Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[27]


Ella sabía, por supuesto, que acabaría abriendo la carta. Lo supo desde el instante en que Gaara se la puso en las manos. ¿Cómo podía no abrirla, cómo podía quedarse sin saber sobre su vida una vez más? Pero le molestaba. Y odiaba a Naruto. Ya que después de cuatro meses y medio se había dado cuenta de que no había superado en absoluto el dolor, que necesitaría vivir muchos meses más en el presente para dejar de añorarlo de día y suspirar por sus brazos de noche.

Y finalmente reconoció para sí misma que el motivo por el que lo estaba posponiendo no era tanto su resentimiento, el saber que al leer su mensaje se le volverían a abrir todas las heridas, sino algo totalmente distinto. El motivo por el que lo posponía era que sabía que solo tardaría unos pocos minutos en leer la carta. Y luego no habría nada más. Volvería a encontrarse con el vacío y el silencio que se extendía hasta el infinito.

Dejó la taza y el plato a un lado y cogió la carta, la sostuvo en sus manos, se la llevó a los labios y la apretó contra su mejilla.

Pensó que después de todo puede que fuera una carta de alguna otra persona de la casa. Quizá fuera de la señora Shizune. Sintió que se le removía el estómago al pensarlo y se puso a rasgarla presa del pánico.

Su mirada fue directamente al final de la página, a la firma. «Naruto» , había escrito a mano con letra gruesa y enérgica. Hinata se mordió el labio inferior y cerró los ojos un instante. Volvió a sentarse en la silla.

«Mi querida Hinata —decía—, te escribo para hablarte de dos pérdidas que se han producido en mi familia. Mi primo murió en una pelea en Londres hace poco más de un mes. Mi esposa se ahogó accidentalmente el mismo día en que se supo de su muerte en Konoha Hall. He enterrado a ambos, el uno junto al otro, en el cementerio familiar.»

Hinata apoyó la carta en la solapa. Cerró los ojos y se llevó una mano a la boca. ¡Naruto! ¡Oh, pobre Naruto!

«Mañana me llevo a Sarada de viaje por Europa —continuaba la carta—.Se ha mostrado inconsolable. Adoraba a Sakura. Permaneceré con ella en el extranjero durante el invierno y quizá durante todo el año que dure nuestro duelo.

» Cuando termine el año iré a Wiltshire. No diré más por ahora. Entenderás que el mes pasado ha resultado muy doloroso. Y le debo un año de luto, Hinata, y a mi hermano también, por supuesto.

»Quería que supieras estas cosas antes de que me marchara. Y añadiré que pensaba todo lo que te dije cuando estuve en Wiltshire.»

Hinata volvió a apoyar la carta en el regazo, la dobló cuidadosamente y se percató sin prestarle mucha atención de que le temblaban las manos. Estaba muerta. Su esposa estaba muerta. Había dicho que había muerto de manera accidental, pero había muerto el mismo día que habían sabido de la muerte de Lord Sasuke. Y Lord Sasuke era el padre de Lady Sarada.

Entonces es que se había quitado la vida. Debía de haberse arrojado al lago.

¡Oh, pobre Naruto! ¡Pobre Naruto! ¡Cómo debía de culparse a sí mismo!. Pero estaba muerta. Y él estaba libre. Cuando terminase el año de duelo volvería a Wiltshire. Dentro de once meses. A finales de septiembre.

No, no debía pensar en ello. No debía esperarlo. Once meses parecían una eternidad. Podría ocurrir cualquier cosa en ese tiempo. Uno de ellos podía morir.

Naruto podría cambiar de opinión. Podría conocer a otra persona en sus viajes. Podría disfrutar tanto del viaje que acabara pasando años en el extranjero. Puede que Lady Sarada no quisiera que fuera a buscarla.

Podría ocurrir cualquier cosa. Once meses atrás ni siquiera lo conocía. Pero parecía como si lo conociera de siempre. Eso significaba que tendría que esperar más que nunca, y que al final puede que él no llegase.

Poniéndose en pie y apoyando la carta con cuidado en el jarrón, Hinata decidió que no pensaría en ello. No pensaría en ello. Si volviese al acabar al año, entonces escucharía lo que tuviera que decirle. Si no venía, entonces no se mostraría decepcionada porque no lo habría esperado.

Pero aquella noche y durante muchas otras noches soñó con él. Tuvo sueños extraños e inquietantes en los que él trataba de llegar hasta ella, pero se encontraba al otro lado de un caudal de agua lo bastante ancho como para no verlo con claridad y le gritaba palabras que no oía bien. Y cada vez se despertaba con los brazos vacíos y sintiendo que el otro lado de la cama estaba vacío.

Hinata redobló los esfuerzos para ser una buena profesora y dedicó muchas de sus horas libres a enseñar música. Y se dedicó a visitar a sus vecinos, sobre todo a los ancianos, que dependían de los visitantes para aliviar el tedio del día, y aceptó todas y cada una de las invitaciones que recibió. Incluso cuando la prima Kanna volvió a casa —Kaguya se había casado y vivía en Lincolnshire— y supo que estarían en la misma velada, también fue.

Y se aferró a la amistad con Temari como si fuese una cuerda de salvamento.

Cada vez que se permitía pensar conscientemente en el asunto, se percataba de que tenía razón en algo: once meses eran más que una eternidad.

—¿Volveremos a casa pronto, papá? —Lady Sarada Uzumaki estaba sentada en el carruaje enfrente de su padre, acariciando el morro y la cabecita de su perrita, que cerraba los ojos extasiada.

—Pronto —respondió él—. ¿Te alegrarás? Hemos visto muchas maravillas juntos en el pasado año, ¿verdad? Puede que te aburras en casa.

—Tengo muchas ganas de llegar. ¿Por qué vamos a ver a la señorita Hamilton, papá? ¿Volverá ser mi institutriz otra vez?

—¿Te gustaría que lo fuera?

—Sí —dijo ella tras pensarlo un instante—. Pero me daría miedo que se fuera otra vez. —De repente miró a su padre ansiosa—. Tú no te irás, ¿verdad, papá?. Cuando estemos en casa, ¿no te irás otra vez a Londres y me dejarás sola?.

Otra vez la antigua ansiedad. Había pasado semanas después de la muerte de su madre despertándose gritando prácticamente cada noche. Le aterrorizaba que la abandonaran. Naruto sonrió para consolarla. Antes incluso de que partieran de viaje había tenido que pasar casi cada momento de la jornada con ella, todos los días. Durante mucho tiempo había tenido que llevarla a la cama por la noche para que su voz y sus brazos estuvieran allí cuando se despertara.

—No me iré a ninguna parte —contestó Naruto—. A partir de ahora, Sarada, allá donde vayas, yo también iré.

—Me pregunto si Timothy Inuzuka y los demás habrán crecido.

—Me atrevería a decir que sí. O quizás ha sido el aire continental lo que ha hecho que crecieras.

Ella lo miró y se rio.

—¿Y si no nos llevamos a la señorita Hamilton de vuelta a Konoha Hall para que sea tu institutriz? —sugirió él—. ¿Y si nos la llevamos para que sea tu nueva mamá?

Ella lo miró sin comprender.

—Pero yo ya tengo mamá.

—Sí. —Sabía que debería haberle planteado el tema mucho antes. Pero aún no había dado con las palabras adecuadas ni había conseguido armarse de la valentía necesaria. No estaba seguro de haber dado con las palabras todavía—.Ya tienes mamá, Sarada, y siempre la querrás más que a nadie en tu vida hasta que crezcas y tengas tu propia familia. Pero como mamá ya no puede estar contigo, ¿no te gustaría que hubiera otra persona que pudiera hacer contigo las cosas que habría hecho mamá?

—¿La señorita Hamilton? —preguntó la niña recelosa.

—Te gusta, ¿no es así?

Ella dudó.

—Sí. Pero se marchó sin despedirse, papá.

—No fue culpa suya. Lo habría hecho si hubiese podido. Pero tuvo que huir de un hombre malo, Sarada, y no pudo despedirse de nadie. Creo que te quería.

—Pero si va a ser mi mamá, entonces tendrá que ser tu esposa, papá. ¿Qué te parecería eso?

Él la miró muy serio.

—Me parecería muy bien.

—¿Y no te molestaría hacer eso por mí? —preguntó la niña, apartando la cabeza y arrugando la nariz cuando la perra se sentó y trató de lamerle la cara.

—No. Yo también quiero, Sarada. Verás… quiero a la señorita Hamilton.

Sarada apartó a la perra con una brusquedad inusitada.

—¡Pero tú me quieres a mí! —chilló.

—Claro que sí. —Naruto se levantó para sentarse junto a ella, y se la puso en el regazo—. Eres mi hija. Mi primogénita y sangre de mi sangre. Nada cambiará nunca eso, Sarada. Siempre serás la primera chica de mi vida. Pero todos podemos querer a más de una persona. Tú querías a mamá y me quieres a mí, ¿verdad?

—Sí —respondió ella sin estar muy segura—. Y quiero a Pequeñita.

—Pues bien. Yo te quiero a ti y a la señorita Hamilton. Y si ella se casa conmigo y tenemos otros niños, yo también los querré. Y tú siempre serás mi hija mayor, siempre serás alguien especial.

—¿Va a venir con nosotros enseguida? —preguntó Sarada—. Voy a enseñarle a Pequeñita. Se sorprenderá de cuánto ha crecido, ¿verdad? Y voy a contarle que no me puse enferma en el barco. No se lo digas, papá. Déjame a mí.

—De acuerdo —accedió él, apoyando la mejilla contra la frente de su hija —. Todavía no se lo he pedido, Sarada. Puede que diga que no. Puede que esté contenta donde está, enseñando en su escuela y viviendo en su casita. Pero se lo pediré —se rio—. No se lo pidas tú. Déjame a mí.

—De acuerdo —accedió la niña, y saltó de su regazo para molestar al perro, que se había colocado pacíficamente en otro asiento.

Naruto se reclinó en los cojines y los observó. Era posible que dijera que no. De hecho, puede que ya estuviera casada, con Gaara o con otro caballero del pueblo. No debía albergar demasiadas esperanzas.

Un año antes, u once meses antes, cuando finalmente se había liberado de la peor parte de la pesadilla de la doble muerte de su hermano y su esposa, estaba seguro de su respuesta, aunque se había visto obligado a mantenerse apartado de ella durante el año de duelo. Solo se había permitido esa breve carta.

Pero once meses parecían una eternidad. Sarada y él se habían pasado todo el tiempo viajando y habían visto muchos sitios y habían conocido a mucha gente. Parecía que había pasado más de un año desde que había salido de Inglaterra.

Recordaba las palabras que le había dicho ella. ¿Cómo podría olvidarlas? Y recordaba la pasión y el desenfreno con las que se había entregado a él aquella única noche antes de que se marchara. Había revivido aquella noche muchas veces en su imaginación. En aquel momento creyó que el amor de ella, como el que sentía él, duraría toda la eternidad y más aún. Pero ahora no estaba tan seguro.

El amor de Hinata no había durado tanto como el suyo: lo había odiado y rechazado con motivo. No fue hasta los últimos días, cuando viajaron juntos en busca de la tumba de Zetsu, que se empezó a sentir más cómoda con él, que entablaron amistad y se hicieron amantes.

En aquellas circunstancias era comprensible que hubieran terminado en brazos el uno del otro. Puede que para ella no fuera más que eso. Aunque sus sentimientos hubieran sido auténticos en aquella ocasión, quizá se habían desvanecido en los días y semanas posteriores a su marcha. Naruto debía estar preparado para que se comportara con frialdad y le avergonzara su visita.

Naruto cerró los ojos y se dejó arrullar por el movimiento del carruaje. No debía esperar que hubiera pensado en él a cada momento del día todos los días, quizás no de manera consciente, pero sí en lo más profundo, donde se encuentran los sentimientos y los significados. No debía esperar formar parte de sus sueños, tanto despierta como dormida. No debía esperar que fuera como él.

Hinata. La vería al día siguiente si no se había mudado.

Por fin. Ah, por fin. Los más de quince meses transcurridos desde que le había apretado las manos, se había despedido y se había subido a ese mismo carruaje para alejarse de ella parecían más largos que nunca. Mucho más largos.

Hinata estaba enseñando a leer a un grupo de los niños más pequeños mientras Temari daba una clase de geografía a los demás.

Pero al sonreír a un chiquillo para que prestara otra vez atención a la clase, Hinata dudó que nadie estuviera aprendiendo mucho. Había una excitación contenida en el aula. No hacía falta gran cosa para excitar a aquellos niños. Iban a dar un paseo por la naturaleza en cuanto terminaran las clases de la mañana, y se llevarían el almuerzo. Se encontraban a finales de septiembre, y era la última oportunidad que tendrían de hacer una salida como aquella antes de que hiciera demasiado frío.

Temari y ella acompañarían a los niños, así como Gaara, que iba a menudo a la escuela a dar una clase de religión, y el doctor Shikamaru Nara, que había mostrado una notable preferencia por Temari en los últimos meses, pese a que Temari afirmaba con su tono alegre y directo de siempre que solo eran amigos.

Aunque Hinata se había fijado en que su amiga se ruborizaba al decirlo.

Hinata pensaba que no hacían falta tantas carabinas adultas, pero para los demás también resultaba un placer salir a tomar aire fresco al campo durante una tarde entera.

Cuando llamaron a la puerta se esfumó la escasa atención que conservaban todavía los niños. Hinata sonrió y meneó la cabeza mientras los ojos del grupo de niños, y sin duda también sus mentes, siguieron a Temari hasta la puerta.

—¿Está aquí la señorita Hamilton, por favor? —preguntó una voz joven y educada.

Hinata se dio la vuelta en la silla.

—Me temo que no hay nadie con ese nombre, querida —respondió Temari —. ¿Tú eres…?

—¡Sarada! —Hinata se levantó de la silla y atravesó corriendo el aula, extendiendo los brazos—. ¡Aquí estoy ! ¡Oh, cuánto ha crecido, y cuánto me alegro de verla! —Se inclinó para abrazar a la niña y enseguida se percató de la presencia de una figura alta y oscura a una cierta distancia, apoyada en el carruaje con escudo.

—Papá dice que el aire del continente me ha hecho crecer —explicó la niña —. Pequeñita está en el carruaje, señorita Hamilton. Espérese a ver cuánto ha crecido. Ya no es pequeñita. Y no me puse enferma al volver en el barco de Francia, aunque algunas damas sí.

Hinata se agachó delante de ella.

—Estoy muy orgullosa de usted —le dijo—. ¿Y va de camino a casa? —No se veía capaz de alzar la vista hacia el hombre que se encontraba a pocos metros de distancia ni aunque le hubiese ido la vida en ello.

—Sí —respondió Sarada—. Tengo muchas ganas. Pero papá quería venir aquí primero. No puedo decirle por qué. Solo le diré que no me puse enferma en el barco.

Hinata rio. Y de repente se percató del murmullo de voces que había detrás de ella. Se enderezó y se volvió.

—Esta es Lady Sarada Uzumaki —explicó, cogiendo a la niña de la mano y haciéndola entrar en el aula—. Acaba de volver de un año de viaje por Europa.

Estos son la señorita Temari, Sarada, y todos los niños del pueblo.

Lady Sarada sonrió y se acercó a Hinata. Temari le hizo una reverencia a Lady Sarada.

—Buenos días, Su Excelencia —saludó—. Niños, haced, una reverencia a Su Excelencia, el duque de Konoha, por favor.

Y Hinata volvió la cabeza bruscamente y por fin lo miró a los ojos. Sintió un impacto inmediato. Era más alto de lo que recordaba, tenía el pelo más rubio, la mirada más penetrante, sus ojos azules estaban oscuros, y la cicatriz más marcada. Había suavizado todos aquellos rasgos en el recuerdo. Sintió un brote inesperado del antiguo miedo.

Hizo una reverencia hacia él.

—Su Excelencia… —murmuró.

El duque inclinó la cabeza hacia ella y hacia la clase en general.

—Buenos días —saludó el duque—. Lamento interrumpir las clases, pero si conozco a los jóvenes y cómo funciona su mente, diría que soy el hombre más popular del pueblo en este momento.

Se oyeron risitas de las niñas, y carcajadas de los niños. Parecía que las clases habían terminado. Las niñas admiraban abiertamente la ropa moderna de Lady Sarada y ella las miraba tímida, pero interesada. Los chicos miraban al duque un tanto intimidados. Naruto conversaba educadamente con Temari. Y entonces llegó el doctor Nara, y también Gaara, y Lady Sarada miró suplicante a su padre.

—¿Puedo, papá? —decía—. ¡Por favor!, ¿puedo?

—No estás vestida para ir de excursión —le dijo él sonriendo.

—Pero tengo otros vestidos. Puedo cambiarme. ¡Por favor, papá! Por favor.

Señorita Hamilton, ¿puedo ir? ¿Por favor?

Temari la miraba fijamente. Al parecer había sido ella la que había sugerido que Sarada disfrutaría de la excursión de la escuela, aunque Su Excelencia tenía que saber que pensaban marcharse durante varias horas.

—Solo su papá puede decirle que sí —dijo Hinata, sonriendo ante el rostro hermoso y ansioso de su antigua alumna—. Pero sé que se divertiría mucho.

Un minuto después, tras concedérsele el permiso que había suplicado, Lady Sarada salió a toda velocidad hacia el carruaje.

—Me voy a llevar a Pequeñita —chilló—. ¿Puedo, señorita Hamilton?

Temari reía.

—Cuidaré muy bien de ella, Su Excelencia. Y mi hermano y el doctor Nara estarán conmigo para echarme una mano. Con tres adultos bastará. No necesitaremos que vengas, querida. Será mejor que te quedes a entretener a Su Excelencia, dado que tendrá que esperar varias horas.

Hinata abrió la boca para hablar y volvió a cerrarla.

Parecía que los niños eran incapaces de hablar de otro modo que no fuera gritando. El aula se quedó muy tranquila cuando todos los niños y los tres adultos se marcharon.

—La señorita Temari es muy amable —comentó Naruto a sus espaldas—. Sarada hablará de esta excursión durante semanas.

—Sí. Me alegro por ella, Su Excelencia.

—¿Su Excelencia? —murmuró él.

Hinata miró por encima del hombro y fijó los ojos en su pañuelo.

—¿Podemos ir a otra parte? —preguntó él—. ¿A su casa, quizá?

—Sí. Está cerca.

Hinata cerró la escuela y caminó a su lado por la calle hasta la casita. No se tocaron ni dijeron una sola palabra.

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Continuará...