Disclaimer: Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen, son de Craig Barttlet.
Antes que comiencen con la lectura, quiero hablarles del poema en el capítulo anterior. Se titula "Mordiscos" y lo adapté un poco para que encajara en lo que buscaba proyectar (nimiamente) está publicado en el sitio de por la autora LenguaGinebra. Les dejo la URL por si desean leer el original www. fictionpress s / 3286278 / 1 / Mordiscos (sólo quiten los espacios) Los créditos a ella por tan hermosa creación.
También quería agradecerles por sus reviews, SD Sandra D, Mario DV, MyMindPalace221b, revaca27, Violet Hello. Wow, 40 reviews, no puedo creérmelo. Con lo del COVID-19 me han mandado a hacer home office lo que me permitió terminar este capítulo con relativa rapidez.
Exhorto a quienes vivan en países donde este virus esté siendo un riesgo a la salud, que tomen las medidas de prevención aconsejadas: Evitar saludos de mano, de beso, compartir alimentos o vasos o platos con otras personas, lavarse muy bien las manos y de ser posible usar gel antibacterial, cubrir nariz y boca con la parte interna del codo al estornudar y evitar espacios públicos concurridos.
Gracias por el apoyo que han dado a esta historia. Han sido increíblemente comprensivos y eso lo agradezco enormemente. Espero que la lectura sea de su agrado, disfrútenla y espero poder leerlos en los comentarios que dejen.
Los sucesivos golpes en la puerta hicieron que el sueño de Rhonda se viera interrumpido. Ni siquiera tenía idea en qué momento cayó dormida. Recordaba haberse puesto a llorar como no hacía desde niña, sobre el pecho de Arnold. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que se sentaron en el piso, al instante en el que intentaba remover la pereza que aún estaba poseyéndola, pero deseaba que no fuera demasiado.
Los golpes en la puerta se volvieron más insistentes y la pelinegra terminó por levantarse de su improvisada cama, que aparentemente era un, nada elegante, asiento trasero de algún viejo vehículo. Giró confundida, y por la ventana se encontró con el rostro preocupado de Nadine.
Retiró el seguro, sintiendo todavía vestigios de la duermevela en la que se había inducido su mente después de más de una veintena de horas sin dormir.
-¿Rhonda?- la voz de su amiga se escuchaba rota.
-¿Pasó algo?- preguntó con aprehensión, sintiendo que el mundo se le caía a los pies cuando decenas de terribles escenarios, cada uno peor que el anterior, desfilaron en su mente antes de que la rubia pudiera darle una respuesta… Harold… Lorenzo… pensó con angustia.
-Llegaron los demás. Ya sabes. Sheena, Iggy, Eugene, Rex, Stinky… Agatha y Sid- el último par de nombres los murmuró. Se sentía tonta, muy tonta, abrumándose por la presencia de su ex novio y la chica con la que la engañó, mientras dos de sus amigos cercanos luchaban por continuar con vida… pero, no quería verlos, no en esas circunstancias, no viendo a su mejor amiga a punto de desmoronarse frente a ella en el asiento trasero del Packard del abuelo de Arnold.
-¿Quieres entrar?- y la pelinegra se recorrió para dejarle espacio. En silencio, ambas se acomodaron una contra la otra. Abrazadas. Arremolinadas. Enclaustradas. Les gustaría tanto evitar volver a la realidad, ambas darían lo que fuera por evitarle el dolor a la otra. Sin embargo, las buenas intenciones de nada servían. El dolor seguía ahí, y no se iría.
Arnold miró al par de amigas con tristeza. Lila, junto a él, puso una mano sobre su hombro.
-Iré con ellas- murmuró. Sabía que era justo lo que el rubio deseaba hacer, ir hasta ahí y preguntarles si podía hacer algo. Pero no podía. Nadie podía.
-Iré con Brian- le respondió entonces, ofreciendo lo único que podía ofrecer… compañía.
-Le hará bien- le aseguró Lila, mirándolo con agradecimiento.
El rubio entró de nuevo a ese lugar que tantos escalofríos provocaba. Llegó a la sala de espera, donde el grupo había crecido. Brian seguía sentado en el mismo lugar. Se imaginaba cómo se sentía. Sus propias manos no habían dejado de temblar imperceptiblemente, con la sensación de la sangre de sus amigos en sus manos.
No sabía qué era peor, si la crudeza de lo que habían visto la noche anterior, o esa larga espera.
Vio al castaño alzar la mirada y encontrarla con la suya.
Y encontró en sus ojos la respuesta.
La espera.
Definitivamente la espera era peor.
Esas incertidumbre, esa ignorancia, esa angustia, esa impotencia…
Era saber que pudiste haber hecho más, era saber que no puedes hacer más.
-Aah… ¿Lila?- le preguntó por su novia.
-Está afuera. Con Rhonda y Nadine- Brainny asintió como si hubiera esperado esa respuesta.
-Mejor… aaah… ¿Y tú?- el rubio ocupó el asiento a la izquierda del chico.
-Bueno… ya no estoy molesto porque le dijiste a Helga que te estuve preguntando por ella- y Brian, por primera vez en lo que parecía una eternidad, esbozó una sonrisa. Aunque pequeña. Aunque en él, eso fuera más extraño que sus sonrisas amplias.
-Aaah… qué alivio… aah… era lo que… aah… me quitaba el sueño- y ambos rieron un poco, casi sintiendo el sonido como ajeno a ellos.
-Siento que fue en otra vida la última vez que vi a Helga-susurró, más para sí mismo. Brian igualmente lo escuchó, e igualmente le respondió.
-Aah… no me he podido… aah… comunicar con ella- el castaño miró con tristeza al resto de los presentes. Los padres de Harold se abrazaban e intentaban mantener su llanto, silencioso. Phoebe hablaba con Sid y Stinky, mientras estaba abrazada a Patty… parecía intentar darles ánimos. De pie detrás de ella, casi invadiendo su espacio personal, estaba Park, aunque la cercanía del chico no parecía molestarla. Sheena, Agatha y Marcy conversaban con Robert en murmullos que servían de ruido de fondo para aminorar el ensordecedor silencio de la sala de espera. Eugene y Rex estaban sentados en la otra hilera de bancas, no hablaban, pero el pelirrojo se aferraba a la mano del chico que parecía romper en llanto en cualquier segundo. Los padres de Lorenzo aun no llegaban, y ningún médico había salido para hablarles de la situación de Harold o la del pelinegro.
-Al teléfono dijiste que… Gerald y Helga no estaban en Hillwood- el castaño asintió, confirmándolo -¿Dónde están?- Arnold sonaba cansado, probablemente estuviera exhausto como él mismo. Ninguno había podido dormir. Probablemente, ninguno había querido dormir.
-En Seattle… aah… con Olga- el chico de lentes sabía perfectamente que Arnold mantenía contacto con la mayor de las Pataki.
-Estaba llorando- la confusión llegó a la mirada de su amigo, por lo que decidió elaborar –La última vez que vi a Helga, estaba llorando- completó.
-Sí… aah… también lloró… aah… la última vez… aah… que la vi- y el recuerdo de la visita que le hizo la rubia el día anterior, que más bien parecía otra vida, como bien apuntó el rubio, comenzó a sucederse en su mente.
El timbre de la casa había sonado de esa forma única en que su mejor amiga tocaba cuando pensaba que había alguien más en casa y quería que sólo él le abriera. Normalmente era porque tenía algo que contarle, en su mayoría no eran buenas noticias. Así que preocupado por ella, se apresuró a atender.
Se encontró al moreno y a la rubia en el umbral de la entrada.
-Les daré un momento a solas- había comentado Gerald y, dándose la vuelta, caminó hacia su carro.
-Aah… pasa algo…- no era una pregunta. El día anterior, cuando Gerald lo buscó en casa de Robert, el moreno había lucido ansioso, pero en esos momentos, su expresión parecía más la de un padre que no sabe cómo ayudar a su hija con un problema.
-Sí- No había sido una pregunta, y Brian no necesitaba una respuesta para saber que tenía razón. Siempre tenía razón cuando se trataba de ella –Haré un viaje- Brian pareció asentir con entendimiento, y a Helga le pareció que en su rostro se leía el terror que le provocaba enfrentarse a lo que se encontraría en Seattle.
-Aah… ¿irás sola?- no necesitó que respondiera cuando la observó mirar de reojo en dirección al Nissan Sentra 2015 –aah… ¿quieres que… aah… yo te acompañe… aah… también?- la rubia negó.
-Miriam está enferma- fue lo único que se sintió capaz de decir, antes de que las lágrimas comenzaran a salir de sus orbes para rodar por sus mejillas y morir en el bode de su cuello… como una niña pequeña, se aferró al castaño, ambos casi de la misma estatura. Fue recibida cálidamente por su amigo, que la rodeó con sus brazos y la acarició durante lo que les pareció fueron horas. Gerald esperó pacientemente en el vehículo sin interrumpirlos.
-Aah… ¿cuándo vuelves?- la rubia se separó un momento para verlo a los ojos.
-Probablemente el domingo 22- respondió, mientras intentaba borrar los rastros de lágrimas de su rostro.
-A tiempo… aah… para Navidad- Helga asintió sonriendo –Tengo algo… aah… para ti- Volvieron a abrazarse. Pocos lugares en el mundo le inspiraban seguridad a la rubia. La casa de Brian, en compañía de él, era uno de esos lugares.
-Te veré pronto- y así como llegó, se fue.
Arnold hubiese querido preguntarle más por ella. Pero un médico, diferente al anterior, salió a preguntar por los familiares de Harold Berman. El matrimonio y la pandilla se acercaron.
-Señores Berman, su hijo se encuentra finalmente fuera de peligro. Está sedado y ha sido transferido a una de las habitaciones donde puede recibir visitas controladas- todos suspiraron aliviados y el chico cabeza de balón salió de allí para ir a buscar a las tres chicas a su auto.
Harold estaba bien.
Por fin podía sentir que parte de la presión que había tenido en el pecho aminoraba un poco.
-¿Qué pasó, doctor?- preguntó la señora Berman, abrazada por su esposo y siendo sostenida por Patty.
-La bala se había alojado en la caja torácica, sin embargo, la intervención quirúrgica se ha complicado porque la bala se movió, lastimando la vena aorta… Sin embargo, hemos podido contener la hemorragia y realizar una transfusión de sangre a su hijo antes de comprometer la integridad del corazón- la madre de Harold pareció ir a desmayarse, pero su esposo y la castaña evitaron su caída –En unos minutos pueden pasar a verlo, aunque él tardará algunas horas en despertar. Sólo tienen que llenar algunas formas, por aquí por favor- Sid y Stinky se abrazaron aliviados. Phoebe siguió a Patty de cerca, no quería dejarla sola. Y Park se mantuvo detrás de la oriental, tampoco quería dejarla sola.
En medio del alivio comunal, nadie notó a la señora pelinegra de vestido Dior ni al hombre en traje italiano a la medida que la acompañaba… lo cual era inusual, siendo que su presencia demandaba atención por el contraste de la sencillez del sitio con el lujo que emanaba de sus figuras.
Brian no tenía que ser el más inteligente para deducir de quiénes se trataba.
-Señores Mota de Larrea- los recibió Rex en cuanto los vio entrar –Soy Rex Smythe-Higgins III, tienen negocios en conjunto con mi padre- el señor Mota asintió, reconociendo al chico. Ambos adultos lucían cansados y notoriamente habían llorado, pero sus expresiones desencajaban con la impoluta aura de superioridad que emanaban.
-Claro que te recuerdo- se limitó a responder el patriarca de la familia.
-Hace unas horas, el médico de Lorenzo nos informó de que su hijo se encuentra fuera del quirófano, recuperándose en la sala de observación. Nos aclaró que fue necesario inducirlo a un coma durante la cirugía- la señora Mota soltó un lamento ante eso, aferrándose al brazo de su marido –y que aún existe un 55% de probabilidad de que no mejore- la voz se le había roto. Lorenzo era su primer amor. Siempre sería el inalcanzable y bello chico con el que vacacionaba. Siempre sería la sonrisa que alegraba sus días. Siempre sería el semblante amable y seguro que lo inspiró a hablar con sus padres sobre sus preferencias. Siempre sería su amigo. Sin importar el tiempo o la distancia, tenía su corazón. Y no había otra cosa que quisiera más en el mundo que verlo recuperarse de ese incidente.
-Iré a hablar con los doctores para trasladarlo- habló finalmente el padre de Lorenzo, con la autoridad que sólo el poder te da… el verdadero poder. Y Carlos Manuel Mota De Larrea era muchas cosas, pero sobretodo, poderoso –Debe ser atendido por los mejores médicos- María De Mota De Larrea lo miró entre abrumada y destrozada.
-Hazlo- fue lo único que dijo, antes de soltarse de él. Su hijo era todo lo que a ella le importaba. Su hijo era su vida, aunque no hubiera pasado con él el tiempo que le habría gustado, eso no mermaba el amor que tenía por él. Pero ser una Mota De Larrea traía consigo tantas obligaciones como ventajas, habían días que se sentían como más responsabilidades que las cosas buenas.
Llegó la noche en el hospital general… Los padres de Lorenzo continuaban en el lugar con sus finísimas ropas. Aparentemente habían estado en una importante Gala cuando Rhonda y Rex los contactaron, y se rehusaban a dejar el lugar para cambiarse.
Los padres de Harold se habían metido en la habitación de su hijo por la tarde, y no hacían el amago de salir. No permitían aún, más visitas a Harold. No permitían ninguna visita a Lorenzo.
Sólo quedaba, una vez más, la espera.
La horrorosamente agónica espera.
Aun así. Rhonda estaba feliz. Harold estaba fuera de peligro, y por primera vez en un montón de horas (no quería ni empezar a pensar en cuántas habían sido), se sentía optimista respecto a la condición de Lorenzo también.
La policía les había tomado la declaración a todos.
Los Mota De Larrea habían agilizado eso.
En un momento entre la madrugada y el amanecer, los Lloyd hicieron acto de presencia.
Sólo Rhonda, Rex, Arnold, Brian, Lila y Patty se habían quedado.
El señor Berman había salido de la habitación de Harold a las 5 de la mañana, diciendo que alguien más podía pasar. El chico seguía inconsciente, pero si alguien quería verlo, podía hacerlo.
Patty y Arnold miraron de reojo a Rhonda esperando que ella pidiera entrar.
Cualquier sensación de felicidad había abandonado a Rhonda en ese momento, porque las miradas de sus padres se habían clavado en ella en cuanto escucharon al padre de Harold hacer tal ofrecimiento.
-¿Quieres pasar primero Brainny?- preguntó la unigénita Lloyd. El castaño la miró con agradecimiento.
-Sí- respondió. Lo necesitaba. Necesitaba ver con sus propios ojos a su amigo para poder ser capaz de pegar ojo, para poder mermar la sensación de la sangre del chico en sus manos, para poder creerse que en serio seguía respirando. Y la pelinegra lo había notado. Lila les había contado a Nadine y a ella, en el asiento trasero del packard del abuelo de Arnold, que era la novia del castaño. Esa era razón suficiente para Rhonda de sentir afecto por el chico. Lila era una de sus mejores amigas. Y Brian era un buen chico. Un chico listo, como decía Helga.
El padre de Harold le indicó por dónde.
-Esa debiste ser tú- mencionó Patty. En las 27 horas que habían estado en esa sala de espera, la castaña no le había dirigido la palabra.
-No lo merezco- había tanta culpa contenida en esa simple oración, que luego de pronunciarla, dejó detrás un amargo sabor en su garganta.
-No- afirmó Patty –aun así… Debías ser tú- y sin más, volvió a sentarse en el asiento que había estado ocupando hasta entonces. Arnold puso una mano sobre el hombro de Rhonda.
-Nada de esto es culpa tuya- afirmó, y Rhonda asintió sólo para que la dejara sola. Claro que era culpa suya… todo era culpa suya -Vamos por un café- insistió. Ambos caminaron hacia la cafetería del hospital, ambos en silencio, ambos intentando pasar el nudo en sus gargantas.
Fue más o menos en ese minuto que el celular de Brian comenzó a sonar. Era Gerald.
-Aah… ¿Gerald?- buscaba confirmar al atender la llamada.
-Hola Brian- la voz cansada y apagada del moreno preocupó al castaño.
-Aah… ¿Helga?- preguntó por su amiga.
-Está conmigo… estás en altavoz- continuaba con ese tono deprimido, y cuando la rubia le saludó, apreció en ella el mismo tono de voz.
-¿Qué pasa?- y el silencio del otro lado de la línea lo preocupó más.
-Miriam ha decidido pedir alta voluntaria. Dice que quiere volver a Hillwood. Que ya no quiere más tratamientos ni… falsas esperanzas- Helga se rompió al pronunciar las últimas palabras.
-Regresamos hoy, saldremos de Seattle a mediodía- aportó Gerald, que se escuchaba intentaba consolar a su amiga.
-Aah… aquí… aah… también pasó algo- tragó con fuerza. ¿Era lo mejor avisarles por teléfono?
-¿Qué pasó?- preguntó el moreno, con una voz cavernosa.
-Ayer… aah… A Harold… aah… le dieron… aah… un tiro en el pecho- las expresiones de incredulidad y exhalaciones de preocupación no se hicieron esperar –También… aah… a Lorenzo… aah… lo golpearon con… aah… un atizador… aah… en la nuca- escuchó las maldiciones que soltó su amiga.
-Demonios, Brian… ¿Cómo ocurrió? ¿Quién fue? ¿Están bien?- preguntó Gerald, con cierto temor a las respuestas camuflajeado en su voz.
-Curly- fue todo lo que necesitó decir –Sí… aah… por ahora- añadió.
-¿Están en el hospital General?- al parecer, el moreno era el único capaz de mantener una conversación en ese momento, lo cual era comprensible, Helga quería a Harold como se quiere a la familia.
-Sí- y añadiendo que estarían ahí en cuanto pisaran Hillwood, terminaron la llamada. Se imaginaba cómo debía estar la rubia en esos momentos y le dolía no poder abrazarla. Suspiró. Estaba a medio camino de llegar a la habitación de Harold. Y ya no se sentía con la valentía suficiente para cruzar la distancia que le hacía falta. Pensó en Lila. Pensar en ella y en su sonrisa siempre le ayudaba a seguir adelante. Tenía que ver a Harold para sentirse un poco menos roto. Y necesitaba estar un poco menos roto para la tranquilidad de la pelirroja. Y no había nada que Brian no hiciera por ella. Así que recordándoselo, empezó a avanzar un pie tras otro. Y empujó la puerta al alcanzarla.
Gerald aún tenía en la mano derecha el celular. Helga daba vueltas por su habitación de hotel. Timberly se había ido a dormir al cuarto de Sasha y su prima para dejarle espacio a él. Después de lo que pasó por la tarde, no se imaginaba dejándola sola.
Pasaron las primeras horas en silencio. Ella recostada en su cama, y él en la otra. Mirándose fijamente. Ninguno se atrevió a terminar con el momento, hasta que la oscuridad había engullido el cuarto.
-Creo que deberías tomar un baño. Te puede ayudar a relajarte- habló finalmente Gerald, mientras la rubia encendía la lámpara que descansaba en el buró en medio de ambos. Sentada, con las piernas colgándole por el borde de la cama, le pareció que volvía a tener ante sus ojos a la niña que conoció en el jardín de niños.
-No creas que se me ha olvidado que decidiste ir a mis espaldas a otro país para golpear a tu mejor amigo por una tontería-se fijó en la aflicción que aquejaba al moreno –sólo es… que… lo estoy postergando- No tenía ganas de conversar, sentía que esa tarde su madre había iniciado un conteo regresivo de alguna forma.
Se puso de pie y tomó sus cosas. Jaló una playera de tirantes blanca y los shorts rosa de su pijama habitual, su toalla y neceser, y entró en el cuarto de baño. Bajo el chorro de agua caliente, se dio la oportunidad de que su mente vagara. Aquella tarde, la noticia de la decisión que Miriam tomó no le hizo gracia a ninguno de los Pataki. Casi estaba aliviada de que el señor Johanssen hubiera tomado control de la situación, porque, aunque había crecido viendo al Gran Bob enojado, en aquel momento su rabia se combinaba con el mismo terror que sentían ella y Olga.
Era difícil estar en medio de una situación en la que todo lo que dijera o hiciera parecía no ser suficiente. Y si sumaba a lo que pasaba con su madre, el revoltijo que eran sus pensamientos y sentimientos, que no podían ponerse de acuerdo, definitivamente necesitaría hablar con la Doctora Bliss para evitar una crisis. La rubia en medio de un ataque de ansiedad o de pánico no sería nada bonito de ver.
Tenía ganas de desaparecer. Tenía ganas de meterse en su cama y no salir nunca. Quería decirle a Gerald cómo se sentía. Quería decirle que seguía enojada. Tenía ganas de hacerle saber cuán atractivo lo encontraba. Pero algo la seguía frenando… el recuerdo de cierta mirada apacible dirigida en su dirección, enmarcada en una peculiar forma de balón de futbol y mechones rubios.
Suspiró. ¿Cuándo sería libre del tormento de ojos azules? Habían pasado años y todavía, cuando lo veía, le parecía la visión más hermosa en el mundo. Y luego estaba la sonrisa ladeada de Gerald, sus labios y su voz… ¿Cómo podía ser posible?
Al salir del baño, el chico estaba al teléfono. Luego de casi media hora, Gerald le contó que Kevin (uno de sus amigos en Londres) había husmeado en su correspondencia y leyó la carta de aceptación del chico para la pasantía en The London Journal, para la primavera.
Ella lo abrazó, casi tan emocionada por la noticia como él. Ambos hablaban al mismo tiempo, sin escuchar al otro y, sin saber quién había hecho el primer paso, en un parpadeo se estaban besando. Y ya no sólo tenía la boca de Gerald sobre la suya, de pronto estaba en su cuello, en su hombro, bajándole el tirante, pasándole sus dientes. Los femeninos suspiros se mezclaban con los hambrientos gruñidos que soltaba el chico. Eran la perfecta sinfonía. Las manos de él en sus pechos, libres de la playera que había estirado hacía abajo lo suficiente. Y antes de que Helga entendiera lo que estaba sucediendo, perdida en el calor que nacía de su vientre y la humedad que se deslizaba entre sus piernas… Gerald se frenó.
Los dientes del moreno habían chocado contra algo que colgaba entre los pechos de Helga.
Y habían empezado a discutir.
Él enloqueció cuando fue obvio el relicario que llevaba consigo.
Ella le reclamó por lo que le ocultó, arreglándose inmediatamente su ropa.
Ahora… luego de la noticia que les había dado Brainny, ni siquiera recordaba lo que se habían estado diciendo.
Pero que ella no se hubiera quitado el relicario no pasó desapercibido para él.
Y le enfermaba…
Porque él sabía lo que era. Lo había visto en quinto grado en San Lorenzo. Lo había visto en otras ocasiones después de que Arnold se había ido.
Dejó de verlo luego del primer semestre de segundo de preparatoria. E ilusamente, creyó que ella se había desecho de esa ofensiva cosa.
¿Por qué lo tenía? ¿Por qué lo usaba?
Y entonces ella se giró. Había estado sumida en un monólogo que Gerald no escuchó. Pero calló al verlo.
-No es lo único que llevo conmigo- y en un principio, el moreno no entendió lo que había dicho. Pero quitándose la playera de tirantes y revelándole que no llevaba puesto un sostén, los orgullosos pechos de la chica quedaron desnudos frente a él. Gerald sintió todo su cuerpo arder y su corazón acelerarse de forma dolorosa. No entendió el gesto. Sobre todo porque después de hacerlo, ella permaneció estática y en silencio. Con su mirada clavada en la suya. Esperando algo de él.
Entonces, un rayo de luz del amanecer que sucedía a espaldas del chico, se coló haciendo brillar algo sobre el relicario que inició todo ese tormento en su mente.
Gerald prestó atención al objeto, lo que le supuso un esfuerzo sobre humano con esos dos montículos alzándose frente a él en el pecho de su amiga… tan níveos y notablemente suaves… tuvo el pensamiento de querer volver a tocarlos, y el deseo de dibujarlos con su lengua lo perturbó… consiguiendo concentrarse en otra cosa que no fuesen los rosados pezones endurecidos por el aire frío en la habitación, se dio cuenta finalmente qué había querido demostrar Helga con su proceder.
-El dije- la impresión que dio a su tono de sorpresa, no disimuló el gutural sonido de excitación que produjo su garganta, en contra de su voluntad.
-Sí. Siempre lo tengo conmigo. Desde que me lo diste- y por alguna extraña razón, saber que ella usaba el dije que le dio en su dieciseisavo cumpleaños justo entre sus pechos y por encima de un objeto que tanto atesoraba, lo enardeció aún más que tenerla frente a él sin prenda que cubriera su parte superior.
-¿Desde que te lo di?- ya no podía disimular que estaba excitado por el momento. Helga dio dos pasos en su dirección y su erección tuvo un espasmo.
-Sí- la rubia pasó su lengua lentamente por sus labios –Fue el primer regalo que me diste. El primer regalo que recibí en mi cumpleaños- y se acercó otro par de pasos, chocando sus senos contra el abdomen del moreno, acelerando el pulso del joven al punto en que pensó que sufriría una deliciosa muerte en ese momento –Y es algo que me hace pensar en ti- Helga puso delicadamente una de sus manos en la mejilla de Gerald –Voy a decirte algo en el peor momento posible de nuestras vidas para decírtelo- el moreno quiso pasar saliva, pero se dio cuenta de que tenía la boca completamente seca, hipnotizado por los ojos azules que tenían un tono más oscuro –Y voy a cagarla, quizás tanto como tú la cagaste anoche- poniéndose en puntillas, subió su otra mano para posarla en el hombro del chico –Todavía tengo sentimientos por Arnold- y antes de que Gerald pudiera protestar y su cuerpo terminara de reaccionar a lo que ella acababa de soltarle, la rubia continuó hablando –Pero… me gustas tú- Helga volvió a humedecerse los labios, deliberadamente recargándose más en el pecho del chico –Y no hay otra cosa que quiera en este momento… que tenerte corriéndote dentro de mí- y no necesito añadir otra cosa para que el moreno estrellara su boca contra la de ella y la tomara de los muslos para indicarle que envolviera su cintura con sus piernas.
Ella tenía razón.
Era el peor momento de sus vidas.
Dos de sus amigos hospitalizados. La madre de ella a punto de salir de un hospital al que quizás no volviera, y no desde una perspectiva positiva. A días de él haber terminado una relación con su novia de toda la vida. Ella, a días de haberse reencontrado con su amor de toda la vida. La declaración de que tenía sentimientos por el cabeza de balón. Él mismo, aún tenía sentimientos por Phoebe.
Pero en ese cuarto de hotel en Seattle, con ella sobre la cama y su cabello suelto desparramado a su alrededor con un halo, con los pechos desnudos y una sonrisa en los labios… El peor momento de sus vidas no podría importarle menos… porque estaba a punto de vivir la mejor experiencia de su vida… Estaba a punto de cumplirle su deseo, y entrar en ella, y hacer que se viniera varias veces antes de que lo sintiera correrse en su interior.
Que el maldito mundo se quedara afuera.
Que los pedazos sangrantes de lo que solía ser su vida, esperaran un poco más.
Él tenía que poner uno de esos pechos en su boca… y que se le quedara la vida en ello si era lo que hacía falta.
Brian entró en la habitación de Harold con un zumbido en sus oídos, zumbido probablemente provocado por la enorme ansiedad que encontrarse con su amigo le suponía.
El chico estaba sobre una cama reclinable con la misma austeridad que cualquier otro paciente en aquel hospital. Lo diferente, resultaba ser un vendaje que le atravesaba el pecho y terminaba en un refuerzo cruzado en sus hombros. Su expresión, aunque inconsciente, era intranquila y parecía estar experimentando un fuerte dolor. Sudor perlaba su frente, y tenía los labios pálidos, casi del mismo color que su translúcida piel.
La señora Berman estaba sentada en una, a todas luces, incómoda silla, en una posición extraña, sosteniendo la mano de su hijo mientras lloraba silenciosamente recargada en el borde de la cama.
Durante varios minutos, observó absorto el caer del goteo del suero mientras por las ventanas de la habitación entraba cada vez más luz, los rayos del sol cobrando fuerza en el amanecer.
De un momento a otro, la madre de Harold pareció notar su presencia y limpió el rastro que dejaron en su rostro las lágrimas derramadas. Por un instante, frente a él no estaban Harold y su mamá… eran él y la suya… La madre de Brian se había visto así durante muchos años, con ojeras, los ojos inyectados en sangre, el cabello graso y esponjado por pasar la mano a través de él en repetidas ocasiones como un tic ansioso, las mejillas un poco hundidas y la desesperación decorando cada rasgo en ella. Sintió compasión por el matrimonio Berman, si él estaba en medio de un torbellino desolador, no podía ni empezar a imaginarse lo que la noticia debió afectar la cotidianidad a la que estaban acostumbrados.
-¿Eres amigo de mi hijo?- preguntó la mujer, haciendo un sobreesfuerzo por recordar al castaño de lentes inmóvil frente a ella.
-Sí… aah… lo ayudé a… aah… estudiar en… aah… tercero de prepa… aah… para que pudiera… aah… graduarse- Michelle Berman miró al joven extrañada. "Pero qué peculiar forma de respirar" se dijo mentalmente, y con todas las fuerzas que le quedaban, le sonrió.
-Gracias. No debió ser tarea fácil, mi Harold es un cabeza dura- y Brian rio un poco. Escuchar a esa mujer hablar con tanto cariño de su hijo en recuperación, lo llenó de un sentimiento cálido. Lo atravesó el pensamiento de cuánto deseaba que Harold estuviera despierto y la escuchara.
-¿Me contaría… aah… más sobre… aah… Harold?- y Michelle pareció aliviada ante esa petición.
Estuvieron un par de horas conversando, y entonces Brian se despidió para darles oportunidad a sus amigos de entrar a ver al chico de gorra azul.
La siguiente en pasar fue Patty… estuvo un par de horas también.
Luego entraron Arnold, Phoebe, Lila, Sid, Stinky y Peapod en ese orden, uno a uno.
Así fue como las horas de la mañana se fueron desgranando para darle paso a la tarde y el momento de que Rhonda entrara a ver a su novio llegó. Lo había postergado todo lo que pudo porque le aterraba pensar en lo que vería al entrar por esa puerta. ¿Y si él despertaba y la odiaba? Aunque no sabía si Harold era capaz de odiar, pero no quería descubrirlo. Ella misma se odiaba. Nadine fue quien consiguió convencerla. Aun no le contaba a sus mejores amigas que les había ocultado su relación, su primer noviazgo oficial. Aunque intuía que la rubia bronceada se estaba imaginando con acertada pericia qué estaba ocurriendo.
La unigénita Lloyd caminó hacia el pasillo cuando fue detenida por su padre. Se giró dispuesta a decirle que nada de lo que le dijera impediría que visitara a Harold, pero la mirada que le dedicó Buckley fue muy diferente a la que se esperaba.
-Antes de que vayas, ¿Podrías decirle a Harold que… me equivoqué?- los ojos de la menor se abrieron de par en par al escucharlo. Era la primera vez que reconocía un error frente a ella –No debí juzgarlo ni entrometerme… no debí haberte hecho elegir… fui muy egoísta y no confié en ti, hija. Sólo quiero que seas feliz- y sin poder contenerse, Rhonda se lanzó a los brazos de su padre.
-Harold me hace feliz, papá- y no podría haber dicho nada más cierto que aquello. Harold, en su bella sencillez, la hacía la mujer más feliz del mundo.
En el auto de vuelta a Hillwood, el moreno intentaba concentrarse en el camino frente a él. Pero una parte de su mente regresaba una y otra vez a una horas antes, cuando acostado en la cama de la habitación de hotel de Helga, dibujaba distraídamente círculos en el desnudo hombro de la menor de las Pataki mientras la tenía entre sus brazos. No había podido pegar ojo, a diferencia de la rubia que cayó en un profundo sueño.
Todavía no podía creerlo…
Seguía intentando entender…
Tenía que poder racionalizar lo que acababa de vivir…
Helga Geraldine Pataki era virgen…
Era virgen y aun así le pidió que le hiciera el amor…
No tenía otra palabra, por más que llevaba horas dándole vueltas al asunto, estaba jodido. Se había jodido de forma monumental.
Estaba enamorado hasta los cojones de la rubia que descansaba entre sus brazos.
¡Amaba a Helga!
Y podía sentir el sentimiento de posesividad crecer dentro de él… algo así como un sentido de pertenencia que funcionaba en dos vías, mientras más la sentía suya, más se sentía suyo.
El problema era el eco que las palabras de ella hacían en su cabeza. "Voy a decirte algo en el peor momento posible de nuestras vidas para decírtelo… Todavía tengo sentimientos por Arnold… Pero, me gustas tú"
¿Alguna puta vez la vida o el amor eran fáciles?
