Disclaimer: Harry Potter y todos sus personajes, historias y características no me pertenece, son propiedad de J.K Rowling.


Capítulo 33 – Rozando la locura.

A las malas, Bellatrix comprendió que el tiempo funcionaba diferente en Azkaban. No importaba ver la luz del día o de la noche, hacía tiempo que había perdido la cuenta. La única orientación que tenía eran las visitas de los dementores. Nunca imagino que estos fueran tan obedientes, pero cada dos días pasaba un grupo de ellos. A pesar de que esas visitas la ayudaban a contabilizar el tiempo que estaba allí, cuando los dementores terminaban su trabajo, acababa tan ida de que pasaban horas hasta que volvía a ser consciente de la situación.

El sufrimiento físico de la prisión era soportable, es cierto que ella había vivido prácticamente entre algodones, primero con los Black y después con Sirius, que aunque hubiera demostrado ser un derrochador con el dinero, siempre se las arreglaban para que no les faltara de nada. Era cierto que pasaba hambre, sed y que el frio era horrible, pero había cosas peores y esos eran los sentimientos que dejaban los dementores cuando finalizaban su trabajo. Conocía el funcionamiento de los dementores, sabía que se alimentaban de la paz, la esperanza y la alegría y te robaban todos tus sentimientos positivos, y eso último si que la había destrozado mentalmente.

En un principio pensó que iba a poder ser fuerte ante esas criaturas, se había mentalizado que iba a sufrir y que una vez que los dementores obtuviesen lo que querían se irían y ella podría recomponerse hasta la siguiente ronda. Pero tras los primeros años… Su fachada se desvaneció. Lo peor no era la presencia de los dementores era lo que su cabeza hacia cuando se iban. Cuando sus recuerdos positivos eran absorbidos por las criaturas oscuras, los recuerdos de malos momentos le inundaban la cabeza. La vez que su madre la encerró en el sótano medio verano por no sentarse adecuadamente a la mesa, cuando Sirius la tiro de la escoba, el horrible momento de la fuga de Andromeda, las veces que Potter y compañía se burlaron de ella, el rechazo del tío Alphard, los intentos de Rodolphus de sobrepasarse con ella y la acusación de ser mortífaga.

Se había comenzado a olvidar de lo bueno que había habido en su vida y ya solo comenzaba a quedar en ella el odio hacia todos aquellos que la habían hecho sufrir. La familia Black por tratarla como un objeto, Sirius por no valorar sus opiniones, Andromeda por dejarla sola, Potter y toda la banda por menospreciarla, Alphard por creerse superior, Rodolphus por ser peor que un dementor y toda la Orden del Fénix por darle la espalda.

¿Se estaría volviendo loca? Se preguntaba en los momentos de lucidez. Podría ser, pero muchas de las cosas que pensaba ya estaban ahí y solo el tiempo hizo que salieran a la luz.

–Nuestra mortífaga favorita tiene un regalo.

Uno de los aurores que se encargaba de la seguridad se apoyó en los barrotes de su celda. Le ignoró, conocía a ese hombre, era el que en los últimos años se jartaba de su desgracia mientras hacia su ronda diaria.

–¡Oh! ¿Estás enfadada? Y yo que creía que mi regalo te iba a encantar.

El auror apuntó con la varita a la cerradura de la celda y esta se abrió. El sonido chirriante de la puerta hizo que Bellatrix inconscientemente girara su cabeza hacia ella. Esa puerta no se había vuelto abrir desde que su hermana la había visitado. ¿Podría ser aquella otra visita? Esperaba que no. No quería hablar con Andromeda.

El auror se acercó a ella y con otra floritura de la varita una pesada cadena se envolvió alrededor de sus manos.

–Venga, vayamos a dar un paseo.

Fuera de la celda esperaban más aurores que enseguida la agarraron por los brazos y prácticamente la llevaron en volandas entre los laberinticos pasillos de la prisión. Los gritos de los presos cuando pasaban delante de sus celdas eran desgarradores. Tras varios metros caminados, el auror que había abierto su celda, procedió hacer lo mismo con una enorme puerta maciza. Era gruesa y pesada.

–Menudo favor que te estamos haciendo. Esperemos que os portéis bien.

"Os portéis bien" ¿A qué se está refiriendo? O mejor dicho ¿A quiénes? No tuvo mucho tiempo a reaccionar cuando automáticamente la dirigieron a una celda y procedieron a encerrarla allí dentro. Antes de marcharse le quitaron las cadenas alrededor de sus manos.

–¿Quién pensaría que fuerais a ser tan dóciles? Poneros a los en máxima seguridad es una orden un tanto peculiar.

El auror y el resto se fueron. Pensó en soltarles alguna frase, pero en su mente tenia a otros enemigos para los que debía de ahorrar fuerzas. Se cruzó de brazos y se acercó a la ventana, era mucho más pequeña que la de su otra celda. Había luna llena, el lobo de Lupin debía estar contento esa noche, le repugnaba ese que creyó que era su amigo. Esperaba que sufriera tanto como lo hacia ella cada noche.

–¿Bellatrix?

Era la primera vez que escuchaba a alguien decir su nombre desde hacía muchos años. Allí simplemente era un número.

–¡Bella!

La voz insistía tanto que entre la oscuridad siguió su procedencia, enseguida se dio de bruces con los barrotes de la celda.

–¡Bellita!

La persona que le llamaba debía de estar al otro lado del pasillo, seguramente encerrado igual que ella, y la conocía. Miles de recuerdos que creía olvidados volvieron a su cabeza. Bellita era el nombre que de forma cariñosa la llamaba…

–Sirius…

Definitivamente estaba rozando la locura, hacia unos momentos le odiaba y ahora todos los buenos momentos vividos volvían a su cabeza. ¿Cómo podía haber dejado que esa horrible prisión le comiera la cabeza? Ella era más fuerte que eso.

–¡Dime algo! –Al parece Sirius llevaba gritándole un buen rato y ella ni si quiera se había percatado.

–Estoy… –Ni ella misma sabía en qué condiciones se encontraba, bien desde luego no. –Aquí.

Sirius no dijo nada pero sí que escuchó un suspiró de alivió. Intentó fijar la vista entre la oscuridad y en la penumbra de aquella prisión frente a ella observó la figura de un hombre escuálido que se aferraba a los barrotes casi como si intentara cruzar a través de ellos. Sirius estaba demacrado, el pelo y la barba le habían crecido considerablemente y a pesar de solo rondar los treinta, las arrugas se marcaban alrededor de sus ojos azules. Ella debía de tener la misma pinta.

–¿Estás bien? ¿Te han hecho algo? –A Sirius le temblaba la voz. Parecía ansioso.

–Lo mismo que a ti. –Obvió su primera pregunta. Si Sirius estaba igual que ella no iba a ser nada de ayuda decirle que estaba mal.

–Tenía esperanza de que al estar en otra zona de la prisión fueran más benevolentes contigo. –Se lamentó.

–Somos mortifagos, evidentemente nos iban a tratar igual. –Se apoyó en la pared y se fue deslizando hasta que se sentó en el suelo. No estaba acostumbrada al movimiento que había habido hoy.

–¡Cállate! –La reacción de Sirius le sorprendió y se le quedo mirando a través de los barrotes. –¡No somos mortifagos! –Observó como Sirius se movía nervioso por su celda y al cabo de unos segundos volvía a agarrarse de los barrotes. –Bella, perdóname. Simplemente me niego a que nos consideremos como tales. ¡Somos inocentes!

Un murmullo de risas resonó en el pasillo. Otros presos se reían de sus desgracias. Seguro que no era el primero que decía que era inocente.

–Lo sé. Pero el resto no lo cree. Y aquí dentro no podemos hacer nada para solucionar esta situación. –No quería sonar dura. Pero en momentos como ese no podía dejar de pensar que si no se hubieran escapado de casa y hubieran dicho a sus padres lo suyo ahora no estarían así.

Bellatrix apoyo también su cabeza contra la fría piedra y cerró los ojos. Cada vez estaba más agotada. Sirius la imitó y en su celda, se sentó también contra la pared, pero mirando hacia su mujer.

–Bellita. Escúchame, saldremos de aquí. –Bellatrix simplemente asintió estaba casi dormida o desmayada. Pero a Sirius le fue suficiente ese gesto para que el plan que había estado formándose en su mente en los últimos años comenzara a sonar cada vez con más fuerza.

Era hora de sacar al animago que llevaba dentro.