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Capitulo 26
Rabiosa y fuera de sí, Candy deseó tener su espada para luchar contra aquellos hombres, pero siguió a su hermana. Las tres salieron del salón y, sin detenerse, llegaron a la habitación.
—No me voy a casar con ese cerdo repugnante de Otto Leagan.
Patty, al ver aquella furia y determinación que no conocía en su hermana pequeña, dijo:
—Tranquila, buscaremos una solución. —Y al ver las marcas de su cuello, murmuró—: Dios mío, Candy, ese bruto ha estado a punto de estrangularte.
—¡Lo mataré!
—Pero ¿qué te ocurre? —preguntó Patty, sin entender ese cambio de actitud.
Karen lloraba con desconsuelo, cuando Candy gritó:
—¡Tu marido es lo peor! Siempre lo he sabido y ahora lo ratifico.—Y al recordar a su pequeño sobrino, preguntó—: ¿Dónde está John?
—Lo dejé en Merrick, con el ama de llaves. —Y luego añadió con un hilo de voz—: No permitiré que toque a mi niño, ni permitiré que te destroce la vida a ti, como ha hecho con Jesse y conmigo.
Patty y Candy la miraron y ella prosiguió:
—Neall me obligó a casarme con él, me dijo que si no lo hacía mataría a Jesse y a su madre.
—¿Qué?
Nerviosa, Karen se retiró el pelo de la cara y gimoteó:
—Ya sabéis que Neall y Jesse son hermanastros y que éste es hijo de segundas nupcias y heredero por derecho del castillo de Glasgow, propiedad de su madre. Cuando murió el padre de Neall, la madre de Jesse, lady Ofelia, intentó que él se sintiera como en su casa, pero Neall nunca se lo puso fácil. Siempre envidió no ser el heredero de todo. Sabía que a la muerte de lady Ofelia, Jesse heredaría el castillo y todos los bienes. Por eso, cuando regresó de luchar en Irlanda y supo que su hermano me cortejaba, me buscó y… y… una tarde que vino con sus hombres a visitarnos, con la excusa de conocernos, cuando estaba paseando con él por el bosque, me… me forzó y… y…
—Dios mío —susurró Candy.
Karen, con los ojos cargados de rabia, murmuró:
—Arrebató mi virtud como un salvaje y me gritó que yo era suya y no de su hermano. Luego me advirtió que si decía algo, los mataría a todos. Me obligó a renunciar a Jesse. Si me casaba con él, lady Ofelia y Jesse no morirían y, desde entonces, sólo hago lo que él quiere para mantener a Jesse y a su madre con vida. Lo… lo único bueno de todo esto es mi hijo… el pequeño John.
Candy y Patty la miraron sobrecogidas y esta última, acercándose a ella, dijo:
—¿Y por qué no dijiste nada, Karen? ¿Por qué ocultaste eso y que te pegaba?
Secándose las lágrimas que derramaba a borbotones gritó:
—¿Para qué os lo iba a contar? ¿Para que os matara a vosotras también, o a papá? ¿Qué ejército podía defenderos? ¿Quién lucharía por vosotros?
Patty, sentándose junto a ella, la abrazó. Sin duda, su calvario había sido terrible y, acariciándola, reveló:
—Ahora entiendo eso de que te casaste con Neall por amor. Sin duda por amor a Jesse, ¿verdad?
Su hermana asintió y Candy, asqueada al saber lo que había hecho el bestia de su cuñado, la abrazó para consolarla. Así estuvieron abrazadas hasta que, de pronto, Candy saltó de la cama y afirmó con rotundidad:
—Neall ha matado a papá.
—Candy… eso no lo sabemos —repuso Patty, mirándola.
Karen no dijo nada, pero se llevó la mano a la boca.
—Ha sido él —continuó Candy—. Lo sé. Mi instinto me lo dice. —Y con tono amenazador, susurró—: Lo mataré. Juro que lo mataré con mis propias manos.
—Oh, Dios mío… Dios mío —sollozó Karen.
Patty se sentó en la cama y la miró.
—Tranquila, hermana —le dijo—. No saquemos conclusiones precipitadas. Debemos solucionar esto y…
—¿Cómo? ¿Cómo lo solucionaremos? —gritó Candy desesperada—. Si en algo tiene razón ese gusano de Neall es en que no hay nadie que pueda ayudarnos. ¡Nadie!
Respirando con dificultad, se calló y se asomó a la ventana. Desde allí vio la gran puerta de la muralla cerrada y a los hombres de Neall Leagan custodiándola. Al levantar la vista para mirar al cielo, sus ojos distinguieron uno de los estandartes Leagan y, furiosa, siseó:
—¡No lo voy a permitir!
Como una fiera, salió de la habitación y subió los empinados escalones de piedra hacia las almenas. Necesitaba quitar aquellos estandartes y que el aire de la noche le diera de lleno en el rostro. Al llegar, se encontró con un hombre de Neall, que se dirigió hacia ella en actitud nada amistosa. Candy, sin pensarlo dos veces, le arrebató la espada que él llevaba en la mano, la volteó y, cogiéndola con seguridad por la hoja, le dio un golpe con la empuñadura en toda la cabeza. El hombre cayó al suelo sin sentido, mientras Karen y Patty, que la habían seguido, daban un grito.
—¿Cómo… cómo has hecho eso? —preguntó Karen impresionada.
Candy maldijo al mirar a sus hermanas y, soltando la espada, continuó su camino hasta que ellas dos, asustadas, la sujetaron por la falda del vestido.
—¿Qué haces, Candy? ¿Qué vas a hacer?
—Necesito pensar. Necesito saber qué hacer y con vosotras lloriqueando no puedo.
Patty y Karen se tranquilizaron. Por un momento habían pensado que su hermana pequeña iba a hacer una locura y lanzarse desde las almenas.
—Debemos mantener la calma —dijo Candy entonces, volviéndose hacia ellas—. George siempre dice que, antes de enfrentarse a un problema, la cabeza debe pensar con frialdad.
—¿Cuándo ha dicho eso? —preguntó Patty sorprendida.
Candy no contestó, pero afirmó:
—No me voy a casar con ese Otto ni con nadie que quiera esa sabandija de Neall.
—Por supuesto, Candy… eso no lo vamos a permitir —volvió a sollozar su hermana mayor.
—¿Quieres dejar de llorar de una vez? —dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. Llorar no lleva a nada. Debemos pensar qué hacer.
Patty y Karen la miraron con curiosidad. ¿Dónde estaba la llorona de Candy?
Al ver cómo la miraban, ella, cansada de ocultar quién era en realidad, miró al frente, donde había un tronco de madera apoyado en el suelo, después se agachó, se sacó una daga de uno de los botines y, mirándolas, preguntó, al ver sus caras de sorpresa:
—¿Veis ese tronco? —Ambas asintieron y prosiguió—: ¿Veis el nudo de la madera, más oscuro, que hay en el centro, el que está manchado de musgo?
De nuevo ambas asintieron y, sin decir nada más, lanzó la daga y la clavó en la mancha de musgo.
Karen y Patty la miraron, atónitas por su destreza, y Candy, tras ir hasta el tronco y recuperar su daga, dijo mirándolas:
—George, Tom, Aston, en ocasiones Anny y yo formamos la banda de los encapuchados hace ya unos años.
—¿Qué? —susurró Patty.
—¡Oh, Dios mío! —farfulló Karen incrédula.
—No soy tan torpe ni tan llorona como os he querido hacer creer durante toda mi vida. Los cortes en las manos o los golpes que habéis visto eran el resultado de luchas y entrenamientos diarios y…
—Dios mío… ¡creo que me voy a desmayar! —balbuceó Karen.
Sin prestarle atención, Karen prosiguió:
—Se puede decir que habéis visto de mí lo que yo os he querido enseñar y…
—Pero, Candy, ¿qué estás diciendo? —musitó Karen ante el gesto de asombro de Patty.
—Te lo estoy explicando, hermana.
—Pero tú eres una dama y…
—Y una guerrera que protege a su familia y a los suyos —finalizó ella con rotundidad.
Patty, boquiabierta por lo que estaba descubriendo de su pequeña y torpe hermana menor, sonrió y preguntó:
—¿Lo dices en serio, Candy? ¿Tú eres Hada?
Ella asintió y, lanzando de nuevo la daga, volvió a dar en el musgo y explicó:
—Sé utilizar la espada como cualquier guerrero y tengo una adaptada a mi medida.
—¡Señor, qué locura!
—¿Locura? —se mofó Candy—. Gracias a eso, ahora sé defenderme mejor que tú, y si tengo que… que…
—¡No matarás! —exclamó Patty.
Candy la miró con seriedad y respondió:
—Como decía papá, muerte por muerte. Y sólo os digo una cosa, vosotras sois lo único que me queda, que nadie os toque o juro que se las verá conmigo.
Sus hermanas se miraron sorprendidas. La seguridad que desprendía las estaba dejando sin palabras y, finalmente, Patty preguntó:
—¿Qué más te enseñaron los Shepard?
—Sé rastrear, cazar con arco, montar a caballo y…
—Pero ¡si te dan miedo los caballos! —replicó Karen.
Candy sonrió y Patty, haciendo memoria, inquirió:
—¿El caballo que siempre nos acompañaba a la abadía por casualidad es tuyo?
—Sí. Es mi yegua Briosgaid.
Karen, abanicándose con la mano, exclamó descolocada:
—Candy, pero ¿qué estás diciendo?
—Hermana, te he mostrado de mí lo que yo quería que vieras, igual que tú me has mostrado de tu matrimonio lo que querías que viera. Pero la realidad es la que te estoy contando.
Tras un silencio de las tres, Karen murmuró:
—Hemos vivido todas engañadas.
Patty asintió con la cabeza.
—Sí, pero ya nunca más debemos mentirnos entre nosotras. Somos hermanas, la única familia que tenemos, y…
—Lo siento… siento haber metido a Neall en nuestras vidas. Oh, Dios… lo siento tanto —sollozó Karen, sintiéndose culpable de todo aquello.
Candy, tras mirar a Patty y ver que ésta miraba a su hermana con gesto cariñoso, abrazó a Karen y le dijo:
—Tú no tienes la culpa de nada. La culpa la tiene quienes todas sabemos y te aseguro que lo que ha pasado no va a quedar impune como sea él el responsable de todo lo ocurrido. Y en cuanto a Jesse, debes contarle lo mismo que nos has contado a nosotras, sin temer que Neall le pueda hacer daño o no. Se merece una explicación y creo que no saber qué ocurrió lo está matando. ¿Entendido?
Karen asintió y, con los ojos anegados en lágrimas, afirmó:
—Lo haré.
Al ver su determinación, Candy las cogió a las dos de la mano y se brindó:
—Yo te ayudaré. No sé lo que tendré que hacer, pero ese cerdo no te va a volver a tocar o…
—Ni a ti ni a nadie… —gruñó Patty.
Por primera vez en todo el día, Karen esbozó una tímida sonrisa y preguntó:
—Pero ¿cómo? ¿Cómo haremos para…?
—No lo sé —la cortó Candy—. Pero esa vil serpiente va a pagar todo lo que ha hecho, sea él el culpable de la muerte de papá o no.
Las tres hermanas se abrazaron y, tras unos segundos, Karen insistió:
—¿En serio eres Hada?
Candy fue a contestar cuando un tumulto del exterior llamó su atención. Entre varios hombres de Neall llevaban a Royce, todavía inconsciente. Abrieron las puertas exteriores y lo empujaron fuera, tirándolo contra el suelo de madera del puente. Al verlo en aquel estado, ensangrentado, rápidamente, los hombres de Jesse junto a los de Ardley fueron a auxiliarlo.
—Pobre Royce. Ahora entiendo por qué siempre estaba cerca de mí —jadeó Karen al verlo.
Patty, abrazándola, murmuró:
—Tranquila, esa paliza no va a acabar con él.
Con curiosidad las tres siguieron con la mirada lo que hacían con Royce y vieron que lo llevaban ante Jesse y Albert Ardley, que rápidamente lo atendieron. Candy, al ver a los Ardley acampados tras las puertas cerradas de Caerlaverock y no en el bosque, sonrió. Sin duda, Albert quería ayudarlas y no se fiaba de Neall.
—Por papá ya no puedo hacer nada —susurró Candy—, pero te juro, Karen, que haré todo lo que esté en mi mano para que Neall no se vuelva a acercar a ti ni al pequeño John. Pero de momento tengo que impedir mi inminente boda.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? —planteó su hermana.
Patty, tras mirar a los hombres de fuera del castillo, dijo:
—Si te casaras con otro antes de mañana, Neall no te podría obligar a hacerlo con Otto Leagan, ¿verdad?
—Ajá…
—¿Y de dónde vamos a sacar un esposo que se enfrente a mi marido? —inquirió Karen.
Candy, que le estaba dando vueltas a algo, preguntó con rapidez:
—¿Qué os parece Ardley?
—¿Albert? —susurró Patty sin mucha sorpresa.
—¡¿Te refieres al laird Albert Ardley?! —preguntó Karen incrédula.
Candy, dispuesta a conseguir su propósito e intentando no escandalizar en exceso a sus hermanas, dijo, inventándose una mentira:
—Me ha cortejado los días que ha estado en Caerlaverock y cuando llevamos a Patty a la abadía.
—¿En serio? —exclamó Karen.
Patty respondió pensativa:
—Ya veía yo que os mirabais mucho durante el viaje.
Sin tiempo que perder, Candy prosiguió:
—Sólo él puede enfrentarse a Neall. Tiene valor, ejército y coraje para hacerlo. Si nos casamos esta noche y me convierto en la señora Ardley podr…
—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó Patty.
Candy asintió sin pensarlo, y siguió con su discurso:
—Si lo hago, Neall no se saldrá con la suya y Albert podrá impedir que Karen regrese con él.
Esperanzada por lo que acababa de decir, Karen asintió con la cabeza, dejando de llorar.
—Es una locura, pero ese Ardley es nuestra única salvación. ¡Y lo mejor de todo es que se ha fijado en ti!
—Oh, sí… sin duda lo hizo —mintió Candy.
Patty sonrió a su hermana pequeña y afirmó:
—A papá le gustaba Ardley para ti. Me lo dijo una tarde, hablando con él. Dijo que ese guerrero era valeroso y…
—A mí también me lo dijo —reveló Candy, a cada instante más convencida de lo que debía intentar.
Al escucharlas, Karen dijo con seguridad:
—Ahora papá ya no está junto a nosotras. Pero tras oír vuestras palabras, algo me hace suponer que estaría de acuerdo en que te desposaras con Ardley. Y como soy la hermana mayor, insisto en hablar con él.
—Sólo hay un problema —apuntó Candy.
—¿Cuál? —preguntó Karen.
Retirándose el pelo de la cara, ella contestó:
—En su hogar lo espera una mujer llamada Eliza Sinclair.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Patty.
—Pero ¿no está soltero? —preguntó Karen escandalizada.
—Sí, Karen, lo está, pero…
—¿Y ha osado cortejarte a ti teniendo a otra? —protestó ella.
Dispuesta a inventarse la mayor mentira del mundo para que sus hermanas no se preocuparan, con una sonrisa que a ambas las descolocó, Candy explicó:
—Albert dice que cuando me conoció, lo deslumbraron mis ojos, mi sonrisa y mi voz. Dice que sufre cuando se separa de mí, que soy la luz de su vida y… y… me besó… ¡e incluso me llama «mi cielo»!
Escuchar eso a ambas les gustó y Karen quiso saber:
—¿No ama a esa otra mujer?
Candy negó con la cabeza.
—No. Nada de nada.
—Entonces prosigamos con nuestro plan, y más si te besó—afirmó Karen.
Patty, al verla tan resolutiva, murmuró:
—Hermana… no te reconozco.
Con una triste sonrisa, Karen sonrió y dijo:
—Si no hay amor de por medio, evitar esa boda no me causa ningún remordimiento, y te lo digo yo, que me casé sin amar a mi marido. Celebremos un handfasting, como hizo Paulina con su esposo.
—¿Una boda de un año y un día? —preguntó Patty.
—Sí —afirmó Karen—. Si pasado ese año, ambos no quieren renovar sus votos, podrán separarse y…
Mientras sus hermanas hablaban y hablaban, Candy miró fuera del castillo, mientras se rascaba la ceja con el pulgar. Buscó a Albert entre los demás y lo localizó cerca de los caballos, hablando con George. Ambos movían las manos y parecían molestos y supo que hablaban de ella y de su situación. Sin duda, Albert tenía la fuerza para enfrentarse a Neall si llegaba el caso, pero no sabía qué iba a responder ante aquella loca proposición.
Pero siendo un momento tan desesperado como el que estaba viviendo, supo que debía intentarlo. Tenía que arriesgarse y, dispuesta a hacer lo que fuera por no casarse con Otto Leagan, miró a sus hermanas y dijo:
—Vamos, tenemos que salir del castillo para hablar con Albert Ardley.
Ambas la miraron sorprendidas y Karen gruñó:
—¿Por dónde pretendes que salgamos? Los hombres de mi marido están por todas partes y, en cuanto nos vean, nos pararán y…
—Karen, os acabo de decir que soy Hada. Seguidme, sé cómo salir sin que nos vean.
Sin decir nada más, las dos la siguieron. En la habitación, Candy se despojó de la falda que llevaba, dejando al descubierto sus pantalones de cuero.
Karen, al verla, murmuró:
—No es apropiado que una dama vista como un hombre. —Y al ver que su hermana no le hacía caso, insistió—: Por el amor de Dios, Candy, no vas a ir a ver al laird Albert Ardley así vestida.
—Oh, Karen, ¡cállate! —intervino Patty.
Una vez abrió la trampilla que comunicaba con el túnel, Candy tiró de una cuerda y poco después apareció una bolsa. De ella sacó unas botas altas, que se calzó, una espada, un carcaj y una capa de color verde.
Sus hermanas la miraban mudas, mientras pensaban cómo era que nunca habían sabido de aquella portezuela. Cuando Candy terminó, las miró y dijo:
—Ésta soy yo cuando lucho por lo que quiero.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió y Rory Leagan apareció. Asió con fuerza a Candy del brazo y, tirando de ella, masculló:
—Vamos a divertirnos, pequeña.
Candy, que tenía la daga en la mano, se la clavó en el muslo y Karen, cogiendo un leño del hogar, se lo estampó en la cabeza. El hombre cayó redondo ante ellas.
—Me dejáis sin palabras, hermanas —rió Patty.
Sin tiempo que perder, Candy fue hasta el hombre, le arrancó la daga del muslo ensangrentado y, tras limpiarla con la camisa de él, se la guardó de nuevo en la bota y dijo:
—Seguidme, debemos salir de aquí.
Sin rechistar, sus dos hermanas se metieron en la trampilla y la siguieron. Corrieron por el maloliente túnel que las llevó hasta la salida, en medio del quemado bosque, y una vez allí, Karen susurró aliviada:
—Qué peste…
—Es un túnel, ¿qué esperabas? —le espetó Patty.
Y, quitándose las telarañas que se les habían quedado pegadas a la ropa, miró a su alrededor y, todavía sorprendida, exclamó:
—Increíble, Candy. Nunca me habría podido imaginar esto.
Divertida al ver sus caras, ella sonrió y respondió:
—De eso se trataba, hermana, de que nunca lo imaginarais.
CONTINUARA.
