Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


BRIGHTER

Capítulo treinta y cuatroAtrevido, redil, sostener

Edward se colocó el porta-bebés, moviéndolo de tal manera que las tiras no se le clavasen en los hombros. Todavía se estaba acostumbrando -los dos lo hacíamos. Normalmente, preferíamos llevar a Bailey en brazos, pero aquello no era práctico a la hora de viajar; sobre todo cuando íbamos a cruzar el país desde el Caribe hasta la costa oeste.

―¿Quieres que lo lleve un poco? ―pregunté, dejando nuestras maletas de cabina en el suelo. A nuestro alrededor, otros viajeros se movían a ritmo frenético por el Aeropuerto O'Hare.

Él sacudió la cabeza, sonriendo un poco.

―Estoy bien. De todas formas, está dormido... no quiero molestarle.

―Si moverle por dos aeropuertos abarrotados y un avión no le ha despertado, dudo que cambiarle de un cuerpo a otro vaya a hacerlo ―dije con una risita, mirando afectivamente la carita dormida de nuestro bebé. Estiré la mano para tocar su pie, solo para encontrar que la mano de Edward ya estaba ahí. Nuestras miradas se encontraron y sonreímos ampliamente, entrelazando nuestros dedos.

Todavía hacía que mi corazón se acelerase. Los dos lo hacían.

* . *

Tanto Renee como Esme habían volado a St. Croix para el nacimiento de Bailey. Mis médicos habían proyectado un peso de nacimiento bastante grande, así que, para evitar complicaciones o la necesidad de una cesárea de emergencia, recomendaron inducir el parto. La parte buena era que todo había sido programado y ordenado -al menos, tanto como puede hacerse con un parto. No hubo suciedad a media noche porque había roto aguas ni viajes a toda velocidad al hospital. Nos registramos temprano en el hospital, rellenamos el papeleo y nos dieron una habitación, casi como si estuviéramos en un hotel o algo así.

Lo malo era que lo que usaban para inducir el parto, la pitocina, provocaba unos dolores mortales. Estaba preparada para el dolor, pero aquello estaba a otro nivel. Esme dijo que las contracciones eran mucho más intensas cuando se hacía de aquella manera. Mi vacilante plan de dar a luz sin medicación voló por la ventana.

Gracias a Dios por la epidural.

Bailey Masen Cullen casi fue un bebé de navidad, ya que nació el veintitrés de diciembre sobre las once de la noche. Edward y yo nos enamoramos otra vez, del otro y del pequeño. Nuestras vidas no habían vuelto a ser igual.

En ese momento tenía seis meses y por fin habíamos llevado su cuna a su habitación. No es que yo quisiera. El primer par de noches se me hicieron duras al tenerle tan lejos, pero el monitor y varias comprobaciones a lo largo de la noche fueron de ayuda.

Y, vale, estaba bien poder jugar con Edward en la cama sin tener que preocuparnos por hacer mucho ruido.

Y ahí estábamos, de camino a Seattle para pasar un par de semanas con Charlie y Renee, antes de ir a Chicago con Esme y Carlisle. Había estado allí con Edward una vez, antes de tener el bebé; pero él nunca había dio a Seattle y no podía esperar a mostrarle mi antiguo territorio y, por supuesto, los dos estábamos entusiasmados por presentarle a Bailey a todo el mundo.

―Tengo un poco de hambre ―dije, apoyándome contra la pared. Me estaba llegando olor a comida de todas partes, gracias a la gran cantidad de restaurantes que teníamos cerca―. ¿Y tú?

―Yo siempre tengo hambre ―dijo Edward, asintiendo―. Vamos a por algo.

Encontramos un sitio para comer y conseguimos acabarlo todo antes de tener que subir al avión. Solo esperaba que Bailey se mantuviese dormido durante el despegue. Había llorado un poco al dejar St. Croix y lo sentí mucho por sus pequeños oídos.

Él durmió y yo también conseguí echarme una siesta.

* . *

Nuestra estancia en Seattle fue casi perfecta. Solo llovió un poco, así que pudimos hacer muchas cosas fuera de casa.

También pude ver a la mayoría de mis amigos -incluso a Peter, que estaba haciendo su post-grado y trabajando, y haciendo un millón de cosas más. Charlotte y él iban a comprarse su primera casa, un precioso adosado en un barrio caro de Seattle. No era ninguna sorpresa. Pero parecían felices y les deseé lo mejor. A lo mejor yo no había sido la indicada para él, pero estaba bien ver que había alguien que sí lo era.

Y, en serio, podía decir lo mismo de mí y de Edward. Él era como mi otra mitad, por cursi que sonase. Estábamos bien cuando estábamos separados y, de vez en cuando, necesitábamos nuestro propio espacio, pero volver a estar juntos siempre era un alivio. Como si todo volviese a la normalidad, y estuviésemos a salvo y completos. Era increíble lo bien que el bebé había encajado en esa imagen, y asumí que sería lo mismo con cualquier hijo futuro que llevásemos al redil. No podía imaginarme queriendo a otro niño más de lo que quería a Bailey, pero Alice me aseguró que lo haría. Dijo que era tan natural como respirar.

Aterrizar en Chicago para quedarnos esa vez, en lugar de para cruzar corriendo el aeropuerto como había hecho tantas veces durante los últimos dos o tres años, fue algo que me gustó. Sabía que Edward había crecido allí, incluso aunque hubiera pasado la mayor parte de su vida en St. Croix, y estaba entusiasmada por ver de dónde venía.

Nos encontramos con Esme en la cinta de equipaje e insistió en que le diésemos inmediatamente a Bailey.

―Por suerte para ti, acaba de despertarse ―dijo Edward con una sonrisa de cansancio―. O ya estaría chillando.

―Oh, tú no chillarías con tu Mimi ―arrulló ella, lista para largarse en ese momento que ya tenía al bebé―. ¿Cómo ha pasado el vuelo?

―Ha estado bien ―dije, bostezando―. Ha dormido mucho.

Recogimos nuestras maletas, y la seguimos a la brillante y cálida tarde. Estuvo bien tomar aire fresco después de nuestro largo vuelo.

Dejé a Edward sentarse delante con su madre mientras yo me relajaba detrás con Bailey. Esme había recordado ponerle el asiento del coche, así que no habíamos necesitado alquilar uno. Odiaba llevar el nuestro de St. Croix -era un pesado dolor en el trasero allí abajo y viajar con él era horrible. El que habíamos usado en Seattle me lo había prestado mi prima, así que ahí también habíamos tenido suerte.

―Siento que Carlisle no haya podido venir ―decía Esme, mirándome por el espejo retrovisor―. Lleva todo el maldito día atrapado en una reunión... con suerte evitará el tráfico al volver a casa.

―Está bien ―le aseguré―. Siento que tenga que estar en un sitio en que no quiere estar.

Sabía lo independiente que era Carlisle y lo protector que era con su tiempo libre. La verdad es que aquellos días solo trabajaba como un asesor freelance, eligiendo trabajos y proyectos que le interesaban.

―Así es la vida ―dijo Esme con un suspiro, saliendo a la autopista.

Y así era la vida. Sobre todo allí arriba. Rápida, ocupada. Siempre en movimiento. Los padres de Edward y los míos hablaban de ello con cariño, pero cada vez me daba más cuenta de que yo era diferente. Visitar los Estados era genial... pero no me veía quedándome. No en ese momento de nuestra vida.

Me refiero a que pasaba mis días con Bailey en la playa o en el jardín trasero con Midnight.

Me aparté de la ventanilla con un estremecimiento, sin acostumbrarme todavía a tantos carriles como había y lo rápido que iban todos, y el hecho de que volvíamos a estar en el lado derecho de la carretera. No me importó que acabásemos de pasar la última semana en Seattle -los años en St. Croix me habían cambiado completamente.

Como si me leyera la mente, Edward se giró en su asiento y me miró.

―Esto es una locura, ¿eh?

―Total ―murmuré, mirando como las salidas y las brillantes señales verdes pasaban en un borrón.

* . *

Papa y Mimi, también conocidos como los padres de Edward, iban a cuidar del bebé para que nosotros pudiéramos salir a cenar. Estaba entusiasmada. Todo lo que había oído sobre la cocina y la vida nocturna de allí eran cosas buenas. Y siempre era divertido pasar un rato entre adultos.

Me puse vestido negro de cuello halter y tacones de tiras, terminando con unos sencillos aros de oro. La pulsera que Edward me había regalado por navidad nunca abandonaba mi muñeca, igual que tampoco lo hacía mi pulsera de chaney. El anillo lo llevaba a veces, dependiendo de lo que llevase puesto. Esa noche pegaba y me alegraba de ello. Me encantaba el aire ecléctico que mi colección de joyas le daba a mi look.

Edward apareció a mi lado mientras me ponía la máscara de pestañas, mirando nuestros reflejos en el espejo.

―Estás muy guapo ―dije mientras él me besaba en la oreja y susurraba―: comestible.

Le sonreí, dejándole girarme para besarme.

―Vas a arruinarme el pintalabios ―dije, mordiéndole el labio.

―Quiero arruinarlo ―dijo, subiendo su mano por mi muslo bajo el vestido―. Todo ello.

―Para ―dije, apartándome―. O nunca saldremos de aquí.

―Tienes razón. Siempre puedo seducirte cuando volvamos.

Le guiñé un ojo y volví a pintarme los labios.

La mano de Edward volvió a subir por mi muslo, esa vez por la parte trasera.

―O a lo mejor cuando estemos en el coche.

―Eres un chico atrevido ―dije con un tono extra susurrado para él, inclinándome más para acercar mi trasero a él.

―Dios, Bella ―gimió, dándole una palmada antes de dejar la habitación.

Esme y Carlisle nos acompañaron a la puerta principal, prometiendo llamar si pasaba algo, pero también haciéndonos prometer que no nos preocuparíamos. Fue difícil marcharse así. En casa todavía no había vuelto a trabajar para quedarme con Bailey y, excepto por unas cuantas veces en que Alice le había cuidado, raramente me apartaba de él.

Pero podía hacerlo.

―Ya le echo de menos ―dijo Edward cuando estuvimos en el coche.

―Oh, ¡yo también! ―admití, cogiéndole la mano―. Justo estaba pensando eso mismo. Se me derrite la mente.

―Lo sé. Deberías haberte visto la cara mientras nos marchábamos.

Asentí, mirando por la ventana.

―Sí... pero necesitábamos esto.

―Sip.

Nos mantuvimos en silencio un poco, mirando las luces de la ciudad.

―¿Alguna vez lo echas de menos? ―preguntó, apretándome la mano.

―A veces. ―Me encogí de hombros―. Es excitante volver a estar en ciudades. Y es bonito... sobre todo así, cuando el cielo está colorido y el sol está bajando, y las luces son... brillantes.

―Es bonito ―aceptó.

―Pero no se parece en nada a nuestro hogar.

Y ahí estaba.

Él me miró, sonriendo, y era tan dolorosamente guapo que hizo que mi corazón se sintiera más ligero y pesado, todo a la vez.

―Nop ―dijo, besando nuestras manos unidas―. No se parece en nada a nuestro hogar.


¡Hola!

Bueno, en primer lugar, perdón por la espera.

En segundo lugar... os presento a Bailey Cullen y la nueva vida de Edward y Bella.

¿Qué os ha parecido el final? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

Muchas sabéis que la historia original es Brighter, Appease, Venture. Son tres fics que, aunque fueron subidos como uno, son completamente independientes entre sí.

Bueno, tengo traducido Appease. Lo estoy corrigiendo y en cuanto esté listo lo subiré, pero como un fic independiente.

Avisaré de fechas y summary en mi facebook. Podéis encontrarme como Bells Masen Cullen y, por favor, si me mandáis una solicitud decidme que sois lectoras porque sino raramente las acepto.

Muchas gracias por leer, por comentar y por estar ahí, por haber llegado hasta aquí a pesar de la forma errática en que he estado actualizando.

¡Nos leemos pronto!

-Bells :)