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XXII
Pacífico Aroma
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Ya era bastante tarde para arrepentirse, Agasha ya había salido del Santuario con éxito, luego de hacerle pensar a la señorita Sasha que estaba lista para irse a dormir. Disfrazada con una toga de doncella que tomó (prestada) esa noche, de entre un montón de ropa tendida (la cual seguía algo húmeda) y una sábana blanca cubriendo su cabeza, Agasha bajó con resquemor las escaleras, pensando en que estaba exagerando y era imposible que el señor Albafica estuviese en mal estado de algún tipo.
Según el Santo de Sagitario, él no estaba teniendo problemas físicos…
»No significa que está bien.
¡No! Agasha debía asegurarse.
«¡Vamos, cobarde!» exclamó para sí misma. Apretó la sábana sobre su pecho y continuó descendiendo tratando de no temblar mientras andaba.
Temía que en cualquier momento el Patriarca o alguno de los otros Santos Dorados la encontrasen infraganti y empezasen un exhaustivo interrogatorio acompañado de miradas irritadas y silencios incómodos. O peor, que el sol repentinamente saliese y la hiciera polvo.
«Sólo verás si está bien, y ya, no tienes que hablar con él» se dijo tragando saliva. Además, él siempre la ha ignorado cuando no llevaba una patética sábana encima, ¿cuáles eran las posibilidades de que algo fuese diferente ahora? No es como si las doncellas fuesen de su gusto o ya habría de ellas muchas alardeando de eso.
Por eso en lo que a los demás respectaba, Agasha era una doncella más. Una doncella muda.
Dejando escapar aire de sus pulmones con lentitud en un intento de apaciguar su alterado corazón, Agasha se encontró con la escalinata que guiaba a la Casa de Piscis. Aunque adornada con frondosas flores rojas que, ella sabía, estaban envenenadas para proteger la entrada al Santuario como un último recurso de defensa, la doceava casa se veía bastante intimidante.
¿Le haría a ella algún daño siendo una Sỹdixx atrapada en carne humana?
¿Eso quería decir que…?
Sin que Agasha lo viese venir, el camino de rosas se abrió paso con suavidad para dejar libres las escaleras.
El corazón de Agasha se paralizó. ¿Acaso sabría el señor Albafica que ella estaba ahí?
«Estoy disfrazada de doncella» pensó rápido, «es posible que eso pase con aquellos que no sean una amenaza para el Santuario». Además, ella iba para abajo, no con la señorita Athena.
Tragando saliva, Agasha fue bajando con temor de que de pronto las flores le jugasen sucio y se uniesen formando dos hermosas paredes que la aplastarían entre veneno y espinas. Pero esa posibilidad sólo habitó en su imaginación, pues hasta que pisó el último escalón, las rosas volvieron a su posición con la misma velocidad lenta con la que se apartaron.
Iba a darles las gracias por dejarla ir sin heridas, pero luego recordó que se vería ridícula hablándole a las flores. No es como si no hubiese hecho ese tipo de cosas antes, siendo una florista desde la cuna. Pero, ¿qué pasaría si alguien la viese haciendo eso? La tomaría como una loca. Lo que mejor era agradecerles con un pequeño asentimiento de cabeza e irse sin intentar dañarlas.
Con pasos pequeños como temblorosos, Agasha caminó lento hasta el interior de la Casa de Piscis.
Como si nada hubiese ocurrido ahí, la chica vio que el templo estaba imperturbable. Sin una roca fuera de su sitio. Sin nada que declarase que hace pocos días, tanto el guardián de ese sitio, como ella misma, estuvieron muertos y combatiendo contra distintos monstruos para salvarse mutuamente.
Agasha tragó saliva ante algunos recuerdos de Albafica que se llevó consigo en su propia memoria cuando mantuvo el alma del hombre resguardada adentro de la suya.
Cuando Lugonis de Piscis vivía…
Bajando la cabeza, Agasha se mantuvo en medio de la Casa de Piscis.
«¿Qué estoy haciendo?» se preguntó sintiéndose bastante mal por traer a su cabeza memorias que no eran suyas.
Desde que volvió al Santuario de los Campos Elíseos, y supo que algunos recuerdos del santo de piscis se habían quedado con ella, Agasha se decidió a no indagar más en el pasado del señor Albafica, pues lo consideraba un atrevimiento y una falta a su privacidad. Ahora se atrevía a fallar a su juramento, trayendo a su presente, la imagen del maestro de Albafica.
Para variar, estaba haciendo algo que nadie le pidió que hiciese.
¿Qué se proponía estando aquí?
«Esto es una ridiculez», apretó las manos fuertemente; sintiéndose indigna.
Diablos, ¿por qué su inseguridad había vuelto? ¿Por qué precisamente ahora?
«Yo no puedo ofrecerle confort», por muy pesimista que sonase, eso era cierto. Ella ya lo había intentado antes, cuando se supone que su sangre envenenada era un problema para él, y de nada sirvió, ¿qué sería diferente ahora que quizás esto era algo que quizás él no compartiría nunca con ella o siquiera con sus compañeros?
Derrotada antes de siquiera intentarlo, Agasha se dispuso a dar la vuelta para irse, sin embargo, los dioses no estaban de su lado esta noche.
―¿Qué es lo que buscas aquí?
Enderezándose como una columna más del templo, Agasha tuvo que reconocer que era demasiado ingenua.
Podría decir todo lo que quisiera, pero ella no superaría tan fácilmente el amor que quemaba en su corazón por Albafica de Piscis. Menos en tan poco tiempo. En su interior, una Agasha mala se reía con euforia por tal mentira. Jamás podría olvidarlo, su rechazo le dolía, aun así, la joven se mantuvo firme. O lo más que pudo dada su actual postura.
Aunque… si tuviese que elegir, con toda la honestidad de la que era poseedora, Agasha prefería enfrentarse de nuevo a los guardianes del Círculo de la Violencia usando sólo un tenedor como arma, a tener que darle la cara a Albafica otra vez, sobre todo ahora que se supone que estaba muerta para todos; incluso él.
―¿Te hice una pregunta? ―espetó Albafica de Piscis acercándose, con la armadura puesta, el sonido que hacía al caminar le delataba.
Oh, oh.
Si hablaba se descubriría a sí misma, si no hablaba él la giraría y entonces se verían otra vez.
¿Y qué tal si él consideraba sus nuevos ojos como algo repulsivo? Es decir, a Agasha le encantaban, pero… ¿qué tal si a él le parecían de horror?
Chillando como un ratón, Agasha tembló ante una fuerte mano posándose sobre su hombro izquierdo.
―¿Quién eres? ―masculló él con un tono tan grave y tosco que Agasha sintió un retortijón en su vientre.
Ella estuvo tentada a lamerse los labios. Abrió la boca y balbuceó:
―Yo…
¡Huye!
De un rápido, nada planeado y ágil movimiento, Agasha se desprendió de la sábana y del agarre de Albafica sobre ella. Sin importarle que el Santo de la siguiente Casa la viese, corrió hasta la salida de Piscis donde esperaba un resguardo ante tal presión sobre su cabeza.
Una pena para ella, pues Albafica no pensaba dejar ir a alguien que se haya negado a identificarse.
Por la vestidura, Albafica dedujo que ella era una doncella, ¿pero por qué una doncella se cubriría así su cara? A menos que fuese una espía, ¿y salida de dónde? Él mismo acababa de ascender desde Aries y no había visto señales de que alguien viese a una doncella como ella. Además, el toque de queda de las doncellas de Athena era a las 8:00pm y actualmente deberían ser aproximadamente las 11:00pm.
Por otro lado, ¿qué era este pequeño cosmos que sentía provenir de ella? Era muy débil, pero algo en esa pequeña se le hizo… familiar. Su primer pensamiento respecto a eso le dejó frío ya que era algo completamente imposible. El segundo lo pensamiento lo puso en alerta, ¿sería una enemiga?
Albafica no estaba de humor para juegos. Así que, usando su inhumana velocidad, él logró alcanzar a la intrusa sin ninguna dificultad. En vez de golpearla o someterla en el piso, lanzó su propio cosmos a modo de ventisca para hacerla caer al piso de pecho.
Completamente atrapada y adolorida por el golpe, Agasha tuvo que admitir para sí misma que fue muy tonta al creer que podría dejarlo atrás sólo corriendo, porque apenas vio la salida cerca, sintió la ventisca del cosmos de Albafica golpeando sus piernas para detenerla en seco. Sus pechos resintieron ese golpe al igual que sus manos y rodillas, las cuales se rasparon.
Aguantando el dolor lo mejor que pudo Agasha se incorporó lento, quedando arrodillada con las manos sobre el piso, respirando agitada, con todo su cabello sobre su rostro como si fuese un alma en pena.
Auch.
Diablos, su mejilla derecha también había impactado contra el piso y encontrado un nuevo mejor amigo.
Para poner las cosas peor, ella oyó que los pasos de Albafica se detenían a pocos centímetros de ella por su espalda. No tuvo el coraje de levantar siquiera la mirada. Para variar, la luz de la luna atravesó los aposentos de Piscis hasta donde estaban ambos.
Ella completamente rendida a lo inevitable, él mirándola desde arriba con el ceño fruncido y un curioso deseo por recordar esa melena castaña en alguna doncella que haya visto antes. Albafica no encontró ninguna salvo a una joven de 22 años… pero esa muchacha no tenía el cabello lacio sino rizado.
Agasha temblaba fuertemente. Se sentía estúpida por haber pensado que podría ir al templo de Piscis y no ser descubierta. Jamás se habría imaginado que su estrategia de usar una sábana sería eludida tan pronto, aunque ahora que lo pensaba mejor, debió haber mantenido su trasero en el Santuario.
Porque claro, estaba hablando de querer engañar a un Santo Dorado. Qué tonta e impulsiva había sido.
Albafica miró a la chica; pequeña, delgada, cabello castaño y lacio hasta la cintura, toga blanca típica de las doncellas, pies descalzos y manos temblorosas.
―No te lo repetiré de nuevo: ¿quién eres y qué haces en mi templo?
Controlando los latidos de su corazón como mejor que pudo, Agasha tragó saliva. Inhaló profundo sabiendo que Albafica se había puesto frente a ella, finalmente decidió dejar de huir y temer.
No era tan cobarde ni tan tonta como para intentar correr de nuevo.
Ruborizada como nerviosa, cerró los puños sobre su regazo y los párpados, debido a aquel miedo irracional que ella tenía por las ideas contrariadas sobre dejarlo contemplar sus ojos. No quería que lo primero que ella viese de Albafica fuese una mueca horrorizada o asqueada por esa nueva apariencia.
Acumulando su valor, lentamente fue alzando la cabeza para permitirle a Albafica verle la cara.
―Sinceramente ―susurró la chica con temor―, no lo sé. ―Apretó con fuerza los párpados, no quería saber qué cara estaba poniendo al mirarla.
¿La consideraría una traidora? ¿Una infame por haberle hecho pensar que estaba muerta? ¿Le provocaría algo verla viva? No eran nada, fueron amantes una noche y eso fue todo, luego él quiso apartarla de su vida.
Él no tenía motivos para enojarse ni para alegrarse de que estuviese viva, ¿o sí?
Apretando más las uñas sobre sus palmas, Agasha tragó saliva ante la sensación de unos fríos dedos delineando su nariz, pasando por los pómulos, dibujando líneas imaginarias sobre sus mejillas y acabando por toquetear sus labios.
Un susto enorme la asaltó cuando oyó la armadura haciendo un fuerte sonido ante las rodillas de Albafica cayendo al piso.
―¿A… Agasha?
Ladeando el rostro, Agasha trató de apartarse de él, pero una segunda mano se afianzó a su cara impidiéndole escapar de él.
―No puede… ―susurraba en un tono de voz que ella desconoció.
Él acariciaba su rostro sin poder creerlo. Agasha dejó que el calor inundase sus mejillas, coloreándolas aún más de rojo carmesí.
―Señor Albafica… yo…
Un fuerte estruendo hizo que ambos se separaran.
Agasha (aun en cuerpo humano) se levantó al igual que Albafica y se dispuso a pelear con todo lo que tuviese a la mano… básicamente nada, pero pronto ambos bajaron la guardia cuando vieron a Nyx sollozando.
O al menos, Agasha supo que era ella y no quería que Albafica pensase que era una enemiga. Así que se apresuró al encuentro con la diosa, sin embargo, detuvo sus pies en seco al verla bien y darse cuenta que la diosa en serio no conocía el pudor.
―¡Se-señora Nyx! ―exclamó sonrojada. Escandalizada.
Nyx estaba desnuda de sus grandes senos y apenas cubierta por la falda de la toga transparente que se afianzaba pobremente de la ancha cintura. Lucía muy agitada pero no tan enfadada como Agasha la imaginaba.
―¡Mi esposo me dijo lo que había hecho! ―exclamó dolorida―. ¡No puedo creerlo! ¡Y en medio del sexo! ¡Ya se me hacía raro que quisiera complacerme tanto! ―apretó sus manos con enojo―, no puede ser. Y tan feliz que estaba por tenerte, ¡Agasha!
Dando unos pasos atrás, Agasha trató de eludir el abrazo asfixiante de Nyx, pero fue imposible. La diosa la atrapó. Agasha intentó no sentirse incómoda por el sudor que sentía provenir de la piel de su diosa… pero como con lo del abrazo, fue una tarea inútil. Sobre todo, cuando pensó en lo que Érebo y ella pudieron haber estado haciendo en estos cuatro días.
―¡Agasha! ¡Mi niña! ―lloriqueó dramáticamente, alzándola y meciéndola de un lado a otro como si le hablase a su cachorro.
Pronto, Érebo, apenas cubierto con una toga similar a la que Agasha le vio en el Inframundo, separó a ambas y tomó el brazo de Nyx.
―Deja de temer ―le dijo apresurado a Agasha―. Tus ojos lucen así porque eres una Sỹdixx con cuerpo humano, una vez que tu alma se acostumbre eso sólo pasará cuando caiga el sol así que deja de darle vueltas al asunto. Tus ojos volverán a ser normales.
―¡Érebo! ―gritó Nyx indignada, pero sin intentar zafarse de él.
―Tú calla ―le espetó a su esposa y luego regresó su mirada a Agasha―. Una vez que mueras tu alma regresará a nosotros, podrás vivir hasta ser una anciana sin preocuparte por la luz del sol. Mientras vivas en piel humana no hay necesidad de temerle al marica de Apolo.
―Érebo ―gruñó Nyx.
―Y si deseas tener hijos tampoco es un dilema, el poder de una Sỹdixx se concentra en su alma no en sus genes, así que puedes aparearte como un conejo sin problemas. ¿Qué más?
―¡No! —gritó Nyx muy enfadada—, ¡yo vine a llevarme a mi niña conmigo!
Antes de que Nyx se abalanzara sobre Agasha de nuevo, Érebo la abrazó por la espalda, conteniendo la fuerza de su esposa.
―¡Suéltame!
―Por otro lado, te aviso que como con lo de tus ojos, el poder de Sỹdixx en tu interior sólo podrás usarlo por un límite de tiempo cuando caiga el sol mientras seas una humana. Bajo la luz, no podrás hacer nada que no haría una débil mortal… ¡recuerda eso antes de lanzarte de cabeza en un risco!
―¡¿Qué un risco?! ¡¿Agasha pensabas lanzarte por un risco?!
―¡No, mujer! ―gritó Érebo conteniéndola―. ¡Fue una expresión!
―¡Tú y tus estupideces!
Poniendo los ojos en blanco, Érebo se llevó a Nyx consigo a quién sabe dónde. Los dos desaparecieron en una nube oscura.
Otra vez solos, Agasha se llevó una mano a la nuca luego de limpiar el sudor que Nyx había dejado sobre ella con la toga que usaba, riendo nerviosamente trató de aligerar el ambiente, sobre todo porque hace unos momentos Érebo le dijo que, si quería, podía aparearse como un conejo.
―Ellos dos son buenos ―se rio con los ojos cerrados―, cuesta acostumbrarse a su…
"Mal humor" quedó atrapado en sus labios cuando Albafica se abrazó a su cuerpo.
―¿Se-señor Albafica? ―musitó cuando las manos del hombre viajaron por su espalda hasta su cintura y nuca.
Ella tragó saliva llevando sus propias manos a los hombros cubiertos por la fría armadura. Aún a través de ella Agasha sintió una conexión muy especial en ese abrazo.
Fuerte, necesitado, apasionado.
Agasha sonrió con fervor al instante en el que él se encargó de levantarla en brazos para poder meter su nariz en el interior de su cuello, inhalando con fuerza. Completamente embargada por la emoción, Agasha inclinó su cabeza hacia atrás para darle acceso libre.
Con un instinto casi animal, Agasha probó abrazar las caderas de Albafica con sus piernas sin dejar de degustar la sensación que le provocaba el roce de sus labios y las masculinas manos recorriendo su piel por encima de la toga.
De una manera que ella no se pudo explicar, Albafica la apartó de sí y la bajó al piso. Dio un par de pasos atrás y la miró con un semblante que ella no supo descifrar.
Oh, rayos.
¿Acaso fue demasiado imprudente? ¿Malinterpretó algo otra vez?
Arqueando una ceja, Agasha se dio cuenta que él veía sus ojos con mucha atención. Tímida, bajó la cabeza y se cubrió los ojos con los párpados y las manos.
«Lo sabía, mis ojos lo perturban», y claro, esos ojos se veían bien en una diosa tan hermosa como Nyx. ¿Qué esperaba ella siendo una humana mortal que ni por asomo era tan bonita como la deidad? Seguro parecía un cadáver o algo peor.
Albafica pasó una mano por su propia cabellera tratando de dilucidar si esto era un sueño u otra de sus salvajes alucinaciones donde encontraba a una Agasha sonriente para él.
Pero no era así, y supo que Érebo era el mismo dios que recordaba; llevándose a la diosa excéntrica de enormes pechos que ahora reconocía como Nyx y cuyos ojos eran los mismos que Agasha tenía en vez de los verdes que a él tanto le atormentaron en los pocos sueños que se había permitido tener.
Sin embargo, su aroma era el mismo, incluso su cuerpo era calor puro, su temblor y esa baja estatura… ¡era Agasha! ¿Cómo podía ser posible cuando hace poco él mismo se enteró por su Ilustrísima que al pasarse el plazo que su alma tenía para regresar a su cuerpo, los huesos y piel de la chica se habían hecho cenizas en el agua oscura?
Apenas Sage se fue de sus aposentos, Albafica cumplió al pie de la letra con todos sus deberes… luego se encerró en sus aposentos donde derramó lágrimas silenciosas debido al dolor fresco que aún punzaba sangrante en su corazón. A la mañana siguiente su espalda y trasero resintieron las horas que había estado sentado, apoyado en la puerta… sin embargo eso no le importó.
El dolor físico no se comparaba al emocional. Al sangrado de su corazón herido por la usencia de la chica.
Y pensar que ella estaba… ¿acaso la diosa Athena y su Ilustrísima lo habían engañado?
Su alma anhelaba respuestas, así que dispuesto a conseguirlas todas, Albafica se acercó para tomar las manos de Agasha y obligarla a destapar su cara para él.
―Mírame ―ordenó con fuerza.
―No puedo… ―suspiró ella―, mis ojos no son… normales.
―Mírame, Agasha.
Ella podría ser una Sỹdixx o lo que fuese, pero él era un Santo Dorado y nada de eso venía al caso.
Albafica, el hombre, necesitaba de sólo una cosa para sentirse en paz y era que la mujer bajo el nombre de Agasha fuese sincera por primera vez con él desde que se volvieron a ver.
Ante la insistencia de Albafica, Agasha fue abriendo sus párpados poco a poco hasta que éstos se encontraron con los ojos azulados.
―Se-señor Albafica…
―¿Cómo es posible? ―todavía anonadado, él apretó un poco sus manos sobre las de Agasha―, el Patriarca me dijo que habías muerto. ¡Todos lo dijeron!
Con un fuerte nudo en su garganta, Agasha jamás había visto tal dolor en la cara del hombre, sólo en los recuerdos que éste involuntariamente le entregó y sólo así, dudaba haber visto algo semejante antes en él.
―Así fue… pero…
—¿Pero? —la incitó susurrando. Seguía ansioso.
—Hace poco… el señor Érebo me devolvió a la vida ―ella no quiso ahondar en detalles puesto que eso podría enojar al señor Albafica, sin embargo, él no estaba dispuesto a dejar cabos sueltos en esta historia.
―¿Hace cuánto?
―E-eso no…
―¡¿Hace cuánto?! —gritó sin demanda, gritó con necesidad.
Con un profundo ardor en su pecho, desviando la mirada, Agasha respondió en un suave y avergonzado susurro:
―Cuatro días.
Sin que ella se percatase de nada, Albafica cerró los ojos, lento pero fuerte. El golpe había sido duro.
4 días.
Días que él creyó lo opuesto, días en los que guardó luto por ella.
¡¿Acaso ella se estaba burlando?!
―Estabas viva ―farfulló con enojo, abriendo los ojos para posarlos sobre ella.
―Tenía prohibido salir del Santuario ―soltó Agasha su última arma que podría usar como excusa.
Ella sabía que estaba siendo cobarde, no quería admitir que en el fondo siempre supo que podía bajar a verlo durante alguna de las noches anteriores, pero tenía miedo. Tanto de admitirlo como de no hacerlo. Tenía miedo a seguir siendo rechazada. Estaba cansada de eso.
―Tenías prohibido ―se burló él ácidamente, soltándola. Agasha movió los dedos en un deseo inesperado de alcanzar los suyos, cosa que logró.
―Y tenía miedo.
―¿Miedo?
―Sí.
Decirle a Albafica exactamente a qué temía Agasha sería como si un guajolote tratase de explicarle a un perro de caza por qué no debería destazarlo y comérselo. Ella dudaba que él pudiese entenderla o más bien, que pudiese entenderla y aun así decidiese juzgarla como Agasha sabía que merecía.
En todo caso, ¿por qué se sentía como si tuviese que decírselo todo?
Ellos dos no eran nada.
―No quiero hablar ―esta vez ella quiso soltarlo e irse, pero Albafica fue más rápido y fuerte por lo que no le costó nada obligarla a mantenerse en su sitio, aferrándose a sus muñecas de mujer―. Basta ya.
―¿Basta? ―musitó él apretando su agarre, sin hacerle daño―. Has estado viva durante todo este tiempo… y yo no he dejado de sentirme miserable por pensar que habías muerto… ¿y tú dices "basta ya"?
―¿Por qué habrías de sentirte así? ―preguntó Agasha aún sin poder verlo a la cara―, al final solo yo morí, ¿o no?
―¿Y eso qué se supone que significa? ¿Qué tu vida no vale nada? ―espetó enojado.
―Digo que no deberías sentirte afectado por lo que me pase. Es todo.
Ella estuvo a punto de reafirmar que, en efecto, no sentía que su vida valiese la pena. Sin embargo, él acababa de afirmar que se había sentido miserable por su muerte.
―¿Y quién eres tú para decirme lo que debo sentir o no?
―Nadie ―aceptó Agasha―, y ese es el punto. Yo no soy nadie.
―¿Entonces nadie salvó mi vida? ¿Nadie descendió desde los Campos Elíseos para sacar mi putrefacta alma del hades? ¿Yo desnudé lo poco que me quedaba de corazón a nadie? ¿Eso intentas decirme?
Agasha no entendía por qué todo lo que él decía le producían unas inmensas ganas de llorar. Quizás era porque aún tras su fachada de santo severo, había un hombre herido por su culpa.
¿Acaso Albafica estaba… interesado en ella? ¿Le habría tomado algo de cariño? ¿Cuándo habría sido eso?
―Entonces dígame usted, ¿qué soy? ―Con un nudo en su garganta, Agasha levantó la vista para observarlo. En esta ocasión Albafica no desvió ni menguó su mirada―. ¿Qué soy?
Él descendió sus manos hacia las de ella y dio un suave apretón.
―Es triste.
―¿Eh?
―Es triste ―repitió con una mirada afligida―. Es triste que no puedas ver lo que otros sí. Incluso Nyx pudo detectar lo que te hace valer más que cualquier otra cosa. Qué tú seas la única ciega… es triste.
Lágrimas pesadas bajaron con rapidez por sus ojos oscuros.
―No entiendo… no entiendo nada.
Albafica sonrió tristemente recordando la noche en la que se entregó a Agasha por primera vez.
―Pero lo entenderás.
Desprendiéndose de su armadura por cuenta propia, Albafica tomó la cabeza de Agasha y la puso sobre su pecho. Quería que ella oyese su corazón, ese que latía gracias a su valentía. A su destreza. Él deseaba que Agasha se diese cuenta que su vida no tenía precio y nadie tenía que decirle quien era ella, eso debía descubrirlo por sí misma.
Rendida a su mar de emociones, Agasha lloró sobre su pecho, lo abrazó fuertemente del torso y para deleite de Albafica, ella no se apartó cuando él comenzó a acariciar su cabeza. Le hubiese gustado pegar su mejilla a la coronilla de la muchacha, pero para hacer eso tendría que flexionar mucho las rodillas. La diferencia de estaturas entre ambos era más que notable cosa que le produjo mucha gracia.
Sentirla así, junto a él, despejó su mente, su alma y su corazón. Él aun no terminaba de entender lo que sentía al tenerla a su lado, pero lo que sí sabía era que no quería que ella se marchase de nuevo.
No ahora que veía el infierno en el que se convertía vivir sin su luz. La falta que le hacía sentir su cuerpo pegado al suyo. Oír su voz, su risa. Apreciar el brillo inocente de sus ojos.
Creyendo que después de una larga charla con calma, toda duda y enfado quedaría en el pasado, Agasha se sonrojó y saltó en su sitio cuando sitió las manos del Santo descender de su cabeza para bajar a su espalda y dar suaves masajes en círculos.
―Lo lamento ―musitó ella. ¿Por qué exactamente? Agasha no sabría decirlo con claridad.
Albafica negó con la cabeza.
―No, soy yo quien debe disculpase. Puse tu vida en peligro al acercarme a ti. Debí haberte dejado en paz…
―Estaría muerta en la acera o bañada en mi propio vómito. Por favor, ¿podemos dejarlo en que ambos lo sentimos?
Él sonrió.
―De acuerdo. Aunque aún tienes mucho que explicar.
Agasha frunció el ceño.
―¿Cómo qué?
―Mmm, no sé. Empezando por dónde aprendiste a pelear.
Eso la tomó por sorpresa, tanto así que incluso había dejado de sollozar. Con su cara húmeda y sus ojos rojos, Agasha no se esperó esa pregunta. Wow… un Santo Dorado se había percatado de sus habilidades en combate; eso hacía que se sonrojase, sí, mucho más de lo que ya estaba.
¿Cuántos tonos de rojo había alcanzado su rostro esa noche?
―Es-es qué y-yo, f-fue la… la… la arm-armadura.
―La armadura no hace nada que su portador no pueda ―con una mano secó las lágrimas sobrantes en una de sus mejillas.
―N-no lo sa-sabía ―aspiró fuerte la mucosa que ya se había formado en su nariz.
Albafica sonrió.
―Érebo dijo que tus habilidades de Sỹdixx se presentan sólo por las noches, supongo que en algún momento tendré la oportunidad de averiguarlo.
―Mmm, no sé ―Agasha tembló ante esa idea―. Imaginarlo pateándome el trasero en una pelea no es una imagen que yo quisiera llevarme a mi cama.
―¿Y qué tal la mía?
Alcanzando el que debía ser el tono de rojo absoluto, las mejillas de Agasha se encendieron furiosamente y su corazón dio un vuelco ante esa pequeña pregunta.
―¿C-cómo?
―No voy a dejarte ir, Agasha ―advirtió apartando unos cabellos de la cara de la chica.
La chica sonrió aún con un poco de nerviosismo.
―Yo no vine hasta acá para que me dejase ir.
Ella misma llevó sus manos a la cara de Albafica, luego apretó un poco los labios.
―Debo decirle que si quiere que lo bese va a tener que agacharse porque yo aún no sé volar.
Soltando la primera risa verdadera de toda su vida, Albafica hizo lo que Agasha le pidió, juntando su frente con la suya.
―No te preocupes, ya te enseñaré. ―Entonces fue él quien la besó.
Sin prisas, sin temor ni dudas. Este beso podría ser uno donde sólo hubiesen juntado sus labios, más no significase que fuese uno vacío. De hecho, pasaron un par de segundos antes de que la propia Agasha abriese su boca para aprisionar el labio superior del Santo.
―Señor Albafica ―musitó sobre su piel―. Quiero hacerle el amor.
Al abrir sus ojos y ver en los de Agasha una sinceridad palpable, Albafica se limitó tomarla de la cintura y besarla esta vez con más fuerza. Él también quería, no, más bien, anhelaba hacerle el amor.
—CONTINUARÁ—
Cambios mínimos en este capítulo, que es uno de los más cortos del fic a pesar de que pasa de las 4,000 palabras jajaja. Unas cuántas modificaciones en los diálogos y algunos detalles extra a la caída de Agasha provocada por Albafica. Eso y la mención de cuando él siente un pequeño cosmos proviniendo de ella. Fuera de ahí, nada nuevo que reportar.
¡Ya casi terminamos! Un capítulo; más el epílogo, y continuaremos con un nuevo fic para la saga!
¡Gracias por leer! Su apoyo es invaluable para mí.
maryancastro90: bienvenida a Fanfiction :D saludos. Gracias por comentar y seguirme. ;)
¡Hasta el próximo capítulo!
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