28. Cuentas
"Debo dar vida a este rosario de 108 cuentas para derrotar el ejército de Hades, y no puedes hacer nada para impedímerlo".
La bestia de la soledad y la añoranza comenzó a roerle las entrañas desde el mismo instante que Asmita le confió sus intenciones.
Lo primero que hizo fue negarse a aceptar semejante idiotez; que un jodido rosario fuera a salvar el Santuario de las injusticias se le antojaba, como mínimo, hilarante.
Lo siguiente fue explorar todas las posibilidades que le presentaran esas palabras como una befa a los resquicios de su corazón aún inocente.
Su cerebro trabajaba con celeridad para no dar crédito a lo que acababa de escuchar, y sus labios moldeaban las justificaciones con atropello y nula claridad.
Sólo había una cosa clara, y eran las facciones serias y ensombrecidas de Asmita ante esas ganas del ogro de no querer creer en deberes ni destinos divinos.
No hubo más aclaraciones por parte de Virgo. Únicamente el gesto que agachó más su rostro, la dificultad al tragar saliva para deshacerse la atadura de su garganta y un pesado silencio sellado en sus labios.
Fue entonces que Defteros también calló, escuchando el fuerte repicar de su corazón ensordeciéndole los sentidos. Y ahí lo vislumbró de verdad...
Asmita iba en serio, y él no era nadie para convencerle de lo contrario. Se lo acababa de advertir, y aún así, Defteros rogó. Que no lo hiciera, que lo mandara todo al carajo, que se olvidara de guerras y dioses malditos, que nada ni nadie en el Santuario se merecía ese sacrificio...
Vio cómo Asmita se mordía el temblor de su labio inferior, cómo ladeaba el rostro gacho en el sentido alejado de su voz suplicante, cómo luchaba para no dejar escapar ninguna lágrima...él...tan sereno, tan disciplinado...tan seguro de sí mismo...y tan humano...
Se fijó en el terrible esfuerzo que vivir ese momento representaba en su amigo, siendo el maltrato que se proferían sus manos entrelazadas otra señal evidente de ello, y su alma aún intacta le abocó a confesar...
Que le amaba, joder que sí le amaba...que lo había hecho desde ni recordaba cuándo, que era un estúpido, que le necesitaba, que le perdonaba todo...absolutamente todo lo que más de una vez les había alejado...
Le tomó de los brazos, de los hombros, del rostro...y se miró en esos ojos azul apagado, completamente aguados en lágrimas de impotencia ante sus palabras.
"No debes pasar cuentas con nada ni con nadie, no te merecen...y yo...yo..."
Defteros se halló acallado por un beso que definía la ternura en estado puro. Sintió cómo las temblorosas manos de Asmita le acariciaban el rostro, le leían como sólo ellas sabían leer su cuerpo entero, dibujándole unas facciones que siempre habían sido bellas, aún tras una máscara inmunda...aún bajo el disfraz de un ogro.
No había más que decir. Asmita había comenzado a despedirse de él de la única forma que su corazón le exigió. Con calma y lentitud, empeñándose en saborear cada porción del cuerpo y alma de ese hombre que le había encandilado desde que le conoció como muchacho. Y Defteros lo supo...ésa era la última vez que se amarían, y las únicas cuentas que se debían saldar eran las suyas.
