Capítulo 27.

Kashima, Prefectura de Ibaraki, Japón. 19 de octubre.

Estadio de Fútbol Sóccer Kashima Antlers.

El estadio de los Kashima Antlers estaba a reventar y en cualquier momento daría inicio el último partido del grupo A, en donde se enfrentarían la selección juvenil japonesa contra su homóloga italiana; los aficionados, tanto japoneses como italianos, se habían reunido en el sitio para presenciar el encuentro, llenando el estadio en su totalidad y haciendo que ni una persona más pudiera caber en estos momentos.

Lamentablemente, para la escuadra Azzurra las cosas no le pintaban nada bien desde un comienzo, pues al saltar los jugadores a la cancha ya tenían una desmotivación muy grande en su contra: en el estadio Urawakomaba acababa de finalizar el encuentro de Uruguay contra México, ambos equipos de su mismo grupo, con la victoria de los uruguayos sobre los mexicanos con un marcador de 2 a 0, lo que automáticamente ponía a los italianos en el camino de regreso a casa. De esta manera, los mismos aficionados italianos desde antes del comienzo del partido se habían estado encargando de recordarles una y otra vez a los jugadores la eliminación y la vergüenza que eso conllevaba, la afición estaba molesta por la descalificación y se lo hacían ver a su equipo sin piedad alguna.

- ¿Qué tienen que decir al respecto, Italia?.- les gritaban algunos.

- ¡Están eliminados, qué vergüenza!.- decían otros, sin piedad.

- ¡En verdad que da pena decir que son nuestra selección!.- agregó otro más.

En la banca italiana Erika estaba muy molesta con su afición pues consideraba que su deber era apoyar a su equipo y no tratarlos de ese modo, pero sabía perfectamente bien que eso era algo que ella no podía cambiar, así era en el fútbol en todos lados.

"Cuando ganas eres un héroe y cuando pierdes te acabarán con todo", pensó la pasante, con tristeza.

Por su parte, de lado de la selección japonesa, Aoi Shingo se encontraba realmente sorprendido y también muy decepcionado al constatar que, efectivamente, tanto Gino Hernández como Salvatore Gentile no aparecían dentro de la plantilla titular mostrada para el partido.

- ¡Es más que lógico!.- comentó en ese instante Ishizaki, al lado de Aoi-. Es inútil poner a dos jugadores que están lesionados en un partido en el que ya no hay nada en juego para ellos.

- ¡¿Creen que van a volver a Italia con tanta impunidad?!.- se escuchó decir desde las tribunas a otro aficionado.

- ¡Es una verdadera vergüenza que sean italianos!.- gritó a todo pulmón otro más.

- ¡Será mejor que ni regresen o ya verán cómo les va!.- amenazó un tercero.

- Es una verdadera lástima que los hinchas los insulten de ese modo.- comentó Shingo, muy decaído por ver a la gente tan enojada y al mismo tiempo sintiéndose mal por su amigo.

- Debemos jugar con todas nuestras fuerzas.- le comentó en ese instante Tsubasa Ohzora, tomando el hombro de Shingo para llamar su atención, a lo que el número 20 de Japón asintió con energía.

- Sí, lo haremos con todas nuestras fuerzas.- respondió Shingo, alegre-. Ésa será la manera en que yo honre y le agradezca a Italia, el grandioso país que me entrenó.- sonrió motivado.

El pitido por parte del árbitro por fin se escuchó y Aoi hizo el saque del balón para así dar por iniciado el encuentro; después de eso, el japonés se lanzó con todo rumbo al área italiana, seguido muy de cerca por Tsubasa, y con el único objetivo de demostrarle a sus contrincantes cuán bueno había logrado ser gracias a ellos.

- ¡Vamos, Italia!.- gritó Shingo, lo que sorprendió incluso a Ohzora.

Aoi pensaba que era una verdadera lástima que no se hubiera dado el enfrentamiento que tanto había estado anhelado desde la cena de bienvenida contra su mayor rival Salvatore Gentile, él había tenido muchos deseos de confrontarlo en este partido y había querido vencerlo con sus nuevas técnicas, por lo que Shingo se había entrenado ardua y exclusivamente para pelear contra el líbero italiano, teniendo como su único objetivo durante esos días el poder superarlo.

Luego pensó en Gino, quien fue una de las primeras personas que le tendieron una mano amiga cuando él llegó a Italia y que a pesar de las discriminaciones sufridas debido a su origen por parte del resto de sus compañeros de equipo, el italiano jamás participó en ellas y, muy al contrario, siempre le defendió frente a los demás, apoyándole también en todo lo que pudo. Shingo conocía de sobra al portero italiano y lo respetaba mucho, tanto como su antiguo capitán como por el gran amigo que era en ese momento en el que ambos jugaban ya en diferentes ligas pero que, a pesar de eso, Gino seguía acudiendo de vez en cuando al Inter Primavera a visitarlo para echarle la mano y que él pudiera seguir mejorando; fue entonces cuando Aoi se dijo que sobre todo por él debía dar su máximo esfuerzo en este encuentro y demostrarle que había valido la pena la confianza que Hernández había depositado en él.

Aoi parecía que le habían inyectado adrenalina pura o una gran dosis de algún tipo de esteroide pues desde que el partido inicio él mostró la vitalidad y energía que le caracterizaban pero aumentada diez veces más, apareciendo en la mayoría de las jugadas del encuentro; el número veinte se veía claramente motivado y arrastraba a su equipo con él para que su nivel luciera claramente superior al desmotivado equipo italiano. Shingo parecía inagotable corriendo por todo el campo de arriba abajo, de izquierda a derecha; él estaba decidido a demostrar con creces lo que había aprendido en Italia y cuan agradecido estaba con ellos, incluso si los insultos y silbidos que lanzaban los hinchas en contra de su propio equipo le molestaban demasiado.

Al mismo tiempo que esto sucedía en el estadio de Kashima, en Hiroshima se daba inicio a otro encuentro que se esperaba sería igual de importante y emocionante. La Mannschaft, equipo favorito a ganar el torneo y liderado por su capitán Karl Heinz Schneider, enfrentaban a la selección de Suecia comandada por Stefan Levin. Era la primera vez en el torneo que el capitán sueco jugaría por lo que todo mundo estaba ansioso de verlo ya que se rumoraba que éste poseía una increíble fuerza en sus tiros.

- ¡Ánimo, Karl!.- se escuchó decir desde las tribunas a Elieth, quien esta vez se encontraba sola pues Lily se había trasladado a Kashima para apoyar a Genzo en su tercer partido.- ¡Pártele la cara a ese emo de Levin!

No era desconocido que Stefan Levin era uno de los dos jugadores que lesionaron al portero japonés Genzo Wakabayashi, siendo ésta la razón principal de que a Elieth no le agradara mucho el sueco ya que consideraba que era una persona demasiado desgraciada a quien al parecer no le interesaba para nada el bienestar de los demás. Por tanto, la francesa esperaba que su adorado Schneider pudiera vengar a su amigo Wakabayashi, ganando este partido.

- ¡Tú puedes mi emperador!.- gritó de nuevo Elieth, vestida con la playera del número 11 alemán-. Haz tu Hat-trick como en cada partido, ¡vamos con todo, Alemania!

El árbitro por fin silbó, siendo Schneider quien llevó el balón en sus pies después de la patada inicial, corriendo con velocidad rumbo al área enemiga para así comenzar este interesante encuentro.

Mientras tanto, de regreso en Kashima, Gino se encontraba sentado en la banca de su equipo mirando cómo el equipo japonés dominaba las acciones del partido, se le podía notar sumamente desesperado pues se mordía nuevamente el labio inferior debido a que no podía apretar los puños como deseaba hacerlo en ese instante; el ver jugar a sus compañeros de esa manera tan apática en verdad que estaba volviendo loco al portero, quien deseaba estar en el campo ayudando a su equipo y no sentado en la banca, sintiéndose como un verdadero inútil.

El equipo japonés había estado atacado continuamente y sin descanso desde que inició el partido, aflojando en algunas ocasiones su defensa pues ese día la escuadra azzurra no podía ni siquiera iniciar un contraataque; el equipo italiano parecía jugar peor que en los encuentros que habían tenido durante los entrenamientos, sus pases eran errados e inexactos y el balón les era arrebatado fácilmente cada vez que lo tenían en su poder, los jugadores corrían por todos lados pero sin un objetivo específico, parecía como si el conjunto italiano hubiera olvidado por completo todas las técnicas y patrones de juego que habían aprendido a lo largo de los años en que habían estado dedicándose al futbol.

Al analizar su juego, se podía ver que ellos simplemente no eran capaces de concretar ni una sola jugada y mucho menos finalizar un ataque; la defensa parecía ser inexistente y Franco no atinaba a dar ni una sola orden correctamente para cerrar su defensa cuando el equipo japonés se acercaba a su arco. Al parecer nada había cambiado después de lo que Gino les había dicho en los vestidores, ellos continuaban con su actitud derrotista y el portero pensó que en ese momento ya era completamente inútil enojarse o intentar hacer algo más, estaban acabados y eso lo terminó de deprimir aún más.

Al analizar el juego de su oponente, Hernández pensó que quizás Japón les hubiera ganado de cualquier modo incluso estando al cien por ciento de sus capacidades y jugando tanto él como Salvatore, pues los japonés sí estaban jugando bien y lo que ellos estaba haciendo… bueno, él ya no sabía bien qué carajos era lo que estaban jugando, pues no podía de ninguna manera llamarle "fútbol" a eso. A su parecer, Valentino era el único que se esforzaba por jugar correctamente y por tratar de hacer algo por el equipo pero lamentablemente un solo jugador no podía hacer la diferencia.

"Si el entrenador dijo que no podía hacer un equipo con dos, mucho menos se podría hacer algo con uno solo", pensó Gino, decaído.

El tiempo del partido pasó rápidamente y durante la primera mitad, Japón anotó en dos ocasiones; el primer tanto fue obra del jugador número 18 de Japón, Shun Nitta, quien había logrado su primera anotación del torneo con su Hayabusa Shoot; minutos después cayó el segundo tanto, un magnífico gol por parte del número 9 Kojiro Hyuga, quien se había convertido en la estrella goleadora del equipo japonés pues no dejaba de anotar sucesivamente para su equipo.

Pero la verdadera estrella del encuentro era sin lugar a dudas Aoi Shingo, quien se mostraba imparable como siempre y demostraba todo lo que había aprendido en Italia, dando los dos pases decisivos para los goles de Japón. Y ya para la siguiente mitad del encuentro, fue el mismo Aoi quien anotó el tercer tanto del partido, dejando un marcador de tres goles a cero a favor de los japoneses.

- ¿No crees que estás haciendo demasiado?.- le preguntó Ishizaki a Aoi, cuando el segundo anotó el tercer tanto.

- Deberías guardar algo de energías para los cuartos de final.- le sugirió a su vez Makoto Soda.

Por respuesta, Aoi negó con la cabeza y les dijo que no lo haría pues estaba decidido a dar todo su esfuerzo en este partido como una manera de agradecerles a sus amigos italianos por todo lo que le habían dado estando allá. En las tribunas, el público italiano se encontraba claramente molesto por el desempeño de su equipo al grado de insultarlos de una manera mucho más pesada.

- ¡Hagan algo, defiéndanse!.- gritaban muy molestos los hinchas.

- ¡No deshonren más al futbol italiano!.- decían otros más.

- Por lo que veo, los hinchas italianos siguen abucheando aún más a su equipo.- comentó Ishizaki en ese instante.

La escuadra italiana sintió vergüenza de sí misma y de la manera tan horrenda en que estaban jugando, sabían bien que ellos no estaban lesionados y, sin embargo, no había luchado como debían hacerlo y como seguramente lo hubieran hecho sus dos jugadores estrellas. Fue entonces cuando Valentino admitió que ésa era también una cualidad que Gino poseía, pues el portero sin reclamos ni palabras fuertes sino sólo con sus acciones te hacía ver lo que estaba mal y lo que tenías que hacer, por lo que Valentino se sintió avergonzado de sí mismo ya que pensó que jamás estaría a su altura como capitán, Conti sabía que él debía haber hecho algo para que este partido no fuera un desastre y a pesar de todo no lo había podido conseguir.

Mientras tanto en la banca, Gentile suspiró al ver la estupenda anotación que realizó Aoi y, muy a su pesar, tuvo que admitir que el japonés había mejorado mucho en su estilo de juego, siendo que por primera vez consideró a Shingo como un digno rival a vencer; Salvatore pensó que Gino había tenido razón en decirle que Aoi era del tipo de personas que no se dejaban derrotar tan fácilmente y que si esto sucedía alguna vez, era seguro que regresaría más fuerte que antes, dándose cuenta de que en esta ocasión también lo había hecho así, pues después del encuentro que habían tenido en la cena de bienvenida, a Salvatore le era más que obvio pensar que el japonés se había vuelto más fuerte para poder vencerle y fue cuando su deseo de poder ingresar al campo para enfrentarse al él creció con más fuerza.

Salvatore se había encontrado durante todo el partido sentado a sólo un asiento de distancia de Gino, por lo que había podido ver muy bien cómo en más de una ocasión éste jugueteaba impacientemente con sus guantes y cómo movía desesperado la pierna al tiempo en que seguía con la mirada el balón cuando a sus compañeros se les iba de los pies, situación que ocurría muy a menudo y que ocasionaba que el portero intentara sofocar los gruñidos que hubiera querido externar abiertamente, absteniéndose además de levantarse de su sitio para saltar a la línea de meta y gritarles a los demás las instrucciones que propio el técnico parecía haber olvidado que tenía que dar.

Fue entonces cuando Gino miró a su entrenador, quien se encontraba parado al margen del campo y muy cerca de la línea lateral, sitio en donde había permanecido desde el inicio del partido, al principio dando instrucciones pero conforme fue pasando el tiempo y los goles iban cayendo, el hombre dejó de hacerlo y se perdió en sí mismo, probablemente dándose por vencido como todos los demás. Hernández miró sus guantes, los cuales descansaban sobre el asiento contiguo a él, sitio a donde habían ido a parar luego de haber sido aventados por el portero, en una clara respuesta a la frustración que sentía. En ese instante, esos guantes le parecieron la cosa más inútil que podría existir, tan inútiles como él se sentía en ese instante y suspiró apesadumbrado pues ya ni siquiera tenía las fuerzas para nada, ni siquiera para pedirle al entrenador que le dejara entrar.

Gino se dijo que de nada serviría intentar entrar al partido cuando ya le faltaba tan poco para terminar. ¿O acaso estaría equivocado y valdría la pena hacer un último esfuerzo?, se preguntó. Aunque si sus compañeros no le quisieron escuchar antes, él dudaba de que ahora sí lo hicieran cuando ya nada se podía hacer. Desde su sitio al lado del Dr. Lucchetti, Erika miraba constantemente al portero, observando todas las expresiones y movimientos, que también había notado Gentile, lo que la tenía muy preocupada pues no había necesidad de palabras para saber bien lo que él estaba pasando, incluso había visto como Gino temblaba de la impotencia que sentía y se preguntó que podría hacer.

- ¡Al diablo con todo y con todos!.- comentó Salvatore de pronto, suspirando ruidosamente después pues estaba desesperado por la situación que se desarrollaba en el campo de juego.

Luego se levantó de su asiento para tomar el hombro del portero y sacudirlo, llamando de ese modo su atención.

- ¡Levántate, vamos a entrar a jugar!.- comentó Salvatore, con voz firme al tiempo en que se quitaba el pants del uniforme.

Gino lo miró sorprendido, no comprendiendo bien al principio lo que sucedía, pero sus palabras lo habían explicado todo, Salvatore no pensaba quedarse sentado ni un minuto más, lo que lo hizo reaccionar y sonreír realmente feliz por primera vez en días, la sola idea de jugar hizo que Gino volviera a sentirse vivo. Con tan poco tiempo restante, quizás no podrían hacer nada para cambiar las cosas, pero el simple hecho de intentarlo le hacía olvidar todo y borraba de su corazón todo sentimiento derrotista que lo estaba consumiendo.

Hernández sintió cómo la adrenalina se apoderaba de él y su cuerpo le decía que se encontraba más que listo para la acción y su corazón comenzó a latir con fuerza por la emoción, levantándose rápidamente de su asiento para quitarse la chamarra, férula y cabestrillo, quedándose únicamente con los vendajes bajo su sudadera y guantes. Erika se quedó sorprendida al verlos y de inmediato se lo comentó al Dr. Lucchetti, quien al igual que la joven se encontraba atónito por la actitud de los jóvenes pero pensó que Santoro los detendría y así se lo hizo ver a la pasante. Una vez estando listos ambos jugadores se dirigieron con paso decidido hacia su entrenador.

- Entrenador, permítanos jugar.- comentó Salvatore, con una expresión que no daba lugar a réplicas.

Santoro pareció reaccionar y se giró para mirarlos fijamente.

- Por favor, déjenos jugar el último cuarto de hora.- comentó a su vez Gino.

- ¡Denme una buena razón para dejarlos jugar!.- exigió Santoro, mirándolos fijamente.

Ante el requerimiento del entrenador, Salvatore apretó los puños y Gino bajó la cabeza, guardando silencio. Gentile sabía que todavía tenían algo que dar en el torneo por lo que no podían simplemente quedarse sentados en la banca viendo cómo todo terminaba, incluso si ya no había ni la más mínima oportunidad de ganar, ellos debían intentarlo. Al ver que los jóvenes no respondían, Santoro los miró con expresión adusta y decidió ser él quien comenzara a hablar.

- Siéntense, chicos, no pienso usarlos.- comenzó a decir el técnico-. Ya les había dicho…

- ¡Por favor, entrenador!.- comentó Gino, interrumpiendo a Santoro-. Sé lo que nos dirá y tiene razón en todo, pero también no puede negar que eso que estamos jugando no es el fútbol italiano que conocemos. ¡Ni siquiera podemos decir que es fútbol!.- comentó, señalando a sus compañeros-. Sabemos perfectamente bien que a estas alturas no haremos una gran diferencia.- continuó diciendo, sereno como siempre-. Y puedo aceptar que Japón nos gane, pero lo que no soporto es que nos ganen de este modo, todos, incluso usted, ya se han dado por vencidos.

Santoro vio a sus jugadores con mirada inescrutable por un largo rato antes de responder, ellos apenas eran unos jóvenes de escasos diecinueve años de edad y ya contaban con una determinación y profesionalismo que muchos grandes jugadores profesionales envidiarían, sabía que no sería fácil convencerlos de no jugar pues a pesar de ser un partido perdido, de las lesiones, de los insultos por parte del público, a pesar de todo, ellos continuaban firmes en su decisión de jugar un buen fútbol y en cierto modo se sintió orgulloso de ellos, deseando en fondo que en verdad pudieran hacer aunque sea una pequeña diferencia.

- Siento que me voy a arrepentir de esto.- dijo el entrenador finalmente, suspirando con resignación para luego llamar al asistente e indicarle el cambio.

Gino miró entonces a Salvatore y con una expresión le dijo todo: gracias. Ambos jóvenes se posicionaron en la línea de meta a la espera del cambio, el asistente levantó ambas pizarras para que se hicieran las respectivas sustituciones, saliendo el número 17 para que ingresara el 1 y que saliera el número 3 por el número 6. El estadio se sorprendió mucho al verlos pues para nadie eran desconocidas sus lesiones.

- ¿Se arriesgarán a jugar a pesar de sus lesiones?.- cuestionaban incrédulos algunos de los presentes.

- ¡Eso es tener valor!.- argumentaban algunos otros.

Pero tampoco podían faltar los comentarios negativos, los cuales no se hicieron esperar.

- Ya es demasiado tarde, ¿porque no los metieron desde el inicio?.- reclamaban algunos.

- De nada servirá que entren.- comentaban otros más.

Gino y Salvatore esperaban ansiosos junto a la línea del campo a que el árbitro autorizara los cambios para poder ingresar.

- Aoi nos demostró que está jugando con todo en este encuentro.- comentó Gino, lleno de energía-. Tenemos que devolverle el favor.

- Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que así sea.- le respondió Salvatore, sin rastro de arrogancia o sarcasmo en su voz.

- Entonces, demos todo de nuestra parte en los quince minutos que faltan, juguemos al máximo.- comentó Hernández, con mirada decidida a lo que Salvatore asintió.

Ambos jugadores tenían sólo un objetivo en mente: apoyar a su equipo, sin revanchas, sin enfrentamientos, sin nada que no fuera sólo jugar como una unidad. Por su parte, Aoi sonrió feliz de ver a los dos italianos cuando ingresaron en el campo de juego.

- ¡Gino, Gentile! Por fin están aquí.- dijo con suma alegría.

Aoi sabía que ambos jugadores cambiarían la situación en el partido, conocía de sobra el talento de los dos y sabía de lo que eran capaces de hacer, por lo que le emocionó mucho el poder enfrentarlos finalmente. El partido se reanudó y Gino se lució como siempre, despejando todo balón que llegaba a su portería y sin permitir que ninguno de los jugadores japoneses, ni siquiera Hyuga ni el mismo Tsubasa le pudieran anotar. Salvatore también se lanzaba por cuanto balón estuviera a su alcance y lograba despejarlos o quedarse con el esférico en cada acción, era cierto que la escuadra azzurra iban perdiendo por una marcada diferencia pero ellos debían mantenerse luchando, como los guerreros que eran.

- ¡Vamos, chicos!.- les gritó Valentino a los demás.- Su capitán les está mostrando un gran valor y determinación al defender la portería, esforzándose al máximo a pesar de las lesiones y el dolor. ¡Debemos ser como él y entregarnos con todo hasta el final!

El ánimo del equipo volvió y todos decidieron corresponderle no sólo a Gino sino también a Salvatore por su esfuerzo, pues ambos les demostraban lo que era el tener orgullo italiano.

- Éste es nuestro último partido en el torneo.- continuó diciendo Valentino-. Debemos irnos peleando como los guerreros que somos.

- ¡Daremos todo en el tiempo que queda!.- comentó a su vez Marco.

- ¡La sangre guerrera corre por nuestras venas, debemos demostrarlo!.- agregó Alonzo.

La escuadra azzurra comenzó entonces a jugar seriamente, produciendo un juego impactante, lleno de energía tanto en el ataque como en la defensa, sus movimientos mejoraron de repente y parecía que era otro el equipo que se encontraba en la cancha. La afición italiana quedó sorprendida de ver cómo los jugadores italianos habían cambiado drásticamente su forma de jugar cuando ingresaron sus dos jugadores estrellas. Italia se encontraba jugando como nunca con una fortaleza y coraje dignos de admiración ya que los jugadores se habían lanzado con todo hasta el final. Al ver la determinación y el radical cambio en el equipo rival, Shingo se dijo que debería anotar otro gol, esta vez a Gino y pasando a Salvatore, por lo que, sin dudarlo se lanzó directamente de nuevo al ataque. Hernández y Gentile lo vieron venir, esperándolo para su primer y quizás último enfrentamiento del partido. Aoi entonces recordó cómo se había estado entrenando particularmente durante los días pasados después de que los entrenamientos colectivos concluían para poder vencer a Salvatore, creando una variación de su técnica.

"Gentile tú sigues siendo mi más grande rival, todo lo que he estado trabajado en estos días ha sido únicamente para poder eludirte y pasarte, y es ahora cuando te lo podré demostrar", pensó Aoi, mientras se acercaba al defensor italiano.

Shingo se lanzó de lleno directo a Salvatore para poner en práctica su finta de ángulo recto, corriendo directo hacia él para en el último instante girarse en un ángulo de noventa grados hacia su derecha; tanto italianos como japoneses estaban expectantes por ver lo que sucedería.

- ¡Aoi!.- gritaban los jugadores y fans japoneses.

- ¡Gentile!.- gritaban a su vez los italianos.

"Podré hacer mi defensa en ángulo recto", pensó Salvatore, confiando en lograr detener al japonés.

Pero al mover su pierna para hacer la técnica, su rodilla crujió y una punzada de dolor le atravesó. Aoi notó la mueca de dolor que Gentile mostró y se preocupó por él.

"Mejor haré mi nueva técnica", pensó de inmediato.

- ¡Ésta es mi finta tornado!.- exclamó Shingo.

- ¿Qué es esta técnica?.- preguntó Salvatore, sorprendido, al tiempo en que Aoi tomaba el balón entre sus pies y giraba con él, dando una especie de vuelta vertical sobre su mismo eje para quedar en el extremo opuesto del defensor-. ¿Es acaso la versión mejorada de su técnica anterior?.- se preguntó.

El público quedó muy sorprendido por la habilidad de Aoi, quien había pasado al muro infranqueable de Italia dejándolo derrumbado en el suelo.

"Me habrías pasado fácilmente con tu técnica anterior pero te arriesgaste a usar tu nueva técnica conmigo sólo por respeto a mí", pensó Salvatore, sorprendido.

Aoi cayó a espaldas de Salvatore y ahora quedaba sólo frente a Gino, y con el impulso que llevaba saltó para lanzarse al aire, haciendo en el proceso un remate de chilena. Hernández salió de su área para acortar la distancia y detener la jugada.

- ¡Toma esto, Gino!.- exclamó Shingo, lanzándole un cañonazo entre las piernas del portero.

Sin embargo, Gino fue mucho más rápido y en una ágil maniobra detuvo el balón, arqueándose hacia atrás y posicionando su brazo derecho atrás y entre sus piernas para detener el cañonazo con una sola mano. Pero en ese momento sintió una fuerte punzada atravesándole el antebrazo y el dolor bajó hasta su muñeca lo que hizo que soltara el balón ante la impotencia de continuar reteniéndolo.

"¡Gino soltó el balón por sus lesiones!", pensó Aoi, al ver lo sucedido.

Shingo aprovechó esta situación para volver a rematar el balón que se encontraba en el aire, el cual fue a incrustarse en las redes italianas, justo detrás del portero. Gino quedó tirado sobre el césped poco después de su área chica y Salvatore justo en la línea del área grande, quedado Aoi entre ellos.

- Ce n'est pas possible! (No es posible).- exclamó Erika, claramente asustada y preocupada por Gino, cubriéndose la boca con la mano.

El árbitro entonces pitó el cuarto gol del encuentro para segundos después pitar también el final del partido.

- Gracias por haber dado todo en este encuentro, Shingo.- comentó Gino, con una clara expresión de dolor en su rostro.

- ¡Gino!.- comentó Aoi, conmovido por las palabras de su amigo.

- Nosotros estamos prácticamente deshechos en este momento por lo que no somos rivales para nadie.- comentó a su vez Salvatore-. Pero la próxima vez que nos enfrentemos las cosas serán muy diferentes, nuestro duelo no se detiene aquí, la siguiente vez daré todo para luchar y vencerte.

- ¡Gentile!.- respondió Aoi, con mucho respeto para su gran oponente.

De pronto, un aplauso general se dejó escuchar en el estadio pues la hinchada italiana vitoreaba a su equipo ahora.

- ¡Bravo, Italia!.- comentaban algunos.

- ¡Eso es tener orgullo!.- comentaban otros más.

- ¡Gracias por su esfuerzo al jugar lesionados, Hernández y Gentile!.- agregaron otros.

- Son grandes jugadores con un gran futuro por delante.- decían también.

"Yo diría que son grandes idiotas, como muchos de los que están jugando en este torneo", pensó Erika.

Tanto Gino como Salvatore se sintieron muy conmovidos por las muestras de apoyo que les daban los hinchas, pensando que quizás el esfuerzo que habían hecho bien había valido la pena. Valentino entonces se acercó a Hernández, quedando parado frente a él.

- Puede que en este momento ya no signifique gran cosa, pero quiero decirte que eres tú quien es el verdadero capitán de Italia y no yo.- le comentó, sonriendo sinceramente, para luego extender su mano con la intención de ayudarle a levantarse.

Gino se sorprendió mucho por las palabras de Valentino y miró al resto de sus compañeros que le veían con respeto, concordando con las palabras que el mediocampista le había dado e indicando que pensaban lo mismo que él.

El portero aún se encontraba tirado en el césped, intentando apretar su mano izquierda sobre su codo derecho para ver si con eso podía mitigar un poco el dolor que sentía en ese instante; ambas manos le dolían mucho por lo que temía que las lesiones hubieran empeorado pero se decía que no era tiempo para quejarse aun cuando el dolor fuese tan fuerte, siendo que el dolor de su brazo derecho recorría toda la extremidad, palpitándole desde su hombro hasta la muñeca y los dedos. Gino miró a Valentino de nuevo e intentó estirar su mano izquierda para tomar la mano que el mediocampista le ofrecía, pero no podía ni siquiera moverse sin que el dolor empeorara y le volviera a atravesar los huesos.

- Lo siento….- suspiró Gino y respiró hondo para poder continuar hablando-. No puedo…

Valentino miró la expresión de dolor y sufrimiento que su capitán mostraba en su rostro y se preocupó pues nunca lo había visto así.

En ese momento Erika corrió a su encuentro con una expresión tal de preocupación que el resto de los jugadores le abrieron el paso de inmediato, permitiendo que ella llegara y se hincara frente al portero quien se hallaba encorvado protegiendo instintivamente sus brazos y con un fino hilo de sudor recorriendo su rostro.

- ¿Gino?.- preguntó la pasante a verle.

- Estoy bien.- le susurró él, con una débil sonrisa al verla.

- ¡No, no lo estás!.- respondió ella de inmediato, con preocupación en su semblante-. Vamos a que te revisemos.- comentó, al tiempo en que le hacía una seña a Valentino para que le ayudara a levantar a Gino del suelo.

Valentino tomó a Gino con una mano por su codo izquierdo y con la otra sostuvo su espalda para levantarlo de un sólo empujón, para luego llevárselo junto con Erika rumbo a la enfermería. Alonzo se acercó a Salvatore y le extendió una mano para que se levantara.

- ¿Cómo estás?.- le preguntó el mediocampista.

- He estado mejor.- respondió simplemente Gentile, tomando la mano de su compañero para ayudarse a levantarse.

Salvatore de pronto sentía que el cuerpo le pesaba demasiado.

- ¡Jugaste muy bien!.- le dijo Alonzo, al tiempo en que le daba una palmada en el hombro.

- Gracias.- respondió Salvatore, sin rastro de sarcasmo en su voz-. La próxima vez lo haremos mejor.

- ¡Bien hecho!.- comentó a su vez Marco, haciendo el mismo movimiento que Alonzo.

- A la próxima les demostraremos quiénes son los mejores.- comentó a su vez Luciano, haciendo otro tanto.

En ese momento llegó Alessio al lado de Salvatore para ver cómo se encontraba y luego ayudarle a salir del campo. Lucchetti miraba con mucha preocupación hacia la cancha pues al igual que a Erika no se le habían pasado desapercibidos los movimientos que tanto Salvatore como Gino habían hecho durante las últimas jugadas y que al final del encuentro ambos habían quedado tirados en el suelo, fue por esa razón por la que autorizó a los dos jóvenes para ingresar en el campo y verificar el estado de salud de los jugadores.

Cuando vio que Alessio se acercaba al lado del defensor y que éste venía caminando por su propia cuenta, el médico suspiró aliviado pues al parecer por lo menos Salvatore no había empeorado sus lesiones ya que no cojeaba más de lo que ya lo había estado haciendo, lo que indicaba que la lesión no había empeorado; sin embargo, en cuanto el líbero llegó a su lado no dejó de preguntarle cómo se encontraba.

- Estoy bien.- respondió Gentile-. Sólo tengo un ligero dolor, pero no creo que sea nada de qué preocuparse.

Lucchetti entonces ordenó a Alessio que le revisara la lesión y le indicara los resultados en cuanto los tuviera, ordenándole también que le aplicara un masaje relajante en la pierna.

- ¡Entendido!.- respondió el fisioterapeuta, acatando al instante las órdenes de su jefe para luego irse con Salvatore rumbo a los vestidores.

Una vez que vio que Salvatore se retiró con Alessió, el médico se giró a mirar nuevamente hacia la cancha y fue cuando el galeno sintió que el mundo se le venía encima al ver que Erika y Gino se acercaban a él, siendo que éste prácticamente venía sostenido por Valentino, por lo que el médico corrió a encontrarse con la pasante y los jugadores.

- ¿Qué fue lo que pasó?.- le preguntó preocupado el doctor al portero-. ¿En dónde te duele?

Gino sólo alcanzó a negar con la cabeza pues ya no era capaz ni de articular palabra, apretando los labios con fuerza en un claro indicio de dolor y con un gesto le indicó al médico el lado derecho de su cuerpo.

- ¡Vamos, muchacho!.- comentó Lucchetti, rodeándolo con los brazos para liberar a Valentino de su carga y así llevárselo a la enfermería.

El entrenador, quien se encontraba cerca de ellos, al ver a Hernández en ese estado experimentó una gran sensación de culpa, lo peor que podía haber pasado al final sucedió y en sólo unos cuantos minutos de juego se habían agravado las lesiones de Gino; sumamente preocupado por él, el técnico se dirigió a la enfermería detrás de los otros.