjanos encargarnos de él y tú te encargas del pelirrojo.
Anna asintió de inmediato, inflando su pecho con aire antes de que una mano tomara su brazo. Giró el rostro encontrándose los profundos ojos de su novia, la preocupación y miedo se reflejaban en ellos y Anna solo pudo besar sus labios, sintiendo como si aquel fuera su último beso, las lágrimas de Elsa se mezclaron, dándole un sabor salado al beso.
– Anna… N-no quiero…
– No vas a perderme, ni yo a ti. Vamos a ganar, ¿Sí? Confía en mí, Els. – rogó dejando la espada para acariciar sus mejillas. – Te prometo que cuando acabe, te llevaré a la cita de la que te hable.
Elsa sonrió, volviendo a besarla por unos segundos. El suelo retumbo fuertemente, causando que ambas se tambalearan, Anna tomó a Joan y Elsa apretó los puños formando una capa de escarcha alrededor de sus manos.
– ¡Vaya, vaya! ¡Mira a quien tenemos aquí Jokkul! – bromeo Hans con una amplia sonrisa en sus labios. – ¡La reina pecaminosa y su fiel perro faldero! ¿Cómo sigues viva? Te di uno bueno…
– ¡La que te dará unos buenos golpes seré yo si no bajas a dar la cara como el hombre que dices ser! – interrumpió furiosa Anna.
El pelirrojo sonrió de lado, haciéndole una seña al gigante para que pudiera bajarlo al suelo. Apenas tuvo los pies sobre la tierra, Hans avanzó con las manos detrás de su espalda un porte de un príncipe se notaba. Anna se colocó delante de su novia, protegiéndola del pelirrojo que se acercaba poco a poco hasta, por fin, quedar frente a ella.
– Veo que estas mucho mejor… ¡Y tienes la espada! ¿Vas a dármela? – preguntó divertido.
Anna levantó a Joan, colocando la punta de esta sobre la yugular del pelirroja, casi haciendo presión en este. Vio la cínica sonrisa en él y Elsa dio un paso hacia atrás. Casi sin miedo, Hans empujó la hoja con el dedo, haciendo que la pelirroja bajara la espada sin quitarle la mirada de encima.
– Escucha Anna, hagamos la cosa fácil… Dame la espada y te dejaré despedirte de Elsa como se debe. – habló el pelirrojo observando a la albina. – ¿Qué dices?
– Sobre mi cadáver.
Hans hizo un mohín, murmurando un "Si así lo quieres" antes de chasquear los dedos para que el gigante avanzará hacia ellas. Elsa no dudo en agitar sus manos para congelar los pies de la enorme criatura, quizás eso podía darle tiempo para que los trolls se encargaran. Pero no fue mucho, el hielo se quebró y Jokkul avanzó dando un fuerte rugido. Anna alzo su brazo, colocándolo delante de Elsa para protegerla, ambas iban retrocediendo mientras lo veían avanzar y por primera vez, la albina decidió crear algo.
Un movimiento de manos y un enorme gigante de nieve se apareció delante de ellas, rugiendo y dejando que varios picos de hielo se aparecieran en él. Anna volteó para ver a su novia con el ceño fruncido, sus manos levantadas y con rastros de escarcha en sus dedos, jamás la había visto de esa forma, pero no quería pensar mucho.
– ¡ATÁCALO! – ordenó la ex – monarca señalando al gigante de roca.
Su creación rugió en respuesta, colocándose delante de Jokkul para dar un golpe. Mientras Elsa ayudaba creando montículos de nieve para que el gigante de roca tropezará, Anna salió corriendo para perseguir al pelirrojo que se había esfumado. Lo vio a lo lejos, con esa maldita sonrisa que hizo hervir su sangre.
– ¡HANS! – gritó empuñando su espada.
El pelirrojo volteó, sonriéndole de forma divertida. Su ropa era diferente, color negra, como si hubiera sido traída del pasado. Peinó su cabello hacia atrás y se acercó, desenfundado su espada. Anna corrió hacia él, dando un fuerte golpe con su espada que Hans logró detener. Golpe tras golpe, ambos pelirrojos se fueron alejando del valle. Anna logró esquivar algunos golpes que Hans intentaba darle, haciéndose hacia atrás cuando el pelirrojo blandía su espada.
Un gritó de su novia llamó la atención de Anna, volteando para verla ser sujetada por aquel gigante de roca. Y eso fue suficiente para darle ventaja a Hans, quien la pateó fuertemente, arrojándola al piso. Anna jadeó en cuanto su espalda impactó contra el suelo, aun escuchaba los gritos de dolor de su novia, el gigante la estaba estrujando poco a poco. Hasta que dejó de escuchar sus alaridos, ahora el rugido de la creación de Elsa se escuchaba junto a los gritos de Grand Pabbie y algunos trolls.
Hans sonrió al verla. Soltando su espada, el pelirrojo se acercó al cuerpo de la pecosa pateando su brazo izquierdo para dejar a Joan lejos de su alcance, luego de esto la golpeo en el estómago con un fuerte puntapié que le saco todo el aire. Esta solo tocio buscando recuperar el aire perdido, pero otro puntapié en su rostro nublo su vista.
Un fuerte pitido en sus oídos la tenía totalmente mareada, moriría allí, eso podía sentirlo en su interior, pero no podía permitirlo. Otro golpe seco volvió a sacarle el poco aire que llenaba sus pulmones y una mano la tomo por el cuello levantándola.
La sangre que brotaba de su nariz totalmente rota que ya no la dejaba respirar y el agarre del ojiverde, la hizo casi perder la conciencia. Entonces, recordó a Elsa, no podía dejarla sola.
Levanto su malogrado brazo derecho, apretó el nervio de la mano derecha de Hans haciendo que este la soltara al instante cayendo pesadamente al suelo. Hans sujetó su mano y gruño, observando con molestia a la historiadora. Tan pronto logró estabilizarse, Anna corrió para tomar a Joan y buscar a Elsa.
La albina seguía lanzado hielo en dirección al gigante de roca, tan concentrada en aquello que no prestó atención a Anna y la pelea que mantenía con aquel pelirrojo. Sus ojos azules se desviaron unos pocos segundos y su sangre se heló al instante.
Anna corría en su dirección, con Hans detrás de ella. Y cuando la pelirroja gritó su nombre, el chico de patillas enterró la hoja de una daga en su costado.
– ¡ANNA! – gritó corriendo en su dirección, logrando tomar a Joan y levantarla en dirección al pelirrojo. – No des un paso más o juro que atravesare tu cuerpo con la espada.
Hans sonrió de lado, dando un paso solo para sentir la punta de Joan contra su pecho.
– Hazlo, pero déjame decirte que puedo hacer que vuelvas a ver a Annelise, ¿Acaso no lo quieres? – preguntó él ladeando la cabeza. – Yo creo que sí, podrás decirle lo que sientes y… ¿Sabes? Ella sentía exactamente lo mismo por ti.
Elsa tensó su mandíbula, apretando más la empuñadura de Joan y empujándola un poco más contra el pecho del ojiverde. Hans dio una corta risa, desviando la vista a la historiadora que trataba de mantenerse con vida y un quejido de Anna basto para distraer a Elsa. En un ágil movimiento, Hans logró lanzar a Joan lejos, sujetando a Elsa de la cintura y apegándola a él, con la daga haciendo presión en su cuello.
– Elsa, Elsa, Elsa… Dulce y torpe Elsa, ¿Nunca te dijeron que eres muy débil? Estuve por matarte hace años, pero tú estúpida magia se protegió y ese viejo troll te mantuvo dormida por todos estos años… ¿Para qué? ¿Para qué una chiquilla te despertara y te amara por lo que eres?
Anna logró levantarse, sosteniendo el costado con fuerza, intentando que dejara de perder sangre. Cojeando, se acercó hasta Joan para tomarla y observar a Hans.
– La espada… Dámela y podrás vivir en paz… – habló entre dientes el pelirrojo. – ¡Anna, dámela ahora mismo si quieres despedirte de ella!
Elsa gimió en cuanto el filo de la daga rozó su cuello, sintiendo como un pequeño corte se abría y un hilo de sangre se deslizaba lentamente.
– Anna, no lo hagas… Anna le prometiste a Pabbie…
– ¡Cállate mierda! – gritó. Hans la arrojó al suelo, y extendió su mano al ver la duda crecer en Anna. Dio un paso y la pelirroja retrocedió dos, causándole cierta irritación al pelirrojo que gruño. – Vamos, se una buena niña y dame la espada para poder acabar con esto.
Anna mordió su labio inferior, dándole una última mirada a su novia, la cual logró arrodillarse para poder recuperar el aire que perdió ante su impacto contra el suelo. Hans, por fin, sonrió al ver que su plan estaba por concluir, por fin podría darle fin a la vida de aquella bruja que le causó demasiados problemas cuando escapó en su coronación, debiendo cambiar sus planes para poder acercase a Annelise y enamorarla… Pobre princesa, había caído en sus redes. Pero al ver que la preocupación de la princesa aumentaba, Hans debió de hacer algo al respecto… debía deshacerse de ella. Vendió su alma tras años de estudios, había intentado matar a la que había sido coronada reina, y creyó hacerlo al verla congelarse, pero luego la descubrió en casa de Anna y supo que su plan había servido.
Cuando dio un paso más, el suelo debajo suyo se congelo, atrapando sus botas. Volteó para ver a Elsa, su mirada azul demostrado la diversión e inocencia, sus manos sobre el suelo que causó aquello. La sonrisa que tenía en sus labios no logró descifrar, ni tampoco cuando sintió frío.
Volvió a mirar al frente, Anna estaba allí con una mirada seria. Bajó más la cabeza para encontrar a Joan incrustado en su pecho. Sus ojos perdieron brillo y su labio tembló.
– Ann… – susurró en el oído de la historiadora cuando cayó sobre ella, Anna giró un poco la hoja dándole fina a su vida. – Annelise…
Empujando el cuerpo inerte del hombre, Anna lanzó a Joan lejos para acercarse a su novia, pero con cuidado. Su herida seguía abierta y la perdida de sangre la estaba haciendo perder, poco a poco, la conciencia. Hasta que se arrodilló frente a la persona que causaba miles de sensaciones en su cuerpo, le sonrió antes de sentir sus labios contra los propios. Las manos de Elsa se posaron en sus mejillas y Anna logró abrazarla de la cintura con su mano libre.
Y la tierra volvió a temblar, haciendo que ambas se separaran y vieran al gigante de roca caer al suelo. Unos segundos más y este se desvaneció en cenizas… Elsa desvió la vista hacia donde debería estar el cuerpo de Hans, pero en su lugar no había nada… solo el rastro de sangre.
– L-lo hicimos… Estamos bien… – susurró la albina.
Anna rio antes de quejarse del dolor, Elsa intentó levantarse, pero un fuerte mareo la devolvió al suelo.
–¿Elsa?
La voz de Anna sonaba lejana, viéndola borrosa. Sentía frio, mucho frio y se sentía débil, como si le estuvieran arrebatando todas las energías. Y Anna la sujetó, sin importarle sostenerla con ambas manos y mancharla con su propia sangre.
– Elsa, ¿Me estas escuchando? ¡Elsa, por favor, responde!
– Tengo… Anna, tengo frío…
Suspiro formando una pequeña nube de vapor, Anna logró levantarse y cargarla, a pesar de sus falta de fuerzas pudo llevarla con Pabbie. Dando pasos cortos para no caer, lo que fue inútil… Antes de poder llegar al lugar donde ella había estado, cayó. Su cuerpo se encontró con el suelo, teniendo el peso de Elsa sobre ella. Cerró sus ojos, necesitaba descansar un poco.
