30 cuidado
Pasaron algunos días, la rutina no había variado mucho, Ciel con su embarazo seguía con esos impredecibles cambios de humor, al punto que hasta las personas que más paciencia le tenían los hartaba por momentos.
—El príncipe Soma estaba llorando en el jardín ¿Qué sucedió? —Era la pregunta curiosa de Sebastian cuando llegaba a la habitación de su amo con un enorme trozo de pastel de chocolate y un vaso con leche, era el bocadillo de media tarde.
—Nada... —Murmuró en voz baja el conde mientras saboreaba ese delicioso pastel frente a él, ignorando a su amante que lanzaba un bufido ante su desganada respuesta.
—No debería darle este postre por portarse mal.
—Yo no le hice nada, tú te pones de lado de cualquiera y no de quien dices amar... Demonio idiota. —Molesto le hablaba haciendo un puchero que mostraba cuan resentido estaba ante la insconciente acusación.
Ese adorable gesto que a Sebastian le embelesaba, como negarle algo a un niño tan lindo, ahora con el embarazo y sin las náuseas había subido de peso en los últimos días. Cuando hacía un pucherito las mejillas ya rellenitas las inflaba más, era simplemente adorable que se sonrojaba un poco de la emoción, era como ver mil gatos juntos en una sola expresión pensaba para si mismo.
Casi al instante, Ciel comía ansioso su pastel, sabía que Sebastian no le negaba nada si hacía ese gesto, había descubierto una de las debilidades adquiridas hace poco por su demonio, quien desviaba la mirada al sentirse manipulado de esa manera.
—Estaba delicioso... ¿Puedes traerme un pedazo más? —Pedía Ciel con una sonrisa, devolviendo el plato y vaso vacíos.
—¿Por qué mejor no pides frutas o una ensalada si todavía tienes hambre?
—Ya no quiero nada... —Volvía hacer un puchero.
—Ah no caeré de nuevo en ese truco manipulador...
—¿Dejarás con hambre a tu bebé?
—Ya comieron mucho dulce por ahora, pueden comer algo más. —Cariñoso Sebastian le hablaba tratando de hacerle entender, acariciaba su rostro con una de sus manos— Estás muy lindo... ¿Te lo he dicho hoy?
—Si, lo dijiste... Y no creo verme lindo, he subido de peso, me siento raro... Soma me dijo que parecía un elefante bebé... —Sebastian sonreía al oírlo ahora entendía el motivo por el que el príncipe estaba llorando en el jardín— No te rías, no es gracioso...
Le regañaba con el ceño fruncido.
—No le hagas caso, estás hermoso así lo digo en serio.
—Lo dices porque no puedes mentirme.
—Lo digo porque te amo...
Acercándose Sebastian besaba sus labios podía percibir todavía el sabor dulce del pastel en su boca, Ciel le correspondía abrazándolo lo recostaba con el en la cama.
—Sebastian... Te gusta devorarme ¿Verdad? —Le hablaba el joven muy cerca de sus labios en ese abrazo— Tú solo come almas y dices que cuando estamos juntos es como una forma de saciar tu hambre ¿No?
—Si, algo así... ¿A qué viene eso ahora? —Confundido Sebastian le hablaba aprovechando ese abrazo lo acariciaba, le deleitaba su cuerpo más "gordito" de alguna forma le excitaba apretarlo.
—Pues yo sería como tu postre dulce, así que deberías entender lo que siento, mi ansiedad por comerlos. —Ciel aclaraba con una traviesa sonrisa sintiendo como su amado no dejaba de acariciarlo.
—La diferencia contigo es que yo puedo dejar mi postre cuando lo deseé. —Algo desafiante el demonio le insinuaba.
—¿Si? Entonces... ¿Por qué no dejas de tocarme? —Con una pícara sonrisa le insinuaba, su demonio le sonreía de igual manera, a pesar de ser descubierto no dejaba de acariciarlo.
—Quiero mi postre ahora... —El demonio decía ansioso cuando su travieso amo se levantaba la pijama, verlo sumiso dando la iniciativa le excitaba.
Mientras el joven levantaba su blanca pijama, Sebastian bajaba su ropa interior dejando al descubierto sus partes bajas, notaba su vientre abultado, sonrojándose se acercaba a besarlo.
—Me haces cosquillas...
Sebastian ignorando su queja no dejaba de repartir besos en la suave piel de ese vientre donde se aguardaba su pequeño que crecía, se sentía tan cálido. Ciel acariciaba dulcemente su cabello mientras este estaba embelesado besándolo, era agradable esta sensación, estar junto a quien amaba compartiendo este momento tan significativo como el crecimiento de este niño que era una combinación de ambos.
—Bebé ya te consentí mucho, ahora me toca consentir a mami... Sino después se pone celoso.
—No me digas así, no soy mujer.
—Eso lo sé... —Perverso decía mientras daba una lamida a su miembro— ¿Te ha crecido con el embarazo?
—Claro que no... Está igual. —Le refutaba a su evidente burla, sonrojado le halaba el cabello.
—Si, lo veo más grande, unos milímetros de largo y ancho.
—Si sigues molestando te dejaré sin tu postre.
—No te estoy molestando... Hablo en serio.
Sebastian le aclaró antes de seguir lamiendo, deleitado en ese miembro siguió rozando su lengua hasta endurecerlo, los gemidos de Ciel invalidaban su fingida molestia, lo disfrutaba.
Minutos después, el conde tumbado en la cama con sus caderas levantadas observaba como su demonio como sentado entre sus piernas lo penetraba exquisitamente, en un equilibrio entre delicado y profundo. Debían tener cuidado con el bebé, cada estocada lenta lo llevaba al delirio, veía el gesto de Sebastian al gruñir, le alegraba complacerlo saber que aún no habían perdido la "chispa" que los unió al principio, a pesar que ahora estaba algo inseguro de su cuerpo por el embarazo, sentía alivio de todavía excitarlo.
Pensaba en como habían madurado en estos meses juntos, o eso creía en algunos aspectos habían crecido, sentía que no podía dejar de amarlo al contrario lo amaba más con el pasar de los días, tenía rendido a sus pies a un demonio y no era solo por un contrato.
—¿Qué piensas? —Sebastian jadeante le preguntaba en medio de una estocada.
—Ngh... Nada importante —Murmuraba entre jadeos— Solo que haces unos gestos graciosos.
—Tú también los haces... Sé donde tocar solo con ver tus gestos. Por ejemplo... —Hacia un movimiento circular dentro suyo, notando como Ciel arqueaba su espalda, en un gemido apretaba los labios— Ves... Eso te gustó, hice cosquillas a tu próstata ¿No?
—Idiota... —Sonrojado Ciel bufaba con fingida molestia, desquitándose con fuerza contraía su cavidad interna haciendo que apretara más el miembro ardiente de su amante que gruñó ante este obvio desquite de su pequeño amante que sonreía jadeante.
Sebastian se acercaba a sus labios, los besaba en medio de una pícara sonrisa de ambos, porque así era su relación, una constante pelea, un amor desafiante, quizás era lo que no les hacia aburrirse uno del otro, era su magia. Sebastian pensaba en como amaba a este niño, le complacía de todas las formas posibles suponía que esto era estar enamorado. Entre besos y caricias llegaron al orgasmo, consumidos sus cuerpos en el dulce placer del amor que los unía descansaban unos minutos después.
—Deja de acariciarme así el trasero... No es un trozo de carne que debes ablandar para cocinar. —Algo incómodo le pedía al sentir como en ese abrazo, sus dos manos masajeaban toscamente su trasero.
—Es que está más redondito, tan suave... ¿Puedo besarlo? Te daré todo los postres que quieras después.
Ciel oía la propuesta no era mala, iba a ser consentido porque aunque lo negara le agradaban sus caricias toscas, a la vez tendría la libertad de comer lo que quisiera. Con fingido desgano aceptaba.
El joven comía ansioso pastel después, como le gustaba salirse con la suya, por momentos se sentía como el postre de Sebastian pero no le importaba, porque no era cualquier postre sino el más exquisito en términos estrictamente para el gusto de un demonio.
—¡Ciel... Perdóname! ¡No eres un elefante bebé!
—¡Deja de decirme así...!
Ciel regañaba a su amigo que entraba todo alborotado a su habitación se lanzaba a la cama a abrazarlo en señal de arrepentimiento por lo que dijo antes, que no fue con el afán de molestarlo sino porque le parecía tierno, ya que el amaba los elefantes.
—Joven Ciel... No debería comer tantos dulces. —Agni sugería al ver como había terminado de comer y tenía migajas alrededor de su boca.
—Me gané este postre...
Soma y su sirviente se miraron entre si, no entendiendo que quiso decir pero suponían que era una especie de código en el lenguaje pervertido que tenía con su mayordomo, ahora novio.
A la mañana siguiente, Ciel amanecía como ya era costumbre abrazado a su demonio, quien lo llamaba sutil en un susurro le daba los buenos días junto a unos besos que depositaba en sus labios que se abrían bostezando.
—No me beses mientras bostezo...
Le regañaba el joven y esa era su manera peculiar de corresponder ese cariñoso saludo, abriendo los ojos pesadamente miraba el rostro sonriente de su demonio que a pesar del regaño parecía feliz por un nuevo día, demasiado optimismo para un demonio pensaba con una sonrisa el conde. Le gustaba como Sebastian acariciaba su vientre, sobre todo el gesto que hacia, devoto amor a su pequeño, no dudaba que él sería un buen padre, abrazándolo le daba besos ya que estaba más despierto.
—¿Estás seguro que quieres hacerlo? —Sebastian cuestionaba con algo de duda, cuando tenían su acostumbrada conversación matutina planeando lo que harían ese día.
—Se va a enterar de todas formas, no es como que pueda esconderle a nuestro hijo cuando nazca —Le respondia con aparente seriedad— Además ya descubrió nuestra relación de una manera incorrecta sería cruel de mi parte si se llega a enterar por casualidad de nuevo. ¿No crees?
—Si, supongo que si... Se resentiría si descubre que todos sus cercanos menos ella lo sabían. Ella vendrá al mediodía.
—Ya ves... Después dices que no entiendo a las mujeres...
—El embarazo le despertó su lado femenino al parecer... —Se le burlaba lo próximo que sintió fue como le daban un almohadazo en la cara—Ciel... Si vas a estamparme algo en la cara que sea tu trasero...
Se le volvía a burlar, Ciel no entendía como podía estar enamorado de alguien tan odioso además tan libidinoso, lo exasperaba pero quizás por esos motivos lo amaba. Poco después se veía a un excitado y apenado conde casi sentado en la cara de su demonio que besaba y lamía ese trasero que deliciosamente estaba dispuesto para el.
—Me siento como un prostituto, hacerte estos favores sexuales por unos postres... —Entre jadeos Ciel decía con su fingido disgusto de siempre, que era obvio no lo era porque disfrutaba hacer esto— Para hoy quiero pastel de chocolate y también gelatina de algunos sabores...
—Si, mi señor... —Con dificultad hablaba el mayordomo para terminar metiendo la lengua en ese ano palpitante que rozaba su nariz y que rogaba por su atención. Así era cada mañana para la pareja, al menos en esos días que Ciel amanecía de buen humor.
(ω*)
