Autora: Scarlet Raven.

Parejas: Spirk.

Derechos: Los personajes no me pertenecen, naturalmente y para mi desgracia. Únicamente la historia es imaginación mía.

Disclaimer: Drama, drama, muerte y drama. O quizás no. El contenido puede herir o perturbar a personas sensibles.

[•••]

"Tú eres mi única brújula

podría perderme sin ti.

¿Podrías decirme a donde ir?

Tengo suerte de que has estado

manteniéndome cerca".

-The Neighbourhood; Compass.

Es espeluznante; las cuatro patas esqueléticas sostienen el resto de su cuerpo, que consiste en un torso largo , de donde se desprenden dos brazos con garras metálicas que raspan el pasto e incluso en la hierba producen un silbido irritante.

La cabeza en forma de medio círculo está dividida por la mitad, mostrando una hilera de puntiagudos dientes entrelazados de una extraña forma; no tiene ojos, sin embargo, los orificios a los costados de la media luna se expanden repetidamente, olfateando en el aire, buscando una dirección en concreto: la que lo guía hasta ellos.

Hay un momento de silencio en el que Spock y Jim se miran, dubitativos. Un silencio en el que únicamente las hojas de los árboles se atreven a moverse. La criatura se gira hacia el árbol, golpeando las garras contra la corteza del tronco. Las hendiduras en su rostro vuelven a expandirse; gira la cabeza súbitamente hacia ellos.

Spock retrocede, guiando a Jim por el camino que menos ruido podría hacer. El monstruo, la única forma en la que Jim puede describirlo, levanta la cabeza, emitiendo de sus dientes un gruñido que hace gemir de dolor a Spock, cubrir sus sensibles orejas y doblarse en sí mismo.

Es suficiente para encontrarlos. Jim casi puede verlo en cámara lenta: la forma en la que su cabeza se deforma, abriéndose en dos.

Corren, serpenteando entre los árboles, buscando el camino más alejado del campamento. Detrás de ellos, como si se divirtiera, el monstruo golpea las garras contra el suelo, perforando la tierra; a medida que avanza, corta ramas, y tira árboles que son difíciles de esquivar.

—¡Jim!

Siente un brusco tirón en la parte trasera de la chaqueta; Spock lo jala, empujándolo contra un árbol. Lo mantiene pegado a su cuerpo, mientras las garras metálicas raspan el lugar donde él estuvo segundos antes.

Vuelven a moverse, esquivando un nuevo golpe que troza el árbol en dos. Se separan, yendo por dos caminos diferentes; lanzando un rugido, la criatura se enfoca en Jim.

Desearía tener un fáser, tener tiempo para huir. Por tercera vez la esquiva, pero ahora, el árbol que cae contra Jim lo lanza hacia el suelo. No puede ver a Spock. No puede ver nada que no sean los dientes afilados que desprenden moco y caen contra el tronco. Como ácido, el líquido deshace la madera.

—¡Jim!

El sonido del bat estrellándose contra la parte trasera de la criatura resuena como un eco en el bosque. Fugazmente Jim se pregunta como McCoy ha llegado hasta ellos, pero no tiene mucho tiempo para procesarlo. Se levanta, esquivando las patas que perforan el suelo.

Uhura también está ahí, viendo la escena. Jim entiende su estupefacción, pero sabe que no es el momento indicado para paralizarse.

—¡Nyota!— grita, corriendo hacia ella—. ¡El cuchillo!

En sus manos, la teniente sostiene con fuerza un cuchillo curveado. Comprendiendo, ella se lo da a Jim; él corre de vuelta.

McCoy ha destrozado el bat contra el ser y ahora, esquiva sus garras al trepar a un árbol. En cuanto Kirk está cerca, ella voltea, el resto de su cuerpo tiembla y se gira en secuencia hacia él. Kirk apenas puede esquivar las patas, inclinándose y metiéndose entre ellas. Empuña el cuchillo, empujándolo con todas sus fuerzas contra el tórax.

El arma sale disparada, rebotando en la dura piel que no sufre ni un solo rasguño. Maldice por lo bajo. Spock ha aparecido en su campo de visión nuevamente. Él y Chekov sostienen un galón con un líquido oscuro.

"Aléjate".

Él siente las palabras, formándose en su mente como el reflejo del deseo de alguien más. Obedece, arrastrándose. Toma a McCoy de los hombros, levantándolo del suelo a donde ha caído.

—¡Carajo! ¡¿Jim qué haces?!

—¡Distracción!

Pero es más que eso. Cuando Jim se separa, grita a la criatura y agita los brazos frente a ella, sabe que es más que distracción; incluso la lógica de Spock, susurrando en su propia mente, lo hace ver sencillo: Jim, a quien ha lamido, es la única esencia que persigue el monstruo.

Trepa a un árbol, que cae cuando es rápidamente alcanzado, produciendo un enorme estruendo. A pocos metros, puede ver la camioneta. Corre hacia ella, mientras medio cuerpo de la criatura se gira, como un búho, y gruñe a Uhura, que se ha trepado a su torso e intenta apuñalarlo. El sonido estridente la hace gritar, tapándose los oídos, perdiendo el equilibrio cuando la criatura se eleva y vuelve su atención a Jim.

Olfatea en el aire, gruñendo, corriendo a una velocidad alarmante. Jim abre la puerta de la camioneta, pero es arrastrado por las garras, que lo lanzan con fuerza al suelo. El aire se escapa de sus pulmones, el golpe en la cabeza lo aturde por un momento.

Sobre él, la criatura olfatea y lame su cara. Jim siente un picor en el rostro por la viscosa secreción. Lanza una garra contra su rostro, y Jim se gira para esquivarlo. La criatura gruñe. Jim intenta empujarla, golpearla, patearla, pero es inútil.

Ella se lanza contra él, deteniéndose a pocos centímetros de su rostro. Ella se voltea, gruñe. McCoy, usando una rama puntiaguda, la ha atacado de nuevo. Aunque es inútil, pues gruñe, gira su torso, y clava una de sus garras en el pecho de McCoy.

—¡No!

El grito de Jim se mezcla con el de Uhura y el aullido del monstruo. Kirk forcejea, tratando de liberarse de las patas que le mantienen fijo en el suelo.

Mientras las garras afiladas del monstruo vuelven a clavarse en el torso de Bones y rasgan su cuerpo en dos, Jim solo puede gritar; sentir un hueco en el corazón mientras ve morir a su mejor amigo.

Kirk golpea y patea con todas sus fuerzas.

"Libérate".

Intenta concentrarse en ese pensamiento; Spock, que está rociando al monstruo con un líquido, crea la suficiente distracción para que el agarre se afloje y Jim pueda gatear bajo las patas, levantarse y correr un par de metros. Scott lanza un cerillo, y la gasolina cobra vida.

El monstruo grita, gruñe, lanza sus garras por todas las direcciones. Una de ellas alcanza a Jim, le rasga el hombro, pero él, junto con su poca tripulación, corren hacia el bosque.

Jim no se gira a mirar el cuerpo desmembrado de McCoy.

Bajo el cálido sol, deambulan por horas en el denso bosque. Guardan silencio, como parte del luto que Huesos merece y que no pueden darle completamente en ese momento en el que deben seguir huyendo para no ser una presa más.

Jim los guía por senderos ocultos entre los troncos de los árboles, en lo que considera la mejor dirección hacia un lugar seguro. A veces giran, cambian de sendero, y pasan por alguna cueva, o varias cuevas.

—¿Capitán? —Jim se detiene, girándose hacia Chekov, que le mira con un deje de preocupación—. Capitán, si me permite hacer un observación... es la tercera vez que pasamos por aquí. Me parece que estamos caminando en círculos.

Jim levanta la cabeza, analizando con detenimiento las piedras que les rodean. A él no le parece haberlas visto antes, pero tampoco le resultan desconocidas. Su mente se siente tan abrumada, que no sabe por donde va. Echa un vistazo a Spock, sintiendo el reconocimiento a través del vínculo. Negarlo sería pura necedad de su parte. Ni él, ni los pocos integrantes de su equipo, tienen energía para continuar.

—De acuerdo. Descansaremos aquí. Uhura.

Ella se ha sentado en un tronco apostado en medio de dos grandes rocas que los cubren, permaneciendo atenta a las órdenes.

—¿Si, capitán?

—Busca establecer comunicación con Sarek, necesitamos las coordenadas que nos prometió.

—Enseguida, capitán.

—Los además...— es dificil pronunciar solo nombres, y recalcar que Leonard no está, ni volverá a estar con ellos— ayuden a la teniente. Spock y yo haremos guardia.

Como uno solo, todos se ponen en movimiento. Spock y Jim van a donde las rocas son más altas; desde ahí es fácil vigilar el perímetro. Ambos comparten un roca. En la lejanía, la ciudad se expande ante ellos como un lecho agonizante. Por mucho que lo intenta, Jim no puede sacarse de la mente la expresión de dolor de Huesos. Su mirada, en la que en lugar de temor, encontró resignación. Jim no es débil. Él fue entrenado para soportar eso y mucho más.

Sutilmente, y sin mediar palabras, Spock desliza los dedos sobre la mano de Jim, en una caricia íntima. Entrelazan sus dedos, índice y medio, y permanecen quietos, mientras su vínculo toma vida con ese contacto, y aunque su dolor no mengua, Jim no se siente solo. Sabe, por primera vez en su vida, que no necesita soportar todo el solo.

Frente a ellos, la colina muestra la ciudad y más allá, los restos de la base. Es Spock quien interrumpe el silencio. Lógicamente, volviendo a la amenaza que se les ha presentado.

—Cuando el mensaje de advertencia llegó, y advirtió la amenaza a los restantes, asumí erroneamente que el ataque sería diferente. No preví que hubiera alguna criatura de esa clase.Y mucho menos que seríamos victimas de ello. Me disculpo, capitán.

—Spock —Jim desliza los dedos sobre el dorso de su mano. Hay una sencilla verdad en sus palabras—. No podemos culpar a nadie. No teníamos idea. Y aunque hubiera sido así...

Guarda silencio, la verdad no dicha suspendida en el ire. "McCoy podría haber muerto de todas formas". Él continúa:

—No sabemos cuantos más hay de esos. Pero no podemos con todos. Necesitamos salir de aquí, Spock. Necesitamos sacar todos antes de que sea demasiado tarde.

En el silencio que sigue, Jim busca trazar un plan que les ayude a transmitir el mensaje a nivel global. Sería más sencillo si su tecnología no fuera limitada. Pero, se recuerda Kirk, Spock había encontrado una manera de trasmitir el mensaje fuera del planeta. Hacerlo con la Tierra sería pan comido.

Detrás de él, Scott se aclara la garganta, sorprendiéndolos.

—Capitán.

—¿Que sucede, Scotty?

El ingeniero le observa con atención. Sus ojos dicen mucho más de lo que sus palabras. Se rasca la nuca, y golpea nerviosamente la punta del pie contra la roca. Jim se prepara para ello.

—Yo... sé lo que se siente perder a un amigo cercano. Lo lamento.

Jim piensa en Keenser, en como se debió sentir el ingeniero al perderlo cuando la nave fue destruida. Y, entonces, no quiere hablar de ello. No puede. Pero asiente, porque es El Capitán, y debe hacerlo.

—Gracias, señor Scott.

—¡Capitán, lo tenemos!

Uhura se acerca a él, con el padd modificado en la mano. Es un mensaje que Sarek dejó en la bandeja de la Flota Estelar. Parece ridículo, pero ahí están las coordenadas para encontrar las naves, así como diversos archivos con sellos rojos de "Clasificado", mapas y diferentes contraseñas que el vulcano empieza a revisar paulatinamente.

—Spock, ¿podrás transmitir esto?

—Hay un 67.3% de probabilidades, Jim.

—Volvamos a la ciudad.

[***]

San Francisco se ha transformado en una de las ciudades fantasmas. Las personas han huido, buscando refugios inexistentes. Jim y su tripulación caminan en silencio por las calles, en una ruta familiar que ahora se ve totalmente diferente al encontrarse vacía.

Las puertas del edificio de comunicación están exactamente como las dejaron. Son Uhura, Scotty y Spock los encargados de conectar el padd a los equipos transmisores, ajustando los equipos para que estén en sincronía con la misma frecuencia.

Cuando la noche cae, el aire se vuelve cálido y la ciudad se mantiene iluminada por la luz de la luna llena y las estrellas. Jim no se permite pensar en Huesos, así que en un intento de olvidar su dolor, se enfoca en despejar el piso en el que se encuentran. Él, junto con Chekov, llevan los cuerpos sin vida a la parte trasera del edificio y los incineran.

Exploran unos cuantos edificios, buscando personas que se hayan quedado refugiadas ahí, y provisiones. Encuentran comida, pero no personas. Al volver, reparten las pocas provisiones que han encontrado.

Modificar los transmisores para tener un alcance de enorme magnitud les lleva tiempo. Las horas transcurren con lentitud; tras cada minuto, es fácil ver el cansancio en sus amigos, así como la forma en la que aferran sus esperanzas al aparato.

Cuando el ocaso llega, y el sol ilumina la ciudad, convirtiéndola en un lugar bañado en color oro, finalmente lo consiguen. Aunque todos están agotados, y ninguno celebra su logro.

En la sala de conferencias, Jim se desliza frente al asiento del micrófono. Se prepara, inhalando hondo en el momento en el que Uhura comienza a transmitir el mensaje. Es directo, mientras su voz resuena en las bocinas de emergencia de la ciudad.

—A todos los que me escuchan: mi nombre es James Tiberius Kirk, capitán de la nave Enterprise y comandante de la Flota Estelar. Soy un sobreviviente. Hemos recibido un mensaje de amenaza por parte de una especie nunca antes vista.

Vuelve a inhalar. Sabe que no tiene sentido mentir, aunque las palabras le saben amargas.

—Sabemos que muchos de ustedes esperan que la Flota venga a ayudarnos. Hemos logrado establecer comunicación con Vulcano y por desgracia, sabemos que la única manera de sobrevivir es evacuando el planeta. Sé que no es sencillo de escuchar. Pero deben entender que la Tierra ha sido únicamente uno más en la lista. Civilizaciones, especies, y planetas han sido destruidos. No hay nada que podamos hacer. Tenemos naves que nos ayudarán a salir. Después nos reuniremos con los demás sobrevivientes de los planetas que han logrado evacuar— observa a Spock por reflejo, deseando con todas sus fuerzas que Sarek no se equivoque—. Los esperaremos tanto como sea posible. Por favor, vengan. Este mensaje y las coordenadas serán retransmitidos hasta que las naves despeguen.

Se aparta, dejando que Chekov ocupe su lugar y comience a leer las coordenadas. El alférez lo hace. Spock programa la transmisión para que sea repetida cada hora. Entonces parten.

Las coordenadas que Sarek les ha enviado están descritos con un mapa cuyo punto de inicio es, ilógicamente, el lugar donde estaba la oficina de Spock, en la Academia. Bajo la guía de Chekov y su interpretación con el mapa, recorren el destruido lugar como si de un laberinto se tratase.

—¿Qué es ese sonido?— pregunta Spock, deteniéndose. Aunque todos se miran, ninguno comprende lo que sucede, hasta que Spock toma el PADD, que emite un pitido agudo, que solo el vulcano y su afinado oído puede escuchar.

—Por aquí— ordena Spock, siguiendo el segundo pitido, que responde al PADD y que proviene de algún lugar entre los escombros.

Bajo la atenta mirada de todos, Spock remueve piedras, encontrando una luz en el suelo que parpadea constantemente al ritmo del sonido de la tableta.

"Sarek dijo que tenías que re programar todo", le recuerda Jim mentalmente. "Creo que solo tú podrías descifrarlo".

Es el único que puede descifrarlo. Le toma algunos minutos, mientras revisa las coordenadas, el mapa, y los archivos que Sarek les envió. Finalmente, bajo una última pulsación a la pantalla, el pitido cesa y bajo ellos, el suelo se divide en dos en un estrecho camino que desciende por escaleras.

Se miran entre ellos y, después, miran a Jim, esperando una orden. Kirk, mirando el subterráneo que se abre ante ellos, relame sus labios.

—Aquí vamos— anima; es el primero en bajar.

Caminar por los pasadizos laberínticos es incómodo. Las puertas se cierran detrás de ellos, dejándolos en un lugar que es más estrecho de lo que habrían pensado. Los hombros de Jim rozan con las paredes al caminar; huele a humedad, y está sumergido en una oscuridad abrumadora por la cual Spock, el último del grupo, va guiándolos. Los únicos sonidos son sus pasos, y la lenta respiración que se obligan a tener debido a la escasez del aire y el calor asfixiante del túnel.

Eventualmente, va volviéndose más amplio, permitiéndoles moverse con mayor agilidad y rapidez. Después de una larga caminata, Spock vuelve a informar.

—Capitán, escucho el sonido de nuevo. Puedo afirmar con certeza que estamos cerca del lugar.

El padd resplandece ante dos amplios portones metálicos que se desplegan frente al grupo; responden a la contraseña que el vulcano ingresa. Las puertas se deslizan ante ellos, dejando ver un rayo de luz proviniente de sol que lastima la vista de Jim. Parpadea, buscando acostumbrarse.

Ante ellos el paisaje es hermoso. Una de las reservas naturales más extensas de la tierra, con colores variados que llenan de vida el lugar. Caminan nuevamente, dejando que sea Chekov quien los guíe hasta dar con una gran enredadera que guarda humedad.

Jim y Scotty se miran, confusos.

—¿Es todo?— pregunta el ingeniero, cruzándose de brazos—. Pensé que sería más... especial, ¿saben? Quizás un laboratorio gigante con tecnología primitiva que podríamos descifrar al estilo de los años 2000 y...

Mientras él parlotea, Spock aparta las vegetación. Tras la gran enredadera llena de flores moradas, se esconde una puerta de pesado metal. Del lado derecho, hay un control que pide una clave de acceso; Spock, que no ha prestado atención al debate que mantienen los demás sobre sus especulaciones, coloca el código que Sarek ha enviado.

El portón se abre, callando súbitamente a todos.

—Santo Dios...

Jim está totalmente de acuerdo con Uhura.

En su entrenamiento en la Academia, los cadetes habían sido llevados a diversos laboratorios avanzados para que eligieran cuidadosamente lo que deseaban estudiar. Eran lugares enormes con la mejor tecnología, y los mejores técnicos e ingenieros. Esos labortorios no eran más que un juego de niños comparado a lo que se muestra ante ellos.

Hay vestigios de la cultura vulcana por donde quiera que mira. Las computadoras podrían verse como la mejor tecnología del planeta tierra, si ellos no supieran que es lo más antiguo que poseen. En el amplio espacio por el que entran hay luces que parpadean en rojo, advirtiendo una intrusión. Un escáner los analiza de pies a cabeza y cuando termina, las luces dejan de titilar y recuperan un color cálido que termina de iluminar el resto del sitio.

Jim se dirige directamente al puesto de control, en el segundo piso. Como lo imaginó, la puerta está cerrada con uno de los bloqueos de accesos ya tan familiares.

"¿Spock?", intenta por el vínculo. Espera, paciente, a que el Vulcano se percate de su llamado. Aparece a su lado.

—¿Si, Jim?

—La puerta...

—Por supuesto, capitán.

Mediante el padd y el acceso que Sarek les dio en los archivos, Spock despliega la puerta. El centro de mando es similar al puente del Enterprise, por lo que es sencillo identificar cada departamento en el sitio, y rápidamente, su tripulación ocupa sus puestos. Jim camina hacia la silla de mando, acariciando el borde aterciopelado del respaldo con cariño. Piensa en el Enterprise, su mayor orgullo, olvidado en medio de un bosque sombrío. Se gira hacia Nyota.

—Teniente Uhura, establece comunicación con Sarek. Pregunta cuál es su posición, y cuánto tiempo esperarán por nosotros. Necesitamos que nos den todo el tiempo que sea posible.

—De inmediato.

—¡Carajo! ¿Qué demonios es eso? ¡Son como huevos de metal gigantes!

—Vamos Scott, no es para tanto.

Si lo es. Detrás del muro de contención, las naves se muestran como óvalos de metal pulido dispuestas en un hangar recubierto de piedras extrañas parecidas al jade. Cada una esta conectada a un punto de acceso diferente, en los puestos del sexto y séptimo nivel. El metal del que están recubiertos reflejan su alrededor, como espejos. Scott lanza un silbido.

—Spock, ¿Cuánto tiempo te tomará reprogramarlas?

—La tecnología data de décadas de antigüedad. Asumo que serán un par de horas, como máximo.

—Bien. Scott te ayudará.

—Si, capitán— responden ambos al unísono, encaminándose a su nueva tarea.

—Uhura, en cuanto tengas las coordenadas, entrégalas a nuestro timonel para que trace las posibles rutas.

Chekov, comprendiendo su tarea, asiente y comienza a explorar las computadoras para ver si alguna puede facilitarle su tarea. Jim ocupa el puesto de Scott, revisando las pantallas, cambiando de una cámara a otra, buscando por el perímetro alguna señal de vida. Las pantallas le muestran dónde se encuentran: en la ladera de una alta montaña, cerca del desierto.

Según los archivos de la computadora, la base en la que se encuentran fue creada como un refugio temporal y una salida de escape para el gobierno que lideraba los países mucho antes del primer contacto. Una zona que era considerada una leyenda urbana, llamada el Área 51, había guardado el secreto de los primeros Vulcanos en la tierra, con la condición de que ayudaran en la construcción de aquel lugar, bajo la protección de un organización llamada "ONU".

Para Jim todo tiene mucha lógica. Vuelve a mirar las pantallas, fijándose especialmente en el tono rojizo que ha adquirido el cielo ante el atardecer. Es el final de su tercer día. El adiós a la luz de los astros. Si la amenaza es real, y esta seguro de que lo es, deben estar preparados para un ataque, o algo peor.

Busca entre las demás computadoras hasta dar con el control de seguridad. En un principio no lo entiende, pues es complicado. Pero a medida que va explorando, logra enceder los visores nocturnos y los escáneres terrestres. Está enfrascado en su tarea, hasta que siente una vibración en el suelo. Extrañado, se detiene, buscando con la mirada a sus amigos. Ellos se miran entre sí, con la misma curiosidad.

La vibración aumenta, el suelo se mueve con violencia; los escáneres muestran la agitación de la tierra y aquel fuerte temblor que cesa en tan solo unos segundos.

"La tierra está colapsando", dijo Sarek. Su tiempo se termina.

—Chekov, ocúpate de la seguridad. Vigila cuidadosamente, y no abras esa puerta a nadie que no sea de nuestra galaxia.

—¡Si, capitán! ¿Qué hará usted?

—Buscar a Spock.

Lo encuentra en el hangar donde las naves están perfectmente alineadas. Desde esa corta distancia, Jim puede ver la magnitud de su capacidad. Miden al menos la mitad de lo que media la Enterprise y es el doble de ancha. Su capacidad, si leyó bien en los archivos, es para 5000 personas, aunque no pueden llevar algún otro tipo de cargamento ni suministros, por lo que su viaje deberá de ser rápido.

Inclinados sobre la consola de programación, Scott y Spock ingresan datos y ajustan cables y tarjetas de memoria. Jim se detiene en la puerta, observando la agilidad que ambos tienen, admirando la sincronía con la que ajustan todo. Hay diversión por el vínculo, y entonces, escucha una voz.

—Capitán— saluda, sin girarse.

—Me descubriste, Spock. ¿Algún avance?

—Hemos determindo los problemas a los que las naves han sido sometidas y los hemos solucionado. Unicamente debemos re programar los controles para poder tener control manual. Después estaremos listos para partir en cuanto de la orden.

—Capitán— interviene Scott— si me lo permite, iré a buscar alguna comida antigua que no nos envenene. Y un buen trago. Especialmente un buen trago.

—Adelante, Scotty.

Ven partir a Scott, que habla consigo mismo como lo haría con Keenser en el pasado. Después admiran la nave, sumergidos en un cómodo silencio. Se pregunta qué habría dicho McCoy de ellas. Pensar en eso le llena de una melancolía que no intenta ocultarle a Spock, quien se ha vuelto una agradable presencia dentro de su mente. Por ello, no se sorprende cuando el vulcano tira del vínculo e intenta enviarle calma.

—Mis condolencias por la muerte del señor McCoy.

Jim asiente. Problablemente Huesos le habría dado un consejo fantástico y después habría hecho una broma, porque, al fin y al cabo, su muerte significó demasiado para Jim. Él suspira, observando los pisos restantes.

—Me salvó la vida.

—Te consideraba su amigo.

—Lo era. Lo fue siempre. Sin él yo...

Guarda silencio. En toda su vida, mientras todos le daban la espalda, McCoy siempre había estado ahí para él. Había sido la única persona que había visto sus demonios, y aún así, en vez de reprocharlo, se había quedado y le había ayudado a ser mejor. Huesos era la mejor prueba de lealtad. El mejor amigo que había tenido.

Spock no lo presiona para seguir hablando. Lo escucha con atención, dentro y fuera de su mente, quedándose a su lado como una presencia maravillosa y reconfortante. Jim interrumpe el nuevo silencio.

—¿Podremos salir de aquí en eso?— pregunta, refiriéndose a las naves.

—Serán capaces de resistir hasta el extremo de la galaxia. Entonces, necesitaremos ayuda de otros para continuar nuestro trayecto.

Jim asiente. Toma las manos de Spock, jugando con sus dedos mientras su mente calcula la distancia, y la forma sorprendente en la que esperan viajar para dejar toda su vida, y literalmente todo lo que conocen, atrás.

Spock toma su rostro, deslizando los dedos por sus pómulos, por su frente, mentón. Las caricias atraen su atención por completo. Es una muestra de cariño que le sorprende, nunca antes experimentada. El tacto le gusta. Le hace sentir una seguridad reconfortante. Es como hallar agua en el desierto, solo que mil veces mejor.

Están besándose, con parsimonia; toman el tiempo del que no disponen, y exploran sus labios con cautela. Jim se apoya en la consola cuando los labios de Spock recorren su cuello.

El vínculo vibra, como antes lo hizo en el bosque; es diferente ahora, también. No es urgente, o rudo. Es reconfortante, como si Spock quitara parte de su carga y la tomara consigo.

Avanzan, hasta que Spock está sentado en la silla giratoria a sus espaldas. Sin dejar de besarlo, Jim se sienta encima de él, moviéndose en un lento va y ven que le eriza la piel y le hace jadear.

Siente la exitación de su cuerpo y, bajo él, la de Spock.

—Quédate conmigo— susurra de pronto, sus palabras doliendo por lo que implican. Se imagina sin Spock, sin su presencia y la maravilla que es tenerlo. El pensamiento duele, y Jim sabe que no tener a Spock, sería como estar muerto en vida.

Spock lo besa, sus manos descendiendo por sus nalgas, abriendo su pantalón con la misma pereza con la que se separa para mirarlo.

—Lo haré— promete, y Jim le cree. Se siente bien. La promesa de Spock le hace sentir como si pudiera lograr cualquier cosa.

Retrocede lo suficiente para desabrochar el pantalón del vulcano. Libera su miembro, que une al de Spock, y se empuja, moviéndose deliberadamente lento, observando el rostro de Spock.

El férreo autocontrol que mantiene sobre su cuerpo va desmoronándose a medida que el climax está más cerca. Sus facciones se mantienen serias; su mandíbula apretada y el fuerte agarre que mantiene en la cadera de Jim son los únicos gestos que muestra.

Jim apoya las rodillas en la silla, baja su pantalón, guiando el miembro duro de Spock al punto que los une, y los vuelve uno mismo cuando se desliza pausadamente hasta tenerlo completamente en su interior.

Vuelve a moverse, con calma; con los ojos entrecerrados, observa los ojos de Spock, que no se apartan. Por el vínculo, Jim sabe lo que pasa realmente. Las oleadas de placer que aquella lentitud con la que follan le causa, su cuerpo pidiendo por más, porque sea más rápido.

Es hermoso. Vuelve a besarlo, complaciéndolo, apenas conteniendo sus gemidos hasta que se corre, y segundos después, siente a Spock viniendose en su interior.

Los espasmos de placer permanecen por algunos segundos. Jim sabe que su tiempo es corto, pero aún así, se queda en el regazo de Spock y disfruta de comprobar que su respiración está agitada, y que le cuesta regularla mucho más de lo que él vulcano acepta.

Cuando pasa un rato y se han recuperado, finalmente se separan. Recorren el hangar, Spock le muestra a Jim cómo funcionan las naves. Le explica que harán un viaje más lento de lo normal, pero si logran salir del planeta, entonces lograrán encontrarse con Sarek.

—Vamos a salir de aquí, Spock— afirma Jim, cuando el vulcano se ve demasiado pensativo respecto al plan que Sarek ha hecho.

—Jim, creo que...

—¡Capitán!

Chekov aparece por la puerta, con la respiración agitada y el cabello alborotado por haber corrido.

—¡Capitán, han venido! Hay personas viniendo hacia aquí.

Jim puede, y al mismo tiempo no puede creerlo. La emoción que florece en su pecho es tan intensa que incluso Spock la siente. Emocionado, Kirk palmea el hombro del Vulcano.

—Iré en un minuto, Chekov.

Cuando el timonel los deja solos de nuevo, Jim toma la mano del vulcano. Le da un leve apretón, y entrelaza sus dedos con los de él.

—¿Decías?

Pero Spock niega, retrocediendo un paso. Hay una minúscula sonrisa en su rostro.

—Debemos recibir a las personas, capitán.

En el cuarto de control, las pantallas no muestran nada en un principio. Chekov mueve las cámaras para ellos, pero todo lo que se ve es la ladera de la montaña, y la arena del desierto moviéndose por el viento.

Debajo de las pantallas, el escáner muestra lecturas de personas acercándose; al volver la atención a la pantalla del exterior, por fin lo ve.

Es un niño, subiendo la ladera; se ve cansado, pero cuando pone un pie delante de la enredadera, empieza a reír con emoción y agita los brazos. Tras él, su padre se ve aún más cansado, al igual que las decenas de supervivientes de diferentes mundos que comienzan a llegar. Son una multitud congregada al borde de la ladera, buscando algo que sea parecido a un refugio de la Flota Estelar.

—Vamos a dar la bienvenida.

Scott obedece su orden de inmediato. Presiona botones, y el refugio vibra levemente.

Afuera, la enredadera comienza a fragmentarse. Las lianas caen, dejando a la vista un enorme sector metálico. La puerta se desliza hacia abajo, dejando a la vista el hangar de naves y, delante de ellas, a Jim, que está sonriendo.

—Mi nombre es James Kirk. Están a salvo.