Nunca había sido una persona de las que toma decisiones a la ligera, pero tiempos desesperados exigían medidas desesperadas.

Se había despedido de Patrick cuando eran cerca de las cuatro de la madrugada y había ido a la habitación que le habían asignado en Santa Marta, forzándose en conciliar el sueño aunque no podía estar más despejada porque sabía que el día que le esperaba una vez que amaneciera iba a ser agotador. La joven, ya en su apartamento en Roma, entró en el salón comprobando una vez más la pequeña mochila en la que estaba reuniendo cosas que tanto Patrick y ella necesitarían a lo largo del viaje a Craco, principalmente comida y varios termos de café para ella, que iba a tener que conducir poco menos de diez horas en total para que la ausencia de Patrick pasara inadvertida en el Vaticano. Era una suerte que uno de los dos supiera conducir porque de otra manera no sabía cómo iban a poder investigar en Craco en busca de nuevas pistas: puede que Patrick no supiera conducir un coche, pero sí sabía pilotar un helicóptero aunque mucho se temía que no era el medio de transporte más discreto si querían pasar desapercibidos.

Además, si era sincera, le traía malos recuerdos.

Se apartó el cabello rubio que se empeñaba en caer sobre su rostro y terminó de ordenar el contenido de la bolsa, dando un paso atrás para observarlo y repasar si acaso podía estar olvidando algo que luego les hiciera falta allí. No es que el invierno romano fuera ni mucho menos cálido, pero Patrick sí le había advertido que en Craco hacía mucho frío por las noches en esa época del año, algo que no le extrañaba teniendo en cuenta que era un pueblecito erigido en la montaña, por mucha Italia que fuese. Así, había preparado uno de sus abrigos que le llegaba a la altura de la rodilla, un jersey de los que solía ponerse en Escocia cuando el frío acuciaba, una falda de invierno y los leotardos más gruesos que había podido encontrar en su armario. Su ordenador portátil aún descansaba sobre la mesa de café del salón mostrando un mapa de carreteras con la ruta más rápida hacia Craco saliendo desde Roma. Pese a llevar más de veinte años sin volver al pueblo en el que creció, Patrick no había andado muy desencaminado en cuanto a distancia se refería: le llevaría algo menos de cinco horas llegar a Craco partiendo de Ciudad del Vaticano, puede que algo menos de cuatro si pisaba el acelerador y no tenían incidentes en la carretera.

La joven suspiró y cerró finalmente la mochila, habiéndose cerciorado de que no le faltaba nada. Echó una mirada por encima del hombro al reloj que había en la pared.

Eran las once de la mañana.

Claire ahogó un bostezo y pensó que sería mejor irse otra vez al dormitorio y dejarse caer de espaldas sobre la cama, tratar de dormir todas las horas que fueran posibles antes de salir de Roma a eso de las cinco de la tarde. De repente, se hallaba todo lo cansada que no se había sentido la noche anterior. Envió la ruta marcada en el navegador a su teléfono móvil y se disponía a cerrar el ordenador portátil cuando una notificación acompañada de su característica melodía iluminó un pequeño rectángulo en la esquina inferior derecha de la pantalla.

Llamada entrante de Chinita Macri.

Permaneció perpleja durante un par de segundos antes de apresurarse a contestar la llamada. Desde que se trasladara a Roma hacía unos meses, Chinita y ella habían mantenido el contacto por vía e-mail, pero lo cierto es que conforme la situación en el Vaticano se había ido tornando más y más complicada esos correos electrónicos se habían espaciado cada vez más en el tiempo. Lo cierto es que Claire no estaba segura de cuándo había sido la última vez que había escrito a su amiga y llegar a esa conclusión no la hacía especialmente feliz: si había una persona a la que podía considerar su mejor amiga y compañera de dificultades, ésa era Chinita Macri.

A la vez que Claire tomaba asiento frente al ordenador, una nueva ventana se abrió en la pantalla del mismo mostrando el perplejo rostro de la afroamericana.

- ¿Claire? - musitó ésta.

- Buenos días, Chinita - contestó ella con una sonrisa incontenible: sólo ahora que la veía se daba cuenta por completo de lo mucho que la echaba de menos. - Dios mío, me alegro tanto de verte…

- Yo podría decir lo mismo de tí, rubita - apuntó Chinita, provocando la risa de Claire al llamarla por su viejo apodo. - Estás desaparecida en combate: Gunther estaba empezando a sospechar seriamente que te habían convertido en relleno de ravioli y vendido al mejor postor…

- Exagerado… - murmuró Claire, negando con la cabeza: no le costaba nada imaginar ese comentario con la voz del siempre mordaz Gunther Glick. - ¿Cómo le va a Gunther? ¿Cómo te va a tí? Hay tanto que quiero saber que no sé por dónde empezar…

Esta vez fue Chinita la que rió, a la vez que se quitaba las gafas para limpiarlas con cuidado, un gesto que solía realizar sin darse cuenta cuando no quería que se notara demasiado lo emocionada que estaba por algo. Eran esos pequeños detalles los que habían escrito la historia de la amistad que las unía a ambas desde que Claire empezara a trabajar como becaria en la BBC, muchos años atrás. Habían pasado por mucho juntas, incluida toda la locura vivida durante los atentados Illuminati en el pasado mes de Junio. De hecho, había llegado a conocer también a Patrick. Chinita Macri, y en menor medida también Gunther Glick, era de las pocas personas que eran como un puente entre esos dos mundos que habitaban dentro de ella: su vida en Londres y su vida en Roma.

- Demando el derecho a preguntar primero, Claire - repuso la cámara de la BBC. - Dios sabe que me has tenido muy preocupada…

- Lo siento muchísimo, sé que te tenía que haber escrito antes pero…

- No, no es sólo por el tema de los e-mails: sé que a veces el trabajo es tan exigente que obligan a una a desconectarse un poco del mundo - la interrumpió Chinita, negando con la cabeza. - Verás, hace unos pocos días que hablé con tu padre y me dijo que habías estado ingresada en el hospital…

Claire cerró los ojos por un momento y se regañó mentalmente por no haber dado señales de vida. Era cierto que no había contado con que Chinita y el resto de sus amistades pudiera haberse llegado a enterar de que había estado enferma: en un principio, le había bastado con que sus padres y Emily supieran que estaba bien y había llegado a pensar que ese incidente no tardaría en verse reducido a la mera anécdota, aunque sabía que había estado a punto de no contarlo.

- Mi padre, ¿cómo es que…?

- Fue pura casualidad, me lo encontré cuando volvía de estar contigo en Roma: yo estaba en el aeropuerto resolviendo un problema que había tenido con unos billete de cara a las vacaciones y al verle allí empezamos a hablar y me dijo lo que te había pasado… El susto que me llevé fue enorme, rubita, y que sepas que no quiero echarte la bronca, sólo espero que estés mejor ahora

- Mucho mejor, de verdad - asintió Claire con sinceridad. - Fue una verdadera torpeza por mi parte, debo tomarlo como una lección que me recuerde prestar más atención de aquí en adelante. Siento mucho haberos preocupado.

Chinita chasqueó la lengua e hizo un gesto con la mano con el que trataba de quitar hierro al asunto.

- Las disculpas pídeselas a Gunther: creo que ya se estaba haciendo ilusiones de hacerte un reportaje a modo de homenaje que le catapultara al…

- Pulitzer - dijeron las dos a la vez sin poder reprimir una carcajada.

- ¿Estáis bien entonces? - quiso asegurarse la joven rubia.

- Todo bien, no te preocupes demasiado por nosotros: aunque seguimos en el mismo equipo, últimamente a Gunther y a mí nos encargan proyectos diferentes y la verdad es que, aunque nunca lo admitiré delante de él, ahora que no siempre coincidimos me ha hecho valorar lo bien que trabajamos juntos… Y eso va por tí también, rubita, aún se nos hace extraño no tenerte por aquí

Claire sonrió a las palabras de su amiga: había vivido tantos buenos momentos con Gunther y con ella, tanto personales como profesionales. Aunque muchas veces el negativismo innato de Gunther Glick terminaba por sacarla de quicio más temprano que tarde, tenía que admitir que se había portado muy bien con ella al respetar el pacto que los tres habían hecho sobre no hablar a sus compañeros de prensa de lo vivido detrás de las cámaras el pasado mes de Junio y eso incluía ese primer acercamiento que había tenido con Patrick meses atrás.

La periodista pensaba en ello aún de vez en cuando: desde que le conocía, Gunther vivía obsesionado por dar con una noticia que le llevara a la fama y a la gloria y el pasado verano había tenido ante sí una muy jugosa que había dejado pasar en deferencia a ella, pese a todo. Que Patrick McKenna, el entonces recién nombrado pontífice de la Iglesia Católica tras permanecer valeroso e inflexible frente a la amenaza Illuminati, hubiera tenido un desliz con la reportera de la BBC que había tenido la dudosa oportunidad de vivir todo aquello desde dentro era una noticia que hubiera supuesto un antes y un después en la carrera de cualquier periodista, algo por lo que el resto de las cadenas se hubieran peleado por tener y que hubiera catapultado a Gunther a donde él quisiera estar.

Pero tanto Chinita como él habían hecho un pacto de silencio para no perjudicar a Claire, algo que ella había agradecido de todo corazón.

Aquello había sido sólo una prueba más de que eran amigos con los que siempre podría contar.

- … La verdad es que no sé si debería decírtelo, no hay nada confirmado todavía - escuchó decir a Chinita, que seguía hablándole sin darse cuenta de la pequeña distracción de su amiga. - Pero están tanteando a Gunther para una pequeña serie de documentales que están preparando: los jefes aún no tienen muy claro a quien confiar el proyecto, pero Gunther se está esforzando mucho, así que mantén los dedos cruzados por él

- Vaya, eso es genial - se sorprendió Claire, sintiendo ella misma la emoción que siempre le suponía enfrentarse a un nuevo proyecto. Entendía que, si estaba en las primeras etapas de desarrollo, Chinita no sabría mucho del mismo ni podría decirle nada al respecto pero su mente ya se mostraba inquieta preguntándose si serían entrevistas, reportajes, si supondría tener que desplazarse a lugares nuevos y aprender sobre temas desconocidos antes para ella… Lo cierto es que echaba de menos ese mundo que amaba tanto. - Apóyale en todo lo que puedas y no dejes que meta la pata haciendo ninguna tontería

- Tranquila, Gunther está midiendo muy bien sus pasos, te lo aseguro… ¿Seguro que estás bien, Claire? Te noto algo desinflada - quiso cerciorarse Chinita Macri.

- Sí, no te preocupes, de verdad - contestó ella, tratando de mostrarse más despejada. - Sólo estoy un poco cansada, nada más

- Y a tí, ¿qué te tienen haciendo en el Vaticano? Tengo que reconocer que, después de lo generosos que fueron con su oferta, me choca que te tengan tan escondida… Me imagino que sabrás que no soy la única que se lo pregunta

Claire suspiró y se dejó caer sobre el respaldo del sofá, pensando en lo que podía decir y lo que no. Desde que había llegado al Vaticano, había estado tan desconectada del resto del mundo que no sabía muy bien qué era lo que se esperaba de ella y si la gente la seguía teniendo tan presente como cuando no cesaban de pararla por la calle para preguntarle si era realmente ella y hacerle mil preguntas de cómo había vivido los ataques de los Illuminati el pasado verano. Recordaba que el cardenal Gabelli, cuando le propuso ser la siguiente portavoz de la sala de prensa vaticana, le había dicho que no eran pocos los medios que se preguntaban dónde estaba ella y para qué la habían contratado exactamente.

- Creo que me tienen a prueba aún - bromeó Claire a falta de poder ser más concreta. - Desde que llegué he estado familiarizándome con el modo de trabajar que tienen en la sala de prensa y, aunque la mayoría de días son muy aburridos, puede que tenga buenas noticias que contarte la próxima vez que hablemos

- ¡Eso es estupendo! - celebró Chinita con su habitual buen humor. - ¿Entonces te tratan bien? ¿No tengo que ir a tirar de las orejas a nadie?

- Bueno… - rió la periodista, cabeceando ligeramente. - Hay de todo, realmente. Hay personas que son muy amables conmigo y hay otras que… Bueno, me tratan lo mejor que saben

Chinita asintió a las palabras de su amiga, seguramente percibiendo en ellas más de lo que la joven había expresado. Después de tantos años de amistad, era difícil ocultarle algo a la cámara de la BBC.

- Vaya por Dios, entonces igual sí que tengo que tirar de las orejas a alguien - musitó Chinita con aire misterioso, algo que no falló en hacer reír de nuevo a la periodista. - Eso me gusta más, rubita, no dejes que esa panda de viejos muermos te amarguen la existencia. ¿Y qué me dices de Pablo VII? ¿Cómo está? ¿Le ves mucho? Perdóname si son preguntas absurdas, igual ni siquiera le has podido ver el pelo desde que volviste a Roma pero tiendo a pensar que en el Vaticano todos se cruzan a diario…

Tardó un rato en asociar a Pablo VII con Patrick McKenna, dibujándose en su rostro una expresión de extrañeza que hizo reír a Chinita. Estaba tan acostumbrada desde siempre a llamarle por su nombre de pila y a verle como un hombre más antes que como religioso y posteriormente pontífice que oír a alguien referirse a él por ese otro nombre aún le resultaba extraño. Su amiga había pronunciado esas preguntas con tal naturalidad que Claire supo al momento que no sospechaba en absoluto que su relación con Patrick hubiera ido a más a lo largo de los meses que llevaba en Roma, convirtiéndose en algo mucho más sólido de lo que había llegado a ser durante el pasado verano. A veces le asustaba darse cuenta de lo mucho que él significaba para ella y lo feliz que era cuando estaba a su lado, incluso cuando todo a su alrededor parecía desmoronarse: él hacía, sin siquiera propónerselo, que todo pareciera mejor, como si siempre hubieran estado destinados a estar precisamente donde se encontraban.

Hubiera querido contarle todo, hubiera querido compartir con su amiga todo lo que habían vivido hasta ahora - o casi todo, al menos -: cómo Patrick se había ido recuperando poco a poco de las secuelas físicas y también las psicológicas, cómo seguía esforzándose para crear un mundo mejor, cómo trataba de renovar y acercar a la realidad a una institución famosa por permanecer anclada en un tiempo muy anterior a la era en la que se encontraban… A decir verdad, ahora que se detenía a pensar en ello, no creía que el gran público fuese plenamente consciente de todo lo que Patrick aún trataba de superar a día de hoy. Y, ¿cómo iban a saberlo? Patrick siempre procuraba dejar todos sus problemas personales a un lado cuando se trataba de llevar su labor a cabo y se mostraba entero porque sabía que había mucha gente que creía en él. A apenas seis meses de los atentados Illuminati, su imagen pública seguía siendo la de poco menos que un héroe y los héroes siempre salían adelante con serenidad y fortaleza casi etéreas.

Muy poca gente sabía lo que realmente había detrás.

- Créeme, él es lo único que hace que toda esta experiencia merezca la pena - acabó diciendo Claire.

Al instante, una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Chinita, a la vez que unía las manos a un lado de la cara, como si hubiera visto un cachorrito particularmente adorable paseando por la calle. La joven rubia dejó escapar una breve risa y puso los ojos en blanco: admiraba ese don que tenía su amiga, que era capaz de iluminar con su alegre vitalidad hasta un momento como aquel, en el que se preparaba para partir dentro de unas horas a un pueblo perdido en las llanuras italianas y lo que ahí pudiera encontrar.

- Me alegra que sigáis siendo amigos, después de todo lo que pasó - habló de nuevo la cámara de la BBC.

- Sí… - murmuró la periodista. - Yo también

Hubiera querido seguir hablando con Chinita, hubiera querido preguntarle sobre todos los compañeros de la redacción y conocer qué nuevas historias y proyectos estaban tratando de sacar adelante, pero un vistazo al reloj del ordenador le bastó para darse cuenta de que tenía que ser breve si aún quería echarse una nueva cabezada antes de acudir al encuentro de Patrick. De todos modos, no apresuró a su amiga para terminar pronto la conversación, pues se daba cuenta de que la echaba tanto de menos como ella también lo hacía. Compartieron algunos momentos más de viejas anécdotas, nuevos cotilleos y futuros deseos para el futuro.

Un futuro en que, esperaba, pudiera contarle como todo a lo que estaba a punto de enfrentarse no había sido sino un mal sueño.


Había pasado ya un tiempo desde que volvió al Vaticano y, sin embargo, nunca antes había estado en la zona de los garajes.

Allí era donde había quedado en encontrarse con Patrick, puesto que podía acceder a los mismos desde el propio edificio del Palacio Apostólico, y el encargado del lugar - que había resultado ser un gran aficionado a los coches - no había hecho más que lamentarse de las decisiones del joven pontífice desde que Claire había aparecido por allí.

- Tendría que haber visto este lugar hacía unos meses, signorina, ¡qué coches tan magníficos! - había suspirado el hombre trajeado mientras la guiaba entre las distintas filas de automóviles. - No diría usted que se trata del mismo sitio, pero ni en un millón de años. Porsches, Maseratis, Mercedes… Dios santo, el cardenal Krämer solía tener un Mercedes blindado de color negro precioso aquí mismo, justo junto a esta columna…

- Pero, ¿el cardenal Krämer puede conducir? - se extrañó Claire, ya que la única y desafortunada vez que había visto al prelado éste iba en silla de ruedas.

- Hace mucho tiempo que no, pero uno de nuestros conductores solía llevarle a donde fuera cuando le era preciso - continuó explicando el encargado. - No se imagina cómo era ese coche por dentro, una auténtica maravilla. Muchas veces pensaba que esos coches tan lujosos eran otra obra de arte del Vaticano más…

- ¿Y qué pasó? ¿Lo vendió?

El hombre chasqueó la lengua con disgusto antes de seguir hablando.

- Deberíamos haberlo visto venir cuando él comenzó a rechazar nuestros coches más especiales nada más ser nombrado pontífice, pero el caso es que parece que a nuestro joven soberano no le gustan demasiado los lujos: consideró que eran inapropiados en una institución religiosa y menos aún en momentos de crisis económica, ¿se lo puede creer? Como si una cosa tuviera que ver con la otra: signorina, no verá usted a ningún otro soberano del mundo renunciando a lo que por derecho le corresponde tan alegremente…

- No, supongo que no - contestó Claire esbozando una sonrisa: mentiría si dijera que escuchar esas no le hacía sentir una punzada de orgullo.

Así, el hombre del traje - nunca había llegado a decirle su nombre - la había guiado hasta el coche que solía utilizar Chartrand cuando tenía que desplazarse fuera de la ciudad. Era sencillo, pero aún así elegante, siendo sus cristales tintados su único rasgo distintivo. Pese a que, como trabajadora del Vaticano, podría haber tenido acceso a prácticamente cualquiera de los automóviles - más ahora después de la purga que había llevado a cabo Patrick -, Claire había pensado que sería bueno utilizar un coche que no fuera a ser echado en falta o usado por nadie más después de que Patrick y ella volvieran de Craco. Puede que estuviera siendo en exceso precavida, pero no se fiaba que de que alguien más pudiera cotillear el GPS y dar con la ruta aún después de que ella se hubiera cerciorado de eliminarla. Poco faltaba para que sus experiencias en el Vaticano no la hicieran volver el rostro sobre el hombro a cada paso que daba, pero trataba de mantenerse fuerte y entera pese a todo.

- ¿Seguro que no quiere que le busque otro, signorina? - quiso cerciorarse el hombre a la vez que la periodista pasaba la mano por encima del capó del vehículo. - No es de los más nuevos que tenemos y seguro que podemos encontrarle algún otro más elegante…

- Éste es perfecto, gracias - repuso Claire con una sonrisa. - Le agradezco mucho su ayuda

El encargado del garaje había terminado por encogerse de hombros y encaminarse de nuevo hacia su puesto de control junto a la entrada, no sin antes recordarle que si cambiaba de idea no tenía más que avisarle. La joven se despidió de él con un breve gesto de la mano y accionó la llave remota para dejar abiertas las puertas del vehículo. Dejó la mochila que cargaba en su espalda en los asientos traseros y se sentó en el asiento del conductor con el primer termo de café a su derecha. Ahora que estaba dentro del vehículo, Claire no sabía muy bien a qué se había referido el encargado del lugar cuando le había dicho que había coches más nuevos que usar: el interior del coche de Chartrand aún emanaba un perfume fresco que hacía pensar que estaba recién salido del concesionario. Conforme el recuerdo de su joven amigo acudía de nuevo a su mente, Claire pasó la mano por el volante, casi acariciándolo, preguntándose cuál habría sido el último lugar al que Chartrand había viajado en ese coche, si alguna vez Erika le había acompañado, qué clase de música escuchaba cuando se hallaba al volante…

Había tratado de hablar con Erika antes de salir de su casa, pero al no contestarle la bailarina el teléfono decidió no insistir. Sabía que la joven suiza estaba dedicando cada momento a velar por Chartrand, incluso contando con el apoyo de sus hermanas, y no quería molestarla si su llamada la sorprendía en uno de los pocos momentos de descanso que debía tener. Tan pronto como viera su llamada perdida, le devolvería la llamada: hasta ahora siempre lo había hecho. La última vez que había hablado con ella, la joven se había mostrado muy nerviosa ante la más que probable amputación de una de las piernas del joven suizo: Erika le había dicho que había estado leyendo toda la información que le habían proporcionado los médicos y también todo lo que encontraba en Internet, aunque estos últimos hallazgos la ponían más nerviosa que otra cosa. Todo lo que Claire había podido hacer en ese momento era aconsejarle que se dejara de guiar por los profesionales y tratara de resistir la tentación de buscar información por su cuenta que podía no ser verídica y sólo iba a hacerla sufrir más.

Aún le sorprendía el coraje que aquella muchacha estaba demostrando, uno que le recordaba al del propio Chartrand.

Esperaba que con aquel viaje pudieran descubrir algo más que les llevara a desenmascarar al culpable de su estado.

La joven giró la muñeca, consultando la hora en su reloj de pulsera: estaban a punto de dar las cinco de la tarde, la hora a la que había quedado en encontrarse con Patrick allí. Al principio había tenido serias dudas sobre si en verdad serían capaces de permanecer tanto tiempo fuera del Vaticano sin que nadie echara de menos a Patrick, pero después de que éste le explicara la poca actividad que había en el Vaticano los días posteriores a Navidad y cómo casi todo el mundo esperaba que estuviera de retiro en una de las residencias de recreo, Claire había acabado aceptando. Aún así, debían seguir el horario marcado para no toparse con sorpresas desagradables y esperaba que el joven no tardara mucho en aparecer.

Comenzaba a preguntarse si acaso al final a Patrick no le había sido tan fácil evadirse como él creía, cuando distinguió una figura acercarse desde el otro lado del parking. Al principio pensó que se trataba de uno de los compañeros de Chartrand, haciendo alguna ronda de supervisión por la zona de los garajes, pero no tardó en darse cuenta de que esa persona no vestía el formal traje de chaqueta que conformaba el uniforme de la Guardia Suiza cuando trabajaban de puertas para adentro. No obstante, tampoco llevaba la sotana tan característica de los religiosos que llevaban a cabo su labor entre los muros del Vaticano: era como cualquier otra persona que pudiera cruzarse por la calle pero, al acercarse la figura más, la periodista no tardó en darse cuenta de que no lo era. Dejando que la sorpresa se apoderara de ella a la vez que se inclinaba sobre el volante para asegurarse de que no se estaba equivocando de persona, Claire Dilthey vio por primera vez a Patrick McKenna vestido de civil.

Y era rarísimo.

La joven estaba tan acostumbrada a verle vestir sotana - de color negro cuando le conoció y de color blanco ahora - que esa nueva visión le resultaba tan peculiar como si a Patrick le hubiera salido un nuevo brazo en mitad del abdomen. Era algo que, con las prisas de organizar el viaje, no se había parado a pensar pero ahora que lo veía con sus propios ojos comprendió que era evidente: desde luego que el pontífice no iba a vestir su habitual sotana en aquella ocasión, no si el objetivo de aquella misión era salir del Vaticano y volver sin que nadie se percatara de ello. Patrick miraba a su alrededor ahora: habían hablado la noche anterior de usar el coche de Chartrand, pero Claire no estaba segura de ser capaz de distinguirlo entre tantos - a ella todos le parecían iguales -, así que bajó la ventanilla y se asomó por la misma llamando su atención. Cuando finalmente el joven reparó en ella, le dedicó un breve saludo con la mano y se encaminó hacia el vehículo.

Al igual que ella, llevaba un abrigo oscuro que le llegaba hasta la altura de la rodilla, bajo el que asomaban unos pantalones sencillos de invierno. En la parte superior llevaba un jersey sobre una camisa y Claire no pudo evitar pensar que sólo le faltaban el maletín y las gafas para parecer un profesor de universidad o algo parecido. La joven esbozó una sonrisa y negó para sí con la cabeza, dedicándose una pequeña regañina, pero lo cierto era que no podía evitar sentir algo especial al verle vestido de esa manera, una especie de nuevo flechazo que lograba hacerle sonreír como una boba. Si le hubiera conocido así, siendo sólo Patrick McKenna, en cualquier otro lugar y circunstancia, no le hubiera dejado escapar…

- Dichosos los ojos, señor McKenna - dijo la periodista a modo de broma por la ventanilla cuando Patrick estuvo lo bastante cerca. - Empezaba a pensar que se había perdido por el camino, ¿a que el callejero romano puede ser un lío? Tantas callejuelas…

El joven esbozó una media sonrisa y rodeó el vehículo hacia el asiento del copiloto.

- No lo sabes bien, créeme - repuso el joven a la vez que abría la puerta.

- No - le paró Claire al momento. - Tienes que ir en el asiento de atrás cuando salgamos: los cristales delanteros no están tintados y, aunque no creo que llamemos la atención, más vale prevenir que curar

Patrick dejó escapar un bufido de fastidio, cerrando la puerta y dirigiéndose hacia la del asiento de atrás.

- Lo sé, yo también prefiero que vayas conmigo delante - contestó ella, girándose hacia los asientos traseros. - Sabes que detesto todo lo que conlleve tener que escondernos como si fuéramos criminales, pero por ahora, si queremos que este viaje salga bien, es lo que tenemos que hacer… No te preocupes, pararé en algún tramo de carretera cuando hayamos salido de Roma y no haya ningún coche cerca…

- Has pensado en todo… - respondió Patrick abrochándose el cinturón de seguridad y mirando con curiosidad la mochila que había junto a él. - ¿Estás segura de que has dormido bien? Cuando nos despedimos eran cerca de las cuatro de la madrugada

- Al principio me costó un poco - admitió Claire. - No podía parar de pensar en todo lo que podíamos necesitar durante el viaje y qué precauciones debíamos de tomar…

La periodista suspiró y se pasó la mano por el rostro.

- ¿Y tú, has descansado? - se interesó ella, al tiempo que Patrick cerraba la puerta. - Todo lo que me contaste anoche sobre tus padres, especialmente tu madre y vuestra vida en Craco… Sé que no es fácil hablar de temas tan delicados y quizás no era el momento en que querías contármelo pero…

- Me alivió mucho poder compartirlo contigo - reconoció entonces el joven, interrumpiendo las palabras de Claire. - De verdad. La historia de mis padres no es una que conozca mucha gente por cuestiones obvias y muchas veces se hace difícil no poder hablar de ello con nadie: es como si hubiera un muro permanente entre las personas con las que trato y yo. El no poder hablar de mi familia, el no poder hablar de ciertas cosas con libertad… Es muy difícil, Claire, delirantemente difícil a veces… Créeme cuando te digo que sentí como si un peso enorme sobre mis hombros se desvaneciera y me dejara respirar por primera vez en mucho tiempo. Me sentí libre…

Claire esbozó una sonrisa a modo de respuesta que no tardó en encontrar su réplica en el rostro de Patrick. Sí, era cierto: para él había supuesto un mundo el poder hablar con ella de su madre, de Craco, de su historia personal… Se había abierto a ella y había encontrado cariño, comprensión y no le había juzgado con severidad, ni siquiera cuando le había confesado que había llegado a odiar a sus padres, a pesar de lo mucho que les quería, por haber ocultado algo así y, sobre todo, al creer que ambos habían roto sus respectivas promesas a Dios. En su momento, siendo la persona que había sido entonces, había sido algo muy complicado de asimilar, se le había antojado imposible. Su madre ya no estaba allí para poder pedirle explicaciones y su padre… No había querido saber nada de su padre cuando comprendió que todo lo que le estaba diciendo no era una broma de mal gusto. Todo lo que vino después era algo que con poco éxito trataba de apartar de su mente, pues sentía paralizándole de puro horror.

Y, sin embargo, ahí estaba él, entendiendo ahora perfectamente cómo debían haberse sentido sus padres cuando se enamoraron: todas las dudas que debieron experimentar, todos los miedos… Y también esa luz, clara y cálida como el primer rayo del amanecer. Insuflaba su espíritu con un aliento de vida del que ahora se veía incapaz de prescindir. Les había juzgado de forma injusta por algo que él mismo no había podido evitar y que, después de todo, era el motor que movía al mundo y la misma esencia de Dios. Dios era amor. Siempre se lo habían dicho, pero no había sido hasta conocer a Claire que había comprendido esas palabras en todo su esplendor y verdad. Observó cómo la joven se apartaba un mechón rubio del rostro y comenzaba a maniobrar, poniendo en marcha el vehículo.

- ¿Has tenido muchos problemas para escaparte? - se interesó Claire.

- Te sorprendería ver lo invisible que se vuelve uno cuando deja de vestir esa sotana - contestó él dejando escapar un suspiro. - De repente es como si la gente a tu alrededor tuviera una venda sobre los ojos. Normalmente, la Guardia Suiza se apresura a hacer el saludo militar en cuanto me ven venir por el rabillo del ojo, pero ahora… Apenas he tenido que dar rodeos para evitarles y mucho me temo que lo mismo podría decir del resto de religiosos

- No me explico cómo vestir así puede hacer que te vuelvas invisible - sonrió ella. - Fíjate, te sienta genial:nunca te había visto tan guapo

¿Había dicho eso en voz alta?

Sintió cómo el rubor coloreaba sus mejillas y evitó la mirada del joven en el retrovisor. La sensación no podía ser más extraña, ya que no ése no era un comentario por el que sentir vergüenza y menos aún si estaba dirigido a tu pareja y, sin embargo, aún no se acababa de acostumbrar a esas pequeñas libertades… Pero bueno, para ser honesta, tampoco estaba acostumbrada a ver a Patrick vistiendo otra cosa que no fuera la sotana de siempre. El joven la miró algo azorado, imaginaba que él tampoco debía de estar acostumbrado a recibir ese tipo de elogios, pero finalmente sonrió.

- Eres preciosa, te lo dije - le recordó él. - En todos los sentidos en que una persona puede serlo y eso es lo que más importa: no todas las personas pueden transmitir esa clase de luz

Claire le devolvió la sonrisa y puso los ojos en blanco en un gesto dramático.

- Idiota… - murmuró ella negando con la cabeza.

- Es la verdad - repuso Patrick.

La periodista le sostuvo la mirada a través del retrovisor antes de girarse hacia él entre el hueco de los dos asientos delanteros, sintiéndose afortunada de poder compartir pequeños momentos como ése con él. Aún seguían en los garajes del Vaticano y ya sentían que eran mucho más libres. Ojalá pudieran aprovechar ese viaje para consolidarse como pareja y hablar de ellos, había tanto que quería que Patrick supiera. Su compañía no solamente la hacía feliz, sino que también la hacía más fuerte, algo que sabía que era recíproco. Ambos estaban a las puertas de embarcarse en una aventura casi a la desesperada - si hablara con su yo de hacía apenas veinticuatro horas, no creería lo que se disponía a hacer ahora - y, aunque el temor que sentían ante ese gran desconocido era evidente, el aire parecía más liviano cuando estaban juntos. Juntos eran más fuertes, era como si de repente todo fuera posible. El cardenal Baggia le había dicho cómo Patrick la consideraba un soplo de brisa fresca en un ambiente viciado y de manera similar le veía ella a él: él era luz y esperanza del cambio en una institución que durante demasiado tiempo parecía haberse quedado anclada en la Edad Media.

Finalmente, tras dedicarle una fugaz caricia en la mejilla, Claire se volvió hacia el volante y dudó unos segundos antes de ponerle las manos encima.

- ¿Te da miedo lo que podamos encontrar en Craco? - preguntó Patrick ante la actitud dubitativa de la joven.

- No… Es decir, sí, por supuesto - se apresuró a corregir ella. - Sería muy estúpida si no tuviera miedo, pero… Es que hace un tiempo que conduzco y además en Inglaterra lo hacemos por la izquierda

No era la respuesta que había esperado y precisamente por eso, tras la confusión inicial, Patrick no pudo evitar romper a reír, cubriéndose los ojos con la palma de la mano mientras sus hombros se agitaban.

- Sí, adelante: ríete de mí - murmuró Claire, con una media sonrisa. - La pobre chica escocesa que no entiende los coches romanos

- No, no es eso - terminó por decir él, serenándose poco a poco. - Lo que quería decir es… ¿Estás segura de que quieres hacer esto? Es algo que no tiene nada que ver contigo…

- Tiene todo que ver conmigo, Patrick - le interrumpió la joven al momento. - Estuve allí en Junio y pude ver de primera mano lo que pasó… Fue horrible y deleznable que no debe volver a repetirse y si ésta es la manera en la que Jano quiere jugar ahora, que así sea. Siento la certeza de que no es más que un cobarde que se esconde en las sombras, sólo un miserable podría haberle hecho a Chartrand…

El peso del nombre del amigo de ambos inundó el pequeño espacio, haciendo que los pensamientos de ambos acudieran una vez al Policlínico Gemelli. Aquel viaje a Craco también era por él, por Alexandre Chartrand. No había nada que él no hubiera hecho por ellos, siempre leal y valiente incluso en los peores momentos y un amigo como pocos en los buenos. El recuerdo hizo que por un momento sintieran que el joven guardia suizo estaba allí también, inspirándoles valor y determinación frente a lo que se avecinaba, y es que había algunos vínculos que ni siquiera las peores catástrofes podían romper.

- Esto también va por él - terminó de decir Claire. - Y por tí, te dije que no iba a permitir que te hicieran ningún daño

Patrick no contestó al momento, conmovido por las palabras de la joven, pero cuando lo hizo, lo hizo con todo el coraje y la seguridad que había tenido meses atrás, cuando se habían enfrentado por primera vez a lo imposible.

- Podemos detenerle, sé que lo haremos - afirmó el joven con convicción. - No sería la primera vez, después de todo…

- Pero sí espero que sea la última… - murmuró la periodista. - Anda, aprovecha e intenta dormir un poco: más tarde te necesitaré para que me mantengas despierta si la cafeína me falla

Su primer impulso fue decirle que estaba bien, que ya había dormido bastante durante la noche, pero lo cierto es que sabía que iba a necesitar estar todo lo descansado que pudiera frente a lo que aquel viaje les pudiera deparar. Mientras el coche comenzaba a moverse, desplazándose fuera de su plaza de garaje, Patrick se sorprendió al darse cuenta de que no tenía miedo, pese a que estaban siguiendo la misteriosa pista de un loco que bien podía estar conduciéndoles a la boca del lobo. No obstante, otro sentimiento más fuerte que el temor se apoderaba de él ahora: la curiosidad y la nostalgia. Hacía más de veinte años que no regresaba a Craco, de hecho, no había considerado el volver nunca, ya que todo lo que él un día amó había sido pasto de la poderosa e implacable fuerza de la Naturaleza. Ni siquiera había buscado fotos en Internet de cómo se encontraba el pueblo en la actualidad, sólo recordaba fugazmente las imágenes que había alcanzado a ver en los periódicos en el hospital, antes de que los médicos los pusieran boca abajo para evitar que se impresionara con ellas.

Después de tanto tiempo, volvía a casa y con Claire a su lado.

Ojalá hubiera podido suceder en circunstancias mejores.


Todo cuanto había a su alrededor era una oscuridad sin nombre, sólo quebrada por pequeños destellos de luz que desaparecían cuando apenas había comenzado a asimilarlos. Eran tan débiles y fugaces que le hacían cuestionarse si realmente habían estado ahí alguna vez o si se trataba sólo de su desesperada imaginación tratando de encontrar una salida a aquellas tinieblas que amenazaban con asfixiarle. Hacía mucho tiempo que había dejado de temer a la oscuridad pero, por alguna razón que no llegaba a comprender, aquella que le rodeaba en esos instantes era distinta: pesada como la peor de las noticias y como amenazadora como el silencio que le envolvía. Pero no era cierto, al menos, no en cuanto se refería al silencio.

Creía haber escuchado a alguien llorando.

Dejó de buscar una salida a la oscuridad en que se hallaba inmerso y prestó atención de nuevo, tratando de escuchar por encima del gentil pero gélido aullido del viento. Había llegado ya a la conclusión de que debía de haberlo imaginado cuando volvió a él, pequeño y débil como un murmullo que se perdía poco a poco en la distancia, apenas un eco que trataba de hacerse oír tímidamente a través del tiempo. No sabía por qué pero ese llanto le llenaba de un pesar que no podía describir con palabras y despertaba en él una imperiosa necesidad de encontrar a esa otra persona que, como él, estaba atrapado en aquella oscuridad fría y desconocida. Pero, cuando trató de moverse, descubrió que no podía hacerlo: simplemente, su cuerpo no respondía a ninguno de sus intentos. Luchando contra el pánico que comenzaba a sentir, concentró todas sus fuerzas en conseguir moverse, aunque fuera únicamente un dedo para saber que podía hacerlo, que podía escapar de esas tinieblas que eran su prisión silenciosa y despiadada.

Y esos sollozos en la oscuridad eran cada vez más débiles, se consumían…

Finalmente, logró recuperar el control de su cuerpo y abrió los ojos a la vez que el corazón le daba un vuelco. Miró a su alrededor y vio que la densa oscuridad que le había rodeado hasta entonces no era tal, no tenía ninguna dificultad para mover ninguna de sus extremidades y tampoco escuchaba a nadie llorando. Se hallaba tan confundido que un principio no acertó a comprender por qué se hallaba sentado en el asiento trasero de un coche, ni por qué a través de la ventanilla veía cómo el cielo mostraba ya un profundo color azabache en el que titilaban, lejanas y brillantes, silenciosas estrellas. Su respiración apenas retomaba su ritmo habitual cuando la escuchó hablar:

- ¿Te encuentras bien?

Patrick dirigió la mirada al frente: sólo iluminada por la tenue luz que provenía del techo del vehículo, Claire Dilthey le observaba por el pequeño retrovisor. Al ver que no obtenía respuesta, la joven, sin dejar de conducir, echó una breve mirada por encima de su hombro para poder verle cara a cara. Antes de que pudiera acertar a responderle, la periodista volvió la mirada hacia la carretera, desierta hasta lo que le alcanzaba la vista - lo cual no era mucho más allá de los faros del vehículo -, y comenzó a realizar una maniobra, dirigiendo con cuidado el vehículo a un lado de la calzada.

- Espera, dame sólo un momento - habló la joven mientras giraba el volante y comprobaba que no venía ningún otro coche por detrás.

A pesar de que antes había bromeado sobre que quizás no estaba demasiado acostumbrada a conducir por la derecha, en esos momentos Claire Dilthey mostraba una soltura al volante que no hacía más que confirmarle la sospecha de que debían haber pasado ya unas horas desde que salieron de Roma y, por lo tanto, unas cuantas horas desde que se había quedado dormido. El religioso aprovechó para echar un vistazo a través de la ventanilla: si bien era noche cerrada, no había una total oscuridad allá afuera. Sintió una nueva sensación de deja vu al contemplar los colinas que se superponían en la distancia, pobladas de olivos y delimitadas por una suave luz de luna que permitía identificar su silueta incluso a esas horas de la noche. Podía ver cómo las hojas de los árboles se mecían en la distancia, danzando con la brisa invernal y, arriba en lo alto, las vigilantes estrellas. Cuando finalmente el coche se detuvo, la joven apagó el motor y se quitó el cinturón de seguridad para poder asomarse mejor entre los dos asientos delanteros.

- ¿Todo bien? - se interesó ella.

- Sí - terminó asintiendo Patrick, a la vez que se pasaba la mano por el rostro. - Sólo he tenido un sueño muy extraño…

- ¿Qué has soñado?

El joven la miró un momento, sin saber muy bien qué decirle. ¿Qué era lo que había soñado exactamente? Ahora que se hallaba despierto del todo, apenas podía recordar demasiado: era como tratar de contener el agua entre las manos, las imágenes escapaban de su mente cuando creía que había dado con ellas. Pero lo que sí permanecían eran las sensaciones, sólo tenía que prestar atención a cómo le latía el corazón en el interior de su pecho para darse cuenta.

- No consigo recordar en qué consistía, era muy confuso… - admitió el joven, negando con la cabeza. Echó una nueva mirada hacia la ventanilla. - Parece muy tarde, ¿qué hora es?

- Sí, parece más tarde de lo que en realidad es… - confirmó Claire contemplando el cielo estrellado ella también. - Típico del invierno, más aún en zonas rurales… Pero apenas son las ocho de la tarde, hace unas tres horas que salimos de Roma, más o menos…

- ¿Tanto? - quiso confirmar él, a la vez que Claire asentía con la cabeza. - No puedo creerlo… ¿Dónde estamos?

- Pues… Estamos a punto de entrar en la provincia de Matera - dijo la joven tras echar un vistazo a la pantalla del GPS por encima de su hombro. - Imagino que en una hora, quizás algo menos, llegaremos a Craco…

Y ahí estaba otra vez, aquella misma sensación que había vivido mientras dormía. Escuchar el nombre del pueblo en el que había vivido hasta los diez años apenas había causado más que una punzada de nostalgia en su corazón cuando aún se encontraban en Roma, pero ahora que estaban tan cerca de allí sentía como si depositaran un peso sobre su corazón y la nostalgia daba paso a una sensación más profunda de tristeza. Seguía sin recordar exactamente lo que había soñado, pero sí acudían a su mente otros recuerdos lejanos, cosas que creía haber olvidado renacían de nuevo en su mente.

Imágenes de un pueblo que ya no existía, de sus gentes, el eco de sus voces en la memoria.

- De repente es todo tan real… - murmuró Patrick, llamando la atención de Claire. - Hace más de veinte años que no vengo por esta zona y de pronto…

- Es como si nunca te hubieras ido, ¿verdad? - dijo la joven a su vez.

Patrick alzó la vista hacia ella, asombrado. Aún tratando de poner orden en su mente distinguiendo fantasía de realidad, no creía que pudiera haberlo expresado mejor de haberlo intentado.

- Es exactamente eso… Es como una parte de mí siempre hubiera estado aquí

Claire asintió a sus palabras y apoyó el rostro en uno de los asientos, como si compartieran un secreto en mitad de la noche italiana.

- Te entiendo. Creo que esa parte de la que hablas siempre estuvo aquí, aunque no te dieras cuenta - contestó Claire quedamente, casi como si hablara para sí. - Es algo que sucede con los lugares que son especiales, de una forma u otra, para nosotros: podemos alejarnos de ellos y pasar muchos años sin volver, puede que sin ni siquiera pensar en ellos pero… Tienen una manera de volver a nosotros y cuando finalmente somos nosotros los que volvemos a ellos… Es una sensación muy extraña, la verdad

Extraña y poderosa, ahora que las palabras parecían volver a él. Era como si todo lo que había sido, todo lo que era y todo lo que iba a ser en un futuro se concentraran en ese instante, a las puertas de su regreso al hogar. Allí estaba muy lejos de ser Pablo VII, sumo pontífice de la Iglesia Católica, sólo era Patrick a secas, parado en un punto del camino bajo un cielo lleno de estrellas, las mismas que habían velado su sueño desde las alturas cuando era un chiquillo que aún temía al monstruo de debajo de la cama a pesar de que su madre dormía en la habitación de al lado.

Pero no estaba solo, había alguien con él que comprendía lo que sentía.

Alguien que suponía una gran diferencia.

- ¿Tú también tienes esa sensación cuando vuelves a Hogganfield? - se interesó Patrick, inclinándose hacia la periodista.

- Sí… Y no - admitió ella, encogiéndose levemente de hombros en medio de aquella silenciosa penumbra. - Hogganfield, por mucho que pasen los años, sigue sin cambiar demasiado: el mismo distrito con su misma gente… Quizás más turistas curioseando el lago o pasando directamente de largo de camino a unos campos de golf que construyeron hace unos años al otro lado - añadió la joven esbozando una sonrisa. - Pero hay algunas zonas que sí me traen la sensación de la que hablas: es como si de repente no hubiera pasado el tiempo, como si todo volviera a mí… Así que entiendo cómo te sientes, tranquilo: podemos estar aquí parados hasta que te encuentres mejor

Dicho esto, la joven alargó la mano y tomó la de Patrick, apretándola con cuidado en un gesto de cariño. Agradecido, el joven cubrió la mano de Claire con la suya restante, cobijándola. Permanecieron así unos minutos, guardando los dos un silencio en el que no se sentían incómodos, en el que, a pesar de encontrarse parados en medio de ninguna parte, hallaban la sensación de hogar de la que ambos habían estado hablando hasta ese momento. Sentía que muchas veces no tenían mucho tiempo para hablar de ellos, de lo que tenían en común - puede que últimamente menos que nunca -, pero cada vez que lo hacían se topaba de nuevo con la reconfortante realidad de que no eran tan distintos como uno podría suponer nada más verlos.

- Vamos, Patrick, un penique por tus pensamientos - susurró Claire finalmente, incorporándose un poco.

- Quizás más tarde… Una fortuna por los tuyos - contestó él, provocando la ligera risa de la joven.

- No te burles de mí, te lo estoy diciendo en serio - protestó ella.

- Y yo también

Incluso con la tenue luz de luna que venía de fuera del coche, el religioso pudo ver cómo una suave sonrisa se esbozaba en los labios de Claire y se maravilló de cómo incluso un gesto tan sencillo como aquel podía hacer que sintiera un nuevo peso en el corazón, pero uno que no tenía nada que ver con el que había sentido antes. Uno le hacía sentirse prisionero en vida y otro le hacía sentirse completamente libre. Se inclinó acortando la distancia entre ellos y le sostuvo el rostro con cuidado por el mentón a la vez que la besaba en los labios. No se había dado hasta entonces del frío que debía de hacer en esa zona de la campiña italiana fuera del vehículo, no hasta sentir los labios de Claire sobre los suyos y la cálida respiración que ahora compartían. Trató de moverse más hacia la joven cuando se topó con que algo lo sujetaba con firmeza hacia atrás, separándole de ella.

- El cinturón de seguridad, Patrick - rió Claire, al darse cuenta de lo que pasaba. - Vaya, he sido previsora y he estado hábil al quitarme el mío…

- No es un consejo muy acertado teniendo en cuenta que vas al volante - bromeó Patrick a su vez, presionando el botón para quitarse el suyo. - ¿No crees?

La periodista no le respondió nada, sólo le tendió los brazos y le atrajo hacia sí cuando el joven acudió a su encuentro, ya sin más impedimento que la incomodidad que suponía encontrarse en un espacio tan reducido. Patrick rodeó a Claire con los brazos, apoyando una de sus manos en los cabellos de la periodista, meciéndose levemente, mejilla contra mejilla.

Una vez más, esa sensación de hogar en medio de la nada.

- Te quiero muchísimo - murmuró Claire contra su hombro.

Patrick sonrió y apretó los labios, conmovido. Sintió que debía decirle que él también la quería a ella, pero en ese momento no sabía cómo: las palabras que acudían a su mente le parecían escasas y trilladas por muchas otras personas antes que él. Por el momento, la abrazó con más fuerza, girando el rostro para besarla en la mejilla. Seguía sin recordar lo que había soñado, pero sentía que no tenía nada que temer ahora, no mientras ella estuviera allí, no mientras permanecieran juntos. Pasados unos momentos, ambos se separaron, aún manteniéndose lo suficientemente cerca para volver a unirse en un beso que nunca llegó. La periodista se pasó la mano por los párpados y esbozó una tímida sonrisa.

- Vaya, creo que necesito el segundo termo de café…

- ¿Estás bien? ¿Seguro que no necesitas descansar un momento? - quiso cerciorarse Patrick antes de ver a Claire negando con la cabeza.

- Seguro - repuso ella, volviendo a tomar asiento frente al volante. - Creo que si dijera de descansar ahora, lo más probable es que me quedara dormida: no, lo que necesito es volver a centrarme en la carretera y ese segundo termo de café

- ¿Y un copiloto que te dé conversación? - aventuró el joven a modo de broma.

La periodista esbozó una sonrisa y le miró por el espejo retrovisor.

- Siempre

Siguiendo indicaciones de la joven, Patrick abrió la mochila que viajaba junto a él en el asiento trasero y sacó el termo. Acababa de abrir la puerta del vehículo cuando una ráfaga de aire helado entró en el mismo, haciendo que el joven se apresurara a bajar cerrando la puerta tras de sí. Antes de dirigirse a la puerta delantera, su mirada divagó de nuevo en las estrellas: en Roma, como en todas las grandes ciudades, era difícil ver tantas estrellas juntas debido a la contaminación lumínica, pero allí, tan cerca de nuevo de casa, era casi como si hubiera un mapa de tenue luz dibujado en el cielo. Pensó de nuevo que eran las mismas estrellas que habían alumbrado sus noches de niñez, cuando rogaba a su madre que le dejara leer una página más antes de irse a la cama.

Su madre, sin la que entonces no había creído que pudiera vivir, ahora habitaba en algún lugar de esas estrellas.

Y él seguía allí, buscándola aún a mundos de distancia.

Dejando a un lado tales pensamientos, el joven pontífice abrió la puerta delantera y tomó asiento en el lugar del copiloto, cerrando la puerta tras de sí. A su lado, Claire Dilthey se masajeaba las manos, tratando de hacerlas entrar en calor.

- Toma - dijo Patrick tendiéndole el termo. - Si necesitas parar en cualquier momento, no tengas reparo en decirlo

- Lo sé, no te preocupes - repuso la joven negando con la cabeza a la vez que se servía en un vaso de papel. - A tí también te vendría bien uno, te ayudará a entrar en calor

El religioso asintió, dejando que Claire le tendiera un vaso de café. Lo mantuvo acunado entre sus manos por unos momentos, apreciando su característico aroma y dejando que sus manos se calentaran. Aún no terminaba de creer que se hallaran tan lejos de Roma, del Vaticano y se sorprendió agradeciendo aquella cierta distancia. No iba a mentir, Roma era su ciudad y su hogar, adoraba cada rincón de ese magnífico lugar: cómo no podías dar dos pasos sin encontrarte un tesoro del mundo antiguo esperando a ser admirado, el perfume de los restaurantes al pasear por sus calles, ver los rostros de los turistas enamorándose ellos también de la ciudad por primera vez… Y, sin embargo, estar lejos de ella esa noche le ayudaba a poner cierta perspectiva pensamientos que le habían quitado tanto el sueño últimamente.

Chartrand, por ejemplo.

Observó el coche, tomando conciencia de que era el mismo que su amigo utilizaba cuando estaba de servicio en el Vaticano. No le cabía la menor duda de que hubiera insistido en acompañarles si no le hubiera ocurrido lo que le ocurrió, él hubiera sido el primero en estar al pie del cañón. Pero, la verdad, es que Patrick no deseaba que estuviera con ellos en el coche: lo que más deseaba para Chartrand era que se recuperara, que despertara del coma y fuera el mismo muchacho de veintiún años que había conocido, que tuviera de nuevo frente a él todos los largos años de vida que le quedaban por ser disfrutados. Era sólo un muchacho y le quedaba tanto bueno por vivir…

- Estaba pensando en Chartrand - dijo Patrick finalmente. - Desde el accidente, no he dejado de pedir a Dios por su pronta recuperación. Sé que no estás segura de creer en esas cosas, pero quiero creer que se pondrá bien… Algo me dice que así será

Claire asintió, visiblemente conmovida ella también.

- Quería hablar con Erika antes de salir esta mañana - comenzó a decir la periodista. - Pero, al mismo tiempo, no quería agobiarla. Está siendo muy fuerte y me reconforta saber que no está haciendo frente a todo esto ella sola, también están las hermanas de Chartrand. Respecto a lo que dices de que no estoy segura de creer… - añadió la joven, tratando de encontrar las palabras adecuadas a la vez que negaba con la cabeza. - La verdad es que he vivido tantas cosas en mi vida, muchas de ellas tan seguidas que me siento un poco confundida… Pero sí sé que los dos queremos a Chartrand y sé que eso tiene que valer algo, sé que tus oraciones le ayudan, aunque no comprenda cómo… Yo también creo que se pondrá bien

Patrick alargó una de sus manos, uniéndola con la de Claire, quien sonrió entrelazando sus dedos con los suyos. El mero hecho de haber hablado de su amigo común, de haber pronunciado su nombre, les infundía un nuevo coraje que les daba esperanza. Todo podía acabar bien, todo podía volver a la normalidad. Nadie más iba a tener que sufrir por los delirios fanáticos de alguien tan cobarde como para actuar desde las sombras del Vaticano. Pasados unos instantes, Claire suspiró y volvió a poner en marcha el vehículo, dirigiéndolo de nuevo hacia la carretera y retomando el viaje hacia el pueblo de Craco.

- ¿Quieres que ponga la radio? - preguntó Claire. - Mi italiano sigue sin ser el mejor del mundo, pero quizás tú puedas ayudarme con lo que se me resiste

- Será un placer - respondió Patrick, animado. - ¿Qué mejor motivación para aprender que la propuesta del cardenal Gabelli? Serías la primera mujer en la historia del Vaticano en convertirse en la portavoz de la sala de prensa

- Sí, bueno… - murmuró la joven, encogiéndose de hombros y tratando de adivinar cómo encender la radio: en un principio, la propuesta de Gabelli le había hecho ilusión hasta el punto de hacerle querer ponerse a bailar, pero ahora no podía evitar tener ciertas dudas al respecto. - Es una oportunidad maravillosa de seguir aprendiendo y creo que lo haría bien…

- No seas modesta, lo harías mejor que bien - repuso Patrick, aún recordando cómo Claire se había vuelto a poner frente a las cámaras de la BBC al día siguiente de los atentados Illuminati, aún con el brazo en cabestrillo y pequeños cortes en el rostro. Además, a pesar de que entonces apenas se conocían, la joven había mantenido la promesa que le había hecho de no informar sobre lo que vivió de primera mano tras los muros del Vaticano, sin importar las ofertas que le habían hecho llegar: era una persona íntegra y una gran profesional, y no podía sentirse más orgulloso de ver cómo sus compañeros de la sala de prensa se habían dado cuenta de ello también. - Siempre he creído que tu presencia en el Vaticano es como un soplo de aire fresco, aportas mucho más de lo que crees y todos terminarán por verlo también. Sé que apenas te han dado motivos para creer lo contrario, pero no pienses que todos son como el cardenal Strauss… Te valoran mucho, Claire, lo sé

La periodista le dirigió una mirada cargada de agradecimiento.

- Es sólo que…

El silencio nocturno, que hasta entonces sólo se había visto interrumpido por las conversaciones que mantenían, se vio quebrado de repente cuando, al pulsar la joven uno de los botones que había a la derecha del volante, un potente sonido de batería resonó en el vehículo, sobresaltando a ambos.

- Creo que has dado con la radio - aventuró Patrick mientras la canción seguía sonando y Claire trataba de regular el volumen.

- No, sigue apagada, mira - apuntó la joven, señalando el panel a oscuras. - No, esto tiene que ser algu…

Claire se detuvo en sus palabras casi al momento, prestando atención a la melodía que emergía del altavoz bajo la extrañada mirada de Patrick. No fue hasta que la voz del artista comenzó a cantar las primeras palabras de la canción que el hechizo se rompió y la joven volvió en sí, abriendo los ojos como platos.

- ¡Esta canción! - exclamó finalmente la periodista con un grito de entusiasmo y los ojos brillantes de emoción. - ¡Dios mío, no puedo creerlo! ¿Una lista de reproducción de los años 80? ¡Oh, Chartrand! Cada día quiero más a este chico, es el mejor…

- ¿Qué pasa con esta canción? - quiso saber Patrick, sin poder contener una sonrisa de estupefacción al ver la repentina alegría de la joven.

- ¡Patrick, no me digas que nunca has oído esta canción! - dijo ella, haciéndose oír por encima de la música.

Antes de que el joven pudiera siquiera contestar, una voz femenina sustituyó a la del cantante masculino en la canción y Claire comenzó a mover los labios siguiendo cada una de las palabras de la canción en una sincronía casi perfecta. Conforme la melodía avanzaba y nuevos instrumentos se iban sumando a la música, haciéndola más animada a cada segundo que pasaba, también Claire iba acompañando nuevos movimientos y pronto estuvo moviendo los hombros y la cabeza al ritmo de la canción. Patrick, que hasta entonces la había contemplado casi paralizado por la sorpresa, estalló en carcajadas, cosa que no hizo más que aumentar el entusiasmo de la joven.

- ¡Es Nothing's gonna stop us now! - rió la joven con la llegada del estribillo. Cantó a gritos las dos frases siguientes, permitiéndose incluso alzar una de las manos con entusiasmo mientras con la otra seguía asiendo el volante. - ¿Te suena ahora?

- Sí que me suena - rió Patrick, aún contemplando a Claire sin poder disimular una sonrisa al verla tan animada. - Pero desde luego que no la conozco tan bien como tú…

- Esta canción le encantaba a mi hermano - explicó la periodista, aún esbozando una sonrisa de oreja a oreja. - Recuerdo que formaba parte de la banda sonora de una película que ahora no recuerdo cómo se llamaba, pero estaba protagonizada por un chico que se enamoraba de un maniquí…

- ¿De un maniquí? - quiso asegurarse el religioso entre risas.

- Los ochenta en estado puro, Patrick - contestó Claire, riendo ella también. - Y cada vez que sonaba en la radio, Eddie dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo, créeme, cualquier cosa, y corría al salón para poner la radio al mayor volumen posible y a bailarla subido al sofá, inmerso en su propia coreografía…

- Algo me dice que no era sólo tu hermano, Claire - le dijo el joven a su vez, negando con la cabeza de buen humor.

- ¡Patrick, era imposible resistirse! - rió la periodista. - Tenías que verle: comenzaba a hacer como si cantara él la canción, permaneciendo serio y haciendo gestos ridículos de vez en cuando que hacía que verle fuera hilarante. Cuando la mujer comenzaba a cantar en la canción, él me señalaba a mí, como si fuera un director de orquesta indicando la entrada de un nuevo instrumento, instándome a que siguiera yo. Dios mío, era muy pequeña cuando salió esta canción, debía de tener como unos siete años, y al principio me daba mucha vergüenza, pero su alegría era tan contagiosa que siempre acababámos los dos subidos a cualquier mueble haciendo como si cantáramos la canción a pleno pulmón sin parar de bailar

Los dos jóvenes rompieron en nuevas risas: Patrick al imaginar a una versión en miniatura de Claire demostrando la mitad de entusiasmo que había mostrado ahora en el coche al ritmo de la canción y Claire al recordar las dramáticas gesticulaciones de su hermano en determinados momentos de la canción y lo bien que se lo pasaban hasta que aparecían sus padres para llamarles la atención, diciéndoles que bajaran el volumen de la radio y que se comportaran.

- Con el tiempo, cada vez que sonaba esta canción - siguió diciendo Claire. - Comenzábamos a hacer la misma escena absurda, da igual los años que pasaran y dónde estuviéramos: era como nuestra especie de broma secreta. Incluso ya viviendo en Londres esta canción siempre me recordaba a Eddie y no tardaba nada en llamarle por teléfono y ponerlo cerca del altavoz para que la escuchara. Dios mío, me trae tan buenos recuerdos…

Patrick observó a Claire y vio cómo era la primera vez que hablaba de su hermano sin ponerse triste. Al contrario, el recuerdo de esos días felices habían dejado huella en ella y ahora la joven no podía dejar de sonreír. En silencio, agradeció a Edmund Dilthey, a quien nunca conocería pues, al igual que su madre, habitaba ahora en algún lugar de las estrellas, los recuerdos felices que le había dejado a su hermana menor, a quien era capaz de hacer sonreír incluso estando a mundos de distancia, más allá del tiempo y de la muerte. La joven negó con la cabeza para sí conforme la canción llegaba a su fin, las voces perdiéndose poco a poco hasta alcanzar el silencio, como era costumbre en los éxitos de esa época.

- Conque Chartrand es un aficionado a la música de los 80… Este chico es una caja de sorpresas

- Y creo que a mí al menos me tenía alguna reservada… - comentó Patrick.

- ¿A qué te refieres? - quiso saber Claire.

- Erika - dijo el joven, haciendo que la periodista volviera el rostro hacia él. - Siempre se ha referido a ella como una buena amiga de la infancia, pero después de lo que me has contado sobre cómo está ella después del incidente… Tengo mis dudas

Claire esbozó una fugaz sonrisa y asintió con la cabeza.

- Pues sí, haces bien en tener dudas…

- Lo sabía… - murmuró Patrick. Respiró hondo antes de seguir hablando. - Me gustaría que hubiera tenido confianza para decírmelo…

- No pienses que fue algo que te ocultó - habló la joven, girando levemente el volante hacia la derecha. - A mí tampoco me dijo nada, la verdad, pero el vernos juntos ponía a Erika muy celosa en su día y no tuve más que sumar dos más dos. No creo que se tratara de un tema de confianza, más bien de deber, responsabilidad o como quieras llamarlo… No puedo hablar por él pero, ya que nos encontramos en una situación algo parecida, pienso que igual no te dijo nada no por tí sino por la institución…

- Puede que tengas razón - contestó el religioso, aún meditando su respuesta.

La siguiente canción comenzó a sonar y los dos jóvenes fruncieron el ceño, extrañados: si antes el ritmo inequívoco de una batería había emergido de los altavoces del vehículo, lo que ahora sonaba era una melodía solemne que parecía tocada con un órgano, muy parecida a la que sonaría en el interior de una iglesia. Patrick ya estaba a punto de preguntarle a Claire si estaba segura de haber leído en el reproductor de CD que se trataba de una selección de temas de los 80 cuando un ritmo pausado de batería hizo el relevo al órgano.

- Pero qué… - murmuró la joven.

Pero entonces fue Patrick el que reconoció la canción, volviéndose hacia Claire antes de que ella tuviera oportunidad de añadir nada más.

- Es Queen - señaló el religioso con una sonrisa de satisfacción por haberla derrotado en su propio juego. - Freddie Mercury

- ¡Dios mío, es verdad! - exclamó Claire, de nuevo con una sonrisa dibujada en el rostro. - Está bien, está bien, ésta te la concedo, señor McKenna…

Patrick rió a las palabras de la periodista mientras el solo de batería continuaba. Entonces, cuando éste se detuvo, compartió una mirada divertida con Claire.

- I want to break free - afirmaron Claire y él al unísono casi al mismo tiempo que el vocalista de la banda cantaba el nombre de la canción por primera vez.

Aquella situación era una que no habría podido imaginar ni siquiera de proponérselo, pero estaba adorando cada momento del mismo. En ese viaje en coche, todos sus problemas parecían haber desaparecido: era capaz de compartir confidencias con Claire libremente, de escuchar esos temas que habían marcado a una generación - Dios, habían sido niños con esas canciones -, de reír como hacía tiempo que no lo hacía… Le recordaba a esas primeras horas que había pasado con la periodista en su despacho el pasado mes de Junio, cuando habían entablado conversaciones sobre lo divino y lo humano. Había encontrado en ella, casi por primera vez en su vida, una persona con la que sentía que podía hablar absolutamente de todo y que, al mismo tiempo, era distinta a cualquier otra persona que hubiera conocido antes. Su buen humor era contagioso, lo había sido entonces cuando todo parecía desmoronarse a su alrededor y lo era ahora que viajaban en coche por las desiertas carreteras de la campiña italiana.

Y era feliz.

Pese a todo lo demás, en esos momentos era feliz.

Hacía tiempo que no se sentía tan libre.

De nuevo, Claire cantaba al volante a la vez que danzaba en su asiento y a duras penas podía contener una sonrisa al verla tan relajada, tan ella. La joven se volvió hacia él y, al verle en silencio, le hizo un gesto con la mano animándole a unirse a ella.

- Vamos, Patrick, a mí no me engañas - dijo la periodista de buen humor. - Tú la has adivinado, después de todo: tienes que conocer la letra…

- ¿Hay alguien que no la conozca? - repuso el religioso. - Ni tampoco el videoclip…

- El mejor videoclip de la historia, con permiso del señor Jackson - afirmó Claire con rotundidad y se inclinó para subir el volumen del dispositivo. - Vamos, lo pongo más alto por si te da reparo, pero tienes que ayudarme a cantar esto

No tuvo más remedio que reírse de nuevo y asintió con la cabeza, irguiéndose en su asiento. La joven hizo la cuenta atrás con los dedos de una mano y los dos comenzaron a cantar a la vez que Freddie Mercury comenzaba una nueva estrofa. Claire no debía esperar que Patrick se le uniera de verdad, pues su rostro reflejó una expresión de entusiasta sorpresa y dejó escapar una carcajada antes de continuar con la canción. Lo curioso era que la letra de la canción hablaba de sensaciones que se ajustaban bastante bien a su vida actual, algo que nunca hubiera dicho teniendo en cuenta que lo primero que recordaba la gente de dicho tema era a Freddie Mercury vestido de ama de casa pasando la aspiradora con su característico bigote.

Me he enamorado, me he enamorado por primera vez… Dios sabe, Dios sabe que me he enamorado: es extraño, pero es verdad.

Frente al volante, Claire seguía moviendo los hombros al ritmo de la canción y siguiendo la letra de cabo a rabo, incluso dedicándole ciertas frases de la canción en miradas fugaces antes de romper a reír de nuevo. Sentía unas ganas inmensas de besarla, dejarse llevar por la emoción del momento, pero no sería buena idea teniendo en cuenta que estaba conduciendo. Eso le hizo recordar otras ocasiones en las que había sentido deseos de acercarse a ella pero se había contenido porque no era lo apropiado o porque le daba demasiado miedo romper reglas por las que se había regido toda su vida, lo que había llevado a malentendidos que afortunadamente habían sido capaces de resolver pero que no quería que se repitieran en un futuro. Dudaba de volver a tener una oportunidad como aquella, en la que ambos se sentían libres de la carga que soportaban, en la que podían ser ellos mismos de una manera en la que no era posible dentro de los muros del Vaticano.

Algo se había removido dentro de él cuando Claire había cantado las frases de la canción que hacían referencia a que quería liberarse de sus mentiras. Aún no sentía que pudiera contarle todo, pero por algo debía empezar.

Ahora que la canción llegaba a su fin, iba a armarse de valor.

- Claire - la llamó Patrick por encima de la música.

- Dime - contestó la joven, bajando el volumen.

- Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo…

Ella le miró, algo extrañada por la seriedad con la que el joven hablaba de repente, antes de asentir con la cabeza.

- Por supuesto, ¿qué ocurre?

El joven respiró hondo de forma casi imperceptible y se masajeó el puente de la nariz, sintiendo cómo los nervios volvían a él ahora que la música - esta vez un tema de Tears for Fears - sonaba más baja y la sensación de euforia le abandonaba poco a poco. Sin embargo, y aunque sintiera pudor hasta cierto punto de sólo pensarlo, sabía que no volverían a tener una oportunidad como aquella de hablar de ciertas cosas que tenían que hablar. Se recordó que el paso que más costaba dar era el primero de todos ellos, así que comenzó a hablar sin más dilación.

- Quería hablarte de lo que ocurrió en los jardines - explicó el joven pontífice, manteniéndose firme en su empeño por no apartar la mirada de la periodista, aunque ella tuviera que seguir pendiente de la carretera. Iba a afrontar el tema con valor, no como un niño asustado. - Sé que ya tratamos algo el tema anoche, en la capilla de Santa Marta, pero aún hay cosas que quiero decirte al respecto

Claire asintió, instándole a que continuara.

- Verás… Anoche te hablé de mis padres, es algo que no mucha gente sabe por circunstancias obvias…

- Habría gente que no tardaría en poner el grito en el cielo - afirmó la joven con cierta amargura: lamentaba que los padres de Patrick tuvieran que haber llevado esa doble vida cuando en realidad no habían hecho nada malo. - Lo sé, lo entiendo…

- Pero lo que te hizo decidirte a hablar conmigo fue lo que sucedió en los jardines - repuso Patrick, reconduciendo la conversación: no quería perder la oportunidad de hablar con ella del tema ahora que por fin se había decidido a hacerlo. - Sé que fui brusco contigo y que te aparté sin darte ningún tipo de explicación, y… Y lo cierto es que… Lo hice porque lo que en verdad querría es que no te apartaras nunca

Aún viéndola sólo de perfil, percibió cómo una fugaz expresión de confusión cruzaba el rostro de la joven. Sí, era consciente de que lo que había dicho podía no tener ningún sentido, pero al mismo tiempo no creía que hubiera mejor forma de expresar exactamente cómo se sentía cada vez que estaba con Claire de esa manera: querer todo de ella y, al mismo tiempo, estar aterrorizado de cruzar una barrera que nunca pensó que traspasaría y que supondría un punto de no retorno respecto a sus votos y la promesa que había hecho a Dios tantos años atrás. Sin embargo, puede que debido al silencio que continuó a esas palabras de Patrick, algo cambió en el rostro de la periodista, quien entreabrió los labios como si finalmente hubiera comprendido y volvió un momento el rostro hacia el religioso para ver si sus suposiciones eran correctas. Al contrario de lo que el joven pontífice había podido imaginar en un principio, no sintió vergüenza al encontrarse con la mirada azul de Claire, quizás porque leyó en ellos un temor que él también sentía y que le hizo comprender que, después de todo, los dos estaban en el mismo barco.

Si había alguien en el mundo que podía comprenderle, era ella.

Finalmente, Claire respiró hondo y asintió para sí misma, sólo para negar con la cabeza poco después.

- Tenemos que hacer un alto en el camino para esto… - murmuró a la vez que comenzaba a girar con cuidado el volante hacia la izquierda, irguiendo la cabeza por encima del mismo para cerciorarse de que no se encontraba con ningún obstáculo.

Patrick se limitó a asentir y guardar silencio mientras Claire sorteaba las piedras del camino hasta detener el vehículo a un lado de la carretera. Finalmente, la periodista silenció del todo al dúo británico que sostenía en su canción que nada duraba para siempre a la vez que dejaba escapar un suspiro: mantenía la mirada gacha como si se encontrara meditando algo a conciencia. Pasados unos momentos, la joven se apartó un mechón rubio del rostro y sus miradas se encontraron de nuevo.

- Te debo una disculpa - terminó diciendo Claire.

- ¿Por qué razón deberías disculparte? - si bien podía ver que sus palabras anteriores habían sorprendido a la periodista, ahora era él el asombrado.

- Por no darme cuenta antes - repuso la joven, negando con la cabeza. - Ahora que lo dices, es tan evidente y tan… Dios, es tan sencillo como sumar dos más dos y me siento muy estúpida por no haber sabido verlo hasta ahora… De verdad, lo siento: perdóname, no era mi intención incomodarte

- No me incomodas, Claire - contestó Patrick, ligeramente azorado. - Es sólo que…

El pontífice se mordió el labio inferior, sintiendo el corazón en un puño: no podía echarse atrás ahora que por fin se había atrevido a abordar el tema y, sin embargo, se sorprendía deseando que sucediera algo, cualquier cosa, un trueno salido de la nada que ahogara sus palabras, que impidiera que aquella conversación continuara… Pero iba a ser valiente, quizás lo más valiente que recordaba haber tenido que ser últimamente, pues ésa era la clase de coraje que conlleva que uno se desprenda de su armadura, quedando vulnerable por completo frente a la otra persona.

- De verdad, no me incomodas: ése no es el problema, a falta de una palabra mejor para definirlo… Hay veces en las que estoy contigo, que estamos solos, y siento tal presión en el pecho que no puedo respirar, casi como si me ahogara pero al mismo tiempo… A la vez me siento más vivo que nunca, si es que eso tiene algún sentido… - terminó admitiendo el religioso. - Pero al mismo tiempo hay algo, la forma en la que fui criado, lo que pensaba hasta hace bien poco, llámalo como quieras; que me hacía apartarme de tí y me mataba hacerlo porque era lo último que querría hacer en esos momentos… Quería decírtelo, pero no sabía cómo hacerlo… Dios, apenas siento que sepa hacerlo ahora…

Conforme hablaba, aunque seguía sintiéndose muy vulnerable, sentía como si una carga invisible desapareciera poco a poco de sus hombros. Era algo similar a lo que ya había vivido la noche anterior, cuando había hablado a Claire de la historia de sus padres con todos los secretos que eso conllevaba: al principio había sido difícil pero después se había sentido tan libre, tan en paz…

- Cuando era más joven, creía saberlo todo - recordó Patrick esbozando una media sonrisa. - Estaba seguro, tan seguro, de lo que estaba bien y lo que estaba mal, el modo correcto e incorrecto de vivir la vida… Ahora sé más de lo que sabía entonces y, al contrario de lo que me solía ocurrir, tengo dudas… Pero no respecto a tí: tú y yo hemos compartido muchísimas cosas juntos, hemos vivido momentos que unen a dos personas como no lo pueden hacer largos años de amistad: momentos de paz, momentos realmente difíciles… Siento que nadie me conoce como tú y no quiero que haya nada que nos separe: estoy harto de muros, no quiero volver a separarme de tí nunca más…

- Yo tampoco - musitó Claire negando con la cabeza, aún reflexionando sobre las palabras del joven: por supuesto que sabía que Patrick y ella habían vivido vidas muy distintas, pero era tanto lo que les unía que a veces cometía el error de olvidar que esas diferencias seguían estando ahí.

- Y creo que éste era un tema que, tarde o temprano, íbamos a tener que hablar - continuó diciendo el pontífice. - Y, ahora que estamos a tantos kilómetros de distancia, no creo que hubiéramos podido abordarlo jamás en el Vaticano, ni siquiera en el caso de que no tuviéramos otras preocupaciones y problemas con los que lidiar. Me duele hablar así porque ese lugar es un hogar para mí desde hace muchísimos años y representa tantas cosas que amo y que son importantes para mí… Pero ahora veo que, dentro de todas esas motivaciones puras y de esos deseos de lograr un mundo mejor, aún hay mucho que se debe hacer para lograr lo que todos los que hemos entregado nuestra vida a la Iglesia anhelamos ver…

Si era honesto consigo mismo, Patrick McKenna tenía que admitir que tenía sus dudas de que Jesús aprobara demasiado de lo que hoy en día se hacía en su nombre.

- Pero todo eso no tiene nada que ver con lo que quería decirte - murmuró él. - Creo que era importante que habláramos de esto porque no creo que hubiéramos podido en el Vaticano

- Te entiendo perfectamente… Has hecho bien, yo también creo que deberíamos hacerlo… Hablar, me refiero - se apresuró a corregir Claire, al darse cuenta de que sus palabras podían ser interpretadas de otra manera.

Pero para el momento en que terminó de hablar, tras unos breves instantes de perplejo silencio, el joven ya había empezado a reírse y ella sentía cómo le ardían las mejillas. Nada le hubiera gustado más que sacudirle el hombro y decirle que no se riera de ella, pero, antes de poder pronunciar otras palabras, acabó por reírse ella también. Hasta entonces, la conversación, aunque sincera y necesaria, había estado cargada de cierta tensión que acababa de salir volando por la ventana tras la metedura de pata de Claire, haciendo que el ambiente se relajara. De nuevo, como ya había ocurrido anteriormente al descubrir la lista de reproducción que Chartrand tenía en su coche, volvían a ser únicamente ellos dos, lo que de verdad eran por naturaleza propia: una pareja normal de viaje en medio de ninguna parte bajo la luz de la luna, compartiendo viejas anécdotas y conociéndose más con cada conversación que mantenían.

Desde luego no el pontífice de la Iglesia católica y una periodista de la BBC tratando de impedir que el terror volviera a desencadenarse en Roma.

- Bueno, ya está bien… - repuso Claire, irguiéndose de nuevo en su asiento y pasándose los dedos por los párpados. - Tampoco ha sido tan gracioso…

- Ha sido el tono de convencimiento con el que lo has dicho, Claire - señaló Patrick, aún a duras penas reprimiendo la risa. - Tan rotunda, tan segura de tí misma… Casi parecía una orden

La periodista negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa y reflexionando el coraje que había mostrado Patrick al hablarle abiertamente de algo que para él era tan complicado. Mentiría como una bellaca si dijera que ella nunca tenido esa clase de temores rondando por su cabeza - de una manera distinta, sí, pero también los había tenido -: si bien ella había vivido la vida de una manera que no la hacía sentir ningún tipo de conflicto cuando estaba a solas con Patrick, no podía decir que no hubiera factores que llegaran a hacerla sentir como si lo que sentía estuviera mal, peor que mal.

- El otro día, cuando estuvimos en los jardines… - comenzó a hablar de nuevo el joven. - La razón por la que me aparté de tí tan de repente fue porque, conforme pasaba el tiempo, no pude evitar querer… - se detuvo ahí, sintiéndose frustrado pero a la vez decidido a derribar ese muro. - Te rodeé la cintura por debajo de tu jersey y retiré la mano en cuanto me dí cuenta, pero aún así…

- No me dí cuenta - repuso Claire, negando con la cabeza. - Debió ser tan fugaz que ni siquiera me di cuenta. Patrick, escúchame, de verdad me alegro de que hablemos de esto y valoro mucho que hayas sido tú quien dé el primer paso: entiendo que es algo que te debe crear mucho conflicto interior por los votos que hiciste, unos por los que pensabas regir toda tu vida… Pero lo que sientes no tiene nada de malo, en absoluto. No quiero entrometerme en lo que creas ahora mismo, ni forzarte a nada, sólo quiero que sepas que puedes hablar conmigo y… Bueno… Quizás no de la misma manera… - continuó la joven. - Pero no eres el único que tiene miedo, si te sirve de algún consuelo…

- ¿A qué te refieres?

- Es… Es la manera en la que soy vista en el Vaticano - dijo Claire, tratando de buscar las palabras adecuadas. - No por todo el mundo, gracias al cielo: de hecho, me dí cuenta cuando estuve ingresada en el Gemelli de que hay gente… Compañeros que me valoran más de lo que había pensado. Desde que puse un pie en el Vaticano por primera vez, me topé con miradas poco menos que acusadoras… No sé, es como si esperaran que, de un momento a otro, fuera a hacer algo terriblemente inapropiado y, al mismo tiempo, era como si casi lo desearan, para poder tener la excusa para echarme a patadas de allí…

- El cardenal Strauss, imagino… - habló Patrick entonces, comprendiendo por dónde iban los tiros.

Claire ya se hallaba dispuesta a decir que no era sólo el cardenal Strauss pero, si se ponía a recordar todos los momentos en los que se había sentido lejos de ser bienvenida en el Vaticano, todos ellos estaban acompañados de la presencia del viejo cardenal. Siempre la había mirado como si fuera algo desagradable que soportar, se había asegurado de que su labor en la sala de prensa fuera lo más monótona y rutinaria posible, la había humillado delante de sus compañeros, había hurgado en su vida y en su pasado con ayuda de otro cardenal para echarla de allí… Podía seguir encadenando malas experiencias que había tenido con ese hombre, pero si se ponía a contarlas todas mucho se temía que acabaría por sorprenderles la luz de la aurora.

- Hace sólo unos días, cuando pasó este incidente - dijo la periodista, señalando el arañazo que aún podía verse en su mejilla derecha. - El cardenal Strauss me dijo que a veces pensaba que la gente tenía razón cuando pensaban que en el Vaticano se estaban produciendo cambios… Dios, él dijo que… Dijo que efectivamente esos cambios estaban ocurriendo cuando incluso teníais ya vuestro propio caso Lewinsky…

Por unos momentos, la expresión del rostro de Patrick no cambió, aún atento a las palabras de Claire creyendo que iba a continuar hablando… Pero la joven vio el momento en que el pontífice reconoció el apellido Lewinsky y también el caso con el que estaba relacionado, uno que había sacudido los cimientos de la Casa Blanca a finales de los años 90 y que había hecho perder la presidencia de los Estados Unidos a Bill Clinton. Claire esbozó una triste sonrisa y asintió.

- Así es como me ve él, eso es lo que piensa de mí… Que sólo estoy deseando meterme en tu cama

- Demonios… Claire, si lo hubiera sabido… - repuso el joven, hablando ahora con rabia contenida. Siempre había sabido que al anciano prelado no le hacía especial gracia tener a la periodista por allí, pero nunca le hubiera creído capaz de expresarse de esa manera: chocaba mucho con la imagen del hombre al que conocía y admiraba desde hace tantos años. Tras unos momentos, Patrick suspiró y alcanzó de nuevo la mano de Claire: esta vez, Strauss no tenía cabida entre ellos, no en esos instantes. - Pero Claire, no puedes pensar que eso es lo que piensa todo el mundo en el Vaticano porque no es verdad: Chartrand te quiere, tus compañeros de la sala de prensa también te quieren y te valoran… No debes dejar que la opinión totalmente equivocada del cardenal Strauss sea la que impere respecto a cómo eres apreciada de forma general en el Vaticano…

- El problema no es el cardenal Strauss en concreto, ni tampoco lo que crea o deje de creer sobre mí - contestó la periodista. - El problema es que sé que hay mucha más gente, no sólo en el Vaticano, sino en el resto del mundo, que no piensa muy distinto a la manera en que lo hace él. Gente que si supiera una décima parte de lo que pasa entre tú y yo… Dios, no me lo quiero imaginar. Creyentes, o al menos personas que dicen serlo, que no se lo pensaría dos veces a la hora de dedicarme toda clase de improperios: de acusarme de ser una fulana, una ramera, una prostituta…

- Claire, no eres ninguna de esas cosas - la interrumpió Patrick, posando una mano en el antebrazo de la joven. - No dediques ni un sólo momento más a esas opiniones inválidas del cardenal Strauss o de cualquier otra persona, porque no tienen ni idea de lo que está pasando entre tú y yo. Lo que tenemos es bueno, lo sé, lo creo de todo corazón… Es casi un milagro, lo más especial que he vivido nunca y da sentido a todo lo demás. No dejes que la visión equivocada de ciertas personas te afecte porque no tiene nada que ver con la realidad

La joven se sostuvo la mirada durante unos instantes antes de asentir y agachar la mirada, conmovida. Patrick la oyó suspirar y, al ver cómo se apresuraba a pasarse los dedos por los párpados, pulsó el botón para quitarse el cinturón de seguridad e hizo lo mismo con el de Claire, quien dejó escapar una breve risa antes de que el religioso la rodeara firmemente con los brazos. La periodista se aferró a él, pasándole las manos por la espalda y suspirando una vez más: estaba visto que aquella era una noche de confesiones en mitad de ninguna parte, secretos que aliviaban la carga de ambos al expresarlos en voz alta.

- No volvamos a ocultarnos nada - dijo Patrick, quien notó cómo Claire asentía al momento. - Estamos los dos en el mismo barco, si no podemos entendernos y ayudarnos el uno al otro, ¿quién puede? Si tienes miedo, no te lo guardes para tí: cuéntame todo al respecto y si no pudiera ayudarte, al menos tendremos miedo juntos. No estás sola, me tienes a mí. Puedes apoyarte en mí siempre que lo necesites…

Claire dejó escapar una risa fugaz, separándose lo suficiente como para poder mirarle a la cara.

- Es curioso - murmuró ella. - Lo mismo te diría a tí, palabra por palabra… Lo que sientes por mí no debería ser nada de lo que debieras avergonzarte ni tampoco temer, mucho menos a la hora de hablar conmigo. Te entiendo y te apoyo, pero también comprendo que las circunstancias que nos rodean no son las más apropiadas pero… Sí pienso que en nuestra relación sólo debería importar lo que sintamos y pensemos tú y yo. No trato de presionarte para que hagamos nada, sólo quiero que sepas que es normal lo que sientes y que no hay nada de malo en ello… Sé que es muy fácil decirlo y que tienes que rendir cuentas ante más gente pero…

- Si he de ser sincero… - la cortó el joven. - No pienso que estar contigo perjudique en modo alguno mi labor como pontífice, más bien al contrario. Estar conmigo me hace entender cosas que antes creía comprender, pero no podía estar más lejos de la verdad. Sé que habrá gente que no opine lo mismo pero, como tú dices, ahora mismo sólo deberíamos contar tú y yo… Además, como te dije, ahora veo la historia de mis padres de manera distinta: no creo que su relación les hiciera peores personas o peores siervos de Dios, sólo personas a las que verse en tal encrucijada les causó mucho dolor… Y no creo que Dios quisiera ver a ninguno de ellos, que no dejaban de ser sus hijos, pasando por aquel trance…

La periodista acarició la mejilla de Patrick, quien había ido bajando el tono de voz sin darse cuenta a medida que los recuerdos de sus padres acudían a su mente. ¿Cómo hubiera sido su vida si sus padres hubieran decidido permanecer juntos, pese a todo? No sabía si su relación hubiera durado a lo largo del tiempo, de la misma manera en que ninguna pareja sin ese tipo de problemas lo sabía, pero… Conociéndola a ella y conociéndole a él, pensaba que podrían haber sido una pequeña familia, una que no necesitaba demasiado para ser felices… Ahora que pensaba en ello, lo más probable era que lo que había provocado la ruptura de la relación de sus padres habían sido los compromisos pastorales de Kieren McKenna, que le obligaban a viajar continuamente… Pero su madre lo había dejado todo por él, por alguna razón que desconocía, su padre no se había visto capaz de hacer lo mismo.

Aunque puede que acabara por arrepentirse después de lo que les sucedió.

- Estaré a tu lado en cada uno de tus pasos - murmuró Claire, casi como si compartiera un secreto con él. - Siempre lo he estado y no voy a dejar de estar ahí ahora…

Encontrándose de nuevo con la mirada de la periodista y tras unos breves segundos, Patrick adelantó el rostro fundiéndose con ella en un beso que, a pesar de que la pilló por sorpresa, la joven no tardó en corresponder, apoyando las manos en sus hombros. Aún le maravillaba la capacidad que Claire tenía de hacerle sentir a salvo donde quiera que estuvieran, incluso cuando se hallaban a medio camino de un lugar que no sabían lo que les iba a deparar. Acarició con el pulgar la mejilla de la periodista, como si tratara de hacer sanar el arañazo que el cardenal Strauss le había hecho al abofetearla, y su mano vagó por su costado hasta llegar a su cintura. Al notar aquel movimiento, Claire agachó el rostro, rompiendo el beso, a la vez que contemplaba la mano de Patrick. Por su parte, si era sincero, el joven debía decir que le costó no retirar la mano como lo había hecho el día anterior al darse cuenta, pero después de todo lo que habían hablado… La periodista alzó de nuevo la mirada, haciendo que sus ojos se encontraran con los suyos a sólo un suspiro de distancia. Antes de que pudiera decir nada, Claire esbozó una tímida sonrisa y bajó una de las manos, entrelazándola con la suya con delicadeza y guiándola por debajo de su jersey hasta quedar ambas posadas en su cintura.

En un primer momento, Patrick se sintió avergonzado de lo mucho que sentía arder sus mejillas en aquellos instantes pero no tardó en habituarse al roce de la piel de Claire bajo su mano: era suave, cálida… Estar en contacto con ella era algo agradable, le hacía sentir a salvo, aunque no tuviera mucho sentido. Sintió cómo dentro de sí el temor y la vergüenza desaparecían poco a poco, y lo único que quedaban eran ellos y esa maravillosa sensación de plenitud que sentía cuando estaban juntos. El joven suspiró y apoyó su frente en la de Claire, acariciando su nariz con la suya.

Quería decirle muchas cosas, quería agradecerle que estuviera ahí para él siempre que la necesitaba, quería expresarle lo afortunado que se sentía de haberla conocido… Pero una vez más todas las palabras que acudían a su mente le parecían escasas y terminaron por atorarse en su garganta. Por ello, lo único que pudo hacer fue volver a besarla, un beso breve pero sentido en el que esperaba, de corazón, que ella supiera entender todo lo que se moría por decirle.

- ¿Listo para seguir el viaje? - dijo la periodista, aún manteniendo ese tono de confidencia.

Patrick asintió y echó un vistazo al reloj digital integrado en la radio: pasaban las nueve y media de la noche. Según los cálculos que habían hecho al acordar viajar hasta Craco y volver a Roma en una sola noche, deberían haber llegado a Craco ya hacía un tiempo, pero no se arrepentía en absoluto de haber hecho esos altos en el camino, tan necesarios para Claire y para él a la hora de tratar ciertos temas. Además, tenía que reconocer que las habilidades de Claire al volante le sorprendían. Ella en un principio había dicho que temía no saber manejarse muy bien con un vehículo con el volante situado al lado opuesto del que estaba acostumbrada, pero se había desenvuelto lo bastante bien como lograr acortar una hora de viaje, aunque hubieran terminado por perderla con los altos en el camino. A decir verdad, pensó mientras Claire giraba la llave del vehículo para volver a ponerlo en marcha y él se recostaba de nuevo contra el respaldo de su asiento, poniéndose de nuevo el cinturón y recordando a la joven que hiciera lo propio, lo cierto era que creía que aquel viaje les podía salir bien, que podían llegar a Craco, investigar lo que hiciera falta y volver a Roma si todo salía según lo previsto.

Quisiera Dios que no se toparan con ninguna sorpresa desagradable al llegar allí.

Continuaron escuchando la lista de reproducción de Chartrand en silencio, sólo haciendo breves comentarios aquí y allá y sonriendo al reconocer un tema especial en las vidas de cada uno, a medida que los kilómetros se sucedían y, por tanto, Craco estaba más cerca que nunca. Patrick mantenía la mirada perdida en algún lugar más allá del cristal de la ventanilla: le sorprendía lo mucho que alcanzaba a ver teniendo en cuenta que se encontraban en plena noche y muy lejos de los pueblos más próximos, sin ningún tipo de iluminación más allá de los faros que descubrían el camino ante sí a medida que avanzaban. Pero la luz de luna aquella noche era radiante y esplendorosamente que veía perfectamente definidos en su luz plateada la silueta de cada árbol, cada llanura lejana, cada arroyo silencioso… Sólo deseó poder contemplar aquellas campiñas bajo el sol del mediodía, como una vez lo había hecho cuando era pequeño, cuando éste hacía destacar el verdor natural de las praderas de un modo que resultaba un regalo para la vista.

Un momento…

Reconocía aquella pradera.

- Yo he estado aquí antes - murmuró Patrick volviéndose hacia Claire.

- ¿De verdad? - se interesó ella. - ¿Recuerdas este lugar?

El joven volvió a mirar por la ventanilla, justo a tiempo de contemplar algo que le desconcertó. Se encontraban pasando al lado de lo que parecía un olivar, con todos los árboles ubicados de manera perfectamente estudiada y, tras varias hileras de ellos, un extraño color blanco parecía refulgir bajo la luna llena. Patrick frunció el ceño y se pegó más al cristal: tras las ramas de los olivos, alcanzaba a ver lo que parecía ser un pequeño recinto delimitado por altos muros de color blanco. De modo que eso era lo que había llamado su atención… Tras aquellos silenciosos y distantes muros, unos árboles oscuros y frondosos se alzaban mucho más allá de la altura de los olivos que rodeaban al pequeño terreno, más allá incluso de los muros que los contenían. Sus ramas se mecían espectralmente en la brisa nocturna, casi parecían saludarle al pasar…

Por fortuna o por desgracia, el vehículo seguía avanzando y, fuera lo que fuera ese lugar delimitado por muros en medio de la nada, terminó por desaparecer de su vista. El joven no podía hallarse más confundido: puede que se hubiera precipitado al pensar que reconocía ese lugar, pues no le sonaba que hubiera ningún tipo de recinto semejante al que se acababan de cruzar de camino a Craco. A decir verdad, cuando era pequeño apenas había abandonado el pueblo a excepción de alguna visita que otra al hospital de Santa Clara, el más cercano, pero éstas habían sido tan contadas y hacía tanto tiempo… ¿De verdad su memoria podía volver tan atrás y recordar una pradera en concreto cuando habían atravesado no una, sino probablemente decenas de ellas desde que abandonaran Ro…?

- Patrick… - susurró Claire.

Dejó de tratar de atisbar entre los matorrales que bordeaban aquel tramo de carretera, tan frondosos y salvajes que casi podían arañar con sus ramas el vehículo al pasar, y miró hacia el frente. En un principio, no sabía muy bien lo que había llamado la atención de Claire. Apenas podía ver dos metros más de lo que iluminaban los faros del coche, no había nada en la carretera y un silencio sepulcral los rodeaba, únicamente el aullido distante del viento quebró la quietud que los rodeaba. Era extraño que, estando en plena naturaleza, no oyeran a ningún animal moverse entre los arbustos, ni pájaro aleteando de árbol en árbol… Ahora que pensaba en ello, creía ver la silueta de un árbol al final del camino: alto, delgado, sus ramas llenas de hojas de plata se alzaban hacia el cielo como si trataran de alcanzarlo.

- Espera… Mira - volvió a hablar Claire.

Tenía ciertos problemas de vista, sobre todo para leer, pero quizás debiera concertar otra cita con el oculista al volver a Roma si… Entonces, en el cielo, unas nubes oscuras comenzaron a deslizarse pesadamente, descubriendo la luna que habían ocultado a su paso nocturno por la bóveda celeste.

Fue entonces cuando lo vio.

Más allá del árbol que había distinguido casi al final de la carretera, se erigía una colina escarpada que no resultaba demasiado lejana. Incluso desde donde se encontraban, se distinguían formas irregulares que trepaban por la misma hasta culminar en lo que parecía ser una vieja torre que había conocido tiempos mejores. Conforme la claridad lunar fue aumentando, Patrick comenzó a reconocer la forma de los tejados que aún se mantenían sobre las casas, las ventanas y los balcones desde los que ya no se asomaba nadie, los árboles que habían rodeado el pueblo en un principio y que habían acabado por adueñarse de las murallas del lugar, incluso una espesa hiedra parecía trepar por las mismas en un desesperado intento de cubrir toda creación del hombre.

Sintió cómo el aire escapaba de sus pulmones y una nueva sensación de tristeza inundaba su corazón al reconocer el pueblo que había sido el hogar de su infancia. Lo que él recordaba como un lugar encantador lleno de vida y luz ya no era más que un conjunto de ruinas que trataban de permanecer en pie, capitaneadas por la vieja torre de la iglesia que aún parecía vigilar el horizonte, la esperanza de atisbar el regreso de un rostro amigo perdida mucho tiempo atrás.

El esqueleto descarnado de una ciudad muerta.

Sus ojos comenzaron a vidriarse y notó cómo Claire le apretaba la mano con cariño. Por su parte, Patrick no pudo hacer otra cosa que morderse el labio inferior y asentir quedamente.

- Craco… Ahí está…

En su pesadilla, cuando se encontraban a mitad de camino, había escuchado a alguien llorando

Quizás había sido él mismo, años atrás, en aquella pequeña ciudad aniquilada.


NdA: ¡Nueva actualización, al fin! No sé por qué me ha costado mucho corregir este capítulo en particular, pero al fin lo puedo compartir con vosotras. Tenía muchas ganas de escribirlo ya que creo que Patrick y Claire necesitaban un respiro de los capítulos tan cargados de drama anteriores y me he sentido muy bien al poder darles esos momentos en que son simplemente ellos, lejos de secretos, miedos y muros. He tratado de centrarme en lo que les une de la cultura popular puesto que fueron niños en la misma época (Patrick nació en 1976 y Claire en 1980) y, incluso ya en la novela, Patrick es un personaje muy abierto al mundo que le rodea, al contrario de lo que podemos suponer de la mayoría de religiosos. Recuerdo especialmente en una conversación que tenía con Chartrand acerca del skateboard que me dejó loca en el momento de leerla (y al pobre Chartrand también). Por cierto, sé que le echáis de menos pero por el momento debo centrar la acción de la trama en Patrick y Claire, aunque seguiréis sabiendo de la evolución de nuestro guardia suizo favorito a través de Erika.

Me ha gustado mucho escribirles fuera del Vaticano, pienso que ambos experimentan una sensación de libertad que les ayuda a hablar de ciertas cosas que serían más difíciles de abordar allí, pendientes de si alguien les descubre o enfrascados en avanzar en la investigación. En el siguiente capítulo recorreremos Craco de la mano de Patrick y Claire, echaremos un vistazo al pasado de Patrick allí y veremos qué relación tiene esa ciudad con todo lo que se viene... Pero hasta ahí puedo leer. Espero de corazón que os haya gustado el capítulo, mil gracias por amar esta historia tanto como la amo yo y un millón de gracias más por vuestra enorme paciencia.

Postdata: Las canciones a las que hago referencia en este capítulo son "Nothing's gonna stop us now" de Starship, "I want to break free" de Queen y "Everybody wants to rule the world" de Tears for Fears. Tenía una playlist entera preparada para el capítulo, pero iba a ser muy pesado si las incluía todas así que seleccioné estas tres. De todas maneras, si queréis puedo compartiros la playlist completa en el Tumblr del fic.