—¿Cómo te sientes? —preguntó Ripper en el pasillo, y su voz denotó la preocupación que no se había permitido mostrar delante de Geese-sama. Tanto Billy como su jefe necesitarían días para recuperarse, pero la mejor manera de tratar con ambos era recurrir a cierta semblanza de normalidad. Geese-sama se estaba comportando como durante un día laboral cualquiera, y no quería que lo molestaran con preguntas sobre su salud, a menos que fuera hora del monitoreo que el médico había recomendado. Billy no parecía saber con claridad cómo debía actuar aún. La conmoción de ver a Geese-sama lastimado no lo había abandonado por completo. En ese momento, el joven no parecía un guardaespaldas. Una mezcla de emociones se agitaba en sus ojos. Ripper podía reconocer la preocupación de Billy por su jefe, pero también veía una profunda rabia, y un abatimiento impropio—. Geese-sama se va a recuperar. Aunque suene increíble, ninguna de las lesiones pone en riesgo su vida —acotó el secretario, para calmar al joven.

Billy lo miró con alivio, pero pronto apartó la vista, apesadumbrado. Ripper continuó, usando el tono neutro con que solía hablar en la oficina:

—Encontré algo en el rascacielos. Algo importante. No me pareció adecuado comentarlo con Geese-sama y necesito saber qué hacer con esto. —Ripper introdujo una mano en su bolsillo y le mostró a Billy una pequeña caja transparente que contenía un disco—. Es de la cámara de seguridad del último piso. Hasta donde sé, nadie ha visto la grabación.

—Es la... —murmuró Billy tomando la caja.

—Es la pelea contra Terry Bogard —asintió Ripper y Billy mostró sorpresa. El último piso del rascacielos era de uso exclusivo de su jefe, y las cámaras de seguridad solían estar apagadas. Geese debía haber ordenado que fueran activadas, para tener un registro de aquel enfrentamiento.

Ripper continuó hablando, y pasó a temas más generales. Tal como había prometido, reportó sobre la situación en Geese Tower. Las autoridades federales habían querido aprovechar el rumor de la muerte de Geese para allanar el rascacielos y obtener finalmente pruebas concisas sobre sus negocios turbios, pero los secretarios y los abogados de Howard Connection habían conseguido detenerlos. En la Torre, las oficinas seguían operando como de costumbre.

Las cosas en la ciudad estaban agitadas. Comenzaba a haber conversaciones entre grupos criminales para formar alianzas con el objetivo de apoderarse del control sobre South Town. Los enviados de Wolfgang Krauser estaban repartidos por los distritos, recolectando información. Aquél era un periodo de incertidumbre que muchas partes distintas querían aprovechar.

—¿Y Bogard? —preguntó Billy entre dientes.

Ripper se pasó una mano por el cuello. Era la misma pregunta que Geese-sama había hecho al despertar, pero Geese había usado un tono desinteresado, mientras que Billy sonaba como si quisiera salir de ahí e ir a encargarse de ese joven apenas supiera de su paradero.

—Está alojado en un hotel en el centro. También recibió algunas heridas, y debe estar recuperándose.

—No lo dejen salir de la ciudad hasta que me ocupe de él —gruñó Billy.

—Billy...

—Geese-sama no estará a salvo hasta que Terry Bogard desaparezca —continuó el joven—. Me desharé de él antes de que se sepa que Geese-sama no murió. —La voz de Billy tembló en la última palabra.

—No hagas nada precipitado. Geese-sama debe autorizarte primero.

Billy asintió con la mirada baja.

—Lo sé —murmuró, observando el disco que tenía en la mano.


Billy se encerró en la habitación contigua a la de Geese, después de ordenarle a los secretarios que no se separaran del empresario y que le informaran de inmediato sobre cualquier cambio en su estado.

Aquella alcoba no era tan amplia ni ostentosa como el dormitorio de Geese. El mobiliario era de aspecto más moderno, y contaba con un televisor y un equipo de video.

Billy titubeó antes de introducir el disco en el reproductor. No quería ver los contenidos, pero necesitaba saber qué había ocurrido. Quizá Terry Bogard había usado una artimaña. Billy no conseguía aceptar que Geese-sama había perdido en una pelea justa.

El video mostró una amplia toma del piso superior del edificio. Ahí estaba el familiar entarimado, el kanji gigantesco escrito en la madera del suelo, y los pesados braseros encendidos. Las estatuas de budas y guerreros quedaban fuera del encuadre, pero aun sin su presencia intimidante, el lugar se veía amenazante y hostil, y la atmósfera era completamente distinta a la que Billy percibía cuando era él quien estaba ahí, entrenando con su jefe.

El joven adelantó el video con impaciencia, hasta que vio a Terry entrar en el lugar. Vestía la misma ropa que había llevado el día que Billy lo enfrentó. Sus ojos bajo la visera de la gorra eran duros, y no mostró sorpresa al ver la decoración discordante de ese lugar.

Geese apareció en la imagen también, acercándose con pasos firmes y una sonrisa desdeñosa en sus labios.

Billy tuvo que subir el volumen al máximo para oír lo que se decían. Era difícil diferenciar sus palabras porque la cámara había grabado también el sonido del viento.

Terry fue parco al anunciarse y repitió lo que le había dicho a Billy: era el hijo de un tal Jeff Bogard y estaba ahí para vengar la muerte de su padre a manos de Geese.

Geese no dejó de sonreír. Su respuesta fue tan baja que Billy por reflejo se inclinó hacia adelante, esforzándose por oír.

"Inténtalo. Te mataré como a tu padre, diez años atrás".

Aquella voz hizo que Billy se estremeciera. Geese-sama no tenía necesidad de negar lo ocurrido. Sonreía como si la presencia de Terry Bogard le resultara entretenida.

Había una parte de esa actitud que Billy comprendía, pero no conseguía entender el interés de Geese-sama en Terry. ¿Era por el simple hecho de que ese joven compartía un vínculo con un viejo enemigo... o algo más?

Terry no respondió a aquella provocación. Bastaba con mirar su rostro para saber que ése era un tema serio para él.

El enfrentamiento comenzó sin más preámbulos. Geese continuaba mostrando un aire de superioridad, y durante los primeros minutos pareció tener la ventaja, pero no pasó mucho tiempo antes de que tuviera que comenzar a recurrir a su ki para enfrentar los incesantes ataques de Terry.

Con las manos cerradas en puños, Billy observó cómo Terry desplegaba la fuerza que había utilizado contra él, y luego iba más allá. Ésa no era una lucha para ganar una ronda en un torneo. Los golpes de Terry buscaban hacer daño.

En la pantalla, Geese se adaptaba rápidamente a las técnicas de su oponente, pero eso no era suficiente para evitar todos los golpes.

Agobiado, Billy vio una momentánea expresión de sorpresa y dolor en el rostro de su jefe cuando éste recibió un puñetazo en el estómago. La expresión fue rápidamente enmascarada bajo una mueca de fastidio, pero Billy podía notar que el impacto lo había dejado resentido.

La energía de ambos contrincantes saturaba la grabación por momentos. Un frío azul contra un ardiente dorado. La cámara temblaba y la imagen se deshacía en interferencia. La pelea continuaba.

A diferencia de lo que Billy pensaba, Terry Bogard no había hecho trampa ni jugaba sucio. Sus golpes y patadas eran continuos y tenaces, firmes en su propósito.

Mientras Geese respiraba con fuerza y un aire de irritada incredulidad se acentuaba en sus facciones, Terry persistía, buscando romper su defensa, y comenzaba a superarlo lentamente.

Geese-sama aún conseguía igualar su poder, pero el esfuerzo que le costaba era evidente. Billy recordó lo que su jefe le había dicho sobre el ki, y cómo la energía era un fluir continuo. En esa grabación, podía ver que la energía de Geese estaba comenzando a menguar y que no fluía con la misma velocidad que al inicio de la pelea. Pero la de Bogard no estaba afectada. A pesar de los golpes recibidos y el hilo de sangre que le caía por la frente, ese joven seguía empeñado en cumplir su objetivo.

El final del enfrentamiento se acercaba. Geese-sama estaba agotando sus fuerzas, y claramente estaba siendo superado.

Y Geese lo había sabido. Su rostro tenía una expresión terrible que Billy nunca le había visto. Era odio, pero también más que eso, y no estaba dirigido sólo a Terry.

Afligido, Billy comprendió de súbito que la mente de Geese-sama no había estado centrada solamente en esa pelea. Su jefe había estado arrastrando algo más, probablemente un acontecimiento de su pasado, y aquellos pensamientos habían interferido. Billy no tenía idea de qué podía tratarse, ni siquiera había intentado imaginar por qué Geese había matado al padre de Bogard, pero sí conocía lo suficiente a su jefe, y sabía que lo que fuera que Geese hubiese estado pensando en ese momento le había arrebatado la claridad necesaria para derrotar a Terry.

Había bastado un ataque a destiempo para que Terry encontrara la apertura que había estado esperando. Su energía dorada llenó la pantalla. Mientras Geese se recuperaba, Terry había lanzado el golpe definitivo, una patada con todo el impulso que fue capaz de reunir.

Ambas figuras desaparecieron en el límite del alcance de la cámara de seguridad. Unos segundos después, Terry reapareció, cabizbajo y cojeando, con una mano a la altura de su estómago.

El joven cruzó la pantalla lentamente, y no volvió a aparecer.

Billy detuvo la grabación y sacó el disco del lector con un ademán brusco. Sus manos estaban temblando y él estuvo a punto de romper el disco en pedazos y lanzarlo contra la pared.

El juego sucio que él estaba esperando no había ocurrido. Geese-sama había sido superado de forma justa.

Pero eso no atenuaba lo que Terry Bogard había causado. Billy no pensaba perdonarlo, y mucho menos permitir que volviera a intentar algo contra Geese.

Controlándose, Billy guardó el disco en su caja y se dirigió pesadamente hacia la puerta. No consultó con nadie lo que debía hacer. Geese-sama había grabado la pelea con algún propósito, y no le correspondía a Billy eliminar el registro de su derrota. Quizá algún día su jefe querría repasar el video para ver qué había salido mal, o probablemente querría destruirlo personalmente. Como fuera, no era el momento de hablarlo con Geese, ni con nadie.

Billy recorrió los largos pasillos de la mansión en dirección al despacho personal de su jefe. Andar era doloroso y no conseguía caminar erguido. Cada paso le recordaba la desastrosa pelea contra Terry, y le hacía preguntarse qué tan lastimado estaba su jefe realmente.

En el despacho desierto, Billy se acercó a uno de los estantes de oscura madera y apartó algunos libros empastados para revelar la puerta de una pequeña caja fuerte. Al ingresar la combinación, experimentó la suave satisfacción que le producía saber que Geese-sama confiaba en él hasta el extremo de revelarle los códigos de acceso a sus posesiones más valiosas. Billy quería continuar siendo merecedor de esa confianza, y por eso se había dicho que nunca iba a fallarle...

Nunca...

Pero aun así...

Billy dejó el disco entre unos contratos confidenciales y los resultados de un experimento llevado a cabo por una farmacéutica. Había también un grueso fajo de billetes de cien dólares que se veían recién impresos y una bolsa de terciopelo que, estaba seguro, contenía un puñado de diamantes.

Aquella pequeña bóveda era como una caja llena de tentaciones. Ciertamente nadie notaría si un billete o dos desaparecían...

Pero Billy cerró la puerta sin siquiera pensarlo. Nada de eso le interesaba. Quería volver a la habitación de su jefe y estar con él. Quería salir de ahí y darle su merecido a Terry Bogard. También quería ir a ver a Lilly, ¿pero cómo presentarse ante ella, adolorido y magullado como estaba?

Como no sabía qué hacer, Billy se enfocó en primero cumplir sus tareas más básicas. Se reunió con los secretarios, y por algunos minutos discutieron las medidas que tomarían. Acordaron no permitir que ningún otro empleado viera a Geese-sama. Solamente ellos y el médico lo atenderían, y nadie más tendría acceso a la habitación.

Los largos turnos de vigilancia serían duros, pero los secretarios no se opusieron. Ellos también eran conscientes de los deberes que debían cumplir.

Billy no forzó una conversación con Geese-sama. Cuando llegó su turno de hacer guardia, en vez de vigilar de pie en el pasillo como hacían los secretarios, entró en el dormitorio y se sentó en silencio en el sillón junto a la cama. Geese dormía, pero despertó en algún momento debido al dolor de sus heridas, y aceptó el calmante que Billy le ofreció.

El joven sostuvo el vaso mientras Geese-sama bebía. Su jefe parecía estar evitando mirarlo a los ojos, y Billy notó con profundo pesar que ese hombre aún podía distanciarse de él si así lo quería. En ese momento sólo eran un empleador y un subordinado. No había lugar para la preocupación que él sentía por Geese-sama, ni para la culpabilidad por haberle fallado, y mucho menos para el miedo a perderlo.

Era como si Geese pudiera deshacer la estrecha cercanía de los últimos años con tan sólo silencio y una mirada indiferente.

No intercambiaron más palabras, pero Billy encontró un leve consuelo en saber que su jefe aún le permitía estar ahí, con él.


Sin embargo, para sorpresa de Billy, eso también cambió.

La mañana después de la caída, cuando el médico fue a hacer una revisión de rutina acompañado de los secretarios, Geese murmuró una orden inesperada con una voz apagada pero que no daba pie a protestas:

—Billy, espera afuera.

Billy se quedó inmóvil junto a la cama, demasiado sorprendido para obedecer. En esos últimos años, su jefe le había permitido estar a su lado en un sinnúmero de reuniones confidenciales, e incluso durante conversaciones personales que sus socios consideraban privadas. Eran pocas las veces en que Billy debía retirarse, y usualmente no era necesario que Geese se lo ordenara. Él sabía cuando su jefe requería un poco de privacidad.

Pero, esa mañana, no sólo no se encontraban en una reunión, sino que el único que había recibido la orden de salir del dormitorio era él. Los secretarios continuaban sus tareas. Hopper asistía al doctor, y Ripper estaba dejando una bandeja con un desayuno ligero sobre el velador.

—Billy... —advirtió Geese cuando el joven no se movió.

Billy quiso protestar, pero Geese lo calló con una mirada. La primera que le dirigía desde que habían llegado a la mansión.

—Obedece —intervino Ripper al notar un súbito cambio en la atmósfera de la habitación. Sin decir más, el secretario tomó a Billy por el brazo y lo llevó hacia la puerta.

Billy se encontró en el pasillo otra vez, sintiéndose desorientado. Aquella debía ser la sanción por su mal desempeño. Geese-sama había encontrado la manera más cruel de castigarlo.

"Por favor, no me prive de su presencia", pensó Billy con desesperación, mirando hacia la cama.

—No empeores las cosas y espera aquí —indicó Ripper con tono firme—. Te avisaré cuando puedas volver a entrar.

Billy apretó los dientes y Ripper lo observó por un largo momento.

—Tranquilízate —ordenó—. Sé que estás preocupado, pero no tienes razón para empezar a desobedecerle.

—No me quiere a su lado —masculló Billy sin poder contenerse—. Realmente lo he decepcionado.

Ripper suspiró y se pasó una mano por la cabeza, incómodo.

—No soy nadie para presumir saber lo que Geese-sama está pensando —dijo en voz más baja—, pero... tal vez no quiere que lo veas así.

Billy se quedó de una pieza.

—Si Geese-sama estuviera decepcionado, ya no estarías trabajando para él —continuó Ripper con aire conocedor—. Ahora, espera aquí y no entres hasta que te llamen.

A solas en el corredor, Billy intentó darle sentido a lo que Ripper había dicho. ¿A qué se refería? Geese-sama no quería que lo viera... ¿lastimado?

¿... Derrotado?

A duras penas, Billy se contuvo de golpear la pared con un puño. Él no pensaba en esos términos. Lo que quería era estar al lado de su jefe. No había podido evitar que Geese-sama saliera herido, y lo único que podía hacer ahora era cuidar de él. Pero si Geese no se lo permitía, ¿qué quedaba?

Billy dio unos pasos inquietos por el pasillo alfombrado.

Si no le era permitido cuidar de su jefe, entonces él se encargaría de acabar con sus enemigos, tal como lo había decidido. Iba a destruir al causante de todo aquello.

El joven se detuvo al notar que los guardias apostados en los lejanos extremos del pasillo lo estaban observando de reojo. De seguro no habían oído nada, pero les intrigaba su ir y venir impaciente, y la expresión molesta de su rostro.

"Maldición, tengo que calmarme", pensó Billy para sí, a pesar de saber que era inútil.

Por costumbre, se mesó los cabellos y una punzada aguda lo hizo sobresaltarse. Al mirar su mano, sus dedos estaban manchados de rojo.

"¿Sangre?"

Despacio, volvió a tocarse el cabello. Algunos mechones estaban cubiertos de sangre seca.

Con sorpresa, Billy se dio cuenta de que no había estado preocupándose por sí mismo desde que habían llegado ahí. La herida en su cabeza aún estaba húmeda. Sus brazos estaban cubiertos de moretones, y una breve inspección en su mejilla fue suficiente para notar que tenía parte del rostro inflamado.

Billy se sintió profundamente avergonzado por haberse presentado ante su jefe así, y se tomó unos minutos para ir al baño de la habitación contigua, donde limpió su cabello con una toalla mojada, mientras observaba con desaprobación el reflejo que le ofrecía el espejo. Tal vez había sido para bien que Geese-sama no lo hubiese estado mirando. Su aspecto era lamentable y un claro recordatorio de su pelea con Terry.

Las palabras de Ripper volvieron a su mente. Quizá el secretario se había referido a eso. Geese también portaba las humillantes marcas de una derrota.

Pero Billy no estaba convencido de que la explicación fuera tan simple. Un hombre como su jefe no se preocuparía por lo que él pudiera pensar.

¿O sí?

Billy volvió al pasillo y esperó inquieto frente a la puerta cerrada de la habitación.


—Señor Kane, puede pasar.

El médico estaba ahí, observando a Billy con expresión temerosa. Se hizo a un lado para que el joven entrara, y luego salió y cerró la puerta tras de sí.

Billy se acercó a la cama sin demora. Las cortinas de la habitación estaban entreabiertas, pero la luz que entraba era tenue y fría. Geese estaba recostado contra una pila de almohadones con los ojos cerrados y el rostro pálido. Hopper estaba doblando con cuidado el albornoz que el empresario había llevado durante la noche, y Billy alcanzó a ver que la tela estaba manchada de sangre. Había una maraña de vendas cubiertas de escarlata en el cubo de basura junto al velador.

Sin embargo, Geese y los secretarios actuaban como si aquella fuera una mañana normal. Ripper estaba de pie cerca de la cabecera con el rostro bajo. Tenía en la mano la libreta de apuntes donde solía tomar nota de los asuntos de importancia que debía reportar a Geese-sama.

— … Uno de nuestros informantes oyó incluso una mención sobre "pergaminos secretos" de parte de uno de los agentes de Krauser. Al parecer, quieren comprobar si el documento está en una de las bóvedas de Geese Tower —decía Ripper, tal como habría hecho durante un día de trabajo—. Pero Krauser no es su único problema en este momento, señor. —Geese no reaccionó a esa información, mas Billy se puso alerta de inmediato. Ripper continuó—: Las otras organizaciones no tardarán en intentar algo. Éste es un evento sin precedentes. No se trata de arrebatarle la ciudad, sino de tomar una ciudad donde, supuestamente, usted ya no está. No hay nada que los amedrente esta vez.

Geese entreabrió los ojos, pero no los miró. Contempló la pared delante de la cama por un largo rato.

—¿Qué debemos hacer, señor? —apremió Ripper después de casi un minuto de silencio—. ¿Debemos anunciar que usted está con vida?

—Tal vez sea necesario —respondió Geese.

—Entonces primero me encargaré de Terry Bogard —interrumpió Billy de forma precipitada. Su voz hosca se oyó alta en la habitación silenciosa.

Geese volvió la vista hacia él. Sus ojos celestes eran imposibles de leer.

—No lo harás —señaló con una fría calma que contrastaba con la agitación de Billy.

—Bogard dijo que quiere vengarse de usted. Si sabe que usted está vivo, volverá a intentarlo, ¡no voy a permitirlo!

Los secretarios intercambiaron una mirada y se mantuvieron fuera de la conversación. La voz de Billy era cada vez más alta, porque la angustia que el joven había conseguido reprimir hasta ese momento estaba comenzando a escapar de su control.

—Bogard es mío. Yo me encargaré de él —dijo Geese.

—No —masculló Billy, mientras un destello de rabia pasaba por sus ojos claros. Sus manos estaban cerradas en puños con tanta fuerza que sus brazos temblaban.

Geese arqueó levemente las cejas ante esa respuesta impertinente y luego esbozó una sonrisa cruel.

—Bogard te derrotó, ¿qué te lleva a pensar que el resultado será distinto esta vez?

—Pues yo puedo hacerle la misma pregunta, Geese-sama.

Los secretarios contuvieron la respiración. Nunca habían visto a Billy hablarle así a su jefe. Ni siquiera cuando Billy era un muchacho recién llegado de Inglaterra se había dirigido a Geese con ese grado de insolencia.

Geese estaba tan sorprendido como ellos, y el mismo Billy parecía desconcertado por las palabras que acababa de pronunciar. El silencio que siguió fue largo e incómodo.

—Esto te traerá consecuencias —advirtió Geese con un claro tono amenazante.

Billy bajó el rostro.

—Mi trabajo es protegerlo —masculló.

—Tu trabajo es obedecerme.

Billy alzó la mirada lentamente. La expresión disgustada de su jefe le produjo un pesar indescriptible, que pasó a un segundo plano cuando Billy contempló las heridas en el rostro de Geese, los vendajes, su palidez e inmovilidad.

No podía mostrar sumisión. Geese había estado cerca de morir y eso había alterado algo dentro de Billy.

Cada palabra le costó un gran esfuerzo, pero Billy consiguió decir:

—No esta vez, Geese-sama.

Billy se dirigió a la puerta, preguntándose por qué, pese a saber que hacía lo correcto, aquella decisión también se sentía como el peor error de su vida.


Geese-sama no lo había detenido. No hubo ninguna voz llamándolo ni ordenándole que regresara, ni los pasos apresurados de los secretarios yendo tras él para evitar que cometiera una imprudencia. Geese había advertido que habría consecuencias, y no era su costumbre repetirse. Aquella amenaza pesaba sobre Billy, ominosa, pero no hacía flaquear su determinación. Si él mataba a Terry, Geese-sama se enfurecería con él, sí, pero al menos estaría vivo.

En el taxi camino al centro de la ciudad, Billy comprobó que los rumores de la muerte de Geese habían perturbado la calma de South Town. Policías patrullaban las calles, y los transeúntes caminaban con pasos rápidos, mirando a su alrededor como animales asustados.

Un par de llamadas al personal de seguridad de Geese Tower habían bastado para que Billy averiguara el nombre del hotel donde Terry se estaba alojando. Sin embargo, al llegar ahí, una recepcionista le informó que Terry no se encontraba en su habitación.

Irritado, Billy había salido a la calle, intentando dar con su paradero.

Encontrar a Terry le tomó horas de vagar por avenidas y estrechos callejones. Lo buscó en restaurantes y bares. Preguntó por él a los vendedores de periódicos y a los lustrabotas instalados en algunas esquinas. Cada paso le recordaba las lesiones que había sufrido, y aquello lo llenaba de un renovado ímpetu, porque si sus heridas eran dolorosas, las de Geese-sama debían serlo mucho más.

Pensar en su jefe inevitablemente le hacía rememorar la caída, y esa diminuta figura vestida de blanco y rojo, cayendo al vacío.

Geese-sama había usado su ki para evitar el golpe mortal contra el suelo, de eso no tenía duda, pero... ¿qué habría pasado si esa energía no hubiese sido suficiente?

Geese habría muerto, prácticamente delante de sus ojos.

El miedo a fallar y que su jefe saliera herido era algo que Billy conocía desde que había empezado a trabajar para Geese. Pero enfrentar la posibilidad de su muerte era mil veces peor. La angustia de perderlo resonaba con el recuerdo de la muerte de sus padres. Y, a pesar de que él ya no era un niño, no quería volver a vagar por un mundo donde Geese no estuviera vivo para llevarlo a su lado otra vez.

Billy se detuvo en medio de la acera, ganándose algunas miradas de fastidio de los otros transeúntes.

Un mundo sin Geese-sama no tenía sentido.

Era por eso que él estaba en ese lugar, contraviniendo las órdenes de su jefe consciente de que iba a enfurecerlo. Prefería arriesgarse a ser despedido antes que permitir que la vida de Geese-sama peligrara nuevamente. Más adelante podría rogar por perdón de ser necesario. No le importaba humillarse delante de Geese. Era hasta ese extremo que su jefe lo había hecho cambiar.


El bar no era uno al que Billy habría entrado normalmente.

El lugar se veía acabado, y un aroma rancio a humo de cigarrillo estaba impregnado en las paredes de pintura descascarada.

Eran las siete de la noche y las mesas estaban en su mayoría vacías.

Billy identificó de inmediato a la figura sentada en uno de los banquillos de la barra. Terry estaba con la espalda encorvada y los hombros caídos. Mantenía un vaso de whisky entre sus dedos, pero no bebía. Su mirada estaba baja, sus ojos turbios.

Sin titubear, Billy caminó hacia él, sujetando el bo con fuerza en su mano.

Los clientes no le prestaron demasiada atención, pero el bartender lo reconoció de inmediato y retrocedió un paso, asustado.

Terry lo notó y alzó el rostro. Hubo una sombra de incomprensión cuando vio a Billy ahí, y luego ésta se convirtió en disgusto.

—¿Los rumores son ciertos? ¿Tu jefe está vivo? —preguntó Terry.

Billy apretó los dientes. Le molestaba que Terry hablara sobre Geese-sama. No necesitaba decir su nombre. Cualquier referencia a su jefe en labios de ese sujeto lo enfurecía.

Pero él no podía darle ningún tipo de información a Terry, y temía que su voz lo delatara si decidía responder con una mentira.

—Vas a pagar por lo que has hecho —siseó amenazante, poniendo todo su odio tras esas palabras.

—Te lo dije, mi problema no es contigo.

Billy dio una patada al taburete más cercano y lo hizo salir despedido hacia Bogard, quien lo desvió con un golpe de su mano que no requirió de ningún esfuerzo. Sin embargo, el estrépito hizo que la poca clientela se pusiera de pie asustada y saliera de ahí. Billy esperó a que el bar estuviera vacío antes de lanzarse sobre Terry.

El cuerpo aún le dolía y sus golpes eran lentos y no tenían su fuerza usual. Bajo circunstancias normales habría admitido que no era sensato buscar una pelea en la que no podría dar todo de sí. Pero su juicio estaba nublado por el miedo, y por el recuerdo de Geese-sama cayendo, las heridas que había sufrido, el rastro de sangre que había dejado al caminar...

¿Cómo no hacer todo lo posible por eliminar esa amenaza? ¿Cómo quedarse de brazos cruzados mientras Terry Bogard seguía vivo?

Sin embargo, desde el inicio, Billy notó que algo no estaba bien. Terry llevaba en el cuerpo las lesiones sufridas durante su enfrentamiento con él y las secuelas de los ataques de Geese-sama, pero, a pesar de eso, Billy no conseguía superarlo. Él estaba lastimado, pero Terry debía estarlo aun más. La ventaja debería haber sido clara.

Él estaba luchando por Geese-sama, por protegerlo. Era su deber lo que lo empujaba, la necesidad de mantener a su jefe a salvo, eliminar la posibilidad de algún día perderlo, aunque eso significara contravenir sus deseos.

Aunque tuviera que desobedecerle.

Pelearon, volcando mesas y sillas y tropezando contra ellas. Intercambiaron golpes y pronto hubo gotas de sangre manchando el sucio suelo del bar vacío. Billy cayó en algún momento y trozos de un vaso roto se clavaron en su brazo. Terry tenía un delgado hilo de sangre carmesí bajando por el lado de su rostro.

Lentamente, Billy se encontró siendo superado una vez más. Pero en esta ocasión no se trataba sólo de una diferencia en fuerza o técnica. Había algo más jugando en su contra: el saber que estaba desobedeciendo las órdenes de Geese-sama.

Fuck... —gruñó Billy, sintiendo que no sólo estaba luchando contra Terry, sino contra sí mismo y la influencia invisible que Geese ejercía sobre él.

Un puñetazo de Terry en su estómago lo lanzó hacia atrás y lo hizo impactar contra la sucia pared. Todo el aire de sus pulmones lo abandonó, y Billy cayó al suelo, tosiendo sin poder controlarse.

Terry se quedó de pie ante él, sin asestar el golpe de gracia. Solamente pateó el bo de Billy hacia el otro extremo del bar.

—Si tu jefe aún está vivo, dile que vendré por él —murmuró Terry con una voz extrañamente desprovista de maldad, y comenzó a ir hacia la puerta con pasos inestables.

—Voy a matarte —masculló Billy, con una rabia que no iba dirigida sólo hacia Terry.

Terry se detuvo y lo miró por sobre un hombro. El odio que Billy sentía no era correspondido. El rostro de Terry se veía cansado, apesadumbrado.

—Puedes intentarlo —concedió el joven, y tras un titubeo agregó—. Pero, lo sabes, ¿verdad? Esa persona que te pagan por proteger mató a un hombre inocente a sangre fría, delante de sus propios hijos.

—Ahórrate el melodrama —gruñó Billy con desprecio, ocultando que no lo sabía, porque Geese-sama nunca se lo había contado.

Pero ¿su jefe realmente necesitaba revelarle ese tipo de cosas? Desde el inicio, Geese-sama se había mostrado como era: un asesino frío, que podía sonreír durante el acto de matar. Geese no compartía su pasado con él, pero nunca le había ocultado su verdadera naturaleza, y Billy lo había aceptado plenamente. El que matara a criminales o inocentes no hacía diferencia. Nada cambiaba.

Terry se retiró. Billy intentó ponerse de pie, pero su cuerpo había decidido que estaba en el límite. No tenía fuerzas para levantarse.

¿Había fallado otra vez?

Billy cerró los ojos. Encontró sosiego en saber que Geese-sama estaba seguro en la mansión.

El resto dependía de él. Debía aprovechar la convalecencia de Geese para mejorar, volverse más fuerte. Su nivel de habilidad ya no era suficiente y lo había descubierto de una manera dolorosa, pero aquello tenía solución.

El pasado le había enseñado lo que él era capaz de hacer para proteger a alguien querido. Sabía que podía lograrlo.

Unos pasos en el bar vacío lo hicieron alzar la vista. Un par de desconocidos lo miraban. El primero era un hombre alto de aspecto extranjero. Su cabello era castaño, al igual que su barba perfectamente recortada. Sus ojos eran oscuros e intensos. Lo acompañaba otro hombre de traje gris con aspecto de guardaespaldas.

—Sí que te dieron una paliza, ¿eh? —habló el extranjero, y sus ojos se iluminaron con un brillo entretenido y burlón.

—¿Y tú quién diablos eres? —gruñó Billy, intentando ponerse de pie y luego cerrando un ojo al sentir una punzada de dolor, donde Bogard había dado el último golpe.

—Una parte interesada —respondió el extranjero, y Billy notó un tenue acento español en su pronunciación—. He venido a hablar de negocios, Billy Kane.

Billy frunció el ceño, odiando encontrarse tan débil delante de aquellos sujetos que conocían su nombre y, por tanto, para quién trabajaba.

El extranjero se volvió hacia su guardaespaldas e hizo un gesto con la cabeza.

—Billy vendrá con nosotros —señaló.

El guardaespaldas asintió y se acercó al rubio. Billy estaba reuniendo fuerzas para rechazarlo con un golpe, pero antes de poder hacer nada, una voz clara se oyó en el bar.

—Sean tan amables de alejarse de él.

El tono fue educado pero firme, y muy levemente amenazante.

Hopper estaba en la puerta del local y apuntaba a los desconocidos con una pistola semiautomática. Sus usuales lentes negros no permitían ver su expresión, pero su postura era firme, y si Billy no lo hubiese conocido, habría pensado que se trataba de un imperturbable asesino a sueldo.

El extranjero miró el arma, miró el semblante serio de Hopper, y dejó escapar una leve risa.

—Sí, claro, lo que tú digas —respondió en español, y retrocedió unos pasos para alejarse de Billy.

Hopper no perdió tiempo. Sin quitarles la vista de encima, recogió el bo de Billy y luego se acercó al rubio. Lo ayudó a levantarse y luego lo llevó hacia la puerta, con Billy medio apoyándose en él y medio en el bo.

El extranjero los observó con interés, pero se mantuvo donde estaba y no intentó nada.


Ripper golpeó a la puerta de la habitación.

—Con permiso, Geese-sama.

El secretario se acercó a la cama. No comentó nada sobre el semblante deteriorado de su jefe, porque sabía que con preguntarle si se sentía bien lo único que conseguiría sería molestarlo. Los calmantes no estaban haciendo efecto, y el médico les había proporcionado una lista de analgésicos más potentes que debían conseguir y que aún no habían llegado.

Geese no se quejaba, pero Ripper sospechaba que aquellas heridas, aunque no fueran mortales, sí eran más serias de lo que habían pensado inicialmente.

—Hopper está regresando con Billy —informó Ripper. Geese lo miró en silencio—. Fue tal como usted dijo. Billy no mató a Bogard.

—Entonces fue derrotado —concluyó Geese en voz baja, y Ripper no respondió, porque no sabía exactamente qué había sucedido—. ¿Está herido? —preguntó Geese a continuación, con un tono que era una mezcla de molestia y algo imposible de definir.

—No de gravedad —dijo Ripper—. Pero le hace falta tiempo para recuperarse.

Geese apartó la mirada y contempló un punto perdido en la cortina del dosel de la cama.

—Hay algo más, señor —siguió el secretario—. Hopper tuvo que intervenir porque dos agentes de Krauser tenían intenciones de llevar a Billy a algún lugar, para hablar de "negocios". Pudimos identificar a uno de ellos en base a la descripción que Hopper proporcionó. Su nombre es Laurence Blood. Llegó a South Town desde Alemania cuatro días atrás.

Para sorpresa de Ripper, Geese esbozó una tenue sonrisa.

—¿S-señor? —tartamudeó el secretario, no muy seguro de a qué se debía esa reacción.

—Después de que Billy regrese, no permitan que vuelva a salir.

—De seguro Billy podrá darle los pormenores de lo que sucedió.

La sonrisa de Geese desapareció. Hubo un prolongado silencio.

—Si ocurrió algo de importancia, tú me lo comunicarás.

—¿Perdón?

—E informarás a Billy que no se presente ante mí hasta que yo lo requiera.

Ripper ocultó su desconcierto y asintió.


Al volver a la mansión, Billy preguntó de inmediato por Geese.

Con la excusa de que el empresario estaba descansando, Ripper consiguió que Billy fuera a que el doctor atendiera sus heridas, y también lo obligó a cenar. Billy ofrecía un aspecto lastimoso, con su rostro magullado y un grueso vendaje sobre los cortes que había sufrido en el brazo. Sin embargo, lo que más perturbó a Ripper fue el aire agobiado del joven cuando le informó que Geese no quería verlo.

Billy permaneció silencioso, con el ceño fruncido y los dientes apretados. Sus ojos claros se llenaron de rabia, como si estuviera a punto de estallar.

El no poder hablar con su jefe parecía ser más de lo que podía soportar.

Sin embargo, Billy no intentó protestar. Se retiró abatido a la recámara adyacente a la habitación de Geese, y pasó algunas horas encerrado ahí. Cuando Ripper fue a revisar que todo estuviera bien, lo encontró sentado en el suelo, con las piernas recogidas y la espalda apoyada contra la pared que colindaba con el dormitorio de Geese-sama.

Aquel era el primer desencuentro grave entre Geese-sama y Billy desde que éste había comenzado a trabajar en Howard Connection. Pero, dentro de sí, Ripper sabía que todo se iba a arreglar. Geese-sama no parecía interesado en despedir a Billy. Ni siquiera había estado furioso cuando había ordenado que el joven no se presentara ante él. El empresario tenía una razón para mantener a Billy alejado, pero era imposible saber de qué se trataba.

Ripper fue a cumplir su turno haciendo guardia delante de la puerta de la habitación de Geese, y no se sorprendió del todo cuando Billy apareció en el pasillo, un poco antes de la medianoche. Sin embargo, lo que sí le extrañó fue la mirada arisca del joven cuando se le acercó, y el tono hosco con que Billy gruñó un "apártate".

—La orden de Geese-sama fue clara, no puedo dejarte entrar —respondió Ripper en voz baja, pero sin amedrentarse.

—Apártate —repitió Billy, y extendió una mano hacia el picaporte.

—No hagas las cosas más difíciles, Billy —dijo Ripper con tono firme, tomando al joven por un hombro y empujándolo levemente hacia atrás.

Billy reaccionó sujetándole la muñeca con fuerza y empezando a retorcerla. Ripper se sobresaltó y Billy se dio cuenta de lo que estaba haciendo y lo soltó de inmediato.

—Puedes decir que te forcé a dejarme entrar. Asumiré las consecuencias —murmuró Billy.

—¿Qué sucede? —se oyó la voz de Geese desde el interior de la recámara.

—Es… Billy, señor —respondió Ripper con voz tensa—. Necesita hablar con usted —agregó, lanzándole una mirada de reproche al joven a través de los lentes oscuros—. ¿Debo dejarlo pasar?

Hubo un largo silencio, y luego oyeron un:

—Está bien.

Ripper abrió la puerta y Billy entró con impaciencia, pero aminoró la velocidad a medida que se acercó a la cama.

El dormitorio estaba iluminado sólo por una lámpara tenue puesta en el velador. Geese estaba medio sentado contra las almohadas, cubierto hasta el pecho con el edredón y sus ojos cerrados como si durmiera.

—Geese-sama… —dijo Billy, doliéndole ver a su jefe así, pálido e inmovilizado.

Geese lo ignoró. Billy sintió una punzada de angustia, pese a que se merecía ese trato. No supo qué hacer. Podía continuar llamando ese nombre incesantemente, y aun así sería inútil. No sabía cómo volver a acercarse a su jefe, porque Geese había erigido un muro invisible entre ellos.

La desesperación lo llevó a hincar una rodilla en el suelo alfombrado, esperando poder alcanzar a Geese con un gesto de contrición, ya que las palabras eran infructuosas.

—Geese-sama, por favor… —dijo Billy en voz baja, cerrando los ojos y bajando la cabeza.

Hubo un sonido suave, un leve movimiento en la cama.

Billy abrió los ojos y se encontró con Geese-sama observándolo con evidente extrañeza.

Pese a las circunstancias, Billy sintió que algo se aligeraba, y un muy tenue alivio pasó sobre él como un bálsamo. Aún era capaz de sorprender a su jefe con actitudes como aquélla. La expresión en el rostro de Geese le recordaba a una lejana mañana, en que lo había llamado "Geese-sama" por primera vez.

Billy volvió a bajar la mirada hacia la alfombra.

—Sé que mi desempeño lo ha decepcionado. Y mi comportamiento esta mañana fue inexcusable. Pero aun así, por favor, le pido que me disculpe.

Billy habló con tono abatido, manteniendo su voz baja a pesar de que en realidad quería hablar con más brusquedad. Una parte de él habría sido capaz de entrar a esa habitación a darle precipitadas explicaciones a Geese-sama en medio de un arrebato. Pero era otro aspecto de su persona el que había prevalecido: la parte que Geese había conseguido disciplinar.

Turbado, Billy notó que estar con una rodilla en tierra, rogando por el perdón de su jefe, no era tan degradante como él había pensado. Geese continuaba observándolo, y eso para Billy era un alivio.

Geese dejó escapar una exhalación que podría haber sido de hastío.

—Ponte de pie —ordenó.

Billy obedeció, manteniendo la mirada baja.

—Acércate.

Nuevamente, Billy hizo lo que le pedían y dio un paso hacia la cama.

—Más —murmuró Geese, sonando irritado.

Extrañado, Billy se inclinó hacia él, y Geese alzó una mano para tocar su rostro.

Billy se encogió ante el contacto, porque los dedos de su jefe rozaron la magulladura que tenía en su mejilla hinchada.

Con pesar, Billy no pasó por alto que Geese sólo estaba moviendo su brazo derecho, y que no había hecho ningún intento por incorporarse. El joven sintió una oleada de rabia al recordar a la persona que había sido capaz de dejar a Geese-sama postrado en una cama.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando Geese lo hizo girar la cabeza para poder examinar el corte que tenía entre sus cabellos. Y luego Geese bajó su mano y, frunciendo el ceño, tomó el brazo que Billy tenía vendado.

Billy sintió la necesidad de explicarse.

—Esto fue un descuido, no se debió a la pelea en sí… —El joven calló al recibir una desaprobadora mirada de su jefe.

—Una pelea que no debió ocurrir en primer lugar —señaló Geese con tono cortante.

Billy mantuvo sus ojos bajos.

—Lo siento —repitió, porque ninguna otra respuesta era adecuada.

—No vuelvas a desobedecerme de ese modo —dijo Geese en un susurro amenazante, dejando ir su brazo.

Billy asintió.

—Pero no puedo desobedecerle, Geese-sama —murmuró con amargura, sin atreverse a encontrar la mirada de su jefe, pese a saber que Geese lo estaba observando fijamente—. Intentar pelear sabiendo que usted me lo había prohibido fue… —Billy dejó la frase incompleta, y como Geese no dijo nada, continuó—: No puedo desobedecerle, ni siquiera por su propio bien. Aunque quiera, no puedo ir contra sus órdenes.

La respuesta de Geese fue imprevista. Una suave risa desdeñosa.

—No esperaba menos —murmuró, como si hablara para sí.

Billy permaneció confundido por algunos segundos.

—Previó que esto iba a pasar… —dijo el joven, pasmado. Geese se veía satisfecho. Su fastidio había sido reemplazado por un brillo de superioridad en sus ojos—. ¿Fue por eso que no me detuvo? —insistió Billy, y su voz ganó fuerza a medida que se daba cuenta de que aparentemente había caído en uno de los juegos de su jefe, otra vez—. ¿Soy tan predecible? —murmuró, resentido.

—No —señaló Geese—. Pero eres obediente.

Debido al trato que su jefe había mostrado hacia él en esos días, Billy no estuvo seguro de si debía tomar aquello como un cumplido, o como una muestra de desprecio.

Billy negó levemente, con una pesadumbre que no lo abandonaba.

—Es como aquella vez, cuando usted insistía en averiguar el secreto del pergamino. Quise deshacerme de él para que usted estuviera a salvo, y no pude. Porque sus deseos son más importantes.

—Hubiese sido completamente innecesario, como luego pudiste comprobar.

Billy cerró los ojos con fuerza.

—Pero este asunto con Bogard es distinto. Él no acabará guardado en una bóveda, donde no pueda hacerle daño.

Geese no respondió a eso y Billy contempló el rostro pálido de su jefe y las vendas que asomaban entre los dobleces del albornoz.

—Lamento no haber podido detener a Bogard en el torneo —murmuró Billy, haciendo una inclinación contrita.

—No necesito tus disculpas, no era una pelea que pudieras ganar —señaló Geese.

—Usted pudo haber muerto. Las heridas que ha sufrido son algo que jamás me perdonaré.

—El único que podría haber evitado estas heridas soy yo —corrigió Geese con impaciencia—. En vez de preocuparte por eso, dime qué piensas hacer en lo concerniente a tu desempeño.

—Debo ser más fuerte para poder hacer bien mi trabajo —replicó Billy—. Para no volver a fallarle.

Geese hizo un asentimiento aprobatorio.

—Y no volveré a contradecirlo —continuó Billy—. Seguiré cada orden que me dé.

Geese entrecerró los ojos con malicia.

—¿Aunque te ordene que pases una temporada lejos de mí?

Billy estuvo a punto de protestar, pero se mordió los labios y asintió.

—Si usted me lo ordena, lo haré —murmuró con pesar, y luego agregó en voz apagada—: ¿Ése será mi castigo?

La sombra de una sonrisa se reflejó en los ojos de Geese.

—No. Creí que te agradaba que te diera más trabajo y responsabilidades.

—¿D-De qué habla?

—Recuperarme tomará un tiempo. Pero puedo poner un plan en marcha mientras tanto.

—Un plan…

—Irás a Alemania a conseguir el segundo pergamino secreto.

Billy parpadeó, ofuscado. ¿Por qué de súbito su jefe estaba hablando de los pergaminos? Se suponía que ese tema estaba olvidado…

—¿Quiere que busque al coleccionista que lo adquirió?

Geese rio.

—Ese coleccionista era Krauser.

—¿Qué?

—Años atrás te dije que sabía exactamente quién tenía el pergamino, ¿o no? —preguntó Geese, viéndose medio entretenido con la confusión de Billy—. Éste es un buen momento para apoderarse de él. Y, mientras estás en eso, harás que Krauser y Terry Bogard se destruyan mutuamente.

Billy no supo qué responder. Geese comenzó a reír para sí y el joven esperó, quieto y desconcertado.

Sin embargo, la risa de su jefe sirvió para calmarlo. Geese no estaba molesto con él. No estaba pensando en destituirlo o reemplazarlo. Al contrario, lo estaba haciendo partícipe de sus planes, y le estaba dando una responsabilidad enorme. Prácticamente, iba a dejar aquello en sus manos. Y, aunque Billy no tenía idea de cómo iba a cumplir esa misión, sabía que su jefe pensaría en todo, y le indicaría exactamente lo que debía hacer.


—Billy no está en su habitación —informó Hopper, preocupado. Era su turno de relevar a Ripper, y en sus manos traía un jarro con agua fresca para dejar en el velador de su jefe.

—No, está con Geese-sama —dijo Ripper—. Lleva horas ahí dentro.

—Pensé que Geese-sama no quería hablar con Billy.

Ripper no intentó explicar el comportamiento del empresario. Hopper suspiró. El último día había sido agotador, con Geese-sama herido y Billy alterado y actuando de un modo extraño. El abierto desafío de Billy los había sacudido, pero Geese no había reaccionado con el enfado que Hopper había esperado. En vez de molestarse y despedir a Billy, el empresario le había ordenado a él que siguiera al joven sin dejarse ver, y que interviniera en el posible enfrentamiento con Terry Bogard si Billy corría peligro.

Toda aquella situación era desconcertante.

—Veré si necesitan algo —dijo Hopper, abriendo la puerta sin hacer ruido.

—Esper…

Hopper entró en la habitación en penumbra, y se dirigió sigiloso a dejar el agua en la mesa de noche junto a la cama. No vio a Billy en un inicio, y tardó unos segundos en darse cuenta de que el joven estaba acostado al lado de Geese-sama en la cama, dormido con la cabeza reposando en el pecho del empresario.

El jarro casi escapó de sus manos. El cristal hizo un tenue sonido en su prisa por dejarlo sobre el velador.

Geese entreabrió los ojos y lo observó.

—L-lamento haberlo despertado —susurró Hopper, presa de los nervios.

—Retírate.

Hopper asintió, pero no podía borrar de su mente lo que había visto. Billy acostado junto a Geese-sama, con una mano fuertemente cerrada en la tela de la bata del empresario, acurrucado contra él como si buscara confort en su presencia. Y lo más extraño de todo era que Geese-sama lo estaba permitiendo, y su brazo estaba alrededor de Billy.

Aturdido, el secretario salió al pasillo y cerró la puerta. Ripper lo esperaba con el rostro tenso. Intercambiaron una mirada.

—Pensé… Pensé que habían tenido un desacuerdo, pero… están…

Ripper asintió, comprensivo. Hopper no necesitaba explicarle nada.


Geese permaneció despierto hasta que las voces de los secretarios se acallaron. Billy continuó durmiendo, sin notar nada.

En la penumbra, Geese observó la mano que Billy mantenía cerrada con fuerza en su albornoz. El joven estaba arrebujado contra él, y su postura le hacía pensar que Billy estaba diciéndole "no quiero tener que separarme de usted", pese a que había aceptado su orden de ir a Europa.

Geese reprimió un suspiro y luego tuvo que ahogar un suave quejido de dolor cuando un espasmo recorrió todo su cuerpo. No quería que Billy despertara. Sabía que bajo otras circunstancias, el joven habría sacrificado horas de sueño para velar por él, pero el que Billy durmiera tan profundamente era una muestra de lo lastimado que estaba. El joven necesitaba reposar, y olvidar por un momento sus preocupaciones.

Al inicio, Geese había querido evitar que el joven viera la gravedad de su estado. Las lágrimas en los ojos de Billy cuando lo había encontrado al pie de la Torre lo habían tomado por sorpresa, porque no estaba acostumbrado a tener a alguien que se angustiara de ese modo por él. El miedo mal disimulado del joven, su desesperación, habían sido demasiado profundos.

Había intentado mantener a Billy lejos de él, porque a ratos, era imposible disimular el dolor que los calmantes no conseguían atenuar. El joven no tenía por qué preocuparse más ni saber que, de haberse tratado de cualquier otra persona, las secuelas de esas heridas y fracturas habrían causado un daño irreparable.

Geese sabía que la recuperación tomaría tiempo, pero sería absoluta. Gracias al primer pergamino secreto, sabía cómo canalizar su energía para hacer que su cuerpo sanara. El proceso era lento porque las heridas eran demasiado extensas, pero no tenía ninguna duda de que sería exitoso.

Sin embargo, tener que pasar una temporada incapaz de moverse sin ayuda era inevitable, y algo, su orgullo tal vez, quería evitar a toda costa que Billy estuviera presente para ver eso.

Geese no sabía en qué momento la opinión de su guardaespaldas había cobrado tanta importancia. Billy era sólo un chico de la calle y lo que pensara sobre él no debería ser relevante, pero…, en ese momento, la opinión de Billy era la única que le interesaba.

South Town podía darlo por muerto. Sus enemigos podían pensar que había caído ante Terry porque era débil. Pero… ¿qué era lo que pensaba Billy al verlo derrotado y malherido?

Geese permaneció recostado contra las almohadas, disfrutando de la calidez de Billy a su lado.

Sus pensamientos volvieron a Terry Bogard, y descubrió que la existencia de ese joven ya no lo alteraba. Aún quería verlo muerto, pero no le molestaría si la muerte ocurría a manos de otro, bajo circunstancias que él pensaba facilitar. Billy aún no era lo suficientemente fuerte para enfrentar a Bogard como un igual sin salir lastimado, pero dejar que algún otro enemigo pusiera a Bogard a prueba era una idea interesante. Y si ese otro era Wolfgang Krauser, la idea súbitamente se convertía en un plan que quería ver concretado. No importaba quién saliera vencedor. El resultado sería favorable para él de ambas formas.

Y, en ese plan, Billy estaría lejos de él por un largo periodo, dando tiempo a que él se recuperara. El joven no tendría que ver su convalecencia, ni el esfuerzo que requeriría obligar a su cuerpo a sanar.

Geese bajó la mirada hacia el rostro dormido de Billy, y sonrió, lleno de menosprecio hacia sí mismo. Había querido mantener al joven lejos de sí por unos días, y lo había aceptado a su lado en apenas una noche. Enviarlo a otro continente era como un fútil intento de demostrar que en realidad no necesitaba de ese joven, pero la realidad era otra.

Era muy tarde para negar aquella emoción que Billy había conseguido despertar en él.


Nota:

Las palabras que Geese le dice a Terry antes de enfrentarlo son de Fatal Fury 1 ^^.
"Te enviaré al infierno, como a tu padre diez años atrás".
"10年前のお前の父親と同じ様に地獄へ叩き落としてやるぞ".
"Juunen mae no omae no chichioya to onaji youni jigoku e tatakiotoshite yaru zo".

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Les comparto un fanart del Capítulo 19, realizado por Yah (thank you so much! ). Billy es un empleado competente y sabe cómo dominar su preocupación, incluso durante las situaciones más angustiantes. twitter PUNTO com /Yeh_and_Yah/status/1230134557803831300