Rememorar los años que siguieron a aquel primer KOF siempre causaba el mismo efecto en Billy. El joven se sorprendía de cómo había sido capaz de deslizarse en la agradable monotonía del trabajo en el rascacielos, sin darse cuenta de que aquél sería el periodo más feliz de su vida desde que había empezado a trabajar para Geese-sama.
Un torneo sucedió a otro. Geese volvió a ordenarle que participara como su representante en el KOF, y Billy volvió a ganar. Por tres años sucesivos, Billy regresó donde su jefe trayéndole el título de campeón.
Todo estaba saliendo bien. Con el dinero de los premios, Billy había comenzado a pagar una casa en un barrio tranquilo de las afueras de la ciudad. El área construida no era extensa, pero la casa tenía dos pisos, un jardín delantero y un patio en la parte posterior. El vecindario era pacífico, y la calle no era transitada por demasiados vehículos, por lo que las mañanas y noches eran silenciosas.
Lilly pasaba la mayor parte de la semana sola en esa casa, pero ya casi tenía quince años y Billy había sido cuidadoso al enseñarle a valerse por sí misma. Él nunca había hablado del tema con nadie, pero su objetivo había sido preparar a su hermana por si algún día algo le sucedía a él. Le daba tranquilidad ver que la niña era capaz de ocuparse de los quehaceres de una casa y de manejar dinero sin ayuda. Si él salía herido, o incluso si llegaba a morir cumpliendo su deber, Lilly no iba a acabar desamparada.
En ocasiones, Billy pasaba las noches en casa, con ella, pero esto no sucedía tan a menudo como a ella le habría gustado. El joven solía estar a merced de los caprichos de su jefe, y nunca podía saber qué noche Geese-sama no lo querría a su lado.
La relación con su jefe no había variado de forma evidente. Trabajaban, a menudo más de la cuenta, y se retiraban al acabar el día. Pero ahora las noches no estaban limitadas al penthouse de Geese. A veces, bajaban al departamento de Billy y permanecían ahí hasta la mañana siguiente.
La atmósfera cambiaba dependiendo de dónde se encontraran. En el penthouse, Geese seguía siendo su jefe, y Billy procuraba continuar comportándose, en cierta medida, como su empleado. Pero estar en su departamento conllevaba cierta libertad para hacer y decir cosas que Billy no se habría atrevido a hacer o decir en el despacho o en el penthouse. Ambos lo habían notado, y así, alternaban entre ambas propiedades, y ninguna noche era igual a la anterior.
De día, las salidas de Geese se habían reducido al mínimo. Podían pasar semanas sin que el empresario pusiera un pie fuera del edificio, y Billy estaba agradecido por ello, porque eso significaba que Geese estaba a salvo.
Los contactos de Howard Connection aún vigilaban a los elusivos miembros de Addes, y habían reportado la presencia de agentes enviados por Wolfgang Krauser en la ciudad. Sus propósitos no eran claros, pero esta vez Geese no se había expuesto para provocarlos. Billy no había tenido que discutir con él sobre su seguridad. Geese había permanecido en el rascacielos, observando la ciudad desde lo alto, lejos de sus enemigos, y sobre todo, lejos de las amenazas de Krauser.
Billy había permanecido a su lado, y no había tardado mucho en darse cuenta de que no era solamente Geese quien estaba a salvo tras las paredes del rascacielos. Él también estaba seguro. Mientras permaneciera dentro de Geese Tower, con sus visitas a Lilly tan espaciadas, las posibilidades de que Krauser cumpliera su palabra eran bajas. Era imposible que los agentes de Krauser penetraran la seguridad de aquel edificio. Ese extranjero que había anunciado que se apropiaría de él no conseguiría acercársele, porque él, al igual que toda la ciudad, estaba bajo la protección de Geese-sama.
Al darse cuenta de eso, Billy se había sentido lleno de gratitud hacia Geese, pero había decidido no mencionarlo. Sabía que Geese-sama no lo admitiría. Su jefe quizá hasta se molestaría y respondería que un guardaespaldas que debía ser protegido no era más que un incompetente.
Sin embargo, una noche, la pregunta escapó por culpa de las varias botellas de sake que habían estado bebiendo en su departamento.
"Geese-sama, ¿hizo que me mudara al rascacielos para protegerme?".
"¿Qué te hace pensar eso?".
"No es necesario que se preocupe por mí. Krauser nunca conseguirá apartarme de su lado".
La conversación había continuado, pero Billy no la recordaba bien. Aún no había desarrollado resistencia al sake en aquellos días.
Compartir la recluida forma de vida de Geese lo había hecho darse cuenta, una vez más, de que el empresario estaba atrapado en ese lugar, debido a su reputación y quizá también a su fortuna. Billy podía salir cuando quisiera porque los ciudadanos comunes no lo reconocían como un participante del KOF cuando no llevaba puesta su bandana, y los enemigos de Howard Connection no estaban tan pendientes de él como de su jefe. Pero para Geese, dar un simple paseo nocturno era imposible. Sus salidas debían ser planeadas con anticipación y siempre conllevaban un enorme despliegue de seguridad.
Cada vez que Billy salía a la calle y se alejaba del rascacielos, sentía un profundo pesar por estar dejando a Geese-sama atrapado ahí.
Sin embargo, entendía por qué eso era necesario, y sabía que esa situación no iba a cambiar. En especial después de que Geese contratara a tantos ex participantes del KOF para que pasaran a formar parte de su personal. Los nuevos empleados provenían de distintos países y regiones, y sus antecedentes eran inciertos. Trabajaban para Geese, y cumplían bien con sus tareas, pero no había ningún tipo de lealtad de por medio. Geese los había comprado mediante dinero, y Billy sabía que todos ellos podían volverse contra el empresario si recibían una oferta mejor.
Era por eso que Geese no se había presentado ante ellos, y ellos nunca habían visto su rostro en persona. Desde que Geese había dejado de aparecer en público tras el primer KOF, los nuevos empleados acosaban a Billy con un sinfín de preguntas, e incluso dudaban que Geese existiera realmente. Tal vez Howard Connection era manejado por un conglomerado de empresas y tenía varios dueños. ¿Qué les aseguraba que Geese Howard era real, si nunca lo habían visto? El hombre que aparecía en las fotos tomadas años atrás podía ser un doble.
Geese había reído cuando Billy le había informado sobre las especulaciones de los nuevos empleados. Al final, habían decidido permitir que el personal creyera eso. Si Geese estaba rodeado de un aura de misterio, y si parte de la población comenzaba a creer que no era real, quizá las probabilidades de que alguien intentara hacerle daño disminuirían un poco.
Mientras se encargaba de supervisar a los nuevos reclutas, Billy había entendido por qué Geese celebraba el KOF anualmente. Si bien era cierto que aquellos hombres no eran de confiar, no se podía negar que se encontraban entre los luchadores más fuertes del mundo. Al pagarles unos salarios exorbitantes, Geese-sama se aseguraba de que todos ellos estuvieran trabajando para él, y no en su contra.
En aquellos días, Billy a menudo se decía que no quería que su vida cambiara. Disfrutaba los días en el rascacielos porque tenía a Geese-sama con él. Secretamente, se había preguntado si podrían pasar el resto de sus vidas así, apartados del mundo. Geese podía continuar gobernando aquella ciudad desde lo alto, dejando que su nombre fuera conocido, pero manteniendo su existencia en la incertidumbre.
Billy no había tenido la intención de comparar a Geese-sama con un dios, pero la analogía le agradaba. ¿No era eso lo que los dioses hacían? Para él, Geese-sama era una presencia magnífica, que podía decidir el destino de toda la población de aquella ciudad, e incluso extender esa influencia a todo el país o el mundo, si así lo quería. Pero, por sobre todo, Billy era consciente del verdadero poder de Geese. Sabía que bastaba un gesto de su jefe, una orden en una calle en Londres, para que Geese alterara el curso de la vida de una persona. Geese era un hombre que podía dar felicidad con un ademán, y provocar angustia con su silencio.
Pero en todos esos años, Billy sólo había conocido lo primero. Era innegablemente feliz, al lado de ese hombre cuya existencia lo deslumbraba. De manera inevitable, se había habituado demasiado al adictivo placer de obedecerle y satisfacerlo. La aprobación de Geese-sama era como una droga, y Billy se sentía orgulloso de recibirla, porque él era la persona de confianza de Geese, y los sucesivos triunfos alcanzados en el torneo eran evidencia de que él estaba a la altura de lo que su jefe necesitaba.
Y tal vez aquella complacencia era lo que le había llevado a bajar la guardia. Quizá Geese-sama tenía razón al decir que las emociones y las tonterías como la felicidad eran debilidades, porque nublaban el juicio y la prudencia.
Cuando recordaba esa época, Billy a menudo se culpaba por lo que había sucedido después. Él había permitido que todo aquello ocurriera, porque había estado distraído con esa felicidad.
Al mirar hacia atrás, Billy podía reconocer las señales que en su momento había pasado por alto. Todo había estado ahí, pero él no lo había sabido ver.
Aquello era algo que nunca iba a dejar de reprocharse. No había notado el taciturno silencio en que Geese-sama había caído mientras leía los nombres de los participantes inscritos en el siguiente KOF. Le había parecido completamente normal que su jefe lanzara los papeles sobre el escritorio y fuera a contemplar el paisaje de la ciudad durante casi una hora, sin hablar y sin moverse.
Y luego, no había sabido interpretar las largas miradas que Geese-sama le dirigía cuando estaban a solas, en especial cuando hablaban de la participación de Billy en ese nuevo torneo.
Y cuando, una mañana, Geese anunció que él también iba a participar, Billy atribuyó aquella decisión a un mero capricho.
Se opuso de inmediato, sí, pero quizá no con suficiente ahínco, porque confiaba en su propia fuerza, y en la de Geese-sama.
Se había confiado, y no había previsto el desenlace.
Por días, intentó disuadir a Geese-sama de participar. Mencionó las razones ya usuales: el riesgo, el peligro, lo innecesario que era exponerse de esa manera. Intentó razonar, pero Geese-sama ignoraba sus argumentos con una sonrisa desdeñosa y un brillo extraño en su mirada. Billy no supo ver que su jefe no lo estaba escuchando. No reconoció los indicios de la obsesión que estaba comenzando a germinar en Geese-sama.
—Señor, si se presenta en público durante el torneo, su existencia dejará de ser incierta ante los ojos de la población. Los años que pasó construyendo esa imagen habrán sido en vano —dijo Billy una noche, frustrado, porque ya no encontraba cómo impedir que el empresario participara en el KOF.
Geese había deliberado por unos minutos, y luego le había sonreído con superioridad.
—Entonces nadie me verá, Billy. La última pelea se llevará a cabo aquí, en el rascacielos, lejos del público.
—But, sir!
Billy había querido enumerar el sinfín de razones por la cual ésa era una pésima idea, pero Geese había continuado, sin darle tiempo a hablar:
—Tú pelearás antes que yo. Basta con que venzas al oponente, y éste no podrá avanzar a la siguiente ronda y no tendrá que enfrentarme. ¿Por qué te preocupas? ¿Estás diciendo que no crees poder con él?
Billy había apretado los dientes y guardado un tenso silencio. Insistir en el peligro equivalía a decir que temía perder. Geese lo había mirado un momento más y luego le había dado la espalda, riendo bajo para sí.
En medio de su ofuscación, Billy no había notado que Geese estaba usando la palabra "él" como si se estuviese refiriendo a alguien en particular… Como si tuviera a alguien en mente durante cada una de aquellas conversaciones…
Ni siquiera ver el rostro de la persona que había empezado a ocupar los pensamientos de Geese-sama fue suficiente para que Billy pudiera sospechar lo que sucedería. El desenlace de aquel torneo sobrepasó sus más profundos miedos.
Estaban en el despacho de Geese la primera vez que el nombre "Terry Bogard" fue pronunciado. Ripper había preparado un dossier sobre ese hombre, y Geese leyó el documento con atención por largos minutos. Billy pidió una copia de aquella ficha, intrigado, y se retiró a los sillones de la oficina a leerla, para no importunar a Geese-sama. Terry Bogard era uno de los nuevos participantes del torneo. A simple vista, nada en él resaltaba. Prácticamente era un vagabundo, sin residencia ni trabajo fijo, que carecía de propiedades y que erraba por distintas ciudades, encontrando sustento en trabajos temporales. Billy no entendió qué veía Geese-sama en él. Las fotografías de Bogard mostraban a un joven de ojos celestes y sonrisa confiada, de largo cabello rubio atado en una cola tras su espalda. No era particularmente imponente, ni parecía demasiado fuerte. Tampoco se veía como un practicante de artes marciales ni un delicuente, pero eso no significaba nada.
Bogard tenía un hermano menor llamado Andy, que también se había inscrito en el torneo. La información que Ripper había reunido listaba a un participante más, un tal Joe Higashi, como un amigo de ambos. Billy hizo una nota mental para mantenerse atento a aquellos tres hombres. Si Geese-sama tenía interés en ellos, eso quería decir que el interés podía ser mutuo.
Preguntarle a Geese-sama sobre Bogard probó ser una mala idea. El empresario no respondía y, sin falta, cada mención de ese apellido arruinaba su humor. Pero, a pesar de esto, Geese prestaba una contradictoria atención a ese joven. A menudo consultaba con Ripper sobre su ubicación, y, cuando la inauguración del torneo estuvo cerca, ordenó que pusieran a Bogard bajo vigilancia. Quería estar al tanto de cada uno de sus movimientos.
Billy no cuestionó el accionar de Geese. No le pareció tan extraño que su jefe enviara a Ripper, y no a él, a vigilar a ese Bogard. Si ése era un trabajo que un secretario podía hacer, entonces estaba bien. Él prefería estar en la oficina con Geese-sama, después de todo.
Complacencia, distracción, descuido tras descuido…
Aquella fue una dura lección que sólo se podía aprender de una manera.
Billy creía ya estar familiarizado con el King of Fighters, pero la participación de su jefe como el último oponente lo cambiaba todo. Atrás habían quedado los días en que Billy podía divertirse peleando, sabiendo que su jefe lo observaba desde las pantallas de la oficina. Esta vez, el joven no tenía necesidad de tomar parte en los enfrentamientos preliminares. Como campeón de los anteriores KOF, sólo debía defender su título, y se enfrentaría a la persona que consiguiera llegar a la semifinal.
A menudo, Billy hacía acto de presencia en el torneo, acompañado por los secretarios, para que la invisible influencia de Geese-sama se hiciera sentir entre los participantes y el público. Pero, otras veces, Billy simplemente observaba el torneo con su jefe desde el rascacielos.
Fue así que Billy confirmó la intensa fijación que Geese-sama mostraba hacia Bogard. No hubo ninguna explicación de por medio, pero el joven pudo reconocer un profundo desagrado en el rostro de su jefe cada vez que Bogard ganaba una pelea. Y, a medida que Terry pasaba a las siguientes rondas, el mal humor de Geese se volvió permanente. Por las mañanas, Billy encontraba a los empleados del piso tensos y silenciosos, temerosos de dirigirle la palabra al dueño. Incluso Ripper y Hopper se veían más agobiados que de costumbre, y recurrían a Billy para que éste se encargara de entregar recados que ellos no querían dar.
Billy también sufrió en carne propia el temperamento de su jefe, pero no sintió temor como el resto de los empleados. Ver a Geese-sama así le provocaba una profunda preocupación.
Una tarde, mientras Geese veía una grabación de la más reciente pelea de Terry Bogard en la oficina, Billy comentó, empujado por el desconcierto que sentía al ver a su jefe obcecado de tal manera:
—Parece que le molesta la facilidad con que Bogard está avanzando en el torneo, Geese-sama. Pero no se preocupe, si llega hasta mí, no le permitiré avanzar más.
Geese no apartó la vista de la pantalla. No le dirigió una mirada aprobadora, como solía hacer cuando Billy prometía obtener una nueva victoria en su nombre.
—Si crees poder hacer eso sin problemas, pronto acabarás sufriendo las consecuencias de tu necedad.
La respuesta había sido cortante. Billy sintió una punzada de resentimiento hacia ese tal Terry, que provocaba aquel comportamiento tan extraño en Geese-sama.
La falta de explicaciones de parte de su jefe hizo que Billy tomara la decisión de averiguar más sobre Terry por sí mismo. Sin comunicarle sus intenciones a Geese, una tarde el joven acudió a la playa donde Terry acababa de ganar una ronda más.
Ignorando las preguntas preocupadas de Ripper y Hopper y sujetando su bo con fuerza en una mano, Billy se acercó con pasos indolentes hacia Terry, que estaba a la sombra de unas palmeras, riendo y bebiendo un enorme vaso de refresco junto a sus compañeros.
Billy seguía sin entender por qué Geese-sama estaba tan interesado en ese joven. Terry Bogard parecía una persona común, con una habilidad de pelea superior al promedio. No resaltaba de un modo particular. Su forma de vestir era casual, con jeans claros y una chaqueta roja sin mangas. La mayor parte del tiempo llevaba puesta una gorra roja, que a menudo ocultaba sus ojos celestes.
Sus compañeros tampoco parecían nada del otro mundo. Su hermano Andy era un joven de hablar suave y comedido, de largo cabello rubio y semblante calmo. O tal vez daba esa impresión porque el tercer miembro del grupo, Joe, era un asiático ruidoso que no parecía saber hablar si no era a gritos.
Billy se había detenido a unos pasos para observar al grupo con los ojos entrecerrados. ¿Por qué habían venido al torneo? ¿Era sólo por el dinero del premio, o algo más?
Terry había notado la mirada de Billy en ese momento y, apartando el vaso de refresco, se había vuelto hacia él con algo de curiosidad.
—Terry Bogard… —había gruñido Billy, sintiendo fastidio al ver aquel rostro joven de mirada honesta.
Todo el grupo lo miró entonces. Terry sonrió, como si no hubiera notado el tono hostil de su voz, y aquello hizo que Billy se molestara aun más, porque tenía a Terry delante de él, e incluso así no sabía el porqué de la fijación de Geese-sama.
—No voy a hacer las cosas fáciles para ti… —advirtió Billy entre dientes.
Terry ladeó su rostro, sin amedrentarse por sus palabras.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Billy Kane —respondió Billy, y luego se obligó a callar las amenazas que querían salir de sus labios, porque no era prudente darle más información a unos desconocidos.
Terry abrió algo más los ojos al reconocer su nombre. Su sonrisa no desapareció, pero su mirada se tornó dura.
—¿Has venido hasta aquí para decirme eso?
Billy no tuvo tiempo de responder, porque Andy intervino entonces.
—¿Billy Kane? ¿El guardaespaldas de Geese?
Billy frunció el ceño debido a la manera en que ese joven pronunció el nombre de su jefe.
Andy dio unos pasos hacia él, y por reflejo, Billy levantó su bo y lo apuntó hacia el pecho del joven, quien se detuvo en seco, súbitamente enfurecido.
—No podrás evitar que… —empezó a decir Andy, alzando la voz.
—¡Andy! —interrumpió Terry con firmeza, haciendo que su hermano callara.
—¡Veremos si puedes mantener tu palabra en el cuadrilátero! —intervino Joe con tono estridente, mirando a Billy a los ojos.
Billy les dirigió una última mirada. Aquellos Bogard no eran delincuentes, no pertenecían a pandillas ni a grupos criminales. Los pocos registros que existían sobre sus vidas giraban alrededor de sus entrenamientos. No había nada de especial en ellos, salvo la reacción que provocaban en Geese-sama.
Al regresar al rascacielos, Billy encontró a su jefe aún en la oficina. Todas las pantallas instaladas detrás de su escritorio mostraban una imagen estática de Terry Bogard.
El día de las semifinales, Billy se encontró de pie en un puente muy familiar. Su primera participación en el torneo, años atrás, había sido en ese mismo lugar. Aún podía recordar las palabras con que Geese-sama lo había alentado. "Diviértete", había dicho, y esas palabras habían estado acompañadas por una sonrisa.
Sin embargo, las cosas habían cambiado. Esa mañana, Geese-sama no había tenido palabras amables para él. Su jefe le había dedicado una breve mirada, antes de darle la espalda y dirigirse hacia la ventana. Billy había apretado los dientes y guardado silencio, conteniéndose de expresar su preocupación una vez más.
Ese día, él vencería a Bogard y la participación del joven en el torneo quedaría interrumpida. El título de campeón continuaría en manos de Billy, y el KOF acabaría una vez más. Eso era todo lo que debía hacer. Ganar, como había hecho tantas veces antes, y evitar que Geese-sama enfrentara a Terry Bogard.
Para Billy, perder no era una posibilidad. No había pensado en lo que haría si Terry lo superaba, porque estaba seguro que aquello no iba a ocurrir. Él iba a ganar, por Geese-sama, por protegerlo.
Con sus emociones alteradas por aquel permanente estado de preocupación, Billy no previó la extensión del poder que Terry había estado ocultando hasta entonces. Guardar las mejores técnicas para usarlas en un ataque sorpresa contra un adversario particularmente diestro era algo que todos los luchadores hacían, pero con Terry, aquellas técnicas convirtieron un estilo de lucha callejera que Billy había estudiado bien, en un despliegue de habilidades que Billy no había visto a nadie usar antes, salvo Geese-sama.
La misma abrumadora energía, que se acumulaba en el aire con un brillo traslúcido, pero que golpeaba y lastimaba con la misma solidez que un objeto físico. La velocidad, la fuerza que no hacía más que aumentar; aquella energía fluía de la atmósfera hacia los puños de Terry, como si el joven tuviera la capacidad de atraer hacia sí un poder inacabable.
Y, por sobre todo, esa superioridad…
Por primera vez desde que había comenzado a participar en el KOF, e incluso desde que había empezado a trabajar para Geese, Billy tuvo que hacer frente a la posibilidad de perder. Volvió a conocer el dolor de unos golpes que podrían haber causado huesos rotos si él no hubiese sido lo suficientemente rápido para desviar parte de su fuerza, y sintió el casi olvidado sabor de su propia sangre en su boca.
En el último round, tuvo que batallar consigo mismo cuando su cuerpo lastimado y maltratado quiso darse por vencido. Se mantuvo en pie a costa de fuerza de voluntad, usando su bo como apoyo, resollando mientras un hilo de sangre bajaba por su frente. Ofuscado, Billy se preguntó por qué la pelea estaba yendo tan mal, si había enfrentado tantas veces el poder de Geese-sama. Y, lentamente, la respuesta tomó forma entre pensamientos que iban perdiendo claridad con cada segundo que pasaba. Terry tenía un motivo para querer ganar ese torneo, y luchaba con ahínco para poder alcanzar ese fin. No le importaba lastimarlo de ser necesario, porque él sólo era un obstáculo que debía ser eliminado.
Y, a diferencia de Terry, Geese-sama nunca había buscado hacerle daño durante sus entrenamientos.
Billy rio para sí. Aquel no era un momento propicio para sentir agradecimiento y admiración hacia su jefe, pero no podía evitarlo, porque ahora comprendía con cuánto cuidado Geese-sama controlaba su energía al entrenar, manteniéndola en un nivel que no fuera peligroso para él.
Al terminar de reír, Billy alzó la mirada hacia el cielo un momento, lleno de una renovada resolución. Él no iba a perder. No iba a fallarle a Geese-sama.
Terry no había bajado la guardia, pero lo observaba sin atacar. Había algo de pesar en su semblante.
—Mi problema no es contigo, Billy —dijo Terry, recorriendo el rostro ensangrentado del joven con la mirada—. El resultado es obvio, no tenemos por qué seguir. Sólo me interesa enfrentar a Geese. Entiendo que es tu jefe y sólo estás haciendo tu trabajo, pero si te interpones en mi camino…
—¡No menciones el nombre de Geese-sama tan a la ligera! —interrumpió Billy.
Terry lo observó curioso, con una expresión extrañamente honesta y calmada en su rostro.
—Ese hombre no merece tu respeto.
Billy empuñó su báculo, y el esfuerzo de dar un paso hacia Terry hizo que su visión se tornara borrosa.
—Geese-sama merece eso y más —gruñó, y sabía que aquella respuesta no era apropiada, pero no podía pensar con claridad. Le costaba mantener los ojos abiertos. No sabía cuántos segundos quedaban para que aquel enfrentamiento acabara.
—Geese es un asesino —dijo Terry en ese momento—. Asesinó a mi padre y no descansaré hasta cobrar venganza.
Todos los acontecimientos de los últimos días cobraron un súbito sentido para Billy. Ésa era la explicación tras la actitud de Geese-sama y la razón de su interés en Terry. Geese-sama tenía un vínculo con ese joven, y no había compartido el secreto con él.
Pero el que Geese-sama hubiese matado a alguien no significaba nada para Billy. No cambiaba nada.
—No te permitiré acercarte a él… —gruñó Billy.
—Lo siento, pero no hay nada que puedas hacer —interrumpió Terry, preparándose para atacar.
Billy evaluó sus opciones, odiando la bruma que se había apoderado de sus pensamientos. Él se encargaría de Terry, pero no podía cometer el error de confiarse. Debía dar la voz de alarma a alguno de sus compañeros. No debían permitir que Terry llegara a Geese-sama. Si lo que Terry quería era una venganza, aquella amenaza iba más allá del torneo. Todos los guardias de Howard Connection debían ser puestos al tanto sobre la existencia de este nuevo enemigo, y también sobre su hermano y el otro hombre que los acompañaba.
Sólo le tomó una fracción de segundo encontrar a Ripper y Hopper con la mirada, pero los secretarios estaban en el límite del cuadrilátero y no habían oído las palabras de Terry. Billy entreabrió los labios para advertirles sobre lo que estaba pasando, pero no alcanzó a hablar. Por el rabillo del ojo, notó el destello de la energía de Terry, y, aunque se apartó, ese breve instante en que había estado distraído buscando a sus compañeros le costó caro.
Un violento golpe en su cabeza hizo que el mundo se convirtiera en una irreconocible mancha blanca. El dolor se ramificó por su rostro y su cuello, y el resplandor dio paso a una profunda oscuridad. Billy intentó por todos los medios resistir, pero la inconsciencia lo envolvió como una suave manta mientras caía al suelo. Su último pensamiento antes de desmayarse fue un débil "Geese-sama…".
Fue el dolor lo que lo despertó. Por unos segundos, Billy yació en la cama con los ojos entreabiertos, confundido y sin recordar qué había sucedido. Había una presión angustiante en su cabeza. Los muebles de aquella habitación desconocida se desenfocaban en la penumbra.
Los eventos del torneo volvieron a él de golpe. La pelea contra Terry Bogard…
—¡Geese-sama! —exclamó, intentando incorporarse.
La punzada que sintió en la cabeza le arrancó un quejido, pero Billy bajó de la cama de todos modos. Alguien había dejado su bo contra el velador, y Billy lo tomó y se apoyó en él. Se dirigió a la puerta sobre piernas inestables, con la habitación girando a su alrededor. A través de las cortinas opacas de la ventana, percibió que ya había anochecido. Pero aún estaba a tiempo. Necesitaba advertirle a Geese-sama sobre las intenciones de Terry.
La puerta de la habitación se abrió y Ripper apareció ahí. Tras un breve momento de sorpresa al verlo de pie, el secretario lo sujetó por los brazos. Hopper estaba en el pasillo, su semblante preocupado. Billy reconoció el lugar. Era uno de los hospitales que recibían fondos de Howard Connection.
—Tengo que volver al rascacielos —murmuró Billy, sintiendo su garganta seca—. Terry Bogard busca hacerle daño a Geese-sama. Se inscribió en el torneo para eso, para llegar a… —Billy se interrumpió cuando el sonido de su propia voz hizo que el dolor empeorara. Todo su cuerpo estaba resentido tras la pelea. Sentía que las fuerzas le fallaban—. ¿Qué están esperando? —preguntó el rubio con tono hosco apenas se recuperó—. ¡No hay tiempo que perder!
Los secretarios intercambiaron una tensa mirada y Billy, pese a la debilidad que estaba sintiendo, la notó. Hopper sacó una radio de largo alcance de su bolsillo y se alejó de ellos.
—¿Qué está pasando? —gruñó Billy, observando a Ripper y luego echando a andar hacia la salida, tan rápido como sus pasos inestables se lo permitieron. El secretario fue con él, sin dejar de sostenerlo.
—La pelea de Geese-sama contra Terry Bogard es esta noche —informó.
—¡¿Qué?!
—Has estado inconsciente desde ayer.
—¡Maldita sea! —Billy aceleró el paso por aquel largo pasillo desierto. El personal médico que atendía en la recepción de esa planta mantuvo la mirada apartada, pero Billy ni siquiera notó su presencia. La angustia estaba comenzando a embargarlo.
Hopper se les acercó al terminar de hablar por la radio.
—El personal de seguridad ha confirmado que Terry Bogard está en el edificio. Ha subido a la azotea por orden de Geese-sama.
—¡Que lo detengan! —exclamó Billy.
—Es imposible. Sabes que el personal no tiene acceso a esa área —dijo Hopper con voz apagada.
Billy volvió a maldecir entre dientes. Habían llegado al ascensor, y el joven presionó el botón para bajar al primer piso repetidas veces, como si eso pudiera acelerar las cosas.
De pronto, Billy miró a Ripper y luego a Hopper.
—¿Por qué están aquí? —preguntó con un tono súbitamente hostil—. ¡¿Por qué lo dejaron solo?!
La voz de Billy hizo eco en las crudas paredes del lugar. El joven tuvo que cerrar los ojos con fuerza, presa de un intenso mareo.
—Billy, cálmate —dijo Hopper, ayudando a sostenerlo—. Probablemente Geese-sama estaba preocupado por ti y por eso nos ordenó que te vigiláramos.
—¡No es de mí de quien debe preocuparse! —gritó Billy, aún manteniendo los ojos cerrados.
—No ganarás nada gritando. Iremos a Geese Tower de inmediato —intervino Ripper.
—Debemos darnos prisa —murmuró Billy, maldiciendo una y otra vez entre dientes.
Hopper condujo a alta velocidad, ignorando las señales de tránsito. Apenas eran las nueve de la noche, y algunas avenidas aún estaban atestadas. Ir del hospital al rascacielos les tomó casi veinte minutos.
Billy estaba sentado en el asiento trasero, pálido y tenso. Durante su enfrentamiento con Terry, un golpe le había causado un corte en la cabeza que aún sangraba un poco. Al despertar en el hospital, Billy no había notado las múltiples heridas que lo cubrían, pero en el auto se había dado cuenta de que su cabeza estaba vendada, y que una suave gasa cubría un hematoma en su mejilla.
Con rabia, Billy había arrancado aquellos vendajes. Parte de su cabello rubio estaba manchado de rojo.
Su visión no se aclaraba. Las luces de la ciudad flotaban rodeadas de halos borrosos. La velocidad del vehículo le provocaba náuseas.
Había sido derrotado. A pesar de que había dado su palabra de proteger a Geese-sama, Terry Bogard lo había superado.
El rostro del joven rubio vino a su mente, sonriente y franco, y Billy sintió un profundo odio hacia él. Si Terry le hacía algo a Geese-sama… Si en verdad lo que buscaba era venganza… Él iba a matarlo. No iba a dudar en acabar con él para proteger a Geese. Y esta vez, el poder de Terry no lo tomaría por sorpresa. Acabaría también con su hermano Andy de ser necesario. No le iba a importar matarlos a ambos.
Pensar en el hermano de Terry hizo que Billy recordara repentinamente a Lilly. Con un quejido frustrado, Billy se sintió como una persona miserable por haber tardado tanto en pensar en su hermana. Ella debía haber estado viéndolo pelear en el KOF. Lo había visto salir herido y perder. Lilly debía estar angustiada también, y él no había pensado en ella hasta ese momento.
Sus pensamientos debieron reflejarse en su rostro, porque Ripper se volvió hacia él y lo observó a través de sus lentes oscuros.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Mi hermana…
—Ah, sí, la señorita Lilly llamó a la oficina para preguntar por ti —dijo Ripper con un asentimiento—. Estaba muy afligida, así que… mentí —Ripper hizo una pausa y se acomodó los lentes antes de seguir, incómodo—. Le dije que no se preocupara. Que lo que había visto eran sólo efectos especiales.
Billy miró al secretario desconcertado.
—Lo siento —dijo Ripper.
—No, hiciste bien —murmuró Billy—. ¿Te creyó?
—Sí.
Billy suspiró. Quería ir a ver a Lilly cuanto antes, para confirmarle que todo estaba bien.
Pero primero debía ir donde su jefe…
—¡Conduce más rápido! —ordenó Billy bruscamente, mirando a Hopper por el espejo retrovisor.
Hopper aceleró un poco más.
Las calles alrededor del rascacielos habían sido cerradas, y una muchedumbre curiosa se había reunido con la esperanza de ver algo interesante. Hopper perdió algunos preciosos minutos maniobrando el automóvil entre la multitud, y luego tuvieron que esperar a que los guardias confirmaran sus identidades antes de que apartaran las rejas metálicas para darles paso.
Billy observó el imponente el edificio por la ventanilla. Las avenidas estaban desiertas, los negocios cerrados. El rascacielos estaba completamente iluminado esa noche, y los curiosos miraban hacia lo alto señalando el último piso en medio de exclamaciones de sorpresa.
Billy y los secretarios observaron también. Un destello brilló contra el cielo nocturno, tan intenso que no era opacado por las luces del edificio.
—Maldición… —murmuró Billy, sin apartar la mirada. A pesar de la distancia, reconocía el brillo azulado del poder de Geese. El resplandor dorado debía ser la energía de Terry. El enfrentamiento continuaba. Eso significaba que aún tenían tiempo.
Hopper aceleró apenas los guardias los dejaron pasar. Billy continuó inclinado hacia la ventanilla abierta, con la mirada fija en lo alto del rascacielos. Hubo un centelleo lejano, parecido al de una explosión, pero ningún sonido llegó a ellos. Un parpadeo azul precedió a un fulgor dorado. Billy no podía saber qué estaba pasando. ¿Quién tenía la ventaja?
Pronto el ángulo y la cercanía al edificio no les permitirían ver nada más. Billy cerró los puños con fuerza. Estaba tan cerca… Ya casi habían llegado…
No hubo más destellos por unos segundos, y el joven se sintió inquieto. ¿La pelea había acabado?
"Geese-sama…", pensó para sí, queriendo confiar en que su jefe era quien resultaría vencedor.
Sin embargo, un nuevo resplandor se encendió en lo alto de la Torre, y esta vez, su color era solamente dorado. Billy entrecerró los ojos y forzó la vista. Y luego, completamente pasmado, notó una diminuta figura cayendo por un lado del edificio.
Al inicio, no reconoció de qué se trataba. No era más que un objeto que su visión borrosa no conseguía enfocar. Pero pronto el color rojo y blanco de esa figura le resultaron dolorosamente familiares. Conocía esa combinación bien. Eran los colores del uniforme de pelea de su jefe.
Geese estaba cayendo al vacío desde lo alto del edificio.
—¡GEESE-SAMA! —El grito de Billy resonó en el interior del vehículo. Los secretarios se sobresaltaron y observaron estupefactos. La figura continuaba en caída libre, más nítida ahora, ganando velocidad. No había más movimiento que aquel deslizar silencioso, ningún fútil intento por frenar la caída o protegerse.
La figura desapareció detrás de los muros del perímetro del edificio.
Billy se lanzó fuera del vehículo apenas estuvieron delante de la puerta. Entró corriendo al lobby vacío, ignorando su debilidad y su dolor. Sentía que su corazón se había detenido en su pecho y que no podía respirar, pero siguió adelante, apoyándose en las paredes cuando sus piernas amenazaron con doblarse bajo él.
No tenía duda de que quien había caído de la Torre era Geese-sama. No entendía cómo eso había sido posible, y temía lo que iba a encontrar cuando llegara a él, pero no podía detenerse. Todo lo que estaba sucediendo era su culpa, por haber perdido en el torneo, por no haber estado al lado de su jefe.
El muro exterior de Geese Tower cercaba unos amplios jardines ornamentales que decoraban las áreas laterales de la primera planta. De día, algunos empleados usaban ese lugar para fumar o tomar sus refrigerios. Pero por la noche, las explanadas y senderos estaban completamente desiertos. Billy llegó al jardín trastabillante. Las farolas ofrecían una luz tenue que no ayudó a su visión ya de por sí borrosa.
—Geese-sama —murmuró, avanzando con pasos torpes, buscando a su jefe.
Lo encontró en medio de una de las plazuelas, con una rodilla en tierra, cabizbajo y manteniéndose erguido a duras penas. A su alrededor, el empedrado del suelo estaba destrozado. Las baldosas y adoquines habían salido despedidos en todas direcciones, formando algo parecido a un cráter a su alrededor.
Pero Billy no vio nada de esto. Sólo vio a su jefe, arrodillado y respirando con dificultad, con su gi blanco comenzando a teñirse de rojo a una velocidad alarmante, y un charco de sangre acumulándose a sus pies.
—¡Geese-sama! —gritó Billy, corriendo hacia él, sin entender cómo podía ser posible que alguien hubiese caído desde tan gran altura y aún estuviese vivo. Sin embargo, la postura de Geese, la sangre que brotaba de sus heridas, todo le hacía pensar que su jefe aún podía morir en cualquier momento.
Billy llegó hacia él y lo tomó suavemente del brazo, temblando por la preocupación y también por el alivio de verlo vivo. Geese alzó el rostro unos milímetros y lo observó con unos apagados irises celestes.
—Billy, eres tú… —murmuró en una voz que era apenas un susurro.
—Sí, soy yo, Geese-sama —respondió Billy, pasándose una mano por los ojos para llevarse una humedad tibia que de súbito dificultaba aun más su vista. Consternado, Billy notó que el rostro de su jefe estaba pálido y ensangrentado. Había sangre entre sus cabellos, bajando por su frente, brotando de sus labios—. Por favor, resista. Lo llevaré a un… —Billy dejó de hablar. Geese había intentado ponerse de pie y había caído de rodillas otra vez con un quejido entrecortado.
Alarmado, Billy lo sostuvo. Además de los golpes y la hemorragia, estaba seguro de que su jefe había sufrido heridas internas y fracturas. Pero, ¿cómo había podido sobrevivir a una caída desde esa altura? ¿Cómo…?
Billy suprimió esos pensamientos. Lo que importaba era que Geese-sama estaba vivo. Y necesitaba atención médica de inmediato.
—¡Geese-sama! ¡Billy!
Los secretarios llegaron corriendo y contemplaron a Geese sorprendidos por un par de segundos antes de tomar acción. Billy no quiso que ellos se ocuparan de su jefe, y aseguró que él podía llevar a Geese-sama al auto, pero Hopper lo instó a que les permitiera ayudar, recordándole que él también estaba herido.
La mención de sus propias heridas hizo que Billy fuera consciente de lo debilitado que se sentía. Hopper tenía razón. No se encontraba en condiciones para serle útil a Geese-sama. Podía empeorar la condición de su jefe si insistía en ayudarlo cuando apenas tenía fuerzas para sostenerse a sí mismo.
Así, Billy cedió, agradecido de al menos tener a esos dos compañeros en los cuales podía confiar por completo.
Ripper ofreció llevar a Geese-sama en brazos hasta el sótano donde la limosina esperaba, lejos de las miradas de los curiosos, pero Geese lo rechazó ásperamente e indicó con un gesto que podía caminar por sí mismo. Esto resultó no ser del todo cierto, pero al menos Geese consiguió ponerse de pie, y Ripper lo hizo apoyarse en sus hombros.
Hopper se quedó cerca de Billy, pero el rubio murmuró:
—Ayuda a Geese-sama.
Hopper asintió, e hizo que Geese apoyara un brazo en sus hombros también.
Billy se esforzó por no angustiarse al ver que su jefe estaba arrastrando una de sus piernas al caminar, y que dejaba un rastro de sangre con cada paso.
El camino hacia el elevador fue lento. Billy se adelantó y confirmó que el lobby estuviera vacío, para que nadie viera a Geese-sama en ese estado. Los pocos guardias que encontró en el camino fueron enviados a buscar a Terry Bogard.
El indicador de uno de los ascensores principales del recibidor marcaba que alguien descendía desde los pisos superiores, y Billy le hizo una seña a los secretarios para que no se acercaran. Evaluó por un breve instante quedarse a confirmar si se trataba de Terry, para matarlo por lo que le había hecho a Geese-sama, pero luego decidió que eso no era una prioridad. No podía separarse de su jefe. Debían buscar ayuda cuanto antes y tenían poco tiempo para salir de ahí. Comenzaban a oírse unas sirenas en la distancia.
Tomaron uno de los elevadores secundarios sin que nadie los viera. En el sótano, subieron a Geese con sumo cuidado en el asiento trasero de la limosina. Billy se situó a su lado, notando el tapiz húmedo de sangre, y resistió el impulso de mostrar lo preocupado que estaba por su jefe. Quería preguntarle qué había sucedido, abrazarlo, examinar sus heridas. Necesitaba decirle lo aliviado que se sentía de que estuviera vivo. Y, por sobre todo, quería pedirle perdón por haberle fallado.
Pero, en vez de eso, mientras Hopper ponía el vehículo en marcha, Billy volvió a frotarse los ojos para ocultar un rastro de humedad, y dijo suavemente:
—Geese-sama, necesito detener esa hemorragia.
Geese no respondió, pero tampoco lo rechazó. Billy apartó lentamente los pliegues ensangrentados del gi de su jefe y encontró un extenso corte en el lado derecho de su cadera. La tela de sus ropas estaba desgarrada y parte del músculo de su pierna estaba expuesto. La sangre no dejaba de brotar.
Ahogando su angustia, Billy se sacó la camiseta que llevaba y utilizó la parte que se veía más limpia para hacer una firme presión contra la herida. Geese se tensó en respuesta, pero no dijo nada. En el asiento delantero, Ripper y Hopper intentaban decidir a qué hospital ir.
—Ningún hospital —habló Geese entonces, su voz un susurro—. A la mansión.
—Pero, Geese-sama —intentó protestar Ripper.
—Traeremos a los médicos a él —dijo Billy entonces. No estaba de acuerdo con la idea, pero entendía el razonamiento de su jefe. En un hospital, demasiada gente lo vería lastimado. Los rumores empezarían a correr. Sus enemigos sabrían que estaba herido y expuesto, fuera de la protección del rascacielos.
Lo mejor era mantener a Geese-sama lejos de la vista del público, y su mansión era el segundo lugar más seguro en esa ciudad.
Los secretarios no intentaron oponerse y Hopper enfiló hacia la carretera.
Billy se centró en la herida de Geese. Su camiseta estaba ya empapada de sangre.
—¡De prisa! —masculló Billy, pese a saber que Hopper estaba conduciendo muy por encima del límite de velocidad.
Ripper estaba coordinando por radio para que uno de los médicos de Howard Connection acudiera cuanto antes a la mansión. También ordenó que sólo el personal esencial y de mayor confianza permaneciera en la propiedad. Al igual que Billy, Ripper comprendía la desventajosa situación en que Geese-sama se encontraría si sus enemigos y competidores se enteraban de que estaba herido. Debían mantener ese incidente contenido.
Billy se encogió al sentir un intenso dolor en su costado, justo debajo de sus costillas. Al mirar, se dio cuenta de que Geese había alzado una mano hacia su torso descubierto, y rozaba un extenso moretón que uno de los ataques de Terry Bogard le había dejado.
Geese observó aquel hematoma y luego lo miró a él a los ojos. Billy se estremeció. El enfrentamiento con Terry y la posterior caída habían drenado todas las energías de Geese-sama. Sus irises usualmente intensos se veían opacos.
El contacto en su costado se interrumpió cuando Geese dejó caer su mano. Billy continuó inclinado hacia su jefe, presionando la herida sangrante aún. Con su mano libre, tomó la de Geese.
Se miraron por un segundo más, y luego los ojos de Geese comenzaron a cerrarse.
Algo en el rostro exhausto de su jefe hizo que Billy se alterara. El joven temió lo peor.
—¡Geese-sama, abra los ojos! ¡Geese-sama!
Los secretarios se volvieron hacia él, alarmados, pero Billy pronto dejó de gritar.
Geese estaba inconsciente, pero sus dedos estaban cerrados con firmeza en la mano de Billy, como si, a pesar de todo, intentara tranquilizarlo.
—Geese-sama... —susurró el joven bajando la voz e inclinando su rostro para ocultar la preocupación y culpabilidad que lo ahogaban.
Billy no podía permitirse caer en la desesperación ni dejar que la angustia lo paralizara. Ante todo, debía cumplir su trabajo, y continuar protegiendo a su jefe.
Geese seguía inconsciente cuando llegaron a la mansión. Desoyendo las protestas de Ripper y Hopper, Billy ignoró sus propias heridas e hizo una rápida ronda por la propiedad para verificar que el lugar fuera seguro. Envió a todo el personal de turno a reunirse en un salón alejado de la alcoba del empresario, para que nadie viera la gravedad de estado de Geese-sama.
Los secretarios se encargaron de llevar a Geese a la habitación en el segundo piso. El médico que Ripper había mandado llamar llegó a los pocos minutos, demudado y nervioso. Sus órdenes eran permanecer en la mansión por tanto tiempo como Geese Howard lo necesitara. No se le permitiría salir, para evitar que filtrara información al exterior. Si intentaba escapar o si no proporcionaba un buen servicio, su familia sufriría las consecuencias.
Billy permaneció en el dormitorio de Geese mientras el médico daba un diagnóstico preliminar. El hombre recomendó encarecidamente llevar al empresario a una clínica donde pudieran tomarle radiografías, porque estaba seguro de que había sufrido múltiples fracturas y no podían descartar una hemorragia interna. Billy intercambió una mirada con Ripper al oír eso, pero ninguno respondió. Geese había dicho que no quería ir a un hospital. A menos que su vida corriera un grave peligro, ellos debían obedecer.
El médico suturó la herida abierta que Geese tenía en la cadera, y también los cortes sangrantes en su cabeza. Billy sintió un vacío en el estómago cuando el médico se retiró, y él se quedó unos minutos a solas con su jefe, que yacía inconsciente en la enorme cama con dosel de la habitación. El espacio vacío del amplio colchón hacía que Geese se viera más pequeño. Los vendajes en su cabeza le daban un aspecto frágil que Billy no había esperado ver nunca en él.
Billy permaneció junto a la cama por un largo rato. Le dolía la cabeza y también todo el cuerpo, pero no quería apartarse de Geese. Hopper le trajo ropas limpias, y Billy sólo tomó una camiseta y se la puso, y continuó de pie vigilando a su jefe, ignorando su propia debilidad y cansancio.
La imagen de Geese-sama cayendo por el aire volvía una y otra vez a su mente, peor que una pesadilla, porque era algo que había sucedido en la realidad. Geese-sama podría haber muerto esa noche, y Billy le había fallado y no había podido protegerlo.
Era inconcebible que su jefe aún estuviera ahí, después de sufrir una caída así. Pero era la verdad. Geese-sama había logrado lo imposible, y había sobrevivido.
Billy se inclinó y posó su mano sobre la de Geese. El rostro del empresario estaba pálido y desmejorado, su cabello desordenado debido a los vendajes. Además de las lesiones causadas por la caída, tenía marcas de golpes en el torso y en sus brazos, producto de la pelea con Terry. Su rostro usualmente perfecto estaba salpicado de magulladuras.
A pesar de su desasosiego, la admiración que Billy profesaba hacia su jefe no hizo más que aumentar. No le importaba el resultado de la pelea contra Terry. Quizá éste había usado un truco sucio porque no pretendía ganar, sino vengarse de Geese. Pero si su plan había sido asesinar a Geese-sama lanzándolo desde lo alto de la Torre, entonces Bogard se iba a llevar una buena sorpresa cuando descubriera que Geese no había muerto.
Billy maldijo para sí, lleno de amargura. Geese era asombroso, pero él era inadecuado. Todas las promesas que le había hecho sonaron a palabras vacías. ¿Qué había pensado su jefe al verlo perder? ¿Qué iba a cambiar ahora que Geese-sama lo había visto fallar?
La puerta de la habitación se entreabrió y Ripper se asomó.
—Billy, ven un momento.
A regañadientes, Billy se apartó de su jefe. Hablaron en el pasillo, en voz baja. Hopper también estaba ahí.
Ripper informó lo que el médico le había reportado. Geese-sama no corría peligro de muerte, pero una fractura en su cadera no le permitiría moverse por un tiempo. No debían posponer indefinidamente el llevarlo a un hospital, o aquel daño podía dejar una secuela permanente.
—Decidiremos qué hacer cuando despierte —indicó Billy con tono firme, y los secretarios se mostraron de acuerdo. Sin embargo, Ripper se mantuvo pensativo y luego comentó:
—El pergamino está en la bóveda, si sabes la combinación, podrías...
Ripper lo decía con buena intención, pero Billy sintió la inmediata aversión que le provocaba hasta la más simple mención de ese documento.
—Geese-sama no está en condiciones de utilizarlo —gruñó, y Ripper no insistió.
Pero el pergamino secreto permaneció en la mente del joven, y Billy se preguntó si Geese-sama podría utilizarlo para curar sus propias heridas, a pesar de encontrarse tan débil.
Hopper tomó la palabra entonces, y les transmitió la información proporcionada por el personal de seguridad que aún permanecía en la Geese Tower. Habían conseguido evitar que la policía entrara en el edificio, pero numerosas personas habían visto a alguien caer desde lo alto, y una investigación era necesaria. Las autoridades no tardarían en conseguir una orden para entrar en el rascacielos. Era necesario que alguien con jerarquía acudiera a la Torre para lidiar con ese asunto.
—Iremos nosotros —dijo Ripper—. Billy se quedará vigilando a Geese-sama.
—¿Qué hay sobre Bogard? —intervino Billy con voz áspera.
—Abandonó el edificio sin que nadie lo viera. Algunos informantes dicen haberlo visto con sus compañeros en el centro de la ciudad.
—Ese maldito... —gruñó Billy para sí, molesto porque Terry estaba en completa libertad, mientras Geese-sama yacía herido en una cama.
—El rumor de que Geese-sama ha muerto ha empezado a extenderse por todo South Town —continuó informando Hopper—. Mucha gente lo vio caer.
—¿Cómo saben que era él? —masculló Billy.
—No lo saben, pero eso hace más interesante el rumor —explicó Hopper—. ¿Qué debemos hacer? Puedo indicar al personal que intenten desmentirlo...
Los secretarios observaron a Billy, esperando una indicación sobre cómo proceder. Billy intentó pensar qué haría su jefe. ¿Qué les convenía? ¿Cómo podían sacar ventaja de esa situación?
Desmentir el rumor limpiaría la imagen de Geese, pero Terry Bogard sabría que había fallado en consumar su venganza y quizá volvería a intentarlo.
Dejar que los habitantes de South Town creyeran que Geese estaba muerto sumiría a la ciudad en el caos.
Billy cerró las manos en puños. No podía ser objetivo esa noche. No después de ver a su jefe caer a lo que debería haber sido una muerte segura.
—Dejen que crean que Geese-sama ha muerto —ordenó, y los secretarios se miraron turbados, pero acabaron asintiendo. "Yo me encargaré de Terry Bogard personalmente", pensó Billy para sí, antes de continuar—. Nosotros nos ocuparemos de Howard Connection hasta que Geese-sama se recupere.
—Bien. Volveremos ahora a la Torre. Te mantendremos informado —indicó Ripper.
Billy asintió, pero Hopper lo miró un momento más, indeciso.
—Tú también estás herido. Quizá uno de nosotros debería relevarte.
—Estoy bien —mintió Billy—. Cuidaré de Geese-sama.
—Regresaremos apenas acabemos los asuntos pendientes en la Torre —indicó Ripper.
—De acuerdo.
Los secretarios partieron y Billy regresó a la habitación de Geese. Con pasos lentos, el joven volvió a acercarse a la cama y observó el rostro dormido de su jefe.
—¿Usted lo sabía? —murmuró Billy en voz apenas audible—. ¿Sabía que Terry Bogard quería vengarse y aun así… lo recibió?
Billy conocía la respuesta, pero no entendía los motivos. ¿Qué era Terry de Geese? ¿Un enemigo jurado?
—Como sea… Esto no va a quedarse así —susurró Billy, sin apartar la vista, observando con pesar la magulladura en la mejilla de Geese—. No permitiré que vuelva a acercársele.
Sí… Apenas fuera seguro apartarse de Geese, iba a buscar a Terry Bogard, e iba a matarlo.
La imagen de Geese-sama cayendo al vacío regresó una vez más a su mente, nítida, como si lo estuviera viendo caer otra vez. Podía sentir la brisa que entraba por la ventanilla del auto mientras él miraba hacia lo alto, el momento de incredulidad al reconocer a su jefe, cayendo…
Cayendo a una muerte segura.
A medida que lo sucedido finalmente iba calando en él, Billy estuvo seguro de que Geese-sama debía haber muerto esa noche, porque nadie podía sobrevivir a una caída así. Aquello que Billy tanto temía y que se suponía debía evitar, había ocurrido, sin que él pudiera hacer nada. Había fracasado al intentar detener a un enemigo, y luego no había podido cumplir su deber de proteger a su jefe. Desde donde se mirara, él había fallado. La posibilidad de la muerte de Geese pesaba en su consciencia, tan angustiante como si realmente hubiese ocurrido.
Geese-sama continuaba ahí gracias al poder extraordinario que poseía, y no gracias a él.
Billy empezó a temblar de forma incontrolable, y se sentó a tientas en el sofá colocado junto a la cama. No podía enumerar los errores que había cometido desde que Terry Bogard había aparecido, porque eran demasiados. Si Geese-sama hubiese dependido sólo de él, aquella caída habría sido su fin.
Al regresar, los secretarios encontraron a Billy aún en el sofá. El joven había arrastrado el mueble cerca de la cabecera de la cama de Geese, y estaba sentado ahí, con las piernas recogidas y sosteniendo el sansetsukon fuertemente en una mano. Su rostro estaba pálido y sus ojos llenos de rabia. A pesar de las horas que habían pasado, Geese aún no había reaccionado ni despertado.
Ripper tenía mucho que reportar sobre la situación en Geese Tower, pero optó por obligar a Billy a tomar un descanso. El joven protestó, pero ambos secretarios consiguieron convencerlo de que al menos fuera a dormir unos minutos al sillón. Ellos vigilarían, y le harían saber de inmediato si algo ocurría.
Ripper llevó al joven por el brazo, prácticamente a rastras. El dormitorio de Geese era espacioso, con una decoración recargada que emulaba a los interiores de los palacios del renacimiento inglés. Había una sala de estar frente a la chimenea en la pared más alejada de la cama. El empapelado de las paredes combinaba oscuros burdeos y ocres, y el espacio en los muros había sido utilizado casi en su totalidad para colocar cuadros al óleo y motivos que evocaban a escudos heráldicos. Los sillones instalados cerca de la chimenea eran de madera labrada y tapizado de brocado granate y dorado.
Ripper hizo que Billy se cambiara a unos pantalones limpios, porque los del joven seguían manchados de sangre, y luego lo obligó a recostarse en el mueble más amplio, ya que Billy parecía querer zafarse de él para volver donde Geese-sama.
—Si estás débil y agotado no podrás hacer tu trabajo. Recupera fuerzas antes de que Geese-sama despierte —ordenó Ripper en voz baja, pero con tono firme y desaprobador.
—¿Hay noticias de Terry Bogard? —preguntó Billy con voz apagada mientras Ripper buscaba un cobertor en el armario.
—Sigue en la ciudad. Te daré un informe completo después de que hayas descansado.
—No lo pierdan de vista, quiero saber dónde está en todo momento —ordenó Billy con voz hosca.
Ripper asintió, sin pasar por alto la similitud de las palabras de Billy con la orden que Geese-sama le había dado días atrás cuando lo envió a vigilar a Bogard.
El secretario cubrió a Billy con una manta delgada y disminuyó la intensidad de las luces. Billy se acostó de lado, de cara hacia la cama de su jefe. Su cabello rubio seguía manchado de sangre seca, y, al igual que Geese-sama, sus mejillas y todo su cuerpo tenían rastros de magulladuras.
Era inconcebible que los dos miembros más fuertes de Howard Connection hubiesen sido lastimados por una misma persona, pero era lo que había sucedido.
Billy había conseguido mantenerse lo suficientemente centrado sin entregarse a la desesperación, pese a las circunstancias, pero Ripper sabía que el joven estaba llegando a un límite. La angustia que Billy sentía por Geese-sama comenzaba a hacerse evidente, tal como había ocurrido años atrás, durante el viaje a Japón.
Sin embargo, esta vez las cosas eran distintas, porque Billy también estaba herido. Y, aunque hubiese sido contratado como un guardaespaldas, en situaciones como aquélla, el joven también necesitaba que alguien cuidara de él.
Apesadumbrado, Ripper fue a reunirse con Hopper, que esperaba junto a la cama. Tenían que hablar sobre cómo debían proceder.
—... hay dos versiones de los hechos —estaba explicando Ripper—. Entre la ciudadanía, se rumorea que usted ha muerto. Una segunda versión asegura que usted está gravemente herido, y recluido en su departamento en el rascacielos. No hemos desmentido la información, en vista de que los agentes de Krauser están intentando dar con su paradero.
Ripper hizo una pausa y esperó. Geese estaba en la cama recostado contra los almohadones y escuchaba con los ojos cerrados.
—Al parecer, no nos vieron llegar a la mansión y por el momento nadie tiene motivos para sospechar que usted se encuentra aquí.
Geese asintió.
Ripper guardó silencio. Geese había despertado hacía unas horas, y de inmediato había preguntado sobre el estado de sus negocios y la ubicación de Terry Bogard. La gravedad de sus heridas lo mantenía inmovilizado en la cama, pero no había ningún gesto que demostrara si estaba sintiendo dolor. El médico había acudido a examinarlo nuevamente, y Geese había asegurado que ir a un hospital era innecesario.
Pero Ripper no estaba tan seguro de que eso fuera cierto. Sabía que no era prudente tomar una caída de esa magnitud tan a la ligera.
Un suave gemido proveniente de los sillones lo sacó de sus pensamientos. Se oyó un débil "Geese-sama..." que era casi un sollozo, seguido de un "no... ¡no!".
Geese entreabrió los ojos.
—Despiértenlo —ordenó.
Ripper hizo un gesto con la cabeza hacia Hopper, que esperaba junto a la puerta.
Entendiendo el mensaje silencioso de su compañero, Hopper fue hacia los sillones, donde Billy estaba teniendo una pesadilla.
—Billy... —llamó con suavidad, sacudiéndolo por un hombro.
Billy abrió los ojos de golpe, sus pestañas húmedas.
—Estabas soñando —explicó Hopper ante la mirada confusa del rubio.
—Actuaremos cuando sea el momento —dijo Geese entonces, retomando la conversación con Ripper, como si la interrupción no hubiese ocurrido.
Billy reaccionó de inmediato al oír la voz de su jefe.
—¿Geese-sama...? —murmuró, volviéndose hacia la cama y viendo al empresario y a Ripper conversando—. ¿Por qué no me despertaste? —reclamó Billy en un siseo, observando a Hopper con molestia.
—Órdenes —se defendió Hopper.
Billy se levantó e hizo una mueca al sentir el dolor de cabeza que aún le aquejaba. Sus pasos fueron rígidos cuando se acercó a su jefe.
Por un breve instante, nadie dijo nada. Billy observó a Geese, y su alivio por verlo despierto desapareció pronto, porque el semblante de su jefe estaba pálido y había una debilidad general en su apariencia. Los vendajes eran un doloroso recordatorio de que él había fallado en su tarea de protegerlo.
Geese había cerrado los ojos nuevamente, y no le dirigió la palabra a Billy. El joven sintió una punzada en su pecho ante esa actitud, pero se mantuvo en silencio. Era perfectamente entendible si su jefe estaba decepcionado de él.
Todo lo que Billy podía hacer ahora era aceptar su castigo y buscar la manera de resarcirse. Tenía que demostrarle a Geese-sama que un error así no se volvería a repetir.
—¿Desea que lo dejemos descansar, señor? —preguntó Ripper cuando Geese permaneció con los ojos cerrados y sin hablar.
Hubo un tenue asentimiento y Ripper hizo un gesto para que salieran de la habitación.
Billy no se movió de donde estaba.
—Geese-sama... —murmuró, pero su jefe pareció no oírlo, y no hubo ninguna reacción.
Comparto un fanart realizado por Yeh, basado en el capítulo 6, aquella —ahora lejana— noche en que Geese-sama visitó a Billy en su dormitorio y lo observó perdido en reflexiones. Thank you so much, Yeh! ^^
Twitter: Yeh_and_Yah/status/1229430583723380737?s=20
