EL DRAGÓN DE ALAS NEGRAS

-¡FOLKEN!

Se despertó repentinamente, estaba bañada en sudo y completamente desorientada.

-¿Estás bien, Eries?

Se tensó al escuchar aquella voz, precisamente aquella.

Observó la cama en la que había despertado, ¡esas no eran sus sábanas! Y podía distinguir con toda claridad un segundo par de piernas junto a ella.

Volteó insegura.

-¡Gracias a Jichía! -Susurró justo antes de recostarse de nuevo, abrazándose al hombre al que acababa de ver muriendo envuelto en llamas junto con otros soldados de Zaibach, bien alto en el cielo.

-¿Eries? -Preguntó Folken, su tono era preocupado y suave, su brazo humano la había rodeado y no dejaba de acariciar su espalda suavemente, recordándole de pronto que ambos estaban completamente desnudos.

-Estoy bien, lo lamento -Murmuró ella contra la piel del faneliano, depositando un beso muy cerca del hombro sano, subiendo su mano izquierda hasta la unión entre metal y piel, repasando lenta y cuidadosamente la enorme cicatriz alrededor de la prótesis.

-Te removías, comenzaste a sudar mucho y de pronto… ¡me asustaste!

Dejó de mover su mano, enderezándose un poco en la cama para poder encarar a su amante, evitándoles a ambos el dolor de doblar demasiado el cuello para mirarse.

-Las pesadillas comenzaron cuando te dieron por muerto y enviaron a un heraldo a avisarnos a nosotros, al principio te veía morir cada noche, luego la pesadilla comenzó a remitir poco a poco, hasta que se volvió un sueño recurrente cuando estoy inusualmente nerviosa o cansada…

-¿Qué es lo que sueñas exactamente, Eries?

Se recostó de nuevo, depositando un beso en aquellos labios finos y ásperos antes de acurrucar su cabeza sobre el hombro cálido en el cual se había relajado.

-Al principio siempre estamos en el jardín, leyendo algún libro, por lo general es el que me obsequiaste, a veces es el primero que leímos juntos, luego te vas… y mueres; antes morías devorado por un dragón, en el último año el sueño se volvió… extraño, a veces puedo ver al dragón arrancándote el brazo y luego… vuelvo a encontrarme contigo, tal como te ves ahora, pero, distinto, vacío por completo, destruyéndolo todo a tu paso… las últimas noches, sin embargo…

Se sintió sonrojar repentinamente, perdiendo su voz al menos, hasta que sintió la mano metálica tomar la suya para guiarla cuidadosamente hasta el rostro de Folken, donde él había depositado un beso en sus nudillos justo antes de acariciarse la mejilla con la mano de ella.

-¿Sin embargo? -La alentó a continuar.

-Las últimas noches había soñado… con… no morías… no habías vuelto a morir en mis sueños, no hasta esta noche.

-¿Tan improbable te parece lo que hicimos hace un par de horas?

No respondió del todo, se abrazó a él, asintiendo lentamente con su cabeza, pegando más su cuerpo al ajeno en un intento desesperado de convencerse de que, de hecho, esta no era una ilusión.

-¿Puedo saber que pasaba en los sueños en los que no muero?

Ocultó su sonrisa en el rostro de aquel hombre, tratando de que el enorme sonrojo dimitiera, pensando cómo explicarle sin tener que explicar mucho.

Él la había acunado con un brazo, ella tomó aire entonces y un poco de valor también, pasó una de sus piernas al otro lado de aquel cuerpo cálido junto al que había pasado la noche, levantando su cabeza apenas lo suficiente para poder murmurar en su oído.

-Algo como esto… o como lo que hicimos anoche.

Folken la tomó de los hombros, obligándola a enderezarse un poco, mirándola con un brillo especial y una sonrisa torcida, haciendo que la timidez desapareciera como por arte de magia.

-¿Cómo mi pequeña amiga tímida que acostumbraba esconderse detrás de algún libro por horas, pasó a tener este tipo de sueños impuros?

No pudo evitar sonreír, parecía una broma, además, el semblante de Folken lucía más relajado, incluso un tanto complacido y completamente curioso.

-Digamos que… se convirtió en una mujer… una que se siente sumamente atraída por ti.

Se recostó sobre él, completamente feliz al verlo sonriendo de aquella forma, lo besó un par de veces, apenas roces de labios dados en un tono juguetón, al menos hasta sentir algo moviéndose muy cerca de su intimidad, rozándola esporádicamente y obligándola a detenerse para mirar a Folken a los ojos.

-Digamos que… yo también te encuentro… sumamente atractiva justo ahora.

Un beso más, uno cargado de deseo y promesas. Una mano de carne y huesos se había colado hasta sus caderas, delineándolas con descaro, apretando y acariciando al tiempo que una garra metálica paseaba sus frías puntas a lo largo de su espalda, de arriba abajo y de regreso, provocándole escalofríos de anticipación.

-Una vez más entonces, y tendré que volver a mi habitación -Dijo Eries cuando el beso se rompió.

-¿No te meterás en problemas? No me gustaría que te convirtieras en la comidilla de los nobles.

-Y yo no quiero arrepentirme de nada, hay tantas cosas que no le dije a mi madre, tantas que no le dije a Marlene, esa última visita a Fanelia que me prohibieron, confesiones que no pude hacer en su momento… aún si hablan, sé que no tendré arrepentimientos esta vez, si es el pago que debo hacer por estar contigo, que así sea.

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Se sentía animada, llena de energía, viva.

.

Nadie la había visto a su regreso a su habitación, eran las primeras horas de la mañana, había cambio de turno entre guardias y personal del palacio, nadie pareció notarla y ella procuró aguardar cuando escuchaba voces o pasos en el siguiente pasillo que debía atravesar.

Cumplir con sus obligaciones se había vuelto más fácil, asistir a las conferencias la llenaba de un sentimiento especial, no solo era la emoción de escuchar y ver cosas nuevas, también era el hecho de que Él estaría ahí, justo al frente, hablando con su voz clara, firme y llena de seguridad, con esa actitud de profesor de escuela que parecía enloquecerla, la mejor parte era volver a casa, Folken se las ingeniaba para subirla al carruaje que tomara con la finalidad de debatir las ponencias, algún libro que hubieran leído e incluso las preguntas y lo comentarios que hacían algunos de los asistentes de vez en vez.

Por la noche era ella quien se las ingeniaba para salir de su habitación y dirigirse a la de él, ¡no podía evitarlo!

Podía encontrarlo leyendo alguna de sus cartas, con una enorme sonrisa adornando su rostro; podía encontrarlo revisando planos y trazando indicaciones y símbolos en ellos; cuando la enorme Fortaleza Flotante pudo ser sacada del mar y desmantelada, las partes que a Folken le interesaban más, se encontraban ya en su habitación, a partir de ahí, era frecuente para Eries encontrarlo ocupado en acomodar y ensamblar algunas piezas pequeñas, ya sin el apoyo de los mecánicos con los que había formado equipo brevemente.

Había veces que lo encontraba en alguno de los jardines, se veía tan nostálgico, como un ave que ha sido enjaulada. Allí conversaban un poco en susurros, luego se encaminaban a los aposentos del antiguo Estrategos.

Sin importar como iniciara el encuentro, en algún punto comenzaban los besos, el juego de desvestir al otro, el encuentro de ambos cuerpos, generando tanto calor, que las mantas de la cama salían sobrando por completo. Algunas noches tenían solo un encuentro, justo antes de caer rendidos y dormir en brazos del otro po horas. Algunas noches, por alguna razón, apenas y tomaban un pequeño descanso de diez o quince minutos antes de volver a su juego de cama, nunca más de tres juegos en una noche, en cuyo caso, no podían dormir juntos, era demasiado arriesgado, en su lugar, ambos se vestían entre besos y conversaciones satíricas, algunas más bien irónicas o sarcásticas sobre lo que otros deberían estar haciendo en aquel momento o suponiendo que hacían ellos mismos, después de todo, Folken se había enterado del apodo de Eries la noche anterior a que remolcaran la Fortaleza, de más está decir cuan agraviado se había mostrado esa noche contra los que la habían nombrado de ese modo, o cuanto se había esforzado por hacerla ver que ella no tenía nada de princesa de hielo, cuan cálida, excitante y amorosa podía ser, sin lograr convencerla de quejarse cada vez que escuchara a alguien llamándola con aquel mote cruel. Eries había disfrutado aquella noche más que las demás, con aquellas largas caricias cargadas de algo más que placer, haciendo el amor tan despacio, que casi había enloquecido de deseo y desesperación, Folken se había mostrado más cariñoso y ocupado en complacerla que la primera vez que habían estado juntos.

Tres semanas y media después de que Folken consiguiera el asilo político, después de haber compartido el lecho y antes de dormir, él había dicho algo que la había molestado.

-Creo que pronto podré morir sin lamentaciones.

Ella se le había quedado mirando, esperando encontrarse una sonrisa burlona y una mirada sarcástica o algo que le quitara el aguijonazo de preocupación, para su desdicha, el comentario había sido increíblemente crudo y sincero, la verdad de aquel pensamiento vuelto palabras reflejándose con nitidez en su rostro.

-¿Folken?

La miró con seriedad, había apenas un poco de tristeza, algo de temor y una buena cantidad de aceptación en sus ojos. Eries estaba completamente desolada ante aquel descubrimiento.

-¿Por qué lo dices? -Se aventuró a indagar todavía desnuda, llena y entre sus brazos.

-Mi deuda estará pagada muy pronto, la paz no tardará mucho en volver a Gaea y pude hacer algo más que solo las paces con la mujer más hermosa e inteligente de toda Gaea… si al menos Van pudiera perdonar todos mis errores…

No lo dejó terminar, lo besó con dulzura, intentando transmitirle todo lo que sentía por él, darle una razón para pensar en el futuro.

-¿Eries?

-¡Te Amo, Folken! ¡no tienes idea de cuanto te he amado y cuanto más te amo ahora! ¿no podría ser eso suficiente para pensar en vivir más tiempo?

-Mi querida Eries -Repuso él, acunando el rostro de ella con su mano y mirándola con una especie de disculpa en aquellos ojos rojos que tan bien había aprendido a leer- tú misma lo dijiste hace tiempo, ¡soy un fantasma!, mi vida tendría que haber terminado hace años, cuando el dragón arrancó mi brazo y luego me abandonó en el bosque, mis ojos no debieron volver a abrirse, mi corazón tendría que haberse detenido para siempre y mi brazo… ¡jamás tendría que haber conseguido este reemplazo tan siniestro y artificial!

Podía sentir lágrimas escapando lentamente de sus ojos, leyendo furia, dolor, tristeza y una lástima por sí mismo tan viejas en aquellos ojos, como la garra mecánica que se le había implantado en medio de su inconciencia.

-Y aun así estás aquí, vivo, fuerte, cálido… ¡aun así estás aquí conmigo! ¡tan vivo que podrías dejarme preñada si llego a descuidarme!

-No, no es verdad… hay algo que tengo que mostrarte, Eries.

Ambos se sentaron en la cama, él se levantó, deteniéndose debajo del alto entarimado con que podía acercarse al extraño artilugio que había estado construyendo y al cual no la había permitido acercarse.

-Estoy enfermo, Eries.

¿Enfermo? ¿de qué? ¿cómo? ¿desde cuándo? Realmente no podía comprenderlo… al menos, hasta que lo vio.

De la espalda de Folken habían brotado un par de enormes alas, algunas plumas habían salido volando al momento, plumas negras y opacas. Su corazón se detuvo un momento, él volteó a verla, agitando sus alas apenas un poco, como estirándolas, antes de plegarlas en su espalda para caminar hacia ella, desnudo y completamente expuesto.

-Entonces, los rumores eran ciertos, ¡eres un…!

-¡Si! Lo soy, igual que Van, igual que mi madre… mis alas solían ser blancas, ¡tan brillantes que a veces no podía entender cómo el resto de las personas podía considerarlas como algo profano!... pero, llevo enfermo algún tiempo, al principio eran solo las puntas, grises y opacas, traté de investigar todo lo que pude… mi cuerpo se corrompió en algún momento después de que Van despertara a Escaflowne, se han ido opacando y oscureciendo poco a poco, día tras día… mis alas están casi muertas, igual que yo.

-¡No! -Se cubrió la boca, tratando de aguantar un gemido de angustia sin quitar los ojos de encima de su amante.

-En cuanto a lo de… descuidarte… mis padres estuvieron juntos por muchos años, tuvieron muchos problemas para poder procrear, de ahí el tiempo transcurrido entre el nacimiento de Van y el mío; el día que ustedes tres llegaron a Fanelia, luego de la cena, cuando Van ya estaba dormido, mi madre me habló sobre…

No podía quitarle los ojos de encima, la curiosidad la embargaba, sus alas la llamaban para tocarlas, la enorme sombra que parecía haber caído sobre aquel hombre angustiándola, si al menos pudiera hacer algo para ayudarlo a curarse.

-… bueno, madre me explicó que sería difícil que pudiera engendrar, la sangre de ryuujin es más fuerte que la humana, mientras tengamos alas, la concepción con un humano es difícil, se debe intentar una y otra y otra vez por años… así que… incluso si te descuidas, no podría dejarte con un hijo.

Lo miró a los ojos, conteniendo las lágrimas, alargando la mano para tocarlo, soltándolo antes de agacharse a recoger una de las plumas negras que habían caído al suelo.

-No es la primera vez que veo plumas como estas en tu habitación.

-Mis alas tienden a revelarse cuando experimento sensaciones demasiado profundas… dolor extremo, placer justo en la cúspide.

-¡Por eso siempre me obligas a voltear antes de que termines!

El tono macabro de la conversación se había perdido por completo, lo supo en cuanto notó el enorme sonrojo en las mejillas de Folken y la forma en que había movido la mirada a un lado, justo antes de mirarla otra vez con una sonrisilla avergonzada.

-No quería que las vieras… en realidad… le prometí a mi madre que no se las mostraría a otra persona.

-Algo bastante complicado dadas las actividades que hemos estado ejecutando en las noches, ¿no crees?

Lo escuchó reír, por primera vez podía escucharlo riendo sin contenerse, tan libremente como si fuera un pequeño sin preocupaciones, haciéndola sonreír complacida.

-Si, creo que tienes razón… no es algo que habría podido mantener oculto por mucho tiempo de haberme casado, o eso supongo.

-¡Quiero verlas!

-¿Cómo?

-Quiero verte cuando termines, la próxima vez quiero verte llegando a la cúspide, ¡por favor!

La tomó de ambas manos, la levantó, la envolvió con manos y alas en un abrazo tan apretado, que casi la había dejado sin aire, sintiendo un cosquilleo placentero cuando los labios de Folken alcanzaron su cuello, recreándose entre su cuello y su hombro por un buen rato.

-¿En verdad, Eries? ¿quieres tener intimidad de nuevo con una criatura profana, perversa, maliciosa y enferma como yo?

-Si, quiero amarte cada noche por el resto de tus días, así te queden unos pocos días, unas pocas lunas o unos pocos años, quiero ver tus alas revelarse cuando estás conmigo y escuchar tu voz hasta que sea imposible.

La estaba mirando con tanta incredulidad, como el día que ella se había despojado de sus ropas para dejar en claro sus intenciones, a diferencia de aquella vez, ahora incluso sonreía y sus alas seguían visibles y desplegadas.

Todavía abrazados, Eries estiró un poco una de sus manos, acariciando las plumas y las alas de su acompañante, paseando las yemas de sus dedos entre la piel de la espalda y parte de sus alas, pasando por el nacimiento de estas y notando los escalofríos que recorrían a su pareja con cada acción.

-¡Son increíblemente suaves! Debieron ser hermosas antes, ¿puedes volar con ellas?

-Si, no han perdido toda su fuerza todavía, pero no puedo usarlas así como así… la mayoría de la gente no me vería con tan buenos ojos.

-Lo entiendo.

Se despegó de él, caminando lentamente a su alrededor sin romper el contacto entre el cuerpo masculino a su disposición y sus propios dedos, deteniéndose al encarar la espalda de aquel hombre para tocar aquellas alas por completo, deleitándose al sentir como Folken las movía lentamente bajo su tacto. Besó un poco aquí y allá, hasta que Folken volvió a doblarlas, haciéndolas desaparecer sin más rastro que algunas pocas plumas en el suelo.

-Es tarde, querida, deberías volver a tus habitaciones.

No pudo evitar abrazarlo por la espalda, besándolo de un hombro al otro, escuchándolo gemir con un sonido bajo y ronco apenas perceptible.

-Dejaré de tomar tés para evitar la concepción, si lo único que podría quedarme de ti, son el recuerdo y un niño, que así sea.

-No esperes demasiado, Eries, podríamos hacer esto todo el día, todos los días, y aun así tardarías al menos un año en quedar embarazada.

Él se volteó entonces, la besó en la frente, la tomó por la barbilla, besándola en los labios esta vez, un beso dulce y cálido.

-¿En verdad tendrías un hijo mío?

-Incluso me casaría contigo, si con eso pudiera asegurarme de que seguirás vivo por muchos años más.

No podía verlo, solo sentir aquel rostro que adoraba frotándose contra su mejilla de forma afectuosa. Cuando se separaron y vio sus ojos de nuevo, le pareció ver al verdadero Folken ahí frente a ella, con todo lo que lo hacía ser él, con todo lo que lo hacía ser único, incluido su secreto mejor guardado.

-En verdad, podría morir completamente pleno y feliz, justo ahora.

-Y yo podría vivir feliz y libre a tu lado por toda la eternidad.

Se besaron de nuevo, una última vez, justo antes de que ambos pudieran vestirse, subiendo hasta la puerta donde ambos se detuvieron.

-¿Me escoltarías hasta mi alcoba?

-No, no deben vernos juntos a estas horas, Eries, realmente me molesta cuando esos pomposos y estúpidos nobles hablan mal de ti… y sé que pronto no estaré aquí para hacerlos callar cuando lo hagan.

-En ese caso, buenas noches Folken.

-Buenas noches, Eries.