32 Unión

Sebastian caminaba por los pasillos de la mansión con una enorme sonrisa en los labios mientras sus ojos se fijaban con emoción el anillo que su amado contratista le regaló como señal de un mayor compromiso entre los dos. Llegó a la cocina con disimulada emoción notando como todos los sirvientes se le acercaron para felicitarlo con alegría por la boda.

—¿Quién les contó? —Apenado el mayordomo cuestionó aunque ya suponía quien les había informado.

—¿Podemos asistir a su boda?

Finny tímidamente preguntó, los otros desviaban la mirada ya que era su inquietud también, sabían que unos sirvientes no podían aspirar a asistir a la boda de su amo como invitados pero la situación no era usual tampoco, así que había posibilidad de asistir.

—Obviamente... —Con seriedad sentenció el mayordomo, los otros se desanimaban esperarando una negativa— Están invitados... Al joven amo y a mi nos gustaría contar con su presencia.

Todos se lanzaron a abrazarlo de la emoción, Sebastian forzadamente sonreía mientras trataba de apartarlos con aparente amabilidad.

—Bueno, sigamos con el trabajo debemos hacer este día especial para mi querido joven amo. —El demonio decía ilusionado.

—Awww señor Sebastian eso es tan tierno... Se preocupa tanto por hacer sentir feliz al joven amo más que a usted mismo. —Meyrin comentó sonrojada y emocionada, como deseaba que alguien se enamorara así de ella, el conde era muy afortunado, pensaba.

Sebastian no respondió a ese halago sincero porque era su verdad, nada deseaba más que hacer feliz a Ciel, su pequeño amo quien le da significado a su existencia en cada minuto que pasaba a su lado. El amor que nunca pensó tener lo logró conocer en un niño tan hermoso como caprichoso, le conmovía recordar la forma en que lo conoció en medio de tan agobiante sufrimiento; rememoraba esos ojos desesperados que lo cautivaron en un principio, mirada que ahora era diferente, ahora reflejaban amor. Pensar en ello lo hacía feliz y sabía que esa felicidad era mutua.

Todos en la mansión estaban muy animados en los preparativos de esa improvisada boda, que era una celebración formal por el amor que se profesaban dentro de la mansión el conde Phantomhive y su leal mayordomo. Lizzy se encargó de la decoración junto a Soma y los sirvientes, Sebastian con Agni se esmeraban en la cocina preparando el banquete.

—Me alegra mucho que ustedes formalicen su unión. —Agni comentaba mientras ayudaba a lavar unas frutas.

—Aunque solo es un formalismo, lo que Ciel y yo tenemos va más allá de esta ceremonia.

—Yo lo sé, ambos se ven muy enamorados a pesar de sus inconvenientes y discusiones se nota cuanto se aman pero supongo ese es el encanto en su relación.

El demonio esbozó una sonrisa en sus labios porque el hindú tenía razón, parecía que todos a su alrededor lo conocían y no sabía si eso era bueno o malo.

—Creo que no fue buena idea esto de la boda no quiero que los demás me vean. —Ciel con un puchero hablaba mirándose al espejo mientras se probaba unas prendas que su mayordomo había arreglado.

—Este te queda bien. —Sebastian le halagó mientras ayudaba arreglar un traje azul que le hizo probar— A menos que quieras casarte en pijama en la cama o ya no quieras casarte conmigo ¿Se arrepintió de su propuesta?

—No seas idiota, soy un hombre de palabra. —Sonrojado le refutó— Y deja de acariciarme el trasero de esa forma, pervertido.

Sebastian pícaramente sonreía, sus dos manos soltaron ese exquisito trasero, abrazándolo por detrás veían su reflejo juntos en el espejo, apretaba sutil su cintura ya no tan delgada palpando su vientre abultado, sentía a ese pequeño que despacio se movía.

—Hacemos una pareja bonita ¿No crees? Combinamos a la perfección a pesar de ser tan diferentes. —El demonio embelesado susurró a su oído rozando sus labios a su cálida piel— Eres como un hermoso cielo...

—Tú eres un candente infierno... Mi infierno... —Con una sonrisa el conde susurraba estremecido entre los brazos de su demonio, ante los roces de sus labios, no demoraron mucho para que sus labios se unieran en un dulce beso.

Minutos después en el salón principal de la mansión Agni bendecía la unión del conde y su mayordomo, quienes tomados de la mano a la vez se miraban de reojo, en medio de un mutuo "te amo" susurrado se sentían algo apenados al confirmar su amor frente a todos de esta forma.

—Ahora son esposos pueden sellar su compromiso con un beso. —Agni les sugería con una sonrisa.

La pareja se dio un pequeño beso en los labios en medio de la algarabía de todos que celebraban su unión, los dos parecían muy tímidos incluso Sebastian quizás porque era la primera vez que hacía un "contrato" de este tipo, se sentía felizmente aterrado, un humano lo atrapó de una forma que nunca imaginó, eso lo asustaba un poco pero extrañamente era feliz.

Ciel notó esta actitud en su ahora esposo, lo conocía tan bien que podía sospechar que le sucedía mientras recibían las felicitaciones de todos entre abrazos y deseos sinceros de quienes a su alrededor parecían apreciarlos con genuino cariño.

—¿A dónde irán de luna de miel? —Lizzy les cuestionó emocionada.

—A ninguna parte estando así no puedo ir a ningún lado.

Ciel le respondió desanimado, a pesar de estar feliz con lo de la boda se sentía inseguro con su cuerpo, le incomodaba sentir que lo miraran, para colmo la ropa le apretaba un poco aunque Sebastian se la había arreglado. La inseguridad le invadía.

—Bueno Ciel... Cuando el bebé nazca podrán viajar y nosotros lo cuidamos.—Sugería Soma abrazándose sutil al joven embarazado.

—No les voy a dejar a mi bebé.

—¡Awww el instinto maternal!—Se enternecía la joven.

—¡No soy mamá...!

Sebastian a unos pasos oía la conversación de los jóvenes mientras estaba junto a Agni y Bard hablando de otros temas.

—Sebastian... ¿Crees que todos tengamos la habilidad de embarazar hombres? —Cuestionó curioso el rubio cocinero.

—¿Por qué preguntas eso? ¿Piensas embarazar a un hombre?

Sebastian divertido le preguntó, el rubio solo alzó sus hombros como respuesta mientras seguía fumando su cigarrillo. El demonio no podía decirle que entre humanos varones era imposible un embarazo, si su joven amo concibió a ese hermoso bebé era por su naturaleza demoníaca.

—Quizás solo los dioses lo deciden, los niños son un milagro de la vida.

—Claro señor Agni, son los dioses.

Sebastian dijo sarcástico con una sonrisa pues era toda una ironía que hablara de que los dioses ayudaron en la concepción de su pequeño hijo, cuando fue su maligna naturaleza la que influyó en ese "milagrito", quizás el amor y la extenuante vida sexual juntos.

Minutos después en un rincón del salón el conde y su mayordomo pretendían hablar cuando por fin se quedaron a solas.

—Sebastian, he notado que estás como asustado, debes saber que yo también tengo miedo —El joven conde aclaró a su demonio en un susurro mientras jugaba su mano con la suya un poco coqueto.

—¿Por qué tendría miedo? Te amo mi Ciel... —Sebastian lo atraía a su cuerpo en un abrazo sin dejar de sonreirle a pesar de sentirse descubierto.

—Porque supongo que así es el amor a veces asusta de lo tan abrumador que es... —El joven no terminó de hablar y sonrojado trataba de apartarse— ¿Qué haces? No quiero hacerlo frente a todos, me da vergüenza.

Sebastian sonreía ante el reclamo apenado de su joven esposo, quien se resistía a su abrazo mientras lo llevaba al centro del salón ante la atenta mirada de todos.

—Amadisimo Ciel, es costumbre que los esposos hagan el primer baile.

—No quiero bailar... Llevamos unos minutos de casados y ya me estás fastidiando. ¡Quiero el divorcio!

—¿Tan odioso te resulto? Pero fuiste tú quien quería casarse conmigo. —Resentido el demonio le hablaba, bailando lentamente— Ahora te arrepientes ¿Quieres romper mi corazón?

—No seas dramático, es solo... ¿Quieres que dejemos de pelear ahora que nos casamos? ¿Quieres que cambiemos? ¿Quieres que sea un esposo sumiso? Porque si es lo que quieres, lo haré...

—Ahora tú eres el dramático, no quiero que nada cambie entre nosotros, te amo tal cual eres y amo lo que tenemos. No discutir contigo sería aburrido.

Ciel se abrazaba a Sebastian, de alguna forma le conmovía su aclaración

Los demás veían atentos el baile cada vez menos forzado de los esposos, el gesto de fingida molestia de Ciel, quien torpemente seguía el ritmo de ese vals que resonaba en el salón, Sebastian muy sonriente disfrutaba la hermosa velada, su primera velada estando casados debía ser inolvidable.

—Estoy tan cansado...

Era el bufido de Ciel cuando se recostaba en la cama esa noche, aunque no lo admitiera disfrutó mucho de la velada, cenaron, comieron pastel, bailaron, brindaron junto a quienes podía llamar su familia. Sebastian a su lado se recostó acariciaba su rostro, no podía dejar de contemplar su belleza.

—Eres hermoso esposo mío...

Ciel se ruborizó ante ese halago de su demonio, esa mirada profunda y enamorada que parecía derretirlo, excitarlo.

—Quizás no estoy tan cansado... —Ciel insinuaba con una sonrisa traviesa— Me duelen los pies un poco pero mi trasero está bien.

—Me casé con un depravado. —Sebastian le susurró sobre los labios mientras desabotonaba su camisa.

—Querido Sebastian estamos juntos porque somos unos depravados, recuerdas que así empezamos nuestra relación.

—Claro que lo recuerdo, tú solo querías saciar tu curiosidad y terminaste saciando el cuerpo.

Ambos unieron sus labios en un lascivo beso, rememorando en medio de esos besos como habían iniciado su relación y les alegraba que siguieran impulsados por el mismo deseo del principio, aunque lo único que había cambiado que ahora no sólo se dejaban llevar por el placer sino por el amor que se tenían.

Su noche de bodas fue placentera y significativa, Ciel desnudo respiraba agitado cuando Sebastian sacó su miembro de su interior después de ese orgasmo que los consumió a ambos en el más profundo placer.

—Eso estuvo bien... Señor Michaelis. —Sebastian con dificultad le decía mientras rozaba su miembro algo flacido en esa entrada caliente de la que salía su semen.

—¿Michaelis? —Ciel musitó dudoso acariciandose el vientre trataba de calmar al bebé inquieto que se movía en su vientre.

—Eres mi esposo, debes tener mi apellido.

—Mejor que tú seas un Phantomhive igual quien te dio el Michaelis fui yo.

—Bueno quedemos como estamos, pero nuestro hijo si llevará mi apellido. —Sebastian notaba como Ciel acariciaba insistente su vientre— ¿Qué sucede? Sigue inquieto... Te dije que meterlo todo le enojaría, pero tú rogando que lo metiera hasta el fondo.

—Cállate... No deja de moverse y duele...

A Sebastian le empezó a preocupar al notar sus gestos de dolor, ¿Su bebé iba a nacer? Pero era algo pronto ¿Y si no se había desarrollado bien? Se sentía culpable, quizás había sido algo brusco al dejarse llevar por la emoción de esa primera noche de casados ¿Lastimó a su bebé? Si era así nunca se lo perdonaría.

Muchas gracias por leer este capítulo