Las Aventuras de Anakin
El pequeño Anakin Solo miró la situación completamente incómodo, sin saber que hacer.
Era la hora del desayuno y, por razones que los mayores no le daban, su padre había vuelto a dormir con él. Echaba de menos el cómodo pecho de mamá Rey y su suave respiración contra su pelo. Aquel olor a margaritas que la acompañaba era una sinfonía que lo invitaba a dormir plácidamente. No sabía porque, desde que volvió de dormir en casa de la abuela Leia, llevaban unos días bastante raros donde intentaban parecer normales, pero sus infantes ojos podían ver el conflicto que había entre los dos: solo le prestaban atención a él, no hablaban ni cambian una sola mirada. Anakin solo podía quedarse a ver, pero notaba que no podía hacer nada para saber algo más.
En la escuela todo parecía normal. Desde que Rose Tico cogió el timón de la clase, todo estaba completamente desbordado. Hacían lo que le daba la gana para evitar que dieran algo que Rey hubiera dado mil veces mejor. Los niños no querían a Rose, no se acostumbraban a ella y ya llevaba días la directora detrás de ellos intentarlo calmarlos, pero no existía forma alguna de poder contra sus derechos de alumnos del Stardust: querían de vuelta a la profesora Sunshine.
" ¿Qué te pasa, Ani? " pregunto una de sus compañeras. Anakin vio que era la bella Padmé, la hija de unas personas muy importantes a la que le había cogido un cariño muy especial pero no terminaba de saber que era. " ¿Sabes algo de la maestra Sunshine? "
" Si… pero no puede volver por lo que dice la directora "
" ¿No hay forma de que vuelva? " el revoltoso Milo apareció por la espalda, cotilla, queriendo saber más de la conversación
" ¿Qué ocurre, Anakin? " preguntó otra compañera, Rosale.
Ignorando las peticiones de la profesora para que hicieran los ejercicios de sumas, Anakin explicó desde su mesita decorada con naves espaciales lo poco que él sabia de la situación a sus compañeros más cotillas. De algo estaba seguro, que la maestra se iba a casar con su padre, pero nada más.
" ¡Esta claro! " interrumpió su compañera Rosale de forma avispada " Es como en el libro de Cupido que nos leía la maestra antes de marcharse: les han lanzado una flecha de plomo "
" ¿No era de oro? " preguntó sin entender el joven Milo
" Era de oro, pero algo ha pasado que se ha vuelto de plomo. Una cosa rara de esa de adultos como las series raras latinas que ve mama al medio día" justificó ella sin pestañear. Todos los niños se quedaron boquiabiertos ante las sabias palabras de su compañera, quien intentaba aparentar una seriedad que no podía
" ¡Qué bien!" exclamó uno de sus compañeros " Así Rey volverá a darnos clase "
" Pero la maestra Koe siempre dice que nos tenemos que llevar todos bien, Ashe " una vez más, Milo recibió las malas miradas de sus compañeros
" Milo tiene razón" dijo Padmé " Pero volverá triste y según lo que nos leyó la profesora, eso desenamora, estará siempre triste. "
" Anakin, te toca arreglar el problema " ordenó Ashe delante de todos con aires de superioridad
" ¿Y cómo lo hago? " preguntó sin saber que hacer
" si te ayudamos a desaparecer por unos días, los preocupamos y así los unes" propuso Rosale, ganando miradas de aprobación " Y si preguntan, estabas buscando algo. Si lo tienes en tu mano, ya no será mentira "
" ¡Ya se! La abuela tiene en el despacho uno de los libros que cogió de la casa de papa…"
" ¡Muy bien! ¡Qué empiece la operación "Hagamos Sonreir a la Profesora Sunshine"de inmediato! "
" ¿Qué hacéis, niños? " preguntó la maestra Tico al ver a los alumnos hablando de forma animada al rededor de la mesa de Solo. " ¿Estáis haciendo los ejercicios? "
Los niños disimularon con gran maestría sus pequeños y alocados planes para que la profesora no pusiera en sobre aviso a la directora. Durante las últimas horas del día, los pequeños estuvieron pasando notas de como Anakin debía esconderse mientras ellos hablaban con los adultos y los mareaban. Sabían que todos les iban a creer porque eran pequeños y adorables, por lo que el pequeño hijo único debía darse prisa en esconderse en cualquier parte después de coger el libro. Sabía que era uno grande, con letras grandes del que solo sabía leer una, love, pero nada más.
Con sumo cuidado, se separó del grupo mientras mareaban a la profesora Rose y entró en el despacho de la directora. Para su suerte, estaba vacía y con las persianas a un nivel bajo, símbolo de que ella ya no iba a estar más por el centro. Por alguna razón, ella nunca las bajaba al completo y pensaba que lo hacía para que los grandes monstruos no entrar y se escondieran en la oscuridad. Siguiendo el consejo de sus compañeros, no encendió la luz y buscó aquel libro. Habían varios de distinto tamaño y grosor, con dibujos o tan llenos de letras que parecían una sopa negra e incomprensible. Pero ese libro no aparecía, todos eran de la directora, tenían su nombre y sello, pero nada más. Dándose por perdido, se sentó en la silla giratoria de la directora. Le costó un poco, pero no tardó en intentar dar vueltas.
" ¡Los cajones! " se dio cuenta después de completar un par de vueltas a duras penas
Solo abría una de las tres, que tenía varios sellos, sobres y bolígrafos. Bien al fondo de ese mismo cajón estaba la llave que necesitaba para poder abrir los otros dos. Esperando encontrar ahí, pero solo encontró clasificadoras. Completamente desanimado, empezó a intentar ver había en esas clasificadoras: mientras que una se ahogaba en kilos de hojas llena de firmas y demás, la otra estaba vacía, solo con el libro que estaba buscando. Victorioso, guardó las cosas tal como las recordaba, uso la llave para cerrarlo todo bien y agarró el libro.
Curioso, intentó abrirlo, pero no podía. No habían hojas. Estaba seguro de que ese era el libro de su casa, el love estaba ahí, por lo que intentó una vez más abrirlo por el único hueco que tenía. En esa segunda ocasión se fijo que si tenía una única linea que dividía todo el libro, por lo que tiró de ambas. Tal fue la fuerza bruta del pequeño que se abrió solo y de golpe, que unos pequeños objetos brillantes saltaron por los aires. Rodaron hasta debajo del escritorio. Alarmado, el pequeño Anakin los buscó. Asustado, buscó los objetos brillantes. Los segundos se hicieron eternos, arrodillado mirando cada rincón en el que pudieran estar, buscando el mínimo brillo que pudiera ser una pista hacia aquellos objetos.
" ¡Por fin! " dijo Anakin con los ojos rojizos de querer llorar por no encontrar los objetos en concreto. Los guardó con sumo cuidado y, cual pequeño tesoro, apretó contra su pequeño pecho el libro.
Abrió la puerta y se encontró con que el centro estaba completamente solo. Daba mucho miedo, no habían luces y por las ventanas del pasillo se veía que estaba oscureciendo. Había perdido la noción del tiempo y, a pesar de haber conseguido lo que en un principio se proponía, sentía que se echaba para atrás.
" ¿Quién anda hay? " escuchó a lo lejos del pasillo. Era la chica de la limpieza, dedujo Anakin al escuchar las chirriantes ruedas del carrito.
Intentando no hacer ruido, retrocedió hacia el despacho. Cerró con cuidado la puerta y se escondió en un hueco que había entre el armario y los percheros llenos de gruesos abrigos que servirían para ocultar su presencia. Escuchó los pasos de alguien, estaba en la puerta. Susurró varios alejate deseando que hicieran efecto, que no abriera esa puerta y delatar su posición. No sabía que había sido, si existía dios o la fuerza, pero aquella señora se había alejado. Suspiró y se acomodó en el sitio con aquel libro contra el pecho. Después de examinar con detenimiento que tenía entre manos, dedujo que eran los famosos anillos de compromiso, pero no entendía que hacía la abuela con aquello. Se acurrucó y, dejándose llevar por la suavidad de uno de los abrigos, cerró los ojos.
Simplemente se durmió.
" ¡Anakin! " la suave y aterciopelada voz de Rey sonaba lejana y preocupada. Poco a poco abrió los ojos y vio los rostros preocupados de sus padres en frente de él.
" ¿Mamá? " preguntó con somnolienta voz. Intentó tender aquel libro, pero se cayó de sus manos y volvió a cerrar los ojos.
Lo último que llegó a ver era como los fornidos brazos de su padre lo levantaban del suelo.
