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Capitulo 28

Archie, al quedarse a solas con Albert y ver cómo éste miraba a la que era ahora su mujer, con una sonrisa le planteó:

—¿Cómo crees que sentará esto en Kildrummy?

—No lo sé.

Jimmy, acercándose a ellos, le dio un golpe a Albert en el hombro y musitó:

—Creo que a lady Eliza Sinclair no le va a hacer mucha gracia esta boda.

De pronto, las puertas del puente del castillo se abrieron y varios guerreros de Albert Ardley salieron por ellas. Con premura, cogieron a Patty y a Candy con la intención de llevarlas al castillo. Las dos jóvenes se defendieron, pero les resultó imposible resistir.

Los Ardley, al verlo, rápidamente acudieron con su laird hasta donde ellos estaban y Albert gritó, al ver a Otto agarrar del pelo a Candy:

—¡Suéltala inmediatamente!

El otro miró a Albert.

—No te metas en asuntos que no te incumben —dijo y, acercándose a Candy, siseó—: Sin duda eres una fierecilla a la que me va a encantar someter.

Una flecha fue a clavarse en el hombro del hombre, que inmediatamente la soltó. Ella, al sentirse liberada, dio un fuerte derechazo al que agarraba a su hermana y, tirando de Patty, se alejó de ellos.

—Vaya… qué buen golpe le ha dado tu mujercita a ese Leagan—se mofó Archie al ver a Albert bajar su arco, furioso por lo ocurrido.

Segundos después, Neall, seguido por varios de sus hombres, salió rabioso y, mirando a Candy y a Patty, gritó:

—¿Qué hacéis vosotras fuera del castillo? ¿Por dónde habéis salido?

Nadie respondió y al ver a Otto herido, fue con paso decidido hasta Candy, pero cuando fue a cogerla del brazo, Albert ordenó furioso:

—No toques a mi esposa, Leagan, o lo lamentarás.

Neall se paró sorprendido.

—¿Tu esposa?

Con gesto de asco, Candy se retiró de él y Albert dijo, señalando las piedras que había en el suelo:

—Acabamos de oficiar el enlace, por lo tanto, cuidado con tocar a mi mujer o a alguna de sus hermanas, o tendré que herirte como al osado que acaba de ponerle las manos encima.

Otto al oír eso, maldijo y, con furia, gritó levantándose:

—Neall, el trato era que la rubia sería mía…

«¿El trato? ¿Qué trato?», pensó Candy.

—¡Cállate! —bramó Neall.

Pero el otro, dolorido por la flecha que le atravesaba el hombro, rugió enfadado:

—Es mía. Tú dijiste que…

Albert, al oír aquello, lo amenazó levantando la voz:

—Vuelve a decir que mi mujer es tuya y la siguiente flecha te va directa al corazón.

Candy sonrió. Nadie la había defendido nunca así y sin duda le gustó. Pero Otto, incapaz de callar, continuó:

—Neall, prometiste entregarme a la rubia. Dijiste que una vez acabáramos con su padre…

—¡Cállate, Otto! —chilló Neall y, dándose la vuelta, le clavó la espada que llevaba en la mano en el estómago. Con los ojos en blanco, Otto cayó muerto ante todos y algo salió rodando del bolsillo de su camisa.

Horrorizada, Candy vio el brazalete de su madre. Paralizada, no pudo moverse y Albert se agachó mientras ella decía con voz trémula:

—Te voy a matar, Neall. Lo juro por mi vida.

Albert la miró, pero no dispuesto a dejar que hiciera algo que la atormentaría el resto de sus días, le cogió el mentón con los dedos y pidió:

—Candy… mírame.

Ella lo hizo y él dijo:

—Soy tu marido. Te has casado conmigo para que te ayude y os proteja a ti y a tus hermanas, y aquí estoy, ¿de acuerdo?

Candy asintió. Él tenía razón. Sin duda, su experiencia y la de él nada tenían que ver. Entonces, Neall gritó furioso:

—¿Dónde está la innoble de mi esposa?

—Neall Leagan—chilló Albert con voz llena de cólera—, ¿mataste a Robert White?

Nadie contestó hasta que de pronto se oyó el rugido de Jesse. Karen corría tras él, intentando detenerlo, pero él iba derecho hacia su hermano con el semblante demudado, mientras bramaba:

—¿Cómo has podido?

Albert, tras pedirle a Candy que no se moviera del lado de Archie, se interpuso en el camino de Jesse, mientras éste gritaba toda clase de improperios, después de saber lo que Karen le había contado.

Neall, al entender el porqué de sus gritos y ver que aquellos lo sujetaban para que no se le acercara, ordenó con un fiero tono de voz:

—Karen, ¡ven aquí!

Con rapidez, Candy y Patty se pusieron al lado de su hermana. Jimmy, junto a Aston y Tom, las cubrió. Por nada del mundo dejarían que aquella pobre muchacha regresara con aquel animal.

Neall volvió a vociferar:

—Mujer, soy tu dueño, ¡ven aquí!

—¡No! —gritó ella.

El gesto de Neall se oscureció y siseó:

—Juro que chillarás de dolor cuando te pille a solas.

—Antes te mataré —replicó Jesse descompuesto.

—O lo mataré yo —afirmó George, lívido de rabia por lo que estaba descubriendo.

Patty, hablando en nombre de sus hermanas, dijo, agarrando a Karen con fuerza:

—Mi hermana nunca regresará con el asesino de nuestro padre y nuestra familia.

Al oír eso, Jesse miró a Albert y éste asintió, pálido de furia. Jesse y Karen miraron a Candy sobrecogidos y ella asintió:

—Sí, hermana. Lo acabamos de descubrir. Ha sido él.

La locura se apoderó de todos. Los guerreros de Jesse y Albert se amontonaban, deseosos de lanzarse a la lucha, mientras los de Neall salían del castillo.

Nerviosa, Karen se retorcía las manos, asimilando lo que sus hermanas le acababan de confirmar. Oía a Jesse gritar que no se moviera y a su marido, que fuera junto a él. ¿Qué debía hacer?

—No te muevas de donde estás —le ordenó entonces Albert con voz grave y, volviéndose de nuevo hacia Neall, dijo—: Como marido de Candy White, repito, ¿has matado tú a Robert White y a todos los que estaban en Caerlaverock?

La tensión se intensificaba por segundos. Muchos guerreros de Neall, al oír aquello, bajaron sus armas horrorizados y se unieron a los guerreros de Jesse. Ellos no habían participado en aquella horrible matanza y no querían saber nada de ello.

Neall, al verlos, los miró y siseó:

—Volved a vuestras posiciones y defended a vuestro señor.

Los hombres se miraron desconcertados y Royce, saliendo de entre la multitud, sentenció:

—Ninguno de ellos es un asesino como vos. No sé cuándo cometisteis esa atrocidad, pero sí sé que ni estos hombres ni yo participamos en ella.

—No os necesité —afirmó Neall—. Otto, Harper, Rory y yo nos encargamos sin vuestra ayuda.

Las lágrimas de las tres hermanas al oír eso se hicieron irrefrenables. Neall gritó:

—Caerlaverock necesitaba un líder y Robert White no lo era.

Candy quiso arrancarle los ojos al escucharle decir eso, pero Aston y Tom la pararon, mientras Archie sujetaba a Patty y Jesse consolaba a Karen.

Albert, aún incrédulo, para evitarles más sufrimiento a las mujeres, dijo:

—Creo que lo más razonable es que entremos en el castillo y hablemos de lo ocurrido, ¿no crees?

—No tengo nada que hablar contigo ni con nadie. ¡Fuera de mis tierras!

—No son tus tierras —gritó Candy—. Estas tierras son de los White y así seguirá siendo, te guste a ti o no, maldito asesino.

—Neall, ¡te voy a matar! —voceó Jesse fuera de sus casillas.

Candy lo miró. Sin duda entre lo que su hermana le había contado y lo acontecido, el pobre no daba crédito a sus oídos. Pero Neall, en lugar de amilanarse, sonrió y afirmó:

—Tu bonita Karen es mía. Mi mujer. Por fin pude tener y disfrutar algo que deseabas antes que tú. Incluso me he permitido marcarle el cuerpo para que no olvide quién manda en ella.

Eso volvió más loco a Jesse, que, saltando por encima de varios hombres, alzó la espada ante su hermano, justo cuando una flecha venida desde detrás de Neall, le daba de lleno en el brazo. Jesse cayó al suelo, herido, ante el horror de los presentes.

Pero con una rapidez que los dejó a todos perplejos, otra flecha alcanzó al hombre que había disparado a Jesse y se le clavó en el corazón. El guerrero cayó al suelo y Royce, con su arco en la mano, dijo:

—Muerto Otto, muerto Harper, sólo faltáis Rory y vos.

Karen, horrorizada al ver la flecha atravesar el brazo de su amor, se soltó de sus hermanas y fue a auxiliarlo, mientras Neall, encantado de ver a su hermano herido, siseó:

—Ven aquí, Karen o te prometo que tu vida será un infierno mayor del que ya conoces.

Ella se levantó del suelo para encarársele, con la mala suerte de que Neall se movió rápidamente y, agarrándola del pelo, la arrastró hacia él.

La joven gritó y sus hermanas también. Candy quiso correr hacia ella, pero Albert y Aston se lo impidieron. No debía acercarse a aquel loco.

Jesse, mientras sus hombres lo llevaban hacia un lado, blasfemó horrorizado por lo que ocurría y Neall, enloquecido, levantó con brusquedad a su mujer y, ante todos, dijo, poniéndole la espada en el cuello:

—Eres una mujerzuela digna de trabajar en un lupanar. Te voy a rebanar el pescuezo.

—¡No! —gritó Patty horrorizada.

Candy temblaba, con la respiración acelerada. Tenía que parar a Neall fuera como fuese y, parapetada tras Albert y dos de sus hombres, se agachó y se sacó de la bota su pequeña daga. Aston la miró y asintió. Sin duda, el factor sorpresa sería lo mejor.

La tensión le recorría todo el cuerpo, pero no estaba dispuesta a abandonar a su hermana a su suerte.

Karen paralizada de terror, sentía cómo el acero cortaba su fina piel cuando oyó a Jesse suplicar:

—Por el amor de Dios, Neall, ¡no lo hagas!

Su hermanastro rió y, sin importarle quién lo escuchara, dijo:

—¿Será su cuello tan frágil como lo fue el de su padre y el de la cocinera?

—Neall… —sollozó Karen.

Enajenado, él musitó, mientras un fino hilillo de sangre comenzaba a brotar del cuello de Karen:

—Nunca me has gustado. Sólo te quería para amargar a mi hermano y para hacerme con Caerlaverock. El último paso era matar a tu padre y, cuando llegó el momento, ese viejo zorro sonrió al intuir lo que iba a hacer. Deseaba morir y no me dio el gusto de oírle suplicar por su vida.

Albert miró a Candy. Estaba pálida, temblaba y respiraba con dificultad. Preocupado por ella, susurró, sin quitarle la vista de encima a Neall:

—Tranquila, Candy… tranquila, mi cielo.

Con los ojos anegados en lágrimas, ella asintió, y entonces Albert dijo con voz tajante:

—Neall, piensa lo que vas a hacer. Si matas a Karen, otra muerte, además de la de su padre y su gente recaerá sobre ti y…

—¡Suéltala, por favor! —suplicó Patty, llorando desconsolada.

Pero entonces Karen hizo algo que consiguió que Candy reaccionara. Con mano temblorosa, como pudo, se la llevó a la boca para lanzar un beso al aire. Eso les hizo saber a sus hermanas que se estaba despidiendo de ellas y el corazón le comenzó a latir desbocado.

No. No iba a permitirlo.

La tensión era tremenda. Nadie podía hacer nada. Cualquier movimiento acabaría con la vida de Karen, y todos lo sabían.

Albert, con frialdad, pensó en cómo actuar, pero hiciera lo que hiciese podría perjudicar a la joven. Miró a Archie y éste negó con la cabeza. Él tampoco lo tenía claro. George, apenas sin respirar, miró a sus hijos y éstos le indicaron que no se moviera.

De pronto, la espada de Neall cayó al suelo y se llevó las manos al cuello. Karen, al sentirse liberada, corrió hacia su hermana Patty y luego hasta Jesse, que la llamaba mientras la sangre manaba a borbotones del cuello de aquel villano.

Sorprendidos, todos miraron a la joven Candy. Ella era quien había lanzado la daga con precisión y, antes de que Albert la pudiera detener, caminó hacia su cuñado y, cogiendo el cuchillo por el mango, con frialdad se lo arrancó del cuello. Un chorro de sangre brotó y, sin ningún tipo de piedad, dijo:

—Espero que te pudras en el infierno más negro que exista. Tú te has llevado la vida de mi padre y de mi gente y yo me llevo la tuya, Neall Leagan. Como decía mi padre, una muerte por otra muerte.

Sin decir nada, el despreciable ser que le había amargado la vida a su hermana y matado a su padre, puso los ojos en blanco y, tras convulsionarse en el suelo, quedó muerto junto a Otto y Harper.

Albert miró a Archie y, con un movimiento de cabeza, le indicó que se ocupara de todo. Luego se acercó a Candy, que, con los ojos velados por la furia y la tensión, murmuró:

—He vengado a los míos. Neall merecía morir.

Rápidamente, Albert fue por un cubo de agua y metiéndole en ella las manos ensangrentadas, se las lavó. Después se las secó con el tartán que llevaba, la miró y dijo:

—Todo ha acabado, ¿de acuerdo?

La joven asintió y él la estrechó con cariño entre sus brazos y la besó en la cabeza, mientras la sentía temblar. Así estuvieron hasta que Patty se acercó a ellos y Albert la soltó, para que las hermanas pudieran abrazarse. Instantes después, Karen se unió al abrazo.

Definitivamente, todo aquello había acabado.

CONTINUARA.

La verdad a Candy no le hacia falta casarce con ese tonto Laird, ella solita acabo con Neall, un año y un día, mmmmm ella tiene que mantener distancia con este tonto guerrero, por ahi leei que esta Eliza no era mala, sino una maldita bruja perversa, no se que mas desgracias le pasara a la pecas pero creo que tendra que ser una guerrera y no dejarse de nadie.

Todavia faltan 32 capitulos... jijiji la mitad de el libro.

Abrazos.

Aby