Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 9:
Nothing Good is Born From Lies
El mar se abrió por debajo de ellos. Las playas blancas se extendían contra su borde, salpicadas de turistas amantes del sol. Las montañas se erguían, escarpadas y primitivas, como los eternos soberanos de las islas. A medida que ganaban altura, los colores del paisaje se hicieron tan intensos que parecían artificiales.
—Necesito vomitar—Aurora se removió en los brazos de Ikaris cuando le dominaron las náuseas. Pues le sostenía en medio del cielo azul mientras describía círculos a una tremenda velocidad—. No es divertido.
—¿No te fascinaban las alturas?
Aurora nunca se había mantenido del todo en la tierra. Había levitado en mundos de locura, atravesado estrellas de neutrones a millones de veces la velocidad de la luz y detenido agujeros negros ultramasivos con nada más que su mente. Porque pertenecía a las alturas, a la inmensidad de un cosmos infinito. Nunca le habían afectado los bruscos cambios de velocidad.
—No en este momento.
Aurora volteó sobre su costado y saltó directamente a un portal. La vegetación era exuberante y había muchísimas flores que prosperaban bajo la luz y el calor del sol. Pero una vez en su cabaña, se arrastró hacia el cuarto de baño y vomitó todo el contenido de su estómago en el inodoro. Había cenado con Ikaris en el muelle, la noche anterior. Entonces la carne asada le había sentado de maravilla, además del sexo a la luz de la luna.
Tomó asiento en el suelo cuando la tremenda necesidad de recluirse cerca del inodoro le dominó absolutamente. Alcanzó el cepillo de dientes y comenzó el incómodo proceso de extraer de su boca el nauseabundo sabor.
—¿Estás bien?
Ikaris le observaba desde la entrada, mientras Aurora examinaba el tamaño de sus senos. Habían crecido notablemente, y le molestaban al entrar en contacto con la delicada tela de su lencería.
—Vete.
—Nada de eso—entonces Ikaris le sostuvo en sus brazos y le besó suavemente la coronilla de la cabeza. Aurora luchó contra él, no obstante terminó enterrando la nariz en su cuello. Sintió un calor terrible por dentro y pensó que se estaba ahogando, pero acabó reconociendo que se trataba de sollozos, de lágrimas que le rodaban por el rostro—. ¿Qué sucede?
Aurora lloró. Lloró de verdad. Era un dolor que le salía de lo más hondo, de un pozo de dolor que convertía cada respiración en una tortura. Las lágrimas parecían quemarle las mejillas con su sal. No podía controlarlas, no podía contenerse; era una fuerza de la naturaleza, brutal e insistente, arrastrándola en una marea oscura.
—No es cierto.
La cabaña estaba silenciosa. El sol estaba en lo más alto del cielo, y las cortinas ondeaban suavemente con la brisa suave y perfumada. Aurora inhaló profundamente su olor, que se mezclaba con el de las flores.
—Mírame, Aurora.
Ikaris era un hombre hermoso. Tan hermoso como los seres humanos debían de haber imaginado a los dioses de la antigüedad. Ella reconoció entonces que le amaba con toda el alma. Tanto como había amado al hermoso niño de la realidad creada a través de su mente, cuando aún no conocía a Ikaris. Le amaba antes de conocerle, incluso. De lo contrario, nunca le habría permitido tocarle.
—Estoy embarazada.
Ya estaba. Lo había dicho. La información que había descubierto había quedado suspendida en el aire, creando una realidad invisible, pero inevitable. Un momento que lo cambiaba todo: su futuro, sus sueños, la vida que había creído que iba a tener. Un momento que no se había imaginado nunca, que no había creído que compartiría con nadie.
Estaba embarazada.
Inesperada, imposible, alucinantemente embarazada.
Era un sueño hecho realidad. Era su peor pesadilla. Estar embarazada era lo último que se esperaba. Había sufrido los síntomas durante las últimas semanas. Pero no había notado su falta de período a raíz de todas las cuestiones en el Sanctum Sanctorum, y las náuseas y los antojos raros se los había achacado a los nervios de convivir con Stephen.
Todo le resultaba absolutamente surrealista. Estaba informándole a su amado de la diminuta forma de vida en su vientre.
—No fuimos creados con el fin de tener descendencia.
Aurora entonces cedió ante el instinto materno. Con la fuerza de una estrella de neutrones, de un universo alcanzando la muerte cósmica. Su deber fundamental era defender la vida del indefenso bebé en su vientre. Como su madre lo había hecho hacía tantos años, al enterarse del aborto de su hermano y del bebé aún vivo en su interior.
—Es mi bebé. Lo tendré. No dudes de ello—Aurora alzó la mirada cuando en su mente despertó la Fuerza Fénix. Había alcanzado tal estado de conciliación que finalmente ambas lograban estar de acuerdo. Incluso sus habilidades, normalmente utilizadas en contener a la madre de Galactus, se habían unido a ella con el fin de alcanzar el máximo nivel—. No me interesan los Eternos. Ni necesito la autorización de los Celestiales. De amenazarle, les asesinaré a todos. Sin misericordia. Les eliminaré de la existencia misma, como una vez lo hice con los Celestiales. Ni el mismísimo Tribunal Viviente me obligará a resucitarles, una vez más.
Aurora entonces se trasladó a la habitación, rechazando absolutamente todo contacto con un catatónico Ikaris. Llenó su maleta con todos los artículos que había utilizado esa misma mañana y se marchó atravesando la costa. No llevaban en la cabaña ni dos días. Se habían instalado en la zona residencial de Emma y habían cenado románticamente, antes de hacer el amor en la enorme cama con dosel. No habían caminado en medio de los árboles rebosantes de flores ni disfrutado del mar tibio. Pero debía marcharse antes de cometer una locura. Se lo debía a su bebé.
—¡Aurora!
Ikaris intentó alcanzarle a través de su increíble velocidad. Pero ella no se lo permitió. Cuidaría de su bebé como una madre soltera, en caso de ser necesario. No necesitaba de ningún hombre porque se trataba de una mujer adulta e independiente. Había enfrentado un millar de amenazas cósmicas, horrores inimaginables. Estaba más que capacitada para criar a su bebé.
Como toda su familia se encontraba a miles de kilómetros, disfrutando de todas las comodidades al alcance del dinero, Aurora debía enfrentar su embarazo mientras se hallaba recluida en el Sanctum Sanctorum de Nueva York.
Un bebé. Iba a tener un bebé. De haberse encontrado en casa, nadie habría tomado bien la noticia. Su padre habría actuado como un idiota y después habría amenazado de muerte a Ikaris. Todo ello antes de enterarse de la absurda diferencia de edad entre ambos. Ikaris tenía miles de años. Seguramente había estado presente durante el hundimiento de la Atlántida. Aún vestido con su armadura, el célebre Iron Man no tendría oportunidad contra un individuo como Ikaris.
Colgada en el borde del infinito se sentía poderosa y vulnerable. Podía cerrar los ojos e imaginarse a su hijo aún por nacer en todos los estados de desarrollo. No haberse dado cuenta antes de que estaba embarazada le provocaba cierta dosis de culpabilidad. Era una científica, con doctorados en diferentes materias. Debería de haberlo sabido.
Aún así podía imaginar la suavidad y el calor de su bebé. Niño o niña, le daba igual. Cualquiera sería precioso para ella.
—Deberías consultar con un médico.
Aurora corrió hacia el cuarto de baño y se inclinó sobre el inodoro en el momento exacto. Normalmente conseguía no vomitar, pero aquella mañana los nervios lo estaban exacerbando todo.
—No debe saberlo nadie.
—No ocultarás el embarazo eternamente. Ha comenzado a crecerte el vientre.
A medida que transcurrían las semanas, Aurora necesitaba cada vez más la asistencia de Stephen.
—No necesito un médico. Varios de mis doctorados son en medicina. Puedo cuidar de mi bebé.
Aunque había realizado todos los exámenes necesarios, las estadísticas le tenían bastante nerviosa. No hacía más que darle vueltas a las posibles complicaciones del parto, a la preeclampsia o a las dificultades con el cordón umbilical. No dejaba de pensar en los factores que podían provocar sufrimiento fetal. Incluso soñaba con el síndrome del gemelo evanescente, tan decisivo en el embarazo de Emma. Todo le inquietaba: la salud de su bebé, las complicaciones, los posibles problemas del parto, si se despertaría o no cuando llorase.
—Necesitas decírselo a tu familia. A toda tu familia.
—No asimilarían bien la noticia—entonces Aurora terminó de lavar el horrible sabor de su boca. Salió del cuarto de baño y tomó asiento en la cama, al lado de Stephen—. Es el peor momento posible. Desean verme muerta, o volverme loca, todos los demonios. De enterarse, intentarán asesinar a mi bebé.
Aurora se sentía amparada hablando con él, y desde luego necesitaba hablar. Estaba sintiendo una irrefrenable necesidad de contar cómo Ikaris le había insinuado abortar a su bebé, en nombre de los Celestiales.
—Nadie lastimará a tu bebé. Mucho menos un demonio nacido en una dimensión de locura.
—No le lastimarán—asintió Aurora, al recordar la intensa cacería con la armadura de Diana—. Les asesinaré a todos. Como asesiné a los Demonios Mayores. Como asesiné a Lilith.
Aurora sintió entonces una tremenda ola de melancolía. Esperar un nacimiento debía ser el momento más satisfactorio y pleno en la vida de una mujer, y la mayor parte de los días era capaz de convencerse de que se sentía plena y satisfecha, pero en momentos como aquel la realidad se adueñaba de todo y se daba cuenta de que estaba sola. Estaba sola, aunque se suponía que eso debía suceder jamás.
—No cuestionaré los resultados de tu cacería de demonios. Nada más te instaré a no tomar una decisión precipitada. Eres una mujer joven y sana que va a tener un hijo. Debes dilucidar las consecuencias, en su nombre.
Sus palabras le animaron hasta lo indecible, hasta el punto de que le sorprendió descubrir que seguía sentada a su lado en lugar de estar flotando en una nube.
—Sé que va a ser un desafío brutal, pero también soy consciente de que es una bendición. Los últimos días han sido realmente raros, y me alivia un montón tener a alguien con quien hablar. Voy a hacer todo lo posible por estar bien—entonces Aurora le observó detenidamente—. No lo entiendo. Estás consiguiendo que me sienta mejor, y es algo que no esperaba de ti.
Stephen se echó a reír.
—Me lo tomaré como un cumplido, aunque no estoy seguro de que esa fuera tu intención.
Aurora abrazó sus rodillas al acurrucarse aún más en la terraza, con una suave manta de cachemira alrededor de los hombros. Le había crecido el vientre a una velocidad increíble. Porque el bebé en su interior no era enteramente humano sino mitad extraterrestre, con un desarrollo embrionario diferente a todo lo conocido. Muchas veces le había causado una serie de necesidades extrañas, como comer fresas bañadas en chocolate a las tres de la mañana, además de severos moretones en el área de las caderas. Stephen le toleraba en el marco de lo indecible, mas había decidido mudarse a su ático de la Quinta Avenida. Porque el bebé se había hecho dueño de su presente y había distorsionado su futuro. Sin que se hubiese dado cuenta, sin que hubiese sentido su hacer, en silencio. Sus anhelos, sus planes, el deseo de emprender una nueva vida con Ikaris, de tomar un camino diferente, se quedaron trabados en aquella cabaña de Hawái que se fragmentó en pedazos como su existencia y sus sueños.
La vida era hermosa, sorprendente y agridulce. Era un regalo maravilloso. Pero su belleza y duración eran, a veces, una impronta indebida.
—No estás sola. Nunca lo has estado.
—Has estado en mi mente desde antes de comenzar mi vida, cuando no era más que un montón de células en el útero de mi madre. Pero no se trata de nuestra relación, en este momento. Necesita de su madre. Nadie más le defenderá de los Celestiales. De los Eternos.
—No le lastimarán los Eternos.
—Leí los recuerdos de Thena.
—No deberías temerle a nada, a nadie. Porque en una infinidad de universos, no encontrarás a nadie como tú.
Aurora se llevó una mano al vientre increíblemente hinchado. Aún no había tenido a su bebé en brazos y sin embargo sentía una comunicación intensa con él. Era la misma clase de comunicación que mantenía con la Fuerza Fénix.
—Ha alcanzado el tamaño de un feto de cinco meses, en unas cuantas semanas. No he tenido conocimiento de un caso similar.
—No ha existido un híbrido como él. Nunca antes se había acostado una hechicera mutante con una creación de los Celestiales.
—No solamente fue sexo.
Había una especie de soledad que se acomodaba en sus huesos y se volvía de hielo y, cuando ese frío empezaba a morder, cada nervio parecía cobrar vida. Y lo peor era que no se trataba de una soledad en general. Era una soledad que solo lo añoraba a Ikaris.
—Como si no te conociera, Aurora Stark. Nunca habría sucedido nada entre ustedes, de no amarlo desde el comienzo. De no conocerle antes de encontrarse. Su habilidad en la cama nada más fue un aliciente. Un increíble aliciente.
—¿Estuviste husmeando?
—A diferencia de mis anteriores encarnaciones, tú tienes la habilidad de ser todo el mundo. De cambiar la realidad en un instante. Aún así has actuado como un ser humano. Como lo hizo una de mis anteriores encarnaciones, la madre de la hermana de Thor. La Diosa de la Muerte, Hela.
—¿Thor tiene una hermana llamada Hela? ¿No debería ser su hermana Brunnhilde?
—Antes de casarse con la radiante Frigga, Odín se divertía con mi anterior encarnación, una mujer humana llamada Ankaa. Como se acostaban varias veces al día, no tardaron en concebir un bebé. Resultaba alentador su futuro, obviamente. Pero como Ankaa murió en el parto, Hela fue utilizada como un arma. Solamente cuando su codicia triunfó sobre la de Odín, le encerraron en Hel. Aún permanece ahí, de hecho. A la espera de causar la destrucción de Asgard. De asesinar con sus manos a Odín.
—Que noticia más encantadora—entonces Aurora observó el cielo, al tratar de hallar en el cosmos un mundo como Asgard—. Técnicamente eres la madre de la hermana de Thor.
—No me convierte en su madre el haber estado en medio de su relación con Odín. Solamente es el demente vástago de una de mis encarnaciones.
—Entonces no es de tu incumbencia la vida de mi bebé.
—No es la misma situación. Ese bebé es tan mío como tuyo. Ambas le defenderemos de todo mal. De los Desviantes. De los Celestiales. De Galactus. De todo cuánto intente amenazarle.
—¿Le consideras tu bebé? ¿Qué ha sucedido con la monstruosa creadora de Galactus? ¿Con la sádica destructora del Imperio Shi'ar?
—No ha sucedido exactamente nada. A veces soy buena. Oh, no sabes cuánto. Pero, a veces puedo ser mala, tan mala como quiera ser.
Aurora acarició su vientre cuando Visión le tendió un batido de frutas. Había eliminado su comunicador y se había mudado con ella, no obstante lo sucedido en el Centro de los Vengadores durante el conflicto relacionado con los Acuerdos de Sokovia. Aurora había destrozado el edificio con él, cuando le había reclutado Clint.
—Le añadiste bastantes fresas.
—Contienen ácido fólico, el cual obstaculiza los defectos en el tubo neural. ¿Quieres además un trozo de tarta?
Aurora sonrió suavemente. Supo entonces que aquel hombre, aquel entrañable y dedicado androide, había estado a su lado siempre, queriéndole desde la distancia porque no sabía cómo estar más cerca.
—No en este momento. Necesito comunicarme con Stephen. No anda del todo bien el Sanctum Sanctorum de Londres.
Entonces intentó levantarse. Utilizaba camisetas de maternidad con el fin de ocultar el bulto cada vez más enorme en su vientre. Porque realmente se sentía como una ballena, cuando intentaba realizar las actividades más básicas. Ni siquiera podía dormir. Permanecía tumbada entre las sábanas, bañada en sudor, con la piel del vientre picándole horrores.
—¿No deseas comer nada?
—¿Una vez más intentas mantenerme encerrada?
—Ha sido idea del Doctor Strange. Su intención es mantenerte a salvo, Aurora.
—Nada, porque cuando tu vientre es del tamaño de un país del tercer mundo, tienes derecho a hacer lo que sea. Iré de todas formas al Sanctum Sanctorum—entonces Aurora atravesó una fractura dimensional, causando un severo cuadro de histeria en Visión. A causa de las hormonas, se sentía más irritable de lo normal—. ¡Stephen! ¿Cómo te atreves a tramar con Visión? Nadie tiene el derecho de encerrarme en una habitación hermética. Mucho menos tú.
Ella se detuvo en el vestíbulo del Sanctum Sanctorum, al advertir la mirada de Thor. Charlaba con Stephen mientras sostenía un paraguas en la mano, vestido como uno de los vagabundos que dormían en los callejones de la Quinta Avenida. De inmediato, volteó como en una serie de televisión y le sonrió radiantemente. Era tan hermoso como le recordaba.
—Aurora.
—Thor.
Cuando cruzó la habitación a través de unas enormes zancadas, le estrechó contra él. Aurora recordó de inmediato los comentarios de Ikaris, las revelaciones de la Fuerza Fénix. Ambos tenían asuntos inconclusos, no obstante su falta de conocimiento. Porque finalmente se mostraba capaz de entender todos sus sentimientos, incluso los que le resultaban tremendamente incómodos. Había terminado su relación con Jane cuando aceptó que amaba a Aurora Stark. De no haber sido por Tony, le habría confesado todo en el Centro de los Vengadores.
—¿Estás embarazada?
Aurora desvió la mirada de inmediato. Asesinaba mentalmente a Stephen mientras Thor analizaba su vientre hinchado como si de una broma se tratase. Llevaba una fotografía suya a todos lados, como lo hacía Steve con su amada Peggy.
—¿Qué has hecho con Loki?
—Lo necesario. Conservo una lista de individuos que podrían amenazar la seguridad de este mundo. Loki se encuentra en ella.
—¿Por qué no están en tu bien redactada lista las brujas de Salem? Han estado invocando demonios, Sherlock.
Aurora movió los dedos, suavemente. Loki aterrizó sobre la alfombra del vestíbulo, con un ruido sordo.
—¡Llevo cayendo más de treinta minutos!
Thor nada más le observaba el vientre. Todo su mundo se había reducido a ello. A asimilar la noticia devastadora. Su amada Aurora se había embarazado de otro hombre.
—Todo esto es realmente incómodo.
—De haberme dicho la verdad, nada de esto habría sucedido. Utilizas los sentimientos de Visión como un modo de mantenerme aislada de todos los asuntos místicos de este mundo.
Stephen sostuvo los hombros de Aurora.
—Ambos intentamos cuidar de ti. Existen amenazas de alcance cósmico que nada más desean verte muerta. Entre ellos los demonios que devoran universos como modo de divertirse. ¿Acaso pretendes luchar contra ellos estando embarazada?
—¿Acaso pretendes enfrentarles, Stephen? Hechiceros más entrenados han fallado desastrosamente. No solamente te asesinarán, te destrozarán el alma y conservarán tus restos como trofeo en un mundo de locura. Le sucedió a Diana hasta que el demonio Shuma-Gorath accedió a devolverle sus restos a las amazonas de Themyscira, cuando le amenacé con eliminarlo de la existencia como una vez lo hice con los Celestiales.
—Se trata de tu bienestar. Del bienestar de tu bebé.
Aurora situó ambas manos en sus caderas. Nada más debía echarle un vistazo a su mente.
—Las Gemas del Infinito no pueden enseñarte mi futuro, Stephen. Si me has visto morir en sueños, significa que Pesadilla ha estado manipulándote. Intenta mantenerme aislada de todos los asuntos místicos con el fin de invadir este mundo en un futuro cercano. Deberías ser capaz de advertir sus horribles manipulaciones. De vencerle en su propio juego. Pero como aún no es así, es mi tarea defender este mundo aún en contra de los deseos del Consejo de Maestros.
Aurora le echó un vistazo a Loki. Le había conocido al terminar la batalla de Nueva York, cuando había descubierto a través de sus habilidades que un horrible hombre llamado Thanos le había enviado a la Tierra con el fin de utilizarle en una cacería de las Gemas del Infinito.
—Continuaremos esta discusión más tarde.
Aurora asintió antes de enfocar su atención en Thor. Había localizado a Odín, de inmediato. Nada más había abierto su mente naturalmente conectada con todos los seres vivientes del Multiverso.
—Loki ha desterrado a Odín. A este mundo, de entre todos los mundos en el cosmos.
—¿Puedes encontrarle?
—Está en Noruega—declaró Aurora, al sostener la mirada de Thor. Odín se había recluido en la costa donde había conocido a Ankaa, antes de olvidarse de Hela y formar una nueva familia con la radiante Frigga—. En la bahía de Tønsberg.
Stephen le enseñó sus ideas, como le había enseñado anteriormente.
—No es tu batalla.
—No es necesario controlar a Loki. No es realmente una amenaza en este momento. Nada más ve a reunirte con la maestra Minoru—entonces Aurora le envió una mirada a Stephen. Señaló con un dedo hacia la salida e ignoró sus protestas mientras la Capa de Levitación le arrastraba de allí—. Nada es como antes. Han sucedido muchas cosas.
—Evidentemente.
Thor observaba su vientre hinchado como si todo se tratase de una broma.
—¿Realmente abandonaste a la inútil mortal en nombre de la mocosa de Stark? —entonces Aurora le echó un vistazo de irritación a Loki. —. Embarazada de otro hombre. Debe resultar bastante doloroso, hermano.
—Realmente eres un idiota. No eres tan bueno como crees. De serlo, Thanos nunca te habría utilizado con tanta facilidad. A ti, el Dios de las Mentiras—Aurora le enfrentó mientras un incendio transformaba sus orbes azules en la manifestación de la Fuerza Fénix—. Nada más me basta con mirar en tu mente. Está buscándote desde la batalla de Nueva York. Su intención es acabar contigo porque no cumpliste tu parte del trato. Ha comenzado su cacería. Y como no tardará en encontrarte, te recomiendo no actuar solo. Algo me dice que te romperá el cuello como si de una ramita se tratase.
—¿Quién demonios eres?
—Aurora María Stark. Ni más ni menos.
Ella les trasladó a los acantilados de Tønsberg cuando Visión atravesó la entrada del Sanctum Sanctorum con un bolso de maternidad en el hombro. En aquel momento, no deseaba recibir los excesivos cuidados de nadie. El día era demasiado perfecto en Noruega. El cielo tenía un color azul intenso y frente a ellos, en el borde de un acantilado, un anciano admiraba el mar. La hierba se cimbreaba y el aire le acariciaba cálido el rostro.
—¿Quién es el padre de tu bebé?
Thor le acarició el vientre mientras su hermano Loki rodaba en la hierba.
—Se trata de mi bebé. De nadie más.
—Es un idiota entonces.
Aurora retrocedió de inmediato.
—No le conoces. No sabes nada de él.
—Estando embarazada de su bebé, no está a tu lado. No te merece.
Se llevó una mano al vientre cuando Thor enfocó su atención en Odín. La vejiga parecía a punto de estallarle. Además se sentía irritable e inquieta, deseando que aquella odisea acabase de una vez. Aquel pensamiento trajo consigo el inevitable despertar de la Fuerza Fénix.
—Nada bueno ha nacido de las mentiras.
—Así es. La inminente destrucción de su mundo es consecuencia de la crueldad de Odín. Hela nació con la creencia de ser una diosa verdadera al tratarse de la descendiente directa de Ankaa, el avatar de una entidad cósmica.
Aurora sintió entonces la indefensa forma de vida en su vientre. Cada día se iba tornando más real. Estaba empezando a reconocer sus movimientos, cuando estiraba las piernas o tenía hipo.
—No sucederá.
Ella cubrió su rostro cuando los trozos del martillo de Thor fueron lanzados al aire, en medio de un estallido de truenos.
—Aún no.
Aurora llamó la atención de la horrible diosa antes de disolverle como si de un insecto se tratase. Cada músculo, cada hueso danzó en la brisa como consecuencia de la tremenda cantidad de energía contenida en el orbe lanzado directamente a su torso. Se había convertido en una de las tantas víctimas del Juicio del Fénix.
Curiosamente, podía oír el murmullo del océano en la distancia, aunque en algún rincón de su mente sabía que se encontraba en el Sanctum Sanctorum de Nueva York. Iba caminando por una niebla perlada, con la cálida arena bajo los pies. Se sentía a salvo, fuerte y extrañamente despreocupada; hacía mucho que no se sentía tan libre, tan tranquila.
Sabía que estaba soñando, de hecho. Le resultaba increíblemente fácil mantener los ojos cerrados, y aferrarse a la paz del sueño.
Entonces el niño empezó a llorar, a gritar, y las sienes comenzaron a palpitarle al oír su llanto desesperado. Empezó a sudar, y el puro color blanco de la niebla empezó a oscurecerse hasta convertirse en un gris oscuro y amenazador. El aire perdió toda calidez, y el frío la golpeó y la heló hasta los huesos.
El llanto parecía venir de todas partes y de ninguna, el eco reverberaba a su alrededor mientras buscaba frenética al niño. Jadeante, intentando respirar, luchó por avanzar entre aquella niebla que iba envolviéndola y espesándose. El llanto se fue haciendo más fuerte, más desesperado, y Aurora sintió que el corazón le martilleaba en la garganta, que su respiración se volvía entrecortada y que sus manos temblaban.
Entonces vio la hermosa cuna blanca, y sintió un alivio tan grande que le flaquearon las rodillas.
—No pasa nada—murmuró Aurora al levantar al bebé en sus brazos—. No pasa nada, estoy aquí.
Sintió el cálido aliento del pequeño en su mejilla, el peso en sus brazos mientras le acunaba y le arrullaba. La rodeó el dulce aroma de los polvos de talco mientras le mecía, murmurando y calmándole, y empezó a apartar la mantita que ocultaba el pequeño rostro.
Y de repente, descubrió que lo único que sostenía en sus brazos era una manta vacía.
—Nadie te ha quitado a tu hijo—entonces Aurora se encontró luchando contra Stephen, mientras todo a su alrededor se disolvía—. Ha sido un sueño, tu hijo está bien, mira—le agarró por la muñeca, donde el pulso latía desbocado, y la obligó a poner la mano sobre su vientre—. Los dos estáis a salvo, relájate antes de que te hagas daño.
Cuando sintió la vida que latía bajo su mano, Aurora se derrumbó contra Stephen. Su bebé estaba seguro en su interior, donde nadie podía tocarlo.
—Lo siento, he tenido un sueño realmente horrible.
—No pasa nada—entonces Stephen comenzó a acariciarle el cabello, a acunarle como ella había hecho con el niño de sus sueños, a mecerle con ternura en un movimiento ancestral de consuelo—. Haznos un favor a los dos y relájate.
Aurora estuvo de acuerdo, al sentirse protegida y abrigada.
—Estoy bien, de verdad.
Él se apartó de ella, enfadado consigo mismo al darse cuenta de que quería seguir abrazándole, amparándole. Aurora no le había pedido ayuda, pero de todas formas sabía que haría lo que fuera por protegerla. Era como si hubiera estado inmerso en su propio sueño, o como si de alguna forma hubiera entrado a formar parte del de ella.
—No me mientas. En circunstancias normales no me metería en tus asuntos, pero en este momento no sabemos cuántas entidades malvadas desean lastimarte—dijo Stephen con lentitud—. ¿Estás escapando del padre del bebé?
—Es algo complicado.
Él enarcó una ceja. Su rostro tenía una cierta dureza, aunque era demasiado fino para resultar tosco. Era un rostro esculpido con frialdad, como el de un mítico jefe guerrero de antaño.
—Creo que el bebé es muy importante para ti.
—No hay nada que sea o pueda serlo más.
—¿Crees que la ansiedad que llevas encima es buena para él?
Él vio el instantáneo brillo de dolor en sus ojos, la preocupación, y la forma casi imperceptible en que pareció cerrarse en sí misma.
—Algunas cosas no pueden cambiarse—Aurora respiró hondo—. La verdad es que tienes derecho a preguntarme.
—Pero tú no piensas responderme, ¿verdad?
—No tengo más remedio que confiar en ti hasta cierto punto, y sólo puedo pedirte que tú hagas lo mismo conmigo.
—No voy a discutir sobre lo que es mejor para ti o para el bebé, pero tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a todo.
—Lo haré cuando llegue el momento. Hasta entonces no vuelvas a encerrarme ni a excluirme jamás. No dejaré que me excluyan ni me escondan como si fuera una criatura indefensa.
Stephen normalmente no se conformaba con una respuesta parcial si quería una explicación completa de algo, pero era incapaz de presionarla al ver que lo poco que le había contado le resultaba tan doloroso.
—¿Se encuentra todo bien?
Aurora situó ambas manos en sus caderas cuando Visión atravesó uno de los muros descascarados. Evidentemente se había olvidado de todas sus conversaciones sobre el decoro.
—No ha sucedido nada. Perdona si te he alarmado.
—He oído tus gritos.
Ella movió una mano instintivamente para proteger al bebé que llevaba en su seno. Sin importar lo poderosos que fueran, no iban a poder arrebatárselo, y si estaba en sus manos, jamás lograrían encontrarles, ni a ella ni a su bebé.
—Realmente me encuentro bien. Los dos regresen a sus habitaciones.
—Lo aceptaré por esta noche porque tienes que dormir, pero hablaremos por la mañana.
Cuando ambos hombres salieron de la habitación, le envolvió la oscuridad y volvió a tumbarse en la cama. Sin embargo, tardó mucho, mucho tiempo en poder conciliar el sueño.
—Ikaris.
Aurora estaba cansada. Cansada de huir, de esconderse, de intentar arreglárselas completamente sola. Así que cuando su madre le acarició el vientre y le miró con ojos decididos, le abrazó de inmediato. Se habían distanciado debido a su relación con Namor, tan hábil como degenerado. Pero al contactar Visión a la Reina Blanca, y comunicarle el embarazo de su amada Aurora, Emma había abandonado todas sus actividades en la Atlántida y se había marchado directamente a Nueva York.
Aurora había decidido volver a confiar en su madre porque necesitaba descansar, aprovechar cualquier tiempo que pudiera conseguir para recuperarse y recobrar las fuerzas. Sentía además un intenso anhelo en su interior, el deseo de ser amada y abrazada por la mujer que le había albergado en su seno.
No le había confesado lo cansada que se sentía, ni el esfuerzo que le había supuesto mantenerse de pie. El embarazo había sido fácil desde el punto de vista físico, ya que era una mujer fuerte y sana; de no ser así, se habría derrumbado hacía tiempo, porque las últimas semanas habían consumido hasta la última gota de sus reservas emocionales y mentales.
—Reconoce a su abuela Emma.
Ella no contestó, pero no fue porque su mente se hubiera quedado en blanco, sino porque se había llenado de repente de tantas cosas, de tantos pensamientos y deseos.
Si cerraba los ojos y apartaba sus miedos, Aurora podía visualizar su futuro. Una habitación para el bebé decorada en colores luminosos, blancos lustrosos y con dibujos hermosos en los muros. Se sentaría en una mecedora con su amado niño, y le arrullaría en las silenciosas noches, mientras el resto del mundo dormía.
Y ya no volvería a estar sola.
—Crece a un ritmo nunca antes visto—entonces situó una mano sobre su vientre, y una sonrisa le nació del alma al sentir un movimiento. Le tomó una mano a su madre, y le apretó contra su cuerpo—. Conocerás a tu nieto en unas cuantas semanas, a este nivel de desarrollo embrionario.
—¿Quién es el padre del bebé, Aurora?
—No es humano. Ha venido de las estrellas.
—¿Acaso dormiste con Thor?
Aurora le echó un vistazo de inmediato. Retozaba en la enorme cama, en los cálidos brazos de Emma.
—Nadie le conoce. Ha ocultado su identidad durante milenios, como también lo ha hecho su familia. No le encontrarás fácilmente.
—¿No me darás al menos un nombre?
—Ikaris.
Se recordó que no servía de nada mirar atrás, sobre todo en ese momento, cuando debía mirar hacia delante. Sin importar lo que había sucedido entre ellos, habían creado un bebé juntos, una vida que estaba a su cargo, a la que debía amar y proteger.
—¿Ikaris es bueno en la cama? ¿Estaba al menos bien dotado?
—¡No es de tu incumbencia!
Emma sonrió maliciosamente.
—Realmente debiste disfrutar de ardientes sesiones de sexo. De todo un semental. ¿Cuántas veces lo hacían en la misma noche? ¿Se acostaron en las encimeras de la cocina? ¿En la ducha mientras ambos tomaban un baño? Tal vez deberías leer el Kamasutra. Necesitas conocer los beneficios del sexo tántrico. Porque, si un hombre te toca con suavidad, te acaricia lentamente, te dice cosas bonitas, te besa como si el mundo se acabara más tarde, el sexo resulta maravilloso.
Aurora abrazó una almohada cuando la mortificación le ruborizó el rostro. No deseaba ni idear las aventuras sexuales de su madre con Namor.
—Solo necesitamos tiempo para que esto se enfríe, para pensar con claridad y así no precipitarnos siguiendo un impulso que podríamos lamentar.
—Estás enamorada del misterioso Ikaris. Aunque cierres los ojos, tus sentimientos te encontrarán.
—No necesito el amor de un hombre. Mucho menos el amor de Ikaris. Ya nada más nos une este bebé. Este increíble bebé.
Emma entonces abandonó el tema. Su tarea como madre era buscar al hombre misterioso y cerciorarse de que no hubiera lastimado intencionalmente a su hermosa Aurora. De ella nunca obtendría información porque su mente se mostraba como una fortaleza inaccesible. Nada más encontraría la verdad en los recuerdos de Ikaris.
—¿Quién lo hubiera imaginado? Mi hermosa Aurora se convertirá en madre, transformándome a su vez en abuela. Necesitamos decorarle un cuarto al bebé, con una cuna de madera blanca obviamente. Contactaré además a todas las firmas de alta costura y les encargaré atuendos de bebé exclusivos. No merece nada menos.
Aurora le observó seriamente al tomar asiento en la cama.
—Visión ha comenzado a decorarle un cuarto. No necesitas invertir una fortuna en un atuendo de alta costura, a su ritmo de crecimiento todo le resultará inutilizable en dos semanas como mucho.
—Nada, Aurora María Stark. Una abuela tiene todo el derecho de consentir a su nieto—entonces Emma le señaló con un dedo acusador, desde la entrada de su habitación en el ático de la Quinta Avenida—. Llamaré a tu hermana. Esme necesita conocer la existencia de su sobrino.
—No le involucres en esto. Mientras menos individuos conozcan la existencia de mi bebé, un número menor de amenazas intentarán hacerle daño. Lorna aún intenta obtener su venganza, de acuerdo con Remy.
—No le lastimarán, Aurora. Si no confías en tu madre, al menos ten fe en la Reina Blanca.
Emma se marchó sin más, y ella se quedó mordiéndose el labio. Visión entonces atravesó un muro como si de un fantasma se tratase y tomó asiento a su lado.
No le lastimarán, Aurora. Si no confías en tu madre, al menos ten fe en la Reina Blanca.
Emma se marchó sin más, y ella se quedó mordiéndose el labio. Visión entonces atravesó un muro como si de un fantasma se tratase.
—Chismoso.
—Tu madre nunca ha intentado nada en tu contra. Ha cuidado de ti desde antes de que nacieras. ¿Cómo podrías ocultarle una noticia tan maravillosa? Además, aunque intentes proteger a tu bebé a través del anonimato, se enterarán de su existencia de todas formas. Porque nada bueno ha nacido de las mentiras, Aurora.
¿Por qué nadie comenta? Solamente he recibido una reseña en esta historia y resulta realmente frustrante no conocer sus opiniones al respecto. Personalmente me interesan mucho los comentarios de los lectores porque me ayudan a editar el futuro de la trama o acontecimientos del pasado para darle más coherencia a todo.
Como realmente no he pensado en un nombre para el bebé de Aurora, les conmino a sugerirme uno. Es realmente difícil elegir tan solo uno, un nombre que debe adecuarse a su historia como bebé de tan curiosos padres.
