Augustin
La desesperación apenas lo dejaba respirar, el aire siendo escaso y casi doloroso, cada inhalación lacerándole los pulmones como si miles de alfileres se le clavaran al mismo tiempo. Trataba de enfocar la vista, pues se sentía inmerso en una pesadilla con los objetos rodeándolo, todo inanimado pero con formas difusas, terroríficas y oscuras. Se restregó los ojos al tiempo que abría la boca, buscando aire como si fuera un pez fuera del agua, boqueando por el elemento vital que le ayudaría a sosegar el desatado e irregular latido de su corazón. Los oídos le zumbaron con un pitido que apenas le permitía escuchar lo que pasaba a su alrededor. Ahogándose, sí eso era lo que sentía, se estaba ahogando en un río de torrentosas, tenebrosas y violentas aguas. Alterado se mesó los cabellos hasta que creyó que abundantes mechones quedaban enredados en sus dedos. Con esfuerzo colocó las palmas frente a sus ojos, esforzándose por enfocarse en algo cercano, familiar y concreto. La piel estaba limpia y sin hebras capilares en ellas. Loco, sí, se estaba volviendo loco de dolor y angustia. Apoyó la frente perlada de sudor en las palmas que aún estaban frente a su rostro.
"Esto es una pesadilla… sí, debe ser una pesadilla…"
-Monsieur Grandier…
La voz del profesor de Filosofía, monsieur Ferrec, sonó lejana, tan lejana que lo más fácil era ignorarla y seguir sumergido en los pensamientos que lo estaban desquiciando.
-Monsieur Grandier, cuando diga podemos entrevistar a los compañeros de clases de Augustín. En un rato nos recibirá el rector de la escuela de Leyes, pero, mientras tanto…
André asintió mientras apretaba la tela de sus pantalones entre los puños, necesitaba asirse a algo sólido y, de paso, también secar el sudor que le empapaba las palmas de las manos.
-Sí, claro- se puso de pie, no obstante se detuvo antes de dar el primer paso, realmente estaba fuera de sí, sintiendo un pánico que le carcomía las entrañas e incluso lo hacía dudar de ser capaz de caminar sin trastabillar, y ese no era el momento, no podía quebrarse. Respiró profundo antes de hablar –Dijisteis que ningún otro alumno del nivel de mi hijo desapareció… ¿O me equivoco?- preguntó tratando de volver a su centro.
-Así, es- contestó el profesor –Y me atrevo a repetir, todos han declarado no haber visto al joven Grandier abandonar el establecimiento… bueno, si bien vuestro hijo es un excelente pupilo y estudiante, es un tanto retraído en cuanto a amistades…
-Y su ascendencia no ayuda…- André entrecerró los párpados con furia, sus sentimientos mutando erráticamente –Junto a mi esposa hemos confiado a vosotros la seguridad de nuestro hijo, confiamos a esta prestigiosa institución que Augustin fuese tratado con igualdad… pero la igualdad que tanto pregona el emperador no se nos fue concedida- empuñó las manos perdiendo la compostura nuevamente -Mi hijo ha sido tratado como un paria sólo por tener sangre aristócrata en las venas.
-Monsieur Grandier, por favor...- contestó temeroso el académico, recordando que desde la rectoría se le había encomendado frenar cualquier tipo de escándalo, ya que, si bien no era el primer muchachito que desertaba de sus estudios, el que fuera el hijo de un destacado personaje revolucionario colocaba a la institución en una más que embarazosa posición.
-No puedo perder tiempo… mi hijo no tenía más cercanos aquí que François- dijo André hablando más consigo mismo que con el hombre que estaba parado frente a él.
-Es posible que el joven Grandier haya regresado a su casa… incluso puede que se hayan cruzado en el camino y esto sólo sea un mal entendido… hasta podría haberse aburrido de los estudios y por ello desertar de la vida académica.
-¡No!- levantó la diestra aún empuñada, los nudillos blancos, casi traslucidos –Mi hijo no tiene esas costumbres, él no huye.
El profesor Ferrec movió los hombros en un gesto nervioso, como si de pronto el pañuelo que le envolvía el cuello fuera la cuerda de una horca. Aterrado de recibir una agresión de un hombre que si bien podía tener su misma edad, le sacaba al menos una cabeza de altura, y eso, sin considerar que mientras él se había dedicado a los libros y a la buena mesa, su interlocutor mostraba claras señales de haberse dedicado a una vida mucho más sana y física. Tragó fuerte, la nuez de Adán le chocó contra la tela de la pañoleta.
Cuando varios muchachos entraron al dormitorio que había permanecido vacío debido a las clases impartidas en esos momentos, André abrió el armario y sacó el morral que Augustin siempre llevaba en sus viajes a Arras. Rápidamente guardó en él los enseres más preciados de su hijo, el par de libros que descansaba en la mesa de noche, una pequeña cartera de cuero con sus documentos personales, el monedero que estaba en un cajón, el cual por cierto, estaba casi vacío; de inmediato levantó la vista y la posó en el chiquillo que ocupaba el catre contiguo, el muchachito enrojeció hasta las pálidas orejas y bajó la mirada. Dejando pasar ese robo, cerró la gaveta y metió la mano entre el colchón y somier. De inmediato encontró la petaca que sabía Alain de había regalado, continuó explorando la cavidad, al no encontrar nada más se irguió.
-Falta su puñal…- murmuró.
-El reglamento prohíbe terminantemente que los estudiantes tengan armas…- el profesor enmudeció ante la furibunda mirada de André. Carraspeó suavemente antes de volver a hablar -Creo que el rector Minville podrá hacer una excepción y recibirnos antes…
André cerró el bolso que contenía las cosas de Augustin y caminó fuera de la habitación, sin siquiera voltear a mirar al regordete hombre que a esas alturas sudaba como si fuera pleno mes de julio.
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Aún sin poder creer lo que acababa de oír, André salió de la oficina de la máxima autoridad de la Escuela de Leyes apenas conteniendo la furia que le bullía en las venas. No sólo se había enterado que François desapareció el mismo día que Augustin, sino que además se dio cuenta que a nadie le extrañaban esas repentinas ausencias, las que eran atribuidas a fugas propiciadas por mal rendimiento académico, falta de dinero, líos de faldas o incluso, a la deserción por próximos llamados a la milicia.
Prácticamente arrastrando los pies caminó por las calles aledañas al liceo, sintiéndose impotente como nunca antes lo había estado. Sosteniendo en su diestra el morral de Augustin, observó a cada persona que caminaba a su alrededor, esperanzado buscaba en ellos el rostro de su hijo o alguna pista, sin embargo todo continuaba ajeno a su dolor y desesperación. Nadie reparaba en el alto hombre que a cada paso sentía que ya no podía respirar. Las mujeres voceando alimentos en canastas, muchachitas vendiendo escuálidos ramitos de flores o cintas, que seguramente no eran más que una excusa para establecer contacto y ofrecer otro tipo de servicios, sucios y revoltosos chiquillos con los pies embarrados corriendo de un lado hacia otro y viejos mendigando a la sombra de algún callejón. Cada persona sumida en sus propios problemas.
No supo cuánto tiempo vagó por las callejuelas, siempre atento y soñando con ver la revuelta melena de su hijo, incluso, en más de una ocasión, tomó del hombro a algún jovencito añorando encontrar en ese desconocido rostro la perspicaz mirada de Augustin. Cerca de medianoche, mientras estaba de pie frente a una taberna que albergaba a varios jóvenes que parecían estudiantes y que no dejaban de reír y divertirse, un errático golpe en el hombro lo hizo voltear hacia la derecha, se encontró con el ojeroso rostro de un joven de cabello negro. Reaccionando como un animal furioso, tomó de un brazo a hombre que le pareció vagamente familiar y lo arrastró hacia un costado de la taberna. Estrellándolo contra el muro, soltó el morral que seguía manteniendo con él y tomándolo de la solapa gruñó:
-Mi hijo, tú sabes dónde está- zamarreó al joven de rictus tan desesperado como el propio -¡¿Dónde está?!- la pregunta siendo un agónico grito.
-No lo sé…- balbuceó Quentin -Los perdí de vista… fui por un médico para ayudar a Augustin y cuando llegué, ya no estaban…
André creyó que la tierra se abría bajo sus pies y él caía directamente al infierno. Durante segundos que le parecieron eternos, cerró los ojos y boqueó por el aire que sentía no entraba en sus pulmones. Llevándose las manos al rostro, se restregó la piel buscando de alguna manera volver en sí. Cuando finalmente logró respirar, abrió los párpados, recogió el morral y tomó de un brazo a Quentin. Sin necesidad de explicación hizo parar un carro y de un empujón subió al estudiante de periodismo. Luego de indicarle al cochero la dirección de la posada en donde estaba alojando, miró fijamente a su acompañante y habló con una voz que ni él mismo fue capaz de reconocer como propia.
-Quiero todos los detalles, hasta los que juraste nunca revelar…
Quentin asintió con la garganta apretada y comenzó a relatar todo lo acontecido desde el fallecimiento de Jolie. Entre crípticas preguntas y extensas respuestas, ni cuenta se dieron de cuando llegaron a destino. A empellones André guió al joven que lo acompañaba hasta su habitación. Sentándolo frente a la mesita que servía de escritorio en el dormitorio, puso un papel y pluma sobre la superficie.
-Necesito fechas, nombres y direcciones- exigió. Al ver que la mano de Quentin temblaba, pegó un puñetazo en la cubierta de la mesa -¡Mocosos irresponsables!- gritó dejando salir la rabia que lo estaba enloqueciendo. Quentin apretó los dientes y comenzó a garabatear la información solicitada. -¿Por qué no denunciaste la desaparición?- de pronto preguntó André cargado de dolor -¿Por qué no trataste de hacer entrar en razón a François? ¿Por qué involucraron a mi hijo?- la voz se le quebró.
-Cometimos varios delitos…- murmuró Quentin con la vista pegada en sus dedos manchados con tinta –Si bien la única persona que reconoció a François, está muerta, escuché a una muchacha denunciar a François y Augustin, no dio sus nombres pero los describió… no podía decirle a nadie lo que había pasado… si los encontramos, podrían ser encarcelados y ejecutados… No sabía qué más hacer, lo lamento...
Caminando de un lado hacia otro, a veces revolviéndose el cabello y otras apoyando las manos en las caderas, André preguntó lo que le aterraba saber.
-¿Qué tan grave era la herida de mi hijo?- cerró la boca al escucharse a sí mismo, la voz sonando fría y carente de emociones.
-No lo sé…
-¡Maldición!- André se acercó a la mesa y apoyó las dos manos en la cubierta, sentía cada vello del cuerpo erizado -Mi mujer está en casa, destrozada y esperando noticias… mi hija no tiene idea de que su hermano desapareció- se inclinó hacia el joven que comenzó a temblar –Piensa en tu madre, piensa en tu familia… piensa en lo que ellos sentirían si tú fueras el que no regresa… si desaparecieras y nadie supiera de tu paradero… ¡Haz memoria, por todos los santos!
-Estaba en un charco de sangre y François le cubría el abdomen con su chaqueta… creo que fue un disparo…
André no supo cómo se dejó caer en una silla.
-Déjame una dirección en donde encontrarte… y vete…- murmuró sin dignarse a mirar al estudiante.
-Quiero ayudar…
-No involucraré en esto a un chiquillo- levantó la cabeza, los ojos convertidos en dos oscuras ranuras, solo iluminados por un relámpago de furia que se vislumbraba claramente –Y eso, es lo que ustedes deberían haber hecho… no involucrar a un chiquillo en sus planes.
-Augustin no es un chiquillo, él es…
-¡No vas a venir a decirme quien es mi hijo…!- levantó la diestra y lo apuntó, la mano temblándole de furia contenida –Lo conozco, lo crié… sé que jamás se negaría a ayudar a un amigo, sé que es demasiado hábil para su edad, sé que parece mayor de lo que realmente es… sé que no resistió ver sufrir a François…sé que es imprudente e inconsciente también— su voz tiritó en distintos tonos –¡Ustedes eran los adultos!
Quentin bajó la mirada, pero, como era su costumbre, le fue imposible callar, por lo que dijo entre dientes:
–Él sabía lo que estábamos haciendo y quiso participar, pues sabía que sin nosotros François habría...
-Lo sé… lo sé- André respiró de forma pesada –Vete, te buscaré si necesito algo más…- volteó la mirada hacia la ventana y esperó hasta que escuchó la puerta de la habitación abrirse y cerrarse, en ese momento se levantó de la silla y acercó al mueble que tenía una jarra y jofaina. De un manotazo arrojó al piso los artículos de aseo. Cerró los párpados con fuerza mientras la imagen de Augustin venía a su mente. -¿Dónde estás...?- murmuró obligándose a creer en que aún había esperanza. Cuando un par de lágrimas le escocieron los ojos, se apretó con los dedos las cuencas, no era el momento, no podía quebrarse. Respiró sistemáticamente durante un rato, cuando su mente se aclaró un poco, tomó una capa y salió, esperando que caminar en medio del frío de la noche le ayudara a pensar en sus próximos pasos, pues buscar a un par de jóvenes en París, era peor que buscar una aguja en un pajar.
Mientras deambulaba por los alrededores de lo que una vez fue la Bastilla, alzó la vista al cielo estrellado, cosa por cierto un tanto extraña en esa época del año, y recordó la algarabía que escuchó desde el camastro del hospital en el cual se recuperaba después de la toma de uno de los edificios insignes de la monarquía y su opresión. Cuando las torres comenzaron a ser demolidas por el pueblo, a punta de picotas y chuzos, gente que jamás había visto la luz del sol llegar a sus hogares, reía y festejaba el renacer de una nueva era. Su errática mente lo llevó a imaginar a Oscar aquel 14 de julio, frente a los cañones y gritando a viva voz mientras comandaba a hombres que temblaban bajo su mirada. Su temple y valentía sobresaliendo sin importar su género. Suspiró pesadamente al pensar en que desde esa fecha, habían pasado veinte años, tiempo en el cual el arrebato, temperamento y fiereza se habían apaciguado un poco en quien se transformó en su esposa y madre de sus hijos.
"¿Fue la maternidad la que te cambió, amor mío? ¿O fue la vida que te demostró que no siempre tenías que luchar?... tanto tiempo transcurrido y tantos cambios... ¿Cómo fue que cambié yo?... siempre preocupado sólo de tenerte o perderte, cuando en realidad lo más importante no podía ser más claro, no ser tu dueño ni tu esclavo, simplemente acompañarte en la felicidad o en el dolor, dolor como el que ahora sentimos y que me hace querer dar todo para que seas feliz, porque sí, lo más importante para mí es ver tus ojos refulgiendo de dicha y escuchar tu risa tantas veces esquiva, pero siempre tan dulce y perfecta. Y ahora, en estos momentos de absoluto terror, la codicia me hace querer más, porque también anhelo darte tranquilidad, poder apreciar como las líneas de expresión que el tiempo y el sufrimiento han puesto en tu rostro se atenúen hasta desaparecer, saber que pese a todo lo ocurrido, aún creas poder ser feliz. Necesito hacerte feliz… ¿Cómo podría regresar a ti con las manos vacías? ¿Cómo podríamos seguir viviendo con el dolor de perder una parte de nosotros?... ¡No, no lo haré! ¡No regresaré sin él! Tu carne y mi carne, nuestra sangre, nuestra historia, el fruto de nuestro amor… Dios, dame fortaleza para enfrentar tan terrible prueba, ayúdame a encontrar a mi hijo, pues no podría volver a mirar a los ojos de quien ilumina mis días si no lo hago. Dame alguna señal de que nuestro hijo vive, por favor… pocas veces he pedido cosas… sé que soy más que afortunado y que no tengo derecho a pedir una mejor suerte, pero esta vez… esta vez, te lo suplico. Señor, permíteme encontrarlo, déjame llevarle una buena noticia a la mujer que me ha aceptado siempre, por favor… concédeme la dicha de poder darle tranquilidad a mi familia, permíteme volver a abrazar a quien tanto se parece a su madre, necesito verlo convertirse en un hombre…"
Sintiendo que las piernas le fallaban y la garganta se le cerraba en un nudo que apenas le permitía tragar la saliva que de pronto se le agolpó en la boca, se afirmó en el barandal del puente que estaba cruzando en esos momentos. Dejando caer la cabeza, recordó cómo había comenzado el calvario que amenazaba con destrozar su vida, sintiendo un escalofrío al caer en cuenta de todo había ocurrido de forma casi sobrenatural.
Oscar despertó en medio de la noche y un día antes de que la habitual correspondencia de Augustin llegara. Sentándose con brusquedad en la cama mientras se llevaba las manos al pecho, respiró agitada mientras trataba de serenarse. André, creyendo tan abrupto despertar no era más que una pesadilla, se incorporó y salió del lecho rápidamente. Vertió agua fresca en un vaso y abrazándola de los hombros, la instó al beber el cristalino líquido mientras la besaba en la sien.
-Sólo fue un mal sueño, amor mío.
-Es Augustin…- Oscar rechazó el agua y se llevó nuevamente las manos al pecho, justo sobre el corazón -Lo siento aquí… algo le ocurrió, lo sé.
André pensó que tal angustia era parte del duelo que estaba llevando su mujer, pues era inevitable que la muerte de Fersen la afectara. En más de una oportunidad la había sorprendido con la mirada perdida en el horizonte, sosteniendo algún regalo efectuado por el fallecido conde o simplemente, pasando las noches en vela. Algunos kilos habían abandonado su cuerpo siempre delgado y esbelto, y una triste mirada se había instalado en sus ojos, aunque, para ser justos, cada vez que él estaba cerca, Oscar se esforzaba en brindarle una sonrisa, alguna suave y amorosa caricia o una palabra de agradecimiento por ser paciente y acompañarla en su dolor. Sorprendido se había dado cuenta que, pese a ver que ella sufría por alguien que no era él, no sentía celos, ¿Cómo hacerlo si aquel que era añorado ya no estaba en este mundo? y, pese a que era difícil competir contra un recuerdo, por fin había entendido que su principal enemigo era su propia inseguridad.
-Oscar, mírame- con suavidad la tomó del mentón, agradeciendo que la luz de la luna fuera lo suficientemente clara para permitirle mirarla a los ojos -Nuestro hijo está bien- le acarició con un pulgar la mejilla mientras ella negaba con la cabeza -Trata de dormir nuevamente, descansar te hará bien…
-No lo entiendes…- tomó la mano que le afirmaba el rostro y se la colocó sobre el plano vientre, afirmándola con fuerza contra la tela del camisón para que él no la quitara, siendo literal en lo que quería decir -Lo llevé aquí, sé que algo pasa… lo sé- dijo con los ojos húmedos -André, debes creerme... a primera hora iremos a París, necesito verlo.
André, notando la desesperación en la voz de su esposa, no pudo más que preocuparse también y hacer a un lado todas sus dudas. De pronto, y cayendo en un bucle de recuerdos, palabras de su abuela que estaban guardadas en algún lugar de su mente, volvieron a él: "Hijo, no sacas nada con ocultarme cuando te golpeas o sufres, una madre siempre siente lo que le pasa a sus niños" le había dicho la mujer mientras le curaba una rodilla herida temprano en la mañana, lesión que por cierto, ocultó obligándose a disimular la cojera todo el día.
Durante el resto de esa noche, ninguno volvió a conciliar el sueño. Permanecieron abrazados y en silencio, maldiciendo a la época, al tiempo y la distancia que los separaba de Augustin, incluso arrepintiéndose de la prudencia concedida por los años, deseando ser nuevamente impetuosos.
Al amanecer, dos monturas preparadas para un largo viaje salieron de la hacienda, la primera parada fue la oficina postal. Esperaron a que el carro con las cartas ingresara y prácticamente asaltaron al pobre chofer. Como Oscar ya presentía, no había correspondencia de su hijo y él siempre escribía el mismo día de la semana, pues con una madre tan amante del control no tenía más opción.
-André…- musitó Oscar antes de refugiarse en los brazos de su marido -Mi niño…
El criador de caballos, igual de afligido que ella, sólo atinó a estrecharla con fuerza entre sus brazos mientras sentía que el corazón le latía como el de un potro desbocado.
-Debes quedarte aquí y esperarlo- le dijo después de largos segundos -Mientras voy a París, él quizás esté en camino… alguien tiene que esperarlo en casa.
Oscar, no muy dispuesta al papel tan pasivo que se le proponía, asintió pues sabía que si Augustin estaba de camino a Arras, alguien tenía que socorrerlo al llegar. Restregándose los ojos secos de las lágrimas no derramadas, asintió y besó los fríos labios de su marido en señal de despedida.
-Si llega, enviaré a alguien por ti…
-Me quedaré donde siempre- completó él tomándole el rostro entre las manos -Lo volveremos a ver, te lo juro.
Ella asintió con la garganta apretada y alejándose lo miró a los ojos, diciéndole mil palabras que no necesitaban ser pronunciadas. El viaje había sido terrible, largo y angustioso. Cada kilómetro haciéndose eterno y pesándole en cada uno de los huesos.
En algún momento, del cual por cierto él no se percató, el cielo se cubrió de una densa capa de nubes, suaves gotas comenzaron a caer mojándole el cabello y hombros. Sin hacer caso a eso, André se enfiló hacia Saint Antoine, buscando revivir el último recorrido de su hijo según lo dicho por el joven Tinville. Vagó por horas, entró al burdel que fue de madame Claudette -cosa que conversaría luego con Alain-, y luego se dirigió a cada taberna que encontró en el camino, preguntando a cada joven medianamente sobrio, por algún chiquillo rubio, alto y de ojos verdes, alguien un tanto retraído pero simpático, siempre llano a alguna broma y muy impetuoso. Obviamente sólo respuestas negativas llegaron a sus oídos, de pronto, cayendo en cuenta de que no había preguntado por François, y por cierto tampoco había enviado un mensaje a Rosalie al respecto, se cuestionó su recién descubierto egoísmo, no obstante se obligó a desestimarlo, su familia estaba primero. Cuando la luz del alba comenzaba a teñir de plateado las piedras de los añosos edificios, él estaba de pie frente a la casa del ajusticiado fiscal. La chaqueta empapada y pesada, el cabello antes negro como el ébano pegado al casco y los ojos rodeados de oscuras ojeras.
Con la mano a punto de tocar la aldaba se detuvo unos segundos, pues no tenía ninguna justificación para estar ahí, además, Quentin tenía razón; dos hombres estaban muertos y si Augustin no era el perpetrador, sí era cómplice. Retrocedió sin despegar la vista del inmueble, permaneciendo cerca y expectante hasta que fue media mañana. La lluvia persistente y calándole los huesos. Cuando asumió que nada sacaba con continuar en ese lugar pues la casa parecía abandonada, se enfiló hacia el callejón donde su hijo había desaparecido. Revisó cada rincón del mismo, mas lo único que encontró fueron un par de enormes manchas oscuras sobre los viejos adoquines. Con los ojos abiertos de par en par y el corazón a punto de salírsele por la boca, observó las irregulares formas que tenía el piso, una de ellas seguramente formada con la sangre de Augustin, con su propia sangre. Acuclillado en el centro de la callejuela, se mesó los cabellos mojados mientras veía que la lluvia poco a poco comenzaba a desteñir la mácula. Perdió el sentido del tiempo en esa posición y al erguirse, un profundo dolor le atenazó las rodillas y espalda.
Siendo media tarde, arrastró los pies hasta la posada que lo albergaba, necesitaba un baño caliente con urgencia. Sin pensar demasiado se metió en la bañera que le prepararon, apenas notando que la piel se le enrojecía debido a que el agua estaba en extremo caliente, todo le daba lo mismo, el dolor físico no lo afectaba. Mientras se secaba, fuertes golpes sonaron en su puerta, rápidamente se colocó el pantalón y una camisa limpia al tiempo que gritaba que enseguida atendería. Al abrir, un familiar y muy cansado rostro lo esperaba.
-Jefe, Lady Oscar le manda esto- Basile, el soldado desertor a quien le dieron asilo, le extendió un sobre -Apenas usted viajó, ella recibió visitas.
André desdobló el papel con dedos temblorosos y leyó frenético. Apenas alcanzando a vestirse apropiadamente y guardar sus cosas nuevamente en el morral, lo tomó junto al de Augustin, se colocó la chaqueta que aún no se secaba del todo y salió del lugar como alma que lleva el diablo.
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Oscar siempre había escuchado que la muerte de un hijo era una de las cosas más terribles a las que una madre se podía enfrentar, sin embargo, y también debido a su personalidad bastante orgullosa y muchas veces altiva, jamás pensó en que alguna vez los suyos la enfrentaran a una situación de esa envergadura ¿Por qué? La respuesta era muy simple y obvia en su cabeza, superados sus temores e inseguridades maternales, se había preocupado de proteger a sus hijos hasta que los consideró lo suficientemente seguros de sí mismos, sensatos e independientes y, llegado a ese punto, confiaba ciegamente en la crianza inculcada por ella y André. Una educación de excelencia que les otorgó múltiples habilidades para defenderse, un cultivado y exigido intelecto más un alto sentido de la responsabilidad. Siempre confiando en que, a pesar de las travesuras y malos hábitos propios de la adolescencia, tanto Isabelle como Augustin, jamás le preocuparían de forma grave, pues ambos eran perspicaces, juiciosos y responsables. Además, descansaba en que el auto cuidado era la principal herramienta de seguridad y así había educado a sus dos herederos, es decir, con una versión mejorada de su propia educación.
Sin duda la vida no había sido fácil para ella, pero, a pesar de ser muchas veces intrépida y arriesgada, pudo sobrevivir sin mayores problemas. Pues pese al dolor de grandes pérdidas, siempre logró mantenerse en pie, con dificultad, claro está, pero superando cada muerte, pérdida, exilio o traición. Sin embargo ahora, y por primera vez en su vida, temía no poder sobreponerse esta dura prueba, era antinatural, los hijos debían enterrar a los padres, no al revés.
Después de caminar durante horas de un lado a otro, sin fijarse mucho en lo que hacía y sólo tratando hacer algo físico para no enloquecer, fue a la habitación de Augustin, lugar al que por cierto no se había atrevido a entrar hasta ese momento. Sentada sobre la cama que había cobijado a su hijo desde que este dejó la cuna que André amorosamente había fabricado.
"¿Y si está herido y tirado en una zanja? ¿Y si André llega demasiado tarde? ¿Y si fue asaltado? ¿O puede que alguno de sus compañeros de estudios lo haya emboscado…? Quizás hubo un incendio y está herido en algún hospital... Puede haberse desbarrancado algún carro o haberlo tirado un caballo... Siempre ha sido demasiado confiado… Maldita distancia que nos separa… ¡Dios mío!" Llevándose las manos a las sienes apretó los dedos contra la piel, tantas ideas y preguntas daban vueltas en su cabeza, se sentía descontrolada "Es mi culpa, debí haberme dado cuenta de que aún no estaba preparado para vivir lejos y solo… su inocencia casi no ha sufrido mella, su idealismo jamás ha sido frustrado de forma real, su autosuficiencia es demasiado alta, es tan orgulloso y arriesgado como yo… pero tan soñador y noble como André… ¿Quizás lo protegí demasiado? ¡No le mostré el mundo como era! ¡Debí haber insistido más en que fuera desconfiado!... ¿Quién fue capaz de dañarte, hijo mío? ¿Fuiste engañado? ¿O quizás sólo tomaste malas decisiones…?" respiró entrecortadamente "Nada de esto debería estar pasando… tan lleno de vida, siempre tan sano, tan alegre…"
Dejando vagar la vista por la habitación, se detuvo en la réplica a escala de una berlina y sus caballos, el trebejo reposaba sobre una repisa, con piernas temblorosas se levantó de la cama y fue en esa dirección.
-Este fue tu último juguete…- susurró tomando el artefacto tan finamente elaborado, de inmediato su dolor se multiplicó al recordar que Fersen lo había comprado para Augustin. Cayó de rodillas al piso con el carrito afirmado contra el pecho –Axel… ayúdame una vez más- suplicó con ardientes lágrimas quemándole los ojos y que resistía a derramar –Te lo ruego… intercede por nosotros ante el Altísimo… extiende tus brazos y mantén a mi niño en la tierra, sostenlo hasta que llegue a mi lado… tú sabes lo que es ver morir a uno de los tuyos, ayúdame… por favor- un sollozo le cortó la voz.
Sin hacer caso al entumecimiento que sentía en todo el cuerpo debido a la incómoda posición en la que se hallaba, permaneció tiempo indefinido arrodillada en la alfombra. Esforzándose en aferrarse a la más pequeña brizna de esperanza. De pronto, percibió una presencia en el umbral de la habitación, levantó la vista, el ojeroso y apesadumbrado rostro de Gilbert la observaba.
-¿Es por él?- preguntó de inmediato.
-Sí, lady Oscar… La están esperando en el recibidor- Gilbert, en un par de zancadas, se acercó y extendiendo una mano la ayudó a levantarse del piso –Martine está preparando comida para el viaje y Babieca la espera en el establo, me gustaría acompañarla.
-¿Está vivo?- preguntó aferrándose a los antebrazos del capataz –Gilbert… dime que mi niño está vivo...
-No lo sé… al parecer estaba muy mal hace un par de días- la voz del hombre se apagó –Basile está terminando de alistarse para ir por André… Augustin ya no está en París.
Oscar dejó el juguete sobre la cama y con temblorosos pasos salió de la alcoba, seguida muy de cerca por la mano derecha de su marido.
-Lady Oscar, permítame viajar con usted…
-No… debes cuidar de todo mientras no estamos- dijo apoyando las manos en la pared, tratando de mantener el equilibrio –Regresaremos sólo cuando Augustin pueda hacerlo con nosotros.
-Es posible que…
-Calla, por amor a Dios, calla- suplicó con un hilo de voz –No traeré a mi hijo en un cajón… él es fuerte, es tenaz, es joven y sano… y me está esperando, lo sé.
-Antes de viajar debería comer algo…
Oscar hizo caso omiso a las últimas palabras y apuró sus pasos. Cada metro de la casona haciéndose tortuosamente extenso, cruzando las habitaciones que separaban el ala de las alcobas con el recibidor, sintiéndose como un condenado rumbo al cadalso.
-Pierre, Claude… ¿Qué hacen aquí?- murmuró al ver a los dos hijos mayores de Girodelle y Dianne.
-Padre nos envió a buscarla…
Ella, sin pedir más explicaciones por el momento pues el tiempo apremiaba, corrió al despacho y garabateó una nota para su marido antes de sacar todo el dinero que quedaba en el cajón de reservas. Al regresar fue directo al establo, los jóvenes Girodelle estaban esperándola junto a sus empleados, se percató de que sobre la grupa de su caballo estaba nuevamente su morral de viaje y un bolso con comida. Agradeció mudamente a Martine por su diligencia y preocupación, extendió la nota a Basile.
-Llévasela a André, corre como el viento… compra los caballos que necesites- le pasó un saco lleno de monedas -Está quedándose en…
-Gilbert ya me dio las indicaciones, no se preocupe, madame- contestó el joven antes de salir disparado.
-Cuéntale a Alain todo lo que ha pasado, él te ayudará en caso de ser necesario- dijo Oscar volteando hacia Gilbert.
-También hay que hablar con tía Rosalie, François también está en casa… o al menos lo estaba hasta que salimos de ahí- interrumpió Pierre.
Oscar abrió los ojos hasta que estos casi se le salieron de las órbitas, algo malo había pasado… algo muy malo.
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Con el año 1810 avanzando a pasos agigantados, varios frentes militares desperdigados por el continente y traiciones en las propias filas, podría decirse que si bien el Imperio no había bajado la guardia en París, la misma se mantenía de una manera mucho más floja y un tanto desordenada, recurriendo a la fuerza como principal arma. Nadie imaginaba que a partir de esa época, una serie de obstáculos agotarían el poder de Napoleón, todo iniciando en su "misma casa", pues en Francia, el prestigio del emperador estaba siendo cuestionado en todos los estratos sociales debido al despotismo del régimen y las continuas guerras. No sólo las bajas humanas eran grandes, sino también millares de jóvenes trataban de escapar del servicio militar. Cuanto más se intensificaban las manifestaciones de oposición, el gobierno recurría a la censura de los periódicos, libros y a la represión policial, aumentando así el descontento en la mayoría de los franceses.
Aprovechándose de ese convulsionado ambiente, algunos aristócratas que, sabiendo jugar muy bien sus cartas, habían escapado de la guillotina y del exilio, se esforzaban en mantener activo el "Terror Blanco", amparándose en secretas reuniones contrarrevolucionarias, empresa por cierto nada fácil, pero tampoco imposible, más aún, cuando Napoleón se rehusaba a reconocer cualquier problema en su gestión.
Un día de finales de septiembre, Víctor Clemente de Girodelle llegó a París a fin de asistir a una de las secretas reuniones de antirrevolucionarias, puntualmente a la ceremonia de "Los caballeros de la orden de la fe"*. Una acción bastante temeraria y contraria a su actuar, pero, en esos momentos, necesaria. ¿Cómo se vio involucrado en ese movimiento? Irónicamente fue gracias al propio emperador, pues si bien durante años el antiguo comandante se había negado a participar de tales tendencias subversivas, una creciente preocupación lo hizo salir de la maravillosa zona de confort en la que se encontraba.
Semanas atrás había recibido en su hogar al hombre que lo visitaba sagradamente cada seis meses desde algunos años a la fecha, mensajero que llegaba sin invitación y que se marchaba como el soplo del viento de invierno. Tentado a azotarle la puerta en la cara sin siquiera escucharlo, como era su costumbre, esta vez lo hizo pasar a su despacho y escuchó en silencio las precisas instrucciones que se le entregaban. Habiendo terminado el comunicado, el individuo se marchó no sin antes dejar sobre el escritorio un papel en blanco. Víctor, debatiéndose entre arrojar o no la pequeña esquela al fuego, la sostuvo en la diestra mientras observaba a través de la ventana de su estudio a las risueñas Dianne y Angelique, ambas instalando un par de caballetes en el jardín, pues eran aficionadas a pintar bocetos de náuticos paisajes cada vez que el clima les permitía estar en el exterior.
Observando el delicado perfil de su mujer, pensó en cómo el inexorable paso del tiempo los estaba alcanzado, no sólo reflejándose en las plateadas hebras que decoraban el castaño cabello de ambos, sino que también en cómo sus hijos se convertían en hombres y su adorada niña, en una preciosa señorita. Pierre, el mayor, estaba a sólo un par de meses de cumplir dieciocho años y, luego de eso, Claude lo seguiría en menos de un año. Cerrando los ojos apretó la invitación en un puño, pues jamás habría imaginado que la mayoría de edad de sus hijos se convertiría en casi una sentencia de muerte. En el momento en que tuvieran la edad legal para la leva, recibirían la temida notificación que les ordenaría presentarse al servicio militar. "Irónicas son las vueltas de la vida" pensó, pues mientras él sólo pensaba en salvar a sus hijos de la milicia, hace muchísimos años, su único anhelo era pertenecer a un ejército "Desde el prisma de la paternidad, todo es muy diferente" se consoló ante tamaña contradicción.
Con dolor recordó la muerte de su hijo menor hace un par de años atrás, situación que, junto con arrebatarle el sempiterno optimismo y alegría a su esposa, estuvo a punto llevarla a la muerte también a ella. Al pensar en qué ocurriría si cualquiera de sus otros hijos sufría el mismo destino en la época más plena de sus vidas, tembló de miedo. Depositando la mirada al papel que aún sostenía arrugado en un puño, encendió una vela y lo colocó a contraluz, la tinta apareció como por arte de magia, indicándole la fecha, lugar y hora de la reunión.
Luego de decirle a su mujer que una gran venta de caballos estaba a punto de llevarse a cabo y que, debido al volumen de la misma, debía asistir personalmente a la ciudad, empacó sus mejores galas y rechazó el ofrecimiento de sus hijos mayores de acompañarlo. Con calma y analizando cada decisión que tomaría en el futuro, realizó el viaje a un tranquilo ritmo. Instalado en la ciudad, deambuló por las calles tratando de empaparse de los lugares que hace años no visitaba.
-Me volví un provinciano- murmuró al sentirse tan extraño en un lugar que antes podía prácticamente recorrer con los ojos cerrados.
Con las manos enlazadas en la espalda observó en las paredes de los edificios algo que en sus esporádicas visitas anteriores no había notado. Un particular sistema de numeración organizaba los domicilios, estando los números pares al lado derecho de la calle y los impares al izquierdo. Varios números repitiéndose y redistribuyéndose dependiendo de la ubicación del río Sena. Intrigado por el reciente descubrimiento, comenzó a caminar como un cachorro distraído por un pajarillo, pues sería algo interesante de comentarle a Dianne a su regreso. De pronto, el choque contra un hombre que caminaba rápidamente en sentido contrario lo desestabilizó. Al tiempo que se disculpaba por su torpeza, se concentró en mirar a la gente a su alrededor y no a los objetos, dándose cuenta de que un conocido, aunque también cambiado rostro, cruzaba frente a sus ojos con pasos rápidos y nerviosos.
Curioso y perspicaz ante tan extraño comportamiento, siguió al muchacho que cada vez se parecía más a su abuelo materno. Apuró el tranco intentando darle alcance, sin embargo sus esfuerzos fueron infructuosos, pues Augustin se desvaneció entre las callejuelas como por arte de magia.
Días después, Girodelle caminaba en medio de la noche, cada paso sintiendo que el dedo meñique le escocía en el lugar en donde hasta hace pocos minutos estaba el anillo que lo identificaba como "caballero". La cabeza bullendo como un furioso avispero, tanto que apenas lograba pensar y una pesadez en la boca del estómago que no dejaba de recordarle lo que había hecho.
-Es por mi familia- se repitió cuan mantra una y otra vez.
Cuando un par de hombres elegantemente vestidos pasó junto a él, bajó la mirada y tanteó con la diestra el bolsillo de su chalequín, "Debería haber esperado para quitarmelo" pensó al tocar el aro que descansaba entre la tela. Soltó el aire con un pesado suspiro cuando los peatones se alejaron sin tomarlo en cuenta.
-Estoy siendo paranoico…- musitó tratando de calmarse, pues nadie había dudado de sus razones para integrarse a la orden. De pronto, antes de que lograra doblar por la calle que lo llevaría a la avenida principal para tomar un coche, una revuelta llamó su atención, lo que no le extrañó demasiado, pues el barrio de Saint Antoine se caracterizaba por el poco orden público y esa era una de las razones principales para que la secreta reunión se hubiese llevado a cabo ahí ¿Quién imaginaría que lo más rancio de la nobleza se refugiaba entre plebeyos? En fin, desestimando la disputa callejera que tenía como protagonistas a un par de jóvenes rubios y vestidos de negro, se dispuso a seguir su camino. Volteando rápidamente retomó su camino… y lo hubiera seguido de no ser porque luego de varios gritos, el par de aparentes bribones pasó corriendo por su lado. Grande fue su sorpresa al verlos de cerca, reconoció de inmediato la mirada de André en uno de ellos. Aún presa del impacto inicial, pues en su vida habría imaginado ver en esas andanzas al hijo menor de Oscar, se hizo a un lado justo cuando un enorme sujeto corría en persecución de los jóvenes.
-¿Qué diablos…?- murmuró entrecerrando los ojos y llevándose la mano a la parte baja de su espalda, lugar en donde guardaba su arma.
Apuró los pasos dispuesto a seguir a Augustin, no obstante este nuevamente había desaparecido. Corriendo se dirigió al primer callejón con la pistola en la mano, una flacuchenta chiquilla estaba de rodillas en el suelo y ocupándose de un hombre que podría ser su abuelo, asqueado por la miserable imagen retrocedió dando tumbos. Corrió a otra bocacalle, al entrar percibió como un grupo de harapientos y escuálidos chiquillos se escondía entre cajones apilados en una esquina, volvió a retroceder.
-Todo sigue igual…- musitó con desazón.
Estando a punto de entrar a otra callejuela oscura como la boca de un lobo, el sonido inconfundible de dos disparos resonó a lo lejos. Enfilándose en esa dirección, llegó al lugar cuando un joven de baja estatura y cabello negro como la noche, salía del lugar con una mueca de desesperación en el rostro y apenas atinando a moverse.
-¡¿Qué diantres ocurre aquí?!- preguntó con el arma apuntando a un hombre que estaba en medio del callejón con las manos llenas de sangre, de inmediato su mirada se trasladó a los dos cuerpos que yacían en el piso -¡Augustin!- creyó gritar, mas sólo salió un estrangulado sonido de su garganta -¡Levanta las manos y aléjate de él!- ordenó al único que parecía sano y salvo.
-Yo no quería… debe creerme- musitó François quitándose el pañuelo que le cubría el rostro -Yo no…- no alcanzó a terminar de hablar, pues una fuerte bofetada le volteó la cara.
-¡Recomponte!- gritó Girodelle guardando su arma y agachándose junto al herido, rápidamente le remangó la camisa a Augustin y lo movió de un lado al otro -La bala salió…- murmuró observando una segunda herida -Dame tu cinturón- dijo sacándose la chaqueta -¡Ahora!
François hizo lo pedido y observó en silencio como Girodelle envolvía con presteza el abdomen de Augustin, quien por cierto continuaba inconsciente.
-Tómalo de los pies- al ver que el hijo de Bernard no reaccionaba, gruñó -¿Es necesario que te abofetee nuevamente?
Eso fue suficiente para que François reaccionara y actuara como debía. Entre los dos levantaron el largo cuerpo y salieron del callejón. Afirmados contra un escaparate, Girodelle colocó a Augustin de pie y colocó uno de los brazos sobre sus hombros.
-Vamos, apresúrate- instó a François a hacer lo mismo.
Así, simulando arrastrar a un joven ebrio, Girodelle guió los pasos hacia la casa de donde había salido hace menos de una hora. Al levantar la mano para golpear, recordó el anillo. Se lo colocó justo antes de que un sirviente abriera.
-Conde de Girodelle…- musitó el desconcertado criado al ver al elegante hombre despeinado y con las manos ensangrentadas, de inmediato dirigió una reprobatoria mirada a sus acompañantes.
-Es el heredero de los Jarjayes…- explicó el aludido -Manda a buscar un médico, ¡ahora!
Fue así como Augustín terminó sobre una pulcra cama y atendido por uno de los mejores galenos de la ciudad en menos de una hora. Observando el rostro pálido como la nieve y la frente perlada de sudor del herido, François permaneció como un celador junto al lecho, ni siquiera se había lavado las manos, pues no se atrevía a quitar los ojos de su amigo.
-Volveré en un par de horas- dijo Víctor entrando a la habitación -No te muevas de su lado ni hables con nadie… no digas tu nombre ni nada de tu relación con Augustin... - miró por encima de su hombro, pues pese a que la puerta por la que había entrado estaba cerrada, temía ser espiado -Y de él tampoco especifiques más de lo que me oíste decir, para todos es el heredero de los guardianes de la familia real, no menciones a Oscar, el general Jarjayes tuvo varias hijas, así que puede ser hijo de cualquiera de ellas.
El joven que parecía haber perdido el habla asintió enfático.
-Y si preguntan qué hacías con él…
-Diré que soy su criado, que me contrataron para alejarlo de los problemas.
-Bien- aprobó Girodelle antes de salir de la habitación.
Observando cada trabajosa respiración de Augustin, François perdió el sentido del tiempo. Dio un respingo cuando la puerta se abrió nuevamente. Girodelle entró seguido de un par de hombres y respaldado por el sirviente que los había recibido.
-Con cuidado, no lo muevan demasiado brusco- indicó a los que pusieron a Augustin en una camilla -Muchacho...- dijo volteándose hacia François -Ve y aséate un poco, tus señores no aceptarán verte en esas condiciones -Acompáñelo a donde pueda ponerse presentable, esperaré en la puerta trasera- le indicó al sirviente de la casa.
Este asintió no de muy buena gana, pues haber sido despertado de su sueño y además mandoneado por ese noble que se creía dueño de casa, era más de lo que consideraba justo hacer por la paga de siempre. Si su señor no le hubiere ordenado obedecer sin rechistar, otro gallo cantaría. Cada vez pareciéndole más mala la idea de esa orden secreta… "Un grupo de chiflados, eso son, gente que no acepta que ya no son nada" pensó mientras caminaba por el largo pasillo y seguido por el joven que parecía no tener lengua.
-¿Da muchos problemas el señorito? ¿Te trata bien? ¿Cuántos años llevas a su servicio?- preguntó el lacayo al que se lavaba profusamente sus manos.
-Toda la vida…- musitó François -Lo conozco desde que nació.
-Ambos se parecen… aunque él, tieso como está, tiene la detestable estampa los aristócratas, tú te ves más común… ¿Eres hijo de una criada de la casa?... digo, ya que dices conocerlo desde siempre…
-Sí, eso soy- musitó François de pronto pensando en su padre, él era hijo de un noble y de su amante sirvienta.
-Ya veo… bueno, aunque seas el primogénito, el heredero es él… los bastardos no cuentan- el hombre sonrió con burla, de pronto sintiéndose afortunado de ser sólo un sirviente y no alguien no reconocido. ¡Qué sagaz y lleno de nuevos bríos se sentía! Al parecer, después de todo, su trabajo en esa casa no iba a ser tan aburrido.
-Sí… así es- murmuró François. No habló más hasta que se vio frente a una carreta cerrada con una lona, Girodelle bajó del pescante, lugar en donde acompañaba al chofer y se acercó.
-Irás atrás con él- lo empujó en esa dirección.
-¿Dónde vamos?
-Donde yo diga, calla y sube- notó la indecisión en François -Ahora- masculló entre dientes.
El carro comenzó a moverse, sin detenerse hasta el límite de la ciudad. En ese momento, Girodelle despidió al cochero y tomó las riendas.
-¿Cómo sigue Gus?- preguntó a viva voz una vez que puso nuevamente en marcha el carro.
-Igual…
-Ven aquí, necesito saber todo- instruyó al joven. Apenas François se deslizó a su lado, continuó -Ya los estaba buscando la policía, por eso no podíamos continuar en París…- explicó en un tono conciliador.
-Gracias… nunca podré agradecerle lo suficiente…
-No necesito tus agradecimientos, necesito la verdad.
-¿Qué haré si no aguanta…?- se preguntó François ignorando las palabras de Girodelle, recién atreviéndose a expresar su más grande temor y de pronto viendo su sed de venganza aplacada, sintiéndose estúpido y miserable.
-Es tozudo como su madre, aguantará- contestó Girodelle en un intento de convencerse a sí mismo también. -No podrás volver a París…- agregó después de unos minutos.
-No pensaba hacerlo- François dejó salir el aire que estaba conteniendo en los pulmones -Debo llegar a Suiza… me quedaré un tiempo ahí.
-o-
Al llegar a destino y antes de entregar las riendas de su caballo al mozo que lo recibió, André apoyó la frente en uno de los carrillos de Othar mientras le agradecía haber aguantado el viaje. Respiró profundo varias veces y sólo se apartó de su montura cuando sintió que ya no le temblaban las piernas.
Dianne abrió la puerta antes de que él llegara al cobertizo y rápidamente lo guió hasta una habitación ubicada en el ala oeste de la gran casona. Frente a la puerta, la mujer dio dos suaves golpes a la madera para anunciarse y giró el pomo sin esperar respuesta.
-Si necesitan algo, tiren de cordón que hay sobre la cama, no importa la hora- susurró -Esta es la habitación más tranquila, la de al lado, está lista para ti y Oscar en caso de que quieran descansar- acto seguido cerró la puerta.
André observó como su esposa parecía no ser consciente de su llegada, pues estaba con los ojos cerrados y aferrando con fuerza una de las manos de Augustin. Al observarla en detalle, notó que estaba rezando debido al leve movimiento de sus labios, desvió la vista hacia la cama; El siempre alegre y sano jovencito estaba pálido, la piel cenicienta -prácticamente mortecina- el pelo corto y pegado a la testa, un par de tonos más oscuros debido al sudor, los labios casi blancos y entreabiertos.
-¿Qué dijo el médico?- preguntó después de unos segundos, desconoció su voz, pues la misma salió ronca y quebrada, como si hubiera tragado un puñado de arena.
-No sabe… sólo debemos esperar, no hay daño en los órganos… pero perdió mucha sangre y si no lo mata eso, probablemente lo haga la fiebre, el traslado lo debilitó mucho… aunque agradezco profundamente a Girodelle por traerlo a un sitio seguro- musitó Oscar, aún aferrando la mano que se resistía a soltar.
André dejó salir el aire que retenía en el pecho sin darse cuenta y caminó hasta una de las ventanas. Se paró frente a ella y observó el ocaso. Después de unos segundos, sintió que unos brazos se aferraban a su cintura desde la espalda.
-Tuve tanto miedo… no lo encontré y no sabía dónde buscarlo… vi el sitio en el que lo hirieron, aún había rastro de su sangre- la voz se le quebró -No podía encontrarlo y a nadie le importaba… mi muchacho estaba herido y perdido… y yo no podía llegar a él… nunca había sentido tanta impotencia- respiró profundo -Y no podía volver a ti sin encontrarlo...
-André…- Oscar lo abrazó más fuerte y apoyó todo su peso en él, sintiéndose agotada y frágil.
En ese momento, André giró y abrazándola con todas sus fuerzas, hundió el rostro en la curva del cuello de su esposa antes de comenzar a llorar sin hacer ruido alguno. Sólo sus hombros estremeciéndose. Ella sintió que ya no podía sostenerse en pie y también se entregó a las lágrimas que se había obligado a no derramar y que le quemaban los ojos. Sin darse cuenta terminaron arrodillados en la alfombra, ambos sosteniéndose con la poca fuerza que les quedaba y dando rienda suelta al dolor que sentían los estaba destrozando, dolor que contradictoriamente se mezclaba con el alivio de estar juntos otra vez. Cuando los sollozos remitieron, André se limpió la nariz con un arrugado pañuelo que sacó de su bolsillo e hizo lo mismo con su esposa, mientras ella le secaba los restos de lágrimas con los dedos.
-Lo logrará- musitó Oscar apoyándose en el pecho de su marido -Sé que lo hará… aunque nadie lo crea, yo lo sé… lo siento en mis huesos...
André, por toda respuesta, la besó en la cabeza mientras rezaba porque ella tuviera razón.
La noche transcurrió de forma tortuosa y sin aparentes mejorías para el herido. André y Oscar se turnaron para cambiar los paños fríos con que le cubrían la frente a Augustin y refrescarle el cuerpo cada cierto tiempo. Además de eso, se empeñaron en dejarle caer pequeñas cantidades de agua en los agrietados labios de forma periódica, pues una de las cosas que siempre repetía Jean, era la importancia de la hidratación en estados febriles.
Cuando Dianne entró a la habitación con una charola con té, leche, quesos y tostadas. Recién se dieron cuenta de que estaba amaneciendo, ambos se obligaron a comer, cada uno sintiendo que si ellos dudaban en su mejoría, Augustin dejaría de luchar, pues a ojos del médico que lo había revisado horas atrás, era un milagro el que aún no muriera. Cerca del mediodía, André desapareció para darse un rápido baño y así desperezarse. Al volver a la alcoba, Oscar fue a hacer lo mismo; en el momento en que quedó solo acompañando a Augustin, la puerta se abrió y Girodelle entró. Luego de un fuerte abrazo compartido, ambos amigos se sentaron junto a la cama. André escuchando atentamente el relato de Víctor, el cual corroboraba todo lo dicho por el joven Tinville en París.
-Deberíamos haber hecho lo que ustedes…- comenzó a hablar André, al notar la mirada confundida de su amigo, aclaró -No enviarlo a París, podría haber tenido una buena educación en Arras…
-No creas que cerca del nido, no hay problemas- lo tranquilizó Víctor -Nuestra decisión sólo se basó en que Dianne no resiste tenerlos lejos- sonrió con dulzura al pensar en su mujer -Hasta usó como argumento que el aire costero era beneficioso para las mentes en desarrollo…- palmoteó con afecto la espalda de André en un gesto de apoyo que decía más que cualquier palabra. Respiró profundo y continuó con el tema que lo tenía atragantado -Un barco mercante zarpa mañana al amanecer, si todo sale bien, François, Pierre y Claude se marcharán en él… ¿Quieres acompañarme a dejarlos?
-No- contestó con seguridad -No quiero decir nada de lo que más adelante me pueda arrepentir, crié a François como a un hijo y siempre le tendré aprecio… pero ahora mismo, ni siquiera quiero mirarlo.
-Entiendo… André, todos nos hemos equivocado siendo jóvenes, nosotros mismos hicimos tantas estupideces, que es un milagro el que aún sigamos con vida... además, Augustin también es responsable.
-Lo sé- depositó la vista en el rostro de su hijo -Pero ahora no quiero ser generoso ni comprensivo… no puedo hacerlo- respiró profundo -¿Le dijiste a Oscar algo de lo que te contó François?
-No… él me pidió que no lo hiciera pues hablaría directamente con ella.
André asintió con la cabeza y guardó silencio. Después de un largo rato, en el cual nuevamente quedó solo acompañando a Augustin, Oscar regresó a la habitación. Apenas entró, dejó un sobre encima de una mesita lateral.
-Es para Rosalie- dijo con la voz carente de emoción -François me pidió se la entregara- estirando las arrugas inexistentes de su pantalón se sentó junto a André -Ve a comer algo- miró hacia una de las ventanas, un nuevo ocaso se hacía presente -Esta será una larga noche…
-¿Ya sabes lo que pasó?
Ella asintió y tomó la casi inerte mano de Augustin entre las propias, llevandosela al rostro, apoyó en su mejilla la palma que sostenía.
-Nuestro hijo decidió ayudar a un amigo… y lo hizo porque no podía dejarlo solo, sus principios son tan grandes como su inmadurez- suspiró -No culpo a François, pues en su lugar... probablemente habría hecho lo mismo, el dolor nos hace cometer errores- miró a los ojos de su marido -Entiendo tu enfado, pero eso no lo hace correcto ni justificable. Augustin tomó una decisión y como consecuencia de ella, salió perjudicado… y eso, no hace de François su victimario… lo hemos visto crecer, sabemos que no es mal muchacho.
-Necesito tiempo- dijo André levantándose de la silla -Iré por algo de comer, conseguiré algo para ti también- inclinándose besó la frente de su mujer antes de salir.
-André…- Oscar esperó a que su marido volteara hacia ella -Siempre has sido generoso y comprensivo, no dejes que el dolor te nuble el juicio.
-Pero también soy egoísta, celoso y rencoroso, quizás sólo no te has dado cuenta de ello- posó la vista en la cama -Vuelvo enseguida.
-Claro que lo sé- musitó ella antes de que André abandonara el umbral -Pero así y todo, eres mucho más que eso- respiró profundo cuando la puerta se cerró después de sus últimas palabras, estaba segura de que él la había oído. Levantándose de la silla, comenzó la tarea de cambiar el paño que enfriaba la frente de Augustin. Luego de eso, cuando revisó la venda que se ajustaba a la cintura de su hijo, el amarillento líquido que supuraba de la herida la hizo perder la respiración. Corriendo salió de la alcoba, necesitaban un doctor de forma urgente.
Después de una nueva revisión médica, Augustin abrió los ojos, o al menos eso pensó él que hacía, aturdido por el dolor que no sólo sentía en la herida, sino también en la cabeza, articulaciones y los huesos. El cuerpo le abrasaba como si tuviera fuego bajo la piel, se retorció en un intento inútil de huir del calor. De repente, unas manos descendieron hasta él mientras unos brazos lo levantaban desde los hombros. Sintió el frescor de algo húmedo recorriéndole la piel del cuello, hombros y pecho. Agradecido de ese alivio, intentó hablar, mas sólo salió de su boca un lastimero quejido.
-No te muevas… quédate quieto, hijo- le dijo Oscar con voz calma mientras le mojaba nuevamente el rostro -Traga esto.
André lo levantó un poco más para que pudiera tragar el líquido que Oscar le vertía con una cuchara en la boca, ambos esperando que el opiáceo le permitiera descansar de las convulsiones. Augustin tragó haciendo una mueca, enseguida Oscar le colocó un vaso con agua fresca entre los labios.
-Bebe un poco más- le ayudó empinando en vaso mientras le afirmaba una servilleta bajo el mentón.
El enfermo se dejó caer en los brazos que lo sostenían mientras manoteaba en búsqueda de las manos que lo ayudaban tan amorosamente. En un segundo de lucidez, enfocó la vista y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver frente a él a quien adoraba desde siempre.
-Mamá…
-Aquí estoy, mi niño…- le acarició una de las enfebrecidas mejillas -Descansa, debes guardar tus fuerzas.
-Dile a papá... que... me perdone… me he equivocado… tanto...
Oscar sintió que un nudo en la garganta apenas la dejaba respirar.
-Todo está bien- musitó André depositándolo con cuidado sobre las almohadas -Mi muchacho insensato… todo está bien- le besó la frente apenas conteniendo las lágrimas que le picaban en los ojos. Respirando profundo se obligó a tranquilizarse -Quizás debiéramos ceder a que lo sangren…- dijo al ver que Augustin volvía a caer en la inconsciencia y recordando la última recomendación del médico.
-No- contestó enfática -Despertó unos segundos y eso es un avance, estoy segura de que Jean no aprobaría ese barbárico método, la fiebre lo tiene agotado, una nueva hemorragia lo debilitaría aún más, lo que necesita es recuperar la sangre perdida, no lo contrario.
-Pero la herida…- André se estremeció al recordar el aspecto del abdomen de su hijo, apenas había logrado mantenerse en pie cuando le habían quitado las vendas.
-Miel y cebollas…- musitó Oscar hablando consigo misma -¡Eso es!- levantó la vista -Ve con Dianne y pídele eso… agua caliente, también.
-No entiendo…
-Ve, recuerdo lo que hizo Jean en tus curaciones… ¡ve ahora!- se levantó de la silla en donde estaba sentada llena de determinación -Nadie me quitará a mi hijo, es fuerte y sano… ni siquiera ha sufrido un resfrío en su vida…
André no fue capaz de contradecirla, pues sabía que lo único que la mantenía entera era su obstinación, sin perder tiempo fue ha hacer lo indicado. A los minutos regresó acompañado por los dueños de casa.
Girodelle, que había visto más de una herida en su época militar e intuía lo que su amiga quería hacer, comenzó quitarle la venda a Augustin mientras Dianne picaba las cebollas según las indicaciones de Oscar, procediendo a estrujarlas hasta que estas quedaron tiernas y acuosas.
-André, ayúdame… esto no será agradable- dijo Víctor -Tenemos que afirmarlo porque no se quedará quieto.
Una vez que los dos hombres tuvieron a Augustin afirmado de piernas y brazos, Oscar colocó algunas toallas bajo la zona a lavar para enseguida tomar un pocillo lleno con agua caliente y comenzar a limpiar la herida. Apenas terminó, Dianne le puso en la mano una solución de agua con sal.
-Insiste con esto, trata de que el agua entre en la herida- le dijo -Afírmenlo con fuerza- instruyó a su marido.
Oscar procedió a verter el líquido sin temblar, pues en el momento en que el agua salada tocó la herida, Augustin empezó a encorvarse contra la cama, como si quisiera huir del tormento que le estaban provocando.
-Ahora, esto- Dianne le quitó de las manos a Oscar el pocillo y lo cambió por otro, al ver que ella arrugaba la nariz y titubeaba, explicó -Es vinagre y ajo… con cuatro revoltosos niños, los arañazos y raspones son pan de cada día, ayuda a acelerar la cicatrización. Ya que estamos probando con cosas naturales, no escatimemos.
-Medidas desesperadas- musitó Oscar mientras empapaba un paño en la solución.
Al momento de aplicarlo sobre la herida, André y Girodelle desviaron la mirada al ver cómo esta casi burbujeaba y Augustin, gemía de forma lastimosa mientras gruesas lágrimas escapaban de sus ojos aún cerrados. Terminada la tarea de limpieza, Oscar esparció la miel sobre la herida que ahora presentaba un "saludable" color rosado y luego, colocó la pasta de cebollas que Dianne había preparado. Lo vendó con telas limpias rápidamente. Augustin ya no se movía, el calvario de la curación lo había sumido en la inconsciencia. En ese momento, André enderezó su dolorida espalda y sacando su reloj de bolsillo miró la hora, eran las cuatro de mañana.
-Víctor, ya casi es hora- dijo apenas creyendo como había transcurrido el tiempo.
-Así es…- el aludido se enderezó mientras estiraba las mangas que se había remangado -Acompáñame- le dijo a su amigo -Si no lo haces, sé que luego te arrepentirás.
Oscar asintió apenas la mirada de su marido se posicionó sobre ella.
-Ambos estaremos aquí a tu regreso- lo animó.
André asintió, todos tenían razón, había criado a François como a un hijo y además, le debía a Bernard ponerlo a salvo, tenía que honrar la promesa hecha años atrás. Oscar quedó sola al cuidado de Augustin hasta que, rato después, entró Dianne a acompañarla; la mujer tenía los ojos y nariz congestionados, claras señales de haber llorado profusamente.
-Estarán bien…- musitó Oscar entendiendo lo difícil que había sido para la hermana de Alain despedirse de sus hijos mayores.
-Lo sé…- dijo depositando una bandeja sobre una mesita que estaba en una esquina -Tomemos un té, lo necesitamos- se acercó con una humeante taza.
-La verdad, es que prefiero algo un poco más fuerte- Oscar sonrió por primera vez en días, la fiebre de Augustin había comenzado a bajar lentamente y eso la llenaba de esperanzas.
-Creo que yo también- contestó Dianne con las mejillas coloradas antes de salir de la habitación. Regresó casi enseguida con dos botellas afirmadas contra su pecho y un par de copas en las manos -Sé que prefieres el vino… pero lo mío, es el oporto- guiñó un ojo mientras le mostraba los diferentes licores antes de proceder a servir.
-Nunca imaginé que…
-¿Que también bebiera?... bueno, a veces me fallaba la paciencia con tantos niños y esto, es un buen calmante…- le entregó una copa a Oscar al tiempo de que se sentaba a su lado con otra para ella -Aunque un par de veces se me pasó la mano… en realidad, creo que tres veces ocurrió, justo antes de mis tres últimos embarazos… buscando calma, terminé con más niños a cargo- comenzó a reír al ver que Oscar la miraba impactada -Vamos, no pongas esa cara… soy una Soissons, si mi hermano supiera que puedo beber casi tanto como él, estaría orgulloso de mí -bromeó haciendo que su interlocutora se atragantara con el vino.
Una vez que Oscar dejó de toser, miró los tranquilos ojos de Dianne y sonrió antes de hablar.
-Gracias por cuidar de mi hijo, estaré eternamente en deuda con ustedes- dijo con sinceridad.
-Lo que pasamos con Víctor, no se lo doy a nadie- musitó una emocionada Dianne, tratando de alejar los dolorosos recuerdos de su hijo fallecido, sacudió la cabeza y sonrió -Además, ¿Cómo no íbamos a ayudar a nuestro futuro yerno?
Oscar abrió la boca impresionada.
-Vieras lo que me ha costado mantener a Angelique fuera de esta habitación, esa muchacha es tan apasionada como su padre… obstinada en hacer algo para ayudar a su adorado Augustin, aunque sea a la distancia, no ha dejado de rezar desde que llegaron… incluso ofreció al Señor hacer ayuno hasta que "su" Gus abriera los ojos…- llevándose un dedo al mentón cerró los párpados y frunció el entrecejo -"Esos maravillosos ojos que son las verdes praderas en donde quisiera descansar toda mi vida… ¿Cómo podría vivir sin volver a ver los destellos dorados que salpican sus pupilas o su perfil tallado por los Dioses"- recitó recordando las palabras de su hija -Creo que heredó todo el romanticismo y locuacidad de Víctor… y eso que no la has visto batir las pestañas cuando habla de Augustin.
-Dios mío…- murmuró Oscar posando la vista en el apuesto rostro de su hijo, quien que por cierto, ahora respiraba sin esfuerzo y sumido en un tranquilo sueño -¿Qué haremos?
-Mantenerlos vigilados hasta que tengan edad suficiente… no deseo ser abuela aún ni quiero duelos en defensa de la honra, aunque Pierre y Claude estén lejos, Antoine y Clemente son igual de escandalosos, todos con ese sentido del honor tan propio de Víctor. Será tarea de ustedes controlar a Gus, suficiente tengo con los míos- guiñó un ojo mientras daba un largo sorbo a su copa -No vaya a ser que en un descuido se nos pierdan de vista y mi niña llegue convertida en mujer después de un paseo por el campo- comenzó a reír al ver que Oscar nuevamente se atoraba con el vino -¡Es una broma! ¡No te asustes!... como si alguien fuera capaz de perder la virginidad sobre el pasto…- dijo levantándose de la silla para servirse más licor.
Oscar, colorada hasta la raíz del cabello, sólo atinó a asentir mientras se prometía a sí misma hablar personalmente con Augustin si era necesario, pues su familia tenía bastantes historias de encuentros apasionados en los prados. Después de unos segundos vació su copa y, mirando el amanecer que se anunciaba a través de las ventanas, agradeció por ese momento de tranquilidad. Algo le decía en su interior que lo peor ya había pasado.
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André se ubicó al final del grupo que encabezaba Girodelle y luego los tres jóvenes que cargaban sus morrales de viaje, cada uno sumido en sus propios pensamientos y apartándose por inercia de tráfico de hombres con cajones, barriles, toneles, alambres y animales que se movían de un lado a otro en el puerto. Abstraídos del ruido que hacía de la noche una jornada diurna. En medio de la brumosa oscuridad del amanecer, esa que no termina de definir cuando comienza un día, observó atentamente la actitud de su amigo por sobre las personas que lo rodeaban, pues esta no dejaba de llamarle la atención. Lo veía inquieto, demasiado alerta y siempre mirando hacia atrás, como si temiera ser vigilado. La garúa de la costa le provocó un escalofrío, sintiendo en los huesos y articulaciones el cansancio acumulado de los días pasados, no pudo evitar preguntarse qué pinta tendría, pues no se afeitaba desde su salida de Arras, siendo esa también la última noche que había dormido más de un rato.
Mientras expulsaba el aire de sus pulmones, formando una gruesa voluta vaho, pensó en Bernard al observar la espalda de François, ya que, a excepción del cabello, ambos eran prácticamente iguales; notó sus anchos hombros caídos, como si cargara el peso del mundo en ellos, no obstante sus trancos eran largos y decididos, cada paso golpeando los adoquines del puerto. Al verlo así, desde lejos, hizo un sentido mea culpa, pues en ese momento se dio cuenta de que, durante tanto tiempo, estuvo únicamente preocupado de los errores cometidos por el joven, dejando de poner atención a sus cambios y olvidando sus virtudes. El muchacho se había convertido en hombre frente a sus ojos y él, cometió uno de los mayores errores: continuar viéndolo como a un chiquillo cuando desde hace mucho ya no lo era. Recordando las palabras de su mujer, convino en que Oscar tenía razón, el dolor es mal consejero y François había pasado por lo indecible y, con brutal honestidad, pudo darse cuenta de que en realidad nadie lo había acompañado en su calvario, cada uno siguió con su vida como si nada, pues el no conocer a Jolie había provocado una desconexión del dolor de quien aún la lloraba y él, por su parte, era el peor. Él, que siempre se jactaba de haber criado al hijo de Bernard como propio, había desaparecido de su vida sin más, culpándolo primero por haberse involucrado con Isabelle y luego, por arrastrar a Augustin en su venganza.
Cuando las tablas del embarcadero retumbaron bajo las suelas de sus botas, salió de los pensamientos que no dejaban de arremolinarse en su cerebro y fijó la vista en quien comandaba el grupo. Girodelle se metió la mano a un bolsillo en un gesto que no entendió del todo, pues pareció colocarse algo que no alcanzaba a distinguir, enseguida el marido de Dianne desvió el camino hasta una barca que destacaba entre varias debido a su sólida estructura. No fue necesario acercarse demasiado para notar que la tensión que había percibido en Girodelle aumentaba. Aceleró los pasos y tomando a François de un hombro, lo detuvo haciendo que se colocara detrás de él, la misma maniobra repitió con Pierre y Claude. Llevándose la mano a la parte baja de la espalda, agarró la empuñadura de su pistola y se acercó a Víctor en el momento en que este estrechaba la mano de un hombre que estaba junto a la barcaza. Abrió los ojos desmesuradamente al notar que ambos compartían la misma sortija, la cual, por cierto, nunca antes había visto.
-Girodelle… necesito hablar contigo- dijo en voz baja y amparándose en el ruido del trajín del puerto.
El aludido asintió y, luego de murmurar algo al hombre con el que se había reunido, siguió a André hasta un costado.
-¿Qué diablos pasa? ¿Cómo conseguiste tan rápido a alguien que sacara a los muchachos del país? ¿Qué haces con ese anillo? ¿En qué diablos te metiste?
-Calla, hombre… por Dios- Girodelle se pasó la mano por el cabello en un gesto nervioso, peinándose hacia atrás -Confía en mí, sé lo que hago.
-Algo no me huele bien…
-Es normal, estamos en un muelle…
-Ese sentido del humor no va contigo- retrucó André.
-Vamos... no perdamos tiempo, me están haciendo un favor… no hagamos esperar más a la barcaza. Después hablaremos con calma.
Girodelle dio media vuelta y fue donde estaban sus hijos. Antes de que se terminara de acercar, vio que Pierre le pegaba un puñetazo a uno de los remeros. De inmediato todo se transformó en un enredo de puños y patadas. Claude, que estaba un poco más atrás, saltó como impulsado por un resorte contra un marino que sacaba un puñal para herir a su hermano mayor por la espalda, dándole una patada que desafiaba a cualquier ley de gravedad lo derribó dejándolo inconsciente en el suelo. François mientras tanto, empujaba a un hombre que parecía de mayor rango y que se empeñaba en también golpear a Pierre, toda vez que este continuaba dando vueltas en el piso enzarzado a puñetazos con el remero.
Lo que parecía que no sería más que una riña típica de puerto, fue transformándose en algo mucho más grave cuando el hombre que aún era detenido por François, sacó una navaja y se la ensartó a Claude en un hombro luego de sacar de en medio al hijo de Bernard con un cabezazo en plena nariz. Mientras este caía al piso con el rostro lleno de sangre, el segundo hijo de Girodelle aterrizaba de espaldas en la madera mojada y afirmándose el brazo herido.
-¡No!- gritó Victor al ver que el hombre se abalanzaba sobre Claude para finiquitarlo con una puñalada en el pecho, deteniendo su marcha y prácticamente sin pensar, levantó un puñal que había sacado de su cinturón a la carrera y lo lanzó. El atacante de su hijo cayó con el cuchillo enterrado en el cuello, la sangre saliendo a borbotones y tiñendo el suelo. Apenas notó que André pasó corriendo por su lado con un arma en la mano.
Las armas de André y del hombre del misterioso anillo, que hasta ese momento no se había involucrado en la refriega, quedaron frente a frente; ambos apuntándose con el pulso firme. Todo yéndose al garete.
Pierre, que se había separado de su contendor después de ver pasar un cuchillo frente a sus ojos, estaba apretando un pañuelo contra el hombro de su hermano, que aún yacía en el piso, mientras François permanecía de pie y con un arma en la mano, la cual apuntaba al remero que se había enfrentado al mayor de los hermanos. En cuanto al hombre derribado por Claude, este sacudía la cabeza de un lado al otro recobrando el conocimiento.
-Nada de esto es necesario- murmuró Girodelle con ambas manos en alto y en señal de paz.
-Mataste a mi segundo- dijo el que apuntaba a André.
-Él iba a matar a mi hijo- contestó Girodelle -¿Tu segundo era vuestro consanguíneo?- el hombre calló y apretó la mandíbula -Supongo que no… mi hijo tiene mi sangre, sangre noble… llegada la edad adecuada, será un caballero- dijo con los ojos cargados de un frío destello, el cual no pasó desapercibido para André, que por cierto seguía con el arma en alto y el dedo en el gatillo. -Una promesa de caballero, no se rompe- continuó hablando sin titubear -Hicimos un trato y este se debe cumplir.
El hombre asintió y levantó lentamente el arma sin despegar la vista de Girodelle, con la pistola apuntando al cielo quitó el dedo del gatillo. André no dejó de apuntarle hasta que vio que su repentino rival guardaba el arma en su cinturón.
-Rápido François, Pierre- Girodelle bajó las manos y apuró a los jóvenes -Deben subir a ese barco antes de que llegue la policía, está clareando el alba y este jaleo no pasará desapercibido. Claude no viajará herido, no puede hacerlo.
-Si él no va, yo tampoco- gruñó Pierre aún protegiendo la herida de su hermano -No estaré en el exilio mientras a él se lo lleva la leva.
André se acercó a François, que también ya había guardado su arma.
-¿Estás bien?- le preguntó ofreciéndole un pañuelo limpio.
Este asintió mientras se colocaba la tela en la parte delantera del rostro, enseguida y con un rápido movimiento, tiró de la punta de su nariz hacia abajo, rehubicándose el tabique nasal tal y como una vez se lo había explicado su padrastro.
-Ahora lo estoy- murmuró primero limpiándose la nariz de la sangre que aún le manaba y luego secándose las lágrimas que por reflejo habían escapado de sus ojos.
-¿Crees que es seguro subir a ese barco?- preguntó André, aguantando el escalofrío que le recorrió la espina dorsal al escuchar el crujido del hueso encajándose.
-Me las apañaré- el joven encogió los hombros -Es eso o la guillotina, asesiné a dos hombres… y uno de ellos era muy importante.
-Podemos alegar que asesinaron a tu familia.
-Nadie lo creerá…- se limpió la nariz nuevamente -Hice lo que tenía que hacer… sólo lamento haber involucrado a Augustin.
-Él tomó sus propias decisiones- murmuró André tomando a François de los hombros -Cuídate, no dejes que nada te pase, por favor.
El joven asintió con un seco movimiento y se alejó, luego de darle la mano a Pierre y Claude, se despidió de Girodelle y saltó dentro de la barcaza, donde, por cierto, ya estaban instalados los dos remeros que permanecían con vida, magullados y malhumorados, pero atentos a las órdenes de su señor. Se acomodó en el piso, a un costado del fallecido.
-Una deuda de caballero se paga, no lo olvides- dijo el hombre del anillo desde la barcaza mientras esta comenzaba a moverse.
-La sangre de mi hijo pagó la de tu segundo.
-No me refiero a eso- miró de reojo a François -Me debes un favor, un favor a la causa.
Girodelle asintió y le sostuvo la mirada hasta que la barcaza se internó en el mar. En ese momento, ayudó a ponerse de pie a Claude.
-¿Cuál de los dos me va a explicar qué diablos pasó?- preguntó a sus hijos.
-Ofendieron a mamá…- comenzó a hablar Pierre.
-¡Y a Angelique!- agregó Claude.
-Dijeron que con el apuro del viaje, no habían alcanzado a ir a ningún burdel y por eso tendrían que menearsela durante semanas- continuó Pierre.
-Y que deberíamos ir acompañados por alguna hembra de la familia en pago por las molestias, que aunque fueran perras nobles, servirían para el afán- finalizó Claude.
-Ya veo…- Girodelle movió la cabeza, entendiendo perfectamente la reacción de sus hijos y conociendo el combustible temperamento Soissons.
-No debes preocuparte, papá. Quedarnos no es tan malo… preferimos eso a huir sin honor, nunca estuvimos de acuerdo en mancillar el nombre de nuestra familia.
-Ya veremos que hacer…- suspiró pesadamente -Antes de ir a casa, pasaremos donde el médico para que te revise- palmoteó el hombro sano de Claude -No quiero provocarle una aflicción a vuestra madre… suficiente tendrá con verlos llegar de regreso- empujó a sus hijos para que se adelantaran, tranquilizándose al ver que el menor parecía moverse sin demasiadas complicaciones, seguramente la cortada no era profunda y algunas puntadas bastarían como remedio. Antes de volver a caminar volteó unos instantes hacia el océano, fijando la vista en el barco que debían abordar y negó con la cabeza; había tomado la decisión correcta, pues en alta mar, una herida por muy superficial que fuera, podía matar hasta al hombre más fuerte.
-Víctor…- André tomó de un brazo a su amigo, este giró hacia él -¿Te dijo François cuándo regresará?
-No.
Esta vez ambos hombres miraron el barco a lo lejos, el mismo comenzaba a desplegar las velas mientras el puerto seguía con su tráfago, nadie reparaba en la enorme mancha de sangre sobre el muelle y la luz del día abarcando todo a su paso.
-¿Qué fue toda esa perorata de los caballeros, la sangre noble y la causa?- preguntó André después de unos minutos -Sabes que puedes confiar en mí.
-Amigo mío, le vendí mi alma al diablo.
Continuará…
¡Listo! ¡Por fin el capítulo vio la luz! No saben cuánto me costó, hablar de los sentimientos paternos es difícil cuando no tienes hijos y no quería ofender a nadie ni ridiculizar o minimizar las aprensiones, así que espero haber llegado a un punto, al menos, medio. Espero les haya gustado el capitulo, y si fue así… ya saben, el botón para los "Review" está justo abajo, no necesitan estar registradas como usuarios ni dejar grandes análisis, digan lo que quieran, conclusiones, opiniones, vaticinios, etc.
Mil gracias a las amigas lectoras que siempre dejan algún comentario, agradezco cada uno de ellos y los leo con avidez. Es maravilloso saber lo que piensan y darme cuenta que hasta fuera de latinoamérica leen esta historia. Thanks a lot to the friend that write in english e agli amici italiani. Y a las que sé que leen y no dejan comentarios por flojera, reciban mi mirada de rasho laser… Recuerden, ¡Quien no deja review, es paco!
Siguiendo con los agradecimientos, gracias a Emil, Eödriel y Krim por ser el dream team soñado, exigentes y siempre animando. Me ayudan sus ojos y cerebros. Krimhild, te prometo que dejaré de sobreexplicar, algún día… pero lo haré XD… te doy mi palabra de marginal.
Ahora, a continuación, las notas históricas que están bien entretenidas, las animo a leerlas:
(*) El terror blanco: Se denominó de esa manera, en Francia, a varios episodios de represión y terror llevados a cabo por los monárquicos contra sus oponentes. Su color emblemático era el blanco, por ser éste el color de la monarquía borbónica. En contraposición, se llamó "Terror Rojo" al período represivo en el que fueron los jacobinos los principales instigadores y ejecutores. La primera ola de terror blanco, fue llamada reacción termidoriana porque tuvo lugar bajo la Convención Termidoriana, en 1794 y 1795. En este periodo se persiguió a los jacobinos en reacción al terror rojo recién acabado. en 1799, bajo el Directorio, el terror blanco fue dirigido no solo hacia los jacobinos, sino que también como otras corrientes republicanas. En 1815, después de la caída de Napoleón y al llegar al trono Luis XVIII, grupos clandestinos de monárquicos emprendieron asesinatos y masacres de personalidades y militares republicanos, bonapartistas y liberales, todo con la complicidad de las autoridades que se encargaban de la represión oficial y de la depuración de las instituciones. La represión fue alentada por los ultra-realistas, liderados por el conde de Artois y futuro Carlos X, hermano del rey Luis XVIII.
(*) Los caballeros de la orden de la fe: Fue una sociedad secreta que se fundó en 1810 para defender el catolicismo y a la monarquía legítima. Durante el periodo del primer imperio, tuvo como objetivo la restauración de la monarquía francesa. Luego, durante la Restauración, los "caballeros" se organizaron en la tendencia parlamentaria de los ultra realistas, antes de dispersarse en 1826. La sociedad de los caballeros de fe, tenía como modelo organizativo la masonería, también usaban consignas y signos de reconocimiento. Todos los caballeros simples tienen un anillo bendecido, dentro del cual estaba grabada la palabra caritas, los caballeros hospitalarios tenían un rosario con una cruz de ébano y los caballeros de la fe, tenían uno con una cruz de plata. Por lo tanto, también practicaron ceremonias de iniciación. Arrodillados ante un crucifijo, rodeados de luces, los caballeros juraban por el secreto de los evangelios, la obediencia y la lealtad a Dios, el honor, el Rey y la Patria. Finalmente recibían un golpe en el hombro y un abrazo de los otros caballeros, para finalmente ser verdaderos caballeros.
(*) El 04 de febrero de 1805, se establece un decreto por el que se establece la numeración de las casas de París. Este decreto precisa que en las calles perpendiculares u oblicuas al río, la numeración debe ser de color negro sobre un fondo ocre; en la calles paralelas lo será de color rojo sobre el mismo fondo. Además, esta numeración se ejecutará al óleo y, por primera vez, a cargo del municipio de París. Aquí los puntos más llamativos del decreto dictado. "La numeración se establecerá por una misma suite de números para la misma calle y por un solo número que se colocará en la puerta principal de la vivienda. Este número se podrá repetir en las otras puertas de la misma casa, cuando se abran en la misma calle que la puerta principal; en caso de que se abrieran en una calle diferente, tomarán el número de la serie perteneciente a esa calle (…) La serie de números estará formada por números pares para el lado derecho de la calle y números impares para el lado izquierdo (…) El lado derecho de la calle se determinará, en las calles perpendiculares u oblicuas en relación al Sena, por la derecha del transeúnte hacia el río, y en las paralelas, por la derecha del transeúnte caminando en el sentido que corre el río (...)
Gracias a Emil Sinclair por enviarme este aporte histórico en nuestras ñoñas conversaciones jajaja ¿Qué sería de esta rata de biblioteca sin su compinche de la misma especie?
