Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18
NOTA DE AUTOR: Quiero pedirles las disculpas pertinentes por haberme demorado. En más de una ocasión comenté que había tenido asuntos personales que atender, situación que me mantuvo ocupada y muy triste, sumado a toda la presión de un nuevo trabajo. Pero ya estoy de regreso, ¡y vuelvo con más rapidez que antes! Espero me entiendan por esa ausencia que tuve y de corazón espero que me sigan acompañando, porque sigo con ustedes
Recomiendo: The Scientist – Corinne Bailey Rae
Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.
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Capítulo 14:
Errores
"Vengo a verte y a decirte que lo siento
(…) Tuve que encontrarte, decirte que te necesito
Decirte que te alejo
Dime tus secretos
Hazme tus preguntas
Volvamos al inicio
(…) Nadie dijo que sería fácil
Es una pena para nosotros separarnos
(…) Nadie dijo que sería así de difícil
Llévame al comienzo de todo
(…) Dime que me amas
Vuelve y abrázame…"
Edward parecía enloquecido, nadando de lado a lado por si los encontraba. No se había dado cuenta de cómo temblaba ante el terror paralizante de encontrarlos inertes, no hasta que sintió alivio de no verlos, al menos no él.
Cuando salió del mar y vio a Bella llorando desesperada, lo primero que hizo fue correr hacia ella, poner sus manos en sus hombros y mirarla por una respuesta.
—¿Qué pasó, Bells? Dime, ¿qué ocurrió?
—Se han perdido… Yo… —Apretó los labios—. No sé cómo han desaparecido. Lo siento tanto, Edward, de verdad.
La furia le cruzó la garganta por sus pequeños, que solían ir corriendo de aquí para allá. ¿Por qué esta vez no pudieron quedarse junto a Bella? ¿Y por qué Bella, sabiendo cómo eran, fue capaz de dar la vuelta un minuto?
Hasta ese punto, ni Edward podía pensar con claridad. Estaba desesperado.
—Por favor, no te enojes conmigo —gimió ella, temblando de pies a cabeza.
No lo iba a soportar.
—Bella, necesito estar solo —pidió él, alejándose.
El rostro de Isabella estaba bañado en lágrimas y su frecuencia cardíaca era tan rápida que su pecho le comenzaba a doler.
—Pero…
—Necesito estar solo. Si quieres ayudar realmente, por favor, déjame solo y ayúdame a encontrarlos —le dijo, sin detenerse a pensar que sus palabras realmente le estaban provocando un fuerte daño a ella.
Bella se sentía tonta e inútil. Una madre nunca se quedaría de brazos cruzados ante lo que acontecía con sus hijos. ¿En qué momento pensó que realmente podía ocupar ese lugar en la vida de los mellizos? ¿Estaba loca? Ni siquiera Edward podía entenderla, ¿no?
Todo esto pasó porque no hice mi rutina, todo esto está así porque salté todos los pasos, pensaba de manera errática mientras seguía temblando.
—Llamaré a mi padre, él me ayudará —susurraba, pero Edward no escuchaba, tenía los ojos tan llorosos y el sollozo en la garganta de imaginarse sin sus hijos que por poco se derrumba entre las piedras de la playa.
Cuando el jefe Swan supo lo que estaba pasando, no tardó en levantarse de su escritorio y ordenar tres patrullajes en las cercanías del bosque de La Push. Era una playa peligrosa en la que un pequeño perdido podía ser presa fácil del mar o de animales salvajes, los que habitaban cerca de las montañas o en los acantilados. Cuando se subió a la suya junto a Jasper, su compañero de rondas, no dejaba de temblar.
—Ellos estarán bien, Charlie —le dijo el rubio, sabiendo cuán importantes eran para toda la familia.
El jefe suspiró de manera tan adolorida que solo pudo contener el aliento luego, intentando masticar la sensación desprovista de vida ante la eventual idea negativa de que algo malo les hubiera ocurrido.
En el instante en que se encontró con su hija, que lloraba de manera amarga desde un extremo, sintió el impulso de correr hacia ella para cobijarla. ¿Dónde estaba Edward? ¿Cómo se encontraba? Cuando más preguntas rondaban su cabeza, lo vio llegar, sudando y con la camisa medio abierta. Al parecer, venía de una larga carrera entre los bosques y la zona de la playa, angustiado de solo leerle la expresión.
—¿Dónde los viste por última vez, cariño? —preguntó Charlie.
Él intentaba mantenerse como lo que era, el jefe de policía pero contemplarla lo rompía. Se estaba asustando, le recordaba a las crisis que tuvo la primera vez, cuando tenía quince años…
—Yo… No lo recuerdo —susurró Bella, con la barbilla dando movimientos involuntarios—. No puedo…
—Bella, por favor, debes recordar, son mis hijos —insistió Edward, desesperado—. Necesito que pienses, ¡es lo único que te pido!
—¡¿Crees que no me duele imaginarlos solos en medio de un lugar sin que nadie los pueda proteger?! —bramó Bella, adolorida e irritada de la manera en la que la estaba tratando.
Para ella todo estaba siendo irracional, tenía miedo, pánico y una ansiedad tan absorbente que estaba a punto de explotar. No dejaba de repasar dolorosos escenarios en los que se quedaba sin ellos, en la culpa de hacer perder a un padre sus dos hijos, o de no ser suficiente para cuidarlos como debía ser. Su única forma de actuar era usar la rabia y la irritación como medio de defensa ante todo lo que pasaba por su cabeza.
—Bella, si tan solo me entendieras… Si tuvieras hijos… No lo entiendes porque no eres su…
Edward se calló cuando se dio cuenta de las cosas que estaba diciendo. Mientras, Bella sonrió con el llanto en la garganta.
—¿Crees que no me duele solo porque no los parí? ¿De verdad lo crees? —Su voz titubeó.
—Es…
—¿Es diferente? —inquirió ella, rompiendo en llanto—. ¿Es diferente para ti?
Él pestañeó.
—No quise decir eso… Es solo que…
—No te acerques —le ordenó al verlo dar un paso adelante.
Edward apretó la mandíbula. No quería acatar y que ella se quedara con esa idea en la cabeza.
—Déjala en paz —ordenó Charlie, que había visto todo—. Vamos a encontrarlos, hija, ahora eso es lo que importa.
Antes de tomarla desde la cintura e instarla a avanzar, miró a Edward con el rostro más serio que alguna vez pudo darle. Esta vez, si se atrevía a dar un paso adelante, era capaz de echarlo a patadas, por muy desesperado que estuviera por sus hijos.
—Vamos a rodear el acantilado y verificaremos que no estén en el bosque —afirmó Charlie, tomando el radio para ponerse de acuerdo con los demás.
Bella estaba sentada en uno de los troncos, con la palita y el balde que habían traído ellos dos para jugar. Todo lo que planeaba hacer con ellos se había ido al carajo, y en ese momento temió no volver a verlos y que todo se resuma en su culpa y en su inhabilidad para ser madre de dos mellizos. Edward creía eso, ¿no? Que no era suficiente porque no los parió.
Ella sabía que él la estaba mirando, entre la agonía de no tener a los mellizos y el que estuvieran distanciados pero Bella estaba tan dolida que ni siquiera quería contemplar su rostro. A ratos lloraba porque se sentía muy tonta y luego comenzó a faltarle el aire, porque miraba el gran bosque y luego la caída de las rocas hacia el mar, imaginando lo que pudo ocurrir con sus angelitos.
—Bien, esta zona es privada, no podemos…
—Yo conozco a los dueños de este terreno cercano a la playa —dijo Edward, llamando la atención de todos.
—¿Quién es? —preguntó Jasper, dispuesto a anotar el nombre.
—Los dueños son los Denali. Aquí vive Kate —afirmó él, mirando a Bella.
Ella frunció el ceño, contrariada con esa información.
¿Ella vivía aquí?
—Entonces ve. La conoces muy bien —respondió Isabella, distante y muy fría.
Edward botó el aire y caminó hacia adelante, dispuesto a entablar una conversación con ellos.
—Deberías ir a descansar, hija —susurró Charlie.
—No, quiero quedarme aquí hasta saber que ellos están bien —le contestó, muy tajante.
—Bella, creo que Charlie tiene razón —afirmó Jasper, mirándolos a los dos a la vez.
Ella estaba irritándose e iba a contestar pero fue interrumpida por la llegada de los Denali, que parecían muy preocupados por lo que estaba sucediendo. No les creía, sus expresiones no eran genuinas, no para Bella. Cuando Kate cruzó mirada con la llamada Ojitos Marrones, quiso reírse de su expresión desesperada mientras intentaba acercarse a Edward, a quien iba a apoyar a toda costa. Esperaba que al menos él se diera cuenta de que la culpa radicaba exclusivamente en Isabella y en nadie más.
—Necesitamos que nos ayuden a ver el bosque de su propiedad —dijo Charlie, poniéndose las manos en las caderas.
—Por supuesto, Oficial —respondió Eleazer—. Si necesitan ayuda, sea cual sea, nosotros podemos dársela. No quiero ni imaginar lo que ocurre con esos pequeños.
—Vamos a encontrarlos —aseguró Carmen, cerrándose el abrigo.
Kate dio un paso adelante y apoyó la mano en la espalda de Edward, quien se encontraba debatido en los grandes problemas que tenía por delante: sus hijos perdidos y la manera en la que Bella parecía querer alejarse después de lo que dijo torpemente.
—Los vamos a encontrar, te lo prometo —susurró Kate, apoyándose en el pecho de Edward.
Él se alejó un poco, pero no lo suficiente para que Bella entendiera sus gestos de la manera correcta.
—Los conozco mejor de lo que crees, ¿no recuerdas cuando estuvimos juntos? Ellos apenas eran unos pequeñitos a los que más de una vez les cambié pañales —afirmó.
Bella sentía un nudo en la garganta. De solo rememorar lo felices que estaban jugando en la arena, cómo se veían algo aquejados por sus pañales debajo de los trajes de baño, la forma en la que sus caritas brillaban por el protector solar y…
Su pecho comenzó a doler, porque ya habían pasado tres horas y ellos no estaban. Debían tener hambre, frío y ganas de un abrazo, sintiéndose desprotegidos. El sudor comenzó a sentirse helado a medida que imaginaba otra posibilidad, una peor, una en la que ellos no estuvieran bien, que todo haya sido demasiado tarde y que la búsqueda solo trajera consigo dolor y el llanto desbordante de Edward, de los Cullen, de toda su familia… solo por ser una mujer insuficiente para cuidar de los mellizos.
Tuvo que levantarse, porque no dejaba de temblar. Charlie se giró, sabiendo lo que estaba pasando y cuando quiso abrazarla, fue demasiado tarde. Jasper fue más rápido y le ayudó a contenerla, pero fue en vano, Bella estaba entrando en crisis de pánico.
—Ellos… ¡Tienen que encontrarlos! —espetó.
—Cariño, por favor, tranquila.
Ella no podía controlar lo que le estaba sucediendo. Sentía que iba a morirse.
—Por favor, papá, les pasará algo, ¡les pasará algo! —exclamó.
Charlie no veía una de sus crisis desde que tenía quince años. No pensó que volvería a presenciarlas, no hasta ahora. El rostro de terror de su hija lo partía en dos, por lo que instintivamente siguió abrazándola. Edward lo vio todo y corrió para contenerla pero el padre se negó, furioso y rencoroso de lo que le había dicho a su hija.
—Ya, pasará, bonita, tranquila —le susurró Jasper, intentando darle aire.
Sin embargo, el llanto en Bella era ensordecedor y tan pronto como el corazón latió desbocado, sintiendo la muerte inminente en su organismo, cayó desmayada, apagando su cerebro ante el terror.
—¡Bella! —exclamó Edward.
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Esme llegó y enseguida se sentó junto a Bella, que descansaba en el sofá.
Edward estaba a su lado, sin despegarse un centímetro, pensando en sus hijos perdidos pero también en ella.
—Fue una crisis de pánico —le comentó Edward, casi absorto en sus recuerdos.
Su madre había estado llorando todo el trayecto hacia la casa de los Denali, sus nietos lo eran todo para ella y para su esposo. Sin embargo, cuando vio a Bella, sintió tantas ganas de abrazarla como también deseos de decirle que no era su culpa. Llevaba desmayada media hora y Esme, dada su experiencia, entendía todo el dolor que llevaba consigo, un dolor que solo una mamá podía sentir.
—No quise decirle eso, mamá —susurró Edward, recordando también cómo Charlie por poco lo golpeó antes de salir de la casa para continuar con su labor. No quería dejarla con el hombre que la amaba y eso era suficiente para entender que el policía jamás iba a perdonarle lo que dijo sin explicarse de la manera correcta.
—Bella va a entender —susurró.
—No, no lo hará. Siento que… dije algo que nunca va a perdonarme.
Esme apretó los labios y tomó su mano, volviendo a comprobar sus signos. Estaba fría y muy pálida.
—Solo hay una certeza, Edward, y es que Bella necesita estar en paz luego de esto. —Cerró los ojos—. No me puedo ni imaginar la culpa que debe sentir. Ella los ama, los ama tanto como yo los amo a ustedes, a ti y a Emmett.
Edward estaba tiritando y a cada segundo le acariciaba la mejilla, queriendo retroceder el tiempo para callarse sus palabras. Su única defensa es que a veces era tonto y le costaba expresarse, en especial cuando estaba nervioso y apenas podía concentrarse, sobre todo cuando hacía poco sus hijos estaban perdidos en un lugar remoto y desolado.
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Charlie Swan había desplegado toda la fuerza policial por La Push, incluso hasta Vancouver. Para él ya era personal y la situación le estaba doliendo como si esos pequeñitos fueran sus nietos, como si fueran parte de él desde que habían nacido, como si…
Él tuvo que secarse el sudor y decirle a los demás que siguieran el rastro por los bosques, temeroso porque había depredadores dispuestos a cualquier cosa por comida. Sus ojos lagrimearon ante la idea de perderlos, porque los adoraba, si eran sus pequeñines…
—Jefe —lo llamó Jasper. Tenía una mirada perdida que a Charlie le llamó la atención en cuanto la vio.
Venía con dos pequeñas mochilas, dos que, sin duda, pertenecían a los mellizos.
—No —dijo, negado ante la idea.
No, Dios mío no.
Mientras aquello acontecía, Bella abría sus ojos ante el desmayo que había tenido en cuanto se vio prisionera de la culpa. Edward estaba cuidándola mientras sentía que el corazón se le salía de manera voraz de la boca, latiendo con tanta fuerza debido a todo lo que tenía que soportar por los demás.
—Dime que está bien, mamá —pidió Edward, mirando a Esme con los ojos llorosos.
Bella se quejó y en cuanto recobró la conciencia de lo que había pasado, se levantó, mareándose.
—Bella, nena, tranquila —le pidió Esme, arqueando las cejas de pesar.
Ella se había dado cuenta que no había sido un simple desmayo, sino también una crisis de pánico tan intensa que había tenido que inyectarle una dosis de Haloperidol intramuscular. Era psiquiatra, sabía que lo que ella sufría no era algo a la ligera. Le dio tanta tristeza verla así, porque a pesar de que apenas la conocía, ya era una hija para ella.
—¡¿Dónde están?! —gimió, sollozando de desesperación.
Edward tragó, sin saber qué hacer. Por primera vez desconocía a su Ojitos Marrones.
Ellos escucharon voces acercándose, por lo que se callaron.
Eran Carlisle y los Denali, que llegaban de revisar los campos de la gran manzana de la familia. Bella no se había dado cuenta de que, en efecto, estaba en la sala de Kate, acomodada con los pies en el sofá.
—¿Estaban? —preguntó Edward con la garganta apretada.
Todos negaron con la agonía en sus rostros, excepto Katrina, que miraba a Bella con rabia.
—Hasta que al fin despertaste —bramó la mujer—. ¿Ya finalizaste con tu victimización?
Bella gimió y miró hacia otro lado.
—No vuelvas a tratarla así —espetó Edward.
Isabella se levantó como pudo, tambaleándose. No quería escuchar a nadie, en especial a Edward, no luego de lo que le dijo producto de la rabia.
—Cariño —llamó él, impidiéndole que se fuera.
—Déjame en paz —espetó, mirando a la rubia y luego a todos los demás. No se detuvo en Edward.
—¿Qué? ¿Luego de ser una inútil que pierde a dos pequeñitos te irás? —gritó Kate, acercándose a ella—. ¿Cómo te atreves?
Bella perdió toda compostura y la fulminó con la mirada, dando un paso hacia adelante sin miedo.
—Justo se han perdido cerca de tu maldita casa, ¿no? Es tan conveniente —gruñó ella, apretando fuertemente las manos.
—Bella —susurró Esme con suavidad.
—¿Qué estás queriendo decir, babosa? —le reclamó Katrina.
—¡Lo que escuchas! —bramó—. ¡Justo aquí y ahora! ¡Justo ahora que estaba con ellos queriendo demostrar que era…! —No supo cómo seguir, porque volvía a dolerle el pecho—. ¡Tú te los llevaste! ¡Fuiste tú!
—¿Qué? —inquirió la mujer, llevándose una mano al pecho, ofendida.
—Bella, no digas eso —le pidió Edward, queriendo tomar su mano.
Ella se soltó.
—¿Que no lo diga? ¡Fue ella! ¡Ava y Noah se perdieron por ella! —espetó, convencida.
Edward no podía creer lo que escuchaba.
—Cariño, no digas esas cosas —volvió a pedir, angustiado de siquiera pensar que Kate pudiera estar detrás de todo este dolor. Ella podía ser muchas cosas, pero ¿llevarse a sus mellizos? ¿Con qué fin? Era cruel, era… despiadado.
—No vas a creerme —gimió Bella, rompiendo a llorar con angustia—. Prefieres creerle a esta maldita mujer.
—Bella, por favor… Nena… No actúes como…
—¿Cómo? —le preguntó con la quijada tensa—. ¿Como si estuviera loca?
Él arqueó las cejas nuevamente y miró hacia el suelo.
—Eso crees que soy, ¿no? Una maldita loca.
—Bella, estás actuando así —susurró.
Asumirlo viniendo de Edward, su Dr. Torpe, a quien amaba hasta no poder respirar, dolía como si le quitaran una parte del pecho. Llevar una enfermedad como la que tenía era intolerable, en especial ante la manera en la que la gente que amaba podía tomarlo. Ahora que él pensaba eso, lo único que pudo hacer fue secarse las mejillas y alejarse de su presencia.
—Crees que estoy loca, que esto que padezco es una locura, ¿no?
—Cariño…
—Déjame en paz.
—Ojitos…
—¡Que me dejes! —le gritó.
Edward dejó caer ambos brazos mientras la veía salir de la casa, dando un fuerte portazo.
—Ella necesita espacio, hijo —le susurró Esme, tocándole el hombro.
—Pero…
—No digas más, será peor.
—La puta madre… —gruñó, pasándose las manos por los cabellos, agobiado, enojado, dolido y triste.
Cuando pasaba de las siete de la tarde y el cielo ya había ocultado al sol, Bella aprovechó la soledad para tomar su abrigo y huir de la casa de los Denali para buscar por su propia cuenta a los pequeños. Nadie se dio cuenta de que se había ido hasta que fue demasiado tarde.
—¿Se fue? ¿Cómo que se fue? —espetó Edward, queriendo correr e ir tras ella.
—Déjala, solo quiere llamar la atención —dijo Kate—. Es mejor que vayamos a buscar a los pequeños. Ya está de noche y me preocupa lo que pueda ocurrir.
—Pero…
—Vamos, yo llevaré el coche —se entrometió Eleazer.
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Bella se cayó dos veces en la tierra mojada, pero no le importó. No supo cuánto tiempo estuvo en medio de la oscuridad, tampoco de cómo el bosque parecía menos amigable a medida que la luna hacía su completa aparición, solo quería encontrarlos a como diera lugar. A ratos escuchaba el cantar de los búhos, de algunos lobos lejanos y sí, de otros depredadores.
—¡Ava! ¡Noah! —exclamaba mientras lloraba, tocando la corteza de los árboles como si se tratara de un salvavidas.
Nada. No había respuesta.
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Edward jadeaba mientras seguía su propio camino, buscando a sus hijos mientras también pensaba en Bella. Estaba arrepentido de cada decisión que había tomado desde que los mellizos se perdieron, en especial ahora, que estaba con los Denali.
—Estoy segura que vamos a encontrarlos, ellos saben que pueden confiar en nosotros —afirmó Kate—. Juro que desde ahora en adelante voy a abrazarlos y a besarlos, porque con ellos mi instinto materno crece. No puedo dejar de sentirme mal por lo que pasa, Edward, cariño, pero te voy a demostrar que…
—¿Quieres callarte? —espetó, explotando.
Kate llevaba una hora exacta hablando de sus habilidades y de cómo iba a demostrar que era la madre perfecta para ellos, como si se trataran de mascotas que cambiaban de mamá cada dos días. ¿Qué se creía? ¿Por qué hablaba como si ellos no tuvieran decisión, menos él, que era el padre? ¿No se daba cuenta que estaba enamorado de la única mujer a la que ellos habían querido decirle mamá? ¿No se daba cuenta que ellos amaban a Bella y a pesar de todo lo que había ocurrido eso nadie iba a cambiarlo? ¿No se daba cuenta que a pesar de toda circunstancia su Ojitos Marrones nadie iba a reemplazarla?
—Edward —soltó Katrina, muy impresionada por lo que había salido de su boca.
—Estoy harto de escucharte. Te agradezco la ayuda pero no me interesa lo que digas. Quiero encontrar a mis hijos y llevarlos con mi familia, ya tienen una mamá que los espera y los fue a buscar por su propia cuenta, poniéndose en riesgo… —Su voz se quebró—. Y esa es Bella. Con permiso.
Él se alejó cuando pudo, dejando a Kate completamente en silencio. No la toleraba. Y sí, quería ir con Bella, lo ansiaba porque, bueno, la amaba y era la única persona que entendía el verdadero dolor de estar sin sus hijos. Si tan solo sus palabras no hubieran calado de esa manera, si tan solo no hubiera dicho tanta estupidez…
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Bella llegó a la zona de los Denali y notó que había varios coches ahí. Afuera estaban los Cullen y sus padres, con quienes se refugió, adolorida de pies a cabeza, sucia y sí, tan angustiada de no verlos ahí que por poco cae en otro espiral de ansiedad.
Ya pasaba de las once de la noche.
—No es tu culpa, hija, no lo es —afirmó Renée, abrazándola con fuerza.
Esme arqueaba las cejas mientras Carlisle la abrazaba, mirando a la destrozada Bella con las manos temblorosas.
Cuando Charlie disponía a enviar una orden para confirmar la desaparición de los mellizos Cullen, Edward llegó a solas, sudando y con el barro cubriéndolo de pies a cabeza. Había estado llorando de camino a casa, sintiendo que perdía las esperanzas de dormir en paz esa noche… si es que lo haría. En el momento en que la vio, también cubierta de barro, quiso dar un paso adelante y correr para abrazarla, pero en medio de aquello, sintieron que escuchaban un llanto doble, uno que conocía muy bien y que significaba hambre y sueño.
—Ava, Noah —dijo él, dándose la vuelta.
Venían con Kate y sus padres, quienes al parecer los habían encontrado.
—¡Papi! —gritaron.
Edward corrió para abrazarlos, aliviado de una manera tan inverosímil que nunca había sentido con tanta fuerza cómo el aire entraba a sus pulmones. En el mismo instante, él rompió en llanto y los siguió conteniendo, viéndolos tan frágiles y pequeñitos.
—Los encontraron —afirmó, como si no pudiera creerlo.
—Estaban en un terreno baldío, cerca de nuestra casa. No puedo creer que no los hayamos encontrado antes —respondió Kate.
Cuando Ava y Noah vieron a Bella, sus ojos brillaron de manera incandescente.
—¡Mami! —gritaron, queriendo ir con ellos.
Bella estaba temblando ante el llanto acumulado y les abrió los brazos, para lo cual ambos corrieron para abrazarla también. El sentir sus aromas inocentes no hizo más que aumentar su llanto.
—Lo siento —susurró.
Ninguno de los dos entendía por qué ella se veía así y por qué les decía que lo sentía, solo querían tener el calor de Bella y de su papá, nada más.
—Deberían revisarlos, han pasado muchas horas sin comer y con frío —les recordó Kate.
Esme se llevó a los mellizos, lo que dejó a Bella en una posición indefensa. Kate se mantenía a un lado de Edward, no dejándolo a solas, ofreciéndole agua, calor y más, todo ante los ojos de los demás.
Charlie abrazó a su hija y la cobijó mientras veía que Edward se acercaba para estar con Bella.
—No, no, no. Ni un paso más —le ordenó el jefe, muy serio.
—Sr. Swan —insistió Edward.
—Que no —afirmó.
Bella miró un poco a su padre y luego a Edward, a quien realmente no quería ver. Estaba tan dolida que ni siquiera sabía lo que iba a suceder desde ahora en adelante.
—Quiero irme a casa —pidió.
—Pero, Ojitos, tenemos que hablar —pidió.
—Ve a hablar con Kate, yo no quiero hacerlo —soltó ella con mucha rabia.
—Kate no tiene por qué ser asunto entre los dos…
—¡Pero lo es! —gimió, a punto de volver a llorar. Siempre que tenía rabia acababa haciéndolo—. Lo fue desde el momento en que dejaste que esa mujer se nos acercara…
—Pero…
—¡Pero nada! Quiero irme a casa y estar lejos de ti.
Edward arqueó las cejas ante el inmenso dolor que sintió ante sus palabras.
—Ya escuchaste a mi hija, déjanos a solas —ordenó el jefe de policía—, o me verás muy enojado… y eso no lo quieres, de verdad.
La barbilla del Dr. Torpe tembló y asintió despacio.
—No olvides que te quiero Bella —susurró, queriendo decirle que la amaba.
Ella no respondió y se dio la vuelta. Se le partía el corazón.
Desde que había pasado todo esto se sentía tan mal que temía volver a tener otra crisis de ansiedad, de esas que a veces la dejaban tan angustiada que lloraba toda la noche hasta que la cabeza le acaba doliendo.
—Por favor, Sr. Cullen, dígale a Ava y a Noah que los quiero. Ahora quiero irme a casa —susurró.
Carlisle iba a replicar, pero prefirió no hacerlo. La culpa en los ojos de Bella era demasiada para hacerle entender que no debía sentirla.
De camino a casa, en lo único que podía pensar era en la sensación agridulce de lo que había sucedido. Si bien, estaba feliz porque ellos estaban bien, también estaba tan angustiada debido a lo acontecido que no dejaba de repasar cada error que encontraba en sí misma. Al llegar, no quiso hablar con nadie y ante la primera llamada que le hizo Edward, apagó el teléfono para no querer saber de él, al menos esa noche.
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Charlie miraba el teléfono con el ceño fruncido. Edward había estado llamando durante tres días seguidos, insistiendo en cuánto necesitaba ver a Bella. Él por primera vez no usó palabras enojadas ni amenazantes, simplemente se limitó a pedirle que respetara la decisión de su hija por no querer saber de su existencia. El doctor estaba desesperado pero intentó acatar, ahora que pasaba el tercer día y que Bella se había tomado una licencia médica, por lo que no había asistido a su trabajo. Ver a los mellizos era agobiante, porque ellos no entendían por qué de pronto ella no estaba.
A Charlie le había costado montones convencer a su hija que lo acompañara al cuartel de policía. Quería que se despejara y lo mejor era un almuerzo juntos, tomando en cuenta que Renée debía seguir trabajando y ella pasaba sola en casa durante todo el día.
—Qué bonito, ¿qué es? —preguntó ella, sentándose frente a su escritorio.
—Es la medalla que me gané por los casos, ¿recuerdas cuando fuimos a la premiación? Tenías quince años.
—Ah, esa fecha. Apenas y recuerdo lo que sucedió ese año —susurró.
Charlie rápidamente recordó, pero se limitó a asentir.
—Iré al tocador, no tardaré.
—Ve, pastelito.
El jefe suspiró de manera agónica. No le gustaba ver a su hija así.
—Hey, ¿qué ocurre? —preguntó Riley, llamando la atención de él.
—¡Riley! ¡Qué sorpresa!
—Pasaba por aquí por un caso y me pareció genial saludar pero no te ves muy contento, ¿qué ocurre?
Charlie no supo qué decirle, y dado que Bella justo llegó a la oficina, prefirió abstenerse de cualquier explicación.
—Bella, qué sorpresa, y-yo… Qué linda te ves hoy.
Ella sonrió con sinceridad luego de varios días sin hacerlo.
—Hola, Riley.
Él notó que algo le pasaba a sus ojos y enseguida se preocupó.
—¿Estás bien?
Isabella suspiró de manera larga y pausada.
—Son… problemas del corazón —respondió de forma sincera.
Riley levantó las cejas.
—No sabía que tenías novio.
Bella se mordió el labio, sin saber qué responder a eso.
—¿Puedo saber qué ocurrió?
Ella solo se limitó a encogerse de hombros.
—Solo me rompieron el corazón.
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Edward esperaba a su madre afuera de su consulta. Era la única que, al menos, iba a escucharlo. Cuando ella llegó y lo vio ahí, destrozado y a la deriva, no pudo contenerse y lo abrazó.
—Ya, sé que debe ser por Bella. Entremos —instó, abriendo la puerta.
En cuanto se sentó en la silla frente a su escritorio, no se aguantó el llanto y lo dejó ir, como cuando era un pequeño. Esme no lo veía así desde hacía mucho.
—Temo haberla perdido —susurró—. Mamá, no quiero que eso ocurra.
Esme le acarició la mejilla con suavidad.
—Bella la pasó muy mal.
—Y no fue suficiente con eso yo le recriminé sin pensarlo.
Su madre suspiró de forma prolongada y luego siguió con sus caricias.
—¿Qué pasó? Sé que estabas atorado con todo…
—No quiero excusarme.
—Pero yo sé que tienes algo atorado.
Edward se pasó las manos por el cabello, muy agobiado.
—Perdí a la paciente en la cirugía. Venía con tanta presión que al llegar y ver todo lo que había sucedido con mis hijos me hizo explotar. Bella no lo merecía.
Su madre se sentó cerca de él y lo abrazó, lo que le hizo llorar nuevamente como un niño pequeño.
—Ella… —Suspiró—. Creo que tienes que escucharla. A veces, lo que decimos puede ser muy perjudicial y, a veces, demasiado profundo, lo que no nos da más de una oportunidad en especial en Bella, quien… tiene alguna condición que ni tú ni yo conocemos a profundidad.
Edward se miró las manos y recordó lo bien que encajaban con las suyas, las pequeñas y delgadas de su Ojitos Marrones.
¿Era demasiado tarde?
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Edward se miró al espejo, temeroso de que su sorpresa se fuera a la mierda. Si Ojitos Marrones lo rechazaba otra vez, iba a sentirse un miserable patán por el resto de sus días. Miró el ramo de flores y el libro que había buscado durante días para dárselo, uno de sus favoritos. ¿Cómo lo sabía? Bella se lo dijo una vez, cuando le comentaba cuánto le gustaba el terror. Era la primera edición y era una reliquia que le encantaría, al menos eso esperaba.
Ya iban seis días sin saber de ella. La baja de Bella en el trabajo iba a ser de un mes, por lo que era imposible verla ahí, en la guardería. Se había abstenido de ir a su casa porque sabía que iba a encontrarse con Charlie pero esta vez no iba a aguantarse la desesperación, necesitaba hacer algo por ellos y que, al menos, lo escuchara.
—Papi —llamó Noah, justo detrás del umbral.
Al girarse, lo recibió entre sus brazos y se miraron a los ojos.
—¿Ella nos sigue quediendo?
Tragó.
—A ustedes siempre los querrá —respondió.
—¿Y a ti, papi?
Esa era una pregunta que no podía responder, porque a cada segundo temía que lo suyo ya no tuviera vuelta atrás.
—Ve con tu hermana. Nos iremos pronto.
Asintió y se marchó corriendo.
Volvió a tomar aire y se dispuso a conquistarla otra vez, como aquellos momentos en los que parecía idiota, solo que ahora estaba idiota de amor por ella y sí, arrepentido, por no haberse comportado como debía con la chica a la que tanto adoraba.
—¡Vamos, papi! —exclamó Noah, entusiasta con la idea de verla otra vez.
Ellos también la extrañaban más de lo que cualquiera podía imaginarse. No entendían por qué Bella había dejado de frecuentar la casa, menos aún por qué no estaba en la guardería como su maestra.
Edward tomó aire y tocó las flores, sintiendo el impulso suficiente de ir hacia adelante y conquistar a su Ojitos Marrones, a quien extrañaba como un loco.
Bella, por su lado, estaba respirando hondo para sopesar la extraña agonía de sus últimos días. No dejaba de mirar al horizonte, sintiéndose tan triste que solo quería llorar. Charlie lo notaba y eso también lo mantenía triste a él.
—¿No crees que sea bueno instarla a que hable con Edward? Mírala —susurró Renée, arqueando las cejas.
Charlie botó el aire.
—¿Después de lo que hizo? Ni por asomo. Si se acerca le rompo los testículos con este rompedor de nueces —espetó, destrozando el cascarón de forma sonora.
Se llevó la nuez a los labios y masticó con rabia, porque sabía lo que él le había dicho, quizá sin querer y, bueno, sin saber la historia que había detrás de su pequeño solecito.
Renée iba a replicar, pero tocaron el timbre. Ella lo miró con una ceja enarcada, como preguntándole quién podía ser. Charlie se llevó el resto de las nueces a la boca, sabiendo que era su culpa.
—Yo voy —dijo Bella, levantándose de la silla con un amplio suspiro.
Al abrir, con sus padres espiando detrás de la pared, se sorprendió de ver a Riley con su madre, mujer a la que no veía hace años.
—¡Bella! —exclamó él, sosteniendo un inmenso ramo de flores.
Ella levantó sus cejas.
—Oh, ¿son para mí? —preguntó, sorprendida.
Riley asintió y se las ofreció, haciéndole sonreír por primera vez en muchos días.
—Son muy lindas —respondió ella, acariciando los pétalos.
Él se quedó viendo su gesto, maravillado con cómo seguía provocándole tantas cosas a la vez.
—¡Qué linda estás! ¡No puedo creer que los años hayan pasado tan rápido! —dijo la madre de Riley, que llevaba un amplio sombrero sobre su cabeza.
La mujer, despampanante y muy coqueta, aprovechó de abrazarla mientras buscaba a Charlie por la casa. Cuando lo encontró, simplemente sonrió, encantada.
—¿Tú los invitaste? —preguntó Renée, mirando a su esposo con las orejas echando humo.
¿A esa mujer? ¿En serio? ¡¿Justo a ella?! De solo mirarla revivía los celos que la embargaban cuando era joven, sabiendo cómo ella se volvía loca por su esposo.
—Solo como amigos de la familia…
—Amigos tus pelotas —espetó Renée, cruzándose de brazos.
Charlie pestañeó, muy herido por las palabras de su esposa.
—Pero, corazoncito…
—¡Charlie! —canturreó la mujer, dando taconazos con sus caros zapatos y despampanantes piernas, moviendo su escote en un apretado vestido—. Oh Dios, ¡cuánto te extrañé!
Lo abrazó, tomándolo desprevenido, restregando su humanidad en el pobre policía rechoncho que nada tenía para ofrecer. Renée lo miraba, apretando la mandíbula.
—Sabía que estabas triste y quería hacerte feliz con un regalo. Sé que te gustan las flores —susurró Riley, tomando la mano de Bella con valentía.
Ella miró el agarre, sabiendo que moría por las caricias de otro hombre.
—Te lo agradezco, de verdad —afirmó ella, sonriéndole en respuesta a su gesto.
Riley tomó la iniciativa de su gesto y subió su mano, dispuesto a acariciarle la mejilla, sin embargo, aquello se detuvo porque escucharon dos vocecitas chillonas acercándose. En cuanto los sintió, Bella se llevó una mano al pecho y miró, olvidándose por completo de él. Eran ellos, eran sus bebés. Vestían de trajecitos y en cuanto la vieron se unieron a su cuerpo para abrazarla, cerrando sus ojos ante su calor. Ella no pudo aguantarse y se agachó frente a cada uno, mirándolos con cariño y un amor profundo, uno que rápidamente le hizo recordar el inmenso dolor que sintió al pensar que algo malo les había pasado por su culpa, porque sí, claro que había sido su total culpa, por dejarlos un minuto a solas, por no pensar que algo malo fuera a suceder.
Entonces miró a su lado y vio a Edward, que estaba vestido de manera elegante, sosteniendo un ramo de flores mucho más pequeño que el que Riley le había llevado, pero que a ella le significaba mucho más, porque era de él, del hombre al que amaba.
El doctor bajó rápidamente las manos, sintiéndose tan angustiado de verla junto a ese hombre, que frunció el ceño, sonriendo de manera amarga. Él había llegado primero ante su única oportunidad, se notaba que estaba enamorado de Bella, más de lo que imaginó. Si tan solo la amara como la amaba él, con cada espacio de su cuerpo pero… la había cagado, de verdad lo había hecho, y tal parecía que su Ojitos Marrones jamás iba a perdonarlo.
Bella temblaba desde su lado, con los mellizos queriendo seguir abrazándola, pero viendo cuán temerosa estaba de hacerles algo. Para ella olvidarse de todo lo que sufrió pensando que no era suficiente para cuidar a sus pequeños apenas la dejaba dormir, tenerlos en sus brazos era tan inquietante y solo quería hacerla llorar, porque los extrañaba tanto que todas las noches lloraba pero no solo por su ausencia sino porque también extrañaba a Edward con tanta agonía que tampoco podía dormir. Y tenerlo ahí, justo de frente, hizo que quisiera correr a sus brazos, situación a la cual se negó porque aún dolía todo.
Riley miró a Edward, sabiendo de quién se trataba. Así que él era el tipo que la había hecho llorar. De solo verlo quería frenarlo e impedirle que se acercara a eell pero se aguantó.
—Te venía a dejar unas flores —susurró Edward, mirando cómo su sorpresa se había ido al carajo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintiéndose inmensamente inútil.
—Lo siento, no debí. —Miró a Ava y a Noah, que hacían pucheros porque, bueno, Bella parecía muy aterrada de tocarlos.
—¡Quiero quedarme con mamá! —exclamó Ava, perseverante como ella sola podía ser.
—Y… Y un regalo que… —Apretó los labios, sin saber qué decir.
Bella lo contempló, usando sus anteojos y su traje pulcro, tan guapo y adorable. Lo veía con las lágrimas en sus ojos verdes, sin saber cómo proceder, torpe como él solo. Entonces él alzó la mano, queriendo tocar su mejilla y se siguieron contemplando de esa manera que los volvía locos el uno al otro.
—Estoy sobrando aquí —murmuró.
Ella tragó y no supo qué contestar, porque a pesar de todo, tenía orgullo.
—Claro que no —respondió al fin—. No sobras.
Renée vio lo que estaba pasando y dejó a su esposo con la tipa esa y con la frente en alto fue hasta su hija. Al ver a Riley y su gesto, vio la representación de lo que sucedió en varias ocasiones con su propia madre entrometiéndose en su propia relación, por lo que tomó el toro por los cuernos y respiró hondo.
—¡Edward, querido, qué sorpresa! —exclamó—. ¡Y trajiste a tus diablillos!
Los mellizos también la abrazaron y le llenaron el rostro de besos, tal como lo hacían con Esme.
—¡Pasen! —insistió al verlos parados—. Espero que les guste la cena.
Riley aprovechó la oportunidad de ir con Bella, quien no dejaba de mirar a Edward de reojo.
—Ha sido tanto tiempo sin estar juntos, Charlie, querido, ¡y estás igual! —decía la mujer, todavía abrazada al cuello del nervioso policía.
Cuando Renée escuchó la última frase, se le escapó una fuerte carcajada, lo que llamó la atención de todos.
—¡Pero qué sorpresa tengo yo! —dijo la matriarca, poniéndose las manos en la cintura—. No sabía que Charlie los había invitado a cenar.
—Fue una conversación sin importancia con Riley… y se me olvidó comentártela, corazoncito —respondió Charlie.
Renée le sonrió de forma hipócrita.
Justo en ese momento apareció Edward, sin saber qué hacer. Estaba tan triste y desilusionado con lo que pasó, que no dejaba de mirar a Bella, quien estaba con Riley. Se sentía un tonto y bueno para nada.
—¿Y tú? —bramó Charlie, frunciendo el ceño al verlo.
—¡Es mi invitado! —le contestó su esposa—. ¿Alguna objeción?
El policía calló.
—La verdad, si estoy incomodando, puedo irme…
—No estás incomodando —susurró Bella, mirándolo a los ojos.
Ojitos Marrones, pensó el doctor, derretido de amor por ella.
—Quédate —añadió.
Sin embargo, luego de esa frase, Bella caminó hacia adelante para poner las flores en agua, los dos ramos que le habían regalado.
—¡Chadlie! —gritaron los mellizos, yendo a abrazarlo.
El jefe quedó tan encandilado de escuchar sus voces, que no demoró ni un minuto en agacharse y abrazarlos.
—Qué divinos pequeños —destacó la madre de Riley, asombrada—. No sabía que Bella había tenido…
—No —respondió Bella, de forma muy tajante.
—Pero la aman como a una —respondió Edward, mirándola a los ojos.
Bella desvió su cara.
—¿Y tú? ¿Eres su novio? —preguntó la mujer, intrigada.
—Sí, lo soy —afirmó con toda convicción.
—Nunca me lo pidió —susurró Bella en respuesta, lo que dejó a todos en silencio, en especial a Edward.
—Te extrañamos mucho —dijeron los mellizos, arqueando las cejas y abrazándose a ella.
Bella arqueó las cejas y les acarició los cabellos.
—Y yo a ustedes. Muchísimo.
Entonces miró a Edward, a quien también extrañaba, como todas las noches, a solas, imaginando que la rodeaba con sus brazos y se quedaban juntos en la cama para descansar.
—Hey, bonita, vamos a la mesa —dijo Riley, instándole a ir con los demás.
Ella asintió y se fue con los pequeños, mientras Edward miraba cómo su Ojitos Marrones se iba con él.
Tenía el llanto en la garganta.
Cuando fue momento de sentarse en la mesa, Riley aprovechó la oportunidad de sentarse junto a Bella, quien para su defensa, no tuvo escapatoria, pues su madre dirigía hacia dónde se sentaban los demás, avasallando el espacio de la propia Renée.
—A propósito, yo soy Teresa —conversó la mujer, agachándose para servir. No era nada sutil su forma de seguir mostrándole sus atributos al policía, quien no la miraba a ella, sino a su esposa, suplicándole con gestos que no se enojara con él. Pero ya era demasiado tarde—. Soy maestra en la universidad —afirmó.
—¿Y por qué no te quedaste por allá? —inquirió Renée, usando un tono de voz muy duro.
—Pues, porque quería un nuevo aire, ¿y qué mejor que venirme con mi hijo? Además, ese es un lujo que solo las mujeres con estudios podemos darnos, ser ama de casa debe ser esclavizante… —Se calló cuando vio el rostro enrojecido de Renée, quien se estaba clavando las uñas en sus palmas para no saltar sobre ella y darle un puñetazo—. Pero es un trabajo como cualquier otro —se corrigió.
—Así es —respondió Charlie, queriendo mejorar el ambiente.
—Ninguna mujer es menor que otra, Sra. Teresa —afirmó Edward, quien miraba a Riley con cara de pocos amigos.
Parecía hipnotizado por Bella. ¿Con qué derecho estaba tan cerca de ella? ¿Por qué parecía que se moría de un amor tan duro que apenas podía dejar de respirarla? Estaba asfixiándose de celos.
—Oh, por supuesto. ¡Ah! Renée, querida, ¿podrías traerme unos cubiertos que estén más limpios? Gracias.
La matriarca Swan cerró sus ojos un segundo y respiró hondo, levantándose. Edward aprovechó la instancia para hacerlo mientras miraba a Riley, que le hablaba a Bella de algo que él no lograba escuchar. En una fracción de tiempo, ella sonrió con sinceridad.
—Escúchame bien —dijo Renée, acercando a Edward al pasillo—. Necesito tu ayuda.
Edward estaba sorprendido.
—Quiero a esa mujer lejos y también a su hijo. No voy a permitir que se repita la historia de nosotros hace años atrás, y que para peor, logren su cometido —refunfuñó—. Lucha por mi hija y te ayudaré, porque te quiero con ella y no con ese entrometido que es idéntico a su maldita madre.
El doctor estaba impactado pero tan pronto como tragó la propuesta, asintió de forma acelerada.
—Y tú me vas a ayudar a sacarlos a patadas de esta casa y de sus vidas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —aseguró él.
—Ahora actuaremos como dos personas civilizadas mientras pienso en la manera de pincharle esos senos con un alfiler, a ver si se desinflan —gruñó Renée, alisándose el vestido para ir hacia adelante con soltura y orgullo.
Al regresar, Edward vio cómo Riley le servía vino a su Ojitos Marrones y en el instante en que ella bebió, acabó manchándose la comisura. El muy maldito aprovechó la oportunidad de acercar sus dedos y limpiarla, no sin antes acariciarla como si él no estuviera presente. ¿Quién mierda se creía?
Con el enojo y las palabras de Renée en su cabeza, él rápidamente se puso a colaborar con la comida, intentando aclararse los pensamientos en los que se veía dispuesto a todo con tal de golpear a ese patán de todas las maneras posibles.
—Bella, cariño, ¿podrías ayudarme? —pidió su madre, cómo quién no quiere la cosa.
Ella asintió y se levantó, no sin antes acariciarles las mejillas a los mellizos.
—Oh, creo que olvidé las especias para la mesa. ¿Podrías buscarlas en el estante de la sala de estar? Por favor —añadió Renée.
—Claro, mamá.
Cuando Bella se fue, Renée le dio un fuerte codazo que casi le quita el aire. Al mirarla, le hizo un gesto para que fuera tras ella, por lo que rápidamente hizo lo que tenía en mente.
Isabella miraba el estante, algo agachada mientras buscaba las especias de su madre. Estaba distraída, por lo que no se dio cuenta de que había alguien acechándola.
Edward miraba su cabello con ondas castañas y rápidamente lo acarició, haciéndole dar un salto. En el momento en el que se dio la vuelta y vio esos grandes ojitos marrones, su corazón comenzó a latir con más fuerza de lo que ya lo hacía. Bella no se distanciaba de esa realidad, porque tenerlo tan cerca la volvía loca, ¿cómo no hacerlo?, ¡lo amaba!
—No pude evitar seguirte —susurró él—. Hay tanto que tengo que decirte.
—Edward —gimió, con el llanto en la garganta.
—Lo sé —murmuró—. Lo sé.
Tomó aire y se siguieron contemplando, sintiendo la tensión en el aire, una tensión que él aprovechó para dejarse llevar por sus instintos. Así que, con toda valentía, la tomó desde la cintura y la acercó a su cuerpo, para entonces besarla de forma apasionada, destrozando su cordura. Ambos cerraron sus ojos y se respiraron, no dispuestos a soltarse.
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Sí, al fin regresé, siento mucho el haberme demorado, pero como dije en la nota al principio, fue algo que pasó en mi familia y, bueno, las pérdidas nunca son fáciles de llevar, al contrario. Espero me entiendan y sigan aquí, porque vuelvo con más rapidez en las actualizaciones, esperando que también ustedes se mantengan entusiastas con lo que sigue viniendo. Pero bueno, ¿qué pasó con estos dos? Edward dice cosas debido a la torpeza y a la presión de todo lo que estaba pasando, Bella sobrereacciona y actúa de una manera más explosiva y sensible, ya sabemos que ella padece una enfermedad y no es fácil, por lo que debemos entender: para ella afrontar algo de tal calibre como perder a los pequeños y que además a Edward se le salgan esas palabras de la boca, que fácilmente podían ser tergiversadas, obviamente hizo que todo explotara, en especial porque Bella aún lleva las heridas de la maternidad. ¿Lo peor? Bella no quiere que nadie más vuelva a dañarla como lo hizo Jacob y eso la hace estar mucho más a la defensiva. Sabemos que Edward la ama, pero debe ser sincero y también recordarse cómo pueden tratarse las situaciones con las palabras equivocadas. Al menos los mellizos están a salvo, y quizá más en silencio de lo que pensábamos. ¿Será que digan por qué estuvieron desaparecidos? ¿Qué fue lo que les hizo separarse de Bella? Ella nombró a Kate, ¿sería por la ansiedad que estaba teniendo o porque tiene razón en su acusación? Ya sabremos qué pasa. Y bueno, Riley llegó a generar los celos de Edward, pero también Teresa, su madre, atorando a Renée en la furia y poniendo a Charlie en aprietos. La nueva alianza entre Renée y Edward vendrá con muchas sorpresas, así como también ese beso apasionado que los llevó a reventar de amor y deseo en la soledad de la sala, ¿qué creen que pase luego de eso? ¿Bella le permitirá explicarse? ¿Edward pedirá perdón? Una única certeza: Riley y Teresa no se irán tan fácil, y ni hablar de Kate. ¡Les prometo que se viene super divertido! Y que los mellizos las embobarán de ternura con todo lo que tienen por decir y hacer. ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas
Agradezco los comentarios de Mss Brightside, bbluelilas, maribel hernandez cullen, Belli swan dwyer, Coni, katyta94, valentinadelafuente, Diana2GT, cavendano13, BreezeCullenSwan, somas, lauritacullenswan, Gladys Nilda, Jenni98isa, Dominic Muoz Leiva, Liz Vidal, Pam Malfoy Black, Srita Cullen Brandon, Caty Bells, Nat Cullen, Pancardo, Valeeecu, calia19, Elizabeth Marie Cullen, catableu, Iza, Valevalverde57, martuu341, GabySS501, patymdn, Brenda Cullenn, CeCiegarcia, Say's, angryc, freedom2604, Liliana Macias, Joa Castillo, DanitLuna, krisr0405, Fernanda javiera, JMMA, A k, K, claudiahernandez, Isabelfromnowon, Yoliki, beakis, Twilightsecretlove, ariyasy, Rero96, Veronica, Chiqui Covet, PatyMC, alejandra1987, Noriitha, Kath Morgenstern, carlita16, rjnavajas, rosycanul10, Ilucena928, piligm, NarMaVeg, VeroG, Claribel, Diana, Skye Bennet Ward, saraipineda44, Kamile PattzCullen, Tata XOXO, MaleCullen, morales13roxy, Danny Ordaz, Alizce, Jade HSos, Lizdayanna, Lore562, miop, AnabellaCS, Abigail, Car Cullen Stewart Pattinson, viridianaconticruz, Jocelyn, LicetSalvatore, Fallen Dark Angel 07, Marina, kathlenayala, Tereyasha Mooz, morenita88, Olga Javier Hdez, SeguidoradeChile, LilyM, Elmi, LuAnka, Sony Bells, Vaneaguilar, bealnum, Ivette marmolejo, LizMaratzza, Esal, Adriu, Pameva, jupy, ELIZABETH, Bitah, Heart on winter, Retia, Mar91, Maydi94, monik, almacullenmasen, michi'cullen, josalq, santa, Vanina Iliana, Ceci Machin, Carol Buheno, Fernanda21, Flor Santana, ROMINA19, Salveelatun, Valentina Paez, Tina Lightwood, Smedina, damaris14, Robaddict18, Luisa huiniguir, Elejandra Solis, Bell Cullen Hall, YessyVL13, LoreVab, camilitha cullen, florcitacullen1, Mayraargo25, isbella cullen's swan, cary, keith86, sool21, claribelcabrera585, Gibel, tulgarita, Reva4, nydiac10, Cullenland, seelie lune, AndreaSL, debynoe12, Gis Cullen, Tecupi, NadiaGarcia, FlorVillu, twilightter, Bella Nympha, Idalia Cova, Angelus285, Maca Ugarte Diaz, terewee, Ella Rose McCarty, micalu, ChicaLibros, Markeniris y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente, cada gracias que ustedes me dan y su entusiasmo porque siga hacen que me sienta entusiasta también yo, ¡no saben cuán feliz me hacen con sus lindas palabras!
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Cariños para todas
Baisers!
