Disclaimer: Hey Arnold es una creación de Craig Barttlet. Todo lo que reconozcan de la historia le pertenece, yo sólo soy el medio para plasmar lo que mi musa demande, sin ánimo de lucro.
Después de tanta espera, después de tantos preámbulos y de tantos, aquís y allás de mi parte. Finalmente tengo para compartir con ustedes lo que mi esclavizada mente cree es la continuación del capítulo 21... o sea, el capítulo 22...
*redoble de tambores*
Sin más preámbulos... excepto por los preámbulos, claro... no puedo dejar fuera los agradecimientos pertinentes a Mario DV, MyMindPalace221B, SD Sandra D y andreasgl713 que me han comprendido, alentado, apoyado, inspirado y tolerado para que hoy pueda presentarles ante todos ustedes lo que mis cansados y ampollados dedos han logrado escribir. Este capítulo es por y para ellos, muchas gracias. Para un escritor en fanfiction (y muchos de ustedes probablemente lo saben), no hay mayor emoción que ver la aceptación que tiene su historia reflejada en las opiniones que dejan los lectores... les invito a que me den su opinión en forma de review o inbox sobre este capítulo que tan emotivo me ha parecido a mí. Consideren que son esas opiniones como el combustible de esta carcacha vieja que no arranca si no tiene ese combustible.
Ahora sí, hechos los preámbulos y dichos los agradecimientos del fondo del corazón de esta humilde servidora...
No alargo más la espera. Disfruten la lectura. Saludos.
El helado viento invernal de Seattle se coló por la puerta de cristal abierta, del balcón de la habitación, causándole un escalofrío. La rubia estiró la mano, intentando encontrar la manta en la cama para cobijarse del clima, pero sólo se encontró con el hombro de una persona.
Abrió los ojos, sobresaltada, en mitad de un ataque de pánico, creyendo que se había quedado dormida con Gerald de nuevo.
Al segundo siguiente, en su campo de visión asomó la endeble figura de Timberly, hecha un ovillo contra su costado, buscando un poco de calor. A fuerza de empujones, la realidad entró en el embotado cerebro de la chica… la visita en el hospital, el beso que le dio Gerald, la confesión que le hizo justo después, su enfado, su conversación con Timberly, el vano intento de su morena amiga por clamarla abrazándola en el suelo, y cómo ambas cayeron, presas del cansancio del día, en un profundo sueño. Sentadas contra la puerta de la habitación de hotel, que tan amablemente se ofrecieron a pagar los Johanssen para que ella pudiera visitar a su madre, habían pasado una helada noche.
Helga sonrió enternecida cuando Tim se abrazó a ella entre sueños. Como pudo, intentando no despertarla, se quitó el suéter que llevaba y lo arrojó sobre los hombros de la menor. El semblante de la chica se relajó de inmediato, aliviando también a Helga.
Nunca antes lo pensó, pero le habría gustado tener una hermana menor.
Una hermanita bebé. Pensó con sarcasmo.
Aun así, agradecía que no hubiese una tercera Pataki que pasara por el mismo infierno que ella, y fuera a sufrir la pérdida prematura de su madre, como estaba ella por sufrir.
Sacudió de lado a lado su cabeza. No podía tener esos pensamientos fatalistas.
-Buenos días- la sobresaltó el sonido de una voz ajena al cuadro en el que ella misma era una de las protagonistas, y giró rápidamente en busca de la tercera persona en la habitación. Sorprendida de encontrar al moreno que había figurado brevemente en sus pensamientos, recargado en el marco de la puerta que daba al balcón y que tan torpemente había olvidado cerrar la noche anterior, no pudo formular palabra por unos segundos. Segundos que el chico invirtió en llenarse con la escena frente a él. Helga… Recién despertada, con el cabello enmarañado, lagaña en la comisura de sus ojos, con una ligera playera y la ropa del día anterior, sentada en el alfombrado con un protector brazo rodeando a su durmiente hermana menor.
Gerald perdió el aliento por el tiempo que le tomó a Helga reaccionar, obnubilado por la imagen que apreciaba frente a él, encontrando belleza en la sencillez de lo que era… la chica de la que estaba enamorado desde hacía más tiempo de lo que nunca sería capaz de reconocer, quitándose la prenda que le proveía el único refugio contra el indolente frío de la mañana, siendo que ella odiaba el frío, y dándosela desinteresadamente a Timberly para cubrirla.
-Bu-buenos días- la voz de la chica era rasposa, añadiendo una brusquedad no buscada a su saludo.
-¿No dormiste en la cama?- sabía que era una pregunta tonta. Por supuesto que ninguna de ellas durmió en las perfectamente hechas camas del cuarto. Se quiso golpear por semejante tontería que salió de su propia boca, pero, la verdad sea dicha, le estaban temblando las piernas de pensar en tener una conversación con la rubia frente a él. Por eso, en un fútil intento por disimularlo, se había recargado en el marco de la puerta.
-¿Qué estás haciendo aquí?- prefirió preguntar en lugar de dignificar la pregunta de Gerald con una respuesta, había visto en los ojos del chico que se dio cuenta de que había sido una pregunta estúpida.
-Mi habitación es la de junto. Estuve tocando hace una hora. Y te llamé varias veces. Me preocupé- y entonces, a riesgo de caer desde un quinto piso al suelo de concreto de la vereda, se brincó desde su balcón al de la habitación de ellas para poder verla. Porque moría por verla. Y no soportaba la idea de que ella lo ignorara o evitara.
-No lo escuché- no sabía si se refería a la puerta o al celular, realmente no escuchó ninguna de las dos. De no ser porque le dio frío, habría seguido dormida. Quizás hubiese sido mejor, así no tendría que tener la conversación que sabía que tenía que tener con Gerald. –Le diré a tu familia sobre Miriam- cambiar el tema se le daba bien. Nunca con sutileza, pero siempre había tenido algo de lo que no quería hablar. Su familia. Sus sentimientos. Arnold. Phoebe…
-¿Estás segura? No tienes que hacerlo si no quieres- el moreno había cambiado completamente su postura, se envaró al escucharla y dio un par de pasos dentro del cuarto antes de hablar él mismo. Había tenido el impulso de abrazarla, de aferrarse a su cuerpo con tanta fuerza que ella no pudiera soltarse, no pudiera rechazarlo.
-Sí. Lo he pensado. Han sido muy buenos conmigo, a pesar de que no le agrado a tu mamá- Gerald quiso desmentir esa declaración, pero se halló a sí mismo sin argumentos. No se defiende lo indefendible ¿no? Y su mamá no se había preocupado por disimular su inconformidad con la relación que mantenían… ¿relación?… ¿Más bien amistad?... Probablemente, ahora que el moreno le había dicho que golpeó al chico que idolatraba, Helga no quisiera ni eso con él.
-Si es tu decisión…- por un segundo, pudo ver agradecimiento en los ojos azules de su amiga, y sin poder evitarlo, la esperanza de que aún tuviera oportunidad de arreglar las cosas entre ellos, nació en lo profundo de su pecho.
-Aamm- se removió Timberly, despertando de entre el cobijo que le proporcionaba el suéter de Helga. Parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la iluminación y miró sorprendida a su hermano en medio de la alcoba -¿Gerald?- Helga se puso de pie. Con Timberly despierta, tenía la excusa perfecta para evitar su conversación con el moreno.
-Me daré un baño. Imagino que los demás aun no despiertan- la menor en la habitación miró a su amiga rubia, la tensión en su cuerpo era notable, y no pudo evitar preguntarse qué habría pasado entre ella y su hermano mientras dormía.
-No… aun no- comentó Gerald. Dejando que Helga partiera al cuarto de baño de la habitación y con ella su oportunidad de disculparse.
-¿Ahora qué hiciste?- le increpó su hermana. El moreno no despegó la vista de la puerta cerrada tas la cual había desaparecido la rubia.
-La cagué- fue la escueta respuesta que ofreció a la morena. Timberly observó con incredulidad a su hermano, no era común escucharlo reconociendo su parte de culpa en algo. Suspirando, el chico se dispuso a salir del cuarto, que de pronto se le antojaba demasiado pequeño y asfixiante. Le pidió a su hermana que se alistara para bajar a desayunar y fue a las demás habitaciones a despertar a su familia. En su premura, olvidó revisar su celular.
Habría encontrado montones de llamadas perdidas de Phoebe, Arnold y Brian.
-Te traje un café- la pelirroja le ofreció un vaso de unicel que humeaba al chico de lentes que continuaba petrificado en la sala de espera, donde había pasado la noche en la misma posición, sólo moviéndose un par de veces para intentar comunicarse, sin éxito, con Gerald y Helga.
-Gracias- lo tomó con ambas manos, no tenían noticias de ninguno de sus amigos desde la una de la mañana en que ingresaron a urgencias. Siete horas. Siete horas y contando, sumidos en la más angustiante de las desesperanzas. En algún punto de la madrugada, Patty Smith llegó con los padres de Harold al hospital. Phoebe le había avisado a la castaña, que a su vez avisó al matrimonio Berman. Ellos estaban en el otro extremo del pasillo, haciendo algún tipo de vigilia fuera del cuarto de cirugías en el que había entrado el ex gordito de la pandilla. Brian nunca entendió por qué terminaron. Patty y Harold juntos parecían empapados en algún tipo de felicidad líquida… nunca peleaban, nunca se enojaban con el otro… ¿Qué pudo haberles faltado en una relación que parecía idílica? Y viendo la hinchazón en los ojos de Patty, las medias lunas negras debajo de ellos, la nariz y mejillas enrojecidas y resecas por el llanto… A Brian no le parecía que hubiese dejado de querer a Harold… ¿Por qué llevaban un año sin hablarse, entonces?
-Pronto tendremos noticias. Serán buenas noticias- Lila puso su mano sobre su espalda y comenzó a acariciarlo en círculos, intentando cambiar el semblante derrotista que tenía el castaño. Brainny giró el rostro a su izquierda. Phoebe, Arnold, Rhonda y Nadine estaban de pie, hablando. Finalmente habían logrado tranquilizar a la pelinegra, hacía un par de horas, que llevaba toda la madrugada vociferando, exigiendo, ordenando, como la Lloyd que era. Esperando que alguien le diera información sobre cualquiera de los dos chicos que habían ingresado. Arnold continuaba con la camisa ensangrentada, se había lavado las manos, pero adivinaba por el temblor que percibía en ellas que continuaba sintiéndolas pegajosas, como si le acechara el fantasma del pegajoso líquido.
-O no- aportó Brian. No quería hacer sentir mal a su novia, pero no quería que tuviera falsas esperanzas. Había tanta sangre en esa habitación, sobre esa alfombra. Tanta. ¿Cómo ser optimista luego de tener la sangre de Lorenzo bañando sus manos? ¿Cómo?... y luego el disparo. Brian podía escucharlo todavía. Dentro de aquellas cuatro paredes, en la mansión Lloyd, no había podido girarse. Congelado como estaba atendiendo a su amigo, intentando desesperadamente evitar que manara más sangre de su herida. Lo golpeó en la nuca. Curly lo golpeó en la nuca. El castaño no era médico pero sabía, por sentido común, que si había personas que morían desnucados es porque era una parte delicada de la anatomía humana.
-O sí- volvió a hablar Lila, obligándolo a verla a los ojos. A esas dos esmeraldas que brillaban con preocupación en ese momento. Brainny quiso sonreírle, quiso decirle que todo estaría bien, quiso acunarla y ser el pilar que la pelirroja necesitaba en aquellos momentos, porque Lorenzo y Harold también eran sus amigos. Pero no podía, simplemente no podía. Él necesitaba un pilar en el que apoyarse.
-¿Los familiares de Lorenzo Mota de Larrea?- la sangre se le congeló a los presentes en sus venas.
-¡Buenos días!- saludó efusivamente Jamie O. al entrar en el restaurante del hotel, y acercarse a las mesas que habían juntado para que toda la familia Johanssen pudiera sentarse junta. Sólo faltaban él y Melissa, no podían culparlo, estaba ocupado con cosas de recién casados.
-Buen día, hijo- respondió Kendra. Desde que habían tomado asiento, sentía el aura lóbrega emanar de su segundo hijo y su amiga rubia. No sabía qué había ocurrido, pero a punto estuvo de preguntarlo directamente de no ser porque su esposo la detuvo. Timberly les dijo que había algo que querían decir, cuando estuvieran todos. Muy bien, ya estaban todos. –Timberly, cariño ¿Qué era eso que nos querían decir?- preguntó, intentando disimular su curiosidad.
-Es Helga quien quiere contárselos, mamá- Kendra vio con sorpresa cómo la rubia tomaba la mano de Gerald, y no fue la única sorprendida con el gesto, su hijo parecía igual de sorprendido.
-Señores Johanssen…- empezó Helga –el resto de los Johanssen- los primos soltaron una pequeña risita ante la forma en que fueron aludidos por la rubia, pero fueron acallados por la cuñada mayor de Martin, que podía ver el cariz serio que estaba tomando la conversación –Quería agradecerles por acompañarme a Seattle- la rubia tomó con más fuerza la mano de su amigo –sé que… no di muchas explicaciones, y que… no tenían ninguna necesidad de acompañarme- Timberly tomó la mano libre de la rubia y le sonrió, animándola a continuar -… así que… gracias. Y quiero que conozcan el motivo de mi visita a esta ciudad por mí, porque probablemente… en algún momento… en Hillwood se sepa- Gerald se puso de pie junto a Helga, intentando transmitirle seguridad, preocupado de que se derrumbara frente a sus ojos -… mi mamá… algunos sabrán o habrán escuchado el rumor… es alcohólica. Desde hace muchos años- Martin miró con sorpresa a sus hijos que parecían saber esa información con anterioridad, incluso su esposa pareció estar confirmando algo que habría escuchado antes de alguien más. Él nunca tuvo idea. Los Pataki eran una familia ajena a ellos, demasiado petulantes, demasiado egoístas… o al menos Bob Pataki lo era, dándole la impresión que el resto de la familia era igual –Ella está en el hospital, aquí. Y le han diagnosticado cáncer de hígado…- los adultos en la mesa mudaron su expresión a una de lástima, incluso soltaron una exclamación de dolor por lo que la chica tenía que pasar, los primos de Gerald sólo miraron alrededor, sabían que las personas con cáncer, fallecían, o eso es lo que habían visto en películas, nadie cercano a ellos había pasado por esa enfermedad, Jamie O. y Melissa miraron con dolor a Helga, sintiendo su pena como propia, lamentando no poder hacer nada al respecto, Sasha vio a Timberly derramar un par de lágrimas e intentó reconfortarla poniendo una mano en su hombro.
-Vaya… tu madre tiene un largo camino que recorrer en su lucha contra el…- empezó a decir Kendra, rompiendo el tenso silencio que se había apoderado de la mesa.
-Va a morir- la interrumpió Helga –Las quimio y los tratamientos que probaron no funcionaron… está en etapa terminal y los doctores le han dicho a mi padre que su esperanza de vida es prácticamente nula- la voz se le quebró a mitad de la oración. Se sorprendió de sentir el sabor salado de sus lágrimas en sus labios, no se había dado cuenta en qué momento las derramó. Iba a perder a Miriam, a perderla en serio. Y recordando un verso del poema que le leyó a su mamá la tarde anterior, "al quedarme sola, sabiendo que te pierdo, tal vez empiezo a amarte como jamás te amé", se dio cuenta, que aunque lo escribió para otra persona, en otro momento de su vida, describía justo como se sentía en ese instante al pensar en Miriam. Pasó tantos años buscando alejarse, deseando no ser su hija, renegando la familia en la que le tocó nacer… que no se había dado cuenta de que los amaba tanto… amaba profundamente a su madre, a su padre y a Olga… los quería… y aunque deseaba poder ser indiferente a lo que ocurría… no podía. Maldición, ellos ni siquiera se lo merecían, no merecían su perdón, todo lo que le hicieron vivir… todo lo que la hicieron sufrir… pero tampoco merecían el final que le esperaba a la matriarca de la familia. No merecían que simplemente, Miriam dejara de existir.
-Oh- fue todo lo que Kendra se sintió capaz de elaborar, recibiendo una mirada de reproche por parte de su hijo mayor.
-Lo que mi madre quiere decir…- empezó Jamie O. –es que no tienes que agradecernos nada. Estamos aquí por ti, y ahora que sabemos por lo que está pasando tu familia, ten por seguro que puedes contar con nuestro apoyo. Melissa y yo te consideramos parte de la familia- el moreno tomó por la cintura a su esposa, no podía ni imaginarse por lo que cada miembro de los Pataki estaría atravesando y sólo podía ofrecer un consuelo superfluo ofreciendo su apoyo incondicional, esperaba que para Helga hiciera la diferencia.
-¡por supuesto que eres de la familia!- exclamó Melissa –Eres como una hermana menor para mí- Helga hizo un amago de sonrisa ante el recuerdo de su propia hermana gritándole "¡Hermanita bebé!" en una casa que ya no sentía como suya.
-Y como una hermana mayor para mí- se sumó Timberly.
-Eres una Johanssen honorífica- aseguró John, que a sus trece años sólo quería sacarle una sonrisa a la bella rubia que se prestaba a jugar con él. Los adultos miraron al menor sorprendidos, ¿Desde cuándo John tenía una relación cercana con la rubia?
-Mi hermano está en lo cierto- Isaac, el primo mayor, declaró su apoyo a la afirmación de su hermano, dejando con la boca abierta a sus padres.
-Gracias- susurró Helga. Gerald no pudo contenerse más y la estrechó en sus brazos, sintiéndola temblar contra él, o quizás él mismo era quien temblaba… no le importaba, sólo quería hacerle sentir que no estaba sola.
-¿Qué te parece si visitamos a tu mamá y le dejamos saber que estamos cuidando de ti?- exclamó Peter Johanssen. No hubo una sola alma, ni siquiera Kendra, que se opusiera a esa idea.
-¿Los familiares de Lorenzo Mota de Larrea?- volvió a decir el médico que lucía exhausto.
-Disculpe, sus padres ya fueron notificados pero aún no llegan- exclamó Phoebe, llegando con el grupo variopinto frente al médico –Nosotros somos sus amigos, y somos quienes estaban con él cuando el accidente ocurrió- el neurocirujano le miró largamente. Cuando pareció tomar una decisión, soltó un suspiro cansado.
-Lorenzo llegó aquí con una lesión intracraneal que le ha provocado un hematoma epidural. Hemos conseguido parar el sangrado, y hemos tenido que hacer una craneotomía con evacuación de hemorragia y control del vaso sangrante y anclaje dural… Estamos preparándolo para la duroplastia y necesitamos que un familiar esté presente para llenar algunas formas con la información del paciente- Rhonda empujó a Phoebe para poder encarar al doctor.
-¿Significa que está bien?- "Que está vivo" quiso agregar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta… Ella era la culpable de que el joven estuviera en estado crítico.
-Significa que hemos hecho lo humanamente posible, pero la tasa de mortalidad por un hematoma epidural es del 55%, no puedo decirles que su amigo está fuera de peligro hasta que haya pasado a observación y salga del coma inducido- el médico le miró con algo parecido a la empatía –Necesito que un familiar llene…- iba a repetir, pero la pelinegra le interrumpió.
-¿Tiene que ser un familiar? Porque hemos crecido juntos y prácticamente sé todo sobre él… yo podría proporcionarle la información- el doctor asintió, y sólo le indicó a la enfermera a su derecha que se hiciera cargo antes de dirigirse de nuevo tras las dobles puertas que llevaban a las salas de cirugías.
-¡Espere!- lo atojó la madre de Harold -¿Qué hay de mi bebé?- el neurocirujano la miró confundido por un breve momento –Harold Berman- aclaró la mujer, haciendo que el médico asintiera.
-Sí. Llegó con el joven Mota… lo siento mucho señora Berman pero no tengo información respecto a ese caso, le pediré a mis colegas que salgan a informarles del avance en cuanto les sea posible- y con la habilidad de quien lo ha hecho cientos de veces antes, se safó del agarre que mantenía la señora Berman y desapareció por el pasillo. Rhonda lo había escuchado, y sólo pudo abrazarse a sí misma mientras seguía a la enfermera a otro pasillo para llenar el formulario de Lorenzo… Quería gritar, demandar, patalear, berrear… pero sabía que nada de eso les traería a su lado a su novio y a su mejor amigo sanos y salvos. Debería estar cazando al demente que les había hecho aquello. Sí, una parte de ella quería encontrarlo y asesinarlo con sus propias manos, ser testigo del último aliento que saliera de la boca de ese infeliz. Pero la otra parte de sí misma, una parte que le rogaba con tanta vehemencia que tuvo que ignorar a la primera, le pedía que se quedara en ese hospital hasta estar segura de que Harold y Lorenzo estarían bien… que vivirían. Todavía veía, al cerrar los ojos, la alfombra de su madre empapada con la sangre del que había sido siempre su mejor amigo, aun veía la expresión de Harold cuando Curly insinuó que había hecho otras cosas más allá de amistosas con el pelinegro en su habitación. Quería tener la oportunidad de decirle en persona que no era verdad.
La peor parte, irónicamente, había sido ver a los señores Berman.
Y cómo se supone que lo hiciera, con qué cara, si ella era la culpable de que su único hijo hubiese recibido un disparo.
Y Patty. Patty consolando y abrazando a los Berman. Patty llorando desconsolada abiertamente. Patty luciendo rota, destrozada. Patty mirándola con compasión. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente comprensiva? ¿Por qué no podía culparla, odiarla? Ella, deliberadamente, se había metido con su novio. Se lo había arrebatado. Y lo había convertido en un tiro al blanco para Curly. ¿Por qué le daba su compasión en lugar de su repudio?
Odiaba sentir que Patty era mejor persona. Odiaba estar ridículamente celosa en un momento así.
Odiaba ser una perra egoísta que no pudo tomar una decisión e involucró a su mejor amigo en todo ese caos que era su vida.
¿Y de dónde salió Curly?
Llevaba casi dos años sin verlo ni saber de él.
Estúpidamente había creído que el chico obsesivo se olvidó de ella.
Debería ganar un premio por su estupidez, si es que premiaran esas cosas.
-Aquí tiene- esbozó la enfermera, tendiéndole una tabla sujeta papeles con un formulario en ella.
-Gracias- y le arrebató el objeto. Sólo porque podía, sólo porque había tantas otras cosas que no podía hacer.
-Tomate el tiempo que necesites, estaré en aquel escritorio. Cuando termines puedes entregármelo- Rhonda sintió arcadas, ¿Por qué eran todos tan amables con ella?
-¿Necesitas ayuda?- no tenía que girarse para saber quién era el dueño de la voz. Arnold Shortman seguía teniendo alma de samaritano y en ese momento, lo odiaba más que a nadie.
-No- respondió hosca.
-Rhonda… sé que eras unida a Lorenzo, pero- el rubio no pudo continuar porque la pelinegra se giró con un brillo peligroso en la mirada.
-¿Eso crees? ¿Que yo era "unida" a Lorenzo?- le preguntó en un tono afilado, de esos que sientes que cortan tu pecho cuando te hablan usándolo –Déjame explicarte algo, ingenuo Arnold- el chico cabeza de balón la miró con los ojos abiertos de par en par… nunca lo había llamado así antes –Lorenzo es la única persona que me entiende, que entiende cómo me siento y cómo pienso porque él siente y piensa como yo… él fue mi primer beso- Y que se joda el maldito Curly, que la enviaran al infierno, pero ella no reconocería nunca a ese demente como algo tan trascendental en su vida –él fue mi primera vez- añadió para sorpresa del rubio –él es quien me ha aconsejado sobre cómo dirigir una empresa para poder heredar la industria de mi padre, en lugar de tener que casarme con alguien que lo haga… y lo hace porque quiere evitarme ese destino, el destino que tuvo su madre- Arnold sintió formársele un nudo en el estómago, la ira salía en cada palabra que la pelinegra dejaba salir –es él, y sólo él, el único que ha podido verme como soy, todo, bueno y malo, y aun así quererme...- la vio dudar –o bueno, el año pasado, hubo alguien más. Harold- el rubio sintió una presión alojarse en el pecho, ¿Harold? –Harold y yo hemos sido novios en secreto durante un año… y mientras Lorenzo es como yo, Harold es tan opuesto, que a veces duele. Y peleamos, y discutimos, y me exaspera, pero lo amo con cada fibra de mí ser… y nunca se lo dije. Y ahora, los dos están internados en este hospital de mierda… y no les pude decir, a ninguno, cuánto los amo… porque los amo, y sin alguno de ellos, yo… yo…- y no lo pudo soportar más. Arnold la sujetó antes de que cayera de rodillas, era la primera vez que veía a Rhonda llorar así. Era descorazonador… Su mejor amigo y su novio… ambos, gravemente heridos... Y el rubio la abrazó fuertemente, colándose en sus pensamientos cierta rubia a la que tampoco había tenido oportunidad de decirle cuánto la quería… a cierto moreno con el que no había hecho las paces… no quería estar en el lugar de Rhonda… sintiendo que los perdía a los dos, sin poder aferrarse a ninguno, sin poder luchar por ninguno…
-Tranquila. Llora hasta que estés exhausta- y acunándola, se sentó en el suelo llevándola consigo. No pudo decirle que todo estaría bien. Entendió entonces, que a veces, decir algo como eso era peor. Que a veces, había cosas que no se solucionaban hablando… que habían cosas que no cambiaban con optimismo y esperanza. Aunque dolieran demasiado.
La familia Johanssen llegó a la recepción del hospital, y se armó un revuelo. No podían pasar dieciséis personas si en la habitación ya habían dos… la cantidad máxima de visitantes se limitaba a siete personas… habiendo dos… y por eso inició el bullicio que había en el sitio. Ninguna enfermera había podido callarlos. El clan deliberaba quiénes cinco subirían… obviamente Helga… obviamente Gerald… pero… eso les dejaba a sólo tres más, y todos querían subir…
-Soy la madre de Gerald- decía Kendra.
-Ni siquiera te agrada Helga- remoloneó Jamie O. –yo quiero ir con ella… a mí sí me cae bien- Martin riñó a su hijo por semejante salida.
-Yo soy el mayor- protestó Peter –eso me vuelve el jefe de familia, yo debo subir- el padre de Gerald se giró ante eso.
-Pero yo soy el jefe de familia en Hillwood… el padre de Helga me conoce… yo debo subir- protestaba Martin.
-¿Qué hay de mí? Nunca me consideran por ser el menor- se quejó Marcus, el tercer hijo de los abuelos Johanssen, hermano menor de Peter y Martin.
-¿Y nosotras qué? ¿Acaso por ser familia política no nos tomarán en cuenta?- preguntó Tairisha, la esposa de Peter, señalando también a Tiffany, la esposa de Marcus.
-¡Oigan!- gritaban continuamente los primos de Gerald, exigiendo ser tomados en consideración en la deliberación.
-Yo soy su amiga, déjenme ir a mí- pidió Timberly.
-De ninguna manera, eres muy pequeña- le riñó su madre.
-Yo quiero hacerle compañía a Helga- intervino Melissa.
-Si Timberly sube, yo igual- añadió Sasha.
Y la discusión se prolongó algunos momentos más.
Al final, de alguna manera, se decidió que iría Martin, en representación de él y Kendra. Y Jamie O. y Timberly lo acompañarían.
Fue así que los cinco se metieron en el elevador, y sin poder soportarlo más, Helga soltó una risotada que asustó a Martin.
-¿Estás bien?- preguntó preocupado, ¿quién se reía en un momento como aquel?
-Sí, sí- la chica se limpió una lagrimilla –sólo pensaba que realmente parecemos una familia- y Jamie O. la abrazó de los hombros.
-Eso es porque lo somos- le susurró, permitiendo que el resto oyera. Gerald sonrió orgulloso de su hermano. Timberly exclamó su aprobación del gesto, y Martin miró a sus hijos enternecido. ¿Qué tenía aquella joven para haberse ganado el afecto de sus tres pequeños?
-En ese caso…- Helga se zafó del agarre de Jamie para tomarlo ella por los hombros y crear fricción con sus nudillos en la mollera del mayor -¡No vuelvas a abrazarme así!- exclamó riendo, haciendo reír a los demás, hasta que el pitido que avisaba que habían llegado al piso de destino reverberó en el aire. Toda jovialidad desapareció entonces del semblante de la chica. Gerald la tomó de la mano, y los cinco salieron del elevador.
-Es sorprendente la manera en que se preocupan uno de otro, ¿verdad?- comentó Jamie, de tal forma que sólo su padre escuchara.
-¿Qué?- se giró a mirar a su hijo mayor.
-Sé que tú también lo has notado- él también giró el rostro para ver a los ojos a su padre –Que la forma en la que Gerald la mira… no miró así a Phoebe, en todos los años que estuvieron juntos- Martin miró largamente en los ojos de su primogénito. Había crecido tanto, tan rápido. Y no podía negar que él también lo había visto. El brillo. El brillo que él profesaba con la mirada a su esposa. El brillo que había en Jamie O. cuando miraba a Melissa. El brillo, que resplandecía más radiante en los ojos de Gerald de lo que vio antes, cuando posaba sus ojos en Helga o hablaba de ella.
-¡Oigan! ¿Se quedaron pegados o qué?- les gritó Timberly, siendo reprendida brevemente por Gerald que no había soltado la mano de Helga.
-Espero que no le rompan el corazón- fue lo único que se sintió capaz de decir, el Señor Johanssen. Esperaba que a Kendra no le diera el soponcio cuando se enterara. Ambos hombres caminaron lo que restaba de distancia para llegar a la habitación de la señora Pataki, ambos con el corazón en la garganta, ambos nerviosos y ligeramente ansiosos.
-Entremos- dijo la rubia.
Se encontraron con la misma habitación que el día anterior. La cama en la misma posición. Miriam de la misma forma y en el mismo lugar. Todos escucharon el suspiro de alivio que exhaló Helga, como si hubiese estado temiendo no encontrarla ahí.
-Oh, vaya… cuántas personas- exclamó Miriam, la única Pataki capaz de hablar aparentemente. Bob no esperaba ver a Helga, acababa de llegar a Seattle y no sabía que su hija menor estuviera en la ciudad. Olga lucía sorprendida, lo que complació a Gerald, y parecía no poder vocalizar sus pensamientos.
-Disculpe la intromisión Señora Pataki. De hecho, el resto de mi familia tuvo que quedarse abajo porque no nos dejaron subir a los dieciséis… contando a Helga- los ojos de los familiares de la rubia parecían relucientes canicas nuevas de lo abiertos que los tenían, incluso Miriam que parecía tener pesadez en los párpados.
-¿Qué hace aquí toda su familia?- preguntó Bob, con ese tono demandante y hosco que sólo el Gran Bob podía emular.
-Tranquilo Bob. Los Johanssen me acompañaron a Seattle- Helga puso los ojos en blanco, ¿Acaso no podía tener padres que interactuaran con otros padres de manera normal?
-Pero… hermanita bebé, te hemos dicho muchas veces que no subas a autos con extraños- aportó Olga, mirando al grupo de morenos con desconfianza.
-¡No son extraños!- replicó con frustración la rubia menor.
-Helga nos dijo que estaba enferma Señora Pataki- Timberly se acercó a la cama en la que descansaba Miriam, y tomó con delicadeza una de sus manos, ante la incrédula mirada de la mujer –Y ella es como mi hermana mayor. No podía dejarla sola- con fascinación, la mujer vio a la adolescente depositar un beso en el dorso de su mano –Mi mamá dice que un beso puede sanar el espíritu de los demás- y le sonrió con dulzura.
-Queríamos hacerle saber que nosotros cuidamos de Helga, que ella no está sola- habló Jamie O. –fui compañero en la primaria de su hija mayor, Olga- la aludida lo miró con la ceja arqueada, la verdad no recordaba al chico –no íbamos en el mismo grado, ella es tres años mayor, pero solía ser invitado a sus cumpleaños. La recuerdo llena de energía, correteándonos por el jardín, intentando evitar que saliéramos heridos- al escucharlo, Helga lo miró con sorpresa, no tenía ni idea de que el chico hubiera conocido a su madre antes de que su alcoholismo la consumiera. –Usted es una buena persona… no sé qué tan seguido se lo digan… pero lo es. Y su hija- Jamie puso su mano sobre el hombro derecho de Helga –es una excelente persona. Es sensible y leal y talentosa, y es más fuerte de lo que cualquiera en esta habitación podría jactarse de ser… puede estar muy orgullosa de ella- Miriam dirigió su mirada a su hija menor.
-Lo estoy- aseguró la rubia.
-Lo estamos- agregó Bob, que luego carraspeó incómodo –pero insisto que no era necesario que vinieran- era obvio que estaba a la defensiva.
-Gracias por cuidar de mi hermanita bebé- Olga sonrió aliviada. Parecían muy buenas personas.
-¿Me lees algo?- pidió Miriam a su hija, estirando su mano, invitándola a tomarla. Helga caminó hacia ella, colocándose a lado de Timberly, pasando un brazo alrededor de los hombros de la morena y, sujetando con la mano libre, la fría extremidad de su madre.
-¿Del libro?- refiriéndose a "El Libro rosa" que publicó. Le sorprendió que su madre negara.
-¿Has escrito algo reciente?- y entonces los colores de la chica se drenaron de su rostro.
-Eh… yo…- titubeó.
-¡Sería fantástico!- exclamó emocionada Timberly.
-Yo quiero escucharte- dijo Jamie O.
-Sí. He oído mucho sobre tu talento, me gustaría atestiguarlo- habló afable el señor Johanssen. Helga dirigió su mirada a Gerald, que había permanecido en silencio.
El moreno hizo contacto visual con ella. Seguía molesta con él, por ocultarle lo de San Lorenzo, por haber despertado lo que con tanto ahínco se esforzó en enterrar, por sonreírle y abrazarla, por estar enamorado de Phoebe, y por no estarlo más… estaba tan molesta con él, con ella… y aun así… aun así, buscaba su mirada como el sediento al agua, buscaba tocar sus manos como un neonato se aferra a su madre, buscaba sentirlo a su lado, tenerlo cerca, saberlo… suspiró… no podía seguir negando que él era importante para ella, no podía seguir negándose a sí misma la verdad que otros tan claramente veían… A ella le gustaba Gerald. Casi imperceptiblemente, el moreno asintió con la cabeza, haciéndole saber que estaba de acuerdo en que recitara algo. Si él supiera que lo perdonó casi al instante después de que cerró la puerta del auto. Era fácil para ella ver la preocupación en su mirada, creyendo seguramente que ahora le odiaba. Casi se pierde el movimiento de cabeza por estar sumida en sus pensamientos. Casi olvida que está en el cuarto de hospital de su agonizante madre. Casi no nota a Timberly, insistiendo en que recitara algún verso.
-Por favor- pidió Bob. Su gruesa voz llenándolo todo, regresando a Helga de entre la bruma de su mente, a su ahora.
-Está bien- aceptó ella –He estado trabajando en un segundo libro durante el año… la editorial me lo ha pedido- los presentes la felicitaron por ese hecho. Gerald era el único que ya sabía acerca de eso –Este es un poema que incluiré… aún no lo nombro- y enrojeció antes de humedecerse los labios, estaba a punto de declamar frente a su padre por primera vez en su vida, y su corazón parecía imitar a un tambor aborigen en un pésimo momento para hacerlo.
"¿Qué sabrás tú de querer?... Si me dices la niña… La endeble… La frágil… La tonta… Veinticuatro siete…
Yo qué sabré, dices… Y sonrío de medio lado, a media náusea.
Yo también sé cómo ser una hija de puta, amor. Mas no, no quiero.
Prosigamos con tus acusaciones. Pues sé de ti, que es como no saber nada. Y saberlo todo.
Todo lo que no se sueña cuando se habla de amor, todo lo que en las historias de princesas no te advierten, de los efectos secundarios de bajar armas.
Que es como saber del asco, del miedo, de la ira, de la impotencia. De las ganas de arrancarme los dedos para de una vez por todas no digitarte entre mis remordimientos. O arrancarte la lengua, que me vendría igual bien.
Sé de quererte, que es como no quererme a mí. Y eso… eso es algo que ni las mentiras más bonitas en tu diván podrán emular… que no, que no lo intentes siquiera.
Y era falso, y cruel, y yo me entregué de boca al suelo. Como la mocosa que corre a orillas del paredón con tijeras en las manos y el filo apuntando al vientre sin familia.
No vas a entenderlo.
¿Por qué lo harías? ¿Para qué? Si no sabes lo que es tener corazón masoquista.
Eras la mitad perfecta, el opuesto exacto que me resarcía a puntadas de gaza y palabras al viento sobre permanecer a mi lado, bajo tu mirada. Tú creías saber torcerme la vida, y yo fingía no saberlo. Siempre fue el mejor papel a desempeñar por mí, el de aquella que no iba a ser suficiente para ti.
Una mentira por cada para siempre, y poco a poco me convertiste en todo lo que a tus ojos nunca iba a ser.
Tú no me querías.
No vas a entenderlo, ni lo vas a sentir.
¿Qué sabrás tú de querer?
Siempre poniéndote el listón tan alto.
Tu amor de crío por delante, tu Semper Fidelis de cobre barato y promesas rotas.
Tus quiero pero no puedo de adolescente herido por el olvido de mamá. Jamás he sido buena mintiendo, no sé hacerlo. Me miras y me pides que te jure que no te amo, que te mire a los ojos y lo jure. Y creo que no puedo hacerlo, y creo que no sería cierto.
Pero al darte la cara ya no me lleno de nervios y piernas temblorosas. Ya no hay falsas mariposas subiendo por mi garganta. Se han quedado pegadas en los jugos gástricos de alguna fiera que aún habita en mí… y que se muere por escupirte las espinas… pero yo no sé cómo escupirte las espinas.
Declamas que sabes que sigo igual, metida en el mismo pozo de plumas y brea, de ilusiones y esperanzas sembradas, de inocencia ensartada con el arpón más intrincado del arsenal de tus falsedades. Que no seré capaz.
Que sigo siendo una inversión segura.
¿Qué sé de querer?
Sé de querer a pecho abierto… Aunque sepa que se me van a calar las venas de tanta hiel.
Sé de confiar en las causas perdidas… en hacer de un tiro al piso, un tiro a la sien.
Sé de manos frías en semáforos en verde… sin pasos de cebra que cruzar.
Sé de pasos a la nada… con tu todo de mierda.
Y todavía me preguntas. Y me buscas. Y me acusas. Y me quieres para quererte. Pero tú nunca me quisiste.
¿Qué sabrás tú de querer?"
No se había dado cuenta en qué momento cerró los ojos. Pero cuando terminó de expresar los versos que sabía de memoria, porque nacían de su pecho, todo estaba sumido en una oscuridad apabullante… al separar sus párpados, pareció recobrar el sentido del oído. Se había privado del mundo, en su propia mente, envuelta en sus propios sentimientos… llenándose del recuerdo de cierto rubio, que seguía siendo su inspiración, a pesar de que al evocarlo, volvía a sentir que abría esa herida supurante en su interior. No la dejaba en paz para sanar. Continuaba tocándola, reabriéndola, masacrándola. Era su fuente de iluminación, su musa. El dolor parecía ser lo único que le quedaba, y en sus manos, lo moldeaba para convertirlo en palabras hermosas que al mismo tiempo transmitían el mismo daño en su interior a quien le escuchara o leyera sus palabras.
Gerald estaba helado en su sitio. La voz de Helga hacía eco dentro de él, haciendo vibrar todo su cuerpo. El significado de sus palabras calando lentamente, cobrando significado, confundiéndolo todo. Otra vez le había escrito versos a Arnold. Pero este poema… estas palabras… había algo diferente en comparación con sus otras prosas… ¿Qué sé de querer? Preguntaba ella en las últimas líneas de la poesía que sus carnosos labios habían traído a la vida… Y se respondía… se respondía diciendo que quería a pecho abierto, aunque sepa que eso le llenaría las venas de hiel, como si hubiese seguido adelante y quisiera a alguien más, que resultaba igual de imposible que el rubio… y la siguiente línea sólo le confirmaba su hilo de pensamiento, ella confiaba en las causas perdidas, convertía algo inofensivo, en algo letal… como si todos los receptores de su cariño fuesen un imposible… pero luego, hablaba sobre manos frías en semáforos en verde…
Gerald tenía tan claro el momento en el que Helga le dijo por primera vez que odiaba el frío, como si hubiera pasado esa mañana. Aunque hubiese pasado un año. Fue en Londres…
El invierno había traído consigo un manto blanco que cubría toda la ciudad. Él viajaría la siguiente semana a Hillwood y esa noche habían salido a cenar con sus amigos del periódico, iban en su auto, de regreso al departamento de ella… Llegaron a un semáforo, y notó la desesperación con la que Helga intentaba calentarse las manos.
-¿Qué pasó, Pataki? ¿Y tus guantes?- le preguntó burlón, intentando molestarla. Últimamente disfrutaba más y más observar el cambio en el rostro de la rubia cuando no podía disimular su enojo.
-Cállate, Johanssen. Maldición- murmuró entre el castañeteo de sus dientes.
-¿Tienes frío?- ahora estaba confundido. No estaba haciendo tanto frío dentro del auto, ¿o sí?
-No, zopenco. Me muero de calor. Por eso froto mis manos con tanta fuerza y traigo gorro, orejeras y bufanda- se quejó, llena de sarcasmo. Como siempre.
-¿Y tus guantes?- volvió a preguntarle. Él recordaba que cuando la recogió en su casa, traía un par de guantes rosas.
-¡Los olvidé, demonios!- bufó molesta. Gerald sonrió, ahí estaban esas líneas en su frente, el entrecejo fruncido, las aletas recogidas de su nariz y el mohín de sus labios.
-Tranquila. Mira, te ayudo- el moreno tomó ambas manos de la rubia entre las suyas, y una chispa pareció centellar en su interior. Al mirarla, ella parecía igual de inquieta que él.
-Tus manos también están frías- se quejó con suavidad, relajando su semblante y disfrutando sin decirlo, de la calidez que provocaba el contacto, no en sus manos, sino en su interior.
-Sí, bueno… yo no uso guantes. Me gusta el frío- afirmó Gerald, regocijándose en el delicado sonrojo que tiñó las mejillas de su acompañante.
-Yo odio el frío- se quejó la rubia. A veces, a Gerald le parecía que vivía quejándose. Encontraba esa peculiaridad de la chica muy divertida. De pronto, se escuchó la bocina de un auto tras ellos -¡El semáforo está en verde!- le avisó la rubia, haciendo que el moreno quisiera arrancarse sin que se fijara realmente antes, encontrándose de un segundo a otro, en su campo de visión periférica a un peatón que iba a cruzar, obligando al moreno a frenar bruscamente.
-¡Oye! El semáforo está en verde. Utiliza el paso peatonal- le gritó Gerald al transeúnte.
-¿Cuál? En esta calle no hay cruces de cebra- le replicó molesto el individuo y se dispuso a seguir su camino aprisa. Una risa resonó en el auto, una encantadora risa.
-Cielos, Geraldo. ¿Quién diría que venir contigo en una calle sin cruces de cebra y con semáforos en verde y manos frías fuera tan divertido?- a Gerald claro que el comentario no le hizo ninguna gracia.
Por supuesto que lo recordaba. ¿Qué hacía un recuerdo que compartían dentro de un poema que era claramente para Arnold? ¿Acaso él era ese nuevo amor imposible que sólo le reiteraba que sabía querer dando pasos a la nada mientras lo demás era una mierda? ¿Helga creía que él no sentía lo mismo? ¿Era por Phoebe? ¿O por Arnold? ¿Qué era lo que volvía su amor como imposible a ojos de la rubia?... o quizás estaba entendiendo lo que quería entender… quizás estaba interpretando erróneamente sus palabras… o quizás lo estaba sobre analizando todo…
Deseaba poder preguntarle a ella.
Deseaba poder compartirle sus inseguridades.
Deseaba poder compartir con ella, la vida.
¿En qué momento su relación con Helga G. Pataki había cambiado tanto? ¿En qué momento se enamoró de ella?
Quizás dejó de verla como un ser asexual cuando en sexto grado, en una cita doble que tuvieron Phoebe y él con ella y Arnold, la rubia llegó con el pelo suelto. Y no sólo suelto, suelto peinado. No sabría explicarlo, no era chica, pero cuando lo mencionó a Phoebe, ella le dijo que Helga era muy bella, sólo que se esforzaba por ocultarlo, y él, obviamente, no le creyó.
Quizás comenzó a notar que era una chica cuando en séptimo grado, de pie frente a su vandalizado casillero, alzó el mentón dignamente y se quejó por las faltas de ortografía que cometieron los transgresores mientras contenía las lágrimas en sus azules orbes.
Quizás comenzó a sentir curiosidad por ella cuando en octavo grado, a inicios del verano, llegó con una playera manga larga debajo de su usual blusa de franela… días después descubrió que había sido para ocultar las marcas de un desacuerdo con su padre.
Quizás comenzó a verla como una amiga cuando en noveno grado, en la final del torneo de baloncesto de intercolegiales de secundaria, la veía animándolo junto a Phoebe, y al salir vencedores, corrió a la cancha a abrazarlo y para él fue natural tomarla en volandas y girar con ella, antes de dejarla ir para encontrarse con Phoebe y besarla.
Quizás comenzó a verla como su mejor amiga cuando en el primer año de preparatoria, ella se había culpado a sí misma por los estragos que provocó con sus nuevos compañeros de equipo al entrar alcoholizado en las instalaciones de la escuela a deshoras. Ella fue la única castigada.
Quizás comenzó a atesorarla cuando en segundo año de preparatoria, al abrir la puerta de la casa de los Heyerdahl, ella se arrojó a su pecho y comenzó a sollozar de manera abrumadora porque Arnold tenía novia, y ella, había creído siempre que la novia del chico cabeza de balón era ella.
Quizás comenzó a sentirse atraído por ella cuando en tercer año de preparatoria, vivieron un momento en el que casi se besaban. O al menos, Gerald casi la besaba. Porque ella había estado en cada partido y entrenamiento, porque lucía preciosa cuando ganaba una carrera, porque defendía a Phoebe a capa y espada, porque se había opuesto a que la oriental fuera a Harvard, porque escribía poesía, porque era otra cuando la leía… Ese día, ese casi beso, fue el mismo día en que la profesora de literatura escuchó el poema que le hizo convencer a Helga de publicar.
Quizás comenzó a amarla cuando crearon su propio mundo en Londres.
Quizás comenzó a perderla cuando volvieron a Hillwood.
