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EPÍLOGO
PAZ MERECIDA
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¿Qué es esto?
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¿Alguien está viendo el futuro?
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Un tierno niño pequeño de no más de 8 años cayó estrepitosamente a la arena del coliseo, su brazo izquierdo y muñeca se rasparon con varias piedras pequeñas lo que ocasionó que sangrase. Inquebrantable, el joven que aún podría decirse que era un niño, apretó los puños con fuerza y se lanzó hacia su maestro, notablemente más alto, experimentado y fuerte que él.
Sus esfuerzos fueron en vano. El mayor de un movimiento de piernas pudo hacerlo caer de nuevo y por ende, tragar mucha tierra con sangre, por la herida en su labio roto.
―Suficiente por hoy ―dijo el adulto―. Ve a casa, báñate y prepárate para la cena.
―Sí, padre ―contestó respetuosamente el infante.
―Recuerda que para ganar no es necesario tener las mejores técnicas ni los trucos más rebuscados ―el adulto ayudó al niño a levantarse, lo abrazó y le dio un beso en la cabeza―. ¿Cómo pelea un verdadero guerrero?
―Escuchando siempre a la cabeza, usando la razón y la tenacidad ―contestó agitado pero firme.
Albafica de Piscis le sonrió al niño que, aunque mallugado hasta la cara, nunca se quejó ni se alejó por mucho que supiese que con sus habilidades actuales no podría vencerlo en batalla.
―Y tampoco olvides usar tu corazón ―se entrometió Agasha.
―Madre ―respetuosamente, el niño agachó la cabeza cuando la mujer de cabello castaño y ojos verdes, entró a la arena del Coliseo entre medio de un montón de otros Santos quienes abrían espacio para que entrase sin problemas.
Al verla, Albafica frunció el ceño.
―¿No dijiste que estarías en la florería?
Sonriendo con gracia, Agasha respondió:
―Los empelados me ayudarán con eso esta tarde ―le guiñó el ojo.
―Y es peligroso ―musitó viendo su vientre abultado de 5 meses.
Chasqueando la lengua, Agasha se agachó para ver a su hijo. Hizo una mueca al ver un gran moretón en su ojo lindísimo izquierdo, ese que le privaba a ella de ver sus dos preciosos ojos azules cobalto, los cuales había heredado de su padre.
―Aquí entre nosotros —le susurró a su hijito—, ¿cuántos golpes resististe antes de que papá te hiciera ver estrellas? ―bromeó sabiendo bien que su hijo, aunque muy menor, había nacido con un orgullo todavía más fácil de picar que el de su esposo.
―¡Madre! ―se quejó el niño en voz baja―. Recuerda que aquí hay muchos aspirantes a Santos, ¿cómo puedo aspirar a una armadura si quieres mimarme todo el tiempo? ¡Estas heridas no es nada!
Riendo orgullosa, por el espíritu de lucha de su hijo, Agasha se levantó con ayuda del niño.
―Debes cuidarte ―le dijo el niño igual de molesto que Albafica por verla en un sitio donde bien alguien podría darle un golpe y causar un desastre―, no quiero que mi hermano o hermana, y tú, se hagan daño.
―No pasará ―desligó Agasha entre risas―. Vamos, no quiero que se queden entrenando aquí toda la tarde y me dejen de nuevo sola con la cena.
Ambos, hijo y padre, bajaron las cabezas el recordar que hace una semana Agasha les había estado esperado sentada en la mesa con los platos servidos. Cuando llegaron y la vieron durmiendo de ese modo tan cansino hicieron la solemne promesa que no volverlo a hacer. El entrenamiento era importante, pero había algo más: el motivo por el cual entrenaban tan arduamente.
―Sí, mamá ―respondió caminando a su lado.
Albafica iba a ir con ellos pero una ruidosa voz lo llamó a lo lejos.
―¡Espera! ¡Albafica!
Agasha y su hijo se voltearon para ver que a toda velocidad, el Santo de Leo, Regulus, se acercaba. Su desesperación se sentía a lo lejos.
―¿Regulus? ―musitó Agasha viendo al joven detenerse derrapando por el piso hasta llegar con el Santo de Piscis.
―¡Albafica! ―exclamó él agarrando los hombros del hombre.
―¿Qué quieres?
―¿Es normal que Edesia no quiera comer? ¿Es normal que sólo se le antojen panes dulces y agua con azúcar? ―preguntaba alterado.
―Disculpa pero… no creo ser yo quien pueda responderte.
Las miradas de ambos Santos se posaron en Agasha, quien sosteniendo a su hijo, alzó la mirada al cielo con exasperación.
―Hombres ―bufó decepcionada.
Durante todo el camino hasta la Casa de Piscis, Albafica cargó a Agasha con las intenciones de no bajarla hasta llegar al final. Todo mientras ambos le daban consejos a Regulus y lo despachaban a su templo donde una fiera aún mayor que Agasha esperaba por sus antojos.
Después de todo, no era fácil satisfacer los deseos de una diosa como Hedoné.
Agasha no sabía si Regulus sabía o quien realmente era su esposa, pero no se entrometería. A ella ya le había quedado claro que entrometerse donde no la llaman puede ser algo sumamente desastroso.
―Iré a bañarme, padre. Madre, no te esfuerces demasiado ―dijo el niño de cabello azul oscuro y ojos azules cobalto.
La viva imagen de su padre cuando era un infante.
―De acuerdo ―Agasha fue puesta en el suelo por Albafica―. Gracias. ¿No estás muy cansado?
―¿Bromeas?
Riendo, Agasha fue hasta la cocina donde la aguardaba una sopa recién hecha que sólo debía servirse. Dado a su condición de embarazo, cocinar carnes o ya de plano, simplemente cocinar, era un martirio debido a los olores que desprendían la carne o la verdura al ser cocinada la embargaban hasta provocarle el vómito.
Por eso desde que ella era la que cocinaba, no su marido ni su hijo, Agasha preparaba puros platillos simples y aún apetitosos luego de una tarde de intenso entrenamiento.
―¿Estás bien? ―preguntó Agasha a Albafica.
―Claro, ¿por qué no habría de estarlo?
Ella tardó un poco en responder.
―Mañana es el día.
Albafica supo lo que quería decir.
Desde hace un par de años, cuando Tenma había (sorprendentemente) rechazado la Armadura de Sagitario para permanecer como un Santo de Bronce aún con sus capacidades, Sisyphus se había resignado a tomar el cargo hasta su muerte. Sin embargo poco tiempo después encontró a un pequeño rebelde que a la vez era también un prodigio en artes marciales que ni siquiera había practicado.
El nombre de ese niño era Aioros, y era un ladronzuelo que tuvo el infortunio de ser atrapado por Sisyphus; más tarde se descubrió que Aioros tenía a un hermano menor que alimentar, un bebé de no más de 7 meses llamado Aioria. Sus padres los habían abandonado por lo que Aioros debía tomar las riendas, al no tener a nadie que los protegiese, el hermano mayor tuvo que buscar cualquier medio para subsistir pues nadie confiaba en Aioros para trabajar de manera honorable. Incluso se defendió con uñas y dientes contra Sisyphus más la victoria no lo favoreció del todo.
Viendo un prodigioso potencial en él, Sisyphus le ofreció un trato al niño que éste no rechazó, pues Aioria se vería beneficiado con alimento, techo, cuidados de una nodriza, y mucho más.
Entrenarse como caballero para aprovechar su poder fue quizás una de las mejores inversiones del Santuario. A sus 11 años, Aioros era capaz de vencer a muchos otros Santos de Bronce sin siquiera agitarse. Y eso era apenas iniciaba su entrenamiento. Ese niño podría ser un valioso Caballero al final del día, de eso muchos estaban seguros pues desde que ingresó, no se requirió enseñarle la disciplina a base de puños pues el muchacho con toda seguridad se había tomado su papel de aprendiz muy en serio desde el primer momento.
Sin embargo a partir de ahí comenzó el efecto domino.
Los Santos no serían jóvenes y fuertes por siempre. Desde la última Guerra Santa, Dohko de Libra fue despachado hasta China por órdenes de Athena, su trabajo sería el de custodiar la prisión donde se hallaba el ejército del temible Hades.
Por su parte, Shion de Aries había sido promovido a Patriarca. Desde la muerte de Sage, el Santo muviano había ejercido el rol del pontífice al mismo tiempo que dejaba su armadura a su sucesor, Mū.
Kardia y Dégel ya habían partido en búsqueda de sucesores, estaban seguros de que los encontrarían fuera del Santuario. En el caso de Dégel, así fue, tan pronto como arribó en un campo de entrenamiento en Siberia, encontró un diamante en bruto muy pequeño pero prometedor. Curiosamente el pequeño Camus era también de nacionalidad francesa.
Kardia por su parte, vagó por otros países alrededor del Santuario, pero su camino dio frutos en la misma Grecia.
De forma sorprendente el niño huérfano llamado Milo había ingresado su solicitud para convertirse en Caballero a los 6 años, solo y sin nadie que lo acogiese con amor. El niño entró por cuenta propia demostrando a base de palizas a sus oponentes que la edad y la estatura no eran impedimentos para lograr la grandeza.
Algo todavía más demencial era que Kardia y Milo se parecían bastante, incluso más de uno apostaba porque el niño era hijo suyo más no se sabía nada más.
En el caso de Albafica…
En su última misión a Suiza, la última batalla que tuvo con un grupo clandestino de asesinos que raptaba niños aprendices y los usaban como esclavos mediante drogas e intimidación violenta, el Santo de Piscis usó una de sus rosas venenosas y efectivamente dio en el blanco a otros.
Incluso a uno de los aprendices que estaba ahí.
Albafica no supo si alegrarse o aterrorizarse, pero el niño no murió cuando debió haberlo hecho debido al veneno.
El muchachito se arrancó la rosa del costado derecho, sólo por la herida tuvo que ser tratado de emergencia, salvo por eso, todo estaba en orden.
El niño tenía como nombre Afrodita… y al igual que sus compañeros, el niño de 9 años tenía similitudes físicas con él. Pero donde Albafica tenía cabello azul y lacio, el niño suizo lo tenía verde aguamarina y rizado.
No había duda que el destino a veces era una perra pues ambos compartían el lunar bajo el ojo izquierdo.
Entonces, Albafica lo supo.
Ese niño había sido elegido por los dioses para ascender a Santo Dorado de Piscis una vez que su propio ciclo llegase al fin. Albafica terminó de convencerse cuando el maestro a cargo del campo de entrenamiento le contó sobre sus prodigiosas habilidades en combate. Su resistencia y poder elevado.
El niño (huérfano también) había sido llevado desde Suiza hasta Grecia y mañana frente a la diosa Athena, su esposa e hijo, y el resto de los Santos Dorados junto a sus respectivos aprendices, se efectuaría el ritual de los Lazos de Sangre.
»Todos los Santos de Piscis serán liberados de la maldición ―ojalá Psique hubiese tenido razón en eso, ya que si sus palabras fueron otras de sus trampas, su esposa e hijo recogerían un cadáver la tarde de mañana.
Le trasmitiría a Agasha la confianza que ni él mismo sentía y se prepararía para todo.
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―¿Estás bien? ―susurró Agasha.
Albafica suspiró ante esa pregunta y sonrió.
―¿Por qué no habría de estarlo?
Viendo el semblante de su esposo, como a quien le quitan un enorme peso de los hombros, Agasha quien iba a su lado junto a su hijo alzó los hombros. Sonrió divertida.
―Todo salió bien, Afrodita pasó la prueba y tú sigues vivo. ¿Y ahora qué?
Riendo, Albafica puso una mano sobre su hombro.
―¿Esperabas que no saliese vivo de aquí? —Albafica alzó una ceja.
Negando con la cabeza, Agasha suspiró con la nariz apuntando al sol que ya iba de bajada para abrir paso a la noche.
―Sabes que no.
―¿Entonces?
―Me refiero a lo que haremos ahora.
―¡Yo seguiré entrenando! ―se entrometió el niño bajando las escaleras junto a sus padres―. ¡Entrenaré hasta ser aún más fuerte que papá!
Agasha asintió.
―Lo lograrás, hasta cuando aprendas a comer verduras sin tragar medio cántaro de agua con cada bocado.
―¡Mamá!
Albafica miró la herida en su dedo, hecha para trasmitir la sangre envenenada a su sucesor.
Mañana por la tarde comenzarían su entrenamiento para dominar cada una de las técnicas consagradas a los Santos de Piscis. La propia Sasha sostuvo las heridas de ambos y confirmó el resultado.
Después se le hizo mención a Afrodita del regalo dado por la diosa Nyx acerca del ritual y lo que pudo haberle pasado sin la generosidad de la divinidad, quien desde hace 10 años no había vuelto a manifestarse.
Luego cada Santo y aprendiz se marchó para que al final sólo la familia de Albafica pudiese bajar con mucha calma.
―La casa que me hicieron ustedes hace diez años sigue en pie. ¿Comenzaremos la mudanza ya? ―preguntó Agasha amenamente abrazada del torso de su esposo.
―No, aún no, hasta que Afrodita haya terminado su entrenamiento no es necesario.
Al frente de los 3, el futuro Santo de Piscis caminaba admirando el sendero de rosas que abrían paso al Santuario.
El niño se veía muy pensativo; Agasha esperaba que su hijo y él pudiesen ser buenos amigos.
―Ya veo, entonces esperaremos un poco más. ¿Verdad? ―le preguntó a su hijo.
Éste alzó los hombros y sintió, justamente como hacía Agasha cada vez que tenía que resignarse a algo que no le parecía bien.
―Supongo.
Feliz, Agasha miró el atardecer junto a su familia, al instante en que los rayos del sol se apagaron, sus ojos verdes se ennegrecieron por completo.
―Mamá ―llamó su niño.
―Dime.
―Tus ojos son muy bonitos.
La sonrisa de su retoño al verla, la de su marido al saber que juntos vivirían un poco más en este mundo terrenal y el movimiento agitado de su próximo bebé, le atrajeron más felicidad de lo que Agasha pudo haber pensado que tendría.
Y ya fuese en este mundo o en el otro, su lucha propia aún no daba inicio. Estas eran sólo pruebas para fortalecer su carácter, pues antes de embarazarse por primera vez había estado tomando lecciones de artes marciales y control del cosmos con su esposo.
Sólo con su muerte terrenal, su alma resucitaría como la primera Sỹdixx en siglos. Así se había descrito. Sólo entonces la guerrera en ella cuidaría de sus hombres en el siguiente camino… y quién sabe, quizás sean ellos quienes terminen haciéndole la cena.
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Eso debió haber pasado… ¿o no?
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¿Qué cambió?
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¿El qué punto de la historia…? ¿Algo se torció?
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Las cenizas de Rodorio no hace mucho habían dejado de arder. Los civiles tuvieron que correr por sus vidas luego del desastre.
Sólo un puñado de gente se había quedado con algunos de los santos.
Y no fue hasta que todos los presentes vieron la flecha enterrándose en la espalda del Santo de Piscis, con tanta brusquedad que la punta atravesó la carne y el metal para salir por el otro lado, que se convencieron de que lo peor, apenas iniciaba.
—¿Albafica?
Agasha fue la primera en desconcertarse. Ni siquiera ella, usando su respectiva armadura de Sỹdixx, había visto venir aquello.
—¡Albafica! —gritó Regulus, corriendo hacia ellos.
La sangre cayó al piso frente a los pies y los ojos oscuros, estupefactos, de la guerrera Sỹdixx.
—No… por favor, no…
Tanto los ojos de Agasha como los de Albafica de Piscis, se dirigieron al pecho de él. El pectoral izquierdo.
Una flecha negra, con una punta color jade brillante, le había atravesado el corazón.
Cuando Agasha dirigió sus ojos hacia arriba, lo vio. El responsable.
Volando en el cielo y con una cara de piedra en su rostro, la joven visualizó al dios Eros. Este todavía tenía su arco en posición para disparar, aun después de haberlo hecho.
—¿Qué hiciste…? ¡¿Qué hiciste?! —gritó la chica sosteniendo el cuerpo de su querido Albafica.
Eros había asesinado a Albafica.
¿Por qué?
Nos veremos en la próxima entrega de la saga.
¡Muchas gracias por seguirme!
¡Muchas gracias por leerme!
¡Muchas gracias por comentar!
Atte: su amiga, Adilay.
