Las victorias en el torneo permitieron que Billy adquiriera una nueva perspectiva, tanto de sí mismo, como de Geese-sama. El joven no tardó más que unos días en notar la enorme discrepancia entre su propia fuerza y la de sus oponentes. Nadie estaba a la altura de la destreza que él había adquirido gracias a su continuo entrenamiento junto a su jefe.

Billy se enorgullecía de su habilidad, porque ésa era la razón que había llevado a Geese a interesarse en él. No dudaba de que sus capacidades eran adecuadas para cumplir su deber de proteger al empresario, y no solía tener problemas en acabar con los enemigos de su jefe. De entre sus compañeros de entrenamiento, la única persona a la que no podía derrotar era a Geese-sama.

Pero había esperado que el KOF representara un mayor desafío. Después de todo, los participantes eran peleadores provenientes de distintos lugares del mundo, que hacían uso de técnicas diversas, y que en su mayoría poseían más experiencia que él. El joven no había previsto que podría medirse sin dificultad contra maestros de artes marciales que llevaban décadas entrenando, o contra antiguos campeones de otros torneos.

Sin embargo, eso era lo que había sucedido. Había obtenido sucesivas victorias, y había avanzado en cada ronda. El esfuerzo requerido para ganar había aumentado, y había recibido algunos golpes y rasguños, pero nunca había llegado a sentir que un rival lo superaba.

Y si él no tenía problemas para derrotar a aquellos contrincantes, entonces ¿qué tan por encima estaba Geese-sama de todos ellos?

Hacia el final del torneo, Billy había comenzado a pensar que tal vez su jefe no sólo era la persona más fuerte que él conocía. Tal vez el poder de Geese-sama era formidable y no tenía comparación.

La admiración que sentía por Geese no hizo más que aumentar, pero esta vez Billy no sintió que la magnificencia de su jefe lo empequeñecía. Interiormente, el joven estaba complacido consigo mismo por los logros que había alcanzado en el torneo, porque por las noches Geese-sama lo examinaba detenidamente, buscando la marca de algún golpe de gravedad, y asentía satisfecho cuando no encontraba más que rasmillones que desaparecerían a los pocos días.

El hecho de que su jefe estuviera conforme con su desempeño hacía que Billy sintiera un regocijo inigualable. Obtener victorias para Geese era una experiencia nueva. Por las noches, podía contarle a su jefe sobre las personas a las que había tenido que enfrentar, y luego pasaba horas escuchando a Geese hablar sobre las técnicas que sus contrincantes habían utilizado. Por la mañana, Billy se sentía ansioso por poder poner en práctica las recomendaciones que le había hecho su jefe.

El entusiasmo que mostraba al participar llevó a que algo inesperado sucediera durante el torneo: un pequeño grupo de aficionados comenzó a celebrar sus victorias.

Billy ya se había acostumbrado a las miradas de desprecio y los constantes abucheos que recibía de parte de la audiencia durante los enfrentamientos. Éstos no le afectaban porque él entendía perfectamente aquella situación. Geese-sama era odiado y temido en South Town, pero los ciudadanos comunes no podían hacer llegar esos sentimientos hasta el empresario, y, así, volcaban aquel odio y temor hacia Billy.

Por suerte, aquellos detractores eran demasiado cobardes para intentar alzar una mano contra él y se limitaban a insultarlo desde la distancia, pero ahora el joven entendía por qué Geese-sama había enviado a Ripper y Hopper a escoltarlo. Estaba agradecido de que Geese hubiese tomado aquella medida para garantizar su seguridad.

Era por eso que la aparición de sus "seguidores" le sorprendió. Los aficionados que lo apoyaban no parecían interesados en el hecho de que él trabajara para un millonario de oscura reputación. Eran personas normales, que disfrutaban del evento sin preocuparse por su trasfondo. Estaban ahí para divertirse y durante las semifinales Billy notó que alguien levantaba un cartel con su nombre mientras otros ondeaban algunas banderas de Gran Bretaña.

Aquello lo hizo sonreír sintiéndose un poco ridículo. Se preguntó qué pensarían Lilly y Geese-sama al respecto.

Ganar el torneo no le resultó tan sorprendente. La pelea se llevó a cabo en el estadio de South Town, frente a algunos miles de espectadores. La reacción del público a su victoria no se hizo esperar. Pocos estaban satisfechos con el desenlace, porque la gran mayoría quería verlo caer. Las pifias y burlas llegaron a él, pero Billy casi no las oyó. Sus pensamientos ya estaban con Geese-sama, y lo que su jefe le diría al ver que había ganado, tal como él se lo había ordenado.

La ceremonia de premiación se le hizo insufrible, pero la soportó con aire indiferente. Habló cuando se lo pidieron, y se limitó a transmitir un mensaje de su jefe: el torneo volvería a llevarse a cabo en el futuro. Aquellos que desearan obtener el cuantioso premio tenían un año para entrenar.

La audiencia recibió aquel mensaje con interés y dejaron de abuchear. Billy reprimió una sonrisa desdeñosa. El dinero movía al mundo y servía para comprar el favor de la gente, y eso era algo que Geese-sama sabía bien.

Sin embargo, el premio no significaba mucho para Billy, porque Geese-sama le había advertido de antemano que él no recibiría el monto completo si ganaba. Lo único que recibiría sería un porcentaje, y el resto volvería a las arcas de Howard Connection.

Billy casi había olvidado el tema del dinero cuando se presentó en la oficina aquella tarde. Traía consigo algunos documentos sobre los peleadores mejor capacitados que había identificado en el torneo. Geese-sama no le había pedido que preparara aquellos dossiers, pero Billy había tomado la iniciativa, a pesar de su cansancio tras tantos días de luchas, porque no quería olvidar ningún detalle sobre los posibles candidatos a empleados.

Al entrar en el despacho, encontró a Geese-sama y a los secretarios ahí. Ripper y Hopper estaban de pie delante del empresario, y cuando éstos se volvieron a mirarlo, Billy se dio cuenta de que había una botella de champagne sobre el escritorio, junto con cuatro delgadas copas.

Billy hizo la inclinación de rigor, y luego se acercó vacilante a su jefe. Entregó los dossiers y Geese les echó una breve mirada antes de dejarlos a un lado, sobre un montículo de otros documentos que también requerían su atención.

—¿Qué es esto? —preguntó Billy algo confuso, mientras Ripper abría la botella de champagne y llenaba las copas.

—Haremos un brindis para celebrar tu victoria —respondió Ripper con tono impaciente, porque estaba explicando algo que era obvio.

—Me refiero a… —Billy se volvió hacia Geese, súbitamente incómodo. No había esperado que los secretarios salieran con algo así—. No es necesario… —intentó explicar—. Sólo hacía mi trabajo.

Ni Ripper ni Hopper parecían estar prestándole atención. Las copas fueron llenadas, y repartidas entre ellos. Geese-sama tomó la suya por el delicado tallo de cristal y observó el burbujeante líquido dorado, reclinado contra el respaldo de su silla.

Billy tomó la copa que Hopper le ofrecía, pero luego miró irritado a ambos secretarios. Él había tenido más que suficiente con estar presente durante la pomposa ceremonia de clausura del KOF. No necesitaba de celebraciones, lo que más quería en ese momento era decirle a Geese-sama que había cumplido la misión encomendada. Anhelaba estar a solas con él y ver una señal de que su jefe estaba complacido con su desempeño.

—El champagne fue idea de Geese-sama —informó Ripper con tono serio, para que Billy dejara de recriminarles con la mirada.

Billy se volvió hacia Geese, tomado por sorpresa.

Geese alzó la vista.

—¿Acaso no fue un buen trabajo? —preguntó, observando a Billy a los ojos.

Billy no supo cómo responder. No había imaginado que Geese-sama mostraría su aprobación delante de otros. ¿Qué debía hacer él? ¿Afirmar? ¿Negar?

El joven aún estaba pensando en cómo dar una respuesta coherente y a la vez discreta, y en eso se oyó el sonido del delicado cristal de una copa golpeando la suya.

—Salud —dijo Ripper, utilizando un tono profesional.

Cheers —dijo Hopper también, haciendo chocar su copa con cuidado.

Billy observó a su jefe, aún sin saber cómo proceder. Había brindado con él antes, pero siempre a solas. No estaba seguro de cómo debía comportarse al compartir un momento así con ambos secretarios presentes.

Geese continuó reclinado en su silla, pero alzó ligeramente la copa hacia él en un brindis silencioso antes de beber un sorbo.

Billy se sintió embriagado, sin necesidad de probar el licor. Geese bebía sin dejar de contemplarlo, y sus ojos celestes expresaban lo que no estaba diciendo en palabras. La aprobación que Billy buscaba estaba reflejada en esos irises claros, y había también una sombra de sonrisa, como si a Geese-sama le divirtiera verlo tan incómodo, pese a que se merecía aquella pequeña celebración…

Eso era lo que Geese-sama estaba pensando, que se lo merecía, porque había hecho un buen trabajo…

Abrumado, Billy tomó un sorbo del champagne. Era amargo y dulce a la vez, y probablemente muy costoso. Ripper y Hopper estaban hablando sobre el torneo, comentando que quizá sería más conveniente celebrar el siguiente en otoño, cuando las temperaturas fueran menores. Geese los escuchó unos segundos, pero luego perdió el interés y dejó la copa a un lado. Del cajón de su escritorio sacó un talonario de cheques.

Billy supuso de qué se trataba. Se contuvo de decir que había participado en el torneo con el objetivo de complacer a Geese y no por el dinero. Llevaba un buen tiempo pensando que quería continuar sirviendo a Geese-sama incluso si no había un pago de por medio, pero, desafortunadamente, sus responsabilidades no le permitían rechazar el dinero de su jefe. Los meses estaban pasando, y él no había conseguido darle una vida decente a Lilly aún. Los ahorros que había acumulado no eran suficientes para comprar y mantener una casa propia en un vecindario que no fuera peligroso para la niña.

Geese puso su firma en el cheque y lo desprendió del talonario con delicadeza. Los secretarios dejaron de hablar y observaron en silencio.

—Sigue sirviéndome bien —dijo Geese, extendiendo el cheque hacia Billy.

—Por supuesto, Geese-sama —respondió Billy en voz baja, recibiendo el papel con ambas manos y la mirada baja—. Gracias por… —Billy calló al leer la cifra escrita en la esquina superior. La leyó otra vez y luego miró a Geese, completamente seguro de que había un error.

—¿Éste es el porcentaje que mencionó…?

Geese asintió.

—Así es. ¿Tienes alguna objeción?

Billy volvió a bajar la vista hacia el cheque. Con ese monto podía pagar la cuota inicial de una casa sin problemas.

—Felicidades por ganar el torneo —dijo Ripper entonces, poniéndole una mano en el hombro.

—Felicitaciones, Billy —agregó Hopper.

Billy miró a los secretarios. Las palabras que le dedicaban eran sinceras. Ninguno de ellos envidiaba el dinero, porque tampoco envidiaban su trabajo. Al contrario, estaban agradecidos de tenerlo ahí, porque desde que Billy había llegado, la vida se había vuelto ligeramente más simple para ellos.

—Gracias —murmuró Billy, sin salir de la incomodidad que le producía el experimentar una situación como ésa por primera vez.

Geese no agregó nada más. Se levantó y se dirigió hacia la ventana, para observar el paisaje nocturno de la ciudad.


Aquella noche, Billy se acurrucó en el amplio sillón de la sala de su nuevo departamento y se envolvió en una frazada ligera. Llevaba algunos días viviendo ahí, y el lugar aún se sentía ajeno y extraño. Por cansado que estuviera, se le hacía imposible conciliar el sueño en la enorme cama de la habitación. No conseguía acostumbrarse a aquel lujoso ambiente lleno de comodidades que él consideraba innecesarias. Los diversos armarios seguían en desuso, porque toda su ropa había entrado en un cajón. Al abrir las puertas blancas del closet, los estantes mostraban divisiones vacías. La única área que se veía habitada era la del escritorio que Billy utilizaba para darle mantenimiento a su sansetsukon.

Horas atrás, después del brindis en el despacho de Geese-sama, el joven había intentado permanecer con su jefe una vez que los secretarios se retiraron, pero Geese le indicó que fuera a descansar. No iba a necesitarlo esa noche, y, gracias a los dossiers que Billy había preparado, un informe oral sobre el torneo no era cuestión de urgencia. La conversación sobre el KOF podía esperar.

Billy se había sentido levemente decepcionado, pero la sensación había pasado pronto. Después de todo, Geese-sama había organizado aquella discreta celebración con los secretarios, y Billy le estaba agradecido. No era común que su jefe mostrara su satisfacción delante de otros. Aquella sorpresa había sido placentera.

Sonriendo para sí, Billy se encogió bajo la frazada. El cuerpo le dolía después de tantos días de dar y recibir golpes. No había sido lastimado, pero algunos de sus músculos estaban resentidos, y el cansancio acumulado lo estaba haciendo caer en la pesadez del sueño rápidamente. Billy se preguntó si Geese habría notado lo agotado que estaba, y por eso lo había enviado al departamento, en vez de permitirle subir al penthouse, donde probablemente habrían pasado algunas horas conversando en vez de dormir.

Una vez más, Billy se sintió agradecido por la consideración que mostraba su jefe.

"Pero aunque me sienta cansado, quiero estar con él", pensó para sí, justo antes de quedarse dormido.


La mañana siguiente, por unos breves segundos antes de despertar, Billy sintió que todo estaba bien en su vida. Había ganado un torneo de lucha, su jefe estaba satisfecho con él, súbitamente su cuenta bancaria tenía ahorros que no había esperado reunir en años, y sus planes de darle una vida adecuada a su hermana estaban al alcance de su mano...

Pero el breve momento perfecto pasó, y Billy se encontró siendo asaltado por preocupaciones que, si bien eran mundanas en naturaleza, le hicieron despertar bruscamente.

Había una mano acariciando su cabello, y el sol entraba a raudales por las ventanas de la sala. Eso quería decir que se había quedado dormido, y que no había sentido a la persona que había entrado en el departamento.

—¿Por qué estás durmiendo en el sillón otra vez?

Geese estaba ahí, sentado a su lado, con una mano apoyada en su cabello. Había una taza de café a medio tomar en la mesilla de centro.

—G-Geese-sama... —murmuró Billy, levantándose rápidamente. Su reloj despertador estaba en la mesilla, junto a la taza de café. Las agujas marcaban casi las once de la mañana, y la alarma estaba desactivada, pero él estaba seguro de que la había puesto la noche anterior—. Lamento haberme quedado dormido.

—Es domingo —respondió Geese simplemente.

Billy miró a su jefe y luego al despertador. Tal vez no se trataba de un desperfecto... ¿Había sido Geese quien lo había desactivado?

—Responde —continuó Geese—. ¿Hay algún problema con la cama?

Billy negó, frotándose los ojos para obligarse a despertar del todo.

—No se preocupe, no hay ningún problema —dijo.

—¿Entonces?

—¿Entonces... qué, Geese-sama?

Geese contempló a su guardaespaldas, que aún parecía estar medio dormido pese a que estaba sentado y con los ojos abiertos. El cabello de Billy estaba alborotado y su camiseta desarreglada. La frazada aún le cubría las piernas, y el joven ofrecía una imagen inusual con su rostro confuso y soñoliento.

Por alguna razón, aquello hizo que Geese riera.

—Parece que el cansancio del torneo finalmente se ha hecho sentir —comentó, mirando a Billy con una tenue burla—. No te levantes. Espera aquí.

Geese se puso de pie y fue a la cocina. Las comodidades de ese departamento incluían una pequeña cafetera automática. Bastó con que Geese presionara un botón para que la máquina empezara a llenar una taza con el oscuro líquido.

—Geese-sama... —protestó Billy desde el sillón, porque el que su jefe le sirviera un café era totalmente innecesario y surreal.

—Como las alacenas están vacías, ordené que subieran el desayuno y también algunas provisiones. Llegarán dentro de algunos minutos —comentó Geese, ignorando la protesta del joven.

—No he tenido tiempo de hacer compras —se disculpó Billy—. Con el ajetreo del torneo, apenas he pasado tiempo aquí, salvo para dormir. No he podido acondicionar este lugar... Mucho menos prepararlo para sus visitas. Lo siento mucho.

Geese no respondió. Mientras el café filtraba gota a gota, se dirigió con pasos lentos hacia el estante de la sala mientras Billy lo seguía con la mirada. Las repisas seguían vacías, pero había algunos discos de música junto al equipo de sonido. Por costumbre, Geese presionó el botón para encender el aparato y poner alguna melodía clásica como música de fondo.

—¡Geese-sama... esper...!

Las palabras del joven quedaron opacadas por el sonido ensordecedor de unas guitarras, y una voz que cantaba a gritos sobre levantamientos y anarquía en el Reino Unido. Mortificado, el joven se maldijo por haber olvidado bajar el volumen del equipo después de probarlo días atrás. Luego observó perturbado cómo Geese reaccionaba con una helada calma a aquel violento estruendo y bajaba el volumen despacio, hasta que la canción no fue más que un rumor imperceptible.

Billy empezó a deshacerse en disculpas. Si se hubiese tratado de cualquier otra persona, habría reído divertido ante tan ridículo incidente, pero aquélla no era cualquier persona, era Geese-sama.

—Es tu departamento, si este estruendo te agrada, no tienes por qué disculparte —interrumpió el empresario, quitándole importancia y volviendo a la cocina, sin apagar el equipo—. Aunque probablemente ese volumen no es sano para tus oídos —comentó con sarcasmo, tomando la taza de café y volviendo al sillón.

Billy recibió la taza mientras Geese volvía a sentarse a su lado. El joven bebió el amargo líquido a pesar de que aún estaba caliente, intentando convencerse de que lo que estaba sucediendo era real. Geese-sama con él, en "su departamento", una mañana de domingo..., trayéndole café...

Aquello más se sentía como un sueño. Un sueño absurdo y ligero, que lo hacía sentir increíblemente contento.

Billy miró disimuladamente a su jefe mientras bebía. Geese-sama llevaba puesta una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y había prescindido de la corbata. Los botones del pecho estaban sin abrochar, dejando ver el pesado medallón dorado que colgaba de su cuello.

Aquel aspecto casual, aunado con la atmósfera impersonal que aún se percibía en el departamento, hicieron que Billy se sintiera desorientado. No había nada en ese lugar o en la actitud de Geese-sama que le hiciera pensar en trabajo. Aquella era una visita inesperada de alguien que no solía tomar parte en ese tipo de trivialidades.

—En vedad lamento lo que acaba de pasar —dijo Billy después de unos segundos, tras convencerse de que aquello no era un sueño, sino la mañana de un domingo en que Geese-sama había decidido hacerle una visita en su nuevo "hogar"—. Pero no creo que escuchar música con ese volumen sea peligroso —continuó con una leve sonrisa—. Al menos los oídos no quedan resentidos como al salir de un concierto en vivo, ¿no cree? —preguntó Billy, manteniendo la taza cerca de sus labios para ocultar su sonrisa y que Geese-sama no viera lo mucho que él disfrutaba cuando sostenían esas conversaciones acerca de temas intrascendentes.

La mayoría de las veces, era Geese quien hablaba y Billy escuchaba, sin poder aportar demasiado porque no tenía suficientes conocimientos sobre los asuntos que interesaban al empresario. Y, cuando Billy podía participar en una conversación, éstas giraban alrededor de temas simples, que interesaban al común de las personas, pero no a Geese-sama.

Durante esos intercambios, Billy se sentía inadecuado y temía que Geese-sama tachara su conversación de banal pérdida de tiempo, pero, extrañamente, esto aún no había sucedido. A menudo, la reacción que aquellas charlas provocaban en Geese era cierta curiosidad, como si el mundo del cual Billy provenía fuera un lugar intrigante.

Y esa mañana no fue la excepción.

—Supongo que hablas de conciertos de eso que llaman rock —respondió Geese con tono desdeñoso.

—O punk, o heavy metal, o hasta pop —asintió el joven.

—No sabría decirlo, nunca he estado en uno —señaló Geese.

—¿Nunca? —repitió Billy, tomado por sorpresa.

—Es lo que acabo de decir —respondió Geese, y luego agregó con una sonrisa burlona, extendiendo una mano hacia Billy y tirando de uno de sus pendientes, pensativo—: ¿No me escuchas bien? Si frecuentas conciertos, quizá sí hay algo mal con tus oídos.

Billy dejó la taza a un lado, temiendo que el café fuera a derramarse si Geese continuaba sonriéndole de esa manera y haciendo ese tipo de bromas inesperadas.

—Si nunca ha ido a uno, quizá la experiencia le agradaría —explicó Billy cortésmente—. Los conciertos sinfónicos a los que usted asiste no le permiten hacerse una idea… La energía al estar en un concierto de rock, de pie rodeado de cientos de personas que comparten un gusto en común, es completamente distinta.

Billy calló, apesadumbrado por no poder ofrecer una mejor descripción. No sabía cómo transmitirle a Geese-sama la emoción que se vivía durante las presentaciones en vivo.

—¿Energía? —repitió Geese con un tono muy particular que hizo que Billy riera.

—Es una energía que no tiene nada que ver con el ki —explicó el joven alzando la mirada. Encontró lo que ya esperaba en los ojos celestes de su jefe, un brillo risueño pese a la seriedad de su rostro.

"Está de muy buen humor hoy", se dijo Billy, sintiéndose súbitamente feliz por eso.

—Si lo esencial de la experiencia recae en una "comunión" con otros seres humanos, asistir a un evento así no es factible a estas alturas. Pero dudo que sea gran pérdida —comentó Geese, volviendo a usar un tono desdeñoso.

—Sí… Supongo que no se pierde de mucho, Geese-sama —convino Billy, dubitativo.

—No suenas convencido.

Billy observó la frazada desordenada que aún le cubría las piernas. Buscó una explicación que satisficiera a Geese-sama, pero no encontró ninguna. Al final, respondió con honestidad y simpleza:

—Es algo que disfruto. Me gustaría que usted tuviera la oportunidad de disfrutarlo también.

Billy se recriminó interiormente apenas esas palabras salieron de sus labios. ¿Qué estaba diciendo? Aquello era un imposible. Geese-sama no podía presentarse en un lugar donde estaría rodeado por una multitud. Era demasiado peligroso.

Unos dedos tibios se posaron en su barbilla y le hicieron alzar el rostro.

—Quizá algún día —comentó Geese, con un tono apacible que era a la vez contradictorio, porque transmitía cierto desinterés.

Billy asintió, sin poder evitar proyectarse a ese día. La oportunidad de mostrarle una experiencia nueva a Geese-sama lo hacía sentir impaciente.

Con lentitud, Billy tocó la mano de su jefe. Acarició su piel tímidamente.

—Gracias por aceptar —murmuró.

—Dije "quizá" —señaló Geese.

—Aunque sea sólo una posibilidad, le estoy agradecido —sonrió Billy.

Geese se limitó a contemplar a su guardaespaldas. Billy estaba relajado y conversador esa mañana. Quizá seguía cansado por el torneo y no le quedaban fuerzas para enfocarse en las preocupaciones que normalmente lo agobiaban. Era difícil de creer que ese muchacho de mirada afectuosa fuera la misma persona que había estado peleando con una resolución implacable apenas un día atrás. Billy había derrotado a todos sus oponentes, uno tras otro, y Geese había observado cada pelea con atención desde su oficina. Había sido placentero ver a Billy desplegar el potencial que él había reconocido en Londres y las victorias de Billy le habían sabido como una victoria propia, porque él había escogido a ese muchacho como su representante, y Billy no lo había defraudado.

Inclinándose hacia adelante, Geese buscó los labios de Billy en un suave beso y el joven correspondió como si hubiese estado esperando por aquello. La inexperiencia de Billy había desaparecido por completo, y había sido reemplazada por todo lo que el joven había aprendido de él. Usualmente los besos Billy eran dóciles, pero a veces había un claro ímpetu tras ellos, que hacía que Geese se preguntara cuánto sería capaz de hacer el joven, si él se lo permitía.

El sonido del timbre hizo que Billy se sobresaltara. El joven intentó apartarse, pero Geese no lo permitió.

Billy hizo un leve sonido de confusa angustia. Quería que el beso continuara, pero había alguien en la puerta, y continuar era peligroso, porque ese alguien podría verlos. Billy no sabía si la puerta estaba con pestillo, o si la persona del otro lado estaba en posesión de una copia de la llave.

El timbre volvió a sonar.

—¿Señor Howard? ¿Billy? —llamó una voz familiar. Era Maurice, el chef del restaurant del rascacielos.

—G-Geese-sama... —protestó el joven, y sintió un exasperado agobio cuando Geese rio burlón.

—Ve a atender.

Billy se levantó y acomodó sus ropas y su cabello lo mejor que pudo. Esperó no estar sonrojado, y procuró que su comportamiento no revelara lo que había estado haciendo con su jefe.

Pero, aun así, no podía ocultar el hecho de que estaba descalzo y en pijama, en una mañana de domingo, con el dueño del rascacielos dentro de su departamento.

Billy abrió la puerta.

—Billy —saludó el chef secamente al verlo, recorriendo su gastado pijama con una mirada medio sorprendida.

—Marc —saludó Billy, usando el nombre equivocado intencionalmente.

Maurice no lo corrigió. Empujaba un carrito donde estaba dispuesto el desayuno, y en una bandeja inferior había un par de cajas con provisiones.

—Buenos días, señor Howard —saludó Maurice y, olvidándose de Billy, fue hacia la mesa del comedor y dispuso los platillos ahí. Luego llevó las provisiones a la cocina y le dirigió una mirada de desprecio al equipo de sonido, que reproducía una estridente canción punk a un volumen bajo.

El chef guardó algunos ingredientes en la nevera y otros en los reposteros. No comentó nada al ver los cajones completamente vacíos. Su actitud fue correcta y profesional, y se retiró al cabo de un par de minutos, haciendo una leve venia antes de cerrar la puerta.

Billy y Geese se sentaron a la mesa y desayunaron en silencio. Billy se preguntó qué razonamiento usaba su jefe para decidir qué empleados podían verlos pasar tiempo juntos. Durante el viaje a Japón, Ripper se había enterado de que él compartía la cama de Geese-sama algunas noches, pero Ripper era uno de los hombres de confianza de Howard Connection y sabía ser correcto y discreto. Billy había supuesto que el siguiente en ser partícipe de aquel "secreto" sería Hopper, pero no había esperado que Geese-sama confiara también en Maurice.

Algo agobiado, Billy se dio cuenta de que a Geese-sama no le molestaba que otras personas supieran sobre la cercanía que ahora compartían. Y, al parecer, tampoco le importaba dejarse ver con otro hombre, o que ese hombre fuera un empleado.

Si lo pensaba bien, Geese-sama no le había ordenado que mantuviera esa relación en secreto, porque había un entendimiento implícito entre ellos. Ambos sabían sobre las complicaciones que ese tipo de información podía causar. Según Geese, los sentimentalismos eran una muestra de debilidad... Y mostrar debilidad ante sus enemigos era inaceptable.

Pero en ningún momento Geese-sama había insinuado que debían esconder su relación porque era incorrecta, o porque involucrarse con un muchacho rescatado afectaría su imagen. Al contrario, durante la estadía en el ryokan en Japón, a Geese no le había molestado tocarlo delante de otras personas. Lo había mantenido cerca, y había permitido que los huéspedes del hotel los vieran juntos y sacaran sus propias conclusiones.

Con la mirada baja, Billy sintió que sus emociones lo abrumaban. Aquello era lo más cercano a ser aceptado públicamente por parte de Geese-sama...

—¿Este lugar no es de tu agrado? —preguntó Geese de pronto, haciendo que Billy perdiera el hilo de sus pensamientos.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Billy.

Geese bebió un sorbo de café y dirigió la mirada hacia los ventanales. Billy comenzó a sospechar que su jefe debía haber percibido la incomodidad que le producía el estar alojado ahí, en ese enorme y lujoso departamento.

—Elegí éste porque tiene la mejor vista, pero si no te agrada puedes usar cualquiera de los departamentos desocupados de este piso.

Billy percibió un filo de impaciencia en la voz del empresario, y de súbito recordó que no era la primera vez que le oía usar ese tono. Tiempo atrás, Geese-sama le había dicho algo similar, cuando le había regalado sus pendientes plateados. Sus palabras habían sido: "si no te gustan, tíralos". Como si estuviese irritado ante la posibilidad de no haber acertado con un obsequio.

Con esfuerzo, Billy reprimió una sonrisa, mientras se sentía lleno de afecto hacia ese hombre.

—No me desagrada, es sólo que esto es demasiado diferente a lo que estoy acostumbrado —explicó cortésmente—. No sé qué hacer con tantos muebles y tanto espacio.

—¿En qué tipo de lugar estarías más a gusto? —preguntó Geese, mirándolo de soslayo.

—No es necesario que se preocupe por eso. Estoy agradecido por su…

—Te hice una pregunta.

Billy bajó el rostro. Sin embargo, estaba acostumbrado a que su jefe tuviera esos cambios bruscos de humor, y el tono seco de aquella interrupción no lo amilanó.

—Si dependiera de mí, un lugar como el vestidor de la sala de conciertos sería suficiente —respondió, y ante la mirada desconcertada que le dirigió Geese, explicó—: ¿Recuerda? La sala que me permitió usar, donde hay un escenario e instrumentos.

—Lo recuerdo.

—Detrás del escenario hay un vestidor del tamaño de una habitación. Un par de veces se me hizo tarde y pasé la noche ahí —confesó Billy.

—¿Preferirías mudarte a ese lugar?

Billy negó de inmediato y con firmeza.

—Eso sería rechazar la generosidad que mostró al darme este departamento y es lo último que querría.

—Quédate con ambos.

—¿Eh?

Geese sonrió con malicia.

—Realmente hay algo mal con tu audición hoy.

—Geese-sama… —protestó Billy—. Es demasiado.

—Entonces sí vas a rechazar mi generosidad.

—¡Geese-sama!

Geese rio al ver el rostro ofuscado de Billy.

—Es demasiado —repitió el joven—, pero si proviene de usted, lo aceptaré agradecido.

—No es gran cosa. Son espacios en desuso, después de todo —señaló Geese, quitándole importancia.

Billy asintió, porque eso era cierto, pero aquella situación le hacía sentir intranquilo por otro motivo. Despacio, alzó la vista y miró a su jefe a los ojos.

—Aunque haya aceptado el dinero del torneo, y este departamento… quiero que sepa…

Geese lo observaba fijamente, y Billy titubeó. ¿Era correcto decir sus pensamientos?

—Continúa —instó Geese cuando Billy se arrepintió de haber hablado.

El joven cerró los ojos con fuerza e inclinó la cabeza.

—Yo no necesito nada, salvo estar con usted.

Billy mantuvo los ojos cerrados. Esa última frase era inadecuada, porque era obvio que necesitaba dinero para vivir y mantener a su hermana. Pero esperaba que, por esta vez, Geese-sama pasara por alto sus palabras mal elegidas, y entendiera qué era lo que estaba tratando de decir.

En respuesta, unos dedos se posaron pesadamente en su cabello.

—Esto es sólo un pago acorde con tu desempeño.

Billy se mantuvo inmóvil.

—Me has servido bien, Billy… —continuó Geese, bajando la voz—. Pero aún espero más de ti.

—Lo que desee. Sólo tiene que pedirlo —susurró Billy.

—Y no te confundas. Estas propiedades no son un obsequio. Son sólo lo que acordamos desde un inicio.

Billy se contuvo de decir que eso no era cierto. En realidad, estaba recibiendo más de lo que Geese le había prometido en Londres. Mucho más.

La mano en su cabello se apartó. Billy siguió con la cabeza baja y los ojos cerrados mientras oía cómo Geese-sama se levantaba y se dirigía al balcón de la sala.

Al cabo de unos segundos, el joven se levantó también y se encargó de las tazas y platos del desayuno. Pasó un largo rato en la cocina, dejando que sus pensamientos se calmaran.

Cuando se reunió con Geese en el balcón, su jefe estaba de espaldas a él observando el horizonte. Billy se acercó despacio y, en un momento de debilidad, extendió una mano hacia Geese y tocó suavemente su espalda.

Su jefe se volvió hacia él, y no dio muestras de que ese gesto le hubiese desagradado o sorprendido. Con una sonrisa tenue, Geese le pasó un brazo alrededor de la cintura.

Billy se dejó estrechar, y no pudo reprimir una tímida risa.

—¿Qué pasa? —preguntó Geese.

—Nada, Geese-sama, sólo… —Billy miró el horizonte unos segundos y luego se volvió hacia su jefe—. Me siento feliz de que esté aquí.

Las últimas palabras fueron apenas un susurro y Geese las aceptó con un "ya veo" que podría haber sonado desinteresado, de no haber sido por la firmeza con que mantuvo a Billy a contra sí.


Comparto un hermoso fanart realizado por Yah, basado en la escena de Geese y Billy en Howard Estate, mientras disfrutaban de un momento tranquilo entre los árboles de sakura ^^.

twitter punto com /Yeh_and_Yah/status/1226124982884790272?s=20

Yah, once again thank you so much for this beautiful piece! ^o^ And thanks to you and Yeh for giving Lealtad a chance despite its being written in another language ^v^. I hope you guys continue to enjoy ギービリ for many years to come~