Día nueve: "¿Cómo era el dicho? ¡Pelirrojos sean unidos! ¿Así era?"

Nathaniel y Sabrina.


Jardín de Infantes

Sabrina odiaba su cabello pelirrojo... o naranja, o como sea, no le gustaba. El color se asemejaba a las verduras que más asco le provocaban: calabazas y zanahorias, ¡puaj! Y lo aborrecía aún más cuando las señoras se lo comparaban con las hojas de otoño, ¡sabían sus peluches cuánto detestaba el otoño!

Así que, Sabrina con solo cinco años aprendió a dibujarse a sí misma (o a garabatear, mejor dicho) con el cabello marrón, ¡o mejor! ¡Rubio! Como el de la chica esa Choco, Lochle… ¿Chloé? Da igual, el punto es cuánto odiaba su cabello.

Pero entonces una mañana del maldito otoño, ingresó un tomate caminando a lo que sería la verdulería completa. En serio, tenían berenjenas con esa tal Marinette, bananas con Chole, fresas con la Salix (o Alix, realmente era mala con los nombres), ¡solo faltaban los tomates! ¡Y encima con un nombre difícil; Natariel!

—Jamás, jamás, jamás —repetía Sabrina, cruzándose los brazos, mientras observaba como el niño garabateaba un autorretrato, usando orgullosamente el crayón rojo. —Jamás, jamás, jamás —se decía, inflando los mofletes cuando esa amiga nueva suya, la rubia (¡Chloé, ahora sabía pronunciarlo!), le preguntaba por qué no hacía lo mismo con sus dibujos.

Jamás, jamás, jamás ella aceptaría el cabello rojo, ni el suyo, ni de los demás. Detestaba como los adultos le alborotaban el pelo, pidiendo suerte; como los niños de su edad se reían de ella, señalándola; el cómo su familia paterna, excepto por su padre, se ponían el cabello de colores normales, ¡porque ser colorado era una mierda! (había aprendido esa palabra de un señor en la calle, le parecía graciosa).

¡Jamás!

—¡Miren, el fenómeno otra vez usa el rojo! —gritó un niño, aprovechando que la maestra se había ido del aula en urgencia, para molestar a Nathaniel —¡Eres una persona, per-so-na! —deletreó él. Al parecer, hace poco había aprendido a hacerlo —, a ver si lo entiendes, ¿o eres un animal, un zorro?*

Sabrina que estaba observando la escena, casi apenada y algo molesta, recibió un toque en el hombro, de parte de su amiga rubia. La pelirroja la miró, prestando atención a lo que esas hebras doradas andantes le decían.

—¿No lo ayudarás? —preguntó Chloé.

—¿A quién? —Una mirada rápida fue suficiente respuesta para Sabrina, quien empezó a negar con la cabeza de forma exagerada —¡Jamás!

—¡Eh, su cabeza se parece a la caca roja que hace mi madre!* —opinó otro niño, uniéndose a la humillación pública del colorado. «¿Qué es una caca roja?» le preguntó Sabrina a Chloé; ésta negó con la cabeza, igual de impactada.

La chica pensó que el niño nuevo lloraría y aprendería la vieja lección que ella aprendió también, pero no fue así. Nathaniel se levantó, arrebatando el dibujo al otro niño y empujándolo en el acto. El otro mocoso dejó las risas a un lado, preparándose para tomar los crayones y apuñalarlo con uno al pelirrojo, mientras los demás niñatos le animaban.

«¿Dónde está la maestra?» pensó en desesperación. Cerró los ojos, esperando que alguien actúe.

¡Jamás!

—¡A mí me gusta mi cabello! —El grito, para sorpresa de todos, incluida Sabrina, provino de ella misma. ¡Por sus peluches, en qué se había metido! Pero no había vuelta atrás —¿También se reirán de mí, cuando mi padre es policía!*

El matón de la clase y sus cómplices se rieron, pero el resto de la clase no. Sabrina quería llorar; ahora se la tomarían con ella, ¡estúpido Nathariel!

—¿Se reirán de mi amiga también? ¡Tú padre trabaja para el mío, zoquete, así que ve con cuidado! —Sip, esa era su nueva amiga, Chocle. Sabrina suspiró, ¡la amaba!

Luego del incidente, que terminó enseguida ante el retorno de la maestra, Sabrina se acercó a la mesa de Nathaniel. Él la miró y, sin decir nada, le hizo un lugar a su lado.

—Hey… —el niño fijó sus grandes ojos azules en ella, Sabrina se puso tan roja que se camufló perfecto con su cabello —¿Cómo puedo pintar el color de mi pelo con mis crayolas? ¡Porque no te creas que es rojo tomate como el tuyo! Es más bien…

—Naranja, como las zanahorias —completó él, sonriendo. A Sabrina le sorprendió que, por primera vez, no le molestó que alguien comparara su cabello con tal aberración.

—¡Puaj, zanahorias!

Presente

—¡Puaj, zanahorias! Mi mamá todavía no entiende que, porque me haya acostumbrado a las calabazas, no significa que ame a las zanahorias. ¿Lo puedes creer? —se quejó Sabrina, mirando su lonchera.

Nathaniel la escuchó en silencio, recordando que desde que eran tan pequeños, a su pelirroja amiga seguía sin gustarle esa verdura. Rio, recordando también otras cosas, el cómo se conocieron, por ejemplo.

—¿De qué te ríes, eh, tomate? —Él negó con una sonrisa suave, si le contara en qué estaba pensando, ella lo negaría totalmente con un siempre me he amado tal como soy, no sé de qué hablas —¡En serio, Nathaniel! ¡Nath!


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*: Los insultos son bastante básicos porque son niños jajsj ySI.

*: Esto me dio risa porque jajajajaja, si nos ponemos a pensar, habla de la menstruación y ninguno de los niños sabe qué es.

Conversación conmigo misma:

Yo fabulosa, diosa, perra: ¡Capítulos cortos, por favor te lo pido Constanza, drabbles!

Mi cerebro: Are u sure about that?

Mis dedos: jajajsjs qué se yo, estamos pendejos.

Mi imaginación: Pues no, mi ciela.