Roy Mustang - Interludio 3
Resembool – Ishval E. 17/MAR/1908 - 20/MAR/1908
Los humeantes pistones de la locomotora se fueron deteniendo entre enormes bocanadas de vapor blanco. Aquella bestia de metal avanzaba desde hacía cientos de metros únicamente con la inercia de su enorme peso.
Me molestaba bastante el hecho de detenernos en un pueblucho con lo que nos había costado llegar a la región del Este. Había pasado ya casi un mes desde que se promulgó la orden 3.066, pero la lentitud burocrática y la convocatoria de Alquimistas Nacionales desde las distintas regiones habían dilatado su cumplimiento.
Cuando salí de South City me comentaron que la situación era extremadamente grave. La versión oficial exponía que, a través de un conducto subterráneo que unía la ciudad con un oasis al sur del campamento, las fuerzas ishvalíes habían conseguido tomar por sorpresa a las tropas situadas en el campamento. El resultado había sido una ofensiva brutal que había obligado a los supervivientes a dispersarse. En resumen, una matanza.
Esa versión acompañó mis desvelos desde que me subí en el tren de los alquimistas, donde ya esperaban los traídos desde West City. Entre ellos estaban Giolo Comanche e Isaac McDougal. Apenas conocía al primero, y solo de oídas. Se trataba de un anciano malhumorado al que llamaban Alquimista de Plata.
En realidad, no era más que un hombre de la vieja guardia, enloquecido por los conflictos en los que había participado y con un fuerte sentimiento racista que apenas trataba de ocultar. Su fuerte orgullo le impedía siquiera dirigirse a mí, un "cachorro", cosa que acabé agradeciendo.
No fue hasta que unió el contingente de Central que pude conseguir una visión más realista del conflicto. El coronel Basque Grand, el alquimista en activo con mayor rango desde la retirada del general Armstrong, trajo consigo a Alex L. Armstrong, hijo del mencionado general, Tim Marcoh y Solf J. Kimblee, entre otros.
El coronel Grand era un hombre serio y firme, con un poderoso sentido del deber y una disciplina dura e inflexible. Seguía con mano de hierro las órdenes que llegaban desde Central y había sido elegido como coordinador general de los alquimistas sobre el campo.
Sin embargo, para poder reunir al resto, el coronel Grand nos había tenido estacionados en Central por más de una semana. A ello había que sumarle la semana que había tardado en llegar el tren desde la región Oeste, las paradas de aprovisionamiento del tren y el tiempo sobre raíles.
Por ello, las paradas en East City y Resembool, donde ya no había alquimistas, habían sido el enésimo retraso que cargábamos sobre nuestras espaldas. Los alquimistas se revolvían en sus asientos y dejaban que su mirada se perdiera en el yermo horizonte de los campos del Este.
En el cielo de Resembool se contorneaban columnas de humo negro, resultado de actos terroristas perpetrados por extremistas ishvalíes. Ese humo se veía reflejado en la mirada de sus habitantes, en los ojos de los padres cuyos hijos habían sido mandados al frente, en la de las madres que cargaban a los suyos con el miedo de que algo les pasara.
El ambiente era distinto al del resto de pueblos y ciudades del Este que habíamos visto hasta ahora. Era distinto incluso a la atmósfera que se respiraba al sur de South City. Aquello había sido un equilibrio frágil y peligroso, una inestabilidad que amenazaba con vencerse hacia uno de los lados. Aquí la balanza se había roto hace tiempo. Era una guerra sin cuartel, larga y sangrienta, con un desgaste infinito.
Fue McDougal al fin quien expuso las dudas que todos, por cobardía u orgullo, llevábamos callando desde que recibimos la notificación de la Orden.
–Coronel Grand, ¿cómo está la situación en Ishval?
Las oscuras facciones del coronel no cambiaron un ápice. –Ya han sido informados por el ejército. La situación es extremadamente grave.
McDougal no se amilanó. –¿Y si es tan grave por qué no se nos ha traído antes? Yo llevo casi un mes en este tren.
–La situación era complicada, tomaron el campamento del este, que es desde donde venían las provisiones y los refuerzos. Había que recuperar esa zona antes de proseguir con el avance.
–¿Y no habría sido mejor llevarnos a nosotros para recuperar la zona antes? –Comanche miraba a Isaac con una sonrisa condescendiente, pero callaba.
Grand fue a responder, pero Kimblee se le adelantó. –Porque somos la punta de lanza del ejército. Si a nosotros nos pasara algo, no podríamos completar nuestra misión. –Pude ver unos tatuajes en las palmas de sus manos al tiempo que gesticulaba.
–¿Esas misiones implican exterminar al pueblo ishvalí? –La voz del comandante Armstrong resonó con gravedad en el vagón. Su enorme envergadura contrastaba con lo que transmitían sus ojos azules. Parecía realmente afectado. –No lo entiendo. Son ciudadanos de Amestris.
Grand apretó los labios, pero no dijo nada. No me gustó ese gesto. Kimblee, sin embargo, mantenía una extraña sonrisa en sus labios. –¿Acaso te cuestionas cada orden que te dan, Armstrong? Las órdenes son órdenes, tú tienes que limitarte a seguirlas.
Para sorpresa de todos, fue Comanche quien habló. –Los ishvalíes son un pueblo pendenciero. Son adoctrinados desde pequeños en un culto religioso en el que los enseñan a combatir y a rebelarse. La violencia está en cada una de sus células. –Posó su mirada en todos nosotros, como retándonos a contradecirle. Sus manos también estaban llenas de tatuajes. –Da igual que sea un monje, una mujer o un niño. Sus almas están podridas, y te matarán si tienen ocasión.
Miré al coronel para contrastar aquella información, pero él miraba con semblante pétreo más allá de las ventanas del tren, huyendo de una realidad que no parecía del todo cierta. Poco después el tren comenzó a avanzar de nuevo, dando por finalizada aquella conversación.
Fijo la mirada por enésima vez en los apuntes. No puedo despegar la vista de la mesa o mis recuerdos volverán a esa escena. A ese momento que ya es parte de mí.
Me pongo en pie y abandono aquella habitación. Paseo por los pasillos oscuros, silenciosos. Sombras de vivencias que ya solo existen en pasado. Vidas que se consumen entre cuatro paredes como la cera de una vela.
Salgo al porche y me siento sobre los peldaños de madera. Estos crujen al sentir mi peso sobre ellos. La brisa seca me mueve el pelo y despeja mi mente. Cierro los ojos y consigo concentrarme una vez más.
No concibo algo tan complejo, no entiendo cómo hacer mío el poder del fuego. Sobre el papel todo es sencillo pero al levantar la vista me es imposible incendiar el aire. Me angustia ese paso que existe de la teoría a la realidad.
Su presencia interrumpe mis pensamientos, pero no la he sentido hasta que se ha sentado a mi lado. Todo en ella es silencioso. Sus pisadas, sus gestos, su mirada. Es un fantasma de mi pasado, un cimiento sobre el que se alza mi persona. No puede ser de otra manera, no puedo permitirme fantasear con que también sea mi futuro.
Con sus ojos me analiza; me pregunta y se responde. Me lee como un libro abierto y saca sus propias conclusiones. Y aun así me pregunta, porque sabe que verbalizarlo me ayudará, aligerará la carga que llevo en mi cabeza.
Le cuento mi problema, el motivo de mi frustración. Gesticulo y me expreso lo mejor que puedo; intento hacerlo sin mirarla a los ojos. Cuando termino se hace el silencio. La respuesta no nace de forma inmediata; crece, florece en su cabeza y son sus labios los que le dan forma.
Al final me da su opinión. Mira al frente, perdiéndose en la línea oscura que es el horizonte. Me habla en boca de su padre, bebiendo de una experiencia forzada, de una atmósfera insoportable que la ha templado para ser lo que es ahora: bella, dura, firme.
Coge un palo y comienza a dibujar en el suelo. Garabatea un símbolo que bien conozco, una maldición que lleva cincelada en su espalda. Me expone otro punto de vista, uno de trazar caminos invisibles, de tratar el aire como el fluido que es. Frunce el ceño mientras habla, tratando de hacerme ver lo que piensa.
Asiento, comprendo lo que dice. Aunque solo arañe los conceptos, la idea en su cabeza se amolda a la realidad como una manta a un cuerpo desnudo. Me pongo de rodillas frente al dibujo que ella acaba de hacer y pongo las manos a su alrededor.
Cierro los ojos y visualizo lo que dice. Me imagino buceando, el peso del agua sobre mi cabeza. El aire escapa de mi boca, trazando hilos plateados coronados por burbujas. Me imagino esos hilos en el aire, los dibujo en mi mente como si fueran reales. Creo una burbuja de oxígeno sobre mi cabeza.
Abro los ojos y miro al cielo, oscuro. Sobre él las estrellas me vigilan, ignorantes. No veo mi obra, no distingo los límites de mi creación. Bajo la mirada y me encuentro con la suya. También arrodillada, se ha colocado frente a mí, al otro lado del círculo.
Nuestros ojos se conectan, se comunican con un lenguaje que no necesita de palabras. Con un gesto delicado mete la mano en su vestido, en un bolsillo perdido entre los pliegues de la tela. Saca una cerilla y la sostiene frente a mí. Una sonrisa trata de aflorar en mi rostro, pero la congelo antes de que aparezca. Asiento. Ella levanta una ceja, y prende la llama.
El camino que he dibujado se ilumina, avanza hacia el cielo con la velocidad de un suspiro. Trepa sobre el viento, alcanzando las estrellas. Cuando encuentra mi burbuja, cambia, se transforma. El hilo pasa a bomba, la noche a incendio.
Admiro mi creación, la primera llamarada del Alquimista de Fuego. Me maravillo ante el espectáculo anaranjado. Vuelvo a bajar la mirada y la contemplo. Sus labios entreabiertos en una expresión de sorpresa. Sus ojos, grandes y marrones, absorbiendo esa luz, grabando en la retina un recuerdo que nunca olvidará. Ahora, yo tampoco.
Un chirrido me despertó del sueño. La fricción de los frenos levantaba un desagradable olor a metal quemado. Aquel recuerdo de fuego en el cielo se transformó en el Sol del desierto, rescatándome de nuevo al mundo real.
Me desperecé y me puse en pie. Todos mis camaradas parecían expectantes, nerviosos, ansiosos por tomar parte en una misión para la que nadie los había preparado. Se pusieron en pie y comenzaron a salir del vagón, vestidos con la capa blanca sobre el uniforme.
Los seguí y fui el último en abandonar el tren. Me acomodé la capa al tiempo que inspiraba con fuerza. El aire seco y cálido del desierto llenó mis pulmones. El coronel Grand se giró hacia nosotros con decisión.
–Bienvenidos a Ishval, Alquimistas Nacionales.
Hola a todos y todas, ya estoy de vuelta.
¿Qué tal? ¿Qué os ha parecido? Que aparezcan en Risembool era algo que quería hacer desde el principio, aunque tenía en mente un cameo de Trisha. Al final me di cuenta de que lo realmente importante era mostrar el ambiente en aquel pueblo que lo vivió tan de cerca.
McDougal es el Alquimista de Hielo que sale en el primer episodio de FMAB. Lo metí porque me pareció interesante darle voz a un alquimista que también se cuestiona las cosas. Un detalle tonto es que el día que llegan a Ishval es mi cumpleaños. Como las fechas más o menos cuadraban, me di ese homenaje jajaja.
¿Os ha gustado el flashback? En ellos tengo más libertad para escribir, e intento que tengan un toque irreal, como si estuveras en un sueño. También me gusta pensar que la primera vez que Roy utilizó la alquimia de fuego, Riza estaba con él. Su primera vez jajaja.
PD: Hablando un poco del monotema, espero que todos estéis bien, en casa y a salvo. Donde yo vivo, una ciudad un pelín al sur de Madrid, el golpe ha sido muy duro y han muerto muchas personas. Sin embargo, la cosa está mejorando poco a poco. Aún quedan meses para poder alcanzar la normalidad, pero anima ver cómo las cifras diarias de contagios y muertes van bajando al tiempo que crecen los recuperados. Así que mucho ánimo a los que estéis leyendo esto, cumplid las normas y todo saldrá bien.
Un abrazo.
