Sólo bastó unos instantes para que el interior del ascensor se viese obstruido por una inmensa nube grisácea. El olor a tabaco llenaba el reducido espacio, sofocando a quienes no estaban acostumbrados a su presencia. La espera se hacía cada vez más interminable a medida que la plataforma ascendía a paso de hombre, produciendo chasquidos de metal antiguo y desgastado, a causa del poco mantenimiento que se le otorgaba, si es que en realidad recibía alguno. Aquella era una zona de bajos recursos que se caía a pedazos con el lento paso del tiempo, era la boca del lobo, donde los drones de seguridad no tenían acceso.

-Este lugar es deprimente. Después de atrapar a este tipo podríamos pedirnos unas cervezas, yo invito. ¿Qué te parece, Ko? –sugirió Mitsuru Sasayama, con una voz áspera y cansada.

Ante la seriedad por parte del inspector Shinya Kougami, el ejecutor decidió lanzarle una bocanada de humo en la cara, formando figuras abstractas en el aire tal obsequio abrazador. Kougami no pudo reprender una tos al inhalar aquel profundo olor, y apartó con su mano derecha parte del humo, lo que iluminó el aburrido rostro de su compañero en una risa seca y desagradable, con la cual estaba ya familiarizado. A pesar de aquella molestia, cuando los ojos marrones se encontraron con los grises del inspector, una leve sonrisa cómplice los unió.

-Primero concéntrate en el trabajo –lo regañó Kougami sin apartar en ningún momento la vista del frente, aunque sus palabras parecían rozar cierta afirmación.

Cuando el ascensor se detuvo, la puerta tardó unos segundos en abrirse, y la decadencia fue muy notable con el breve temblor que la misma causó. Kougami se adelantó y siguió caminando, seguido por el ejecutor, quien suspiró y tiró el cigarrillo al suelo, sin molestarse por aplastarlo con la suela de su zapato. Había docenas más bajo sus pies, y a los costados podía ver botellas de alcohol caídas de los tachos llenos de basura. A medida que iban avanzando por el extenso pasillo, el hedor a orina se intensificaba, volviéndose más perceptible. Las pocas personas que alcanzaban a detectar, se hallaban ocultas de las miradas curiosas, especialmente de aquellos que llevaban un dominadorencima.

El edificio de apartamentos que buscaban se alzó frente a ellos de manera imponente, pese a que estaba contiguo a una amenaza de ruina. Entraron sin necesitar pedir algún tipo de autorización, y como el ascensor no funcionaba, procedieron a utilizar el antiguo enemigo de los modernos: las escaleras. Los pasos de ambos colegas resonaron en el sucio ambiente, pero fueron unos golpes en la lejanía cercana a su destino, los que captaron su atención al instante. Sasayama arqueó una ceja, ladeando la cabeza en dirección al sonido, mientras que Kougami observaba cada uno de sus movimientos, tal cazador a su sabueso, a la espera de un nuevo estímulo.

Una vez más, el silencio fue quebrantado durante un corto segundo por la caída de un objeto de vidrio, que tras tocar el suelo se rompió en mil pedazos, seguido de un momentáneo y sordo quejido, que parecía proceder de una mujer. Luego, fueron abrumados por la calma de la noche. Sasayama frunció el ceño y entrecerró sus ojos, los cuales parecían desear incendiar todo lo que se encontrase a su alrededor.

Unos segundos fueron suficientes para que se lanzara en reconocimiento de aquel incidente. Como era habitual, el inspector debía correr detrás de él, dominador en mano, en caso de que la situación se tornara aún más peligrosa. La preocupación en el rostro de Kougami se vio perturbada cuando se percató de que el identificador en la puerta del apartamento en conflicto, se relacionaba con el que estaban buscando desde el principio. Sasayama la abrió de un golpazo.

El hombre por el que aquella búsqueda tenía sentido se encontraba en el medio de la habitación, con la camisa media abierta y a horcajadas sobre el cuerpo de una mujer rubia mucho menor que él. Los labios de la joven temblaban descontroladamente, sus ojos giraron desde la imagen del hombre hacia el intruso, con una expresión desoladora y vacía.

El sujeto tenía una botella de alcohol en sus manos y amenazaba con golpear a la chica, pero ante la incertidumbre que la inoportuna interrupción le causó, se levantó de un salto dispuesto a enfrentar a Sasayama, dejándola de lado. El ejecutor, no obstante, lo arremetió con una fuerza inhumana y mortal, como si hubiera perdido el uso de la razón y su único objetivo pasase a ser, en aquel instante, el asesinar a aquel hombre con sus propias manos.

Kougami lo oyó caer de un seco golpe, tan fuerte que creyó que se habría herido la cabeza. Cuando por fin alcanzó el apartamento, fue entonces que empezó a escucharse un sordo y laborioso quejido, a la vez humano y animal; Sasayama se encontraba sobre el cuerpo del sujeto, asestándole golpe tras golpe en medio de su rostro, como si quisiera borrarlo, como si necesitara hacerlo desaparecer. La sangre corría tal río carmesí tanto por sus puños como por el rostro del caído.

Kougami ya no supo distinguir quién de los dos estaba gritando más fuerte, si el hombre a causa del dolor, a punto de desmayarse, o su propio colega por el éxtasis de lucha. La joven se había arrastrado hacia la esquina de la habitación, temerosa de todos los presentes, y estaba hecha un ovillo con la espalda contra la pared. El inspector sacó el dominador para apuntar en dirección a la joven y de ese modo registrar su estado, el cual parecía tornarse inestable con cada segundo que transcurría.

El coeficiente criminal es 182. El modo de aplicación es Paralizador No Letal. Apunte cuidadosamente y ponga al objetivo bajo control.

La cifra seguía aumentando a un ritmo acelerado. A pesar de que la joven estaba a salvo por fin, la escena que daba lugar frente a sus ojos la había paralizado por completo, los puños de Sasayama oscurecían su tono. Kougami apretó el gatillo y la chica quedó inconsciente al instante, con el cuerpo relajado en posición fetal. El ejecutor ignoraba lo que ocurría a su alrededor, parecía que lo único que le importaba era ver agonizar al hombre bajo su cuerpo.

Kougami lo llamó una, dos veces y, no obstante, sus gritos fueron ahogados por los golpes y gruñidos de su colega. Cuando comprendió que en ese momento no sería escuchado, se abalanzó sobre Sasayama para intentar apartarlo del cuerpo del sujeto, el cual se estremecía de pleno dolor. Al principio recibió algunos empujones, pero luego de medio minuto logró reincorporar a su amigo a la realidad.

-Ya fue suficiente –declaró Kougami, colocándose frente a él para que no vuelva a lanzarse sobre el borracho.

Cuando apuntó al hombre con su dominador comprobó que, si bien su psycho pass era alto, el Sistema Sibyl no lo tomaba como un criminal latente. Sin duda alguna se trataba de maltrato infantil, y el hombre tenía que dar serias explicaciones al respecto, pero no presentaba mayor peligro. Apretó el gatillo, paralizando por completo al sujeto, justo en el momento en que comenzaba a toser sangre de manera frenética.

Sasayama tenía los puños apretados y la mirada clavada en el sujeto que casi llegaba a matar a golpes, si no fuera por la interrupción de su superior. Respiraba con dificultad y caminaba alrededor, permaneciendo a un metro de distancia del hombre. Kougami observó la figura abstracta que minutos antes había sido un rostro, y entonces comprendió, tras una sonrisa, que, a esas alturas, aquel patético hombre tendría más miedo de volverse a encontrar con alguien como Sasayama, que con la mirada acusadora de un dominador.

-Sólo estaba socializando –chasqueó la lengua Sasayama, pasándose la mano por el cabello.

-Sí que sabes hacer amigos -puntualizó Kougami.

Se armó un silencio desgarrador, extrañamente incómodo para ambos. Sasayama, por vez primera, se hallaba con la vista ida y las manos en su cadera, como si en verdad no hubiera sido capaz de escucharlo. No era el primer incidente que tenían, puesto que Kougami lo había visto otras veces descargarse por completo con abusadores, y si no fuera por su interrupción, sería incluso capaz de matarlos a golpes, a todos y cada uno de ellos. Comprendía entonces la advertencia del inspector Ginoza, quien comparaba a Sasayama con un sabueso hostil e independiente.

-Eso no es un hombre, es una bestia -escupió el ejecutor en el suelo, cerca del cuerpo inconsciente-. Y no se puede razonar con bestias. Tarde o temprano volverá a embriagarse y golpear a su hija, diciendo los típicos clichés de "sólo me pongo así por el alcohol".

La voz de Sasayama sonaba siempre amarga, como si tuviera la garganta constantemente seca o fuera el odio contenido el que no lograba salir de su interior. En aquellos momentos, parecía un tigre a punto de saltar sobre su presa, y a Kougami se le hacía difícil comprenderlo, a pesar de que intentaba hacerlo cada día que pasaban juntos, resolviendo casos. A diferencia de Ginoza, lo consideraba tan humano como él. Las situaciones de la vida los convertían en quienes eran, y en el caso de Sasayama, habían sido menos favorables.

-Esperemos que tu lección lo deje internado en el hospital bastante tiempo.

Kougami dejó escapar una sonrisa burlona, pero cuando volvió a dirigirle una mirada, apagó su expresión al notarlo ciertamente meditabundo, como si buscase inspiración en el cuerpo inconsciente y ensangrentado próximo a él.

-En el pasado, las cárceles eran ineficientes porque simplemente le ponían la correa a un perro rabioso cuando ya había despedazado a un niño -soltó Sasayama, con una insólita mirada soñadora-. Hoy en día, ir en contra de la ley o ser susceptible a estresarse, garantiza la muerte. Una solución rápida y barata, pero igual o peor de inútil. ¿Sabes cuál es el problema? El ser humano. Cuando salga, te apuesto lo que quieras a que intentará matarla.

Kougami frunció el ceño, sintiendo de repente como si estuviera en un callejón sin salida. Por alguna extraña razón las palabras del ejecutor se enfrascaron en su mente, y aunque intentara olvidarlas de todas las formas posibles, volvían a su consciencia como filosas cuchillas. Llegó a imaginar la alta y delgada imagen de Ginoza a su lado, lanzándole una mirada acusadora bajo sus lentes a medida que se veía arrastrado, cada vez más, a la mente de los ejecutores. Un abismo incomprensible para él, que se hallaba lleno de respuestas a preguntas que todavía no se había hecho.

Fue en ese momento que el sonido característico de llamada entrante, captó la atención de ambos. Kougami alzó su brazo izquierdo y presionó la muñequera para interconectarse con el emisor. En una fracción de segundo, la viva imagen del rostro de Nobuchika Ginoza apareció en el holograma, casi como una respuesta a sus pensamientos. Sasayama no se movió de su lugar, tan sólo se limitó a observar la escena en silencio, percibiendo, al igual que él, un mal presentimiento. Era la primera vez que veían a Ginoza tan solemne, casi como si hubiera salido del funeral de un familiar, por lo que automáticamente guardaron silencio y esperaron a que dijera lo que tenía que decir.

-¿Encontraron al sujeto? –inquirió el inspector, tajante.

Sasayama estuvo a punto de cruzarse de brazos, cuando justo entonces se percató de la exuberante cantidad de sangre en sus manos y las regresó a ambos lados de su cuerpo, sacudiéndolas con el ceño fruncido, nuevamente irritado. Kougami le dirigió una mirada al hombre que yacía en el suelo, con los brazos abiertos y las piernas estiradas. Tenía las cuencas de los ojos de color púrpura y la cara bañada en sangre. Sus labios estaban cortados y llevaban moretones, era un completo saco de sangre. Intercambió una mirada con su colega por unos breves, pero comprensibles segundos, hasta que por fin decidió volverse hacia el otro inspector.

-Logramos paralizarlo, al igual que su hija –replicó Kougami, observando distraídamente el juvenil cuerpo de la chica, que seguía inconsciente a un lado de la habitación.

Del otro lado, Ginoza no parecía tener intenciones de preguntar algo más al respecto. En realidad, no mostraba signos aparentes de preocuparse por la situación, o acaso denotar sorpresa. Su mente estaba lejos, navegando hacia otros problemas que poco se relacionaban con el caso que acababan de resolver. Definitivamente, algo ocurría y tanto Kougami como su ejecutor no estaban enterados, por el momento. Y aquello no hacía más que entusiasmarlos.

-Bien. Cuando terminen, diríjanse al Restaurante Tradicional Iyasaka. Tenemos un nuevo caso, algo que nunca antes se había visto –el inspector le dirigió una rápida mirada a Sasayama mientras hacía una incómoda pausa-. Necesitaremos su buen olfato, así como tu perspicacia.

Kougami le respondió que estarían en camino en breve, y cuando la comunicación se cortó, intercambió una larga mirada con el ejecutor. Sasayama sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su pantalón, y se encendió uno. Aquel era un gesto que conocía bien, pues usualmente indicaba que se acercaba un conflicto difícil de resolver. Podía percibir el mal humor acrecentándose, cada vez más, en su expresión.

-Parece que las cervezas tendrán que esperar –comentó Sasayama, exhalando una gran bocanada de humo en medio de la habitación.

Luego de que el apartamento se cerrara y tanto la muchacha como el hombre fueran puestos bajo custodia, Kougami y Sasayama condujeron hacia el restaurante que les habían mencionado en completo silencio. Cuando llegaron, pudieron ver que todo el establecimiento estaba cerrado y había drones vigilando el lugar, impidiendo que la gente pasara o se diera por curiosa y accediera de forma clandestina, para encontrar algo más emocionante por lo cual lucirse después en las redes y obtener más seguidores.

-Este es el Departamento de Investigación Criminal, parte de la Oficina de Seguridad Pública –andaba diciendo un dron con aquella voz femenina detestable-. El acceso a este bloque está actualmente restringido para garantizar la seguridad.

Hacía más frío que una hora antes, y Kougami se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Se encaminaron hacia el lugar del hecho y ambos presentaron su identificación digital para que el dron les otorgara el paso. Unos metros más adelante, advirtieron la figura atlética del inspector que, a pesar de ser tan apuesto, su mente sólo tenía espacio para las responsabilidades relacionadas con el trabajo.

-Me preguntaba cuándo vendrían –espetó el inspector Ginoza.

La frialdad que su presencia emanaba era escalofriante, y más de uno se sentía acobardado ante su mirada, especialmente si no lo conocía. Cuando se giró hacia ellos se acomodó los lentes, y el verde en sus ojos los fulminó de una manera inquietante, que ya no tenía efecto sobre ellos. Se hallaba de pie correctamente erguido, con el usual traje oscuro de inspector, y su cabello negro caía sobre parte de su rostro en varios mechones.

-A nosotros también nos alegra verte –contestó Sasayama burlonamente, sosteniendo el cigarrillo con sus dedos.

Ginoza le lanzó una mirada asesina durante unos largos segundos, pero al final optó por ignorarlo como solía hacer con todos los ejecutores. Para él, no eran humanos. Kougami siempre había pensado que tenía una visión bastante exagerada, pero nunca fue capaz de cambiar su opinión. A veces era demasiado reacio a escuchar a los demás.

-Les enseñaré la escena del crimen –declaró Ginoza dándose media vuelta.

Sasayama miró a Kougami y se encogió de hombros, dispuesto a seguir al otro inspector. Ginoza los guio al jardín delantero del restaurante, donde una prominente figura se alzó frente a ellos. Kougami se detuvo a medio camino, abriendo los ojos de golpe, mientras que a Sasayama directamente se le cayó el cigarrillo de la boca. Ninguno de los dos era capaz de formular palabra alguna, tan sólo se limitaban a comprobar que, en efecto, lo que tenían frente a sus ojos era real. Una escena magnífica, que podría hasta considerarse una obra de arte. Una obra oscura, tétrica y espeluznante, pero muy bien desarrollada.

Ambos estudiaron con sumo detalle cada centímetro del cuerpo de lo que alguna vez había sido un hombre, buscando cualquier irregularidad que pudiera servirles. Sin embargo, se hallaba tan bien hecho que parecía una pintura, un holograma. No parecía real en absoluto, y Kougami empezaba a imaginar el rostro confundido de las personas al pasar por allí; probablemente, al principio no habrían creído que fuera una persona de carne y hueso, lo único que se les habría pasado por la cabeza, en aquellos instantes, era la simple idea de que se trataba de un holograma de mal gusto, para llamar la atención de los clientes. El psycho hazard que podía llegar a ocasionar era inimaginable.

-Las estrategias de promoción son cada vez más extrañas estos días –observó Sasayama, caminando alrededor sin apartar la vista de la figura.

Kougami sonrió levemente, siendo regañado con la mirada atenta del otro inspector. Sin embargo, sabía que el ejecutor nunca antes había visto algo así, y estaba tan conmocionado como ellos. Resultaba inquietante que aquello podía ser originado por un ser humano, si era apropiado llamarlo de esa forma. Sasayama apenas podía imaginar los motivos que habían llevado al perpetrador a realizar dicho asesinato, y sentía que su tono se volvía turbio de tan sólo pensarlo.

-El cadáver pertenece a Ryoji Hashida y fue encontrado por Anna Nakamichi, miembro del Buró de Gestión de Desechos de Akasaka –explicó Ginoza con el profesionalismo que lo caracterizaba, entrecerrando los ojos-. Es imposible estimar la hora exacta de su muerte, aunque se cree que dio lugar cuando Hashida se reunió con otro miembro de la Cámara Baja de la Dieta, Mitsuru Ishihara, sin considerar la cantidad de tiempo que el proceso de plastinación necesita. El estrés del área saltó cuatro niveles cuando salió a la luz. En este momento se está llevando a cabo una censura en los medios de comunicación.

Kougami dio unos pasos hacia adelante para contemplar mejor la exhibición. El cadáver tenía el cráneo abierto limpiamente, y su cerebro se había arrancado por completo. El hipocampo, la parte del cerebro que desempeñaba un papel fundamental en la memoria, se había insertado en su ano. Sasayama estaba inclinado, examinando lo mismo con cuidado, tal obra de arte cuyo mensaje estaba oculto, y a la espera de ser descubierto por aquellos que sabían observar.

-El que lo hizo, debe estar ansioso por saber qué opina su audiencia –dijo una voz gruesa a sus espaldas.

Los tres se dieron la vuelta, hallando, de ese modo, a Tomomi Masaoka. A pesar de su apariencia robusta, y de llevar casi siempre consigo aquella gabardina marrón que tanto lo caracterizaba y le daba un aspecto intimidante, sus gestos eran amables. Cuando estuvo más cerca de ellos le dirigió una suave sonrisa a Ginoza, aunque este volvió su mirada al cadáver, forzándose a ignorarlo por completo para perderse de nuevo en la monotonía del trabajo.

Era admirable, a su vez, la inquebrantable paciencia que tenía Masaoka. Parecía estar envuelto en una nube que nunca era irrumpida por el estrés o todo conflicto exterior. Cada vez que había un caso que resolver, siempre utilizaba la razón y se mantenía frío hasta en situaciones más complejas. Como pintor, sabía que toda obra anhelaba espectadores. Quizá no se tratase de un pintor en realidad, pero en el fondo, el culpable estaba buscando ser reconocido por la sociedad, estaba buscando dejar algún tipo de mensaje con su obra. Y ellos estaban dispuestos a descubrirlo.