Después de mucho, por fin es tiempo de concluir la historia de Kotomi y dar sentido a lo que Tomoko tendrá que pasar.
Espero lo disfruten.
Restaurante Los Pollos Hermanos—
Kotomi, aun atrapada en él cuarto de limpieza, sentía el dilema de buscar la solución para su escape.
—Supongo… que es mi final.
La chica de lentes percibía la resignación en su mente y cuerpo. Al no encontrar salida, estaba preparada para asumir las consecuencias de sus acciones. Ello le dio una paz interior que le otorgó una mayor percepción de la que tenía por su alterado estado emocional. Contempló su alrededor con más detenimiento y tuvo que mirar hacia arriba para recibir el destello que tanto necesitaba. Kotomi sonrió.
—Esta vez sí lograré un home run… o mejor, se suspenderá el partido por una inminente tormenta.
Kotomi buscó una pequeña silla desplegable y puso sus pies sobre ella. Sacó de su bolsillo el encendedor con el logo de la Catrina, lo encendió y lo llevó hacia el destello de su salvación —el cual era un detector de incendios de color blanco y una luz led roja. Kotomi sabía que a la más mínima muestra de humo o temperatura alta activaría el sistema de riego en el edificio, el desastre sería enorme, pero lo único que le importaba más era escapar. Para ella, mojar un poco a los empleados sería mejor que cualquier otra cosa.
—¡Rayos!, ¿por qué esta cosa aún se activa?
L a flama la mantuvo cerca del dispositivo durante cerca de un minuto —aunque a Komiyama le pareció mucho más largo— antes de empezar la activación. La luz roja encendió y el sonido del ambiente fue interrumpido por un clásico y estridente sonido de un metal golpeando a otro con rapidez. El inequívoco sonido de alarma trajo consigo un chorro de agua, que cayó sobre todos los clientes y empleados, incluidos el calvo jefe cocinero y el dueño de la cadena.
—¿Por qué todo debía pasar ahora? —dijo el jefe con decepción.
Ucchi y sus amigas no ocultaron el susto por ser empapadas.
—¡Mi peinado! —dijo la cara de emoji.
—¡Mi traje se arruinará! —dijo una de sus amigas, para después levantarse todas de sus sillas y llegar pronto a la puerta.
Kii-Chan tampoco ocultó su temor:
—¡Debo salir antes que me atrape el incendio!
Todos los clientes se aglomeraron en la puerta, dificultando la salida. Fue ahí que el jefe cocinero y sus empleados intervinieron y lideraron la evacuación en forma más tranquila. Al ver que todos los clientes salieron, el jefe —uno de los que quedó más empapado por el sistema de incendios— dio gracias por obedecer durante el procedimiento y pidió disculpas del inesperado evento.
Kii-Chan, toda empapada, miró a su madre antes de subir al auto.
—¡Kii-Chan! —dijo sorprendida la última—. ¿Qué ocurrió? ¿Quién te mojó?
Mientras su madre le pasó una blusa para usarla como una improvisada toalla, la joven pensaba más en su prima que consideraba como hermana, en las cosas que habían ocurrido, ese novio que jamás vino y la mujer rara que la atendió. Sintió que lo hecho no fue más que una pérdida de tiempo y el agua era un castigo para su enaltecida curiosidad.
—Acaba de ocurrir algo dentro del restaurante —dijo mientras se subía luego de sentirse relativamente seca—, un incendio. Al final, no pude ver lo que quería ver.
La madre miró el restaurante a la distancia. No podía apreciar del todo lo que sucedía, podía ver a la gente reunida en frente del edificio, mas no hubo indicios de incendio. Giró la llave del auto y se fueron a su hogar.
En tanto, Kotomi —soportando el constante chorro de agua que le caía encima— abrió con sutileza la puerta y descubrió el camino despejado. Era el momento perfecto, se sacó su empapado disfraz y lentes negros —destapando su vestimenta emo, blusa negra y guantes de tela negra, tan alargados que pasaban por sobre sus codos— y fue caminando hasta la puerta, entre medio de todas las personas cuando se empezaban a dispersar. Pudo camuflarse a la perfección con el resto y sintió alivio una vez se alejó del restaurante y de la gente. Saboreaba la victoria moral, si bien no logró su venganza, pudo salir airosa de la crisis… o eso habría pensado de no ser porque, de repente, sintió una mano rígida en su hombro derecho.
—Bonito disfraz, jovencita.
Kotomi se exaltó y comenzó a temblar. La de lentes no solía mirar de inmediato hacia atrás, sino que trataba de asimilar lo que ocurría y de quién se trataba. Para su desgracia, al hacerlo, supo que su deducción era acertada: se trataba del jefe del restaurante, acompañado del dueño. Kotomi no podía sacar palabras.
—¿Cómo sabe que es ella? —dijo el dueño.
—El traje empapado en su brazo —dijo el jefe cocinero—. Su rostro no lo había visto entre los clientes, pero está tan mojada como ellos. Además —tomó la mano de la fugitiva para enseñar su palma, con marcas de bolígrafo, lo que asustó más a la de lentes— una clienta me dijo que había anotado su orden en su mano, como si fuera empleada nuestra. De todos modos, tenemos las cámaras también. Así sabremos si tuvo que ver con la alarma de incendios.
Para acentuar más su mala suerte, el encendedor de la de lentes cayó del traje negro en su brazo, en donde estaba guardado. Los jefes miraron con satisfacción el hecho y Kotomi, con terror.
—Felicidades, es un honor tener al gran Zero(*) trabajando en mi cadena de restaurantes —dijo el dueño con una gran sonrisa, para luego mirar a Kotomi—. Supongo que nos debes una explicación, jovencita.
Si bien la deducción del jefe cocinero no era del todo tajante, Kotomi le preocupaba más el escándalo que harían en su hogar, harían preguntas incómodas y destruirían su frágil reputación en la sociedad, al quedar como una loca desdichada que quería venganza y arruinó todo un restaurante para salvarse. Al notar lo incapaz que era para sacar palabras, Kotomi sólo puso una risa forzada, mas eso provocó mayor enojo en los jefes del restaurante. Al notarlo, la de lentes se puso de rodillas en el suelo para luego posar sus palmas y postrarse. Al más puro estilo japonés, pidió perdón con mucha energía, para rogarles que nada de lo ocurrido se supiese.
—ΜΛΦΛΜ—
Ya era hora del atardecer cuando Kotomi salió demacrada y derrotada, no solo por el intenso trabajo que hizo todo el día para arreglar el restaurante, sino por su plan qué fracasó por completo. El lado amable fue que, al menos, tenía una bolsa de papel reciclado que contenía arroz, recibido de parte del jefe cocinero, como una cortesía y un gesto para decirle que no existían rencores con ella. Iba directo a su casa cuando de repente apareció.
Finalmente Kotomi Komiyama vio a la persona que esperaba ver, pero que llegó en el momento menos indicado. Era una chica de un pelo largo desordenado, con ojeras en sus ojos, vestida con traje escolar y que sostenían las correas de su mochila con su mano izquierda y un manga en su mano derecha.
—Eres tú… —susurró Kotomi.
Frente a ella había aparecido Tomoko Kuroki, su gran archienemiga. Caminaba con toda calma hacia su casa. Al verla tan tranquila, Kotomi supo que en ningún momento la de ojeras se enteró de su plan.
Ambas quedaron frente a frente y Tomoko se detuvo al ver como Kotomi la miraba a los ojos.
—Disculpa… ¿t-te conozco? —dijo Tomoko, con mirada atónita.
—Tú...
Luego de entrecerrar los ojos y haber mirado su rostro con detenimiento, la de ojeras dijo con timidez:
—D-disculpa… claro que no nos hemos visto nunca. ¡Lamentó el malentendido!
Tomoko, con una sonrisa nerviosa, fue caminando a paso acelerado, pasando por el costado de la chica de lentes mientras le evitaba la mirada por vergüenza. En cuanto a la última, quedó petrificada al ver que la chica, a la que dedicó valioso tiempo para planificar una fallida venganza, ni siquiera la reconocía.
=おしまい=
*Zero es un personaje que aparece en John Wick Parabellum, interpretado por Mark Dacascos.
