No veía a Inglaterra en un lugar así, puro bosque, a veinte kilómetros del núcleo urbano más próximo. Siempre le había tenido por un tipo muy pulcro, que solo se metía en zonas salvajes cuando se veía obligado a luchar en alguna guerra. Si lo habían forzado a retirarse al bosque, como las bestias, decía de ser porque su situación era realmente nefasta. Buscarlo era como buscar una aguja en un pajar, pero ¿qué más le daba? Tenía todo el tiempo del mundo. En los últimos años había cultivado enormemente la paciencia.

De repente, un silbido cruzó los árboles y una flecha atravesó el ojo derecho de Polonia. La punta asomó por la parte trasera de su cráneo. Tras un segundo inmóvil, cayó de espaldas.

Una sombra envuelta en una capa saltó de entre las ramas de un árbol a once metros de distancia y caminó cautelosa hacia el cuerpo caído.

Estaba a punto de tocarlo cuando Polonia se irguió.

— Primero: imbécil.

Con un gruñido extrajo la flecha y la tiró a sus pies.

— Segundo: venía a hablar.

Tras un momento de desconcierto, Inglaterra retiró la capucha que cubría su cabeza. Fue entonces cuando Polonia se fijó en que iba vestido como si se creyera que aún estaba en el siglo IX.

— ¿Polonia?

— Menos mal que me has reconocido antes de hacer una lámpara con mi pellejo.

— Yo nunca espero visitas.

— Ya...eso ya lo veo.

— Han intentado matarme en unas cuantas ocasiones. Se me acabó la paciencia.

— Lo entiendo. ¿Te parece bien que hablemos aquí o prefieres llevarme a tu madriguera?

— Uh...Sí. Sígueme.

Inglaterra condujo a Polonia a través del bosque durante aproximadamente cinco minutos hasta un roble seco en cuya base había montada una amplia tienda de campaña y un fuego. Un campamento muy pobre, aunque Polonia supuso que a una persona no le hacía falta nada más para sobrevivir. Sin embargo, cuando se sentaron sobre un manto de hojas, vio divertido que Inglaterra le servía té en unas tazas de porcelana que, si no se equivocaba, eran del siglo XVIII.

— ¿Ni en el bosque te libras de la costumbre del té a las cinco?

Inglaterra sonrió un poco.

— Es parte de mí. No podría deshacerme de ello ni aunque quisiera.

— Y ¿de dónde lo sacas?

— Aún...mantengo el contacto con la familia real...de vez en cuando...Cazo lo que necesito, pero a veces me dan algunas cosillas...Caprichos.

— Está bien eso de tener a alguien que se siga preocupando por ti...

— Aún hay gente a la que le preocupas, Polonia.

Fue el turno de Polonia de sonreír.

— Ya lo sé. Creen que lo de los bálticos me afectó demasiado a la cabeza. Pero tú lo viste. Viste...

— Sí...Lo sé...

— ...Estuve hace unos días en Lituania. Para el aniversario. Me pasé también a ver qué habían hecho con su casa. Decían que la iban a convertir en un museo, pero ahora se ha convertido en un piso de okupas. Con el cariño que Liet le puso a adecentarla...Y...me pasé por allí porque sigo buscándolo. A Rusia...

El ojo de Polonia ya se había regenerado. Se apartó un mechón de la cara para mirar con ambos ojos a Inglaterra con rabia.

— He conseguido información de que Rusia efectivamente dejó su país. Pero sigue en el Este. Quizás haya huido con sus hermanas. No sé dónde está, pero voy a encontrarlo. Si algo me sobra ahora mismo es el tiempo. Y cuando lo tenga enfrente, lo voy a matar. Voy a destrozarlo con mis propias manos, voy a hacerle lo mismo que les hizo a Lituania, Estonia y Letonia.

Inglaterra no respondió a eso. No era el único al que oía amenazar a Rusia. Y no podía reprochárselo, pues, por lo que se decía, Rusia dio a la turba la información y los medios necesarios para eliminar a los bálticos. ¿Fue una venganza por rebelarse contra él? ¿El preludio de un exterminio que le aseguraría la hegemonía mundial? No se sabía. Rusia desapareció aquella fatídica noche, no acudió al entierro ni a las misas. No había hecho nada por demostrar su inocencia. Su ausencia no hacía sino confirmar los rumores.

— ...He venido a verte para preguntarte algo, tú que sabes mucho sobre magia, lo sobrenatural y todo eso...¿Existe la reencarnación?

Inglaterra se lo quedó mirando en silencio, con sus enormes cejas alzadas. Dio un sorbo a su té y saboreó con lentitud el líquido en su boca.

— ...Es...una pregunta algo compleja.

— Di simplemente sí o no. Hace poco he visto a un chico exactamente igual a Liet y quiero saber si es posible que haya vuelto de algún modo o si realmente estoy perdiendo la cabeza...

Inglaterra dejó la taza con cuidado sobre el suelo.

— ...Esa noche, hace veinte años...Verás: las almas, al morir el cuerpo, se quedan vagando en este plano de existencia durante unos días, antes de marcharse. Yo...cuando los encontramos intenté extraer las de Lituania, Estonia y Letonia...para guardarlas en un lugar seguro y averiguar si había algún modo de reconstruir sus cuerpos o transferirlas a unos nuevos. No sé qué les hicieron exactamente, pero no usaron armas convencionales contra ellos. Usaron magia. Algún tipo de maleficio. Por la forma en que quedaron, no se limitaron a robarles la inmortalidad. Quienquiera que fuera el que lo hizo era un demonio. El caso es que comenzaron a disparar sobre nosotros y no pude completar el ritual. Las almas se dispersaron. Se interrumpió su ciclo. Se desviaron de su camino natural. No podían volver a sus cuerpos ni tampoco ascenderían. De modo que...supongo que se quedaron aquí y...

— Y ¿qué? ¿Se metieron en algún cuerpo o algo?

— A cada instante se producen miles de concepciones en todo el mundo. Muchas almas perdidas aprovechan esos momentos para volver al mundo de los vivos y completar el ciclo interrumpido.

— ...De modo que no estoy loco. Existe después de todo una posibilidad de que ese chico fuera...

— ¿Es idéntico a Lituania?

— En todo, hasta el habla.

— Es posible, entonces.

— Ven conmigo. Échale un vistazo.

— Jm. No. Nada ni nadie me hará dejar este bosque. El mundo ahí fuera ya no me quiere, de modo que yo no le quiero a él.

— Inglaterra...

— Lo siento.

— ...¿Y si te lo traigo? Si te lo traigo...¿Podrás ayudarle? ¿Podrás...?

Inglaterra suspiró.

— No puedo prometer nada, pero...veré qué puedo hacer.

Polonia se levantó del suelo y se quitó de encima la suciedad de la ropa y de la punta de su cabello.

— Me basta—dijo mientras se alejaba. Sin despedirse. Sin mirar atrás.