Capítulo 5
Apoyé mi frente sobre el teclado del ordenador, esta situación era desesperante y totalmente ridícula, no entendía como había permitido que Aqueron me liase con Julian, gruñí por el simple hecho de evocar al hombre en mi mente.
No, sí al final iba a tener que darle la razón a Nick con lo de que debería tener cuidado con Ash, vaya tela.
Levanté la cabeza y contemplé el archivo en Word plagado por completo con la letra t, bueno al menos tendría algo con lo que entretenerme por un rato, pensaba borrar letra por letra muy despacito.
-Hola ¿se puede?- Vi una melena pelirroja asomarse por la puerta.
En seguida recordé que era la agente del día anterior, lo cual me pareció una locura porque para mí se sentía como si hubiesen transcurrido unos cuantos años.
-Claro Curtis con confianza, aún no tengo de vuelta mi pistola no tienes que temer que te disparé, lo máximo que podría hacerte sería lanzarte la grapadora- sonreí abiertamente, agradecida de todo corazón por tener algo en que centrarme que no fuesen mis pensamientos o mejor dicho los hombres de que circunnavegaban por la periferia de mi vida caótica.
-No quisiera molestar- con la tez pálida y llena de pecas se mordía el labio inferior con nerviosismo, era curioso que pese a medir seguramente metro ochenta pareciese una niña recién salida del colegio, por el amor de un gato a un plato de gambas peladas, si solo le faltaban las coletas.
-Te aseguro que verte es todo un placer para los ojos- señalé la pantalla –y como ves, no interrumpes nada importante, siéntate- le señalé el taburete que estaba al lado de mi escritorio-
-Muchas gracias- se apresuró a tomar asiento como una buena chica sureña –yo quería disculparme por lo sucedido ayer, sé que fue una irresponsabilidad de mi parte permitir que un delincuente me quitase el arma, y el hecho de ser una novata no es ninguna excusa, quiero que sepa que estoy avergonzada, y…- Hizo una pausa, levanto la vista de su regazo y clavo sus ojos verdi-grises en los míos –quiero agradecerle en el alma que me salvase la vida.-
Levanté la mano para detener su verborrea, yo no era ninguna especie de heroína ni muchísimo menos y no quería que se sintiese en deuda conmigo.
-Relájate Curtis, no debes martirizarte tanto con el asunto, es cierto cometiste un error, pero eres consciente de ello, y estoy segura de que no volverá a ocurrirte jamás, en lo referente a que seas novata, podría haberte pasado dentro de diez años por el exceso de confianza que da la experiencia, aparte de una bala hay pocas cosas más letales para un policía como el hecho de creer que se tienen todas las respuestas, incluso a las preguntas que ni siquiera han sido realizadas- yo era el jodido ejemplo de lo bajo que se podía caer.
-¿De verdad lo cree?- Parecía algo más relajada.
-Absolutamente,- suspiré –en cuanto a lo de salvarte la vida, cualquier otro habría hecho lo mismo, no me debes nada, ni siquiera las gracias, aunque desde luego es agradable escucharlas.-
-La verdad es que no he venido solamente a dar las gracias, también me gustaría pedirle un favor.-
-El que quieras- pareció sorprenderse de que accediese tan rápido, bien pensado era la historia de mi vida y últimamente se repetía con demasiada frecuencia.
-Me gustaría entrenarme con usted, que me aconsejase sobre procedimientos, yo- guardó silencio –sé que debería decírselo a mi instructor pero está demasiado ocupado comiendo donuts aunque suene a topicazo.-
-No hay problema, ahora mismo no estoy haciendo mucho ejercicio pero- cogí una tarjeta y anoté el número y la dirección del gimnasio al que solía ir – suelo ir a este, pregunta por Iris te dará caña de la buena, hace años fue luchadora libre profesional.-
-Alucinante- se quedó mirando la tarjeta como si fuese el pase de oro de Charlie y la fábrica de chocolate, que graciosa. –Muchas gracias por esto también, espero verte por allí.-
-Claro me encantará entrenar contigo, aunque aún no estoy en condiciones así que cuando me pueda subir a un ring de nuevo se suave conmigo ¿sí?-
-Por supuesto- se levantó como si estuviese tan emocionado que la resultase imposible permanecer sentada –yo, debería volver al trabajo.-
-Cierto las calles no se patrullan solas, recuerda que hagas el trabajo policial que hagas, permanece siempre alerta, hasta que no llegues a casa tu turno no termina, y observa todo siempre con atención, no solo por las posibles amenazas o la gente que pueda necesitar ayuda, sino porque saber dónde estás, puede salvarte la vida.-
-Lo tendré presente- se despidió de mí con un saludo oficial y se fue dejándome sola, o eso creía.
-Vaya, tal vez debería mandarte a la academia para que enseñases a los nuevos reclutas, tienes madera Colt.-
Al instante me puse de pie. –Capitán.-
-Relájate, solo quería ver que tal te iba- traducción "a asegurarme que estás pasando a limpio los informes o revisando casos antiguos que aún siguen abiertos, mientras te mantienes alejada de tu propio caso"
-Bien Capitán, si puedo ser sincera- me hizo un asentimiento –es algo tedioso, no tiene mucho que ver con lo que estoy acostumbrada pero lo llevo.-
-Si fueses instructora te aburrirías menos.-
-Cierto, pero estaría aún más lejos de la acción.-
-Eres igual de testaruda que un caimán del pantano una vez le ha hincado el diente a algo.-
-Lo sé señor, y agradezco la paciencia que me tiene.-
-Sigue haciendo tu trabajo, sé que te resulta frustrante pero es lo mejor para ti, quiero mantenerte a salvo hasta que esos cabrones estén en un calabozo- con un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar respondí.
-Sí señor- mi capitán me puso una mano en el hombro entendiendo mi coraje y sin nada más que decir se marchó, dejándome atrás, con ánimos renovados a ser yo misma quien les pusiera las esposas a esos cabrones.
Pero por desgracia todo lo simple como estar furiosa y tener un objetivo al que seguirle la pista se ve relegado a un segundo plano cuando tu mejor amiga te manda veinte audios de Whatsapp para que vayas a recoger al dios griego que deberías estar custodiando, en lugar de habérselo encasquetado como si fuera el paquete de tabaco que no quieres que tus padres descubran que fumas a escondidas.
Sencillamente genial, al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal? Aparte de que acabase lanzándome encima de él desnuda en plena calle claro.
De camino a la dirección que me había dado Mckenna, mi mente traicionera volvía a recordarme una y otra vez una piel tostada por el sol y unos ardientes ojos azules.
Y una sonrisa…
Como desearía que Julian no me hubiese sonreído jamás.
Esa sonrisa bien podría ser mi perdición.
Cuando llegué al Barrio Francés intenté encontrarlos pero el autocar turístico estaba vacío y no había ni rastro de los turistas eso sí, a unos quince metros había una multitud de gente impresionante, por descarte o había algún famoso o regalaban algo cojonudo, aunque tampoco hacía falta que fuese algo del otro mundo, en cuanto la gente escuchaba cosas como en oferta o gratis, perdía por completo el sentido común y se metamorfoseaban en una extraña versión de Gollum del Señor de los Anillos.
Al no verlos llamé a Mack, me lo cogió al primer tono, se oía un barullo ensordecedor.
-Levanta tu culo ahora mismo de tu silla de empollona y ven perdiendo las bragas hasta aquí ya, mira no me he visto ni un capítulo de The Walking Dead y ni falta que me va a hacer después de esto, pero tiene que ser algo parecido a pelotas.-
-Para, para para, ¿qué tiene que ver una serie de zombis ahora? Y para que lo sepas, ya estoy al lado del autobús de hecho, pero no os veo por ninguna maldita parte.-
-¿Qué no nos ves? Dice que no nos ve, acojonante, ¿y tú eres la detective? ¿Qué tal si pruebas a usar los ojos? ¿No ves una marabunta de mujeres? Estamos en el centro, yo intentando no caerme porque como lo haga pasaran sobre mi cadáver y Julian intentando que no le arranquen la ropa, cosa que sorprendentemente está consiguiendo hasta el momento, como sea, usa la porra o gas lacrimógeno pero dispersa a estas lobas ya.-
Madre del amor hermoso, al acercarme más a la plaza me di cuenta, un grupo de al menos treinta personas, todas mujeres. ¿Cómo no me había dado cuenta de eso antes?
Mierda yo intentando no ofrecerme a él en la encimera de la cocina y un puñado de desconocidas sobándole de manera descarada, ¿es que no tenían vergüenza? O ya puestas ¿ojos en la cara para ver que él estaba incómodo?
Aunque la respuestas a esas preguntas obviamente eran no, ni se tenían vergüenza, ni pensaban separarse de Julian mientras siguiesen respirando, anonadada me di cuenta de que las mujeres que pasaban cerca se quedaban boquiabiertas, y las que se encontraban más cerca de él se empujaban y se daban codazos con el único fin de llamar su atención.
Las más lanzadas eran tres mujeres que no le quitaban las manos de encima, como si estuviesen pegadas a Julian con superglu ¿sé creían que eran pulpos para agarrarse de esa manera? Mientras una cuarta les hacía una foto.
-Danke- ronroneo una de ellas, cuya edad rondaría los cuarenta, arrancándole el móvil a la que había hecho la instantánea.
A continuación, sujetó la cámara delante de su canalillo en un intento de atraer la atención de Julian, pero el no solo no pareció interesado en lo más mínimo, si no que ignoró el gesto por completo.
-Esto es algo maravilloso- continuó barboteando en inglés como buenamente pudo. –Estoy deseando subirla a mi Instagram para que la vean todos mis seguidores.-
La postura de Julian no podría ser más rígida a menos que le pusieran un cuchillo en la carótida. Y sin embargo toleraba el comportamiento de todas ellas con absoluta paciencia, ocultando sus emociones.
Lo que me hizo sentirme un ser humano horrible, debería haberme comportado como una profesional y haberle llevado conmigo a mi trabajo, así él no tendría que haber tenido que pasar por esta experiencia.
Julian sonrió a la mujer, de cualquier modo, esa sonrisa no llegó a sus ojos, y no se parecía en nada a la que me había dedicada a mí la noche pasada.
-Ha sido un placer- les dijo.
Intenté hacerme un hueco para llegar hasta él, pero no había manera, era como una pelota rebotando contra un muro.
Las risitas que siguieron al comentario fueron ensordecedoras. Agité la cabeza con desagrado. ¿No podían controlarse un poquito? Esto no era un concierto de Justin Bieber, ni ellas unas adolescentes ya puestas a remarcar cosas obvias.
Pese a todo, teniendo en cuenta el rostro de Julian, su cuerpo, su sonrisa, y el erótico tono de su voz, tenía que reconocer que cada vez que él me prestaba atención sentía la poderosa necesidad de pasarme al nudismo.
De repente, Julian levantó la mirada y me vio al borde de su grupo de admiradoras, la garganta se me quedó seca en cuanto fui el centro de su atención, claro que toda la humedad de mi cuerpo se había traslado al sur del mismo.
Al instante, su sonrisa se desvaneció de su apuesto rostro y clavó sus ojos en mí, igual que un hambriento depredador que acabara de localizar a su próxima presa.
-Si me disculpan- dijo al tiempo que se abría paso entre la marea hormonas en ebullición para dirigirse hacia mí.
Alcé la ceja de forma intimidante cuando percibí la hostilidad de las mujeres, que fruncieron el ceño para mirarme en masa.
Sin embargo, fui incapaz de centrarme en ellas, porque me vi consumida por un repentino y visceral arrebato de deseo que se adueñó de mí e hizo que mi corazón comenzará a latir descontrolado. Con cada paso que daba Julian, la sensación se multiplicaba por diez.
-Bienvenida, agapimeni- me saludó Julian antes de cogerme la mano para depositar un beso en mis nudillos.
Sentí una ardiente descarga eléctrica en la espalda y, antes de que pudiera prever lo que iba a hacer, Julian me estrechó entre sus brazos para darme un beso apasionado y devastador.
Cerré los ojos de forma instintiva y saboreé la calidez de su boca, de su aliento; la sensación de esos brazos que me atrapaban contra un cálido pecho hecho de mármol. La cabeza comenzó a darme vueltas.
¡Por la pasión de un pecador a sus vicios, ese hombre sí que sabía besar! No había forma de explicar lo que me hacía con los labios.
Y su cuerpo… Nunca había sentido nada parecido a esos músculos duros y firmes que se flexionaban a mí alrededor.
Una de las admiradoras susurró un "¡Zorra!" Apenas audible que rompió el hechizo.
-Julian, has vuelto a besarme- murmuré –creí que ya te había dicho que no podíamos hacer nada de esto- claro que si lo estuviese chillando y con una sartén en la mano, en lugar de susurrarlo contra su boca quedaría más verosímil.
-¿Crees que me importa?- Preguntó sonriendo de medio lado con chulería sabiendo que me tenía justo donde quería, y de eso nada, por mucho que a la primera que jodiera fuera a mí misma.
-Pues a mí sí listillo- me separé lo justo para poder mirarle a los ojos –os di mi palabra a Aqueron y a ti de que te protegería, y esto no es proteger, es aprovecharme.-
Julian emitió un gruñido que me puso la piel de gallina y no por miedo precisamente antes de dejarme sobre el suelo. Fue en ese momento cuando comprendí que él había estado sosteniendo todo mi peso sin hacer esfuerzo alguno.
Colorada como la nariz de un payaso, fui acuchillada por las miradas envidiosas de las mujeres mientras estas se dispersaban de mala gana.
-¡Milagro!- Exclamó mi amiga –nena, si lo llego a saber le planto un buen morreo antes de bajarnos del autobús y no te hago venir, pero ya has visto que la situación era desesperada, ¡pensé que no volvería a respirar aire puro!-
-¿Y te extraña?- La pregunté con sorna.
-¿A qué te refieres?- Inquirió Mack sin entender a que me refería.
Señale la ropa de Julian con un gesto de la mano.
-Mira cómo va vestido. No puedes mostrar en público a un dios griego que lleva tan solo unos pantalones cortos increíblemente ajustados y una camiseta de tirantes que se pegue a su piel como si besase sus músculos ¡Por una botella de Ron! ¿En que estabas pensando para creer que era una buena idea?-
-Pues en llenar el autobús y regalarme la vista, ¿qué quieres que te diga? Aunque si lo prefieres te miento y digo que es por el hecho de que estamos a 38 grados y hace una humedad del 110 por ciento.-
-Señoras, por favor- dijo Julian, que se interpuso entre las dos. –Hace demasiado calor para ponerse a discutir en plena calle sobre algo tan trivial como mi ropa.– Recorrió mi cuerpo con una mirada hambrienta y sonrió de un modo que habría derretido incluso a la reina de las nieves. –Y no soy un Dios griego, solo soy un semidiós menor.- Como si eso afectase a lo más mínimo a su estúpida sensualidad.
Por suerte Mckenna no se enteró de esa última parte porque se había acercado el conductor del autobús a hablar con ella, al ver que el enjambre de feromonas se había dispersado.
Aunque de todas formas seguramente no le habría entendido, yo apenas lo había conseguido esforzándome para ello con todas mis ganas y aun así había quedado cautivada por el sonido de su voz. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo le daba a su voz ese tono tan porno-erótico? ¿Sería su timbre de voz? ¿Se trataba de algo natural o era cosa de la maldición para que su invocadora no pudiera resistírsele?
No, estaba segura de que tenía que haber algo más, pero que me colgasen boca abajo si sabía lo que podía ser.
En realidad, lo único que quería era encontrar una cama y dejar que Julian me hiciese todo lo que se le antojara. Sentir su suave piel sobre duro musculo bajo mis manos.
Miré a Mckenna y vi la forma en que mi amiga se comía con los ojos las piernas desnudas y el trasero de Julian, mientras le indicaba por gestos al conductor que ahora iría con él.
-Tú también lo sientes, ¿verdad?- No pude evitar preguntarla.
Ella alzó la mirada y parpadeó.
-¿El qué?-
-El magnetismo. Es como si él fuera el Flautista de Hamelín y nosotras fuéramos las ratas, seducidas por su música- me di la vuelta y observé el modo en que las mujeres lo miraban; algunas incluso estiraban el cuello para verlo mejor. -¿Qué es lo que tiene que nos hace olvidar la razón?- Pregunté al aire.
Julian arqueo una ceja con gesto arrogante.
-¿Quieres decir acaso que te atraigo en contra de tu voluntad?-
-Siendo sincera sí, es algo que me sobrecoge y me hace sentir…- Me estaba perdiendo en sus ojos otra vez, como deseaba que me besará.
Pero él no lo hizo, en su lugar preguntó -¿Qué te hago sentir?-.
-Deseada- fui incapaz de contener la palabra entre mis labios.
-¿Cómo si fueras una Diosa?- Pregunto él de nuevo con voz ronca.
-Si- respondí casi sin aire cuando Julian se acercó a mí.
No me tocó, aunque tampoco hizo falta. Su mera presencia me abrumaba. Y consiguió que mi cabeza comenzara a darme vueltas con solo clavar esa magnética mirada en mis labios y después en mi cuello. Habría podido jurar que sentía el calor de su boca enterrada en el hueco de mi garganta.
Y él ni siquiera se había movido.
-Yo puedo decirte de que se trata.- Ronroneo Julian.
-¿Es la maldición?- Si decía que sí podría apartarme y no volvería a tentarme la idea de que su deseo por mi fuese autentico y no cosa de la invocación.
El semidiós negó con la cabeza al tiempo que alzaba una mano para pasarme el dedo muy lentamente por el pómulo. Cerré los ojos con fuerza al sentir como me consumía una feroz oleada de deseo. Me estaba costando la misma vida no girar la cabeza para atrapar ese dedo con los dientes.
Julian se inclinó un poco más para frotar su mejilla contra la mía.
-Se trata del hecho de que yo aprecio en ti cosas que los hombres de tu época ni siquiera ven.-
- Y un cojón de burro nene, de trata de que tienes el culus tremendus más impresionante que he visto jamás, excepto quizás el de Ash,- intervino Mackenna rompiendo el hechizo. –Por no mencionar tu voz y ese acento que tienes que son para correrse de gusto solo escuchándote.- De repente me señaló a mí –eso último me lo dijo ella antes de que se fuera de casa.-
-¿Pero serás chivata?- Me sacó la lengua como una niña de cinco años y salió a todo correr al autocar, -chivata y traidora, no huyas cobarde.- me gire lentamente para encarar Julian, y ahora. ¿Qué iba a hacer con él?
Contuve el aliento en cuanto puse mis ojos sobre él, no era normal la forma en la que la luz resaltaba el tono dorado de su piel, daba la sensación de que el sol le besará de verdad.
Intenté dar un paso hacia atrás para alejarme de la tentación pero cuando Julian se inclinó sobre mí, me quedé paralizada, sus ojos revelaban una pasión abrasadora, que amenazaba con consumir a fuego lento mi cordura.
-Vuelve a casa conmigo Xandra, - me susurro al oído.- Ahora. Deja que te abrace, que te desnude y que te enseñe cómo quieren los dioses que un hombre ame a una mujer. Te juro que lo recordarás durante toda la eternidad.-
Aún sin girarme, le solté a bocajarro lo primero que se me ocurrió, pensando ingenuamente que le haría retroceder, - colega como te acerques un solo paso más a mí, lo que te voy a enseñar yo a ti es como de rápido puedo ponerte unas esposas.-
-¿Quieres utilizarlas tan pronto? Por mí no hay problema pero limitara las cosas que puedo hacerte- oh por todos los Dioses de la fertilidad, mi cuerpo estaba a una palabra suya de sufrir combustión espontánea, autocontrol, eh bonito ¿dónde estás? Te necesito.
-Que no quiero que me hagas nada- al decir eso, logré sonar moderadamente convincente, y el oscar es para…
-No es eso lo que das a entender cuando nos besamos- ¿será cabronazo? ¿Es que no pensaba ponérmelo ni un poquito fácil?
-¿A sí? ¿Y que doy a entender según tú?- Si hacerme la dura no funcionaba, tal vez colase hacerme la loca, por probar que no quedase.
-Que quieres devorarme- tragué saliva e intente controlar mi respiración, no te gires y no le beses, no te gires y no le beses, pero era difícil seguir ese mantra cuando el valle entre mis piernas ardía de necesidad por él.
-Que bocaza tienes- con unos labios preciosos, pero omití decir eso en voz alta.
-Una que lo único que desea es complacerte, solo tienes que permitírmelo- se acabó, aquello era más de lo que me veía capaz de soportar.
Cerré los ojos cuando el aroma a sándalo invadió mis sentidos. El aliento de Julian me acariciaba el cuello y su rostro estaba tan cerca que podía sentir los incipientes pelos de su barba rozándome la mejilla.
Todo mi cuerpo quería rendirse ante él.
Bajé la mirada hasta el hombro masculino. Hasta la superficie esculpida de sus músculos. Hasta el hueco de su garganta. Me moría por pasar la lengua sobre esa piel dorada. Por comprobar si el resto de su cuerpo era tan delicioso como su boca.
Julian sería esplendido en la cama. Sin lugar a dudas.
No obstante, yo no significaba nada para él, nada en absoluto, solo un trabajo, un medio para un fin, y ya estaba harta de eso.
-No puedo- susurré al tiempo que por fin daba ese paso atrás.
La decepción asomó a los ojos del semidiós. Al instante su semblante se tornó duro y resuelto.
-Podrás- me aseguró con firmeza.
En el fondo, aunque no iba a admitirlo delante de él, sabía que Julian tenía razón. ¿Cuánto tiempo sería capaz de resistirme? ¿Cuantas veces había estado a punto de caer?
Como esas ideas no eran muy seguras y no me apetecía cabrearme conmigo misma alejé esos pensamientos de mi mente, miré al otro lado de la calle, al centro comercial Jackson Brewery.
-Vamos necesitas tener tu propia ropa y no depender de la prestada.-
Crucé la calle sabiendo que Julian iría tras de mí. De hecho, lo sentía justo a mis espaldas. Custodiándome. Su presencia era incuestionable; tenía un talento natural para invadir todos y cada uno de mis pensamientos y mis sentidos.
Ninguno de los dos dijimos ni una palabra mientras atravesábamos la calle y entrabamos en la primera tienda. Eché un vistazo a mí alrededor en busca de la sección de ropa masculina. Cuando la localicé, me dirigí hacía allí.
-Pantalones está claro que necesitaras vaqueros, dime. ¿Qué prefieres camisas de vestir o camisetas en plan informal?- Le pregunté al tiempo que cogía unos vaqueros y los valoraba.
-Para lo que tengo en mente, el nudismo es lo que mejor funciona.-
Me pasé la lengua por los labios tentada con la idea, intentando desdibujar la sonrisa burlona de mi cara, en lo que fracase estrepitosamente.
-No me digas que a estas altura de nuestra relación pretendes escandalizarme grandullón.-
-Tal vez. Debo admitir que me gustas mucho cuando te sonrojas.-
Dicho esto, se acercó a mí.
Hice un quiebro que habría hecho las delicias de un recortador profesional y el expositor de vaqueros quedó entre los dos.
-Si te gusto sonrojada es porque aún no me has visto usando un corsé de tachuelas, querido- tal vez no debía jugar con fuego, pero tenía que admitir que tener a alguien con quien compartir la primera locura que se me viniera a la mente sin preocuparme por ser juzgada era vigorizante.
Aunque teniendo en cuenta la forma en que me miraba Julian quizá me había pasado, era como un tigre al que le ponen delante un filete de ternera, bon apetite.
Carraspeé intentando fingir que no notaba el calor que su cercanía provocaba, -¿de momento que te parece tres vaqueros? Ya más adelante si quieres algún traje lo podemos ir viendo.-
Él suspiró y miró los vaqueros con detenimiento.
-No te molestes, me iré dentro de unas semanas.- Una duda terrible me subió por la columna congelando todas mis ideas calenturientas.
-Julian- dije con suavidad, -tus otras invocadoras, no… ¿no te han vestido?- En dos mil años era ridículo que ninguna lo hubiera hecho, que no hubiesen querido que las acompañará a dar un paseo, o a ir a algún baile.
-No lo hicieron.-
Malditas desgraciadas hijas de Morgoth, si siguieran vivas las daría tal paliza que las desollaría vivas, el tono hueco y desapasionado de la voz de Julian despertó un instinto voraz de protección.
A pesar de la confirmación de mis sospechas me costaba asimilar la cruda verdad.
-¿Nunca?-
-Solo en dos ocasiones- respondió con el mismo tono apagado.- Una vez, durante una ventisca en la Inglaterra de la Regencia, una de mis invocadoras me puso un camisón rosa de volantes antes de sacarme al balcón para que su marido no me encontrara en la cama. La segunda vez fue demasiado bochornosa para contártela.-
-¿Cómo han podido…?- La palabra se quedó atascada en mi garganta aunque no sé exactamente de haber podido cual habría dicho. ¿Cómo han podido hacerte tanto daño? ¿Ser tan desalmadas?
-Mírame Xandra- me dijo al tiempo que extendía los brazos para que contemplará su musculoso y apetecible cuerpo. –Soy un esclavo sexual. Antes de que tú llegaras, a nadie se le había ocurrido que necesitara ropa para cumplir con mis obligaciones.-
La pasión que se leía en su mirada me dejó en trance, pero lo que de verdad me conmovió hasta lo más hondo de mi ser fue el dolor que se reflejaba en esas profundidades azules y que él intentaba ocultar. Un dolor que me llegó al alma.
-Te lo aseguro- prosiguió él en voz baja,- una vez que me tenían dentro, hacían cualquier cosa por mantenerme allí. En la Edad Media, una de las invocadoras llegó a atrancar la puerta de su habitación y le dijo a todo el mundo que tenía la peste.-
Horrorizada por semejantes palabras, aparté la mirada. Lo que estaba describiendo era realmente abominable, si bien la expresión de su rostro me decía que no exageraba ni un ápice.
No quería ni imaginarme las degradaciones que Julian debía de haber sufrido a lo largo de los siglos. Por todos los santos y sus milagros, la gente trataba a sus aparatos electrónicos mejor de lo que le habían tratado a él.
-Estaban contigo durante todo un mes ¿y ninguna te vestía, ni hablaba contigo? ¿Simplemente te usaban para follar?- Me sonó muy burdo y a la vez muy suave lo que acababa de preguntarle, porque lo que esas mujeres habían hecho era denigrarle de todas las maneras habidas posibles, física, psicológica y emocionalmente además de violarle claro.
-La fantasía de todo hombre, ¿no es cierto? Tener a un millón de mujeres dispuestas a arrojarse a sus brazos, sin buscar compromisos ni promesas. Sin buscar otra cosa que tu cuerpo y las pocas semanas de placer que puedes proporcionarles. –El tono ligero no consiguió ocultar la amargura que lo invadía.
Tal vez esa fuese la fantasía de cualquier hombre, pero estaba claro que no era la de Julian.
Y a pesar de todo, de cómo le habían tratado, parecía molesto, casi furioso porque yo me empeñase en hacer lo que el resto se había negado a darle, tal vez creía que era un truco para ganármele cosa que teniendo en cuenta la maldición no tenía sentido, o más seguramente estaba convencido de que acabaría actuando como todas las demás.
-De acuerdo, pero yo no soy como ellas, y si quiero llevarte a un restaurante o a que conozcas Nueva Orleans, el nudismo no es una opción.-
La ira relampagueo de forma tan amenazadora en los ojos de Julian que estuve a punto de saltar para aumentar la distancia entre los dos.
-No me maldijeron para ser mostrado en público, Xandra. Estoy aquí para servirte a ti y solo a ti.-
De acuerdo eso sonaba bien, sonaba condenadamente bien de hecho, y si no fuese por la cosilla de la maldición ahora mismo le estaría empujando al probador y me metería dentro con él, el problema es que había una maldición de por medio.
Había un hombre que por mucho que lo negase necesitaba mi ayuda y por mucho que dijese que era imposible yo iba a salvarlo aunque para conseguirlo tuviera que darme duchas frías el resto de mi vida, porque ese era mi trabajo servir y proteger, jamás podría utilizar a una persona de una manera tan cruel, no podría perdonármelo.
-Tú mismo, cuando salgamos puedes ir desnudo o vestido, eso es decisión tuya- dije decidida cruzándome de brazos.
Al no recibir respuesta preferí centrarme en las tallas de los pantalones.
Julian guardó silencio.
Levanté la vista y descubrí que me miraba de forma sombría y furiosa.
-¿Qué?- Prácticamente ladre la palabra, tacto, delicadeza ¿para qué os quiero?
-¿Qué de qué?- Me ladró de vuelta.
Tal como estaban las cosas podíamos seguir diciéndonos ¿qué? Hasta que llegase el día del juicio o podía comportarme de forma madura, estamparle los pantalones en la cara y meterle de una patada en el culo en el probador, se me formo una sonrisilla siniestra en la cara al imaginarme eso.
Pese a todo y aún con la sonrisa en la cara le tendí los pantalones amablemente, él los apresó entre sus manos con evidentes ganas de tirarlos al suelo, la situación me estaba resultando mucho más graciosa de lo que debería y seguramente mi Karma me lo acabaría haciendo pagar pero ¿qué coño?
-Sería el señor semidiós menor tan amable de probarse los pantalones- le indique con la mano el probador, obviamente mi actitud le cabreaba hasta el infinito, bien, la furia haría que olvidase todo lo que acababa de decirme y se llevaría la vergüenza y la auto culpa que sentía.
Alzando el mentón en un gesto arrogante dejó que le condujese hasta los probadores, no pude evitar la tentación de guiarle suavemente con una mano puesta en sus lumbares, una vez dentro y antes de que se girase para mirarme con cara indignada una vez más, cerré la puerta a su espalda, diciéndome a mí misma que unos pantalones largos no me harían babear tanto como esos cortos que llevaba, y a todo esto ¿desde cuándo a los tíos los pantaloncitos cortos les quedaban tan jodidamente bien?
Entré en el estrecho probador todavía rumiando mi enfado por la descarada burla y el regodeo de Xandra a la hora de darme la ropa, parecía encantarle mi cabreo, aunque claro, si estaba ocupado pensado que los vaqueros eran una mierda, no estaba ocupado centrando mi atención en ella, la mujer era astuta tenía que concederle eso.
Tanto como para tenerme tan ensimismado que me sobresalté al verme rodeado de modo simultaneo por tres frentes de enemigos.
En primer lugar, las reducidas dimensiones del sitio, que me provocaron un terror incontrolable. Durante un minuto apenas pude respirar mientras luchaba contra el irrefrenable deseo de huir del estrecho y reducido habitáculo... No podía hacer un solo movimiento sin darme un golpe con la puerta o con los espejos.
En segundo lugar, y aun peor que la claustrofobia, fue ver mi rostro reflejado en el espejo. Hacia siglos que no contemplaba mi reflejo. El hombre que tenía delante se parecía tanto a mi padre que me entraron ganas de hacer añicos el cristal. Ambos teníamos los mismos rasgos marcados, la misma mirada despectiva. Lo único que no compartíamos era la profunda e irregular cicatriz que atravesaba la mejilla izquierda de mi progenitor.
Y, en tercer y último lugar, pude ver por primera vez en incontables siglos las tres finas trenzas que me identificaban como general que me caían sobre el hombro.
Alcé una mano temblorosa y las toqué mientras hacía algo que no había hecho, en mucho tiempo: recordar el día que me gané el derecho a llevarlas.
Durante la batalla de Tebas, el general que estaba al mando de mi tropa fue abatido y el ejército macedonio comenzó a replegarse aterrorizado. Yo agarré la espada del general caído, reagrupé a los hombres y los conduje a la victoria, aplastando a los romanos.
Encerré las bolitas en un puño.
Esas trenzas habían pertenecido al que alguna vez fuera un orgulloso y heroico general macedonio, líder de un ejército tan poderoso que había obligado a los romanos a huir con el rabo entre las piernas.
La imagen me atormentaba.
Bajé la mirada hacia el anillo que llevaba en la mano derecha. Un anillo que llevaba allí tanto tiempo que ya ni siquiera lo notaba; hacía mucho que había olvidado su significado.
Las trenzas, sin embargo… No había pensado en ellas desde hacía muchos, muchos siglos.
Al tocarlas en este momento, recordé al hombre que había sido. Recordé los rostros de mis familiares. Recordé a la gente que una vez se había desvivido por atender mis necesidades. A aquellos que me temían y me respetaban.
Recordé una época en la que yo mismo gobernaba mi destino y el mundo conocido se extendía ante mí para que lo conquistara.
Y en el presente no era más que un…
Con un nudo en la garganta, cerré los ojos y me quité las cuentas del extremo de las trenzas antes de comenzar a deshacerlas.
Mientras mis dedos se afanaban en deshacer la primera de ellas, miré los pantalones que había dejado caer al suelo.
¿Por qué Xandra estaba haciendo esto por mí? ¿Por qué se empeñaba en tratarme como a un ser humano?
Sabía que encerraba a criminales y yo mismo entendía bien lo de proteger en la medida de las posibilidades a la gente inocente, pero yo no era inocente de nada, yo mismo había provocado esto, no merecía nada.
Estaba tan acostumbrado a ser tratado como un objeto que la amabilidad y el descaro de esa mujer resultaban insoportables. El trato impersonal y frío que había mantenido con el resto de mis invocadoras me había ayudado a tolerar la maldición, a no recordar quién y qué había sido tiempo atrás.
Y sobre todo a no recordar lo que había perdido.
Había sido aquel trato lo que me había permitido concentrarme en el momento presente, en los placeres efímeros que tenía por delante.
Sin embargo, los seres humanos no vivían de ese modo. Tenían familias, amigos, un futuro y muchos sueños.
Esperanzas.
Cosas que hacía siglos yo había perdido. Cosas que jamás volvería a conocer.
-¡Maldito seas, Príapo!- Murmuré mientras tironeaba con fuerza de la última trenza.- ¡Y maldito sea yo también!-
Me quedé aluci-flipando cuando Julian salió por fin del probador vestido con unos vaqueros que parecían haber sido diseñados especialmente para él.
La camiseta que Mckenna le había prestado terminaba sobre la estrecha y musculosa cintura. La cinturilla del pantalón descansaba sobre las caderas, dejando a la vista una porción de ese vientre duro adornado con abdominales, dividido por la línea de vello oscuro que comenzaba bajo el ombligo y desaparecía bajo los vaqueros.
Me moría de ganas de acercarme a él y deslizar la mano por ese sugerente sendero para investigar hasta donde llevaba. Recordaba demasiado bien la imagen de Julian desnudo delante de mí.
Tras respirar hondo, tuve que admitir que los vaqueros le sentaban de maravilla. Estaba mucho mejor que con los pantalones cortos.
Sin lugar a dudas este hombre tenía el mejor culo que un vaquero hubiese tapado jamás, y en lo único que podía pensar era en pasar la mano por ese trasero, agarrarlo firmemente entre mis manos para acercar ese cuerpo esculpido en mármol al mío, hasta que no quedase espacio alguno por el que pudiese colarse el aire.
La vendedora y la clienta a la que esta atendía dejaron de hablar y observaron a Julian con la boca abierta.
-¿Me queda bien?- Me preguntó, y por todo lo sagrado y lo profano como me habría gustado poder mentirle.
-No te haces ni la más mínima idea- de lo comestible que estas así, ey genial por mi filtro mente-boca muy bien. De haberle dicho eso no quería imaginarme lo que habría hecho Julian en consecuencia, ¿a quién diablos pretendía engañar? Sí que quería imaginármelo, quería que ocurriera, pero, en esta vida tenía claro que no iba a ser posible, al menos mientras yo tuviese conciencia.
Julian esbozó esa sonrisa suya que no llegaba a los ojos.
Me coloqué detrás de él para ver la talla del pantalón y huir de su escrutinio.
Por la piedra filosofal… ¡Menudo culo!
Distraída por la retaguardia que habría hecho las delicias de Miguel Ángel, le pasé los dedos por la espalda sin dame cuenta mientras cogía la etiqueta.
Sentí como Julian se tensaba.
-¿Sabes?- Dijo él, mirándome por encima del hombro.- Disfrutaríamos muchísimo más si ambos estuviésemos desnudos. Y en tu cama.-
Escuché un jadeo de sorpresa de la vendedora, y a la clienta parecía que fuesen a salírsele los ojos como si fuera un dibujo animado, muy a mi pesar me reí por lo bajini.
-Eres consciente de que esa boca tuya es todo un peligro público ¿verdad?-
-Si me llevaras a casa no tendrías que preocuparte por eso, mi boca sería un peligro solo para ti, y te encantaría.-
Desde luego era tenaz.
Parpadeé rápido varias veces intentado quitarme de la cabeza la imagen mental que se había colado sin permiso, yo en la cama desnuda y jadeando por aire mientras Julían devoraba mi coño y jugaba con mi clítoris a placer, él no se detendría aunque yo se lo pidiese y cuando le pusiese la mano en la cabeza al final acabaría acercándole aún más y… Se acabó, alto, nada de eso, no iba a pasar nada de eso. Al parecer no tenía que dejarle claro ese punto solo a Julian si no al parecer también a mi subconsciente, que claramente es una salida.
Cogí dos pares más de vaqueros, unas camisas, un cinturón, unas gafas de sol, calcetines, zapatos y varios boxers enormes y horrorosos de colores chillones. Ningún hombre estaría atractivo con esos calzoncillos, y Julian tenía que parecerme de todo menos follable.
Antes de marcharnos conseguí que se probase un par de camisetas frikis, como una del castigador y otra con el traje del capitán américa, vale tal vez tendría problemas para no querer saltarle encima, pero una minúscula parte de mi sospechaba que me seguiría pareciendo un cañón hasta con un disfraz de Stich. Lo último que compramos fueron unas zapatillas de deporte y nos marcharnos.
-¿Sabes? Ahora con esa ropa pareces alguien normal de este siglo, y no un extra sacado de un videoclip de los Village People- mencioné cuando dejamos atrás los probadores.
A lo que Julian me dedicó una mirada fría y letal, y eso que estaba bastante segura de que no sabía quiénes eran los Village People.
-Solo parezco alguien normal por fuera- replicó en voz tan baja que no estuve segura de escucharlo, y… ¿Cómo no? Tuve que preguntar.
-¿Perdona? ¿A qué te refieres? Porque me da que no hablamos de lo mismo.-
-Me refiero, a que solo soy humano por fuera- dijo él en voz más alta.
Mi corazón dio un vuelco al atisbar la angustia en la mirada del semidiós.
-Julian- me aferré a su muñeca –oye, eres humano, o bueno todo lo humano que puede ser un semidiós- no tenía ni idea de si había dejado la cosa igual de mal o de si lo había empeorado.
Él apretó los labios y me contestó con una mirada sombría y cautelosa.
-¿En serio? ¿Tú crees que es humano vivir dos mil años? ¿Qué solo me permitan caminar por el mundo unas cuantas semanas cada dos o tres siglos?- Apreté más el agarre, para afirmarle que estaba ahí, con él.
-No, no lo es, pero eso no tiene que ver con el hecho de que no seas humano, sino con que estés maldito, y estoy bastante segura de que tú nunca quisiste nada de todo esto ¿me equivoco?-
Había tanto dolor en sus ojos, quería creerme lo sabía, y a la vez era como si se negase a aceptarlo, como si el hecho de que considerar que no era un monstruo fuese algo que pudiese hacerle daño, había tenido que sobrevivir en modo autómata hasta ahora, me imaginaba que la posibilidad de atreverse a pensar que podía ser él mismo, debía aterrarle como el demonio.
Echó un vistazo alrededor, rehuyendo mi mirada, y ambos vimos como las mujeres lo observaban a hurtadillas entre los huecos de los estantes de la ropa. Mujeres que se detenían por completo en cuanto le ponían la vista encima.
Hizo un amplio gesto con la mano, señalando el espectáculo que se desarrollaba a su alrededor.
-¿Has visto que hagan eso con alguien más?- El rostro de Julian adoptó una expresión dura y peligrosa antes de atravesarme con la mirada, pero no se soltó de mi agarré. –No, Xandra, jamás he sido humano.-
-Vale nunca has sido simplemente humano, porque siempre has sido más que eso. En cuanto a que no hagan eso con alguien más te aseguro que si ahora mismo apareciera Adam Lambert por esa puerta me olvidaría de que vives en mi casa, o hasta de que existes, y no estoy exagerando.-
Le solté con el deseo de tocarlo y llevé ambas manos a su rostro para acunarle entre ellas suavemente. –Eres un buen hombre, Julian, apenas te conozco, y sé eso de ti sin ninguna duda.-
La aprensión que vi en sus ojos hizo que se me partiera el poco corazón que me quedaba, estaba acostumbrada a mi propio dolor, pero no soportaba el suyo, lo que era una locura, porque como acababa de decirle apenas le conocía.
Sin saber muy bien qué hacer ni qué más decir, dejé el tema y me encaminé hacia la salida. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando me di cuenta de que Julian no se encontraba conmigo.
Me giré y lo localicé de inmediato. Se había desviado hasta la sección de lencería femenina y estaba de pie junto a un expositor del que colgaban unos minúsculos camisones de color negro. Alcé una ceja sin terminar de creérmelo, definitivamente no sabía cuándo parar. Prácticamente podía escuchar los lascivos pensamientos que pasaban por la mente del rubio de infarto.
¿Debía ir a buscarlo o pasaría algo si esperaba a que alguna mujer se ofreciese como modelo? Seguramente si no quería que alguna pobre acabase detenida por exhibicionismo sería mejor que fuera a por él rápido, pero la idea en mi cabeza era tan divertida, esto de ser una adulta responsable a veces es una putada.
-Eh ojazos. ¿Qué tal si nos vamos?-
Él me recorrió lentamente con la mirada de arriba abajo y supe que me estaba imaginando con una de esas prendas semitransparentes.
-Estarías espectacular con esto.-
Lo miré con sorna, no sabía si darle una colleja por insistir o un beso por verse encantador diciendo algo como eso.
-¿Prefieres las transparencias al cuero?- Tenía que aprender a no jugar con fuego, o mejor a no incitar a un semidiós cachondo que estaba deseando hincarme el diente.
-Ninguna de las dos cosas te duraría demasiado tiempo encima- tuve que contener la respiración al escuchar eso, sí, estaba totalmente convencida de que tenía razón.
-Julian malo- dije meneando mi dedo índice ante sus narices como si fuera un cachorro que ha mordisqueado mis zapatos.
-No, en la cama, no. –Bajó la cabeza hacia mí. –En realidad, en la cama soy muy…-
-¡Te encontré!-
MIERDA. No ahora Nick, no, esto iba a acabar muy mal, mal, fatal. ¿Cómo narices iba a explicarle que Ash me había dejado a un semidiós en custodia sin que se pusiese histérico?
Porque obviamente no podía ocultar al rubio increíblemente guapo que estaba detrás de mí. Por no mencionar que ocultar este tipo de cosas era como lanzar una cagada contra un ventilador cuando la verdad salía a la luz, la mierda tendía a salpicar todo, especialmente las buenas intenciones.
Respire hondo, armándome de valor y paciencia a partes iguales, el instinto me decía que si Julian consideraba que Nick podía llegar a ser peligroso para mí, la situación iba a volverse increíblemente inestable.
-No sabía que me estabas buscando cherie. ¿Qué pasa?-
-¿Que qué pasa? Nada de tú habitual, hola Nicky, vamos usa tus poderes de bruja adolescente.-
-Ya bueno, estoy madurando- dije con mi mayor sonrisa, grave error, el ceño de Nick se frunció y fulminó al hombre a mi espalda.
-¿Quién es él?-
-Julian de Macedonia, y sí, me refiero a esa Macedonia, te presento a Nick Gautier antes era más simpático, un grano en el culo, pero simpático- ante eso el cazador oscuro bufó.
-De acuerdo tal vez la pregunta que debería haber hecho es ¿qué coño es él? ¿Y por qué está contigo?-
-Es un semidiós, y resulta que es amigo mío así que nada de fulminarle ¿de acuerdo? Ash nos presentó anoche, no eres el único que aunque no me lo diga piensa que tengo que ser tratada como una muñeca de porcelana- me llevé las manos a las caderas -¿o de verdad te piensas que soy tan ingenua como para creer que es casualidad que me hayas acompañado todos los días a comer desde que me dispararon?- Tocado y hundido, gracias por jugar querido, una tiene de vez en cuando momentos de brillantez, puede que no muchos, pero menos da una piedra.
-Así que es un guardaespaldas- le miré por encima del hombro, bueno parecerlo ahora mismo con la cara de que tenía de sigue molestándola y te mato, lo parecía.
-Más o menos, nos ayudamos mutuamente, él me cuida y yo le ayudo con una cosilla- Nick entrecerró los ojos.
-Esa cosilla tiene algo que ver con un favor que te iba a pedir Ash- vale había intentado evitar llegar a este punto pero no podía alargarlo más.
-Sí- Nick espero a que continuase, aunque no me miraba a mí, sino a Julian –está maldito, tenemos un mes para encontrar la manera de liberarle, antes de que tenga que volver al lugar del que salió.- Di un paso al frente. –Mira Nick, soy consciente de que las cosas con Aqueron no están bien, y de que yo soy solo una humana sin ningún tipo de poder, pero Julian necesita ayuda y al parecer por suerte o por desgracia para él soy todo lo que tiene.-
Nick volvió a centrar su atención en mí pareciendo algo más relajado, permitiendo así mismo que Julian se destensase al darse cuenta de que no iba a haber pelea.
-¿Confías en él?- Supe que no se refería a Ash por el modo en que lo dijo. Me giré para quedar frente a Julian, ¿confiaba en él? Se me lanzaba encima y me besaba a la menor oportunidad, si bien es cierto siempre se detenía en cuanto se lo pedía de verdad, le había dado ropa de mi padre, le había dejado a solas con mi mejor amiga, había dormido a su lado, me había consolado después de tener una pesadilla horrible. ¿Qué si confiaba en él?
-Con mi vida- afirmé mirándole a los ojos, dicho esto volví a mirar a Nick.
-Ya veo ya, sobre todo si dejas que te elija la ropa interior- se burló de mí, y por un momento fue el Nick que yo conocía, el que había sido un tocapelotas y adorable hermano mayor.
Ambos se dieron la mano y Julian dijo algo en griego.
-Así que Griego y maldito, en Nueva Orleans te sentirás como en casa viejo, te lo aseguro, por cierto ¿qué tipo de maldición tienes encima?- Pensaba que había esquivado ese petardo, cachis.
-Soy un esclavo sexual- contesto sin ninguna entonación. Nick nos miró a ambos, a mi especialmente con un "¿ves como no te tenías que fiar de Ash?"
-Bueno eso tiene más sentido para mí que el que seas su personal shopper.-
-Nick- le lance cuchillas asesinas por los ojos, mientras posaba una mano sobre el bíceps de Julian.
-No pasa nada, Xandra.- Me tranquilizo Julian en voz baja.
No obstante, sabía que el comentario le había molestado, lógico y natural, se mirase por donde se mirase.
-Sé lo que soy, Xandra. La verdad no me ofende. En realidad, me ofende más que me llamé "griego". Fui entrenado en Esparta y luché con el ejército macedonio. Solía evitar cualquier contacto con Grecia antes de ser maldecido.-
Ladeé la cabeza al escuchar las palabras que acababa de decir, o mejor dicho, las que no había pronunciado. No había hecho mención alguna a su infancia.
-¿Dónde naciste?- Le pregunte antes de poder reprimir mi curiosidad de detective, en cuento veía un rastro me lanzaba a investigar, deformación profesional.
En la mandíbula de Julian comenzó a palpitar un músculo y sus ojos se oscurecieron de forma siniestra. Cualquiera que hubiese sido el lugar de su nacimiento, no parecía agradarle demasiado.
-Muy bien, soy medio griego; pero prefiero olvidar esa parte de mi herencia.-
-De acuerdo.- Tema espinoso. De ahora en adelante, borraría la palabra "griego" de mi vocabulario.
-Volviendo al asunto del camisón negro- dijo Nick para quebrar la tensión, -debo decir que hay uno rojo por allí que creo que le quedaría mucho mejor.- Mi mandíbula se desencajó y cayó hasta el suelo ¿pero qué coño?
Nick pasó olímpicamente de mí y condujo a Julian al estante donde estaba colgada la lencería de color rojo. Nick cogió un picardías transparente abierto por la parte delantera, de tirantes finos y con un cordoncillo que se anudaba bajo el pecho. El conjuntito de las narices lo complementaban unas braguitas abiertas en la parte inferior y un liguero de encaja del mismo tono.
-¿Qué te parece?- Le preguntó Nick a Julian al tiempo que sostenía el conjunto frente a él.
En cuanto a mí, personalmente creía que había caído por la madriguera del conejo y no me había dado cuenta hasta ahora, era de locos.
El semidiós me lanzó una mirada especulativa.
Si continuaban con ese juego asesinaría a Nick, muy, muy lentamente, eso si no me moría antes de la vergüenza.
-Parad ya los dos.-
-¿Por qué? Es divertido y además, ¿te acuerdas de cuando eras un mico y tú y Mckenna jodisteis mi cita con Julie Stuart? Bueno, esta es mi venganza mon ange.-
-Sigues siendo un mamón.-
-Señor mamón para ti, señorita listilla- deseé tener rayos laser en los ojos. –Te pongas como te pongas pienso regalártelo, estoy bastante seguro de que Julian te convencerá para que te lo pongas.-
Julian observo a Nick con evidente diversión, ¿y yo había estado preocupada de que destrozaran el centro comercial en una pelea? Rectifico, ojalá estuvieran haciendo justamente eso.
-Preferiría convencerla de que se lo quitara- me mordí el labio inferior y cerré los ojos intentando concentrarme en pensamientos alegres que me llevasen lejos del bochorno, Cris Evans, For you eterteiment, helado de chocolate mmmmmmmm, esas tres cosas juntas serían una combinación mortal.
-Acabará animándose- afirmo Nick en tono conspirador, sin duda confundiendo la sonrisa en mi cara con lo que no era.
-Basta, se acabó, mira, se lo he dicho mil veces a él y ahora te lo digo a ti, no voy a tener sexo con un tío cuya maldición le obliga a desearme, punto, tan simple como eso chicos.-
-Sí que lo harás- concluyó Julian, mientras Nick cerraba la boca e iba a pagar el picardías, ¿pero yo para quien hablaba? ¿Para los maniquís?
Sus palabras estaban tan cargadas de arrogancia y seguridad en sí mismo que no tuve ninguna duda de que este hombre no estaba acostumbrado a que lo desafiasen.
-¿Tan seguro estás de ti mismo? ¿Jamás te has equivocado?- Le pregunté.
El humor desapareció de la mirada de Julian al mismo tiempo que el velo volvía a caer sobre su semblante. Esa expresión vacía ocultaba algo, estaba segura. Algo muy doloroso, a juzgar por la repentina tensión de su cuerpo.
Julian no volvió a pronunciar una sola palabra hasta que Nick regresó y le tendió la bolsa.
-Ya que te estoy ayudando a seducirla, que te parece esta idea, velas aromáticas, a las mujeres les encantan, música ambiental, ya sabes- gesticuló subiendo y bajando las cejas exageradamente.
-¿De verdad quieres que me seduzca o que me duerma antes de que tenga ocasión de llegar a segunda base? Música ambiental- rodé los ojos. –A ver, gran señor de los cazadores oscuros. ¿Qué tal si nos centramos un poquito en la vida y me ayudas con Julian?-
Nick le miro evaluándole.
-No veo que le pase nada- dijo encogiéndose de hombros.
-¿Qué no le pasa nada? ¿Hola? Hombre inocente maldito por los dioses ¿te suena de algo? Una ayudita por favor.-
-Lo siento, pero no tengo ni idea sobre maldiciones, ya tengo bastante con el mal que guardo dentro y con intentar no perder la poca humanidad que me queda.-
-Ya, ya, ahora hazte la víctima- gruñí exasperada. Para dar por culo estaba on fire, pero para ayudar no, manda huevos.
-Vale, vale, no te pongas gruñona. ¿Tú sabes algo al respecto?-
-No he dejado de repetirle que es imposible.-
-Ya, veras, esa palabra no forma parte de su vocabulario, la culpa es de su padre le solía decir esa frase de "no sabían que era imposible así que lo consiguieron" y así ha salido la niña, cabezona como ella sola.-
-Cabezona o no, me niego a darme por vencida sin ni siquiera intentarlo.-
Julian apartó la mirada.
-Xandra, relájate un poco, no sé cuánto tiempo habrá estado encerrado, donde sea que haya estado, pero a veces eres un poco demasiado para los que te conocemos, imagínate para él.-
-Pues que espabile, si fue capaz de sobrevivir la educación espartana podrá tolerar mi carácter.-
-Está bien- cedió Nick. –A ver, Julian, ¿qué horrible pecado cometiste para acabar maldito?-
-Arrogancia.-
-Joder- comento Nick en tono fúnebre. -Ese es de los malos. Xandra, puede que él tenga razón. En aquella época solían hacer cosas como despedazar a la gente solo por eso.- Su semblante se oscureció de forma siniestra revelando un poco de aquello que llevaba dentro. –Los dioses son realmente despiadados en lo referente a los castigos.-
Los miré a ambos con seriedad.
-Chicos, no voy a creerme por las buenas que no exista ningún modo de liberarlo, siempre hay una manera- Nick apartó la mirada pensativo. -¿No se te ocurre nada por más remoto que sea que nos pueda ayudar?-
Nick se rascó la mejilla en la que tenía la marca de Artemisa con gesto pensativo. –Julian, ¿qué dios estaba a tu favor?-
Él respiró hondo, como si estuviera harto de sus preguntas.
-En realidad, ninguno de ellos me apreciaba mucho. Como era soldado, solía hacer sacrificios a Atenea, pero tenía más contacto con Eros.-
Se me escapó un bufido indignado, ¿por qué no me sorprendía? Nick le dedicó una sonrisa traviesa.
-El dios del amor y el deseo; lo entiendo perfectamente.-
-No es por las razones que piensas- contestó él con sequedad.
Nick hizo caso omiso de sus palabras.
-¿Has intentado alguna vez recurrir a Eros?-
-No nos hablamos.-
No pude evitar poner los ojos en blanco ante el sarcasmo de Julian.
-¿Por qué no intentas convocarlo?- Sugirió Nick.
-¿Crees que vendrá?- De pronto dude, una parte de mí no estaba convencida de que fuese una buena idea, teniendo en cuenta la aparente hostilidad que le profesaba Julian.
-No tengo ni idea, pero yo no puedo hacer nada, la mejor opción que tiene Julian es invocar a Eros para pedirle ayuda.-
De acuerdo puede que fuese la única opción de que disponíamos llegados a este punto, pero definitivamente no creía que fuese la mejor en absoluto.
Pero estas eran las cartas que el destino le había repartido, ahora estaba en sus manos jugar su única baza o retirarse de brazos cruzados y esperar a que el mes pasará.
Y detestaba perder así que.
-¿Lo intentarás?- Le pregunté a Julian.
Él dejó escapar un suspiró de frustración, como si estuviera a punto de zarandearnos a los dos por nuestra insistencia.
Con aspecto cabreado, echó la cabeza hacia atrás y mirando al techo dijo:
-Cupido, cabrón inútil, te invoco en tu forma humana.-
Claro, porque insultar al único ser en el cosmos que quizá pudiera ayudarle era una idea cojonuda, alce las manos exasperada.
-Me parece sorprendente que no aparezca solo para patearte el culo por haberle insultado.-
Nick se echó a reír, le fulminé con la mirada antes de volver al problema.
-De acuerdo.- Dije –dado que no tiene pinta de que nos vaya a fulminar ningún rayo por el momento. ¿Qué tal si dejamos las bolsas en mi coche, después vamos a comer y pensamos en alguna otra idea que no incluya cabrear a seres divinos, visto que lo de "Cupido, cabrón inútil" no funciona?-
-Por mi chachi- contestó Nick.
-Bien, pues entonces en marcha- dije, estaba a punto de coger las bolsas del suelo pero Julian se me adelantó. -¿Sabes que no estoy manca verdad? Deja que al menos lleve una- me dio la que menos pensaba. Sonreí de lado por un gesto tan tierno y anticuado como aquel.
Nick nos observó y luego negó con la cabeza, -vosotros estáis fatal y ni siquiera os dais cuenta, que es lo triste.-
-¿Tú que ladras?- Le pregunté.
-¿Yo?- Se hizo el loco, –nada, nada, yo no digo nada, por no decir ni estoy aquí, cuando te caigas del guindo no quiero que me recrimines nada.-
-Me gustaría decir que alguna vez en su vida fue normal, pero estaría mintiendo, siempre fue rarito- le conté a Julian negando de forma dramática con la cabeza en dirección a Nick.
-¿Estás intentando insinuar algo listilla?-
-No insinúo nada, es más, a mi parecer lo dejo bastante clarito- hacia muchísimo tiempo que Nick no bromeaba conmigo de esta manera, era como si volviera a ser un poquito más el mismo.
Nick se rió ante mi descaro.
Caminé tras ellos, escuchando sus bromas mientras salíamos de la tienda.
Por fortuna, Xandra había encontrado una plaza libre en el aparcamiento del Brewery, no me apetecía llamar la atención por la calle más de lo necesario, ya había tenido suficiente con ese dichoso autobús de locos.
Dejamos las bolsas en el coche. Aunque me costaba admitirlo, tenía que reconocer que una parte de mí se regocijaba por el hecho de que Xandra estuviese tan interesada en ayudarme.
Nadie lo había estado antes.
Había recorrido el camino de mi existencia en solitario, con el único apoyo de mi inteligencia y mi fuerza como salvavidas. Ya estaba cansado de todo antes de ser maldecido. Cansado de la soledad, de no contar con nadie en este mundo ni en el otro que se preocupara por mí.
Era una lástima no haber conocido a Xandra antes de la maldición. Ella habría sido un buen bálsamo para mi inquietud. Pero, a decir verdad, las mujeres de mi época eran muy diferentes.
Xandra me veía como a un igual, mientras que las mujeres de mi tiempo me habían tratado como a una leyenda a la que debían temer o aplacar.
Ella siendo como era luchadora por naturaleza y orgullosa de sí, no lo habría pasado nada bien en esos años.
¿Qué tenía esta mujer que la hacía tan… Tan única? ¿Qué había en ella que la empujaba a ayudarme cuando mi propia familia me había dado la espalda?
No estaba muy seguro. Era una mujer extraordinaria, sin más, tan sencillo como eso. Un corazón puro dispuesto a sacrificarse por los demás en un mundo plagado de egoísmo. Nunca había creído posible encontrar a alguien como ella.
Incómodo por el rumbo que estaban tomando mis pensamientos, eché un vistazo a la multitud, que no parecía afectada en lo más mínimo por el opresivo calor reinante en esta extraña ciudad.
Mis oídos captaron la discusión que una pareja mantenía a unos metros de distancia. La mujer estaba enfadada porque su marido había dejado algo atrás. Tenían un niños de unos tres o cuatro años que caminaba entre ambos. El trío se acercaba a la acera que había en frente de mí.
Sonreí al mirarlos. Me resultaba imposible recordar la última vez que había visto una familia unida, inmersa en sus quehaceres. La imagen despertó una parte de mí que apenas recordaba tener: corazón. Me pregunté si esas personas sabrían apreciar el regalo que suponía tenerse los unos a los otros.
Contuve el aliento cuando todos mis instintos me avisaron de lo que el niño estaba a punto de hacer.
Cerré el maletero del coche, mientras le decía a Nick por enésima vez que Julian no era ningún tipo de regalo de cumpleaños retorcido de Ash. Cuando por el rabillo del ojo vi una mancha azul que se dirigía a la calle a toda carrera. Me llevó un segundo darme cuenta de que era Julian, quien atravesaba como una exhalación el aparcamiento. El aire se escapó de mis pulmones al instante ¿Es que acaso iba a matarse para librarse de la maldición? ¿Tan desesperado estaba que no veía ninguna otra salida?
Al menos pensé eso hasta que vi al pequeño que acababa de poner un pie en la calzada atestada de coches, mi cuerpo se puso en automático y salí impulsada en su dirección, pero antes de poder imitar a Julian, Nick me colocó un antebrazo sobre el tórax apretándome a su pecho impidiéndome avanzar.
Ni siquiera pude cabrearme con él por no dejarme intervenir, o por no hacer nada él mismo, solo podía pensar, por favor, por favor no permitáis que les pase nada a ninguno, por favor.
-¡No!- Exclamé horrorizada al escuchar el chirrido de los frenos.
-¡Steven!- gritó una mujer.
Con un movimiento propio de una película, Julian saltó el muro que separaba el aparcamiento de la calle y cogió al niño al vuelo. Tras protegerlo contra su pecho, se abalanzó sobre el guardabarros del coche que acababa de frenar, saltó de medio lado sobre el capó, se incorporó y volvió a saltar para bajarse del vehículo.
Aterrizaron a salvo en el carril contiguo un segundo antes de que otro coche colisionara con el primero y se abalanzara directamente sobre ellos.
Paralizada no sé exactamente si por la impresión o el miedo, contemplé como Julian se subía de un salto a la capota de un viejo Chevy, se deslizaba por ella hasta el parabrisas y se dejaba caer al suelo. Tras rodar unos cuantos metros, por fin se detuvo y permaneció inmóvil, tendido sobre un costado.
El caos invadió la calle, que se llenó de gritos y chillidos al tiempo que la multitud rodeaba el escenario del accidente.
Como si alguien le hubiese dado a mi botón de reinició me quité a Nick de encima y me encaminé hacia Julian abriéndome paso a codazos y enseñando mi placa entre el gentío, decidida a llegar al lugar donde había caído con el pequeño aún en sus brazos.
Tenían que estar bien, no podían no estar bien, esos saltos, esos movimientos habrían hecho las delicias de un especialista de cine, y cierto rubio insistente y por lo visto Kamikaze tenía sangre divina, así que tenía que estar vivo o yo personalmente iba a bajar a los Campos Elíseos para resucitarle y poder volver a matarle a tiros por el susto que acababa de darme.
Ese tipo de cosas no se hacían y menos sin avisar, y me daba completamente que hubiese sido algo instintivo, Julian me iba a conocer enfada, si se le había ocurrido morirse.
Cuando logré atravesar la marea humana y llegué al lugar donde habían caído tras el último golpe, vi que Julian no había soltado al niño. Aún lo tenía firmemente sujeto entre sus brazos.
Agradecida hasta el alma con todas las fuerzas positivas del universo, me detuve a su lado con el corazón a punto de salírseme por la boca.
¡Estaban vivos!
-No he visto nada igual en mi vida- comentó un hombre situado junto a mí. Y con suerte no volverá a hacerlo, pensé para mí misma.
Todo el mundo parecía opinar lo mismo.
Despacio y temiendo hacerle daño, me acerqué a Julian para ayudarle a levantarse cuando vi que empezaba a moverse.
-¿Estás bien?- Escuché que le preguntaba al niño.
El pequeño le contestó con un lastimero aullido.
Sin hacer caso del grito ensordecedor, apoyándose en mí se puso en pie sin soltar al niño.
No podía sentirme más agradecida porque ambos estuvieran bien, no pude evitar pensar que… Si Aqueron no me hubiese traído el libro, y si yo no hubiese accedido a invocar a Julian, él nunca habría podido estar aquí para evitar lo que podría haber pasado y este niño ahora estaría muerto.
La cabeza empezó a darme vueltas al pensar en eso, una sola decisión, algo tan simple como hacer una cosa determinada o no hacerla, podía cambiar el curso de un montón de vidas distintas.
Y por cosas como esa agradecía no tener poderes, no creía poder soportar tal responsabilidad, bastante tenía la mayor parte del tiempo con mantener mi cuello sobre mi cabeza mientras pillaba al malo y conseguía un poco de justicia para la víctima.
Lo que no dejaba de asombrarme pese a todo, era como se las había ingeniado para mantener al niño en sus brazos.
Cuando le solté Julian se tambaleó un poco, pero recuperó el equilibrio con rapidez sin dejar de sujetar al pequeño.
Le puse una mano en la espalda para asegurarme de poder sostenerle en caso de que le fallasen las fuerzas.
Aquí había mucha gente con sus móviles, fruncí el ceño preocupada, mi mirada se encontró de pronto con la de Nick, quien me hizo un asentimiento con la cabeza, genial, si alguien había grabado algo, ese vídeo ya estaba eliminado, un problema menos.
Volví a centrar mi atención en Julian, no estaba segura de que fuese buena idea que estuviese de pie y sosteniendo al niño, evidentemente tenía una fortaleza impresionante como para resistir algo como por lo que acababa de pasar, pero a pesar de todo, seguramente una silla no le vendría mal.
Julian no parecía escuchar a nadie.
Sus ojos tenían una mirada extraña y sombría.
-Tranquilo, pequeñín- murmuró mientras sostenía al niño en un brazo y le acunaba el rostro con la otra mano.
Comenzó a mover la parte superior del cuerpo y a mecer al pequeño del mismo modo reconfortante y seguro con que lo haría un padre. Con la mirada perdida, apoyó la mejilla sobre la coronilla del niño.
-Ya está- susurró. –Ahora estás a salvo.-
La magnitud del horror de todo lo que había perdido Julian realmente me golpeó con la fuerza de un Tsunami. Un hombre que sabía consolar a un niño de esa forma, la mirada perdida en el pasado. Y solo había un motivo por el que un soldado griego hubiese estado tan cerca de un niño.
Había sido padre.
¿Dónde estarían sus hijos? Evidentemente muertos, pero ¿habían vivido una vida larga y feliz mientras su padre estaba encerrado? O ¿habían sido lo que había provocado que Julian fuese al templo de Príapo aquel día?
Las posibilidades giraban en mi cabeza como torbellinos imparables, mientras Julian dejaba a la llorosa criatura en brazos de su madre, que sollozaba aún más fuerte que el niño.
-Steven- gimoteó la mujer al tiempo que sostenía al niño contra el pecho.- ¿Cuántas veces tengo que decirte que no te alejes de mi lado?-
-¿Se encuentra bien?- Le preguntaron al unísono el padre del niño y el conductor a Julian.
Con una mueca de dolor, Julian se pasó la mano por el bíceps izquierdo, como si estuviera comprobando su estado.
-Sí, no es nada- respondió, aunque percibí la rigidez de su pierna izquierda, lugar donde le había golpeado el coche.
Me abstuve de mencionar que debería ir a un médico, seguramente tendría suerte si dejaba que le revisará al llegar a casa. Nick finalmente se acercó a nosotros.
-Alguien va a jugar a los médicos esta noche- se burló de mi evidente preocupación, ante el comentario Julian sonrió burlón.
-Oh, eso me encantaría.-
-Sí, quieres le compro un disfraz de enfermera sexy- se ofreció demasiado encantado mi actual dolor de cabeza con patas.
-Nicky no tientes tu buena suerte- le reñí sin muchas ganas, mientras mis ojos se cernían sobre mi protegido intentando encontrar alguna lesión que hubiese pasado por alto.
-Estoy bien, de verdad.- Me tranquilizó con una débil sonrisa antes de bajar la voz de modo que solo yo pidiera escucharlo. –Pero he de decir que los carros hacían menos daño que los coches cuando chocabas contra ellos.-
Se me escapó una carcajada, divertida por su retorcido sentido del humor.
-Apuesto a que sí cielo, aunque ahora no tienes que preocuparte de que los caballos te pisoteen con sus cascos.-
El hizo como si lo meditase, -cierto, esto es un golpe más limpio- se encogió de hombros –pero algo más letal.-
-Pero solo algo más- dije quitándole importancia.
Mientras el padre del niño le daba las gracias una y otra vez por haber salvado a su hijo, eché un vistazo a la sangre que manaba justo por encima del codo de Julian. Un reguero de sangre que se evaporaba al instante, como si se tratara de algún efecto especial sacado de una película de ciencia ficción.
De pronto, Julian apoyó todo su peso sobre la pierna herida y el dolor que se reflejaba en su rostro desapareció.
Gracias a los Dioses por la curación acelerada, un momento, le lancé una mirada venenosa a Nick, ¿podían haber sido tan cabrones?
La furia empezó a correrme por las venas de forma espesa como si fuese lava, ¿podrían haberme curado simplemente chasqueando los dedos y en su lugar me habían tenido en rehabilitación solo para que no fuese detrás del cabrón que había intentado matarme?
Vale que ellos no fueran detrás de él, bueno de ellos, no era asunto suyo, era algo humano, pero no ayudarme a curarme para que yo si pudiese perseguirlos, eso era, era ruin.
Ahora mismo quería golpear a Nick hasta que las manos se me quedasen dormidas.
Fulminé a Nick con la mirada.
-¿Qué? ¿Qué he hecho ahora?-
-Nada y ese es el jodido problema.-
-¿De qué hablas?-
-¿Tú de que crees que hablo?- Me acerqué más a él. -¿Por casualidad no sabrás de nada que aceleré la curación mágicamente verdad?- Vi como desviaba la mirada de forma culpable. –Ya hablaremos- esto no iba a quedarse así, aunque no sirviese de nada me iba a escuchar, vamos que si me iba a escuchar.
-Nunca podré agradecérselo lo suficiente- insistía el hombre, -creía que los dos habían muerto- me aliviaba saber que Julian había estado distraído y no había escuchado el intercambio de palabras entre Nick y yo.
-Me alegro de haberlo visto a tiempo- susurró Julian.
Extendió la mano hacia la cabeza del niño. Estaba a punto de acariciar los rizos castaños del pequeño cuando se detuvo.
Observé impotente la lucha que las emociones mantenían en su rostro antes de que Julian recuperara su actitud estoica y retirara la mano. Sin decir una palabra, comenzó a caminar hacia el aparcamiento.
Me apresuré a seguirle, sabía que físicamente estaba bien, pero los recuerdos que ese niño había revivido le habían dejado hecho polvo. -¿De verdad estas bien?-
-No te preocupes por mí, Xandra. Mis huesos no se rompen y rara vez sangro.- En esta ocasión, su voz destilaba una inconfundible amargura. –Es un regalo de la maldición. Las Moiras prohibieron mi muerte para que no pudiera escapar de mi castigo.-
-No me refería a tu cuerpo- Julian se giró para mirarme, me encogí internamente al ver la angustia que reflejaban sus ojos. Me moría de ganas por abrazarle pero teniendo a Nick rondando no estaba segura de que esa muestra de consuelo fuera a ser bien recibida.
Deseaba preguntarle por el niño, por el modo en que lo había mirado, como si estuviese reviviendo alguna horrible pesadilla. Pero de nuevo no era el momento, ni el lugar para intentar que me contase algo sobre su pasado, sobre todo si era tan doloroso como me temía que había sido.
-El héroe se merece una recompensa- nos distrajo Nick al ver lo tenso que se había vuelto el ambiente de repente a nuestro alrededor. -¡Vamos a la Praliné Factory!-
-Nick, no me parece…-Estaba enfadada con él y no me apetecía tenerle revoloteando a mi alrededor, quería estar con Julian y abrazarle tan fuerte como para que mi corazón tomase todo su dolor.
-¿Qué es eso?- Preguntó él.
-El praliné es un dulce típico de Nueva Orleans. Ambrosia cajun- explicó Nick. –Algo que debería estar a tu altura.-
En contra de mis ganas de alejarme de Nick, esté nos condujo de nuevo al interior del centro comercial, hacia la escalera mecánica. Una vez allí, subió al primer escalón y se dio la vuelta para mirar a Julian.
-¿Cómo has conseguido saltar sobre el coche? ¡Ha sido increíble!- No estaba segura de si de verdad lo pensaba, o quería tenerle de su parte para que intercediera por el cuándo yo decidiera desterrarle de pisar mi casa hasta que se me pasase la mala leche.
Julian se encogió de hombros.
-¡Vamos, hombre, no seas modesto! Te parecías a Keanu Reeves en Matrix. Xandra ¿te fijaste en el movimiento que hizo?-
-Sí- dije con voz fría, también me había dado cuenta de que lo único que había hecho él había sido retenerme, a pesar de que seguramente podía parar el tiempo, respiré hondo –lo vi- me centré en Julian y percibí su incomodidad ante los halagos de Nick.
También me di cuenta de la forma en la que las mujeres los miraban boquiabiertas a los dos, y menos mal que no estaba Ash, o se abalanzarían sobre mí como una horda zombi por estar en tremenda compañía.
Aunque tenía que reconocerlo. ¿Cuántas veces podía contemplarse a unos hombres como ellos en carne y hueso? Sobre todo a Julian que exudaba un atractivo sexual tan visceral.
El atractivo de Nick se veía ligeramente paliado por la oscuridad que lo envolvía y hacia desviar la mirada de las mujeres, no pudiendo centrase en él mucho tiempo aunque no quisieran dejar de mirar.
El caso es que eran dos sacos de feromonas andantes. Y a partir de aquel momento Julian era un héroe para mí, y un valiente por haber soportado todo lo que el destino le había echado encima sin volverse loco.
Quería conocerle mejor, poder apagar alguno de los fuegos que daban vida a sus demonios, de verdad esperaba poder ayudarlo durante el mes que teníamos por delante, y no me refería solo a la maldición, quería hacerle sentir libre, seguro y sobre todo digno, porque nunca había dejado de serlo.
Cuando llegamos al Praliné Factory, situada en el último piso, compré dos pralinés de azúcar y nueces y una Coca-Cola.
Sin pensarlo dos veces, le ofrecí uno de los dulces Julian. Pero en lugar de cogerlo, él se inclinó y le dio un bocado mientras lo sostenía.
Saboreó el manjar de tal forma que mi temperatura subió varios grados. Esos abrasadores ojos azules se clavaban en mí como si estuvieran deseando darse un festín con mi cuerpo en lugar de con el dulce.
-Tenías razón- dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. –Está delicioso.-
-¡Vaya!- Exclamó la vendedora desde el otro lado del mostrador. –Ese acento no es de por aquí. Usted no es de la zona.-
-No- contestó Julian. –No soy de aquí.-
-¿Y de dónde es?-
-De Macedonia.-
-Eso está en California, ¿verdad?-Preguntó la chica. –Tiene pinta de ser uno de esos surferos que se pasan el día en la playa.-
Julian frunció el ceño.
-¿California?-
-Es de Grecia- le explico Nick a la chica.
-¡Ah!- Exclamó ella.
Julian alzó una deja a modo de reproche.
-Macedonia no es…-
-Colega- dijo Nick, con los labios pecaminosamente manchados de praliné, -por estos lares puedes considerarte afortunado si encuentras a alguien que conozca la diferencia.-
Antes de que pudiera decirle al bocazas de mi amigo que cerrase el pico de una vez si no quería que se lo cerrase yo, Julian me colocó las manos en la cintura y me alzó para apoyarme en su pecho.
Acto seguido, se inclinó hacia delante y atrapó mi labio inferior con los dientes para acariciarlo con la lengua.
Comenzó a darme vueltas la cabeza al notar la ternura de su abrazo. Julian profundizó el beso un momento antes de soltarme y alejarse, dejándome completamente desubicada y añorando la sensación de estar entre sus brazos.
-Tenías azúcar en el labio inferior- me explicó con una diabólica sonrisa que hizo que sus hoyuelos aparecieran en todo su esplendor.
Parpadeé, asombrada al darme cuenta de lo mucho que me excitaban y confundían sus caricias.
-Ya ¿y para qué decírmelo y ya está? No desperdicias ni una ¿eh?-
-Cierto, pero así ha sido mucho más divertido. Y como general que fui, cuando se trata de conquista no tengo piedad- vale eso último seguramente no debería haberme puesto como una moto, pero lo había hecho y yo solo quería lanzarme a su boca, perderme en sus labios y olvidar absolutamente todo lo demás.
Pasé mi lengua por mi labio inferior inconscientemente y desvié la mirada al darme cuenta de que para Julian el gesto no había pasado desapercibido.
Iba a tener que empezar a controlar esto de los besos porque al final acabaría acostándome con él, y no estaba bien, porque él no me deseaba realmente. Y yo no podía hacerle lo que todas aquellas otras mujeres le habían hecho, lo que Sam, me había hecho a mí.
Necesitaba aire fresco y rapidito.
Me alejé de los dos seres sobrenaturales con los que estaba y traté de pasar por alto la sonrisa de perro viejo que había puesto Nick.
-¿Por qué me tienes tanto miedo?- Me preguntó Julian de buenas a primeras en cuanto llegó a mi lado.
-No se trata de miedo-
-¿No? Y entonces, ¿qué es lo que te asusta? Cada vez que me acerco a ti, te encoges de miedo.-
-Se trata de que no quiero utilizarte Julian ¿de verdad no lo entiendes? Y no encojo de miedo- insistí.
Julian estiró el brazo para pasármelo por la cintura. Me aparté con rapidez.
-Te has encogido- me dijo con tono mordaz justo cuando llegábamos a la escalera mecánica.
-No me encojo- repetí –me aparto, porque no soy capaz de mantenerme alejada de ti- lo cual ahora que lo había dicho en voz alta, era algo bastante contradictorio.
A pesar de que iba un escalón por debajo de Julian él me rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
Su presencia me rodeaba por completo, me envolvía y hacía que me sintiera extrañamente mareada y segura.
Estudié con detenimiento la fuerza que se apreciaba en esas manos morenas que se extendían sobre las mías a la altura del cinturón. La forma en que se marcaban las venas, resaltando su poder y su belleza. Al igual que el resto de su cuerpo, sus manos y sus brazos eran maravillosos.
-¿Cuándo fue la última vez que tuviste un orgasmo?- Me susurró al oído.
Me atraganté con el praliné.
-Eso por mucho semidiós que seas, no es asunto tuyo.-
-Hace meses ¿verdad?- Me preguntó. –Por eso…-
-No hace meses- le interrumpí –me encargo perfectamente de mis orgasmos yo solita.-
-¿Los hombres no dan la talla?-
-¡Julian!- Mascullé –no se trata ni de hombres ni de mujeres, estoy perfectamente estando como estoy, gracias.-
Él inclinó aún más la cabeza, acercándola tanto a mí cuello que pude sentir el roce de su aliento sobre la piel y oler su cálido y fresco aroma.
-¿Sabes una cosa, Xandra? Puedo proporcionarte un placer tan intenso que ni siquiera podrías imaginártelo.-
Me estremecí de la cabeza a los pies totalmente segura de lo que decía.
Sería tan fácil dejar que me demostrase sus palabras, rendirme y acostarme con él y mientras tanto buscar la forma de liberarle…
Pero no podía. Estaría mal y sospechaba que en cierta forma después de haberme negado tanto, si finalmente cedía, le haría daño, le demostraría que era como todas las demás, que no podía confiar en nadie.
Así que con todo el dolor de mi corazón y de mis partes bajas, me eché hacia atrás lo justo para mirarlo a los ojos.
-No se te ha ocurrido que tal y como me propones las cosas, ¿puede no gustarme el asunto?-
Mis palabras lo dejaron perplejo.
-¿Y cómo es posible?-
-Cuando le dije a Nick que confiaba en ti con mi vida, lo decía en serio, pero la próxima vez que me acueste con alguien, necesito que estén involucradas otras partes de su cuerpo además de las obvias. Quiero tener su corazón.-
Julian miró mis labios con ojos hambrientos.
-Te aseguro que no lo echarías de menos.-
-Al principio seguro que tendrías razón, pero al final… Lo echaría en falta.-
El semidiós dio un respingo y se apartó de mí como si lo hubiera abofeteado.
Sabía que acababa de tocar otro tema espinoso.
Puesto que quería descubrir más cosas sobre él, me di la vuelta y lo miré a los ojos.
-No lo entiendo. ¿Por qué es tan importante para ti que me acueste contigo? ¿Te ocurrirá algo malo si no lo hago?-
El dejó escapar una risotada amarga.
-Como si las cosas pudiesen empeorar más…-
-En ese caso General disfruta de esta oportunidad para encontrar una salida, aprovéchala, y si cuando consigamos liberarte sigues queriendo que follemos te aseguró que dejaré que me hagas todo lo que quieras durante todo el tiempo que puedas, ¿de acuerdo?-
Los ojos de Julian llamearon.
-¿Aprovechar que? No puede romperse ya te lo he dicho ¿quieres que conozca a personas cuyos rostros me perseguirán durante toda la eternidad? ¿Crees que me divierte mirar a mi alrededor sabiendo que en unos días me arrojaran de nuevo al agujero vacío y oscuro donde puedo oír, pero no puedo ver, saborear, sentir, ni oler?¿Dónde mi estómago se retuerce constantemente de hambre y la garganta me arde por la sed que no puedo satisfacer? Tú Xandra, eres lo único que me está permitido disfrutar. Y tienes toda la intención de negármelo.-
A ver, visto así.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos pero las contuve. No quería hacerle daño, jamás lo había pretendido.
Pero, había estado con un hombre que supuestamente me amaba, un hombre con el que me había imaginado casándome algún día, incluso había fantaseado con uno o dos niños, y al final todo lo que yo creía no había sido real, al menos por su parte, aún podía ver su enorme sonrisa cuando se acercó a mi mientras mi corazón sangraba en el suelo.
Le entregué mi vida entera, a pesar de saber que para él, el trabajo era más importante que yo, que sus amigos o socios y clientes eran más importantes que yo, pero pensé que con mi amor bastaría para los dos, que él también me quería aunque yo le quisiese más.
¿Cómo pude estar tan ciega y permitir que me hiriera de esa manera? Ya sé que el corazón no razona, y por eso aún sentía un profundo dolor en el alma.
-Lo siento mucho, Julian. De verdad que sí, pero ya te he dicho que no puedo, y no voy a hacerlo.- Bajé de la escalera mecánica y me encaminé hacia la salida del centro comercial.
-¿Por qué?- Me preguntó Julian cuando él y Nick me dieron alcance.
-Julian ya te he dicho porque.-
-Puede, pero no todo, hay algo más- maldito General observador.
"-Fue divertido mientras duro, pero ahora eres más un problema que otra cosa, me gustaría decir que esto me va a doler más a ti que a mí, pero te estaría mintiendo Xan, aunque si echaré de menos tu coñito si te sirve de consuelo"-maldito cabrón de mierda, apreté fuertemente mis manos, clavándome las uñas en las palmas al recordar sus palabras.
-¿Xandra?- La voz de Julian se introdujo en el laberinto de mis recuerdos, enseñándome la salida y devolviéndome a la realidad.- ¿Qué te sucede?-
Respiré hondo, no era momento de tener un puto ataque de ansiedad y menos en público.
-Estoy bien- le contesté.
Impaciente por conseguir una bocanada de aire, aunque fuese más ardiente y espeso que un chorro de vapor a presión, me dirigí a la salida lateral de Brewery que daba al Moonwalk. Julian y Nick me siguieron.
-Xandra. ¿Qué te hace daño?-
-Sam- oí como susurraba Nick.
Le fulminé con la mirada mientras me esforzaba por recuperar la calma. Pero no pude contenerme.
-Sabes que te golpearé Gautier, aunque te cures al instante, él- señale a Julian –no tiene por qué tenerme lastima, ni tratarme como si fuera una pobre estúpida a la que hay que proteger para que no se rompa en mil pedazos, por si se te ha olvidado Nick, resulta que a pesar de todo estoy viva, sigo aquí y voy a seguir luchando.-
Con un suspiro entrecortado miré a Julian, mi voz me sonó sorprendentemente firme incluso a mí.
-Quiero meterme en la cama contigo y dejar que me hagas todo lo que has dicho que quieres hacerme, pero se sincero, si fuera yo la que tuviese la maldición ¿te aprovecharías de mí? ¿Del hecho de que no pudiese negarme?-
Julian apartó los ojos de mí con la mandíbula tensa.
-Eso creía- vale parece que por fin, había conseguido que lo entendiera.
Nick solo me miraba en silencio, seguramente intentado controlar su yo oscuro y lo que podría llegar a decirme.
Me giré al darme cuenta de que Julian nos daba la espalda, seguí la mirada del semidiós y vi cómo se acercaba un grupo de seis rudos moteros. La vestimenta de cuero debía de ser agobiante con esa temperatura, si bien ellos parecían no notarlo mientras se daban codazos y se reían a carcajadas.
En ese momento, me fijé en la mujer que los acompañaba. Una mujer cuya forma de caminar, lenta y seductora, era el equivalente femenino al elegante y ágil paso de Julian. La chica también poseía esa belleza excepcional que solo se veía en actrices y modelos.
Alta y rubia, la mujer llevaba un escueto top de cuero y unos shorts cortísimos y ajustados que abrazaban una figura de escándalo.
La chica comenzó a aminorar el paso con el fin de quedarse rezagada tras los hombres mientras se deslizaba las gafas por el puente de la nariz para mirar fijamente a Julian.
Aquí iba a arder Troya.
Esto se iba a poner feo. Ninguno de los desaliñados y rudos moteros parecía pertenecer al tipo de hombre que tolera que su novia mire a otro tío. Y lo último que necesitaba era una pelea en el Moonwalk, si acababan todos en el calabozo, a ver con qué cara se lo explicaba a mi Capitán.
Agarré la mano de Julian y tiré de él en dirección contraria, Nick parecía de lo más relajado contemplando como se desarrollaban las cosas, ¿para que me iba a echar una manita?
-¡Venga Julian!- Él se negaba a moverse –tenemos que volver al centro comercial.-
A pesar de eso, siguió sin moverse, como si fuera una estatua perfecta, recién esculpida en mármol.
Observaba a los moteros echando chispas por los ojos, como si quisiera asesinarlos. En un momento dado, antes de que pudiera pestañear, se zafó de mi mano y echó a correr hacia el grupo para agarrar a uno de ellos por la camisa.
Estupefacta, observé como Julian asestaba al tipo un puñetazo en la mandíbula.
Buenas tardes almas corsarias.
Espero que el capítulo os haya gustado, hasta que os traiga el siguiente, procurad ser felices.
