SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Veintinueve:

Su Partida

"Hoy fue un largo día." Murmuró Sango mientras se trepaba a la cama doble que Kaede les había preparado para la noche, acomodándose junto a Miroku quien ya estaba enroscado en su lado preparándose para dormir.

Su espalda estaba encarándola mientras miraba la puerta de su habitación, como si esperara a que alguien la atravesara, alguien que quería ver desesperadamente. "Otou-san." Murmuró en su cabeza, su corazón buscaba a su padre, deseando poder entender lo que estaba pasando por la mente del hombre en ese momento. Suspirando profundamente, miró a Sango tras él, mirando su rostro expectante, estaba esperando por una respuesta. "Fue un largo día." Le respondió antes de girarse hacia la puerta, sus ojos enfocados en la entrada de madera, esperando, rezando porque Inuyasha entrara caminando, gritándole, y luego desaparecer para irse a la cama. "Aún lo es."

Sango asintió aunque su esposo no pudiera verla y se recostó contra la cabecera de la cama, sentándose derecha, sabiendo que el sueño sería muy difícil de conciliar esta noche. "Todo es, demasiado, verdad?" Le dijo mientras cruzaba sus manos sobre su estómago, sus ojos miraban la pared, mirando la pintura blanca.

Miroku gruñó en acuerdo antes de girarse para acostarse sobre la espalda, moviendo sus manos para descansarlas debajo de su cabeza, una almohada improvisada encima de una almohada que ya existía. "Kagome," murmuró antes de mover sus ojos para mirar a Sango. "Realmente crees que ella es esta—Miko—como dijeron el Capitán y Kaede?"

Sango mordió su labio y encogió sus hombros. "No tengo razón para creer que no." Dejó escapar un leve chillido de frustración, luego un bajo suspiro. "Quiero decir, eso no explica la luz? Explica la joya, explica esa brújula? Brilló Miroku," lo miró, sus ojos suplicantes para que estuviera de acuerdo con ella, así tal vez no se sentiría tan loca. "Las cosas normales no brillan."

"Lo hacen si las tienen los demonios." Comentó hábilmente.

Sango sacudió su cabeza lentamente, ignorando la mordacidad en su comentario. "Kagome no es un demonio, lo sabes, yo lo sé." Tragó, sus ojos aún fijos al frente. "Así que, tengo que creer que tiene ese poder espiritual dentro de ella. Debe ser verdad, porque si no lo es entonces yo—no puedo explicar nada de lo que pasó hoy."

"Sé lo que quieres decir." Él también dejó escapar un fuerte suspiro mientras miraba al techo, observando la vieja madera sobre su cabeza, el color extremadamente desteñido con los años.

Miroku la miró, analizando esa asustada expresión antes de retirar sus manos debajo su cabeza girándose de costado para encararla, la cabeza sobre una mano mientras se apoyaba en su codo. "Yo—," buscó las palabras correctas. "No lo sé pero, así como el asunto Miko, el Capitán, Kaede—ellos parecen creer que es verdad."

Sango asintió, el susto abandonó sus ojos para ser reemplazado por una repentina tristeza. "No le dijo a Kaede que ella sólo quería ser ella? No es esa la razón por la que Kagome huyó en primer lugar, para ser ella?"

"Tu punto?" Preguntó Miroku cerrando sus ojos, no entendiendo realmente lo que Sango estaba implicando y muy cansado para concentrarse en sus palabras.

"Miroku, no viste su cara cuando Kaede le dijo?" Sango lo miró, esperando hasta que abrió sus ojos antes de continuar. "Era como si su madre estuviera ahí otra vez, diciéndole ser alguien que no es. Diciéndole que no es—," La mujer buscó la palabra correcta. "Lo buena suficiente, que necesita encubrirlo con quien es en realidad. Que ella no es un individuo solo del todo," Su voz se quebró ligeramente mientras el dolor de su propio pasado entraba en su mente. "Una mujer y una pobre copia de una mujer." Terminó, su voz desvaneciéndose con su última palabra, disipándose como humo en el aire.

"Pero no lo es." Miroku continuó inmediatamente. "El Capitán mismo lo dijo, ella y Kikyo no eran iguales."

Sango sacudió su cabeza de nuevo, sus ojos medio cerrados con tristeza. "Eso sólo lo empeora."

Miroku levantó una ceja y parpadeó varias veces. "Me has perdido." Le dijo franco mientras se inclinaba hacia ella sobre su codo. "Decirle que es un individuo no es, ser ella misma?"

Sango no respondió, simplemente suspiró antes de inclinarse hacia la mesa de noche, una de sus manos rodeó la llama de la vela antes de soplar gentilmente, extinguiendo la pequeña luz, dejando la habitación en una repentina oscuridad mientras se deslizaba entre las sábanas, girándose de costado para mirar por la ventana en vez de a su esposo.

"Sango?" Miroku susurró suavemente mientras levantaba una mano para sentirla en la oscuridad. Entró en contacto con su costado casi inmediatamente, llevando sus dedos para seguir la curva, reconociéndola como su cadera. "Por qué es peor? Pensé—que Kagome estaría feliz de que, ya sabes—no sea una copia. Aún es un individuo. Lo dijiste, debe haber sido horrible para ella darse cuenta de que renunciar a su vida solo para aprender fue por nada." Movió su mano más arriba buscando su hombro para darle un ligero apretón. "Yo pensaría, que habría sido un alivio para ella escuchar las palabras del Capitán." Terminó deteniéndose, su mano se apretó levemente, sus ojos cerrados, concentrados.

"Miroku." Susurró Sango, su voz severa. "Ese es mi seno."

Miroku sonrió desde su lugar y apretó de nuevo. "Lo sé."

La mujer suspiró, muy cansada mental y físicamente para soportar los engaños normales de Miroku. "Eso no es consuelo."

"Al menos estaba," murmuró él, un poco decepcionado de que no hubiese esbozado una sonrisa. "Esperando una carcajada."

"No me siento como para reír." Fue su tranquila respuesta, suave y melancólica y aun dura y molesta.

Miroku retiró su mano mientras sus palabras cortaban el aire, depositándola de nuevo en su cadera antes de recostar su cabeza junto a la suya, hundiendo su nariz en su cabello para su propio confort. "Explícame Sango, por qué sería peor?"

Sango no respondió, sus ojos miraban por la ventana, observando la luna mientras se alzaba, su corazón buscaba por Kagome y sus sentimientos. Había visto la mirada en la cara de Kagome al segundo que la joven había hecho la conexión, en el momento Sango no había entendido pero ahora, sentada aquí en la oscuridad, mirando la luna sabía, sabía exactamente lo que Kagome ya había resuelto. Parpadeando lágrimas de compasión, Sango tomó un profundo respiro antes de volverse para mirar los de Miroku, quedando nariz a nariz con él. Estaba acurrucado a su lado, una ocurrencia común, sus ojos cerrados mientras esperaba por su respuesta. "No crees que," susurró suavemente. "Es extraño que el Capitán reaccionara así de mal a la idea de que Kikyo tratara de olvidarlo?"

"Sí, un poco." Murmuró Miroku abriendo sus ojos para mirarla a los suyos, su mente con frecuencia aguda perdió completamente lo que Sango estaba implicando. "Creo que es aún más extraño el cómo reaccionó a ese nombre en la brújula—Sess—homa—lo que sea."

Sango le asintió mientras su anterior tren de ideas era interrumpido. "Eso fue extraño." Aceptó y luego se encogió de hombros, o al menos trató desde su actual posición de costado. "Dijo algo sobre, un Inu no—"

"Taisho?" Terminó Miroku adivinando ante la pronunciación de lo último. "Hm, dijo que era un título."

"Supongo que este Sess," Sango acortó el nombre para hacerlo fácil de decir. "Tiene el título y el Capitán no cree que lo merezca."

"Creo que es más que eso, Sango." Intervino Miroku, su expresión una de completa concentración. "Inuyasha actuó como si quisiera matar al hombre por atreverse a usar el título. Me pregunto si lo conoce?"

"Seguro sonó así." Murmuró Sango mientras su mente regresaba a la forma en que el Capitán lo había perdido, la manera en que había gritado y gruñido por ese nombre usando el título en esa caja. "Recuerdas lo que dijo, después de soltar la caja?"

"Hm?" Dijo Miroku mientras su mente regresaba a ese momento, analizando la mirada en el rostro del Capitán justo antes de explotar. "Sí, llamó a Sess un mentiroso hijo de perra y luego—" Miroku se desvaneció abriendo sus ojos.

"Dijo que el Inu no Taisho estaba muerto y que—" Sango miró en la oscura habitación, sus ojos desplazándose para reunir sus ideas. "Ese hombre, Sess-como sea—estaba desgraciando su nombre."

Miroku y Sango se miraron mutuamente mientras las ideas cruzaban por sus mentes. El Capitán había gritado como si estuviera defendiendo el honor de alguien, alguien del que sentía gran orgullo de conocer, alguien a quien estuviera ligado. "Crees," susurró Miroku como si temiera que alguien pudiera escuchar. "Que este Inu no Taisho y el Capitán eran cercanos?"

Sango asintió parpadeando varias veces mientras la inundaba la idea. "Seguro así parece. Aunque no es extraño," continuó, refiriéndose a la pregunta. "Por qué el capitán protegería a un hombre con un título?" Frunció sus labios fuertemente. "Digo, él no es de los que se preocupan por príncipes o reinos entonces por qué protegería a un hombre con título con tal—vigor?"

"O más importantemente." Continuó Miroku donde su pregunta se había quedado. "Cómo lo conoce?"

"El Capitán es un hombre educado." Declaró Sango franca mientras mordisqueaba su labio inferior entre sus dientes. "Un hombre educado como un noble, el tipo de hombre que tiene un título."

"Extraño."

Sango tragó cuando no continuó hablando. "Creo que estamos leyendo demasiado en esto." Le dijo a Miroku tratando de relajar sus tensos músculos. "Quiero decir, podrían ser amigos o el título podría ser como un título pirata."

Miroku se encogió despreocupado.

"Digo, no lo sabremos a menos que preguntemos y yo no voy a preguntar." Continuó ella esta vez haciendo que Miroku hiciera una mueca ante sus palabras, no había manera de que él preguntara por miedo a ser el receptor de esa rabia. "Nos lo dirá cuando esté listo." Terminó ella firmemente, asintiendo fuerte con convicción.

Miroku exhaló lentamente, "Nunca estará listo." Le dijo, su voz honesta y segura mientras pensaba en el momento en el salón cuando el dueño de la gema había sido interrogado. "Les mintió a todos para proteger sus secretos." Miroku miró en la oscuridad. "Si estuvo dispuesto a hacer eso entonces nunca sabremos quiénes son este Sess o este Inu." El joven suspiró y cerró sus ojos por un momento para componerse. "Él no habla de cosas como esas," le dijo a Sango franco. "No es su estilo."

"Puede ser." Asintió ella en acuerdo antes de bostezar levemente. "Pero últimamente, su control ha estado escapándosele." Comentó mientras sus ojos comenzaban a cerrarse, su mente olvidando la conversación anterior mientras el sueño comenzaba a pesar en sus párpados.

"Tal vez un poco pero eso podría—," Miroku comenzó a hablar pero se detuvo cuando Sango se sentó de golpe, sus ojos sobre él como si hubiese recordado algo importante.

"Me distrajiste." Culpó frunciendo enojada sus cejas, su dedo señalándolo acusador.

Miroku le sonrió inocentemente levantando sus manos en frente de él en un gesto defensivo. "De qué?"

"De lo que estábamos hablando antes sobre Kikyo y el Capitán." Suspiró exasperada, llevando una mano a su cara para frotar el puente de su nariz entre dos dedos. "Qué piensas de que hubiese actuado tan molesto por ella borrar sus recuerdos?"

Miroku asintió sonriendo levemente mientras la observaba refunfuñar incoherentemente para sí. "Creo que tenía todo el derecho a sentirse molesto." Le dijo Miroku mientras alcanzaba y recogía algo de su cabello detrás de su oreja. "Yo tampoco estaría muy feliz si alguien jugara con mis recuerdos."

Sango asintió, aceptando fácilmente las palabras de Miroku mientras buscaba la manera correcta para traer el tema que había querido tratar antes. "Cómo te sentirías," comenzó Sango hablando tan tranquilamente que él casi no la escuchó. "Si yo hiciera eso? Si tratara de olvidarte, hacerte olvidarme?"

Instantáneamente, Miroku se alejó de ella, el shock de sus palabras claramente visible para Sango a pesar de la oscuridad. "Qué?" Se veía en pánico mientras la sostenía del largo de los brazos, sus ojos buscando frenéticos su rostro, buscando alguna señal de que el comentario había sido más de lo que era realmente. "Yo—tú no harías eso, verdad Sango? Tú me amas!"

Sango le sonrió gentilmente haciendo que su pánico desapareciera mientras alcanzaba por su mejilla, tocándola con seguridad. "No, no lo haría porque te amo." Le dijo fuerte, firme. "Pero basada en tu reacción, te enojarías si lo hiciera, estarías descorazonado, herido y confundido." Deslizó sus dedos por su piel gentilmente. "Por qué te sentirías de esa forma?"

"Porque te amo y nunca querría olvidar—," Fue entonces que una ola de realización golpeó a Miroku, una comprensión que le sorprendió no haber entendido antes. "El Capitán, él—reaccionó como lo hizo porque él y Kikyo—." Su voz se desvaneció, todo tenía sentido ahora, el extraño comportamiento del Capitán, su sangre demonio dominándolo, el dolor en sus ojos, todo eso sumó.

"Creo que," Sango le susurró en la oscuridad, dejando caer su mano mientras hablaba. "Estuvieron juntos pero Kikyo por alguna razón lo escondió de todos y cuando murió, también lo escondió de él." Su voz sonó casi temblorosa y muy distinta a Sango. "Él la amaba, en verdad la amaba, esa es la única razón por la que actuaría así cuando lo descubrió." Se sonó. "Él la amó y ella—se lo tiró en la cara, lastimándolo horriblemente."

Miroku tragó sonoramente antes de mirar a la llorosa Sango. "Crees, que Kagome ya lo descifró." Fue una afirmación, no una pregunta.

Sango mordió su labio pero asintió. "Ella es lista." Admitió. "Y aunque solo lo ha conocido por un mes, es como, si lo conociera de siempre." Su voz era contenida mientras hablaba. "Kagome parece saber cosas del Capitán; supongo que es parte del asunto de la reencarnación."

"Sí." Miroku asintió, un ligero sentimiento de celos se formó en su corazón. Siempre había sido él quien escuchaba al Capitán y viceversa, era extraño que alguien más estuviera tan en sintonía con el hombre. Le hizo preguntar, qué más había perdido con los años? Qué otras pistas le había dado el Capitán que no había sido capaz de juntar? Y—por qué Kagome estaba resolviéndolas tan rápido. Sacudió su cabeza levemente, aclarando los pensamientos irreales, su mente enfocada en el asunto en mano. "Entonces, Kagome sabe?"

"Creo que lo descifró." Admitió Sango con un leve movimiento de cabeza. "Vi la mirada en su cara cuando estábamos hablando sobre ella y Kikyo y la reencarnación, y—los recuerdos del Capitán. Lo sabe." Terminó ella con una triste exhalación.

Miroku asintió recostándose, su tenso cuerpo relajándose mientras la conversación se tornaba extrañamente tranquila por un momento mientras Sango ordenaba sus pensamientos.

"Miroku?" Susurró ella en la oscuridad después de un tiempo, su voz casi tímida.

"Sí?"

"Crees que el Capitán aún sigue atraído a ella," su voz calmada en el cálido aire nocturno. "Como lo estuvo en Port Royal?"

Miroku no respondió en el momento, su mente repasaba lentamente todo lo que había pasado en el transcurso del mes pasado. Las miradas perdidas de su padre, la forma en que le sonreía a la joven, la forma en que se perdía de solo mirarla mientras el viento azotaba su corto cabello en su rostro, la forma como la protegía, la manera en que hablaba con ella, reía con ella, como la observaba cuando pensaba que nadie se daría cuenta. Nunca había visto a Inuyasha mirar así a una mujer, nunca lo había escuchado hablar con alguna mujer de nada, nunca había guardado silencio observando mientras su Capitán, su padre, miraba a alguien como si fueran lo más importante en todo el mundo. Si no lo supiera mejor, habría jurado que no era solo atracción sino algo mucho más grande.

"Miroku?" Susurró Sango cuando no respondió enseguida, alcanzando para tocar su brazo ligeramente.

Saltó levemente ante el contacto y sacudió su cabeza, deshaciendo las ideas con un suspiro. "Eso creo." Le dijo honestamente mientras se giraba, sus ojos estudiaban su hermoso rostro en la suave luz de la luna. "Crees que Kagome aún está atraída a él, así como lo estuvo entonces?"

Sango dejó escapar un sonido que fluctuó entre un suspiro y una risita. "Miroku," dijo burlona mientras se inclinaba hacia él, acercando su rostro al suyo hasta que sus ojos se cruzaron. "La chica está fascinada con él y todavía no sabe por qué."

Miroku rió acercándose más a Sango, cerrando sus ojos mientras su frente entraba en contacto con la suya, un gesto dulce y amoroso entre dos amantes. "Creo que eso sería extraño." Le dijo suavemente mientras la acostaba de espalda, levantándose sobre ella, moviéndose lentamente a donde su peso estuviera suspendido sobre su cuerpo, su rodilla lentamente separaba sus propias rodillas.

"Qué cosa?" Preguntó ella mientras sonreía en la oscuridad, mirándolo con un peligroso brillo en su ojo, un brillo que él también conocía muy bien.

"Que Kagome sea mi nueva mamá."

Sango estalló en una ligera carcajada, sus manos subieron para agarrar su camisa, aferrándose a él como si necesitara fuerza, sus ojos cerrados y sus mejillas sonrojadas tan fuerte que Miroku podía verlas mientras la miraba, analizándola. La manera en que su boca estaba abriéndose, ese rojo que resaltaba su nariz, la forma en que recostaba su cabeza mientras reía exponiendo su delgado y delicioso cuello. Él lamió sus labios.

"Dios, no te has dado cuenta lo sexy que eres." Murmuró él haciendo que las carcajadas de Sango se volvieran una risa baja mientras abría sus ojos, los irises negros brillaban mientras la luna resplandecía un poco más en la habitación como si también quisiera ver su belleza.

"Lo soy?" Tanteó ella, su sonrisa creciendo en su rostro.

"Si no me crees," murmuró Miroku bajando su rostro hacia su cuello, sus labios jugueteando contra la suave carne. "Tendré que probártelo."

Su única respuesta fue un gemido bajo y gutural.

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Debajo de la habitación de Sango y Miroku, Kagome yacía muy despierta en la cama que Kaede le había ofrecido para la noche, sus ojos incapaces de cerrarse. Los suaves ronquidos de Shippo llegaban de su lado, el pequeño niño pudo caer dormido fácilmente incluso después de todo lo que había pasado durante el largo día. Le frunció al pequeño mientras yacía esparramado en la cama, celos inundaban su corazón. "Desearía poder dormir así." Gruñó en la oscuridad y suspiró desviando su mirada para mirar el techo. Cerró sus ojos, intentando dormir pero después de varios minutos abrió sus ojos de nuevo contra su voluntad. "Vamos," le dijo a su cuerpo con sus ojos aún cerrados. "Déjame dormir, estoy cansada y ha sido un largo día y yo," Cerró sus ojos tan fuerte como pudo. "Quiero dormir." Gruñó pero fue inútil, su mente no iba a apagarse tan fácilmente como la del pequeño Shippo. "No es justo."

Gruñendo, Kagome se giró de costado, dándole su espalda al roncador Shippo para poder mirar por la ventana de la pequeña habitación. La ventana misma estaba abierta, las cortinas estaban recogidas así que una pequeña cantidad de luz de luna podía entrar en la habitación, solo lo suficiente para poder ver el espacio en el que estaba durmiendo. Era simple por decir lo menos, una cama pequeña, lo grande suficiente para uno y un niño, una mesita de noche donde yacía una vela apagada, una silla en el rincón donde ella y Shippo habían depositado sus ropas en favor de dormir en los pijamas que Kaede les había proveído. Después de todo, el suave algodón de un pijama era mucho más cómodo que las pesadas ropas que le obligaban a usar en el mar.

Resopló alcanzando distraídamente la gema alrededor de su cuello sin darse cuenta que estaba tocándola mientras sus ojos se desplazaban sobre las planas paredes de la habitación, "Ni un cuadro." Notó mientras giraba la gema entre su pulgar e índice. "Es tan extraño ver un hogar tan escaso cuando has crecido en uno lleno hasta el tope de pinturas y tapices." Frunció ante la idea, su mente regresó a su hogar de infancia por el más breve de los momentos. "Mamá siempre se aseguró de que cada pared tuviera al menos una cosa en ella." Se sintió triste por un segundo antes de sacar de su mente el recuerdo de esa mujer eligiendo mirar la poco interesante pared blanca. "Se está pelando." Pensó vagamente mientras miraba los puntos en la pared que estaban descamándose y necesitaban reparación. "Kaede no debe tener mucho dinero." Murmuró Kagome para sí mordiendo finalmente la bala y sentándose en su cama, no siendo capaz de soportar la idea de intentar dormir cuando su mente se rehusaba a apagarse para la noche.

Se recostó contra la cabecera de la cama, la cual crujió ante el contacto y ajustó su almohada para apoyar su espalda mientras sus ojos continuaban mirando la habitación a su alrededor. Podía ver el tapete que cubría el piso de madera, como todo lo demás estaba en pobre forma, deshilachado en los bordes.

La joven frunció. "Aunque Kaede tiene su negocio propio," habló en voz alta aunque no hubiese nadie ahí para escucharla. "No tiene suficiente dinero para reemplazar las cosas más básicas, pobre mujer." Murmuró con una sacudida de su cabeza mientras una gota de sudor bajaba por su cuello hacia el borde de su camisón antes de levantar su mano para atraparla irritada. "Es mucho más caluroso aquí que en el barco." Murmuró secamente antes de patear las cobijas en un intento por refrescarse más.

Miró hacia la ventana y suspiró incómoda por el calor mientras veía las viejas y amarillentas cortinas moviéndose levemente con la brisa; la cálida brisa. De noche, Port Royal se tornaba casi fría algunas veces por la brisa proveniente de aguas del Atlántico, además, dejar la ventana abierta era más que suficiente para dormir cómodamente. Lo mismo podría decirse del barco Shikuro: con la ventana abierta la brisa del océano era razonable y casi soportable pero aquí, aquí simplemente estaba estancada.

"Odio la humedad." Gruñó ella mientras más sudor bajaba por su cuello. Finalmente enferma de eso, Kagome movió sus pies hacia el costado de la cama, depositándolos en el piso mientras giraba sus ojos molesta con el calor. Caminó por el piso tranquilamente para no hacerlo rechinar y despertar al pequeño Shippo. Dicho niño no se movió mientras caminaba hacia la ventana, solo continuaba roncando y gruñendo levemente, murmurando algo parecido a 'mucha hambre,' por lo bajo.

Deteniéndose en frente de la ventana, extendió su mano como lo había hecho millones de veces de niña, apretando el alféizar con dedos firmes y expertos. "Es extraño." Pensó mirando la madera. "Está lisa pero," ladeó su cabeza intentando darle un mejor vistazo a la superficie de la madera. "Está mellada?" Preguntó al espeso aire entrecerrando sus ojos tratando de determinar qué sentía.

Moviendo sus manos enfocó sus ojos (los cuales ya estaban ajustados a la luz de la noche) y analizó las planas abolladuras dejadas por una mano, una mano que había tocado esta madera tantas veces que había dejado una visible marca en la suave superficie—así como ella lo había hecho en su propio marco en casa. Gentilmente, se bajó de rodillas queriendo ver más de cerca, sus ojos se abrieron con sorpresa distinguiendo los dedos perfectos y pequeños. Con cuidado, lentamente, levantó su mano, tocando cada uno de sus dedos, uno por uno en las marcas.

"Encajan." Kagome tragó, levantándose completamente, retirando sus dedos de inmediato mientras se giraba y miraba por la habitación, buscando alguna señal de a quién le pertenecía esta habitación. No podía ser la habitación de Kaede, ella estaba dormida en su habitación por el corredor. No, esta era la habitación del frente y de lo que se veía, nadie la había usado en años excepto por un breve momento esta noche. "Kaede sacó la brújula de esta habitación." Murmuró Kagome mirando alrededor, la idea lentamente se coló en ella. "La brújula que le perteneció a su hermana—," Su mente se paralizó, sus pensamientos internos se desvanecieron mientras parpadeaba rápidamente, su mente intentando envolver las posibilidades de esa oración. "Esta es la habitación de Kikyo!" Gritó su mente mientras sus ojos se giraban de golpe para mirar el alfeizar, observando esas abolladuras de dedos que perfectamente igualaban los suyos. "Y esas son las marcas de Kikyo." Concluyó ella, las implicaciones de tal cosa la perturbaron. "Ella también lo hizo, observaba, observaba por la ventana, igual que yo observaba por la ventana."

El pánico la golpeó mientras idea tras idea atravesaba su cabeza produciéndole dolor. Kikyo había mirado por esta ventana, la mujer que alguna vez había tenido su alma, la mujer a la que aparentemente se parecía, la mujer que había amado el Capitán, la mujer a la que el Capitán le había dicho que no era nada parecida, la mujer con la que se supone no debería tener nada en común. Aparentemente, esa había sido una mentira.

"Qué si el Capitán mintió, qué si somos iguales?" Susurró Kagome, sus manos preocupadas en frente de ella. "Entonces—sería verdad, él—él—sólo le gusto porque soy su copia." Sacudió su cabeza, apretando sus ojos, obligándose a no creer la verdad que estaba viéndola a la cara. "Es una mentira!" Siseó por lo bajo, apenas controlándose por el bien de Shippo. "Soy yo! No soy solo la réplica de alguien, soy única, soy un individuo, soy yo y nadie más." Repetía pero parecía inútil, incluso para ella.

Su mentón temblaba mientras su corazón dolía y lentamente, se deslizó hacia el suelo de rodillas, pequeñas lágrimas cosquilleaban sus ojos mientras sentía que su individualidad se desvanecía de nuevo, dejándola como nada más que una sombra en el piso, desapercibida, indeseada e innecesaria. Una ligera brisa atravesó la ventana, las cortinas se levantaron y danzaron levemente con ella, ondeando gentilmente hasta que apenas tocaron la gacha cabeza de Kagome. Parpadeó por el contacto, sus ojos se levantaron para mirar en dirección de la suave tela. El algodón amarillento parecía llamarla, diciéndole mirar, mirarla, mirar más allá. Frunció sus ojos mientras la brisa se desvanecía y la tela danzante se detenía, sin vida.

"Qué extraño—," Comenzó a pensar pero se detuvo cuando sus ojos fueron arrastrados hacia la ventana misma y hacia el mundo que yacía afuera. Era la desgastada calle, cansada en la luz de la luna y sin gente, muerta. Sus ojos se abrieron, "Esta ventana no encara el mar," notó mirando hacia el pueblo antes de sentirse confundida. "Cuando Kikyo se paraba aquí a mirar," preguntó a la oscuridad. "Qué estaba mirando si no era el mar?" Las palabras de Kagome pausaron en sus labios cuando otra diferencia se hacía conocida para ella. "Kikyo no buscaba el mar—tal vez no lo hizo como yo pero si no entonces por qué?" Tocó el alféizar con un dedo. "O mejor aún, qué estaba buscando?" Ladeó su cabeza y frunció sus cejas mientras su boca se abría levemente confundida. "Espera—" Miró las abolladuras y se agachó hacia ellas, sus ojos buscaban algo que debería haber estado ahí pero no. "No hay polvo." Notó, una gran epifanía.

Levantó su cabeza, sus ojos miraban la ventana, no había polvo en el interior del marco, esta ventana había sido limpiada recientemente o con frecuencia la dejaban abierta. Doblándose de rodillas de nuevo, Kagome miró las marcas, sabiendo que si no había sido usada en años entonces debería haber un rastro de polvo profundo dentro de ellas, hundidas en la madera incluso si hubiesen sido limpiadas o la ventana hubiese sido dejada abierta con frecuencia para limpiar la suciedad de una habitación sin uso. No había nada. No, ni un poco de polvo permanecía en esas grietas, esas profundas grietas, grietas que tenían que haber sido hechas con los años.

"Estas marcas, son recientes pero—si son recientes entonces—," Kagome susurró para sí, sus ojos enormes mientras la parte cansada de su mente reaccionaba irracional a esa información. "Kikyo es un fantasma que se para en esta ventana!" Le gritó haciendo que Kagome cayera sobre su trasero, creando un fuerte golpe en la silenciosa noche.

Se paralizó en el suelo por un segundo antes de girar su cabeza lentamente para ver si Shippo se había despertado, el pequeño niño no se había movido, sus manos aun esparcidas, las cobijas aun desordenadas, y sus lindos ronquidos de bebé aun sonaban ligeramente en el aire.

Suspiró con alivio antes de volver a la ventana, su ilógico cerebro se calmó para hacer campo para la parte que sabía que sus palabras eran tontas. "No es Kikyo." Se dijo firmemente. "O algún fantasma, soy su reencarnación así que eso significa que no puede tener un fantasma—al menos creo que es así como debe funcionar." Asintió firmemente para sí. "Pero si Kikyo no las hizo entonces quién?"

La comprensión golpeó su mente antes de estar preparada para ella. Después de todo, solo había alguien que vivía en esta casa.

"Kaede?" El nombre se deslizó de su boca como lluvia de un techo inclinado. "Podría ser ella quien se para aquí?" Sus ojos miraron las abolladuras en la madera, las marcas frescas. "Estas marcas son de tu mano?" Susurró mientras alcanzaba lentamente colocando su mano en la grieta. "Pero—por qué?" Se preguntó masajeando las marcas con sus dedos. "Qué estabas buscando?" Tragó ella, "Mejor aún, a quién estabas esperando?"

"Me'rda."

Kagome saltó cuando escuchó una maldición desde afuera. Inmediatamente, cayó de rodillas queriendo esconder su cara solo en caso de que hubiese alguien peligroso merodeando por la calle. Con cuidado, levantó su cabeza sobre el alféizar, sus ojos moviéndose de un lado a otro rápidamente buscando la persona que hizo el sonido.

"Mal'dición, ni un bar en to'do el pueblo está abierto."

La voz llegó de nuevo, sus oídos registraron que había llegado desde su derecha. Giró su cabeza rápidamente, manteniéndose agachada para no ser vista, solo para saltar sobre sus pies cuando la figura salió a la luz. Primero vio el cabello plateado y luego las orejas de perro en su cabeza, la chaqueta roja colgaba sobre su hombro, la blanca camisa de algodón no estaba metida en sus pantalones, sus botas desatadas y sus dorados ojos dolidos, enrojecidos, y desenfocados mientras miraba alrededor, su cuerpo tambaleándose hacia adelante como si su cabeza fuera muy pesada para sostenerse, era obvio para Kagome que, estaba ebrio.

Hizo una mueca mientras se tropezaba con su propio pie, cayendo ligeramente de lado y sosteniéndose en un viejo barril. Permanecía en silencio, sosteniéndose de pie antes de desplomarse en el suelo, apoyando su cabeza contra el barril, sus ojos medio cerrados como si simplemente estuviera rindiéndose, como si fuera a caer dormido justo ahí o mejor, desmayarse ahí. Ella observó mientras llevaba una mano hacia su cabeza, hundiéndola en su cabello, sus ojos fuertemente cerrados, parecía en guerra con un dolor de cabeza. Mordió su labio y luego, sin preámbulo, se giró de lado viéndose verde como si estuviera a punto de vomitar.

Sin pensarlo dos veces, Kagome trepó el alfeizar de la ventana sabiendo que fácilmente podría saltar a la calle desde el primer piso, lo había hecho antes una vez en una falda de aro cuando había intentado escapar de su madre y si pudo hacerlo en una falda de aro y enaguas entonces ciertamente podría hacerlo en un camisón. Seguro, sus pies descalzos aterrizaron en el pórtico de madera de la taberna segundos después mientras se movía, sin pensar, en dirección del Capitán. Su mente no registró la viscosidad de la tierra pegándose a sus pies y entre sus dedos o el hecho de que su camisón era completamente indecente para ser visto afuera—no—a su mente no le importó, a ella no le importó, todo lo que importaba era el hombre en frente de ella, el hombre ebrio quien los había dejado horas atrás furioso.

"Inuyasha," lo llamó su mente, queriendo consolarlo, queriendo que su dolor se desvaneciera. Sabía que estaba lastimado como era dolorosamente obvio con solo ver su condición actual y supo, sabía al menos parte de lo que lo causó. "Kikyo," el nombre fue como una daga en su corazón pero ignoró el dolor. "Ella te lastimó tanto que te emborracharías hasta morir." Sintió las lágrimas llenando sus ojos. "Yo sólo, no quiero que te lastimes." Lo alcanzó fácilmente, cayendo de rodillas en frente de su jorobada figura sin pensarlo. "Inuyasha." Susurró en el espeso aire nocturno, su voz temblorosa y aun fuerte mientras extendía sus dedos para alisar el cabello de su rostro queriendo ver si aún estaba consciente, si había vomitado, o si se había desmayado de borracho.

Sus dedos nunca lo lograron, fueron detenidos a medio camino por una fuerte mano sujetándolos, alejándolos, su cabeza se levantó al mismo tiempo, sus ojos dorados fijos en ella. Su boca se abrió ligeramente, esos ojos nublados pero seguros, no estaban confundidos en lo más mínimo. "Kagome." Dijo soltando su mano y permitiéndole a los propios hacer el mismo viaje que los suyos segundos antes.

Ella tragó cuando las yemas de sus dedos se conectaron con su mejilla y se sorprendió cuando sus ojos cambiaron, el dorado miel cálido mientras sus labios formaban una gentil sonrisa.

"Kagome." Repitió él, la palabra arrastrada en su lengua. "Eres herm'sa."

Ella jadeó y se alejó en shock, sus palabras la perturbaron, haciendo que su corazón palpitara en su pecho. "Yo?" Pensó pero desesperadamente quería decirlo en voz alta como si no pudiera creer que hubiese dicho que era hermosa, ella, Kagome, no Kikyo.

Sus ojos instantáneamente cambiaron por su acción, frunciéndose confundido, casi enojado, malinterpretando su reacción. "Keh." Apenas dijo la sílaba alejándose de ella, la acción hizo que su embriagado cuerpo perdiera el equilibrio, cayendo de lado.

Preocupada, ella se estiró a pesar de su palpitante corazón y lo atrapó, intentando detener la caída. Él alejó sus manos enderezándose fácilmente, bufándose de ella, su rostro contorsionado en una mirada de rabia y dolor.

"Er's—com' ella." Arrastró apretando sus ojos y sonándose mientras se recogía con una mano en el suelo mientras la otra frotaba sus ojos y cara. "Ella—a—," Trató de hablar pero sus palabras se atascaron en su garganta mientras gruñía. "Ummm—a ella—tamp'co—l' gustaba cu'ndo la toca'ba." Él la miró, sus ojos se movían con emociones, odio a sí mismo, pena, rabia, dolor, incluso culpa. "Ella y Nee-chan, am'os me odi'ban."

"Nee-chan?" Kagome repitió la extraña palabra, su mente trataba de rodear la extraña pieza de lenguaje.

"Sí." Inuyasha rió, pero no había alegría en ello. "Ellos m'odia'an." Le dijo sonándose antes de sonreír tristemente. "Yo los ama'a y ellos me odia'an." Rió o sollozó, Kagome no pudo decirlo, solo estaba sentada perpleja mientras la fuerte, intimidante e imponente fuerza que era Inuyasha, el Capitán del barco Shikuro, reía histéricamente, con dolor escondido en cada respiro que tomaba.

"Inuyasha—," susurró ella queriendo que se detuviera, queriendo que el dolor se desvaneciera, queriendo que se sintiera mejor. Extendió su mano tocando su brazo con dedos titubeantes.

Él saltó ante el contacto pero no se alejó, sus dorados y enrojecidos ojos la miraban con shock, luego miró su mano como si no pudiera creer que lo hubiese tocado. Entonces, de repente, sus ojos se suavizaron, una mirada que había visto unas pocas veces antes, cada vez justo antes de besarla. Su corazón comenzó a latir en su pecho mientras alcanzaba por ella con la mano que no estaba sosteniéndola y le permitió cubrir su mejilla.

"No te importa, ver'ad Ka—go—me?" Preguntó él, sus palabras de cierta forma se tornaron más sobrias mientras pronunciaba cada sílaba de su nombre, lentamente, ebriamente, sensualmente. "No te import'ría, eres diferente, 'erdad?" Ladeó su cabeza, sus dorados ojos suplicantes con ella aparentemente acariciándola con solo su dorada apariencia, mientras le daba una torcida y juvenil sonrisa.

"Santo Dios," pensó Kagome mirando esos perfectos y sensacionales ojos. "Eres hermoso, lo más hermoso que haya visto nunca."

"A tú," continuó él interrumpiendo sus pensamientos. "No te importa quién soy, qué soy, verdad?" Susurró al aire mientras sus ojos la miraban deteniéndose en la gema que descansaba alrededor de su cuello. "Te gus'a esta forma," continuó alcanzando por ella pero titubeó antes de tocar la pequeña esfera. "No c'mo a ella y a él, 'erdad?" Dejó de hablar y desvió sus ojos de la gema mientras dejaba caer su mano notando que incluso en su ebrio estado no podía tocarla más por miedo de perder el control una vez más.

Kagome siguió su mano apenas registrando que había dejado de hablar, sus ojos miraban con extasiado interés mientras se detenía de tocar la gema que por derecho le pertenecía a él. "Por qué no la tocó?" Se preguntó mirando su jorobada figura. "No lo entiendo."

"Kagome." Susurró él perturbado por su silencio. "No puedes resp'nder, ver'ad?" Su voz era triste en el aire de la noche mientras sus dorados ojos comenzaban a brillar.

Le tomó un momento darse cuenta de que había dejado de hablar porque estaba esperando a que ella respondiera. "Oh." Tragó ella, no sabiendo qué decir, no sabiendo cómo reaccionar a su ebria pregunta. "Yo—," Trató pero no pudo encontrar la respuesta correcta.

"Es esta forma, ver'ad?" Habló suavemente en la noche mientras llevaba una mano a su pecho y agarraba una porción de cabello que colgaba suelto por sus hombros.

"De qué demonios está hablando, una forma?" Parpadeó ella varias veces observando mientras enredaba distraídamente los cabellos plateados. "Me gusta esta forma, quiere decir que si me gustan los demonios?"

"Es divertido." Inuyasha comenzó a hablar de nuevo, su voz quebrada mientras hablaba. "Nee-chan, él qu'ría que fuera un demonio." Le dijo suavemente como si estuviera contando un gran secreto, inconsciente y sinceramente lo estaba. "Kikyo—ella odi'ba al demonio, deseaba, ya sabes, qu' no fuera un demonio, qu' yo—" Se acercó más a ella, su rostro a una pulgada mientras sus ebrios ojos dorados se fijaban en ella, mirándola como si estuviera leyendo su mente. "Ella qu'ría que fuera un humano."

"Pero," Kagome parpadeó rápidamente aún más confundida. "Eso es imposible, tú eres un demonio y los demonios no pueden ser humanos."

Inuyasha rió ante sus palabras, alejándose. "Eres tan ingenua." Le dijo franco, una tonta sonrisa iluminaba su rostro, resaltando cada joven rasgo que descansaba ahí. "Pero es'o es lo que amo d' ti."

Su corazón se detuvo en su pecho ante sus palabras mientras miraba su juvenil sonrisa y ojos cerrados. Era angustioso lo dulce que se veía con su cabeza ladeada, sus orejas de perro dobladas sobre su cabeza por el peso del alcohol en su estómago, ese pequeño colmillo asomándose por su labio. Era casi criminal la sensación que se formaba dentro de ella de sólo mirarlo. Él era la persona más impresionante y alucinante que hubiese visto en su vida. Una parte quería dejarse ir, agarrarlo, besarlo, hacer algo tan completamente impropio, indigno, que nunca fuera capaz de mirar a su madre a la cara de nuevo pero otra parte de ella lo sabía mejor.

Esa parte de ella sabía que esto era una fantasía, esto era una mentira, esto era una borrachera.

"Estás ebrio, Capitán." Le dijo tristemente, sabiendo que la bebida estaba causando todo lo que había dicho, sabiendo que no quería decir nada de eso.

"Tsst." Él le sacó su lengua mientras apoyaba ambas manos en el suelo y se obligada a levantarse, extendiéndole una mano una vez que recuperó su equilibrio. "Sólo estoy un poquitín ebrio." Le dijo con una sonrisa, dos de sus dedos le mostraban el poco alcohol que había consumido. De nuevo sacó su lengua y rió, su rostro esbozó una enorme sonrisa mientras le alcanzaba su mano, esperando a que la aceptara.

Ella miró el apéndice con garras y tragó duro, no sabiendo qué esperar si la aceptaba pero al mismo tiempo queriendo averiguarlo. Con cuidado, depositó su mano en la suya mucho más grande y observó con asombro mientras la halaba sobre sus pies, esa mirada juvenil, la comisura de sus labios y sus ojos destellaban, justo como antes en Puerto España mientras calculaba su edad, como en Port Royal cuando bailaron, como en La Habana después de la pelea en la taberna, como cuando le había dado el violín, como cuando le había dado esa primera lección.

Como si estuviera en cámara lenta, se sintió comenzar a caer como si la gravedad finalmente la hubiese pateado. La mano sosteniendo la suya se apretó mientras su otra mano llegaba para envolverse alrededor de su cintura, halándola hacia él mientras la acercaba, su rostro se hundió en su cuello, su nariz acariciaba donde la había marcado, la sensación hizo que una corriente de electricidad la golpeara, el estremecimiento bajó hacia la punta de sus pies. Sintió sus labios rozar contra su cuello, su corazón palpitaba tan rápido por la acción que pensó se le saldría del pecho. Finalmente, él se separó de ella, su sonrisa tan contagiosa que no pudo evitar sino sonreír en respuesta. De repente, rió, sus ojos brillaban con gusto mientras la halaba en un abrazo otra vez, esta vez su nariz más arriba hundiéndose en su corto cabello. Ella escuchó el sonido de su inhalación y sintió la vibración de un contento gimoteo en su pecho.

"Fl'res," susurró en su oído. "Fl'res y m'ar." Su abrazo se apretó por un momento antes de soltarla completamente, sus ojos fijos en los suyos. "Esp'ero—," le dijo, "Recor'ar esto mañana." Rió. "Pero cuando estoy así de ebrio," rió, sus ojos cerrados mientras intentaba ganar control de su voz. "No recuer'o nada."

Kagome no estaba segura de si quería reír con él o llorar. Optando por una ligera sonrisa alcanzó por su camisa, tirando de ella ligeramente. "Vamos, Inuyasha." Susurró ella girándose y comenzó a regresar a la taberna. "Entremos. Miroku ha estado preocupado por ti." Se dirigió a él gentilmente, su corazón agrietándose en su pecho, no sabiendo qué hacer de todo lo que había pasado. "Kaede te hizo una cama, te hará bien acostarte y dormir la borrachera."

Ella lo escuchó suspirar detrás pero sonrió cuando comenzó a seguirla sin resistencia, recorriendo la corta distancia a la taberna con ella en silencio. Alcanzaron la puerta del frente en momentos sabiendo que de alguna manera Kaede la había dejado sin seguro.

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Kagome despertó la mañana siguiente ante el sol brillando en su habitación, radiante y feliz, un completo contraste a la noche previa. Sentándose en su cama, se estiró distraídamente, llevando sus manos sobre su cabeza tratando de hacer soltar sus rígidas articulaciones mientras crujían, protestando por la acción. Tomando un profundo respiro del aire matutino, alcanzó una mano para frotar sus ojos antes de bostezar.

"Qué calor." Murmuró para sí haciendo a un lado las ligeras sábanas de algodón para poder salir de los confines de la caliente cama. Cuidadosamente, sus pies tocaron el suelo y cuando lo hicieron, un gruñido fuerte e irritado golpeó sus oídos. Completamente despierta por el sonido se puso de pie; una de sus manos agarró ciegamente su chaqueta de la silla mientras rodeaba apresurada la cama hacia la puerta de su habitación.

Tras ella, vagamente escuchó a Shippo murmurar en su sueño pero ignoró al bebé hablando mientras su mano encontraba el pomo de la puerta justo cuando logró meter un brazo en la manga de su chaqueta. Abriendo la puerta se paralizó, su otra mano colgaba en el aire en vez de meterse en la chaqueta, mientras la sorpresa de lo que vio la atrapó fuera de guardia.

Sentado en medio del salón estaba ninguno otro que el Capitán, con un martillo en una mano y el pulgar de su otra mano en su boca. "Todo esto es tu culpa, anciana." Murmuró con el apéndice en su boca, lanzándole dagas con la mirada a la anciana en cuestión.

"Mi culpa?" Murmuró Kaede desde su lugar sentada en una mesa no muy lejos de donde el Capitán estaba trabajando, una taza de té en frente de ella junto con una tetera, azucarera y desnatadora. "Tú fuiste quien rompió la mesa." Le dijo francamente mientras sorbía algo de una hermosa taza de té. "Y si recuerdo, fuiste quien se ofreció a arreglar la mesa." Lo miró con su ojo bueno. "O debo decir, ofreció intentar repararla."

"Puedo reparar una maldita mesa." Gruñó el Capitán mientras deslizaba su pulgar desde su boca, alcanzando por un clavo que yacía en el piso.

"Qué divertido," razonó Kaede mientras bajaba su taza y levantaba una mano hacia su mentón, pensativa. "No parece como reparar para mí, es más como destruir."

"Hay un proceso." Reclamó el Capitán mientras colocaba la pata rota de la mesa hacia arriba en la redondeada madera, mirándola de una y otra forma, intentando determinar cómo debería clavarla.

"Por qué no me das el dinero para el carpintero?" Razonó Kaede observándolo, su rostro contuvo una mueca como si estuviera temerosa de que fuera a lastimarse de nuevo.

"Lo haré pero a ésta sólo le falta una pata," espetó el Capitán en su dirección intentando resolver cómo colocar la pata mientras también sostenía un clavo y un martillo. "Debería ser fácil de reparar y entonces no tendré que pagar por cuatro mesas, solo tres."

Kaede se encogió y tomó otro sorbo de su taza. "Dudo que el precio haga una diferencia."

"Ese es el principio del asunto." Gruñó el Capitán mientras finalmente colocaba la pata en posición para martillar el clavo.

"Pensé que era el principio de lastimarte haciendo algo que no te corresponde." Habló calmadamente alcanzando por la azucarera para añadir un poco más a su bebida.

Inuyasha gruñó bajando el martillo antes de girarse para mirarla, sus ojos destellaban con rabia. "Tal vez es el principio de callarte antes de que rompa otra mesa."

"Oh sí, destruir cosas, esa es la respuesta." Respondió ella despreocupada mientras agregaba el azúcar en su té, golpeando la cucharilla contra la taza para limpiarla antes de depositarla en la mesa.

Inuyasha dejó caer el martillo y el clavo, apretando su puño mientras rápidamente se ponía de pie, su boca una apretada línea, rabia irradiada de él como las llamas de un incendio. "Por qué, vieja mur—" Gruñó, sus dientes apretados.

Kaede lo ignoró, alcanzando su té para tomar un sorbo, sus ojos aterrizaron en Kagome como si hubiese sabido que la joven estuvo ahí todo el tiempo. "Buenos días, niña Kagome." Dijo animadamente, tanto sus labios como su ojo iluminados en una gentil sonrisa. "Te gustaría un poco de té?"

Kagome abrió su boca para responder pero fue detenida por el irritado gruñido del Capitán.

"Así que vas a ignorarme, huh?" Gruñó mientras marchaba hacia la puerta. "Bien! Iré a encontrar un maldito carpintero." Con eso, abandonó la habitación, tirando violentamente la puerta tras él.

Kaede rió desde su lugar en la mesa, su ojo divertido mientras lo observaba refunfuñando a través de la ventana. "Siempre ha sido un muchacho arrebatado." Le dijo a Kagome pensativa mientras palpaba la silla junto a ella, indicándole a la joven que tomara asiento. "Quiero decir, no sabe dónde está el carpintero en esta ciudad." Sonrió y sacudió su cabeza. "Regresará en quince minutos, con las manos vacías y enojado."

Kagome no pudo evitar reír ante la anciana mientras tomaba asiento junto a ella alcanzando una taza vacía y la tetera. "Por cuánto tiempo lo has conocido?"

"Desde que era una niña," respondió Kaede, la sonrisa aún en su rostro mientras le ofrecía leche y azúcar a Kagome. "Debo haber tenido alrededor de siete años la primera vez que lo vi."

"Vaya, en verdad eras una niña pequeña." Aceptó Kagome asimilando la apariencia de la mujer tratando de adivinar cuántos años tenía ahora. "Cómo se conocieron?"

Kaede sonrió tomando un sorbo de su té, el recuerdo la hizo reír. "Oh, mi hermana nos presentó." Decidió que era la manera más sana de decirle a Kagome que los había encontrado teniendo sexo.

"Kikyo." Kagome reconoció el nombre, mientras añadía su propia azúcar a su té. "Debe haber sido una—persona interesante."

"Lo fue." Le dijo Kaede depositando lentamente su taza de té en el pequeño platillo blanco en la mesa, sus viejas y arrugadas manos toquetearon la taza sólo por un segundo antes de retirarlas, moviéndolas para descansarlas en su regazo, jugueteando con los bordes de su camisa. "Era una mujer amable, tenía una naturaleza dulce pero era un poco idealista." Tomó un profundo respiro. "Pensaba que el mundo debería girar de una manera y solo de una manera y cuando lo no hacía se enojaba."

"Perdóname." Dijo Kagome mordiendo su labio. "Pero eso suena un poco—a."

"Asnal? Absurdo? O qué tal completamente estúpido." Suplió Kaede por ella mientras tomaba un profundo respiro para dejarlo salir lentamente. "Esa era Kikyo, era un poco tonta cuando se refería a la manera como son las cosas, o mejor, como eran."

Kagome asintió, escuchando a Kaede que casi sonaba como la anciana a la que no le gustaba su hermana y aun ayer, había actuado tan diferente, actuando como si su hermana hubiese sido la persona más importante en el mundo.

Como si escuchara sus pensamientos, Kaede comenzó a hablar de nuevo. "La amaba." Susurró la anciana. "Aun cuando no estuviera de acuerdo con ella, la amaba profundamente y la extraño pero—," Pausó por un segundo mientras su viejo ojo se suavizaba con los recuerdos. "Lo que está hecho está hecho y no hay nada que podamos hacer para cambiar eso."

Kagome mordió su labio mientras esas palabras permeaban el aire haciendo que una pregunta se formara dentro de ella, "Lo que está hecho está hecho pero cómo terminó?" Tragó. "Cómo murió Kikyo?" Por alguna razón Kagome supo que Kaede no era la indicada para preguntarle.

"Dormí tan bien."

La conversación de Kagome y Kaede terminó con el sonido de la voz de Sango en las escaleras.

"Buenos días." Saludó Kagome a la mujer mientras sus pies dejaban el último escalón y cruzaba la habitación, llegando a la mesa perezosamente, Miroku detrás, sus ojos buscando por la habitación como si esperara a alguien.

"Dónde está el Capitán?" Preguntó él sin preámbulo, una acción que hizo sonreír a Kagome a pesar de sí misma.

"Se fue a encontrar un carpintero." Informó Kaede levantándose de su silla, su anciano cuerpo y la silla crujieron por la acción mientras se movía lentamente hacia el bar, recogiendo dos tazas más para Sango y Miroku. "Regresará pronto, así que no te afanes."

Miroku asintió y tomó asiento en la mesa. "Me pregunto cuándo llegó anoche?"

"Quién sabe?" Respondió Sango alcanzando la tetera, tomando una taza de Kaede, sus estables y bien descansadas manos se sirvieron el té.

Kagome se sonrojó levemente ante las palabras, mientras se obligaba a mirar su propia taza de té, enfocándose en el oscuro líquido dentro.

"Dejé la puerta sin seguro para él." Les dijo Kaede mientras alcanzaba por la azucarera halándola hacia ella. "Conociendo a ese tosco demonio probablemente entró por una ventana."

Antes de poder detenerse, Kagome defendió al Capitán. "Usó la puerta."

Kaede, Sango y Miroku se paralizaron, antes de girarse colectivamente (como si la acción simultánea hubiese sido premeditada) para mirar a la persona más joven en el salón. Kagome sonrió levemente en respuesta, sus ojos de un lado a otro tratando desesperadamente de no hacer contacto visual con nadie.

"Tienes algo que te gustaría compartir, Kagome?" Presionó Sango acercando más su silla a la joven, abandonando su taza de té en favor del interrogatorio.

"No—nada—quise decir que—," Evadió tratando de pensar en algo que pudiera usar para salirse de esto. "Yo—anoche escuché la puerta abrirse, eso es todo." Rió mientras se le ocurría la rápida y horrible explicación, fue un incómodo sonido.

Sango sonrió acercándose más a la joven, sus ojos brillaban como un gato que hubiese encontrado un ratón. "Ya, ya Kagome, dile a la tía Sango la verdad." Presionó la joven mientras sonreía, sus ojos iluminados aún más ante el prospecto de lo que había pasado.

Miroku se acercó más a su esposa dándole a Kagome la misma sonrisa interrogante. "Sí, Srta. Kagome, habla."

Kagome se echó hacia atrás en su silla, sudor comenzaba a bajar por el costado de su rostro, sudor que no era causado por el calor. "Esa es la verdad, honesta."

Sango le dio una mirada que claramente decía que no estaba convencida pero antes de poder preguntarle más, la puerta de la taberna se abrió, o más o menos se azotó de nuevo.

"Otou-san!" Miroku abandonó el interrogatorio de Kagome en favor de ponerse de pie rápidamente, moviéndose hacia el hombre que estaba en la puerta viéndose tan irritado como cuando se había ido.

"Nos vamos." Dijo francamente mientras Miroku se detenía en frente de él.

"Pero—?" Se quejó Sango también olvidándose de Kagome.

"Necesitamos regresar al barco." Gruñó Inuyasha levemente no de humor para tratar con alguna excusa. "No sé cuánto tiempo Myoga pueda cuidarlo sin que alguien se queje y se amotine."

"El barco estará bien por una hora." Murmuró Kaede calmadamente desde su lugar en la mesa. Todos los cuatro adultos se giraron hacia la anciana, aparentemente habiendo olvidado que ella estaba ahí. "Quédense, desayunen. Es tu primera visita en cincuenta años, desayunar no te matará."

Los ojos de Inuyasha parecieron suavizarse ante el sonido de la voz de Kaede pero sólo por un segundo antes de que regresara la irritada máscara. "Bien, solo porque tengo hambre." Murmuró cerrando la puerta de la taberna, esta vez con menos fuerza. Agarrando a Miroku arrastró al joven de regreso a la mesa sentándose calmadamente mientras soltaba a su hijo, permitiéndole al joven sentarse.

"Iré a despertar a Shippo." Murmuró Kagome mareada por el brusco cambio de ritmo.

"Eso no será necesario." Informó el Capitán cruzando sus brazos sobre su pecho. Seguro, el sonido de la puerta de la habitación abriéndose llevó los ojos de todos hacia el pequeño y soñoliento niño quien estaba dirigiéndose hacia la mesa. Inuyasha giró sus ojos cuando el niño se detuvo en medio del salón viéndose como si se hubiese dormido de pie. "Es peor que Miroku." Gruñó pero no había ataque en su tono mientras se levantaba bruscamente, agarrando al niño por el cuello antes de depositarlo en el regazo de Kagome.

La palabra, "Hambre," fue la única respuesta somnolienta de Shippo.

"Qué hay para desayunar, anciana?" Murmuró Inuyasha, brazos cruzados sobre su pecho mientras todos lo observaban, asimilando su extraño y aparentemente normal mal humor.

Kaede solo sonrió como si esto fuera lo más emocionante que hubiese tenido en años. "Lo que quieras."

"No me importa en tanto como sea comida."

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"Y como todo lo bueno, debe llegar a un final."

Esas fueron las palabras que la hermana de Kaede había pronunciado justo antes de morir, una irónica declaración en el lecho de muerte pero se le ajustaba a Kaede ahora mientras observaba a Inuyasha salir de nuevo por la puerta del frente. La última vez ella había tenido ocho años, esta vez tenía cincuenta y ocho.

La anciana sonrió tristemente mientras regresaba a la habitación que le había prestado a Kagome para la noche. Su vieja mano tocó el pomo antes de bajarlo y dejar abrir la puerta. Instantáneamente, sintió una ola, un asalto, como si de repente fuera más joven, como si esta habitación estuviera viva de nuevo, como si la persona que siempre le reclamaba no estuviese muerta.

"Hermana." Susurró ella, esperando una respuesta pero igual a cada vez que abría la puerta, no llegó ninguna voz.

Con un fuerte suspiro, Kaede abrió su ojo y le permitió desplazarse por la habitación ahora vacía, asimilando la vista del lugar que albergaba tantos recuerdos. Incluso después de cincuenta años se veía igual, la misma cama, las mismas cortinas, las mismas repisas, la misma pintura escarapelada.

Todo estaba igual así como él era el mismo. Se veía igual, alto, apuesto, mentón firme, ojos penetrantes y honestos. Se veía exactamente igual a como era la primera vez que lo vio como demonio, mitad demonio. Cerró su ojo ante la idea, el recuerdo la golpeó como una tonelada de ladrillos cayendo en el suelo.

Podía ver a la mujer tratando de detener al demonio que estaba borracho en su bar. Por qué no había usado sus poderes de miko para detener al demonio, Kaede nunca lo supo. De cualquier forma no importaba porque antes de que Kikyo hubiese pensado en tomar represalias, las garras del demonio la habían atravesado.

"Ah!"

Aun podía escuchar la voz de su hermana gritando mientras el desgarrador dolor de tener su cuerpo desgarrado la atravesaba. Podía sentir la sangre en su cara mientras salpicaba por el bar, todo llegó a un alto mientras el demonio se veía maravillado de que la hermosa camarera de la Taberna de Cummings hubiese sido destripada ante sus ojos. "No tuvo una oportunidad." Pensó Kaede sacudiendo su cabeza, la imagen de esos demonios atacando a su hermano y haciéndolo añicos llegó a su mente. Ellos lo habían desgarrado, profanándolo hasta que no quedó nada.

Recordó gritar cuando el shock desapareció pero era demasiado tarde, su hermana ya estaba muerta, ya estaba sola a la edad de trece, pequeña e insignificante en el mundo: Sin padre y sin madre.

"Kaede, qué pasó?"

Recordó su hosca voz resonando tras ella y una gentil mano descansando en su cabeza. "Él llegó justo después de que la enterraron." Vagamente, registró su mano cerrándose a su costado en la misma forma que entonces.

"Kaede, háblame, por favor?"

Recordó el sonido de su voz, era dolida y calmada. Pensándolo ahora, casi había sonado como si su corazón se hubiese roto. Recordó apretar el regalo a su lado, su hermana le había pedido no ser enterrada con él y le había dicho regresárselo a su verdadero dueño por razones que en el momento no había conocido.

"Se fue."

Kaede recordó permanecer ante la tumba mientras el hombre se detenía detrás, su cuerpo imponente sobre el suyo proyectando una sombra mientras le decía la verdad apenas creyéndola mientras hablaba.

"Pero—si estaba aquí."

Él había sonado tan seguro que había pensado en darse la vuelta y mirarlo. Lo primero que vio fueron sus ojos a la luz del día que brillaban tan hermosos, oro fundido brillaba mientras el sol se reflejaba en él. Habían sido hermosos esos ojos, luego esa cara, luego ese cabello, luego esas orejas y sin que nadie le hubiese dicho lo supo, supo que el hombre era Inuyasha, el mismo hombre que dormía con su hermana pero que tenía cabello oscuro, ojos oscuros y orejas humanas normales.

"Inuyasha!"

Recordó gritar su nombre lanzando sus brazos alrededor de su estómago mientras lloraba en su pecho. No recordó haber visto su cara en el momento pero estaba segura de que si lo hubiese hecho habría estado completamente en shock.

"No pensó que lo reconocería, pensó que cuestionaría su cambiada apariencia después de verlo como humano por tanto tiempo." Murmuró Kaede entrando más en la habitación, su recuerdo del ataque del demonio que había matado a su hermana desapareció. "Tal vez no pregunté porque estaba muy enceguecida por la pena," susurró deteniéndose en el alfeizar de la ventana, sus manos cayeron en las abolladuras de cincuenta años como si fueran guantes a la medida. "O—," Le permitió a su voz desvanecerse mientras una suave sonrisa adornaba sus labios. "Fue porque sabía que el verdadero Inuyasha no era el hombre que veía por fuera." Su único ojo captó un vistazo de él mientras caminaba por la calle, Kagome a su lado, Miroku y Sango detrás, Shippo en el hombro de Sango. "Pero—en vez era el que vi cuando miré esos ojos miel."

Sintió las lágrimas formarse en su ojo, las sintió brotar, desbordándose mientras lo observaba desaparecer por una esquina, sabiendo que probablemente esta era la última vez que lo vería de nuevo. Después de todo estaba partiendo, partiendo a un viaje que posiblemente podría llevarlo por todo el mundo. Era de suma importancia en el momento, esa realización, ese conocimiento de que algo grande estaba por pasar, algo grande rodeando al hombre que conocía y a la joven que alguna vez había conocido. Era grande y aún, pequeño.

Kaede sonrió levemente, su ojo fijo en el lugar donde había doblado la esquina. "Sólo recuerda, Inuyasha," le dijo al aire. "Sea Dorado o Negro, aún eres el mismo hombre." Se giró de la ventana, sus palabras obsesivas, una premonición que quedó suspendida en el aire cálido y húmedo.

Fin del Capítulo

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Hecho curioso:

Muchos países se llaman diferente a como los llaman los hispanos o anglohablantes. Por ejemplo, Alemania (mi país natal) es conocida como Deutschland por su gente, Austria es conocida como Österreich y Egipto es conocido como Masr. Si conocen algún otro me encantaría escucharlos!