Capítulo 9

"La lechuza es el ave más sabia porque entre más observa, más calla."

~x~

Lux está furiosa.

No es nada nuevo, muchas veces ha estado furiosa antes, pero hoy está furiosa de verdad.

Tan furiosa que podría patear a Ricky Stevenson en ese mismo instante. Las palabras de su hermano le resuenan en los oídos. "No te rebajes a su nivel" le decía siempre, y es su mantra desde los doce años. Pero su hermano Gary no está con ella, hace mucho que se marchó a ser parte de una una lúgubre pasantía en los ductos eléctricos del Capitolio, donde aprendería a armar, desarmar, componer y diseñar los intrincados circuitos eléctricos de la red más grande de Panem, para después volver al Cinco a ejercer sus labores.

— ¿Qué vas a hacer Luxanna? —le preguntó Ricky cruzando los brazos. Sus amigos se reían detrás de él y la miraban como una jauría de lobos miraría a un solitario.

— Te voy a reportar, idiota —contestó ella apretando puños y dientes. Esa patada estaba tan cercana que podía sentir un tic en su pierna.

— ¿Y ya? Vamos, ¿dónde quedaron todas las coloridas amenazas? —pregunta, provocando otra ola de carcajadas. Luxana no estaba orgullosa de haber reaccionado tan mal a que Ricky cortara su trenza, pero había sido un acto tan inesperado y permantente que Lux había llorado y gritado en medio de la clase que lo mataría. Claro, en sentido figurado.

— Sólo es cabello —había dicho la profesora, se había encogido de hombros y había seguido con la importantísima lección de la Historia de Panem. Hoy era la Cosecha, y quién sabe qué pasaría con su maestra si no completaba el tema del día.

Luxana había perseguido a Ricky por todo el pasillo sigilosamente, hasta acorralarlo a él y a sus amigos en una esquina, donde estaba ahora, luchando contra sus impulsos.

— Ricardo, quiero una disculpa —dijo ella, roja en la cara. Estaba acostumbrada al acoso escolar, Luxana sacaba las mejores notas de la escuela y siempre arrasaba en los exámenes, dos motivos universales para ganarse la animosidad de algunos, pero el verdadero problema era que los demás estaban seguros de que toda su familia hacía trampa, que toda su familia era una farsa, encumbrados y educados por el Capitolio para pavonearse por el Distrito y hacer su santa voluntad.

Luxana a veces pensaba que si no conociera a su familia, la historia también le parecería un cuento de hadas. Su padre, Damon, fue reportado al Capitolio por sus profesores debido a su talento, a donde fue trasladado para una capacitación, al volver, fue el dirigente de la presa hidroeléctrica sobre el anterior Río Missouri, ahora llamado el Río Lux, pues lleva al capitolio el 60% de la luz eléctrica que utilizan. De ahí sacó su padre su nombre.

— Uhhhh, una disculpa —replicó Ricky trayendo a Luxana de vuelta a la realidad con su tono sarcástico—. Bueno, pues lo lamento —dijo sonriente. Luxana perdió la paciencia, su lado racional hizo que volteara hacia atrás para ver si no venía nadie, afortunadamente la escuela estaba casi vacía, estaban demasiado cerca de la hora de la Cosecha y todos querían ir a casa rápidamente.

Una vez segura de que no la atraparían, Luxana se aventó de cabeza al estómago de Ricky y lo tacleó con todas sus fuerzas, golpeando su pecho y arañando sus brazos gritando que era un idiota, un niñito insignificante que no podía controlar su ego, y que tenía problemas mentales. Su hermano estaría orgulloso, él le había enseñado aquello.

Ricky se retorció en el suelo durante unos segundos, pero después gracias a su complexión y su estatura pudo rodar y poner a Luxana entre él y el suelo.

— ¿Qué te pasa? —preguntó furioso. Los brazos llenos de rojas marcas, algunas comenzaban a sangrar pequeñísimas gotitas. Los amigos de Ricky estaban estupefactos, y uno de ellos ya había dado la vuelta y corrido a casa.

— ¿Qué me pasa a mi? ¡Estás demente si crees que te voy a dejar tratarme así! ¡Lo único que quería es que fueras una persona civilizada conmigo! —Luxana comenzó a llorar de ira, y a patear a Ricky con sus rodillas en las costillas para librarse de su agarre—. ¿Por qué me odias tanto? —preguntó dejando de luchar y mirando a su rival a los ojos.

— No te odio, pero tengo una meta —contestó Ricky mirando en los ojos de Lux también—. Mi meta es algún día poder quitarte algo que jamás puedas reponer, mi meta es que tú y tu familia dorada sientan algún día lo que yo sentí cuando mi hermano mayor murió construyendo la presa de tu padre, cuando mi hermano pequeño fue a los Juegos por tomar demasiadas teselas, cuando anunciaron que la principal candidata para la beca de nuestra generación era, por supuesto Luxanna Leitner. Lo único que yo quiero, lucecita, es que sepas lo que se siente la infelicidad.

Luxana parpadeó un par de veces, atontada. Ricky se levantó, le aventó su trenza en la cara y se marchó. Cubriendo sus brazos con la chaqueta de su amigo y abrazando sus costillas. Miró hacia atrás una sola vez, una mirada tan depredadora que Lux se hizo bolita en el suelo de la escuela y lloró por una eternidad.

O al menos le pareció una eternidad. Con los puños adoloridos, los ojos rojos y la moral por los suelos, Luxana caminó a casa escondiendo el rostro de todo el que pasara por ahí. Siempre había estado segura de que todo el Distrito estaba en su contra, a veces Gary y ella bromeaban que si hubieran estado en el primer vasallaje, habrían sido los elegidos para ir a la arena, sin dudarlo.

Sus padres no eran ciegos, también lo sabían. Desde que su padre había vuelto y se había desposado con la hija del jefe de las granjas de viento, las personas no los veían de la misma manera. Eran una historia de "éxito", o al menos el mayor éxito que se puede tener en una sociedad como en la que vivían. Su madre había hecho de todo por no quedar embarazada, sin embargo, al cumplir treinta y cinco y aún no tener hijos, había tenido que visitar el hospital de fertilidad.

La historia, por supuesto no se la habían contado a Luxana, ni a Gary. Ellos la habían descubierto husmeando en la oficina de papá en algún momento de la infancia. Ella aún recordaba el documento en el que le pedían amablemente a su madre que "buscara en el interior de su patriotismo el momento adecuado para formar una familia" y que "dar hijos a Panem era no sólo un derecho de los ciudadanos, sino una obligación".

Gary se había enfadado muchísimo al enterarse de que sus padres no tenían contemplado tenerlos, y albergó éste sentimiento en su corazón hasta sus dieciséis años, cuando uno de sus mejores amigos (y uno de los únicos) partió a los Juegos del hambre y no volvió jamás. Después de tener otro refugio para su rencor, Gary perdonó a sus padres y comenzó a culpar al Capitolio, en secreto.

Cuando ella cumplió doce años, Gary le contó lo de sus padres, lo de su amigo, lo de su horror por los juegos, todo. Él era su mejor amigo ahora, y viceversa. Durante toda su infancia sólo jugaron entre ellos, y amigos ocasionales. Incluso, Gary le llegó a prometer que si salía cosechada, se presentaría por ella. Pero Gary había crecido, Gary ya no podía protegerla, y ahora tenía que aguantar las miradas, susurros, chismes y actos nefastos de todo el Distrito sola.

Pasó por la fábrica de paneles solares donde trabajaba después de la escuela, ya estaba cerrada, por ser día de Cosecha, y gracias a su altercado con Ricky se había perdido la paga del día. Luxana se encogió de hombros, lo hacía por la experiencia. No necesitaba el dinerito de nadie. No necesitaba la ayuda de nadie. No necesitaba a nadie.

Se repitió éste mantra hasta llegar a su casa, donde su madre puso el grito en el cielo cuando la vio llegar con las pintas que llevaba.

— ¿Estás bien? —preguntó su padre, intentando estar en calma. Luxana ponía la misma expresión cuando, también, intentaba calmarse.

— Ricky cortó mi trenza —contestó ella con un enorme suspiro para que su voz no se quebrara.

Su madre se afanó de inmediato en preparar un baño para ella, con agua caliente y todo. Su casa tenía dos cuartos, dos baños y un enorme jardín que era la envidia de muchos. Pero sólo obtenían agua corriente unas horas al día. Debían sacar de la cisterna para abastecerse, lavar los trastes e incluso para el desperdicio del baño. Ésta situación había comenzado con la construcción de la presa. Ahora, casi toda el agua del río estaba dedicada a la producción de energía, y sólo enviaban lo "necesario" al Distrito Cinco. Otra cosa que los cinqueños podían agradecerle a su familia.

— ¿Por qué cortó tu trenza? —preguntó su padre, mientras su madre cargaba un par de cubetas con agua del jardín al baño. Lux no quería mirarlo con condescendencia o sarcasmo, pero hoy estaba haciendo muchas cosas que no quería. Su padre frunció el ceño, extrañado de su comportamiento—. Bueno, ¿por qué te le aventaste? —intentó de nuevo.

— No lo sé —contestó ella—. No pude evitarlo. Intenté pedirle una disculpa, pero se rió en mi cara y... tenía mi cabello en su mano, como si me lo hubiera arrancado. ¿Me explico? No pude evitarlo —repitió, ésta vez, aunque quería llorar para suavizar su ataque de violencia ante su padre, las lágrimas no salieron.

— Es la última vez que atacas a alguien. ¿Entendido? —su padre tenía una voz profunda y firme, que pocas veces usaba con ella.

— Entendido —dijo Luxana bajando la cabeza.

— La próxima vez, yo lo golpeo por ti —le dijo él y sonrió de lado. Abriendo los brazos hacia ella. Luxana se aventó a su padre y rieron juntos.

Después de su baño. Luxana tuvo otro colapso al intentar peinarse. Su cabello solía ser rubio hasta los codos, y siempre le había encantado experimentar con él. Coletas altas, largas y complicadas trenzas, ella y su madre pasaban horas los fines de semana buscando nuevos estilos. No tenía ningún estilo que le fuera bien a éste corte tan... tan.. salvaje.

— ¿Qué tal una diadema? —preguntó su madre.

— ¿Una diademita? —preguntó Luxana frunciendo la nariz con disgusto. Normalmente cuando usaba diminutivos era para mostrar su desdén, no como su madre, que lo hacía para suavizar las ideas.

— ¿Qué tal un moñito? Perdón, un moño —preguntó su madre otra vez.

— Un moño no suena tan mal... ¿por qué crees que se esponje tanto? —la ira de Luxana quiere resurgir en su estómago al sentir su cabello, y ver cómo el listón desaparecía bajo la forma extraña que había adquirido. Luxana empuja el sentimiento hasta lo más profundo de sus entrañas.

Lo que hizo hoy fue completamente antinatural, ha cultivado durante toda su adolescencia una racionalidad de la que está orgullosa. La única persona, hasta ahora, con la que se había dejado llevar con juegos bruscos, peleítas, lanzamiento de comida y demás, había sido su hermano. No era momento de caer en la locura que supondría seguir sus impulsos. En tres años, cuando alcanzara los dieciocho, podría aplicar para la beca del Capitolio e irse como toda su familia.

Se volvería intocable, como la mente más brillante de su generación a cargo de los trabajos más importantes del Distrito, podría tener su propia casa y con suerte, ser tan poderosa que no la obligarían a tener hijos.

Lo único que tenía que hacer era sobrevivir a los Ricardos del mundo. Tres años más.

Luxana está lista, con su nuevo estilo de cabello y su vestido hasta los tobillos de manga larga, porque hace muchísimo sol y si sale sin protección, acabará roja como un tomate. Ha pasado antes. Está a punto de salir de la vivienda con sus padres cuando suena el teléfono.

Hace un par de años que instalaron un teléfono en casa. La primera vez que sonó fue en el cumpleaños de Gary, él había logrado que lo dejasen hacer una llamada como regalo. Luxana se había asustado porque nunca había escuchado nada similar. El chirrido resonaba por todo el lugar, ella fue la primera en contestar.

Ahora, cada vez que sonaba, sabía quién era. El único que los llamaba y la única razón para gastar la paga de casi un año en un aparato de esos.

— ¡Yo voy! —gritó Luxana emocionada y descolgó el teléfono—. ¿Hola, Gary tonto? —preguntó. Escuchó la sonrisa de su hermano antes que su voz.

— ¿Cómo estás enana?

— Me hice un corte de pelo —dijo, y le contó toda la historia. Gary sonaba furioso cuando volvió a hablar.

— Lo que faltaba —dijo—. Escúchame Lux, esto es muy importante. Necesito que cuides muy, muy bien a la abuela Ana, porque en verano hay muchas enfermedades que afectan en especial a los ancianos. ¿Me entiendes?

— ¿Qué?

— Yo también te amo. ¡Suerte hoy! ¡Mucha, mucha suerte Lux! Por favor, entiéndeme.

La llamada terminó.

Luxana no sabía qué pensar.

Sus padres la esperaban en la puerta sonrientes, y ella compuso una sonrisa también. ¿Qué demonios estaba pasando el día de hoy?

Durante la caminata hacia la pequeña plaza del Distrito Cinco, Luxana se esforzó por aprender cada una de las sílabas del mensaje de su hermano, antes que querer encontrarles significado. "Cuidar a la abuela Ana. En verano hay muchas enfermedades que afectan a los ancianos. ¿Me entiendes?"

"No. No Gary tonto, no te entiendo" pensó.

La plaza del Distrito Cinco era muy diferente a las demás. Para empezar, estaba techada con paneles solares, para aprovechar cada hora de energía UV que se pudiera, el suelo era de concreto pintado de azul, y en algunos lugares aún tenía mosaico de alguna época pasada. Era un lugar agradable, si no te enfocabas en el enorme poste para flagelaciones en medio.

El Alcalde era nuevo éste año, por lo que su discurso fue tan largo y sentido que muchos estaban a punto de dormir cuando acabó. La mayoría de la audiencia respingó al escuchar la voz cantarina de la escolta. También era nueva.

— ¡Distrito Cinco! ¿Pueden darme tres hurras por los Juegos? —preguntó la mujer. Era enorme para estándares de los Distritos, y portaba unos inmensos tacones que la levantaban al menos siete centímetros más del suelo. Algunos la reconocían como la anterior escolta del Uno, quizá por eso estaba tan llena de entusiasmo. El Distrito no dijo nada—. Muy bien, muy bien, todos estamos nerviosos. Qué tal si empezamos suavecito. ¡Aplausooooooos! —gritó y señaló a la multitud con el micrófono. Eso sí sabían hacer, así que aplaudieron—. ¡Perfecto, perfecto! ¡Siempre he amado mucho a éste Distrito, son taaaaaaaan cálidos! —dijo. Caminó hacia las urnas haciendo gala de un tremendo equilibrio. Su largas piernas enfundadas en pantalones transparentes no temblaron ni un momento. Su bikini era rosa con incrustaciones de diamantes y una perfecta mano manicurada entró en la urna de las niñas, la sonrisa siempre plantada en el rostro de Cassia.

» Como siempre, primero nuestras damas encantadoras —anunció a gritos. Tomó un papelito y gritó— ¡Luxana Leitner!

Luxana sintió que saltó tres metros de la sorpresa. Estaba en la fila de los de quince años y por unos segundos no supo qué hacer. Del otro lado, del lado de los niños, Ricky la miraba con una expresión espejo de la suya, llevaba manga larga también, para ocultar su pelea.

Fue como si alguien le hubiera puesto un cohete en el pantalón, porque caminó al escenario tan rápido como pudo. Sin correr, pero muy rápido. Los agentes no habían empezado a moverse. La sonrisa de Cassia la alentó a subir, su escolta parecía sumamente orgullosa de que no se hubiera puesto a llorar o a temblar. Luxana estaba orgullosa también.

— ¡Princesita hermosa! Dime una cosa, ¿por qué tanta ropa en verano? —pregunta Cassia mirando su atuendo de arriba a abajo.

— Soy como un panel solar y absorbo todo. Si no me tapo llegaré al Capitolio roja como tomate —contesta Luxana mirando sólo a su escolta, manteniendo la sonrisa. No quiere ver a sus padres, pero los escucha llorar.

— Bueno, no hay nada malo con un buen bronceado —le dice Cassia, le guiña un ojo y le pide que de un par de pasos atrás. Es hora de elegir al escolta masculino. Luxana ya está en otro mundo, a kilómetros de ahí, pensando en las palabras que le dijo su hermano.

La abuela Ana es ella. Luxana.

La enfermedad del verano es esto. La Cosecha.

Afecta más a los ancianos... ¿quienes son los ancianos?