Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«25»


«Y querría que esos sueños duraran
eternamente...»

.

.

—Lady Hewitt tenía razón — gimoteó Hinata—. Puedes pulirme todo lo que quieras, pero jamás seré nada más que un trozo de carbón.

Cuando dio la espalda al espejo y se arrojó teatralmente sobre la cama de Sakura, poniéndose el brazo sobre la frente, Sakura y su doncella intercambiaron una mirada de exasperación.

—No seas tonta, Hinata — la reprendió Sakura —. Lo único que pasa es que estás desquiciada por los nervios. Vamos, vas a ser la mujer más hermosa del baile.

Hinata se sentó.

—¿Por qué? ¿Es que has olvidado invitar a alguien?

Incluso Sakura tuvo que reconocer que en ese momento nadie tomaría a la duquesa por un diamante de primera clase. Llevaba una vieja y raída bata salpicada por numerosas manchas de té. Tenía la cabeza llena de rulos hechos con papel, que se le disparaban de la cabeza en todos los ángulos imaginables, y la cara cubierta por una gruesa capa de loción Gowland, la crema milagrosa que, según aseguraban, borraba hasta las pecas más desfavorecedoras.

Suavemente Sakura le limpió de crema la punta de la nariz.

—Puede que ahora parezcas un adefesio, pero cuando Celeste haya terminado contigo, serás el bocado más celebrado de todo Londres.

A Hinata se le iluminó la cara.

—¿Bocado? Tengo un hambre que me comería una barra de pan entera. ¿Podríamos llamar a Biwako para que traiga unas pocas tostadas?

—Tal vez después — le prometió Sakura—. Ahora tenemos que concentrarnos en vestirte.

—¿Para qué? ¿Para que tu primo me haga desfilar delante de todo Londres? ¿Para que los señores y señoras puedan mirar desde arriba de sus narices a la campesinita que consiguió cazarlo con engaños? Yo sabía que estaba resuelto a vengarse de mí, pero incluso en él, esto es demasiado diabólico. Debería haberme casado con alguno de los que me lo propusieron antes. Puede que fueran peludos y hediondos, pero no eran malos. — Volvió a tumbarse en la cama—. Tu primo es un demonio. ¡Lo odio!

—Pues claro que lo odias — canturreó Sakura, haciendo gestos desesperados a Celeste para que empezara a ponerle las medias de seda a la duquesa mientras estaba distraída.

Pero antes que la doncella le hubiera pasado una media más arriba del tobillo, Hinata volvió a sentarse, su gesto enfurruñado reemplazado por una expresión de la aflicción más absoluta.

—No tengo por qué culparlo, ¿sabes? Dios no me castigaría si no hubiera sido tan malvada. Yo fui la que confundió mi voluntad con la suya, la que lo deseó, la que mintió, la que...

Ese amargo soliloquio con sus pecados podría haber continuado días y días si no hubiera irrumpido Hanabi en la habitación con un plato lleno de dulces.

No había llevado mucho tiempo a la hermana de Hinata descubrir que el ala norte era el secreto mejor guardado de Uzumaki Hall. Sakura se había hecho un acogedor refugio ahí, un mundo que no tenía nada que ver con los fríos mármoles y los opresivos paneles de caoba del resto de la casa. Las paredes estaban revestidas de hermosas cretonas floreadas, y las alfombras eran el perfecto telón de foro para la peluda gata blanca que estaba echada en una mullida otomana delante del hogar como la esposa más mimada de un sultán.

Como era su costumbre, Hanabi ya venía hablando cuando entró.

—Ay, Hinata, deberías ver todas las cosas que ha preparado Biwako para esta noche. Hay todo tipo de confites, panecillos de jengibre y helados, un pastel de nata, limón y licor decorado con violetas de azúcar, y los más preciosos pastelitos franceses en forma de corazoncitos empapados en ron. Me dio a probar de cada uno, y Naruto dijo que aunque soy demasiado pequeña para bailar, podía quedarme de pie toda la noche si quería.

La mirada de Hinata estaba fija en el plato con pastelillos. Sacó la lengua para mojarse los labios.

—Estoy muerta de hambre. Dame unos pocos.

Hanabi eligió un desafortunado momento para ponerse pesada.

—¡No, son míos! — Aferró el plato contra su pecho—. Ve a buscar para ti, si quieres.

Hinata se levantó de la cama con los ojos peligrosamente entrecerrados.

—Me vas a dar ahora mismo, mocosa egoísta, si no quieres que te dé de cachetadas.

Hanabi la miró boquiabierta.

—¡Pues no te doy! ¡Nunca me has pegado! Ni siquiera cuando lo necesitaba.

—Bueno, siempre hay una primera vez, ¿verdad? — dijo Hinata, arrebatándole el plato.

Empezó a temblarle el carnoso labio inferior a Hanabi.

—¡Eres una duquesa mala, eso eres, y voy a ir a decírselo a Biwako!

Salió corriendo de la habitación, dando un portazo. Con horrorizada fascinación, Sakura observó cómo Hinata empezaba a meterse pastelillos en la boca, uno tras otro.

—Celeste, ¿podrías ir a ver si la lavandera ya terminó de planchar el vestido de su excelencia? — dijo dulcemente.

Cuando salió la doncella, empezó a pasearse alrededor de Hinata, sin poder apartar los ojos de ella.

—Ah, Hanabi tenía razón — exclamó Hinata, poniendo los ojos en blanco, extasiada—. Estos pasteles franceses son exquisitos.

Cuando terminó de engullirlos todos, se pasó la lengua por los labios para recoger las miguitas, haciendo un mal gesto al coger también un poco de la crema.

—¡Buen Dios! — exclamó Sakura, dejándose caer en la otomana, casi aplastando a la sobresaltada Bola de Nieve—. Estás embarazada, ¿verdad?

Mientras la disgustada gata corría a meterse debajo de la cama, Hinata fue lentamente a sentarse en el borde, con el labio inferior tembloroso.

—¿Desde cuándo lo sabes? — le preguntó Sakura afablemente.

A Hinata le brotó una lágrima de un ojo, que le bajó por la mejilla abriendo un torcido surco por en medio de la crema.

—Lo he sospechado desde hace casi una semana, pero sólo tuve la seguridad esta mañana, cuando vomité el desayuno en mi palangana para lavarme y casi le hice saltar la cabeza al pobre Addison con un grito, sin ningún motivo. Me pareció que el pobre estaba a punto de echarse a llorar.

—Me imagino que esto no te habrá cogido demasiado por sorpresa, ¿no? Sobre todo, dadas las visitas nocturnas de mi primo a tu dormitorio.

—¿Cómo lo sabes? — preguntó Hinata, con los ojos agrandados por la sorpresa.

—Puede que ésta sea una casa grande, pero no soy ciega. Ni sorda.

La crema no le cubría las orejas a Hinata, de modo que delataron el violento rubor que le subió a la cara.

—Bueno, no tienes por qué hacerte ninguna idea romántica. Sólo ha estado cumpliendo con su deber.

—Y con un entusiasmo incansable, podría añadir — dijo Sakura, sarcástica—. ¿Se lo has dicho?

Hinata negó con la cabeza.

—¿Por qué habría de decírselo? Una vez que le haya dado su precioso heredero, me relegará a alguna de sus propiedades, de preferencia en Gales o Escocia, y olvidará que yo he existido.

—Eso podría resultarle más difícil de lo que te imaginas. — Sakura fue a sentarse junto a ella en la cama, mientras Hinata la miraba recelosa—. Cuando Naruto llegó a vivir aquí, mi tío le dio todo lo que había prometido. Puede que le haya faltado afecto, pero jamás le faltó ningún lujo. — Incluso en ese momento Sakura sintió la vieja punzada de envidia—. Tenía juguetes de todos los tipos imaginables, un gordo pony Shetland, los mejores tutores. Sin embargo, todas las noches yo lo encontraba sentado en el asiento de la ventana de la sala de los niños, mirando hacia la oscuridad. Aunque nunca lo habría reconocido, esperaba a su madre. En algún remoto recoveco de su corazón, seguía creyendo que su madre vendría a buscarlo.

Hinata hizo una inspiración resollante.

—¿Cuándo dejó de creerlo?

—Ah, pues ahí está el problema — repuso Sakura—. No creo que nunca haya dejado de creerlo. — Le cogió una mano—. Tienes que ser más fuerte que ella, Hinata. No puedes permitirte renunciar sin dar la batalla.

—Pero ¿y si la pierdo? — preguntó Hinata en un susurro. Sakura le apretó fuertemente la mano.

—Entonces, sencillamente tendrás que recoger los trozos de tu corazón destrozado y continuar, tal como he hecho yo.

Cuando apareció la duquesa de Uzushiogakure en lo alto de la escalinata de mármol que bajaba de la galería, se propagó un febril murmullo por todo el salón de baile.

Bajo las rutilantes lámparas de araña se había reunido la flor y nata de la aristocracia londinense a presenciar su entrada en su excelsa sociedad. Al recibir la invitación, muchos habían vuelto a toda prisa de sus casas de campo a atiborrar las estrechas calzadas con sus berlinas y coches de ciudad.

Desde la muerte de la última duquesa no había habido ninguna grandiosa recepción en la casa, y todos estaban casi tan ansiosos por echar una mirada a la legendaria mansión como a la joven esposa del notorio Diablo de Uzumaki.

Resultó que no se llevaron una decepción, ni en lo uno ni en lo otro.

El salón era tan inmenso que no daba lugar a los sofocantes calores y apretujamiento tan corriente en la mayoría de este tipo de reuniones. El suelo resplandecía bajo sus pies, y su delicado aroma a cedro encerado se mezclaba con los perfumes de las damas. La luz de las velas color rosa sostenidas por candeleros adosados a las paredes complementaba de maravilla la agradable luminosidad que arrojaban las de las arañas.

Pero todas esas luces parecieron palidecer ante la deslumbrante belleza de la mujer que estaba en lo alto de la escalinata.

Llevaba recogidos sobre la cabeza sus aterciopelados cabellos oscuros en un moño flojo sujeto por una diadema de perlas. Del moño se escapaban unos cuantos rizos que acentuaban la luminosidad de sus ojos y las arqueadas cejas de un color más oscuro.

Su esbelta figura estaba muy bien servida por un vestido de talle alto de seda blanca realzado por una sobrefalda de tul del más purísimo verde mar. Sus mangas abombadas y la orilla del vestido estaban adornadas por cintas alternadas de satén y encaje. Su blanco cuello sólo estaba adornado por una finísima cadenilla de plata que desaparecía bajo el escotado corpiño, dejando a la imaginación qué joya fantásticamente cara llevaría oculta.

Naruto estaba cerca de una de las puertas cristalera bebiendo champán y conversando con Sasuke cuando se elevó el ronco murmullo por el salón. Se giró a ver qué pasaba y entonces vio a su mujer en lo alto de la escalera. La primera vez que vio a Hinata Hyuga pensó que no era ninguna beldad. Pues, se había equivocado. Su gracia sobrepasaba con mucho a una simple guapura. El destello de desafío que brillaba en sus ojos por lo demás tranquilos y su mentón avanzado la hacían mucho más seductora a sus ojos.

Sasuke le dio un codazo.

—¿Te encuentras bien, Naruto? Tienes el aspecto de que te hubieran dado un puñetazo en el pecho.

—No es mi pecho lo que me preocupa.

Entregando su aflautada copa a Sasuke, empezó a abrirse paso por entre el gentío. Aun cuando no había ninguna necesidad, puesto que Hinata ya había captado la atención de todos los ojos, Addison avanzó un paso y cumplió su deber de anunciarla:

—Su excelencia, la duquesa de Uzushiogakure.

Mientras Hinata descendía los peldaños bajo la evaluadora mirada de los más elegantes de la sociedad, un sólo pensamiento ocupaba su mente: el de gratitud porque ya habían pasado de moda los miriñaques; así no tenía que angustiarse pensando que podría tropezarse con uno y caer rodando por el resto de los peldaños.

Y no le fallaron los pies, hasta que vio a su marido al pie de la escalera, esperándola. Sus cabellos dorados formaban un deslumbrante contraste con su frac negro y los volantes blancos almidonados de la pechera de su camisa. Aunque sus ojos estaban sombríos, ese esquivo hoyuelo suyo coqueteaba con su mejilla.

—Es tradicional que el baile lo inicie la invitada de honor — dijo, tendiéndole la mano.

Hinata puso su mano enguantada en la de él y se dejó llevar al centro de la pista. Interpretando bien la señal, los músicos iniciaron un tintineante minué.

Hinata jamás había considerado el minué una danza particularmente apasionada, pero cada vez que se encontraba cara a cara con Naruto y se cogían ligeramente las manos, la expresión que veía en sus ojos le hacía palpitar más rápido el corazón.

Bailaron como deberían haberlo hecho en su desayuno de bodas, sus pasos medidos no menos tiernos y eróticos que los del baile en su cama la noche anterior. Cuando sonó la última y delicada nota, Hinata estaba tan sin aliento como si hubieran bailado un reel escocés.

Aún no acababa el caluroso aplauso cuando llegó corriendo hasta ellos una beldad de cabellos oscuros, cuyos pechos amenazaban con desbordarse de su escotado corpiño.

—Excelencia — ronroneó, haciendo una venia que aumentó el peligro de desborde.

—Ah, ¿lady Hewitt, verdad? Espero que su marido se encuentre bien.

Naruto paseó la vista por la muchedumbre, notando de paso que casi todo el mundo estaba observando la conversación con sumo interés. Los invitados más cercanos corrían el peligro de enfermar de tortícolis, de tanto estirar el cuello para oír lo que decían.

—¿La ha acompañado esta noche? — le preguntó.

—Pues, mi cariñito está en cama con un fuerte ataque de gota. — Hizo un bonito morro—. Supongo que ése es uno de los riesgos de casarse con un hombre mayor que una. Con frecuencia tengo que atender yo sola a mis necesidades.

—Qué lástima. En realidad, esperaba con ilusión saludarle. ¿Le han presentado a mi esposa?

Lady Shizuka hizo una fría inclinación de cabeza hacia Hinata.

—Cómo está, excelencia. He oído mucho hablar de usted. En todo Londres no se comenta otra cosa que su vertiginoso noviazgo — dijo, inyectando sus palabras con la mayor maldad que se atrevió.

—Eso no me sorprende nada — repuso Naruto, haciéndole un diabólico guiño—. Las altas cumbres del escándalo, ¿verdad?

A ella pareció desconcertarle que él reconociera eso tan tranquilo. Se llevó la blanca mano a la garganta.

—No me cabe duda de que usted sabe cómo empiezan estas habladurías. Después de todo, ha sido casi un recluso desde su regreso.

—Eso se debe a que no soporto alejarme ni un instante del lado de mi amada. — Rodeó la cintura de Hinata con un posesivo brazo. Le sonrió amoroso, sus ojos brillantes de picardía—. En el instante en que puse mis ojos sobre Hinata, comprendí que tenía que tenerla. Vamos, casi fue como si hubiéramos estado comprometidos durante años, ¿verdad, queridísima?

—Mmm... eh... — Hinata había olvidado lo aniquiladora que podía ser toda la fuerza del encanto de Naruto. Habría continuado tartamudeando indefinidamente si él no le hubiera dado un buen pellizco—. ¡Ah, sí! Fue muy extraordinario. Vamos, ya en el primer encuentro nos pusimos a hablar de nuestro futuro juntos.

—¿Y cómo se conocieron? Dado la disparidad entre sus... circunstancias — lady Shizuka agitó las ventanillas de su patricia nariz—, suponía que debió de ser por casualidad.

Naruto se echó a reír.

—Algunos podrían llamarlo casualidad, pero yo lo llamo destino. Todo se lo debo a una yegua asustadiza. Después que me arrojó al suelo, Hinata fue la primera en tropezar conmigo. He de confesar que me encontré bastante a su merced.

Aunque Hinata continuó sonriéndole, colocó el pie sobre su empeine y apretó con fuerza.

—No recuerdo haber oído ninguna queja en esos momentos.

—Por el contrario. El día más feliz de mi vida fue aquel en que ella aceptó casarse conmigo.

Hinata lo miró batiendo las pestañas.

—¿Y cómo podría haberme resistido a una proposición tan elocuente y romántica?

Él entrecerró muy ligeramente los ojos.

—No es de extrañar que hayamos dado tema de murmuración a las lenguas chismosas, ¿verdad, cariño? ¿Quién podía pensar que el vil Diablo de Uzumaki acabaría entregando su corazón a un ángel?

Llevándose la mano de Hinata a sus labios depositó en ella un tierno beso.

Las mujeres que habían estado oyendo la conversación no se molestaron en reprimir un suspiro de envidia. Cuando uno de los maridos se atrevió a mirar al cielo poniendo los ojos en blanco, su mujer le golpeó el brazo con su abanico.

Lady Shizuka frunció la boca como si hubiera comido algo terriblemente amargo.

—Si me disculpan, creo que le prometí el próximo baile al marqués de Rannigan.

—El cielo lo ampare — musitó Naruto, observando sus exagerados meneos al alejarse.

Hinata ya no pudo continuar reprimiendo la risa.

—Y el cielo te ampare a ti por soltar todas esas tonterías. Vamos, habrían hecho ruborizar al propio lord Byron.

—Todo lo contrario. Durante toda la conversación estuvo detrás de tu hombro izquierdo anotando frenético todas mis palabras.

—¡No! Vamos, Hanabi se morirá de envidia — exclamó ella, girándose por si veía un atisbo del gallardo poeta.

Naruto le puso las manos en los hombros desnudos y acercó la boca a su oreja.

—Te aseguro que antes de que acabe esta noche, nadie, nadie en Londres, ni siquiera lord Byron, va a dudar de que el duque de Uzushiogakure adora a su esposa.

Sus enigmáticas palabras le produjeron un estremecimiento de anhelo en el alma a Hinata, pero antes que pudiera expresar sus dudas, los músicos iniciaron un movido reel escocés que les hizo imposible continuar hablando.

Sasuke pasó medio agachado por entre los bailarines, desesperado por esquivar a una mujer y encontrar a otra. Lady Shizuka Hewitt llevaba una larga hora acosándolo, persiguiéndolo con escalofriante persistencia. Puesto que Naruto la había rechazado, era evidente que deseaba encontrar consuelo en la cama de su más querido amigo. Unas semanas atrás, no habría encontrado tan impensable la idea de llevársela a la cama, pero en esos momentos las roncas risitas de la mujer y sus incesantes pavoneos le producían escalofríos.

Prefería con mucho a las mujeres altas y cimbreñas que, sintiéndose seguras con su elegancia atemporal, no veían la necesidad de seguir los caprichos de la moda. Suspiró agotado; aunque había peinado todos los rincones del salón de baile, aún no lograba encontrar a una de esas mujeres.

Lo que sí encontró fue a lady Hewitt caminando hacia él otra vez, con el pecho echado hacia delante como la proa de un potente barco. Tragándose un gemido, pasó por debajo de la bandeja vacía de copas de champán que llevaba un lacayo. Estaba considerando seriamente la posibilidad de escapar por una de las puertas cristalera cuando captó un rápido movimiento en la galería de arriba.

Lady Sakura Haruno estaba con los codos apoyados en la baranda de la galería, con el mentón sobre sus palmas. Sasuke agitó la cabeza; tendría que haber imaginado que si bien ella detestaba la superficial alegría de ese tipo de fiestas, querría vigilar atentamente a su primo y a su esposa.

Pero ella no estaba observando a Naruto ni a Hinata; lo estaba mirando a él.

Sus ojos se encontraron por encima del mar de bailarines. Ella se enderezó, su expresión melancólica reemplazada por una de alarma. Cuando se giró para escapar, Sasuke comenzó a subir la escalera, subiendo de dos en dos los peldaños con sus largas piernas.

Cuando llegó a lo alto de la escalera ella acababa de llegar al final del corredor que unía con el que llevaba al ala norte.

—Huyendo del baile, ¿eh? Creí que ése era el papel de la Cenicienta.

.

.

Continuará...