Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«26»


«Pero hasta los sueños mas dulces han
de tener su fin...»

.

.

Sakura se detuvo y se giró lentamente, alisándose la falda de exquisito color burdeos.

—Nunca he encontrado justo que el hada madrina no gozara de los mismos privilegios de su protegida.

Sasuke avanzó hacia ella.

—¿No estás cansada de huir, Sakura? Sé que yo lo estoy. Ya llevo once años huyendo y eso no me ha llevado a ninguna parte que deseara ir.

—¿Y dónde deseas estar, milord? — le preguntó ella con una leve sonrisa burlona.

—En tu corazón. En tus brazos. — Mientras del salón subían las primeras notas de un vals, él dio otro paso hacia ella—. En tu cama.

Sakura le dio la espalda, pero no antes que él viera derrumbarse su máscara de severidad.

—¿Cómo te atreves a insultarme así? Vamos, a una palabra mía mi primo se vería obligado a retarte en duelo.

—Pues di esa palabra — dijo él tristemente—. Prefiero morir en el campo de duelo mañana antes que pasarme el resto de mis días sólo medio vivo. Así es como me siento cuando no estoy contigo.

Sakura se volvió hacia él, pestañeando rápidamente.

—Bueno, eso es simplemente tu mala suerte, ¿verdad? Porque fuiste tú, no yo, el que estropeó los once últimos años de nuestras vidas.

—Eso no es cierto, y condenadamente bien que lo sabes. Fuiste tú la que rompiste nuestro compromiso. Fuiste tú la que decidió creer un feo bocado de chismorreo en lugar de creerte al hombre que decías amar. — Movió la cabeza—. Todavía no puedo creer que hayas pensado que te había dejado por una cabeza de chorlito como Karin Markham.

—¡Te vi! — exclamó ella—. ¡Los vi juntos esa noche en la fiesta de lady Ino! Te vi con ella en tus brazos, te vi besarla igual como siempre me besabas a mí.

Sasuke sintió que la sangre le abandonaba la cara.

—Ay, Dios — susurró—. No lo sabía.

—¿No vas a negarlo? ¿No vas a decirme que fue ella la que te besó a ti? ¿Quién sabe? Después de todos estos años, a lo mejor me siento tan sola y desesperada que te creería.

Sasuke cerró los ojos, golpeado por la secreta vergüenza que le había impedido defenderse ante ella todos esos años. Toda una vida de pesares pasó veloz ante ellos: los tiernos momentos que podrían haber vivido, los hijos que podrían haber tenido. Pero cuando los abrió, comprendió que ése era el único momento que importaba.

—No te voy a mentir. La besé.

—¿Por qué? — preguntó ella en un susurro, rompiéndole nuevamente el corazón con las lágrimas que brotaban de sus hermosos ojos—. ¿Por qué hiciste eso?

Él sacó un pañuelo del bolsillo superior del frac y se lo pasó.

—Porque era joven y estúpido, y estaba solo en un jardín iluminado por la luna con una jovencita que me miraba como si yo estuviera colgado de la luna. Porque me faltaban menos de dos semanas para casarme. Porque estaba medio desquiciado de amor por ti, pero aterrado por la intensidad de mis sentimientos. — Movió la cabeza, desesperado—. En el instante en que mis labios tocaron los de ella, comprendí que era un error.

Sakura arrugó el pañuelo en el puño.

—Ino y Sarah vinieron a verme al día siguiente y me dijeron que planeabas casarte con Karin. Y yo, claro, les creí. ¿Cómo no iba a creerles? Había visto la prueba con mis propios ojos. No me dejaste más opción que romper nuestro compromiso antes que me lo dijeras tú. ¿De qué otra manera iba a salvar mi orgullo?

Sasuke le cogió el mentón y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Puede que me hayas visto besar a Karin en el jardín esa noche, pero te marchaste antes de verme apartarla de un empujón. No me oíste decirle que mi vida y mi corazón ya estaban prometidos a otra. — Le acarició el tembloroso labio inferior con el pulgar—. A ti.

Ella le cogió la muñeca, revelando lo mucho que deseaba creerle.

—Pero ¿por qué no viniste a decirme eso? Si me lo hubieras explicado...

—Dios sabe que debería haberlo hecho. Debería haber tirado piedras a tu ventana, echado abajo tu puerta. Debería haber gritado mi amor por ti desde todas las azoteas de Londres hasta que no te quedara más remedio que escucharme. Pero yo era poco más que un crío entonces y tu falta de fe en mí fue un golpe terrible para mi orgullo. — Bajó los ojos—. Y supongo que me avergonzaba que hubiera una pizca de verdad en ese cruel chisme.

Sakura le miró atentamente a la cara, con las mejillas todavía inundadas de lágrimas.

—Parece que el orgullo y el tiempo nos han hecho tontos a los dos.

Sasuke la envolvió en sus brazos, abrazándola como había deseado hacer durante tantos años.

—Ahora soy mucho mayor y más sabio. Y digo, ¡al diablo el orgullo! Y en cuanto al tiempo, bueno, no tengo la menor intención de desperdiciar otro precioso segundo.

Fiel a esa afirmación, posó tiernamente los labios sobre los de ella, procurando que ella nunca volviera a tener un motivo para dudar de él.

Ya era bien pasada la medianoche cuando se marcharon los últimos invitados de Uzumaki Hall. El baile y la cena formal que lo siguió fueron proclamados un éxito rotundo. La principal diversión llegó cuando la condesa de Temari levantó la tapa de una fuente y descubrió debajo a un gordo gatito negro mordisqueando el pollo que contenía. Creyendo que era una rata, la rubia lanzó un chillido y se desmayó.

Como era su costumbre, el gallardo anfitrión de la fiesta ya era la comidilla en los salones de Londres; todo el mundo hablaba de él. Pero esta vez no fueron los mariposeos del duque, ni su afición al juego ni sus duelos los que captaron la imaginación de los dados al cotilleo; fue su conmovedora adoración por su hermosa y joven esposa.

Aunque no era la moda bailar toda la noche con la propia esposa, él rehusó firmemente apartarse de su lado. Entre baile y baile, la iba presentando a sus invitados, obsequiaba a sus embelesados oyentes con la dramática historia de su primer encuentro y subsiguiente cortejo. Durante la cena hizo un brindis en su honor, con tanta ternura y elocuencia que hasta al hastiado lord Byron se lo vio limpiarse una lágrima. La pobre lady Shizuka se sintió tan agobiada por la emoción, que casi no podía hablar y tuvo que marcharse poco después.

Mientras los músicos guardaban sus instrumentos y los lacayos apagaban las velas de los candeleros y lámparas de araña, Hinata se paseó por el salón, deseando que el baile hubiera continuado toda la noche, o eternamente. Una eternidad sería poco tiempo para pasarlo disfrutando del cariño que brillaba en los ojos de Naruto, de su cálido contacto. Se le escapó un pesaroso suspiro. Durante unas preciosas horas, casi había sido como si hubiera recuperado a Nicholas.

Alguien se aclaró la garganta detrás de ella. Se giró y vio a Naruto en la penumbra con Hanabi dormida en sus brazos.

—La encontré acurrucada debajo de la mesa de los postres, profundamente dormida — le dijo él en voz baja.

Hinata se le acercó. Colocándole un brazo en posición más cómoda a Hanabi, susurró:

—La pobre se va a sentir fatal. Estaba resuelta a estar despierta toda la noche.

—Probablemente sucumbió a un exceso de dulces. Neji me dijo que se había quejado de dolor de estómago. Seguro que por la mañana ya se encontrará bien.

Cuando él se dio media vuelta, afirmando suavemente la cabeza de Hanabi en su hombro, Hinata se sintió avasallada por una repentina oleada de ternura. ¿Llevaría así a sus hijos? ¿Los pondría en sus camas y les besaría sus sonrosadas mejillas cada noche para dejarlos entregados a sus sueños?

No tenía manera de saber si lo haría. Pero debía darle una oportunidad. Se acarició el vientre. Debía hacerlo no sólo por el bien de él, ni por el bien de ella, sino por el bien del bebé aún no nacido.

—Naruto — dijo, alzando el mentón.

—¿Sí? — repuso él, girándose en la puerta.

—Después que acuestes a Hanabi, ¿podría hablar un momento contigo en el estudio?

El recelo le ensombreció los ojos a él por primera vez esa noche, produciéndole a Hinata una punzada de pesar. Pero no podía permitirse echarse atrás. Si esperaba hasta que él fuera a su dormitorio para intentar hablarle, no habría palabras.

—Muy bien. Volveré enseguida.

Hinata se fue al estudio a esperarlo. No había entrado en el refugio de Naruto desde aquella noche en que discutieron por el regalo de cumpleaños. El hogar estaba oscuro y frío, de modo que encendió la lámpara de la esquina del escritorio. Se sentó en el sillón de orejas delante del escritorio y empezó a dar golpecitos con los pies impaciente.

Los momentos parecían alargarse, lentos. Finalmente se levantó a hacer un inquieto recorrido por la sala. La lámpara hacía muy poco para disipar la opresiva oscuridad.

—Tiene que tener unas pocas velas guardadas en alguna parte — musitó.

Pasó la mano por las librerías, pero sólo logró encontrar dos pequeños cabos de vela y una caja de cerillas vacía. Simplemente tendría que atreverse a buscar en el monstruoso escritorio. Su intención fue sentarse en el borde del sillón de Naruto, pero casi involuntariamente se fue hundiendo en la mullida y seductora comodidad del tapiz de lustroso cuero.

Así que ésa era la sensación de ser duque, pensó, contemplando la sala desde una perspectiva totalmente nueva.

Tal vez cuando llegara Naruto debería hacerlo sentarse al otro lado del escritorio. Entonces podría reclinarse en el sillón, meterse un cigarro en la comisura de la boca y explicarle que ya estaba harta de su cavilosa reserva y que sencillamente él tendría que perdonarle el ser tan tonta.

Riéndose en voz baja de su estupidez, empezó a buscar velas en los cajones del escritorio. Pronto llegó el momento en que su única esperanza estaba en el último cajón del lado izquierdo. Tiró del pomo de caoba pero el cajón se quedó atascado, como si hiciera bastante tiempo que no lo abrían. Apretando los dientes, le dio un fuerte tirón.

Libre de sus amarras, el cajón se abrió, inundando el aire con la inconfundible fragancia de azahares.

.

.

Continuará...