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XXIII FINAL
Gratitud Divina
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Dando grandes pasos hacia su alcoba, Albafica llevaba a Agasha cargando. La chica con sus piernas sobre su cintura, sin dejar de besarlo. Hace unos instantes él mismo le había sacado la toga descubriendo que debajo de ella Agasha estaba completamente desnuda. En todo el trayecto hasta sus aposentos, Albafica no dejó de atormentarla con sugestivas caricias en sus glúteos y espalda.
Apretaba con fuerza las nalgas femeninas contra sus caderas ocasionando que ambos suspirasen adentro de la boca del otro. Agasha revolvía con suavidad el cabello de Albafica, dándole besos cortos pero intensos en los labios.
Como si fuesen amantes de toda la vida, y como si hubiesen estado separados durante años, ambos unieron sus cuerpos con una lujuria que la mismísima Afrodita hubiese aprobado con honores.
Ya estando en la cama, Agasha ayudó a Albafica a sacarse la camiseta que llevaba. Con las yemas de sus dedos, acarició con fervor cada músculo que encontraba en su camino, incluso se agachó para ser ella quien besase su cuello y pudiese oler su aroma.
En recompensa, o en venganza, Albafica usó su diferencia de tamaños a su favor, bajando deliciosamente una mano hasta la entrepierna de la chica para introducir 2 dedos adentro de ella, posando su pulgar sobre su clítoris, donde hacía lentos movimientos circulares.
―¡Eso es trampa! ―chilló tensándose, con los dientes cerrados, pero con la cara aún oculta en el cuello masculino.
El calor que le produjo sus suspiros y gemidos junto a la humedad que cada vez se pronunciaba más en el cuerpecito de Agasha, provocaron que el miembro de Albafica reaccionara con rapidez. Así que para no dejar nada al azar, el hombre movió con más ímpetu sus dedos para que ella no pensase en dejarlo.
Soltando suaves gemidos, y dejándose llevar por el placer que recibía, Agasha abrió un poco la boca para intentar encontrar aire. Separando más las piernas, se aferró a él con las uñas de ambas manos. Reaccionando ante cada movimiento, se encontró a sí misma meneando las caderas sobre los dedos de Albafica, intentando que la fricción fuese más y más intensa.
En un instante ella se aferraba a él, en el otro Agasha se dejó ir hacia el colchón sosteniéndose con sus manos para no caer, dándole así a Albafica una candente visión de ella tomando todo el placer que podía recolectar de su mano.
Imposible contenerse, Albafica deslizó su mano libre por sobre el abdomen de Agasha, explorando su suavidad. Subió lento y acarició por un rato el pecho derecho, sin dejar de mover sus dedos adentro y fuera de ella. No perdiendo detalle de ninguna de sus reacciones o sonidos.
Viendo venir de cerca su liberación, Agasha se mordió los labios, cerrando sus ojos. Subiendo y bajando sus caderas sobre los dedos de Albafica lentamente, sintiendo además cómo sus pezones se endurecían bajo la otra mano de él. Apenas Agasha apretó los dedos sobre el colchón y sus paredes vaginales se contrajeron sobre sus dedos, Albafica sacó su mano de donde la tenía, para tomarla de las caderas y ayudarla a acomodarse con suavidad sobre la orilla de la cama, completamente acostada.
—No te muevas de ahí —dijo él con la voz ronca, con su mirada afilada puesta sobre sus ojos.
—¿Eh? —con el cuerpo brillando por el sudor, Agasha le miró sin entender.
Ella no se esperaba que él se arrodillase, tomase sus piernas para ponerlas de lado a lado de sus anchos hombros y por primera vez en su vida, le diese sexo oral.
Ante tal acción, Agasha soltó un fuerte grito cuando la lengua de Albafica se abrió paso entre su carne como un hábil conquistador. Llevando sus manos temblorosas a la cabeza de él, ella intentó apartarlo, decirle que no lo hiciera, pues ella, en su inocencia, no sabía que aquello pudiese o debiese hacerse. Temía que algo no estuviese bien.
Pero, retomando una vieja costumbre suya, Albafica la ignoró. Es más, parecía que sus débiles negatorias ante lo que evidentemente le estaba gustando, lo incitaban a ser más atrevido, llevando sus propias manos a los costados de la chica para acariciarla tanto por fuera como por dentro.
Temblando y chillando, ella no tuvo más elección que desistir, bajar sus manos y apretar la sábana que adornaba la cama donde estaba, mientras él la saboreaba.
Aun con la cabeza nublada por el placer, Agasha no había olvidado que Albafica no quería que le lastimase el cuero cabelludo, así que rasguñó la cama, se acarició los pechos e incluso tomó su propia cabeza, revolviéndose a sí misma el cabello.
Poco más tarde, se llevó una mano a la boca y la otra a su centro donde Albafica había llevado los dedos de sus dos manos para abrir la intimidad de la joven y él pudiese libremente atormentar su clítoris con la punta de su lengua.
—¡E-espera! ¡N-no…! —sintiéndose al borde de un precipicio, puso las manos sobre sus ojos—, no… pares…
¿Cómo algo tan extraño e indecente podía ser tan enloquecedor?
Los dioses se apiadasen de ella, porque Albafica estaba matándola.
Exhalando de manera pesada e inhalando la pasión que inflamaba su pecho, Agasha se mordía los labios ante sensación de ser adorada de ese modo. Meciendo su cabeza de un lado al otro, completamente rendida ante él, Agasha de pronto arqueó la espalda fuertemente, sintiendo su cuerpo pasar por una segunda ola de liberación.
Completamente satisfecha, Agasha creyó que sería todo. Pero él aún no había dicho su última palabra. De eso ella se dio cuenta cuando se percató de que Albafica no sólo no dejó de chupar y lamer su intimidad, sino que ejerció más presión sobre su sensible piel y de ese modo la arrastró violentamente a un segundo vórtice de perdición.
Gritó, además, el nombre de su amado cuando la burbuja de placer explotó en su interior una segunda vez consecutiva y cayó completamente cansada sobre el colchón.
Dejándola recuperarse de eso, Albafica se incorporó lentamente, tan agitado como ella lo estaba. Desabrochó su pantalón, sin dejar de verla. Apartó la prenda de una patada llevando su mano derecha a su adolorido y erecto miembro para complacerse un poco. Jamás en su vida creyó que sentiría tanto deseo por una mujer. Menos esa mujer.
Sí. Ahí es donde ella pertenece, le dijo su lado posesivo al oído. Y Albafica estuvo completamente de acuerdo. Agasha estaba realmente sobre su cama, no era una ilusión ni un sueño. Ella se veía sumamente hermosa ahí.
Con una sensualidad que no sabía que traspiraba, Albafica se lamió los labios sin dejar de masturbarse. Pasó su mano izquierda por encima su propia frente para quitar de su camino el cabello que le impedía admirar a la mujer que lo miraba de vuelta tras esos enigmáticos ojos oscuros.
Ante semejante imagen, Agasha estuvo a punto de rogarle porque hiciese lo que quisiese con ella.
Sin que nadie se lo pidiese, Agasha se incorporó (temblando aún) ante la afilada mirada de Albafica.
Posando esos curiosos ojos sobre los de él, Albafica la dejó deslizarse hacia donde él estaba para besarlo. Buscando su lengua para jugar con la suya.
Albafica tuvo que admitir que se sorprendió un poco al sentir cómo Agasha, con todo el nerviosismo e inocencia que todavía poseía, posaba sus suaves y delicadas manos sobre su mano derecha de él para permitirle a ella seguir con lo que él había iniciado. Deseoso por la atención de Agasha… y su timidez, Albafica le permitió tocarlo, negándose a dejar esos carnosos labios femeninos.
Temiendo ser brusca o torpe, Agasha acarició con cautela el miembro de Albafica, degustando de su largo y textura. Pasando sus pulgares por encima de la punta, mientras que sus otros dedos masajeaban los testículos.
Con respeto hacia sus esfuerzos, Albafica suspiró sobre sus labios ayudándola, poniendo sus manos sobre las de ella. De pronto ambos se vieron a los ojos, Albafica la hizo dejarlo y la fue ayudando a bajar hasta que ambos se acostaron.
Agasha abrió las piernas para que él se acomodase entre ellas y de un empujón, pudiese entrar en su cuerpo.
Acogerlo en toda su plenitud ya no fue un problema para Agasha, a diferencia de la primera vez donde tuvo que suprimir su incomodidad, en esta ocasión echó la cabeza hacia atrás, alzando las más caderas, gimiendo con deleite al sentir el miembro de Albafica abriéndose paso entre su carne.
Él por su lado, apretó los dientes y se aferró a la sábana cuando la húmeda y estrecha cavidad de Agasha le dio la bienvenida.
Dejando que su cuerpo se acomodase en la cama, Agasha pasó sus manos por encima de la espalda de Albafica para aruñar cada vez que él se adentraba con lentitud y fuerza en su interior. Bajaba y subía las piernas, encontrando deliciosa la sensación de tenerlo de ese modo, entrando y saliendo de su cuerpo.
Agasha cerró los ojos respirando irregularmente debido a las incontables emociones que surcaban en su corazón. Su cuerpo jamás podría negarse al señor Albafica, y aparentemente el sentimiento era mutuo.
¿Pero qué había del corazón de él?
Decidiendo que eso sería un tema del que hablarían después, Agasha por el momento se dejó llevar por el ritmo más acelerado que había tomado Albafica al enterrarse en su cuerpo. Le dejó besar, chupar, incluso morder, sus erectos pezones.
Siguieron así hasta que ella misma lo besó y le propuso al oído una nueva postura.
Sin objetar nada, guiado por la curiosidad, Albafica salió de ella y se acostó sobre su propia espalda. Agasha se puso sobre de su cintura, acomodándose en cuclillas. Luego se introdujo a sí misma, con cuidado, el pene de su pareja en su interior no sin antes deslizar la punta por encima de su piel sensible.
Albafica tuvo que admitir que tuvo sus dudas, pero no le desagradaba en nada dejarle el control a ella. Se sentía, y se veía bastante bien saltando sobre él. Además, pudo tener una vista más que agradable de sus senos bailando a su ritmo. Siguiéndolos con su mirada, Albafica admiró también la cara sonrojada de Agasha al empalarse con rapidez.
Utilizando el pecho masculino como soporte, Agasha encontró el apoyo que necesitaba para no disminuir su ritmo.
Wow, lo sentía tan adentro, tan duro en su interior que no pudo evitar chillar cada vez que bajaba con fuerza. Pronto Albafica la ayudaría a subir y bajar con sus propias manos sobre su cadera haciendo las entradas más intensas.
Gimiendo con éxtasis, Agasha permitió que Albafica se sentase, interrumpiéndola en sus movimientos, ayudándola a arrodillarse aún con su miembro adentro sólo para que él pudiese besar su cuello sin descanso, pasar las manos por encima de su delicada espalda y apretar algunas veces sus glúteos.
El sonido de los suspiros, gemidos y gruñidos, el resentimiento de la cama ante el acto y golpeteo de sus intimidades al encontrarse cada vez más rápido, inundaron las paredes.
Ni Agasha ni Albafica supieron por qué exactamente la chica no se había desmayado en esta ocasión, aunque no saberlo tampoco iba a quitarles el sueño o las ansias de llegar hasta el final. Por lo que, aprovechando esa nueva resistencia, Albafica la tomó para rodar sobre la cama y recuperar la batuta.
Agasha se quejó más no tuvo tiempo de discutir pues en menos de lo que ella hubiese previsto, el santo le había abierto aún más las piernas, sosteniendo las rodillas de la chica con sus fuertes manos para evitar que ella las cerrase mínimamente. Arrodillado, Albafica se empujó con violencia adentro de su cuerpo.
Al no tener nada más a lo que sostenerse, Agasha se llevó las manos a la boca tratando (inútilmente) de contener sus gemidos. Cada acometida era más fuerte que la anterior, incluso la velocidad había tomado un ritmo demencial.
No mucho tiempo después, Agasha sintió que el alma se le iba de nuevo cuando se encontró cara a cara con su límite de placer. Esta vez no llegó sola, pues tembló al recibir la esencia de su amante adentro de su cuerpo, cálido y espeso.
Respirando agitada, Agasha se percató de que Albafica había salido de su cuerpo para acostarse a un lado de ella. Tan cansado y sudoroso como ella.
Cuando se recuperaron un poco, ambos juntaron sus narices y sus labios una vez más. Él la abrazó cuando Agasha se arrastró hacia su pecho, disponiéndose a descansar. La chica sabía que él era de pocas palabras, así que interpretando esa última mirada como algo positivo, Agasha también cerró sus ojos para a dormir a su lado.
…
Érebo y Nyx por su lado también se hallaban acostados el uno junto al otro, después de días y noches amándose como no lo habían hecho en siglos, el dios le explicó a su esposa el motivo de todo.
En un principio ella no le creyó… muchos podrían pensar que ella lo botaría a un lado y se acomodaría la ropa para matarlo. Pero no. Nyx era apasionada y en vez de torturarlo con un arma o su propio poder, jugó con él. Inclementemente le impidió culminar cuando puso su pie sobre su miembro.
Sólo Érebo era capaz de soportar tal injusticia después de varias horas de juegos previos. Como en la Era Mitológica, tuvo que usar sus habilidades para evaporarse y sólo así lograr atrapar a Nyx para finalmente hacerla suya.
Ella le permitió tomarla desde atrás, incluso asumió la posición más sumisa y ansiosa que Érebo alguna vez hubiese visto. A cambio, Nyx le sacó hasta la última verdad que buscaba.
Luego de enterarse que había revivido a la humana y ahora ella estaba con Albafica de Piscis, Nyx le dejó con la palabra en la boca para ir a perpetuar el Santuario en Grecia con las intenciones de llevarse a Agasha.
Sin embargo, él ya había decidido que la humana viviría, envejecería y cuando fuese su momento volvería para retomar su lugar como la primera Sỹdixx en siglos.
Nyx ahora se hallaba acostada de espaldas con Érebo encima de su pecho.
―Juro no inmiscuirme en pleitos de nuevo a menos que la existencia misma, o uno de mis seres amados, esté en juego.
Érebo la miró asombrado.
―¿Estás jurando?
El juramento era algo que los dioses, en especial los del Panteón griego, se tomaban muy en serio. Y eso era porque a diferencia de los humanos, cualquier dios que rompiese su palabra moriría en el acto. Por eso no todos eran capaces de jurar siquiera una cosa (por muy simple que fuese) en más de los diez mil años que llevaban todos ellos existiendo.
―¿No crees que unas cuantas décadas son suficientes para cambiar? ―le preguntó Nyx acariciando su cabeza. Érebo besó su seno derecho.
―No era necesario que jurases.
―Sí lo era.
No queriendo discutir con su mujer, Érebo dejó que ella lo abrasase un poco más. Incluso un dios tan frío e hijo de puta como él necesitaba que lo confortaran de vez en cuando, quizás por eso sintió algo de empatía por el Santo de Athena, porque ambos eran miserables de tal modo que sólo una persona podía hacerles felices.
―Extrañaré a mi querida Agasha.
―La tendrás en unos cuantos años aquí y podrás verla cuando quieras antes de eso.
―Sí, pero no es lo mismo. Esa chica realmente me agradó, fue como tener a otra hija.
Conociendo bien ese tono, Érebo palideció.
―¿Quieres otro bebé?
―No sería mala idea, pero no, por ahora sólo quiero estar así contigo.
Un suspiro salió involuntariamente del dios.
―Qué alivio.
Nyx le dio un suave golpe en su espalda.
―Exagerado.
…
Por la mañana siguiente, Albafica y Agasha despertaron por separado.
Bastante temprano, él abrió sus ojos primero ante una sensación suave que lo atacó en su miembro, torso y cuello.
La chica estaba encima de él aún dormida, con su pierna y brazo atrapándolo. Sus senos aplastados contra él… y vamos, que, aunque usualmente despertaba con erección mañanera… el que Agasha estuviese tan cerca era algo que Albafica no pensaba tolerar a menos que ella estuviese dispuesta a cojear.
Evitando un desliz de ese tipo, Albafica la removió suavemente de encima para irse a dar una ducha. Le gustaría dormir un poco más, así junto a ella, acariciando la cicatriz de su seno izquierdo. Esa que él mismo le hizo y ahora por obra de los dioses estaba sellada. Pero su deber estaba primero.
Cubrió la desnudez de Agasha antes de irse a bañar, luego se vestiría e iniciaría sus labores.
Más tarde, dejando que la armadura de Piscis lo cubriese para después recibir el sol de llano sobre su cara, Albafica ignoró completamente a los hombres que subían las escaleras, vistiendo cada uno sus brillantes armaduras doradas también.
―Hay cosas que me perturban hasta el infinito y luego está este sujeto ―le farfulló Kardia a Manigoldo.
―Hey, Albafica. Hoy pareces… tranquilo ―observó Manigoldo con una sonrisa en el rostro al ver el semblante fresco del Santo de Piscis.
―¿Sí? ¿Acaso encontraste un tesoro perdido o algo así? ―cuestionó Kardia tratando de discernir por qué cuando dejaron a Albafica este parecía un cadáver y ahora se notaba más fresco que una lechuga.
―¿Acaso no puedo despertar relajado?
Ambos hombres se sorprendieron de que Albafica les respondiese, y más en ese tono tan… tan tranquilo.
―Claro que puedes ―dijo Manigoldo alzando los brazos―. Pasaremos al Santuario, con permiso.
Kardia iba a decir algo más, pero Manigoldo lo jaló de la capa hacia el interior del templo.
―¡Albafica, quiero la mitad de ese tesoro!
Una pequeña corriente de aire movió con calma los cabellos de Albafica, entonces se preguntó si lo que dijo Érebo antes de irse fue verdad. Sobre si Agasha podría estar bajo la luz del sol sin problemas.
Al mismo tiempo, pero en sus aposentos, la joven estiró su cuerpo antes de abrir los ojos.
Agasha bostezó con calma. Sin embargo, cuando se dio cuenta de su ubicación, saltó sobre ella misma para quedar sentada sobre la amplia cama.
Anonadada, miró por todos lados empezando a acostumbrarse a verse sola desnuda y con una sábana encima. Se talló los ojos para levantarse y descubrir que la toga que había usado ayer estaba sobre la cama junto a una capa blanca que ella podría usar para cubrirse debido a que la toga parecía ser demasiado trasparente.
«Es la capa de Albafica» se sorprendió por eso. Por un segundo había creído que él le dejaría la ridícula sábana con la que se había cubierto ayer, pero no fue así. Esta sin duda era una capa suya.
Aunque la prenda fuese más grande que ella, la chica se la puso encima con una enorme sonrisa sobre su rostro.
Ya era oficial, Agasha le había tomado un infantil gusto por usar las capas de Albafica. Le daban confort y calidez.
Una vez que se acomodó ambas prendas, salió de la habitación dispuesta a enfrentarse a todo.
Cerró sus ojos instantáneamente ante el ardor que le vino con la iluminación natural del sol entrando por la Casa de Piscis.
Bostezó nuevamente y se paseó con la capa rodeando por completo su cuerpo como si aún siguiese desnuda. Miró a ambos lados a ver si había moros en la costa, al notarse sola, Agasha caminó con la cabeza agachada, cubriéndose lo más posible… sólo por si acaso.
―Ya te dije que no lo fastidies hoy, Kardia ―pidió Manigoldo de Cáncer―. Trata de ser más consciente.
―Tú no tienes nada qué criticarme en ese punto ―respondió Kardia de Escorpio.
Agasha se paralizó en su sitio cuando ambos santos pasaron por su lado.
―Buenos días ―dijeron los dos al unísono.
―Bu-buenos días ―respondió ella con timidez, jalando la sábana hacia abajo dado a que aún no sabía si era recomendable que los otros Santos supiesen de su existencia. «Debieron haber pensado que soy una doncella».
Suspirando, se acercó a la entrada del templo donde visualizó a Albafica dándole la espalda.
Tan inalcanzable que se veía y pensar que ese hombre había sido suyo, sólo suyo, la noche anterior.
¿La trataría diferente con la luz del sol? ¿Habría sido sólo un momento fugaz de placer?
El recuerdo de su anterior encuentro posterior a la desfloración de Agasha, quemó demasiado. La chica confiaba en que hoy sería diferente, pero estaba nerviosa. Así que se armó de valor y continuó caminando hasta llegar con él, hasta el borde de la sombra, donde la luz no la tocase todavía.
―Ho-hola ―musitó un tanto alejada.
Sabía que algunos Santos se alteraban cuando alguien aparecía a sus espaldas, así que, para evitarse algún daño, Agasha prefirió hablar desde un punto seguro. Sin embargo, no fue recibida esta vez con una mirada enfurecida o siquiera despectiva. El santo que la recibía ahora poseía unos ojos llenos de paz y brillo, un semblante relajado y un aire tan fresco rodeándolo, que Agasha casi suspiró.
Dioses, ¿cómo día ser tan apuesto?
―Ya despertaste ―dijo él con una paz interior que Agasha no creyó posible―, ¿estás bien? —caminó hasta ella.
―Eh sí ―respondió parpadeando por fin―, e-es el brillo del sol.
―Entiendo ―sonrió afable, luego extendió una mano hacia ella y acarició su mejilla izquierda―. Tus ojos son verdes de nuevo.
Esa información dejó en shock a Agasha, y es que durante los días anteriores, sus ojos habían permanecido oscuros.
―¿De verdad?
Él asintió. Agasha no creyó que él estuviese jugándole una broma.
―Entonces lo que dijo el señor Érebo… ―dudosa, Agasha permitió que Albafica le tomase la mano derecha para posarla lentamente bajo el sol—. Supongo que… estoy bien —susurró aliviada de no haberse prendido en llamas como había temido que pasaría.
Durante los días anteriores, ella se había perturbado ante la idea de que al hacer contacto con los rayos del sol, ella se convirtiese en piedra y luego en cenizas, tal y como Psique lo había pintado. Con alivio Agasha descubrió que Érebo había tenido razón al decirle que, por su piel humana, la luz del sol no iba a serle un problema.
Dándose cuenta que la zona era segura, Agasha se dejó guiar con calma, completamente, hasta la luz de la mañana. Con gran felicidad palpitando rápido adentro de su pecho, ella dejó que Albafica la tomase del hombro con suavidad y la ayudase a sentarse con él.
Una vez ahí, ella sonrió un poco más, estiró sus piernas y separó sus dedos.
―Había olvidado la sensación del sol de la mañana ―dijo Agasha pegando su cara al peto de la armadura. Albafica dejó su mano encima de su brazo.
Wow… ¿de verdad no estaba soñando?
―No está nada mal ―musitó él.
―O eso hasta que regrese a mi casa y deba comenzar mis labores en la florería —susurró imaginándose el trabajo que tenía por delante.
La idea de volver a su vida ya no le parecía tan mala, no mientras él estuviese a su lado… y oficialmente dejase de ser la solterona del pueblo también, o más bien, la envidia del pueblo.
Por otro lado, la paz de Albafica se quebró como un cristal ante la idea de Agasha. El santo cerró los ojos con un nuevo sentimiento de culpa.
Y es que la casa de Agasha estaba…
La chica por su parte se rio sin saber (o quizás lo olvidó) que, en medio de la persecución, tanto su casa como su negocio se habían hecho trizas. Las flores no habían sobrevivido y mejor no hablemos de sus objetos personales. Albafica apenas había logrado recuperar un par de cosas y dichos objetos habían sido dados a la señora Tábata pues él no quería nada que le recordase a Agasha aparte de los recuerdos que no podía arrancarse.
Fuera de ahí, los escombros apenas habían sido removidos y hasta el momento no había nadie que quisiera pagar por ese terreno dado a que Agasha no tenía familiares que pudiesen heredarlo.
Oh rayos.
―Eh, Agasha…
―Ahora que puedo bajar a Rodorio, me gustaría mostrarte la silla mecedora que compré hace una semana. Es muy linda y además vino con una mesa pequeña de regalo, ahí tengo algunos pergaminos que no he terminado de leer.
―Agasha…
―También pienso remodelar mi hogar, siento que lo he descuidado mucho y no estaría mal unos cuantos cambios. Digo, antes de volver a ser la Sỹdixx de la señora Nyx, no estaría mal que…
―Destruí tu casa.
Desconcertada por lo que acababa de oír, Agasha dejo de cacarear para mirarlo fijamente.
―¿Cómo dices? —dijo, parpadeando lento.
―Cuando Eros me lanzó su flecha de odio… digamos que no sólo… ―suspiró nervioso―. Destruí tu casa.
―¿Qué? ―la mirada de Agasha se perdió en el horizonte antes de llorar dramáticamente―. ¡Ay no, mi casa!
―¡E-espera! No fue intencional.
―¡Los recuerdos que tengo de mis padres! ¿Están hechos cenizas?
―¡Agasha, de verdad lo siento!
Albafica la atrajo en un fuerte abrazo sintiéndose muy mal por ella. Había hecho pedazos su hogar, ¿cómo podría tener su perdón?
―¡Lo siento, Agasha!
―¡Por supuesto que lo sentirás! ―Agasha se soltó para encararlo como ningún otro enemigo lo había hecho, con la frente en alto y con unas llamas intensas sobre sus ojos que harían temblar hasta al mismo Hades―. ¡Porque vas a ayudarme a reconstruir mi casa de arriba abajo!
―¿Toda la casa?
―¿Toda la casa? ―remedó infantilmente―. ¡Por supuesto que sí! ¡¿Acaso crees que lo haré todo yo sola cuando aquí soy la damisela en apuros?!
Una risa socarrona resonó en la Casa de Piscis, al parecer Manigoldo y Kardia ya habían vuelto de darle a Sasha sus correspondientes reportes. El Santo de Escorpio iba riendo malévolamente ante lo que oía.
―¡Así que es cierto! ¡La florecita salió a la luz de nuevo! ―aplaudió con burla―. ¡¿Sabes lo que eso significa ahora, Albafica?! Tu tiempo de inmunidad y cuidados se te acabó, ¡ahora sentirás lo que yo sentí al tener que reparar la Casa de Acuario por tu culpa!
―Cierra la boca ―le espetó Albafica.
―¡¿Verdad que no es agradable pagar por tus estupideces?!
―¡Ya te mostraré…!
Manigoldo se rio, pero pronto todos pararon cuando Agasha convocó su lado Sỹdixx haciendo que el piso bajo sus pies comenzara a temblar. Cómicamente los Santos dieron unos pasos atrás.
¿Acaso no dijo Érebo que ella no podría convocar ese poder hasta caer la noche? Eso solo decía lo enfadada que estaba.
―¡Todos ustedes van a ayudarme a reconstruir mi casa!
Los iris en los ojos de Agasha se ennegrecieron por completo, incluso su cabello comenzaba a ennegrecerse también.
Para no saber mucho acerca del manejo del cosmos ni de tener anteriormente un entrenamiento apropiado o parecido, Agasha realmente asustaba con el poder que actualmente tenía. ¿Y se supone que ese era el poder diluido de una Sỹdixx en un débil cuerpo humano? Qué aterrador.
―¡Todos ustedes van a bajar mañana a primera hora a lo que sea que haya quedado de mi hogar! ¡Van a comenzar a reconstruir! ¡Y el que se oponga voy a castrarlo! ―dio un fuerte pisotón antes de irse con todo su malhumor de la casa de Piscis directo al Santuario.
La señorita Sasha no le había dicho nada al respecto de su casa; no esperaba que su Ilustrísima tampoco lo hiciera dado a que él no sabía de su existencia, sin embargo, eso no disminuía el enfado de Agasha.
El hogar que habían construido sus padres con el sudor de sus frentes: destruida.
De ninguna manera, no iba a perdonarles eso tan fácilmente.
»¡Agasha, de verdad lo siento! ―el enfado de Agasha bajó considerablemente. Ella tenía que admitir que jamás creyó que esas palabras saldrían de la boca de Albafica de Piscis.
Agasha sabía que él no había hecho nada de aquel desastre intencionalmente, la flecha negra del dios Eros era temible en todos los sentidos, sólo por eso iba a reconsiderar la idea de gritar más; sólo porque aceptaba sus disculpas.
El señor Kardia había querido molestar al señor Albafica y por eso le gritó también, ojalá no la hayan tomado como una histérica impertinente. Pero, aunque así fuese, nada los salvaría de reconstruir hasta el último ladrillo de su hogar.
…
―¿Sabes? No sé si compadecerte por casi haber perdido a la florecita, o por haberla recuperado ―se quejaba Kardia de Escorpio mientras reconstruía, junto a Albafica, los castillos de madera gruesa que servirían como soporte para la nueva casa.
Sorprendentemente no sólo Manigoldo accedió a unírseles en la obra de construcción, El Cid, Regulus y Shion también se unieron a la causa. Los demás Santos Dorados por su lado, cumplían sus deberes protegiendo las Casas del Zodiaco, a excepción de Sisyphus y Dohko, quienes habían salido a diversas partes del mundo a cumplir sus propias misiones encomendadas.
El Santo de Sagitario al ver a Agasha simplemente sonrió y le dio una corta bienvenida, el de Libra le sonrió ampliamente y la tomó del hombro siendo más ameno que la última vez que se vieron.
Shion y el resto se sorprendieron tanto como Albafica de volverla a ver.
Agasha habló con Sasha respecto a lo que le dijo Érebo antes de irse con Nyx a los Campos Elíseos a lo que la divinidad asintió y declaró que una vez que esos dos hayan terminado sus asuntos, ella misma hablaría con las deidades.
Mientras tanto, se hizo una llamada de caridad en el pueblo a quienes quisieran ayudar a la reconstrucción de la casa de la florista.
Sin que nadie lo viese venir, Regulus levantó la mano en un segundo siendo secundado por Shion; quién se ofreció a hacer los planos de la nueva vivienda. Manigoldo, Kardia (lo hizo refunfuñando), Albafica y El Cid también se ofrecieron.
Pasó un día entero antes de que Sasha diese la orden de comenzar el trabajo, eso debido a que aún había cosas de rutina qué los voluntarios debían efectuar. Tortuosas 24 horas en los que Agasha evitó a Albafica, escondiéndose en el Santuario.
Él lo atribuyó a que ella seguía molesta por el asunto de su casa, cosa el santo comprendió y respetó. La realidad era que ella se ocultaba de Albafica porque sabía que, si volvía a verlo a los ojos estando solos, iban a mandar al diablo su casa y no saldrían de Piscis hasta que alguien fuese despachado a los aposentos del templo para ver si ellos aún seguían con vida.
Fue muy largo y difícil la espera, pero finalmente comenzaron las reparaciones. Muy pronto, en la mañana, Albafica y Agasha pudieron verse a las caras. Obvio, con todos los demás involucrados acompañándolos hasta Rodorio, por lo que no pudieron hablar.
El señor Kardia había estado quejándose todo el camino siendo callado por Manigoldo de Cáncer. Regulus se había ido caminando junto a Agasha para darle detalles de sus invenciones con respecto al desastre apocalíptico que atacó el pueblo.
La versión oficial fue que un extraño quiso perpetuar el Santuario aprovechando que dos Santos Dorados (negó difundir nombres) habían tenido ciertas diferencias entre ellos, "todo planeado" por el intruso. El punto es que lograron detenerlo pero el muy infame fue escurridizo como una rata y huyó tomando a un rehén: Agasha, quien (usando la excusa de Shion) había sido llamada al Santuario para dar cuentas por las flores no entregadas a la diosa Athena y su Ilustrísima.
Tener de su parte a la señora Tábata y sus hijos fue de mucha ayuda ya que las versiones de la mujer y los niños terminaron por poner punto y final a la enorme mentira. Regulus y otros Santos fueron tras el sospechoso, Albafica resultó muy herido debido a un ataque sorpresa, y una vez el que Santo de Leo pudo poner a la rehén a salvo, el resto de Santos se hizo cargo del intruso.
Menos mal que todos habían corrido por sus vidas y nadie pudo darse cuenta de que el causante de todo había sido Albafica (poseído por el odio).
Todo quedó así.
El tema de la casa destruida de Agasha fue aclarado cuando mencionaron que el intruso intentaba recuperar a su rehén, persiguiendo a Regulus y Agasha hasta la casa de ella. Fue entonces que el Santo de Leo se disculpó con Agasha por haber sido parcialmente responsable de los añicos que antes fueron su morada, a lo que la muchacha no pudo resistirse, viendo la carita angelical del jovencito.
Por otro lado también se le comunicó a Agasha que nadie en el pueblo sabía de su anterior deceso, a excepción de Tábata y sus hijos. La chica no lo comprendió por qué de la importancia de eso hasta que al bajar a Rodorio, un montón de gente se reunió. Esta vez no para acosar a los Santos Dorados, sino para preguntar por ella.
Varios vecinos al alrededor la miraron de arriba abajo buscando heridas, le preguntaron si había tenido miedo de morir (si supiesen), luego, por órdenes de Shion; la gente le dio su espacio a la pobre florista que, entre tantas preguntas, poco había podido decir.
Sin embargo, la gente no vino sólo con curiosidad y las manos vacías. Oh no.
El panadero le regaló a una estupefacta Agasha, una canasta llena de suministros. El pescador le obsequió 2 grandes truchas frescas. El lechero le regaló una botella de leche y un trozo mediano de queso. El carnicero le dijo que pasara cuando quisiera a su negocio y él le haría un descuento generoso en cualquiera de sus compras, mientras tanto, le hizo entrega de un poco de carne seca. Viniendo del avaricioso caballero, Agasha tomó la carne con lágrimas en los ojos.
La chica de la carpintería, quien antes le había regalado la silla mecedora y la mesa pequeña, se ofreció a dejarle a mitad de precio una nueva, con 4 sillas y un banco para que lo usase cuando abriese su negocio nuevamente.
Timón, el cantinero, dijo que olvidaría la botella que Agasha aún no le llevaba (la chica no le dijo que la había roto antes del accidente) y en vez de eso, le entregó una botella de su vino con un sabor más suave. Una botella pequeña, pero Agasha supo que era costosa. Intentó declinar la oferta, pero Timón insistió.
»Mi mujer me matará si se entera de que no la has aceptado ―dijo rascándose la nuca.
Para el final del día, mientras los Santos Dorados se ocupaban de martillar los clavos en la madera, mezclar barro y recoger paja, Agasha comenzaba a preguntarse qué rayos hacer con tantos obsequios si no tenía un sitio propio donde almacenarlos.
Pensando en eso, se sentó bajo la sombra del techo de una casa vecina, con todos los costales, jarrones y otro tipo de cosas que le habían dado. Cuando Regulus (con las manos llenas de barro) dijo que iría a llenar el cántaro de agua, Agasha asintió con la cabeza sin dejar de acariciar una de las togas que 3 jovencitas a la redonda habían donado para que ella vistiese mientras compraba prendas nuevas.
―Sinceramente… —Kardia resopló con un cómico fastidio ya que estaba trabajando arduamente—, preferiría enfrentarme a los Espectros de Hades usando una cuchara, a estar aquí.
Kardia bajó de un salto para ayudar a Shion y El Cid a cargar montones de tabiques rojos que se usarían para hacer las paredes. El cargamento se había pedido desde días antes y el material había sido trasportado la noche de ayer por lo que sólo tenían que unir las piezas.
La casa ya no sería sólo madera, como la anterior. Wow, ese tipo de lujos no podía dárselos cualquiera… pero Agasha estaba un poco más distraída con tantos obsequios como para preocuparse por los gastos que seguramente tendría su nuevo hogar.
Habría dos pisos y un jardín trasero, pero todo tendría sus diferencias. Con más alcobas que, Shion ya había diseñado, con la total aprobación de Agasha. Por suerte, Shion tenía buenos conocimientos en arquitectura por lo que él supervisaba el proceso con la total confianza de ella.
―Deja de quejarte ―espetó El Cid lavándose el barro de sus fuertes brazos con ayuda de una cubeta con agua que ya era de color café―. Esto no es nada en comparación a los entrenamientos.
―A tus entrenamientos, querrás decir ―farfulló el Santo de Escorpio―. ¡Oye, florecita! Nos darás de ese delicioso vino cuando terminemos, ¿verdad?
Agasha no prestó atención por estar perdida en sus pensamientos.
―¡Está distraída! ¡Es nuestra oportunidad! ¡Huyamos!
Una roca pequeña golpeó su cabeza, el hombre miró hacia arriba y vio al Santo de Piscis viéndolo desde el tejado.
―¡Albafica, idiota!
―¡Basta ya! Por hoy es todo ―ordenó Shion apartándose el fleco con un movimiento de cuello. Se habían apilado los ladrillos y la madera adentro, donde en un futuro, sería el jardín de Agasha.
―¡¿Qué?! ¡¿Mañana hay más de esto?!
―Hay que dejar que todo seque bien y la mezcla repose por lo menos dos días antes de continuar, mañana veremos qué tan… bien, ha quedado.
―Maldición ―rezongó el Santo de Escorpio, alzando la cara al cielo.
―Yo lo veo bien ―opinó El Cid sacudiendo el agua de sus manos, parándose al lado de Shion. El muviano asintió.
―Por el momento hay que dejar que repose.
Agasha parpadeó con calma mirando a los hombres turnarse para usar el agua y limpiarse los brazos y las piernas. Kardia por último tomó la cubeta y la echó sobre sí mismo diciendo que se bañaría después y por el momento necesitaba refrescarse.
―En serio tu cabeza no puede estar bien ―masculló El Cid.
La chica alzó la mirada para ver la estructura.
Impresionante. A pesar de los notables cambios que ya se estaban visualizando, incluso con sólo el esqueleto de la vivienda, Agasha pudo ver en todo su antigua casa.
»¿Qué piensas acerca de tener que dejar de preocuparte por sacar y meter tus flores? —le había preguntado Shion, cuando fue a visitarla a los aposentos de la diosa Athena y le dejó a Agasha decidir si quería que él la ayudase a mejorar la estructura.
»¿Es posible? —ella se sorprendió en su momento, pero cuando Shion le enseñó algunos planos con las ideas que tenía, Agasha estuvo a dos segundos de pararse y aplaudir su talento.
Adiós a la tediosa labor de meter y sacar floreros y masetas.
Sonrió muy agradecida con los hombres que estaban apoyándola.
Suspirando, Agasha se levantó metiendo la toga verde que le habían regalado, adentro del costal donde había otros. A su lado estaba una botella rojiza y alargada la cual tomó y se la extendió al señor Shion cuando los Santos llegaron con ella.
―No estaba tan distraída ―les dijo con una sonrisa alegre―. Gracias por el esfuerzo.
―¡De nada! ―Kardia le arrebató la botella antes de que Shion pudiese tomarla.
Irritado, Manigoldo quien hasta el momento se había mantenido curiosamente callado y trabajando adentro de la casa para verificar el soporte de los castillos para que no hubiese fallos indeseados, entre otras cosas, se giró para perseguir a su colega o más bien a la botella que había secuestrado.
―¡¿A dónde demonios crees que vas?! ¡No es sólo para ti!
―¡Claro que sí!
Shion, Albafica, El Cid y Agasha suspiraron al mismo tiempo.
―Sabía que algo así pasaría así que intercambié las botellas ―al lado contrario de donde Agasha había sacado la botella robada, ella tomó otra que estaba oculta entre costales de prendas y una canasta de pan envuelto por una servilleta larga―. Aquí está el vino.
El Cid sonrió arrogante.
―No eres nada tonta ―elogió.
―Es sólo la experiencia ―desligó Agasha un poco nerviosa. No era común que el Santo de Capricornio alagase a alguien por algo.
―Gracias, Agasha ―dijo Shion―. ¿Te molestaría si evitamos darle a Kardia?
Riendo la chica negó con la cabeza.
―Tomando en cuenta que se acaba de llevar té de jengibre frío… no, no en lo absoluto.
―¿Té de jengibre? ―Albafica arqueó una ceja, ella apenada por su mirada le respondió:
―Me lo dio una vecina diciendo que si tomaba un vaso antes de dormir, adelgazaría más.
―¿Y no te advirtió que tal y como estás ahora, podrías desaparecer? ―cuestionó El Cid con una duda genuina, viendo que lo último que necesitaba Agasha era bajar más de peso.
Tomándose la duda con humor, Agasha negó con la cabeza.
―Está bien, además tiene otras propiedades nutrimentales que creo que le harán bien al señor Kardia.
―¿Alguna de ellas ayudará a que despierte sus neuronas? ―masculló Albafica.
―Dijo que el jugo tiene propiedades nutrimentales, no que haga milagros. ―El Cid puso los ojos en blanco.
Milagro, Agasha tuvo que contener su risa.
Considerando que el señor Albafica y ella estaban aún vivos y juntos, debía ser muestra clara y suficiente que tal cosa sí existía. Aunque no sabía si eso aplicaba también para el jugo de jengibre y el señor Kardia.
―¡Agasha! ―oyó exclamar una vocecita delgada que no creyó que volvería a oír tan pronto. Repentinamente unos pequeños brazos la sostuvieron de la cintura con fuerza.
―¿Edesia?
La niña de ojos cafés y cabello castaño rubio no se separó de ella hasta que Tábata junto a sus hijos, Calínico y Demóstenes, la rodearon para abrazarla también.
Saliendo de su sorpresa, Agasha les recibió a los 4 con el mismo entusiasmo.
―¡Nos dijeron que te habías ido! ―lloró la niña sobre ella. Agasha le acarició la cabeza.
―Aún no ―musitó sosteniendo con la mano derecha su mejilla, empapándose del llanto de la pequeña.
Los niños no dijeron nada, sólo la abrazaron. La señora Tábata por su lado, tomó a Agasha de las mejillas y la hizo mirarla a los ojos.
―No nos vuelvas a dar esos sustos, ¿de acuerdo? Primero tu madre con esa horrible enfermedad, y luego tu padre con el accidente ―lágrimas silenciosas bajaron por los ojos de Tábata―. Por favor, no nos hagas esto de nuevo, aun eres demasiado joven.
Sintiéndose repentinamente mal por haberles olvidado cuando decidió quedarse en los Campos Elíseos al lado de la señora Nyx, declarando que no tenía nada por qué quedarse en el mundo de los vivos, Agasha se dejó amar por Tábata y sus hijos con una nueva luz brillando en sus ojos.
Qué ciega había estado.
―Lo siento ―dijo arrepentida por haberlos ignorado, «en verdad lo siento».
Sonriendo de lado, Manigoldo codeó a Albafica.
―Qué conmovedor, ¿no?
El Santo de Piscis no dijo nada pero estuvo de acuerdo con su compañero. El Cid y Shion les dieron espacio para hablar, mientras terminaba el dramático encuentro entre la familia de Tábata y Agasha; los Santos se sentaron bajo la sombra. Manigoldo y El Cid abrieron la botella y bebieron de ella por turnos.
Ajenos a ellos, Edesia se quedó abrazada a Agasha mientras la señora Tábata y sus hijos se ofrecían a darle hospedaje en su casa mientras la suya propia estuviese inhabitable.
―¿No estaría causándoles problemas? ―preguntó Agasha cohibida por el ofrecimiento.
La señora Tábata desligó.
―Por supuesto que no, serás bienvenida.
―Hasta que tu casa… esté lista ―musitó Edesia aún con la cara sobre su vientre. Al fin había parado de derramar lágrimas.
―¿Y ustedes están de acuerdo? ―les preguntó divertidamente a Calínico y Demóstenes, el menor sonrió más el mayor sólo alzó los hombros desviando la mirada.
―Ajá ―murmuró Calínico.
A Agasha le hubiese gustado vivir en el Santuario para siempre, aun si tuviese que ser una doncella más, pero lamentablemente las doncellas tenían inmensamente prohibido intentar interactuar con los Santos Dorados a los que servían. Una relación como la que Agasha y Albafica estaban sosteniendo sería muy mal vista y ella sin duda sería castigada.
Eso, y no quería seguir siendo una carga para la señorita Sasha…
Otra cosa que la inquietó fue la noche… ¿estaría bien que Tábata y sus hijos viesen sus ojos cambiando de color?
―De acuerdo ―musitó no muy convencida, sin embargo necesitaba hablar con la señora Tábata sobre… algo más.
Sólo una mujer tan madura como ella podía darle consejos respecto a su relación con Albafica, pues Agasha era una completa inexperta en el tema por lo que entendía que había cosas que sólo alguien tan sabia como la señora Tábata, podría orientarla en el camino correcto. O eso esperaba.
Agasha no pensaba vivir como una prostituta y si el señor Albafica planeaba tomar beneficio de alcoba, bueno, se haría bien.
No oficializaría nada hasta hablar derechamente con él, pero ella a la señora Tábata no podría mentirle, y en serio necesitaba consejos.
A lo lejos, Albafica quien estaba de espalda pegada a la pared con Shion, entrecerró sus ojos ante la elección de Agasha.
―¿Todo bien? ―preguntó Shion en voz baja, sin mirarlo.
―No todo ―respondió sinceramente.
―Deben hablar, ¿lo sabes verdad?
―Sí.
―¿Y qué diablos estás esperando? ―interrumpió Manigoldo dejándole la botella a El Cid.
El Santo de Capricornio no se metió en la conversación, el vino era de muy buena calidad como para ignorarlo.
―Está ocupada ―masculló Albafica a su compañero.
Girando los ojos con exasperación, Manigoldo marchó hasta donde estaba Agasha junto a la señora Tábata y los mocosos. Una vez ahí tomó a la florista del brazo.
―Disculpa hermosa ―le dijo sensualmente a Tábata―, pero antes de que te la lleves, hay algo que esta chica debe hacer.
―¿De qué está…?
Antes de que Agasha pudiese terminar esa pregunta, Manigoldo la jaló en dirección opuesta, apartando suavemente a Edesia para evitar más obstáculos.
―Escucha, el idiota que tengo como compañero está que escala las paredes por no tener ni puta idea de lo que pasa entre ustedes. Así que hazme un favor y arréglenlo, ¡arréglenlo ya! ―con suavidad empujó a Agasha al frente de Albafica, ambos vieron no supieron qué decir o hacer―. Tú y Albafica hablen mientras nosotros obramos de burros de carga y nos llevamos todo esto a la casa de la dama de allá.
La señora Tábata a lo lejos enrojeció de pies a cabeza. Nadie, ni siquiera su esposo la había llamado "dama" ni mucho menos se habían referido a ella como "hermosa".
―¡Ustedes, mocosos! ―les gritó a Calínico, Demóstenes y Edesia―. Tomen algo y carguen también, vámonos.
Los Santos claramente se llevaron los costales pesados, Calínico tomó el gran jarrón de leche, Demóstenes se llevó un costal de togas, la señora Tábata cargó con la carne y Edesia agarró la canasta de pan.
―Yo llevo eso ―dijo sorpresivamente Regulus, quitándole la canasta a Edesia.
―Regulus ―masculló ella sorprendida―, ¿dónde estabas?
―Cerca.
―¡Y tú! ―espetó Manigoldo―. ¿Rehuyendo del trabajo?
―Nada de eso ―respondió Regulus con una sonrisa.
―Él nos avisó que la señorita Agasha había vuelto ―respondió Edesia al lado del joven de Leo―. Dijo que se adelantaría.
―Y lo hice, estuve cerca sólo que no quería interrumpir con el ambiente.
Mientras Manigoldo crujía los dientes, El Cid (con la botella en su mano libre) y Shion sonrieron por lo bajo.
―Tonterías, eres un holgazán.
―No es cierto ―se entrometió Edesia notablemente ofendida.
―¿Qué dices, niña? —farfulló ante la osadía.
―¡Digo que mi futuro esposo no es un holgazán!
El Cid escupió el vino, Shion miró extrañado al mencionado y Manigoldo también.
―¿Así que ahora asaltas cunas como Albafica? ―reprendió Manigoldo casi asqueado.
Riendo, Regulus alzó los hombros. Menos mal que la señora Tábata y sus hijos se habían adelantado y quizás por eso no los oyeron.
―¿Qué puedo decir? ―se rio tomándose todo a modo de juego―, su sueño es casarse con un Santo Dorado. ¿Y por qué no? Posiblemente cuando crezca cambie de opinión.
―¡No! No lo haré ―espetó Edesia abrazándolo de la cintura con un sonrojo en sus mejillas.
―Ten cuidado, Regulus, hay dos cosas con las que nunca debes jugar ―advirtió Shion―. Uno: el destino. Dos: el corazón de una mujer ―señaló a la niña.
―Ya lo sé ―dijo el joven ya más serio―, además ella me agrada.
Con una afable y brillante sonrisa, Edesia fortaleció más su agarre. Por su parte El Cid soltó una risa.
―Ya verás cuando se entere Sisyphus, le dará un paro cardiaco saber que has conseguido prometida primero que él.
―Por favor, no se lo digan ―pidió Regulus―, seguramente me hará azotar por eso.
―Ya veremos ―respondieron maliciosamente El Cid y Manigoldo a la vez.
Sin detener el tren de burla que los Santos mayores planeaban dejar caer sobre el miembro más joven del equipo, todos se marcharon a la casa de Tábata con los obsequios de los aldeanos con ellos.
Mientras tanto, Agasha se había apoyado en la misma pared que Albafica. Ambos en silencio veían con atención la construcción.
Atrapados en sus propios pensamientos, Agasha levantó la mirada al cielo azul. Imperturbable como si hace unos días ella no hubiese bajado al Inframundo para rescatar el alma de Albafica. Tan azul como cuando pensaba que su destino era ser una solterona consumada.
Ahora ya no sabía nada.
―¿Ya somos una pareja? ―preguntó de golpe. Quería ir al punto.
―¿Es eso lo que deseas?
―Yo sí ―dijo Agasha con el corazón en la mano―. ¿Y tú?
Aunque quiso, Agasha no lo volteó a ver para no infringir presión. Comprendía que hablar de sentimientos no fuese algo que Albafica estuviese acostumbrado a hacer, por lo que irían lento. Seguro, pero lento.
―¿Albafica? ―lo llamó por su nombre ignorando el "señor".
Habían tenido sexo dos veces, ella lo había ayudado a revivir y él declaró no tenerle miedo a ningún dios con tal de hacer lo mismo por ella. Ya era hora de dejar la incertidumbre y los jueguitos tontos de lado; eran adultos así que debían comportarse como tal.
No más obstáculos.
―También quisiera… ―la mirada azulada se encontró con la suya―. Quisiera estar a tu lado.
Agasha no pudo evitar sonreír.
―¿Eso significa que… puedo abrazarte? ¿Quieres? ¿S-sí puedo?
Sonriendo de una forma que Agasha creyó imposible, Albafica estiró su mano hacia ella, por primera vez desde que se conocían él no la rechazaba ni ponía barreras entre ambos. Estaba abriéndose a sus muestras de afecto.
Eso lo significó todo para la chica.
―Quiero abrazarte, y que me abrases ―pidió con un tono tan anhelante que ella dio un paso al frente tomando la mano cubierta por el barro seco, con mucha fuerza.
Deseosa por oler su perfume, Agasha enterró su rostro en el pecho masculino y atesoró la hermosa sensación de ser abrazada por él.
―Te quiero mucho ―musitó Agasha no esperando una respuesta, pero la recibió.
No con un poema ni un beso apasionado, sino con un casto beso sobre su corinilla y más presión sobre su agarre. Agasha le daría tiempo a Albafica para que él se acostumbrara a expresarse a su lado, le demostraría que podría desempolvar ese noble corazón que el Santo mismo se esmeró por mantener oculto de todo el mundo. Agasha lo tomaría, lo cuidaría, lo puliría y le daría una bella forma.
Jamás se apartaría de su lado, ya no más.
―Por cierto, Albafica.
―¿Mmm?
―¿En serio luzco como una prostituta?
Él se tensó.
―¿Qué?
…
Por la noche en la casa de la señora Tábata, la mujer había arropado a sus hijos para que fueran a dormir, Edesia no se cansó de decirle a Agasha durante la cena que le contaría un secreto por la mañana. Los niños por su lado se alistaron para dormir sin reclamos pues estaban agotados, Manigoldo les había oído diciendo groserías y literalmente los obligó a correr por todo Rodorio hasta que la comida estuviese lista.
Los Santos Dorados fueron invitados a comer con la pequeña familia, Edesia como era de esperar no se despegó de Regulus en ningún momento por lo que Tábata sólo pudo disculparse con el joven. Éste se veía muy relajado a pesar de que Edesia parecía estarlo sofocando con sus abrazos y chillidos a su alrededor.
Así mismo esa tarde, Agasha concluyó por la mirada y las preguntas de Albafica, que él no recordaba haberla confundido con una prostituta cuando se vieron en el Bosque de los Suicidios.
Parecía ser que la mente de él había comenzado a funcionar bien cuando estuvieron frente a las Arenas Violentas, más al igual que Agasha, Albafica no pudo mantener todos los recuerdos consigo, por mucho que lo intentó.
»¿Cómo puedes pensar que luces como una prostituta? ―quiso saber, escandalizado.
»Un niño una vez me confundió con una ―Agasha no le dijo que había sido él, y mejor que así se quedase.
»Qué niño tan idiota.
Sí, por eso mismo fue mejor no decirle nada acerca de su pequeño encuentro.
»Aunque… aún pienso que eres muy fuerte ―le declaró poco después de que Agasha tocó la puerta de la casa de la señora Tábata.
Agasha se sonrojó por su tono grave lleno de admiración.
»Tú también lo eres ―le dijo orgullosa.
Fue por la noche que los Santos Dorados se marcharon al Santuario, según Shion volverían en 2 días para continuar las reparaciones. Mientras tanto, Agasha y Tábata estaban en la pequeña alcoba de la señora; la chica se probaba las togas y las que no le quedasen (lástima por esa bellísima toga verde que le quedó demasiado grande) eran guardadas por si acaso.
Gracias a la poca iluminación, Agasha pudo ocultar de todos sus peculiares ojos negros. No era el momento de dar más explicaciones de las necesarias, después de todo el asunto era vertiginoso aún para ella.
Una vez que terminaron con las togas, la señora Tábata dijo que ella tenía varias mantas que no usaba. No porque éstas estuviesen viejas, sino porque simplemente ya no las tomaba en cuenta y además todos sus hijos y ella tenían las suyas propias, tanto las que usaban para el verano como las que usaban para el inverno.
Agasha intentó dormir con calma en la sala de la casa en un tapete que le prestó la señora Tábata luego de que la chica rechazase su invitación de dormir con ella, viendo fijamente el techo la florista no se sentía cansada en lo absoluto, intentó contar ovejas pero tampoco funcionó.
El saber que tenía una relación con Albafica la ponía demasiado feliz, eufórica.
No era algo pactado a la fuerza ni nada que se hubiese formado de la nada.
Dado al tiempo y al hecho de que Agasha no quería que la señora Tábata descubriese el cambio en sus ojos esta noche, se guardaría sus dudas y esperaría hasta que ambas pudiesen hablar por la mañana.
Iría lento pero, ya era hora de que Agasha dejase de sentirse sola pues tenía una familia, quizás no sanguínea pero la tenía.
Rápido, cerró sus ojos y se hizo la dormida cuando oyó pasos en la casa.
Pequeños y lentos. Suaves pasos que terminaron frente a ella.
Agasha abrió los ojos encontrándose con Edesia; la niña estaba en cuclillas y la veía con un par de ojos plateados.
Sobresaltándose, la florista miró a la niña con extrañeza.
―¿Edesia?
―Me alegra que ustedes dos ya se hayan reconciliado ―dijo la niña en un tono suave pero maduro, nada que ver con la voz a la que Agasha estaba acostumbrada.
―¿Quién eres? ―preguntó con firmeza―. Deja de poseer el cuerpo de Edesia.
La niña sonrió.
―Nyx y Érebo ya están juntos, mis padres hicieron un verdadero desastre pero al final todo estuvo bien.
―¿Tus padres? —Agasha se quedó sin aliento.
―El amor es tan difícil de entender ―susurró poética―, pero fácil de manipular. Como sencillo de quebrar o dañar. Herir.
Agasha apretó los puños.
―¿Quién eres?
―Mi nombre es Hedoné ―finalmente se identificó.
La cabeza de Agasha hizo un clic, recordando dónde más había visto esos ojos plateados. ¡Por supuesto! ¡Los había visto en Psique!
―¿Tus padres son Eros y Psique?
La diosa en el cuerpo de Edesia asintió.
―De hecho… ―el cabello de Edesia brilló como el oro. La piel bronceada se aclaró por completo y los grandes ojos resplandecieron en plata―. Siempre fui Hedoné.
Sin entender eso, Agasha alzó las cejas.
―¿Qué?
―Mis padres no ven bien que los dioses encarnemos en cuerpos humanos, incluso mi madre es intolerante a la idea. Quise probar suerte en un bebé cuya alma no pudo ser transferida y heme aquí ―extendió lentamente sus manos de lado a lado.
―Disculpa pero no te sigo, ¿tú eres Edesia? ¿Y sabías que estaba viva?
Edesia, o más bien, Hedoné, negó con la cabeza.
―Hasta donde mi madre sabe, estoy con Hera. Para mi suerte, Zeus quiso hacer las paces con ella muy pronto ―puso los ojos en blanco.
―¿Y cómo puedes estar en dos lados a la vez?
―Del mismo modo en el que tú lo hiciste y del mismo modo que Hades usualmente usa para sus guerras. Tengo dos cuerpos, el humano y el divino, cuando tengo tiempo, como Edesia voy a jugar a una cascada. Ahí, duermo cómodamente en un sitio seguro y mi yo divino regresa al Olimpo.
―¿Y cómo has podido engañar a todos, por tanto tiempo?
―El tiempo en el Olimpo no transcurre del mismo modo que aquí. Podré ser Edesia durante años y allá serán apenas unas horas, sin embargo, cuando el lado humano toma el control olvido mucho de mí misma y me cuesta despertar. Todavía no sé por qué.
Ya un poco más tranquila, Agasha se incorporó para mirar de cerca los ojos de la niña que ahora sabía, era una diosa.
―Tus ojos se parecen a los de tu madre.
―Y los tuyos se parecen a los de Nyx —ella sonrió triste—, por desgracia mi madre nunca me dejó acercármele. Cuando la veas, dile que le mando saludos.
Asintiendo, la florista sonrió.
―Lo haré.
―Gracias ―Hedoné se levantó con calma, antes de que se fuese, Agasha le preguntó una última cosa.
―Espera, tú… ¿tú hablabas en serio cuando dijiste que querías casarte con un Santo Dorado? Porque te advierto que la espera es muy difícil.
Ya que la niña era básicamente más vieja que Agasha, la chica no se sorprendió tanto cuando la diosa respondió.
―Tú y Albafica me han dado la confianza que necesitaba. Además, tengo una debilidad muy acertada con los guerreros de luz ―susurró soñadora―. Pero creo que eso Edesia te lo podrá explicar mejor por la mañana.
―¿De qué estás…?
Volviendo su apariencia más humana, la diosa regresó a su cuarto con la misma parsimonia con la que había perturbado el silencio de la joven, Agasha arqueó sus cejas y se preguntó si lo que había presenciado había sido real. De cierto modo le perturbaba que ver dioses en cuerpos humanos ya no fuese algo tan sorprendente como al principio.
«Supongo que ya debo estar acostumbrándome a este tipo de cosas» y con ese pensamiento durmió plácidamente.
…
Por la mañana, Agasha tuvo unas ganas insanas de subir las 11 Casas del Zodiaco sólo para ver a Albafica. Necesitaba tenerlo a su lado y besarlo, sí, besarlo día y noche hasta cansarse. ¡No podía creerlo! ¡No podía creerlo! ¡Al fin era suyo!
No, ella no lo poseía, él se había entregado a ella por su voluntad. Así como ella lo había hecho con él.
Este sentimiento, era algo mutuo. Algo de ambos.
¡Oh dioses, quería gritar al mundo lo dichosa que se sentía!
Sí… después de verla borracha y vomitando (vomitar. Lo peor, orinarse encima de él), después de soportar su llanto, después de tener que cargar con la culpa de haber sido responsable de su muerte (parcialmente cierto). Finalmente Albafica de Piscis la había aceptado como su compañera de vida.
Pero ya todo eso debía quedar atrás, debían mirar hacia adelante y estar orgullosos de haber salido victoriosos de su primera batalla juntos.
Eso ella quería dejárselo en claro hoy.
Además, le hacía ilusión poder dormir algún día con él… bueno, el sexo era secundario, pero una pequeña sesión pasional no sonaba mal. Aunque si tan sólo pudiese pegar su oreja a su varonil pecho y oír su corazón… ese que él había destruido violentamente para salvarla. Si tan solo pudiese enterrar la cara en su cuello y olfatear su aroma.
Agasha despertó primero que nadie, aún el sol no salía y faltaba mucho para que el gallo cantase. A esta hora muchos granjeros ya estaba dejando libre a su ganado; los pescadores seguramente estaban alistando sus mejores redes y sus barcos más fuertes.
Por su lado, la florista en vez de revisar su huerto (destruido también) se lavó la cara, también se cambió de toga y una vez así salió a dar un paseo por Rodorio.
Antes no había tenido tiempo de ello. Al despertar lo primero que debía hacer era alistar su mercancía y revisar si sus flores seguían libres de plagas; luego regaría con agua fría los pétalos de diversos colores y acomodaría su banco frente a la puerta para esperar a sus habituales clientes.
Bostezando, Agasha relajó los músculos de sus brazos, estirándolos hacia arriba.
Sin darse cuenta sus pasos pronto la llevaron al cementerio, y ahí entre un montón de rocas con nombres, Agasha caminó entre todas ellas hasta llegar a la que realmente le importaba.
Con sorpresa, Agasha vio entre un montón de flores y pétalos marchitos, dos rosas rojas en perfecto estado… o casi. No tuvo que ser un genio para saber por qué se mantenían así. Una parecía tener sangre seca en sus pétalos y un curioso listón blanco alrededor, la otra ya estaba siendo cubierta por la tierra que volaba con el viento y aun así se veía hermosa.
Una de esas flores fue puesta mucho antes que la otra…
Sonriendo, Agasha supo que dichas rosas no le harían daño.
Dejó en paz la flor que tenía el listón (ya no la necesitaría), y supo en el fondo que era la misma que ella una vez tuvo guardada porque la vio en los recuerdos de Albafica.
La flor que lo hizo reaccionar y reaccionar, superando la flecha de odio de Eros.
La otra rosa… la otra él mismo la había dejado poco después de haberse hecho el funeral de su padre.
―Papá… perdóname por no haberte visitado. Ni aquí ni cuando estuve en los Campos Elíseos. Tengo mucho que decirte.
Se tomó su tiempo. Le contó su anécdota cuando se reencontró con Albafica (omitió descaradamente su desfloración), luego pasó a su aventura con la señora Nyx y luego su descenso al Inframundo.
―Sabía que no era mamá ―dijo cuando pasó a la parte donde el demonio intentó engañarla con el falso recuerdo de su madre cortándose las venas―. Ella siempre fue valiente, ¿no es así?
Pasó su mano por las letras que ponía el nombre de su padre. Se levantó con cuidado y se despidió.
―Cuando logré alzar de nuevo el negocio… prometo regresar con más noticias… y quien sabe ―se sonrojó―, quizás y ya te venga con la noticia de que serás abuelo. ―Se rio reprendiéndose por tener una mente tan traicionera y pervertida―. Nos veremos pronto, padre.
Hizo un pequeño asentimiento de cabeza antes de dar la vuelta y encontrarse con Albafica.
Sin lucir la armadura, vestía únicamente con la capa blanca, unos pantalones color café y unos zapatos de entrenamiento. Una playera de manga larga suelta y larga hasta la entrepierna.
El viento hizo a un lado la capucha permitiendo a Agasha admirar al hombre que la veía con cierta tristeza.
―Hola ―saludó ella con tranquilidad.
―Hola ―respondió Albafica.
Acercándose a él, esta vez no pidió permiso para abrazarlo simplemente lo hizo; pasó las manos por debajo de la capa y se aferró a la espalda del hombre.
―¿Sabías que estaba aquí?
―No ―respondió sin titubeos.
―De acuerdo. Entonces andando.
―¿Qué?
―¿Recuerdas que te hice una promesa? ―le cuestionó alzando la vista―. Te dije que te acompañaría hasta con tu maestro.
Seguramente enternecido por eso, Albafica soltó una sonrisa.
―Agasha.
―Vamos ―lo soltó y le agarró la mano derecha―. Además, aún no nos has presentado oficialmente y yo así no me siento cómoda.
―¿Quieres que te presente a una roca que está en medio de un campo de rosas envenenadas? ―preguntó en un tono de broma, pero con una sonrisa más bien triste.
―Quiero que me presentes a tu maestro… y sí. No te preocupes. Iremos hasta donde yo pueda llegar ―Agasha sostuvo las mejillas de Albafica entre sus manos aunque para ello tuvo que alzarse de puntas―. Ten algo de fe.
Ablandando su expresión notablemente conmovido por la chica, Albafica atrapó la mano derecha de Agasha con la suya y dio un suave apretón, pegándola más a él.
―De acuerdo.
—FIN—
¡Finalmente llegamos al final!
¡LO HICIMOS!
Notas finales de autora.
Los que leyeron la versión anterior, seguro habrán notado que falta una parte, que es la de nuestra OTP 10 años en el futuro. Sin embargo, debido a la realización de la saga, voy a ponerla junto con el epílogo. En el futuro verán por qué.
Ahora...
Cambios al rededor de este fic:
Quizás no se noten demasiado, pero hubo varios cambios con respecto a esta versión y la anterior. Más en cuanto al manejo de escenarios. Desde la casa de Agasha hasta las secciones del hades, empezando por la presencia del "Círculo de la Violencia". El bosque fue modificado, más que nada, para la realización del capítulo.
También hubo cambios con respecto a la versión Sỹdixx de Agasha. Por favor, recuerden bien eso ya que es muy importante para el siguiente fic.
Les pido que tengan en cuenta que los datos importantes de las Sỹdixx vendrán después de haberse concluído el segundo fic. ¿Por qué? Porque les tengo preparadas unas cuantas sorpresas antes de eso.
Dentro de poco subiré también el epílogo, y con suerte. ¡Comenzaremos con el siguiente fic la semana que viene!
¡Gracias por leer!
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