N/A: ¡Hola a todos! Ya estoy de vuelta. Siento la tardanza, pero espero que con este capítulo creáis que la espera ha merecido la pena. En el anterior capítulo, Narumi se disculpaba con Bokuto el día del festival deportivo y le decía lo que sentía. Las cosas están ahora un poco raras entre ellos, ¿conseguirán arreglarlo?
Haikyuu y sus personajes no me pertenecen
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El color de una sinfonía
Capítulo 32
Sinceridad
Bokuto miró para otro lado, incómodo. Narumi caminaba por el pasillo a su lado, sosteniendo una caja algo más pequeña que la que llevaba él en brazos. Le había ofrecido su ayuda al ver a la chica cargar con ellas en dirección al aula de profesores, tras pedírselo Ono-sensei. Y tan pronto como se había ofrecido a cargar con la caja más pesada, se había arrepentido. No es que no quisiera ayudarla, es que el ambiente era incómodo entre ambos desde el día del festival deportivo.
Narumi, en cambio, mantenía los ojos al frente, pero podía notar la inquietud de Bokuto. No era idiota, sentía que el chico estaba incómodo en su presencia y desde el día en el que ella se había confesado él había evitado por todos los medios quedarse a solas con ella. Narumi no buscaba tampoco que recuperaran la relación que tenían al principio, habían pasado demasiadas cosas entre ambos, pero aquello ya le parecía demasiado. Le había expresado sus sentimientos, él no tenía por qué reconocerlos si él no quería.
Ono-sensei ya les estaba esperando en el aula de profesores. El hombre estaba abriendo otra caja más, que parecía contener libros.
—Vaya, has conseguido un buen ayudante, Matsuyama-san —el profesor se apresuró para coger a Narumi la caja que ella llevaba—. Muchas gracias a ambos. No tardéis demasiado en regresar a vuestra clase. El timbre no tardará en sonar.
Ambos hicieron una reverencia respetuosa a su profesor y abandonaron el aula. Ya en el pasillo, Bokuto miró a Narumi. El chico balbuceó nervioso varias veces hasta que consiguió articular una frase con sentido.
—T-Tengo que irme —y a continuación emitió una risita nerviosa.
—Bokuto-san, creo que deberíamos hablar.
—¿Eh? —el chico parpadeó confuso. Narumi sonaba muy seria y tenía el ceño ligeramente fruncido.
—Soy consciente de que nuestra relación no puede ser como era antes, porque me porté muy mal contigo. Por eso, si todavía no te sientes cómodo cuando estoy cerca, necesito que me lo digas. Te daré todo el espacio y el tiempo que necesites. No quiero que lo pases mal.
—No lo paso mal —mintió.
Narumi se cruzó de brazos y enarcó una ceja. No le creía en absoluto.
—Estamos manteniendo una conversación normal en el pasillo y estás sudando.
—Porque hace mucho calor —Bokuto se pasó la mano por la frente. La muchacha tenía razón, estaba sudando muchísimo.
—Estamos a finales de noviembre ya.
—Pues vaya con el cambio climático, ¿eh? —Bokuto mostró una sonrisa bobalicona que solo provocó que Narumi rodara los ojos— Está bien. No… No estoy incómodo ¡y te lo voy a demostrar! —el chico le señaló con el dedo de forma acusatoria— ¡Ven a mi casa el sábado y haremos todos sesión de estudio!
—V-Vale —desde luego que eso no era lo que Narumi esperaba escuchar de él, pero lo cierto era que habían hecho pocos planes todo el grupo junto desde octubre, ya que en especial era Bokuto el que solía faltar.
—¡A las cuatro!
Bokuto dio media vuelta y se alejó por el pasillo a grandes zancadas. A medida que fue subiendo las escaleras iba acelerando el ritmo y, al llegar a la tercera planta, en la que estaba su clase, se llevó las manos a la cabeza y emitió un aullido que sobresaltó a un grupo de estudiantes que estaban charlando en el pasillo.
—¿¡Pero qué he hecho!?
No tenían inicialmente planeado quedar para estudiar. Ahora Bokuto tenía que citar a todos en su casa y esperaba que aceptaran.
—¡Konoha, Saru, Komi! —los tres chicos estaban sentados en una de las clases, charlando animadamente— Matsuyama viene a mi casa este sábado.
—Oh —Komi le miró sorprendido.
—¿Qué rápido vais, no? —bromeó Saru.
—¡Necesito que vengáis!
—Tú estás flipando —le espetó Konoha.
—Es que es raro todo entre Matsuyama y yo y ella está molesta por eso, pero yo no quiero que crea que es así, así que le he dicho que venga a mi casa, que estudiaremos todos juntos y-
—Tío, respira —Konoha le puso la mano en el hombro.
—Pues claro que estás raro con ella alrededor. Si estamos en una habitación, te pones en la otra punta para estar lo más lejos posible de ella —Saru se encogió de hombros.
—¿Ha pasado algo más que debamos saber? —preguntó Konoha.
—¡No! —el rostro de Bokuto se sonrojó. Komi, Saru y Konoha intercambiaron miradas. Era obvio que sí había pasado algo.
—No hace falta que pongas así tampoco —replicó Komi.
—Lo sentimos, pero estás solo en esto. Estarás solo con Matsuyama —Saru sonrió de medio lado, burlón—. No vamos a estar ahí para ver la tensión sexual no resuelta que hay entre vosotros.
—¡No hay tensión sexual! —exclamó Bokuto en voz alta. Un silencio se hizo en la clase y el resto de estudiantes se giraron para mirarle con incredulidad. Saru y Komi rompieron a reír a carcajadas.
—Yo igualmente no puedo —añadió Konoha, intentando contener las carcajadas—. Tengo que ayudar a mi padre con el restaurante.
—Sois las peores personas del mundo, ¿lo sabíais? —les espetó Bokuto, indignado.
—Creo que podremos vivir con eso —Saru se cruzó de brazos, observando cómo Bokuto giraba sobre sus talones y abandonaba la clase refunfuñando.
Bokuto decidió cambiar de estrategia, así que bajó una planta. No tenía muchas esperanzas puestas en Hanazawa, pero quizás la chica le sorprendiera accediendo a una sesión de estudio en su casa. No obstante, para eso, tenía que obviar que, por un impulso, había invitado primero a Matsuyama.
Al asomarse a la clase de la chica, se sorprendió al ver a Washio, sentado frente al pupitre de Hanazawa. Los dos estaban hablando mientras parecían leer un libro.
—¿Os hace una sesión de estudio en mi casa?
—Hola, Bokuto. Yo estoy bien, gracias por preguntar —ironizó Hanazawa.
—¿Una sesión de estudio? ¿Cuándo? —se interesó Washio.
—Este sábado.
—No podemos. Hanazawa-san y yo vamos a ir a una librería-cafetería.
—Espera, ¿los dos juntos dices? —Bokuto parpadeó, confuso— ¿¡En una cita!?
—¡No grites, idiota! —Anri le dio un puñetazo en el brazo— No es una cita.
—Pero vais los dos juntos.
—¿Y? —la chica enarcó una ceja— Eso no quiere decir nada. Eres un simplón.
—El otro día vi en una revista una librería-cafetería que hay en uno de los barrios de la periferia. Me pareció bastante bonito y pensé que sería buena idea decírselo a Hanzawa-san, así que vamos el sábado. Puedes venir, si quieres.
Bokuto reflexionó por unos instantes. Podría cambiar el plan, desde luego, pero luego pensó en los libros y…
—Creo que voy a pasar —confesó, dibujándose una expresión de disgusto en su rostro.
—No hace falta que pongas esa cara de asco —Hanazawa negó con la cabeza.
—Podemos hacer ese plan otro día, pero este finde me apetece desconectar de las clases.
—Vale, no te preocupes, Washio —Bokuto se rascó la nuca—. En fin, tengo que irme.
Bokuto salió disparado en dirección a la clase de Akaashi. Al asomarse, tal y cómo esperaba, Matsuyama estaba con él. Desde la puerta, Bokuto le hizo unos gestos para captar su atención. Akaashi le ignoró durante varios segundos, pero, finalmente, decidió hacerle caso en vistas de que su capitán no tenía ni la más mínima intención de dejarle en paz. Cuando se acercó a la puerta, Bokuto tiró de él hacia el pasillo, esperando que Matsuyama, que estaba de espaldas, no se hubiera dado cuenta de que él estaba allí.
—Necesito que mañana por la tarde vengas a mi casa.
—Vale –respondió Akaashi con simpleza. Bokuto emitió un suspiro de alivio, pero el colocador volvió a hablar—. ¿Para qué?
—Pues para estudiar en mi casa.
—Ah, sí. Matsuyama-san me lo ha comentado —Bokuto dió un respingo y Akaashi supo en ese mismo instante que había algo más—. Bokuto-san…
—¿Qué? —el chico rió de forma nerviosa— Es solo ir a estudiar a mi casa. Como la otra vez —miró para otro lado, pero podía notar los ojos de Akaashi taladrándole la nuca—. Aunque es posible que estemos solos Matsuyama-san, tú y yo.
—Me estás utilizando —dedujo rápidamente.
—¡Que no, que no! —Akaashi le fulminó con la mirada, así que tragó saliva— Está bien. Puede que un poquito.
—No te voy a ayudar, Bokuto-san.
Akaashi dió media vuelta, pero Bokuto le retuvo.
—Matsuyama-san me ha dicho que nota que intento evitarla. Yo le he respondido que no es verdad y le he propuesto el plan. ¡Pero no hay ningún plan! ¡Y no puedo quedarme a solas con ella!
—¿Y por qué le has mentido entonces?
—Porque me ha empezado a hablar de que podía darme todo el espacio que necesitara y no es que esté enfadado con ella ni nada parecido —Bokuto miró a los lados para asegurarse de que nadie los escuchara y se acercó a Akaashi para hablarle en tono confidente—. El día del festival deportivo se declaró.
Akaashi enarcó ambas cejas. No había preguntado a ninguno de los dos lo que exactamente había sucedido en el aula. Había supuesto que Matsuyama se había disculpado, pero no que ella le hubiera dicho a Bokuto lo que sentía por él.
—¡Y no era así como lo tenía planeado en mi cabeza! —protestó Bokuto— No tenía que haber sido así.
—¿Y cómo debería haber sido entonces?
—Debería haberlo dicho yo, no ella.
—Bokuto-san… —Akaashi no daba crédito de lo idiota que podía ser su capitán— ¿A ti te gusta Matsuyama-san, verdad?
—¡Claro que me gusta! ¿Pero la has visto? ¡Es guapísima!
—No hablo de físico, Bokuto-san. Conozco a Matsuyama-san lo suficiente como para saber que su confesión no debió de ser tan simple.
—Me dijo… —Bokuto se sonrojó— Dijo cosas muy bonitas, que estaba tan enamorada de mí que no era capaz de expresar todo lo que sentía con palabras y terminó rompiendo a llorar.
Le daba vergüenza contar en voz alta algo tan íntimo, aunque fuera a su mejor amigo. Pero Akaashi no se rió, sino que la comisura de sus labios se curvó ligeramente hacia arriba.
—Creo que todo irá bien mañana, Bokuto-san. Matsuyama-san ha sido muy valiente al decirte lo que siente. Si tú de verdad sientes lo mismo, si estás de acuerdo con lo que ella dijo, tienes que decírselo.
—¿Y si-?
—No te va a rechazar —le cortó Akaashi—. No seas idiota, Bokuto-san, ella se ha confesado. No tenéis que ser novios, vuestra relación no tiene que cambiar. Solo sé sincero con ella, igual que ella lo ha sido contigo.
—Qué sabio eres, Akaashi —Bokuto estaba impresionado—. No me extraña que la mitad de las chicas de Fukurodani estén coladitas por ti.
El colocador rodó los ojos.
—Todo irá bien mañana, Bokuto-san. Solo no entres en pánico.
Akaashi hizo un gesto con la mano antes de regresar a su clase, pero Bokuto permaneció en el pasillo unos segundos más. Eso no podía prometerlo.
Al día siguiente
Narumi se paró frente a la puerta de la casa de los Bokuto. Aferró con fuerza el asa de su bolsa de tela y suspiró antes de llamar al timbre. Tuvo que esperar unos segundos antes de que se abriera la puerta. Bokuto, que llevaba puesto un chándal para estar por casa, la invitó a pasar. Parecía nervioso, pero, a decir verdad, ella también estaba un poco nerviosa, quizás contagiada por él.
Bokuto la miró de arriba a abajo. Le gustaba ver a Matsuyama fuera de clases. Llevaba su larga cabellera castaña recogida en una trenza de raíz. Al quitarse el abrigo largo de color marrón que llevaba, lucía un vestido de color granate por encima de la rodilla y ajustado en la cintura con una goma. La prenda tenía las mangas un poco abullonadas hasta la muñeca, donde quedaban más ajustadas, y tenía un estampado de golondrinas. Cuando la chica se quitó sus botines negros de piel, Bokuto se percató de que, en realidad, llevaba medias del mismo tono que su piel.
Subieron las escaleras hasta su habitación, pero Matsuyama se quedó bajo el quicio de la puerta. No había nadie más. Bokuto jugueteó con sus dedos de forma nerviosa. Seguro que la chica iba a molestarse y, encima, sus padres tampoco estaban. Pensaría que era un pervertido y que le había tendido una emboscada.
—No hay nadie —pronunció Narumi. No era una pregunta, sino una afirmación, pero Bokuto respondió.
—Al final no ha podido venir nadie —el chico se rascó la nuca, incómodo. Había quedado fatal, seguro.
—Bueno —la muchacha se encogió de hombros—. ¿Empezamos?
Narumi caminó al interior de la habitación y tomó asiento en el suelo. Al igual que la anterior vez que habían estudiado en su casa, Bokuto había puesto una mesa baja para poder estar más cómodos.
—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde? —Narumi enarcó una ceja.
—¿Qué? ¡Ah, no! —Bokuto dio un respingo y se apresuró también a tomar asiento. No dejaba de sorprenderle la naturalidad con la que Narumi se había tomado siempre quedarse a solas con él.
—Teniendo en cuenta que somos de cursos diferentes, no es que yo pueda ayudarte mucho con los estudios, así que, si quieres, podemos empezar con el inglés. ¿Te parece?
Bokuto asintió.
—¿Recibiste respuesta de las universidades a las que enviaste las cartas?
—Pensaba que te habías olvidado de eso.
—¿Por qué me iba a olvidar? Te ayudé a escribirlas antes del verano.
—Por eso en parte había pedido esta sesión de estudio —confesó un poco avergonzado—. Tengo entrevistas en dos universidades dentro de dos semanas.
—¡Eso es fantástico, Bokuto-san! Seguramente parte de la entrevista te la hagan en inglés, si te pidieron que tu carta la redactaras en inglés. ¿Quieres que practiquemos el oral? Hagamos un simulacro.
—Te entusiasman demasiado estas cosas…
—Es mejor estar preparados y seguro que no te viene mal hablar un poquito en inglés —Narumi sacó un cuaderno y un boli—. Yo seré el entrevistador. Tienes que meterte en el papel.
Efectivamente, Narumi se tomaba todos aquellos asuntos muy en serio. A Bokuto le costaba meterse en situación porque Matsuyama no dejaba de ser Matsuyama y protestaba porque a veces le parecía que ella era demasiado dura con él en las preguntas. Según la chica, era mejor ir sobradamente preparado, pero Bokuto ya sentía mucha presión como para que encima Narumi fuera más exigente con él todavía.
Cuando llegaron a la parte de inglés, tuvieron un auténtico problema. Quizás la teoría se la supiera, pero en la práctica Bokuto era un desastre. Se trababa, tenía mala pronunciación y, cuando se quedaba en blanco, no sabía encontrar la forma de reconducir la conversación. Narumi le dio algunos consejos y le corrigió ciertas cosas, pero Bokuto tenía claro que, si finalmente parte de su entrevista era en inglés, iba a tener un problema.
Decidieron dejar el inglés apartado y dedicar otra parte de la sesión a estudiar por su cuenta, pero Bokuto no era capaz de concentrarse. Estaba solo en su casa, con Matsuyama. La chica, en cambio, parecía muy tranquila. Leía con atención el libro de Historia y hacía anotaciones de vez en cuando en un papel. Intentando ser lo más discreto posible, Bokuto la observaba. Sus largas pestañas proyectaban una tenue sombra en sus mejillas. Mientras leía, tenía apoyado el codo izquierdo sobre la mesa y su barbilla reposaba en su puño. Estaba sentada de rodillas en el suelo, pero había dejado de tener una posición correcta y sus piernas estaban ligeramente abiertas hacia los lados, por lo que su vestido se había subido ligeramente, mostrando parte de sus muslos.
Bokuto tragó saliva y cerró los ojos, intentando concentrarse en sus apuntes de Física, pero, al hacerlo, solo le venían a la mente escenas de lo más inapropiadas. ¡Estúpidas hormonas!, pensó mientras golpeaba con sus puños sobre la mesa.
—Bokuto-san, ¿estás bien?
Narumi le miraba intrigada. Solo entonces Bokuto se dió cuenta de lo que acababa de hacer y pensó que en su rostro prácticamente debía de tener escrita la palabra 'Culpable' en la frente.
—¡Tengo que irme! —se puso rápidamente en pie.
—¿Qué te tienes que ir? Pero si estás en tu casa.
—Al-Al-Al… ¡Al baño!
Bokuto salió corriendo y dio un portazo, echando el pestillo. Se puso en cuclillas contra la puerta, intentando calmarse. ¿¡Por qué tenía que ponerse tan nervioso!? ¿¡Por qué desde que Matsuyama se había confesado se sentía tan ansioso que no podía quedarse a solas con ella!? No es como si sus sentimientos no hubieran sido correspondidos… Bokuto ya se había dado cuenta de que Matsuyama le gustaba. Pero, quizás, ese era el problema, que ahora sabía que era mutuo y no sabía qué debía decir o hacer a partir de ahora.
Lo cierto era que, tal y como le había confesado a Akaashi, el momento de la confesión no debería haber sido así. Tenía que haber sido él, no ella. ¿Cómo era posible que Matsuyama se hubiera armado de valor para decirle lo que sentía y él, no?
—¿Bokuto-san, te encuentras bien?
Matsuyama estaba al otro lado de la puerta y eso no le ayudaba lo más mínimo.
—¡Sí! —respondió— ¡Solo me ha dado un apretón!
¿¡Un apretón!? ¿¡Pero en qué demonios estaba pensando!? ¿¡Cómo podía decirle eso a la chica que le gusta!?
—¿P-Por qué no coges algo para beber y picotear mientras? —le propuso, intentando mantener la compostura.
—No me siento muy cómoda rebuscando en tu cocina. No estoy en mi casa.
—No importa, de verdad, que yo te doy permiso. Hay té en la nevera y algo habrá por ahí de comer.
—E-Está bien.
Al escuchar el sonido de las pisadas alejarse, Bokuto respiró tranquilo. Debía de intentar tranquilizarse. Se incorporó y se acercó al lavabo para echarse algo de agua fría en la cara. Necesitaba bajar el calor que sentía como fuera.
Mientras tanto, Narumi bajó a la cocina. No le parecía nada bien husmear en una cocina ajena, pero siguió las instrucciones de Bokuto al pie de la letra. Abrió la nevera y rápidamente encontró una jarra con té. La sacó y empezó a abrir los armarios hasta dar con los vasos. Se quedó pensativa unos instantes, intentando averiguar dónde podrían guardar los padres del chico algo de comida para servir con el té y, lo más importante, una bandeja para transportarlo todo hasta arriba.
—Siempre digo que el té sabe mejor con un poquito de dulce.
Narumi dió un respingo. Recordaba perfectamente a la madre de Bokuto, ya había coincidido con ella la primera vez que había estado en aquella casa. Cabello de color pajizo a la altura del mentón y unos grandes y redondos ojos dorados, que su hijo había heredado claramente de ella.
—¡L-Lo siento! —Narumi inclinó su cuerpo en una reverencia perfecta de 90 grados— No pretendía husmear en su casa.
—Tranquila, querida. No pasa nada. Los amigos de Kōtarō pueden sentirse como en casa. Puedes dejar de disculparte —Narumi se incorporó lentamente para toparse con la enorme sonrisa de la mujer. Madre e hijo se parecían mucho más de lo que a simple vista se veía—. ¿Dónde está mi hijo para dejarte a ti preparar todo?
—Está en el baño.
—¿En el baño? —la mujer parpadeó confusa, pero, a continuación, emitió una sonora carcajada— Si hubiese sabido que iba a traer una chica no habría vuelto a casa tan pronto.
—¡No es lo que cree! —Narumi carraspeó. Su voz había sonado más chillona de lo que pretendía— Bokuto-san necesitaba ayuda con el inglés.
—Ah, sí. Tú eres Matsuyama-san, ¿no? Kōtarō habla mucho de ti.
—¿En serio?
La mujer sonrió de medio lado.
—He hecho algo de compra. ¿Por qué no preparamos un bizcocho? Es rápido y hace mucho que no hago nada de repostería.
—¡Me encanta la repostería!
—¿En serio? Yo no hago mucho porque se me da fatal. Bueno, en realidad, no tengo mucha mano con la cocina. Suele cocinar más mi marido. Quizás me puedas dar algunos trucos —la mujer le lanzó un delantal que Narumi cogió al vuelo—. Además, el azúcar es bueno para el cerebro. Os vendrá muy bien para vuestra sesión de estudio.
La madre de Bokuto se movía rápido por la cocina, estaba llena de energía. Cogió todos los ingredientes y los ordenó sobre la mesa, junto a los materiales, para empezar a trabajar las dos cuanto antes. Narumi empezó a batir los huevos mientras la madre de Bokuto vigilaba la mantequilla y el chocolate, que se derretían a fuego lento.
—Yo suelo echarle un poco de nata también —confesó Narumi.
—¿Nata?
—Muy poco, pero creo que así queda más jugoso y esponjoso.
—Es una buena idea. Lo voy a probar.
Cuando le echó el chorrito de nata para cocinar a la mezcla con el huevo, el chocolate y la mantequilla, las dos empezaron a echar la harina para terminar de preparar la masa. Narumi iba tamizando poco a poco la harina con un colador mientras la madre de Bokuto iba batiendo de forma manual.
—Bokuto-san, si se le cansa el brazo le puedo sustituir.
—En primer lugar, Matsuyama-san, no me hables tan formal. Puedes decirme Masako —la mujer lanzó una mirada significativa a la chica, que asintió—. A mí me gusta llamar por su nombre a los amigos de Kōtarō, así que tú serás Narumi-chan. ¿Te parece? —Narumi no respondió, así que la madre de Bokuto siguió hablando— Kōtarō no ha tenido nunca muchos amigos. La situación empezó a cambiar cuando entró a Fukurodani —Narumi le miró sorprendida. Costaba creer que alguien como Bokuto no hubiera tenido amigos—. Imagino que es por su energía o porque es muy ruidoso, no todo el mundo le puede seguir el ritmo —prosiguió Masako, como si hubiera podido leer el pensamiento de la chica—. Jugaba al volleyball en la escuela media también, pero sus compañeros terminaban siempre dándole de lado. Kōtarō nunca le dió mucha importancia, es bastante despreocupado para eso, pero yo sí. Por eso me hace muy feliz que ahora tenga a Keiji-kun y al resto a su lado.
Narumi miró de reojo a la mujer. Seguía concentrada en dejar la masa del bizcocho sin grumos, pero Narumi podía apreciar la comisura de sus labios curvadas hacia arriba.
—Yo he hecho daño a Bokuto-san —confesó Narumi avergonzada—. Pasaron cosas dolorosas en mi vida que me llevaron a pagar mi frustración con él y eso es algo de lo que me arrepiento mucho.
—Pero ahora estás aquí, ¿no? —Masako tomó a Narumi del mentón con delicadeza para que la mirara a los ojos— Narumi-chan, todos hacemos o decimos cosas de las que nos arrepentimos en algún momento, pero ahora estás aquí, lo que significa que, fuera lo que fuese, para Kōtarō ha quedado ya atrás —la mujer le hizo un gesto a Narumi para que echara más harina y siguió batiendo—. Esa es la diferencia. Otros se fueron para no volver, pero tú sí has vuelto.
Narumi no pudo evitar sonreír. La madre de Bokuto era muy buena persona.
—¿¡Qué estás haciendo, mamá!? —Bokuto entró en la cocina horrorizado. No podía creerse que su madre estuviera cocinando con Matsuyama.
—La pregunta debería ser qué demonios has estado haciendo tú en el baño —la mujer le señaló con el dedo de manera acusadora—. Espero que al menos te hayas lavado bien las manos.
—¡Mamá! —Bokuto sintió que sus mejillas y sus orejas ardían, más aún cuando Matsuyama emitió una leve risita.
—Tu madre me pilló rebuscando en la cocina, Bokuto-san —le explicó Narumi—, y me ofreció hacer un bizcocho para acompañar al té.
—Es la mejor manera de que repongáis fuerzas —añadió la mujer con orgullo. Se giró para coger un recipiente en el que puso la masa—. Podéis seguir con vuestra sesión de estudio. Voy a meter esto al horno. Estará en seguida.
Narumi asintió. Se quitó el delantal y se lavó las manos antes de seguir a Bokuto de nuevo escaleras arriba.
—Perdona a mi madre —dijo el chico cerrando la puerta de su habitación—. Da igual lo que te haya dicho, no le hagas ni caso.
—No te preocupes. Ha sido muy agradable —Narumi tomó asiento frente a sus apuntes—. ¿Tú estás bien?
—¿Qué? ¡Ah, sí! —Bokuto se rascó la nuca incómodo al recordar lo que le había dicho a Matsuyama— Todo perfecto.
Narumi sonrió para, a continuación, tomar su lápiz y seguir estudiando. Pero, a decir verdad, notaba que su concentración era más débil que de costumbre. No dejaba de darle vueltas a las palabras de la madre de Bokuto. No entendía cómo era posible que un chico tan brillante como él no hubiera tenido muchos amigos en la escuela media, cómo ninguno de sus compañeros de equipo le seguía el ritmo. Y, a pesar de ello, eso no parecía haber afectado al muchacho. Quizás él siempre había creído que el problema lo tenían ellos y que ya aparecería gente como los chicos del equipo de Fukurodani.
—Bokuto-san —Narumi dejó el lápiz sobre la mesa—, creo que deberíamos hablar —el chico levantó la vista de sus apuntes y la miró interrogante—. Creo que deberíamos dejar claro qué está pasando entre nosotros.
Bokuto balbuceó, incapaz de articular alguna palabra coherente.
—Siento si mi confesión te hizo sentir incómodo —prosiguió la muchacha—. No estoy segura de que aquel fuera el momento adecuado, pero las palabras que dije aquel día las sentía de verdad y no cambiaría ninguna de ellas. Creo que conocerte ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida y solo verte sonreír, ser feliz, me hace a mí también inmensamente feliz. Después de todo lo que hemos pasado no puedo pedirte que nuestra relación sea como antes, porque no va a ser igual. Tampoco te pido que me correspondas, pero sí que aceptes que lo que siento por ti es real.
—Para —Bokuto apretó sus puños con fuerza—. No hables más.
Narumi le miró preocupada. ¿Se había enfadado con ella? ¿Había metido la pata?
—Perdona. No quería hacerte sentir más incómodo. Pero creo que es necesario que hablemos de esto porqu-
—¿Por qué tienes que ser siempre tú?
—¿Perdona?
—¡Eres tú siempre la que da el primer paso! Has sido tú la que se ha confesado, eres tú la que ha iniciado esta conversación y eres tú la que no para de decir esas cosas tan bonitas, mientras que a mí lo único que me sale decir es que eres guapa —el chico se puso en pie—. ¡Y eso me hace sentir fatal! Porque debería de haber sido yo el que se debería haber confesado primero y el que dijera esas cosas bonitas sobre ti. ¡Es así como funciona en realidad!
—¿Porque tú eres el chico y yo la chica? ¿A eso te refieres? —Narumi enarcó la ceja— ¿No crees que eso es un poco infantil?
—A ti te lo parecerá, pero para mí es importante, porque esto no es para nada como me lo imaginaba en mi cabeza.
—¿Y cómo te lo imaginabas entonces?
Bokuto se quedó callado y se sonrojó. No tenía muy claro cómo debía haber sido el momento, pero desde luego que así no.
—Hay otras chicas que me han gustado y me han parecido guapas —prosiguió Bokuto—, pero ninguna como tú. Esta ha sido la primera vez que tenía claro que me quería confesar, pero nunca he encontrado en momento de decírtelo y, en cambio, tú te las has apañado para hacerlo ya en dos ocasiones.
Narumi guardó silencio. Bokuto la miró, suplicante. La chica tenía el ceño ligeramente fruncido.
—Dime algo, anda —le instó Bokuto. Sin embargo, la respuesta no fue la que esperaba porque Narumi rompió a reír a carcajadas— ¡Oye! ¡No te rías!
—Eres como un niño grande, Bokuto-san —Narumi se puso también en pie y se acercó a él—, y eso me gusta mucho de ti.
—¿Ves? Ya estás otra vez —el chico miró para otro lado y se cruzó de brazos.
—No necesito tampoco una confesión. Solo quiero que respondas a esta pregunta: Bokuto-san, ¿estás enamorado de mí?
Bokuto la miró de reojo. Narumi lucía ligeramente expectante.
—¡Es que me da mucha vergüenza! —gritó el chico de repente.
—¡Eres lo peor! —Narumi empezó a golpearle en el brazo, así que, para detenerla, Bokuto pasó el brazo por su cintura y tomó su brazo. Narumi sonrió y le acarició el rostro con delicadeza a Bokuto— Te quiero mucho, Bokuto-san.
—¡Por dios! —Bokuto se separó rápidamente de ella al notar lo cerca que estaban sus cuerpos.
—¿Vas a ir al baño otra vez? —Narumi se cruzó de brazos, burlona.
—Eres un demonio.
Aquella respuesta provocó a Narumi una risita infantil.
—¡Chicos! —esa era la voz de la madre de Bokuto, que sonaba desde las escaleras de la casa— ¡El bizcocho está listo!
—¡Bajamos! —respondió Bokuto, dando una voz.
Narumi abrió la puerta de la habitación para ser la primera en salir, pero se detuvo cuando Bokuto habló de nuevo.
—Oye, Matsuyama —el chico se rascó la nuca, incómodo ante lo que iba a decir—. Me gustas mucho. Yo… Yo también te quiero. Me hace muy feliz que mis sentimientos sean mutuos.
Por unos instantes, Narumi parecía sorprendida, pero, finalmente, le mostró al chica una amplia sonrisa.
—Vayamos poco a poco, Bokuto-san. ¿Te parece?
—Me parece estupendo —replicó Bokuto.
El chico, de una sola zancada, se puso a la altura de la muchacha. Posó su mano sobre la cabeza de ella en un gesto cariñoso y bajaron juntos las escaleras. El bizcocho que merendaron aquella tarde les pareció a ambos el más rico que habían tomado nunca.
"Existe una palabra que mucha gente tiene dificultad en decir: no. Quien jamás dice no se juzga generoso, comprensivo, educado; porque el no tiene fama de maldito, egoísta, poco espiritual. El guerrero no cae en esta trampa. Hay momentos en los que, al decir sí a los otros, él puede estar diciendo no para sí mismo. Por eso, jamás dice un sí con los labios si su corazón está diciendo no"
— Paulo Coelho
¡Nos leemos!
