Mansión Cullen —Sábado 13 de Febrero de 2010 — 06:07 PM
Bella avanzaba con paso firme por la alfombra blanca que ahora decoraba el jardín de los Cullen. En su cara había una sonrisa deslumbrante y el brillo de sus ojos era cegador. Edward la esperaba al otro lado con una expresión similar a la suya.
A unos pasos de él estaba Esme con dos hermosas princesitas engalanadas con dos vestidos rosados que resaltaban sus mejillas coloreadas.
Bella no era capaz de descifrar si estaba en mitad de un sueño o todo eso estaba pasando realmente. Podía sentir claramente la molestia de los zapatos, podía sentir como la suave tela de su vestido acariciaba su piel. Pero todo eso podría ser producto de su imaginación. Así como Edward, a unos pasos de ella y tendiendo su mano para que la tomase. Cuando extendió la suya propia se percató del temblor de sus dedos, pero en cuanto su piel hizo contacto con la de su futuro marido fue como si eso fuese la certeza que necesitaba para asegurarse de que todo era real.
Era el día de su boda… su boda con Edward. En unos minutos Bella Swan quedaría atrás y no habría más que una sombra de lo que un día fue. Ahora Bella Cullen iba a luchar por su felicidad, por la suya y por la de su familia.
Cuando el padre Weber comenzó la ceremonia las palabras que pronunciaba parecían sacadas del mismo corazón de los protagonistas del día. En su pequeño discurso, el hombre resaltó el valor de la familia, de las buenas acciones, remarcó que lo importante para ser feliz es sentirse bien con uno mismo y así los demás podrán amarnos sin medidas.
Bella sentía la mirada de Edward sobre ella, sus orbes verdes parecían quemarla, pero realmente Edward quería grabar esa imagen a fuego en su memoria. Ver a Bella feliz, radiante… y dispuesta a entregarse a él en cuerpo y alma. Era un día para recordar, algo que no olvidaría así pasasen dos mil años.
Cuando por fin pudo estrecharla entre sus brazos como su mujer creyó que el corazón le estallaría de tanta alegría. Era suya, por fin era suya, ni Mike Newton, ni ningún otro descerebrado podría arrebatársela. Bella era ahora su mujer y se esforzaría porque cada día de su vida fuese mejor que el anterior.
Ambos se besaron entregando todo en ese gesto, mostrando ante el mundo que si lo quieres… los sueños más difíciles e imposibles pueden cumplirse. Cuando se separaron una lluvia de pétalos de rosa y aplausos los rodeó. La sonrisa de sus labios era el mejor de regalo para todos los que se encontraban allí esa tarde con ellos.
La tarde se pasó entre felicitaciones y buenos deseos de su familia y amigos. Bella parecía tener una sonrisa tatuada en su rostro, y Edward sonreía solo con verla tan Feliz.
Esme y Renée, se autonombraron niñeras oficiales y disfrutaban de los gorgojeos de las princesas de la casa. Todo el mundo quedaba maravillado con los rizos color café de Sissi, o con la profundidad de los ojos de Emma, pero todos coincidían en lo mismo, esas niñas eran un calco de su madre, de Bella Cullen, tenía sus facciones, la forma de su rostro. Cada rasgo de Bella estaba reflejado en esas criaturas, para regocijo de Edward, que cada día las adoraba más.
A medida que iba transcurriendo la noche, algunos invitados comenzaron a ausentarse, las pequeñas hacía ya unas horas que dormían plácidamente, y las abuelas orgullosas estaban al pendiente de cada uno de sus movimientos. Los padres, en su mundo de irrealidad por ese día, querían pero no podían, en cuanto intentaban entrar en la casa para verificar el estado de sus hijas, una de las abuelas los interceptaba y los obligaba a dar media vuelta y continuar disfrutando de su fiesta.
Anunciaron que sería el último baile y después los recién casado tendrían que tomar rumbo a su noche de bodas. Edward buscó a Bella con la mirada y cuando la encontró avanzó a ella mientras la deslumbraba con una de sus perfectas sonrisas.
(Música: Des'ree — Kissing you de la BSO de Romeo + Julieta)
La música comenzó a sonar y avanzaron hasta el centro de la pista, donde abrazaron y comenzaron a danzar con suavidad.
— ¿Qué tal ha pasado el día la señora Cullen? —preguntó Edward sonriendo.
Bella le devolvió la sonrisa sintiendo como su corazón tartamudeaba.
— Ha sido uno de los mejores días de mi vida —contestó ella fijando sus ojos en esos dos pozos verdes que la aturdían.
— ¿Cuál ha sido uno de los otros mejores? —preguntó Edward con curiosidad.
— El día que dijiste que me amabas y cuando Emma y Sissi nacieron.
— También han sido los míos —susurró Edward en su oído.
— Gracias —dijo Bella con voz ahogada por las lágrimas que se negaba a derramar— gracias por estar ahí, por hacerme feliz, a mí y a las niñas.
— Soy yo quien debe agradecerte —contradijo Edward— por confiar en mí, por dejarme amarte… por compartir tus hijas conmigo… te amo Bella.
— Yo también te amo.
Las lágrimas de bella se desbordaron por fin, y Edward secó cada una de ella besando sus mejillas, depositando un dulce beso en sus labios cuando hubo acabado con su cometido.
— Eres la…
— ¡Es la hora de irse! —los interrumpió Alice.
Ambos la miraron con ganas de estrangularla, pero se contuvieron al estar rodeados de demasiados testigos. Después de despedirse de sus hijas y de coger unas maletas con ropa, se subieron al volvo de Edward y pusieron rumbo a su luna de miel.
Bella no sabía lo que le esperaba, en su cabeza todavía retumbaban las palabras de Edward de semanas atrás. Ella quería ser suya en todos los sentidos, pero cada vez que intentaba un acercamiento un poco más íntimo de lo habitual, Edward la detenía cortésmente y le sonreía para que no se enfadase. Pero Bella se enfadaba, y se daba la vuelta en la cama dándole la espalda.
Pero no sabía que era lo que le deparaba esa noche… ¿sería la noche elegida por Edward para que al fin diesen ese paso? Ella esperaba que sí, y eso la ponía ansiosa. Quería estar con él, quería sentirse parte de él.
Edward miraba a Bella de reojo e intentaba disimular sus nervios. Había reservado un hotel en Port Ángeles sabiendo que ella se negaría a salir de la ciudad dejando a sus hijas al cuidado de sus abuelas. No que no confiase en ellas, pero Bella era una mama responsable y no dejaba el bienestar de sus retoños en manos de otra persona pudiendo hacerlo ella misma.
Cuando Edward le dejó el coche al aparca coches Bella sintió un nudo en su estómago. Las mariposas que siempre revoloteaban cada vez que estaba cerca de Edward parecían haberse vuelto locas y se movían a la velocidad de un huracán.
El viaje en ascensor hasta el séptimo piso fue en silencio. Bella miraba sus pies y Edward miraba a Bella, todavía tenía puesto su vestido de novia, un vestido de una tela suave y que se amoldaba a sus cuervas, remarcaba su estrecha cintura y la redondez de sus caderas, cayendo en una cascada hasta sus pies donde solo se veía la punta de sus zapatos.
Avanzaron por el pasillo siguiendo al botones que los guiaban, y cuando este los dejó en la puerta de su habitación y se marchó los nervios se apoderaron de ambos. A Bella le palpitaba el corazón a una velocidad desorbitante, a Edward le sudaban las manso y no sabía que hacer.
Sus miradas se cruzaron por unos segundos y estallaron en carcajadas. Parecían adolescentes inexpertos, ambos estaban nerviosos por dar ese paso, pero no pensaban que era algo que los uniría más si es que eso era posible.
Edward suspiro y respiró hondo un par de veces, haciendo acopio de todo su valor y dejando tras de sí una estela de nervios se acercó a su ahora mujer y la abrazó envolviéndola con sus brazos. Bella respiró con tranquilidad apoyada en el pecho de Edward. Era Edward… nada malo le pasaría estando a su lado.
Se miraron a los ojos y sin mediar palabra comenzaron a besarse. Era beso terno, dulce, lento… en él entregaban hasta el último gramo de su amor. Edward acercó más a Bella hacia su cuerpo, Bella enredó sus dedos entre el pelo cobrizo de él.
Las manos de Edward, que hace minutos temblaban de ansiedad, ahora avanzaban decididas hacia la cremallera del vestido blanco, y la bajaron con lentitud para darle ocasión a Bella a detenerse si lo necesitaba. Pero ella estaba muy lejos de eso. Su piel estaba de gallina, de sus boca solo salían suspiros ahogados en los labios de Edward y en su estómago parecía que habían provocado un incendio porque se sentía arder.
Edward se alejó un poco de Bella para ver como el vestido descendía por su cuerpo y la dejaba en ropa interior ante él, las mejillas de ella se colorearon, él sonrió y acarició una de ellas con la yema de sus dedos. Edward la abrazó con fuerza sintiendo la suavidad de su piel, Bella se estremeció.
— Si en algún momento no te sientes bien… o te hago daño… intentó decir Edward, pero Bella lo silenció con un beso.
— Todo estará bien —dijo contra sus labios.
Las manos de Bella despojaron a Edward de su chaqueta, para poco después hacer lo mismo con su camisa. Edward la tomó en brazos y la depositó con cuidado sobre la cama, colocándose sobre ella pero sin dejar caer todo su peso.
Segundos después ambos estaban completamente desnudos, mientras sus cuerpos se enredaban entre besos y caricias. No hacían falta palabras, con cada beso, con cada mirada… todo era un grito ante la magnitud de lo que sentían.
Bella estaba completamente segura de lo que estaba haciendo, con cada caricia Edward despertaba el fuego en ella, y solo deseaba sentirlo dentro, sentirse uno. Demostrarle cuanto lo amaba y cuanto confiaba en él.
Edward tenía miedo, pero a la vez dejaba que sus instintos llevasen la voz cantante. Bella respondía sus caricias sin miedo y sin preocupaciones, lo que le daba valor para seguir adelante.
— Te amo, te amo tanto Bella… —susurraba mientras se adentraba poco a poco en ella.
Bella cerró los ojos y un gemido abandonó sus labios, sentir a Edward dentro era… ¡maravilloso! Cuantas veces había soñado con ese momento, y ni en sus mejores sueños podría imaginar un momento tan perfecto. Edward era suyo, en todos los sentidos. Sus cuerpos parecían encajar perfectamente como las piezas de un puzle.
Edward también cerró los ojos y enterró su rostro en el cuello de ella, respirando su aroma, maravillándose con cada sonido que era capaz de arrancar de sus labios, disfrutando de cada caricia. Sus cuerpos danzaban al mismo compás, sus respiraciones se enlazaban y sus miradas estaban unidas.
Un momento mágico, perfecto… único.
...
Las primeras luces del día hicieron que Bella se desperezara y pegara más a Edward su cuerpo desnudo. Al roce de sus pieles ambos gimieron. Una sonrisa curvó sus labios pero continuaron durmiendo. La noche anterior había sido demasiado larga, se habían amado demasiado, demasiadas veces.
Pero minutos después el sonido de un teléfono interrumpió su descanso. Edward gruñó y se levantó de la cama completamente desnudo mientras buscaba el dichoso aparato en el bolsillo de sus pantalones. Cuando lo encontró se sorprendió al ver el nombre de Carlisle en el indicador.
— ¿Pasa algo? —preguntó sin miramientos en cuanto descolgó.
— Las niñas están perfectamente y la familia también —lo tranquilizó Carlisle intuyendo cuáles eran sus preocupaciones.
— ¿Entonces? —Edward frunció el ceño.
— Newton…—dijo Carlisle en un suspiro.
— ¿Qué le pasa?
— Ha fallecido hace dos horas… un fallo respiratorio —dijo Carlisle con cautela—, sabes que tenía varias costillas fracturadas y un pulmón perforado… bajo mi punto de vista médico ha aguantado bastante. Sus lesiones eran graves y la sobredosis no ayudó en demasía. Creí que tanto tú como Bella debían saberlo.
— Gracias… —dijo Edward aturdido— por avisar.
— No hay de qué —dijo Carlisle con una sonrisa— continuad disfrutando de vuestro día, entre Jasper y yo nos ocuparemos de cualquier tema legal que se presente.
— Gracias papá.
Edward se quedó mirando el teléfono fijamente durante unos segundos, estaba sentado en la cama, todavía en desnudo y sin comprender todavía del todo que es lo que había pasado. Sintió los brazos de Bella rodeando su cintura y giró su cabeza para mirarla.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó Bella en un susurro.
— Las niñas están bien y la familia también —repitió mecánicamente las palabras de su padre— es Newton —Edward vio como el ceño de Bella se fruncía— ha muerto hace unas horas.
Bella se quedó paralizada mirando a Edward fijamente. ¿Mike… muerto? Un escalofrío recorrió su espalda y se sentó en la cama abrazándose a sus piernas. El padre biológico de sus hijas estaba muerto… la persona que más daño le había hecho estaba muerto… una tenue sonrisa se dibujó en sus labios y miró a Edward.
No podía alegrase de las desgracias ajenas, ella no era así. Pero el alivio, la tranquilidad de que sus hijas nunca conocerían ni tendrían que saber todo el martirio que vivió con su padre era lo mejor que podía pasarle. Ella conocerían a Edward, vivirían creyendo que Edward era su verdadero padre hasta que fuesen lo suficiente mayores para saber la verdad. Era algo que había planeado cuando decidió que Edward las reconocería como Cullen. Pero ahora no tendría que mentirles, no tendría que prohibirles conocer a su verdadero padre… porque él estaba muerto. Y eso quería decir que Mike tampoco podría hacerles daño… nunca.
Fin.
