Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«24»
«Sigo viendo tu cara en mis sueños...»
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Su madre lo llamaba.
Naruto se incorporó bruscamente, temblando todo entero. Echó atrás las mantas y se bajó de la cama. Atravesó la habitación, sintiendo el suelo como hielo bajo sus pies descalzos, y abrió la maciza puerta.
Tuvo la impresión de que la oscuridad se precipitaba hacia él, pero se mantuvo firme, apretando las mandíbulas para combatir un estremecimiento de miedo. Cuando volvió a oír el sonido, lastimero y dulce, la esperanza le hinchó el corazón. Su madre no estaba simplemente llamándolo, lo llamaba a casa.
Echó a andar a paso rápido por el corredor, casi al trote, siguiendo la música de su voz. Pero de pronto percibió otro sonido, éste procedente de la oscuridad de atrás. Se quedó inmóvil, aplastándose contra la pared.
Al principio no oyó nada aparte del áspero resuello de su respiración. Pero entonces volvió a oírlo; era un sonido que había oído miles de veces antes, un sonido que le hacía correr un escalofrío por el espinazo, como una araña.
Era el rítmico tap tap del bastón de su tío.
Se apartó de la pared y echó a correr. Pero por rápido que corriera, el implacable tap tap lo seguía, al mismo paso de él, aumentando su volumen hasta casi apagar el eco de la voz de su madre. Si tuviera las piernas más largas podría llegar a ella antes que su tío lo cogiera. Si el corredor dejara de alargarse bajo sus pies con cada paso que daba. Si... Una mano huesuda salió de la oscuridad, detrás de él, y se cerró en su cuello.
Se sentó bruscamente en el diván, todo tembloroso.
Durante los diez años que pasó en el ejército no había tenido ninguna de las pesadillas que lo acosaron durante su infancia. Pero todo ese tiempo habían estado acechando en los rincones oscuros de Uzumaki Hall, esperando que regresara.
Bajó las piernas al suelo y escondió la cabeza entre las manos. Todavía no se atrevía a acostarse en la cama de su tío; la encontraba demasiado parecida a una tumba. Medio temía que si se hundía en ese colchón de plumas no podría encontrar su camino para salir reptando de allí.
Miró el reloj de la repisa. Su intención había sido echar una corta cabezada antes de ir a la habitación de Hinata, pero ya era casi la una de la mañana. Se levantó y se anudó el cinturón de la bata. Si ella ya estaba durmiendo, se prometió, mientras caminaba hacia su habitación, simplemente se metería en su cama, se arrimaría a su cálido cuerpo y hundiría la cara en sus olorosos cabellos hasta que se le disipara el amargo resabio de la pesadilla. Ni siquiera le besaría ese sensible lugar detrás de la oreja que la hacía apretar su trasero contra él ni ahuecaría sus manos en sus turgentes pechos. Movió la cabeza. ¡Demonios si no lo haría!
Entró en la habitación y se encontró con Calibán y Cerbero echados en la alfombra al pie de la cama, como un par de roncadores ángeles guardianes.
—Traidores — susurró, agachándose a acariciarles las cabezas.
Los perros estaban agotados; habían estado toda la tarde persiguiendo a los gatitos de Hanabi por el corredor, hasta que un peludo fierabrás gris se dio media vuelta y le arañó la nariz a Calibán; el resto del tiempo se lo pasaron gimoteando escondidos debajo de la escalera de la cocina.
Se le aceleró el pulso de expectación cuando apartó las cortinas de la cama, pero se le tornó en sordos latidos cuando vio la cabeza castaña junto a la oscura de Hinata.
Era evidente que su mujer lo había estado esperando; tenía los ojos muy abiertos y nada empañados por el sueño.
—Hanabi tuvo una pesadilla — susurró, mirándolo pesarosa—. No podía echarla, ¿verdad?
Naruto contempló a la niña acurrucada en sus brazos y a la media docena de gatitos repartidos por la colcha durmiendo muy relajados, y sintió una fuerte punzada de envidia.
—Claro que no — musitó, acariciándole el pelo a Hanabi. Se metió los puños apretados en los bolsillos de la bata para no hacerle lo mismo a Hinata—. Está en buenas manos. Tú lograrás mantener a raya a sus monstruos el resto de la noche.
Cuando se dirigía al solárium, sacó un cigarro del bolsillo, deseando que ella pudiera hacer lo mismo con los de él.
Uzumaki Hall retumbaba de alborozo.
Si los perros no pasaban brincando por el corredor retozando inofensivos con uno de los gatitos, Hanabi iba deslizándose veloz por la baranda, chillando a todo pulmón, mientras Neji patinaba por el suelo del vestíbulo descalzo, sólo con las medias. Un sonriente Addison proclamó que jamás habían estado tan brillantes el mármol del suelo ni la caoba de la baranda, y dio un día libre extra a varios criados.
Biwako se movía por la cocina como una fresca brisa de campo, amenazando con un rodillo al altivo cocinero francés cada vez que éste intentaba echarla de su territorio. Cuando ella dio a comer a los gatitos una de sus exquisitas salsas de crema, al hombrecillo le dio una rabieta y pasó por el comedor pisando fuerte y vomitando maldiciones galas con un talento que impresionó incluso a Hiruzen. Biwako se limitó a rescatar el delantal que él le arrojó a la cabeza y se puso a preparar pan de jengibre.
La única persona que parecía inmune al alegre caos que había descendido sobre la casa era su señor. Naruto rara vez salía de la cavernosa penumbra del estudio revestido en madera, e incluso prefería tomar ahí la mayoría de sus comidas, puesto que la familia de Hinata había tomado posesión del comedor para sus juegos de cartas y bulliciosas comidas.
Una noche estaba trabajando en su escritorio a la luz de una sola lámpara cuando entró su prima.
—Qué distracción la mía — dijo él, sarcástico—. No debí oírte golpear.
Como siempre, Sakura no se anduvo con rodeos:—Ya hace casi un mes que te casaste y no has hecho el menor esfuerzo por presentar a tu esposa en sociedad.
Naruto hizo un vago gesto con la pluma, y continuó escribiendo una nota para uno de sus administradores de Lancashire.
—La mayoría de las familias están en la costa o en sus casas de campo en estos momentos. Tal vez cuando vuelvan en febrero...
—Ella cree que te avergüenzas de ella.
Él levantó bruscamente la cabeza.
—¿Que me avergüenzo de ella? ¿De dónde ha sacado esa idea tan ridícula?
—Ha habido ciertos rumores acerca de las insólitas circunstancias de tu matrimonio, y tú no has hecho nada para desmentirlos.
—Shizuka... — musitó él, pasándose la mano por el pelo—. Maldita esa mujer con su lengua viperina.
—Por desgracia, muy poco después de llegar a Londres, Hinata oyó una conversación bastante malintencionada detallando sus diversas deficiencias.
—¿Deficiencias? — exclamó Naruto levantándose—. ¡No tiene ninguna maldita deficiencia! Es hermosa, generosa, leal y graciosa..., y demasiado inteligente para mi conveniencia. Vamos, cualquier hombre se sentiría afortunado de tenerla como esposa.
Sakura arqueó una pulcra ceja.
Naruto volvió a sentarse en el sillón, evitando mirarla a los ojos. No tenía por qué echarle toda la culpa a Shizuka de la errónea imagen que se tenía de Hinata, comprendió. Después de todo, él era el único culpable por ir a su cama en secreto cada noche, tratándola más como a una amante que como a una esposa.
Tamborileó con la pluma sobre el secante de cuero.
—¿Cuánto tiempo necesitas para organizar un baile?
—Con la ayuda de Addison, una semana y media — dijo Sakura sin vacilar, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Entonces, será mejor que comiences. — Cuando ella se giró hacia la puerta, añadió—: Ah, y encárgate de que lady Shizuka reciba una invitación.
Sakura le dirigió una sonrisa felina.
—Encantada.
La mañana del día del baile, Naruto estaba revisando la lista de invitados muy bien preparada por Sakura cuando Addison asomó la cabeza en el estudio con la nariz arrugada como si hubiera estado sometido a un olor desagradable.
—Hay un hombre que desea verle, señor. Un tal señor Kabuto Yakushi.
A lo largo de los años el mayordomo había demostrado ser un juez impecable de la índole de las personas. Ése era el motivo de que Naruto hubiera confiado a Sakura a su cuidado todos los años que estuvo ausente.
—Muy bien — dijo, receloso—. Hazlo pasar.
Addison hizo entrar a un hombre bien vestido, pero en lugar de retirarse como era su costumbre, fue a situarse muy rígido detrás del hombro derecho de Naruto.
El desconocido hizo a Naruto una elegante reverencia.
—Kabuto Yakushi, excelencia, su humilde servidor.
Pese a sus palabras, no había nada humilde en la actitud del hombre, ni en su ávida sonrisa. La atención de Naruto fue atraída por el bastón con empuñadura de mármol que tenía el hombre en sus manos enguantadas. Lo sostenía más como un arma que como un accesorio de moda.
—¿En qué puedo servirle, señor Yakushi? Kabuto se instaló en un sillón sin que lo invitaran.
—Tal vez no lo sepa, excelencia, pero ya le presté un servicio. Fue mi buen trabajo detectivesco el que logró rescatarlo de esos codiciosos rufianes que lo raptaron. Si no hubiera sido por mí, tal vez todavía estaría en sus garras.
Naruto lo miró fijamente un largo rato, sin pestañear. Si no fuera por ese hombre podría estar felizmente casado con la mujer que adoraba. Podría estar viviendo en Konoha Manor en dichosa ignorancia de su identidad, sin tener que llevar aburridos libros de cuentas ni revisar las rentas de sus propiedades. Estaría feliz.
De pronto sintió una furia igual a la que le produjo enterarse del engaño de Hinata. Deseó aplastar a ese hombre contra la pared y apretarle el asqueroso cuello con el antebrazo hasta que se le pusiera morada su engreída cara.
Se aclaró la garganta y pasó unos papeles de un rimero a otro.
—Mi prima me dio a entender que ya le había remunerado su trabajo.
—Ah, sí, y con mucha justicia, se lo aseguro. Pero me pareció que tal vez usted desearía añadir algún extra por las molestias que me tomé. — Acarició la empuñadura de mármol de su bastón—. Dado que fue su pellejo el que salvé.
Naruto se dio unos golpé en los labios con un dedo.
—¿Sabe? Creo que ya sé cuál podría ser ese extra. Hizo un gesto a Addison doblando un dedo. Addison se le acercó más y él le susurró al oído algo que lo hizo agrandar los ojos.
Cuando el mayordomo salió obedientemente de la sala, Kabuto se arrellanó apoyando el bastón en el brazo del sillón, con una falsa sonrisa en la boca. Era evidente que esperaba que Naruto lo recompensaría con una bolsa bien llena.
Estuvieron un rato hablando del tiempo hasta que Naruto oyó pasos en el corredor. Entonces se inclinó sobre el escritorio, sonriendo agradablemente:
—Estoy muy bien enterado de su buen trabajo detectivesco, señor Yakushi. Usted fue el que le dio una feroz paliza al fiel criado de mi esposa, ¿verdad? ¿O empleó a otro bruto sanguinario para que le hiciera el trabajo sucio?
Se desvaneció la sonrisa de Kabuto. En ese instante, Addison abrió la puerta e hizo pasar a Hiruzen.
—Señor Hiruzen, el señor Yakushi estaba a punto de marcharse — se apresuró a decirle Naruto—. ¿Sería mucha molestia para ti acompañarlo a la puerta?
Hiruzen se arremangó bien la camisa, dejando a la vista los gruesos cordones de músculos que le cubrían los brazos.
—Será un placer para mí, milord.
—Tal vez te convenga sacarlo por la puerta de atrás. No hay ninguna necesidad de perturbar la paz de las señoras.
En un ágil salto Hiruzen se puso firmes y se tocó la sien en elegante saludo; acto seguido cogió al vociferante Kabuto y de un tirón lo sacó de su asiento, sin darle tiempo a coger su bastón.
—¡Maldita sea, Namikaze! ¡No tiene ningún derecho a tratarme así! Lo sé todo de los de su clase. Se cree muy alto y poderoso, pero he oído hablar de esa esposa suya — gruñó, delatando con su enrevesada dicción sus raíces East End—. Seguro que no es el primer tipo al que la mujercita se lleva a la cama con engaños, sólo el único lo bastante estúpido para casarse con ella.
Antes de saber lo que iba a hacer, Naruto dio la vuelta al escritorio y le enterró el puño en la cara. Kabuto cayó en los brazos de Hiruzen sin conocimiento.
—Bueno, demonios — gimió Hiruzen—. ¿Por qué tenía que ir y estropearme toda la diversión?
—Lo siento. — Naruto se frotó los nudillos doloridos, sin sentir el más mínimo remordimiento. Cogió el bastón, lo rompió en dos sobre la rodilla y metió los trozos dentro de la chaqueta de Kabuto—. Déjalo en el callejón con el resto de la basura, ¿de acuerdo?
—Sí, jefe. — Hiruzen empezó a arrastrar a Kabuto hacia la puerta, sin tomarse la molestia de sujetarle la cabeza, ni siquiera cuando esta se golpeó contra el marco de la puerta—. Aunque éste es un destino demasiado benigno para los tipos de su calaña.
—No podría estar más de acuerdo — musitó Naruto.
Atormentado por las crueles palabras del hombre, pensó si no sería un destino demasiado benigno para él también.
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Continuará...
