Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[26]


—Bienvenido a casa, Su Excelencia. —Jarvis saludó al duque haciendo su característica reverencia formal.

El duque de Konoha Hall saludó a su mayordomo con la cabeza y le entregó su sombrero y sus guantes.

—La casa parece muy tranquila —comentó—. ¿Dónde está todo el mundo?

—Todos los invitados se han marchado, Su Excelencia —explicó el mayordomo—. La mayoría se marchó hace dos días.

—¿Y Lord Sasuke? —preguntó el duque.

—Se marchó ayer, Su Excelencia.

—¿Y dónde está la duquesa?

—En sus aposentos, Su Excelencia.

El duque se apartó de él.

—Dile a Iruka que quiero verlo, y que preparen el agua caliente para un baño. Mientras recorría los pasillos revestidos de mármol hacia sus habitaciones privadas, pensó que era un alivio salir por fin del carruaje. Le había resultado tan vacío y silencioso sin ella… Y no tuvo gran cosa que hacer durante el viaje excepto pensar. Y recordar.

El duque no quería hacer ninguna de esas dos cosas. Se daría un baño rápido, se cambiaría y se pondría ropa limpia, subiría a ver a Sarada y luego a ver a Sakura. Sasuke se había marchado sin ella. Y el duque se imaginaba que él volvía a ser el villano, al igual que la última vez.

Pobre Sakura. Estaba realmente afligido por ella, y sabía muy bien cómo se sentía: dolida, vacía, incapaz de convencerse de que la vida pudiera volver a traer felicidad alguna. A veces resultaba difícil saber con el corazón al igual que uno sabía con la cabeza que volvería a haber un motivo para reír otra vez.

—¿Dónde diablos está ese agua? —preguntó impertinente Su Excelencia a su ayuda de cámara al entrar por la puerta del vestidor.

—En algún lugar entre la cocina y aquí, señor —contestó Iruka—. Si tira del nudo de esa manera lo único que conseguirá es atárselo más fuerte y no poder soltárselo. Déjeme que se lo deshaga como tiene que ser.

—¡Serás insolente! —se enfadó su Excelencia—. ¿Cómo has podido vivir esta semana sin poder mimarme como una maldita gallina clueca?

—Pues muy tranquilo, señor. La verdad es que muy tranquilo. ¿Le duele el costado?

—No, no me duele —respondió el duque impaciente—. Ah, por fin. —Se volvió para observar a dos criados que traían grandes cubos de agua hirviendo.

—Se lo frotaré de todos modos después de bañarse, señor. Siéntese y déjeme que me encargue de ese nudo o solo se podrá cortar con un cuchillo.

El duque se sentó y levantó la barbilla como un niño obediente.

Estaba deseando bañarse, vestirse y subir arriba. Ver a Sarada. Sí, tenía muchas ganas de ver a Sarada. No había nadie más a quien quisiera ver. Ya no sentiría el antiguo deseo de subir, sentarse en la habitación de estudio y oírla hablar y convertir cada clase en una aventura. A partir de entonces solo estaría Sarada.

Pero de todos modos estaba impaciente por subir dejando incluso de lado las ganas de ver a su hija. Puede que tuviera que demostrarse que Hinata se había marchado de verdad. Pensó que en ciertos aspectos era una muchacha afortunada: viviría en un lugar donde él nunca había estado y donde no habría fantasmas. Él en cambio tendría que entrar en el cuarto de juegos y en el cuarto de estudio, en la sala de música, en la biblioteca, en la galería alargada… en todos los lugares asociados con ella.

Pero el duque no quería pensar. Y no lo haría. Se puso en pie inquieto después de que Iruka le hubiera desanudado el pañuelo con una facilidad que rayaba en la insolencia, y tiró impaciente de los botones de la camisa. Uno de ellos le saltó de la mano y soltó una palabrota.

—Alguien debe de haber dormido en una cama de brasas ardientes esta noche —comentó Iruka alegremente a nadie en particular.

—Y alguien está pidiendo que lo saquen de esta casa agarrándolo de la oreja —replicó el duque, quitándose la camisa y sentándose otra vez para que su ayuda de cámara pudiera ayudarle a quitarse las botas.

La duquesa de Konoha estaba en su salita. Su Excelencia la oyó toser al aproximarse. Llamó a la puerta y esperó a que su doncella respondiera, le hiciera una reverencia y saliera de la habitación.

La duquesa se encontraba de pie en el extremo más alejado de la habitación, entre las estrechas columnas que sujetaban el cornisamento. Iba vestida con una vaporosa bata de color blanco, y el pelo suelto le caía por la espalda. Estaba tan pálida como la bata, a excepción de dos manchas de color en lo alto de los pómulos. Se la veía delgada y adusta. Al dirigirse hacia ella, el duque pensó que había perdido peso incluso desde la última vez que la había visto.

—Sakura —empezó, extendiendo las manos para coger las suyas e inclinándose para besarla en la mejilla—. ¿Cómo estás?

La duquesa tenía las manos frías como el hielo, y la mejilla fresca.

—Bien. Estoy bien gracias —contestó.

—Te he oído toser. ¿Todavía estás resfriada?

Ella se rio y apartó las manos de las de él.

—No tienes buen aspecto —se lamentó el duque—. Voy a llevarlas a Sarada y a ti a Londres, donde puedas consultar con un médico que sepa lo que hace. Y luego nos iremos uno o dos meses a Bath. El cambio de aires y paisaje nos sentará bien a todos.

—Te odio —dijo ella con su voz ligera y suave—. Ojalá pudiera utilizar una palabra más fuerte porque siento más que odio hacia ti. Pero no se me ocurre otro modo de decirlo.

El duque le dio la espalda y preguntó:

—¿Se marchó ayer?

—Sabes que sí. Tú le ordenaste que se marchara.

Él se pasó una mano por la frente.

—Imagino que le suplicaste que te llevara con él. ¿Por qué crees que se negó, Sakura?

—Tiene mucha consideración por mi reputación.

—¿Y antepone tu reputación a tu felicidad? ¿Y a la suya? ¿Te ha resultado convincente su rechazo?

—Quiero estar sola —murmuró ella, dirigiéndose hasta el diván para sentarse en él—. Quiero que te marches. Esperaba que no volvieras esta vez. Esperaba que sus encantos te resultaran más apetecibles. Ojalá volvieses con ella para no tener que verte nunca más.

Él suspiró y se volvió para mirarla.

—Hace seis años —comenzó el duque—, habría dado mi vida para ahorrarte dolor, Sakura. Creo que quizá di más que eso. Sigue resultándome terrible verte sufrir. Eres mi esposa y me he comprometido a hacer todo lo que esté en mi mano para garantizar tu seguridad y tu felicidad. Sé que estás sufriendo un dolor tan intenso que casi resulta insoportable. Pero no se puede conseguir nada mirando hacia atrás. ¿Por qué no podemos continuar juntos e intentar que lo que nos queda de vida resulte al menos pacífico?

Ella se volvió a reír sin mirarlo.

—El matrimonio funciona en dos sentidos —prosiguió el duque—. Yo soy tu marido, Sakura. Tú también debes hacer todo lo que esté en tu mano para garantizar mi seguridad. ¿Acaso el intentar satisfacerme no proporcionaría a tu mente algo en lo que concentrarte? Y yo no resultaría difícil de satisfacer, me conformaría con un poco de amabilidad, un poco de compañía…

Aquella vez Sakura lo miró mientras se reía. Pero la risa se convirtió en una tos prolongada.

Él se arrodilló delante de su esposa, le puso la mano en la nuca y le ofreció su pañuelo. Ella le apartó la mano.

—El lunes nos marcharemos a Londres —anunció él cuando dejó de toser—. Dentro de tres días. Dile a tu doncella que empiece a preparar tus baúles.

La duquesa volvió a reírse.

—Guárdate tus médicos, Naruto. Ningún médico puede hacer nada por mí.

No quiero tener nada que ver con ellos. —Desdobló su pañuelo y le sonrió al mostrarle las manchas rojas de sangre en él.

Él las miró, sintió que se quedaba lívido y bajó la frente para apoyarla en las rodillas de su esposa.

—Tendrías que habértelo imaginado —comentó Sakura—. Si no, es que eres increíblemente estúpido. Márchate, Naruto. No quiero tener nada que ver contigo ni con cualquiera de tus médicos.

Él levantó la cabeza y la miró a la cara.

—Sakura, ay, pobrecita mía —susurró—. ¿Por qué no has dicho nada antes?, ¿Lo sabe el doctor Hartley ? ¿Por qué no me lo dijo? No tendrías que haber pasado por todo esto sola.

—¿Por qué? ¿Es que tienes pensado morir por mí, Naruto? ¿O te limitarás a cogerme la mano durante todo el proceso? No, gracias. Preferiría hacerlo sola. La duquesa apartó la cabeza bruscamente al contraer la expresión ante él.

Naruto se puso en pie de inmediato, la levantó y la cogió entre sus brazos. La estrechó fuerte, meciéndola contra él, y le besó la frente.

Pero Sakura se apartó de su marido en cuanto recuperó un poco el control.

—Quiero estar sola. Quiero morir sola. Si Sasuke no está aquí conmigo, entonces moriré sola. ¡No! —Se volvió bruscamente cuando él movió la mano hacia ella—. No tienes que hacerte el generoso y mandarlo a buscar. Eso es lo que estabas a punto de ofrecerte a hacer, ¿verdad? Ya te conozco, Naruto.

Él no dijo nada.

—Sé que no habría venido. No vendría si estuviera sana y me ofrecieras con un millón de libras. ¿Crees que vendría a ayudarme a morir?

—Sakura… —comenzó él, alargando una mano hacia ella. La duquesa se rio más violentamente que antes.

—¿Crees que no sé la verdad? ¿Crees que no la he sabido siempre, en el fondo? Pero eso no hace que te odie menos. Te odio por ser tan noble y tan comprensivo. Te odio por estar siempre tan dispuesto a llevarte las culpas. Me alegro de tener tisis. Me alegro de que vaya a morir. —Le dio la espalda.

—No te dejaré marchar sin luchar —intervino el duque—. Existen tratamientos que pueden ayudarte en tu enfermedad. Si me lo hubieras dicho antes, o me lo hubiera dicho el médico —supongo que le obligaste a guardar secreto— ya podríamos haber hecho algo al respecto. El clima cálido ayuda, o eso he oído. Te llevaré a algún lugar cálido. Puede que España, o a Italia. Nos iremos a pasar el invierno allí. Para cuando llegue el próximo verano te habrás recuperado. Sakura, no pierdas la esperanza. No pierdas las ganas de vivir.

—Quiero descansar —gimió ella—. Tira de la campana para llamar a Mi doncella, Naruto. Estoy cansada.

Él lo hizo de inmediato y se volvió hacia ella.

—Voy a cuidarte hasta que te cures —le prometió—, tanto si te gusta como si no. Y tanto si me odias como si no, voy a mantenerte viva y a mi lado. Y junto a Sarada. Piensa en ella, Sakura. Necesita que vivas. Ella te adora.

—Pobrecita —gimió la duquesa—. Quedará huérfana cuando me haya ido.

—Siempre me tendrá a mí. A su padre. Y te tendrá a ti también. Haré que Shino se encargue de los preparativos para trasladarnos a Italia durante el invierno.

La doncella entró en la habitación en ese momento.

—Su Excelencia no se encuentra bien y está cansada —explicó el duque—.Ayúdela a meterse en la cama, por favor.

Y contempló a su duquesa, frágil y encantadora, apoyándose mucho en el brazo de su doncella mientras se escabullían en el vestidor. El duque resistió el impulso de tomarla en sus brazos y llevarla a la cama. Sabía que ese gesto no sería bien visto.

Dos días después del retorno del duque, envió a Shino a Londres para consultar con su abogado y el de Lord Otsutsuki y ver qué podía arreglar para Hinata. Y tenía planeado comprar un pianoforte para enviárselo como regalo para la escuela. Su Excelencia se había convencido de que Hinata debía tener un pianoforte.

Un solo regalo. Eso sería todo. Un regalo y ninguna otra comunicación más.

El duque pasó parte de la mañana del primer día en casa, dando un paseo largo con su hija y la perrita, y le prometió que por la tarde irían a caballo a casa del señor Inuzuka para que pudiera jugar con los niños.

—Montaré contigo, papá.

—Ni hablar —se rio él—. Montarás tu propio caballo, Sarada. Pensaba que ya se te había pasado el miedo.

—Pero no estará la señorita Hamilton montando al otro lado.

—No necesitas ninguna ayuda. Ya puedes montar bastante bien sola. Tengo que encargarme de encontrarte otra institutriz, una que quiera ir a Italia con nosotros.

—No quiero otra institutriz. Quiero a la señorita Hamilton —exigió la niña.

—Pero la señorita Hamilton ha cambiado de vida, Sarada —explicó él, agachándose para coger el perro en brazos y entrarlo así en casa y llevarlo escaleras arriba—. Está dando clases a un grupo entero de niños.

—Yo no le gustaba. —La niña hizo un mohín—. Siempre he sabido que no le gustaba.

El duque le puso una mano en la cabeza y la frotó enérgicamente.

—Sabes que eso no es verdad, Sarada. Ella te quería.

—¿Entonces por qué se marchó? —preguntó la niña—. Y ni siquiera se despidió.El duque suspiró y se alegró de la distracción que se produjo cuando la perrita saltó de sus brazos en lo alto de las escaleras y corrió hacia la puerta hasta entrar en el cuarto de juegos. Sarada se rio y corrió tras ella.

Él salió en dirección a los establos e hizo que le ensillaran el caballo. Y se pasó las siguientes horas montando, olvidándose completamente de la comida, cabalgando a medio galope por las zonas de césped de la parte de atrás, a través de los árboles, pasando por las ruinas y evitando el parque en la parte delantera de la casa.

Trató de concentrarse en sus planes de futuro. Llevaría a Sakura a Londres antes de que se marcharan de Inglaterra. Averiguarían la opinión del mejor médico que existiera sobre su enfermedad y sus posibilidades de recuperarse. Y luego se irían a Italia, al menos durante los meses de invierno, y él se aseguraría de que Sakura se empapara de sol todos los días sin excepción.

Tenía veintiséis años. Era demasiado joven para morir. El duque pensó que resultaba extraño cómo una persona era capaz de ser totalmente consciente de algo en los recovecos de la mente, y sin embargo no saberlo en absoluto. ¿Había sabido o sospechado él que Sakura tenía tisis? Habían aparecido todos los síntomas, deslumbrándole en la cara. Pero nadie había dicho nada. Creía que al menos el médico le informaría.

Sasuke había mencionado que quizás estaba tísica, pero él había negado esa posibilidad.

Quizá sus propias negativas habían sido similares a las de Sakura. El día anterior le había dicho que sabía la verdad sobre Sasuke desde el principio. Pero al mismo tiempo no la había sabido, o se había negado a reconocérsela incluso a su propio corazón.

Ya estaba tosiendo sangre. Eso significaba que la enfermedad se encontraba en la fase final, ¿verdad? Que no había esperanzas de que se recuperara.

Pero él la cuidaría hasta que se curara.

El duque deseó que estuviera dispuesta a aceptar sus cuidados, su compañía, el afecto que todavía estaba dispuesto a darle. Pero ella no quería.

Naruto pensó que Sakural siempre había sido el peor enemigo de sí misma. Sin duda, su experiencia con Sasuke, el embarazo fuera del matrimonio y el sentirse obligada a casarse con Naruto aunque no lo amaba la habían marcado.

No quería menospreciar el dolor que debía de haber sufrido. ¿Cómo podía hacerlo cuando él mismo estaba sufriendo un dolor muy similar? Pero podría haber hecho algo por sí misma. Si hubiese sabido en lo más profundo de su ser que Sasuke la había abandonado cruelmente podría haber hecho un esfuerzo al menos por su matrimonio. Podría haber prodigado todo su amor a Sarada, o incluso a él mismo. Dado que le habían arrebatado toda la felicidad que tenía, podría haberse concentrado en dar felicidad a otras personas.

Pero Sakura no tenía un carácter fuerte. Si le hubieran dado felicidad, sin duda habría seguido siendo dulce toda su vida. Pero era una persona que quería recibir, no dar, y una vez que le hubieron arrebatado todo lo que quería, en su vida no quedó nada salvo amargura y odio y una búsqueda desesperada de gratificación sensual.

Solo podía sentir una gran pena por ella. Y se sentía obligado a ayudarla en aquella nueva crisis de su vida, la peor de todas. Sería muy triste que muriera tan joven y sin haber descubierto que había mucho que dar a la vida.

Pero no resultaba fácil dar la espalda a las penas del pasado y entregar todas las energías al presente y al futuro; no era nada fácil. Al final el duque dirigió su caballo hacia la fachada de la casa y se fue a medio galope por el césped ondulante del extenso parque. Y luego se puso a galopar, imprimiendo a Aníbal una velocidad cada vez mayor, sin poder dejar atrás del todo sus pensamientos.

Se volvió casi por instinto hacia la izquierda unos tres kilómetros más adelante y saltó la verja en dirección al prado, tiró de las riendas y dio unas palmaditas en el cuello a su caballo. Miró hacia atrás y la vio en su recuerdo saltando por encima de la verja después de él, rebasándola más de un palmo. El duque inclinó la cabeza hacia delante y cerró los ojos.

No, no era fácil. Se había pasado la noche sin dormir: los brazos y el cuerpo le dolían de pensar en ella. Y recordó una vez más la dulzura y la fragancia de su cabello, la piel suave y sedosa, los pechos turgentes, la cintura estrecha y las caderas anchas, las piernas largas y delgadas, la boca caliente y ansiosa, las profundidades femeninas cálidas y húmedas…

Y la recordó silenciosa, dormida y cálida en sus brazos en los interludios de las veces que se amaron, sonriéndole a la pálida luz de las velas, de modo que las palabras entre ellos resultaban bastante innecesarias. Y cogiendo la mano de Naruto en el carruaje, con el hombro de Hinata apoyado justo por debajo del suyo.

¡Hinata! ¡Dios mío! ¡Hinata!

No pudo evitar pensar que si Sakura moría podría casarse con Hinata.

Meneó la cabeza violentamente e hizo girar a su caballo hacia el camino largo a través del prado. No la dejaría morir. Era su esposa, y estaba enferma e infeliz. No la dejaría morir.

No pensaría en Hinata. No tenía derecho a pensar en ella. Estaba casado con Sakura.

Siguió la ruta que había cogido en una ocasión anterior con Hinata, pero tras pasar por la verja de vuelta al parque, tomó una dirección distinta hasta que su caballo se metió en el camino que quedaba en la orilla sur del lago, enfrente del pabellón en la isla.

Se dirigió hacia donde había paseado con Hinata durante el baile al aire libre. Justo allí. En el camino. Le tenía pánico, tenía pánico de que la tocara. Había cerrado los ojos con fuerza, y luego la música y el ambiente la habían atrapado con su magia al igual que lo habían atrapado a él, y habían bailado como si estuvieran hechos para bailar juntos el resto de sus vidas.

La bella, la bellísima Hinata con su vestido azul claro y su maravilloso pelo azabache.

Miró en dirección al lugar donde habían bailado. Pero no había música, ni estaba la luz de los faroles. Ni Hinata.

Solo un camino iluminado por el sol y la brisa en los árboles y el canto de los pájaros.

Naruto tragó saliva dos veces y dirigió su caballo hacia casa. Sakura había ido a Wollaston aquella mañana. Debía ir a comprobar que había vuelto bien y la salida no la había hecho empeorar. Hacía un día cálido y muy hermoso. Quizá le gustaría dar un paseo corto, apoyándose en su brazo… pero no, ni aunque los ángeles bajaran del cielo a pedírselo.

Se marcharían a finales de septiembre, más de tres meses después de que Hinata se hubiera ido de Konoha Hall. Naruto se alegraba de pasar al menos una parte del otoño en Inglaterra. Se paseaba por sus tierras, a veces a pie, otras veces a caballo, a veces solo, otras con su hija y la perrita si iban a pie, disfrutando de los colores cambiantes de las hojas y la alfombra multicolor bajo sus pies. A Sarada le gustaba pisar las hojas crujientes con él, aplastándolas al pasar.

Naruto sabía que echaría todo aquello de menos durante el invierno.

Recordó los largos meses y años de campañas contra Bonaparte y la añoranza que sintió entonces cuando viajaba con los ejércitos.

Pero debían marcharse. Sakura no quería ir, y afirmaba tozuda que no se iría.

Pero en aquel asunto podía ejercer su autoridad e insistir en que le obedeciera. Si no tenía ganas de vivir, él las tendría por ella. Le transmitiría su propia fuerza y haría que volviera a estar bien otra vez.

No mostraba muchas señales externas de la enfermedad. Tras marcharse sus invitados, volvía a estar inquieta y salía todo el tiempo a visitar a otras personas.

En ocasiones llevaba a Sarada, pero la mayoría de las veces iba sola. Cuando invitaba a alguien a su casa, lo cual el duque rara vez hacía por miedo a cansarla demasiado, se animaba y estaba contenta. Kiba se puso muy incómodo una noche en la que eligió flirtear con él.

Pero había ocasiones, a veces incluso días enteros, en los que la fiebre alta y la tos la mantenían confinada a sus habitaciones.

Naruto iba a visitarla a diario, se interesaba por su salud e intentaba que charlaran. Pero ella lo rechazaba.

Y cada vez que Naruto sacaba el tema ella afirmaba que no iría a Italia ni a ver a ningún médico. Se mantuvo encerrada en sus habitaciones el día antes de la salida prevista.

Shino Aburame le llevó el correo a última hora de la mañana, incluida una carta de una amiga de Londres con la que solía escribirse.

Era un día frío y borrascoso, que amenazaba con lluvia todo el tiempo.

Al salir del cuarto de juegos, donde todo eran nervios y baúles a medio hacer, y mientras bajaba las escaleras para hacer la visita diaria a su esposa, el duque pensó que ya había llegado la hora de que se marcharan a climas más cálidos.

Pero Sakura no había bajado a comer.

La doncella le dijo que había salido antes de comer. La doncella pensaba que Su Excelencia la duquesa había salido a dar un paseo corto, pero debió de entenderla mal. Debía de haber ido en el carruaje a la ciudad.

El duque frunció el ceño. Había vuelto de los establos hacía menos de una hora. Nadie había comentado que Sakura se hubiera llevado el carruaje.

Y además no hacía el tiempo adecuado para pasear para Sakura. Y el almuerzo había sido dos horas antes.

—Gracias —el duque asintió rápidamente ante la doncella de su esposa.

Cinco minutos más tarde, en los establos, descubrió que no se había llevado ningún carruaje. La duquesa no había estado allí.

—Pero la he visto esta mañana caminando en esa dirección, Su Excelencia —le dijo Ned Driscoll, señalando hacia el lago—. Pero hace horas de eso.

—Gracias —dijo el duque.

Estaba empezando a llover. Era una lluvia fría y torrencial, que calaba rápidamente el cuerpo incluso a través de la ropa y se abría camino por el cuello.

Naruto se dirigió rápidamente al lago.

Al instante vio que una de la barcas estaba en el agua, volcada y flotando sin rumbo. Algo oscuro estaba atrapado entre los juncos cerca de la isla.

Unos minutos más tarde, desde la otra barca, desenredó el cuerpo de su esposa de los juncos y la subió a la barca. Remó hasta la orilla, varó la barca, levantó con cuidado a su esposa en brazos, y empezó a caminar hacia la casa. Aunque estuviera empapada y con la ropa calada, no pesaba más que una pluma. Tenía una mano blanca y frágil apoyada en el vientre.

Era como si los pies del duque estuvieran hechos de plomo. Sentía un dolor en el cuello y en la garganta que le dificultaba la respiración. En una ocasión la había amado, había amado su belleza y su paso ligero y su voz. La había amado con el ardor propio de un jovencito. Y se casó con ella y prometió amarla y respetarla hasta la muerte. Pero no había sido capaz de protegerla de la desesperación que la había llevado a quitarse la vida.

Había unos cuantos mozos fuera de los establos, observándolo mientras se acercaba como si sintieran que algo iba mal. Y por algún motivo Jarvis y un lacayo se encontraban fuera, en lo alto de los escalones en forma de herradura mientras él subía la carga por ellos.

—Su Excelencia ha tenido un accidente —anunció el duque, sorprendido de la firmeza de su propia voz—. Mande a su doncella y a la señora Shizune a su habitación, por favor, Jarvis.

—¿Está herida, Su Excelencia? —Por una vez el mayordomo se mostraba sorprendido y no se comportaba con frialdad.

—Muerta —respondió el duque, pasando por delante de él.

Entró en la casa pasando por delante de Shino y del ayuda de cámara de su primo, que también se encontraba allí, cubierto por el polvo y el barro del viaje.

Naruto llevó a su esposa a su habitación y la dejó con cuidado en la cama. Le enderezó las extremidades y le colocó pulcramente la ropa húmeda, alargó la mano para cerrarle los ojos y le tocó el hermoso cabello rosa, que ahora estaba húmedo y cubierto de barro. Se arrodilló junto a la cama, cogió una de las manos de su esposa, la apoyó contra su mejilla y lloró.

Lloró por la muerte de un amor apasionado e inmaduro que no había logrado proporcionar ningún tipo de paz a la persona amada. Y lloró por la mujer que había tomado por esposa movido por tales ideales, la mujer que acababa de matarse en vez de enfrentarse a una enfermedad fatal contando solo con los brazos del él para consolarla. Lloró por su propia fragilidad e infidelidad.

Lloró por su humanidad.

Acabó poniéndose en pie, a sabiendas de que la doncella personal de Sakura y la señora Shizune llevaban un rato detrás de él. Se volvió sin decir una palabra y atravesó el vestidor hasta el salón oval.

Sus pasos lo llevaron al escritorio, en el que había una carta abierta. En algún lugar de su mente supo que no debía leerla. Era de su esposa. Pero su esposa estaba muerta.

Así que se inclinó sin mucha curiosidad. Y así descubrió, antes de que Shino y el ayuda de cámara de su hermano tuvieran oportunidad de hablar con él, de que Lord Sasuke Uchiha había muerto en una encarnizada reyerta.

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Continuará...