Disclaimmer: Hey Arnold sigue sin pertenecerme u.u cuando ese estatus cambie, serán los primeros en saberlo XD
Gracias por sus reviews, MyMindPalace221b sé que era corto... sólo son capítulos de transición, pero el siguiente será un poco más largo, porque finalmente será nochebuena... por favor no mates a nuestro protagonista ;) no aun al menos.
Drinea, todavía hay mucho que resolver, que evidentemente provocará todavía más drama y tensiones entre estos dos. Espero que sigas escribiendo tu opinión, me alegra que continúes siguiendo la historia, espero que te guste el siguiente capítulo.
Mario DV, de nada por el halago, y gracias por tus reviews… otra vez... y sí, qué bueno que leíste el capítulo del baile antes, y ahora sabes por qué no tuvo consecuencias, y tienes razón, ya han huido de sus pasados lo suficiente. Espero que disfrutes el siguiente capítulo.
SD Sandra D, ¡gracias por tu review! eres encantadora, espero que este capítulo esté al nivel de tus expectativas.
-¿De qué demonios hablas, cabeza de balón?- preguntó en medio de un ataque de pánico, poniéndose rápidamente de pie, tirando la silla en la que había estado sentada, llamando la atención de los presentes –Después de lo que viste, no es posible que me digas algo así- le recriminó, sintiéndose violenta, culpable de haberse alegrado por las palabras del rubio cuando hace unas horas le había pedido a Gerald que le hiciera el amor. Bueno, en realidad, literalmente le había dicho que quería que se corriera dentro de ella. Y recordarlo terminó por enrojecerla de pies a cabeza, como si pensara que el rubio frente a ella sería capaz de escuchar sus pensamientos.
-Es por lo que acabo de ver que te lo digo tan de frente… quiero ser tu amigo, pero no quiero que me malinterpretes, no es sólo amistad lo que espero que haya entre nosotros- El interior de Arnold vibraba en ansiedad al ver la reacción de la rubia, era demasiado tarde para retractarse, y ya no se reprimiría más. Después de la visita que Gerald le hizo en San Lorenzo, él se dio cuenta de los sentimientos de su mejor amigo, los tenía escritos por toda su cara y la manera tan apasionada en la que se había referido a la menor de las Pataki no le había dejado duda de sus sospechas, y se mantuvo alejado y pasivo porque se creyó inmerecedor de las atenciones de Helga si alguien como Gerald ya estaba a su lado. Pero al volver a Hillwood y darse cuenta que en realidad el hijo de los Johanssen nunca aprovechó su oportunidad con Helga le hizo replantearse el poder conseguir estar junto a Helga de nuevo, y cuando finalmente decide que será egoísta por una vez en su vida y dejará de preocuparse por cómo pudiera sentirse el moreno, Gerald va y besa a la rubia. Después de tantos años a su lado sin haberle confesado sus propios sentimientos, justo cuando él estaba decidido a recuperarla, él volvía a aparecer en la pintura. No se retractaría, no esta vez -Brainny me lo dijo… sobre tu libro de poesía- y la rubia se sintió desnuda ante él.
-¿Qué tiene que ver eso? ¿Por qué lo mencionas así, de la nada?- tembló bajo la fuerza de la mirada que el chico le dedicó, de pie igual que ella, casi a la misma altura.
-Porque lo he leído- y la rubia volvió a temblar… no quería estar ahí, no quería escucharlo, no quería saber… quería estar con Harold, con Lorenzo, con su madre, con Gerald… ¿Dónde estaba Gerald? –No vas a convencerme de que ya no tienes sentimientos por mí… y si te gusta Gerald- el nombre le salió entre dientes, con rabia –yo esperaré a que compruebes que sólo es un gusto pasajero, como me pasó a mí… y sólo te pido que me permitas estar cerca, conocernos de nuevo, ser amigos- Helga sintió que las palabras quedaban atrapadas en su garganta, sin poder hacerlas salir… le dolía que hubiera verdad en lo que le decía, le aterraba que tuviera razón y un día descubriera que terminó con las posibilidades de amistarse con Phoebe por confusión o un simple gusto, pero recordar los últimos días, los besos, las caricias, su piel, su calor, su aroma, ¿Podría ser todo eso sólo una ilusión? Nunca se había sentido tan protegida, tan amada, como cuando estuvo con él… Gerald siempre le dio eso, siempre se sintió así con él, desde la partida de Arnold, cada vez en mayor medida… ¿Había arruinado su amistad con él también por sus impulsos?
-Arnold… necesito que vengas- era Lila, a la entrada de la cafetería –Rhonda está mal de nuevo- le dijo con aprehensión y el rubio no necesitó escuchar más para estar al lado de la pelirroja en un par de zancadas, se detuvo en el dintel de la salida, girándose un poco para que ella viera su perfil.
-Esta vez no me rendiré. Esta vez no le dejaré tenerte- y se fue, siguiendo a una asustada Sawyer, dejándola con sus propios demonios crucificándola por sus pecados… ¿Por qué la emocionaba una declaración de intenciones así? ¿Por qué Arnold Shortman tenía que sacudir su mundo de esa forma? Tenía que encontrar a Gerald… Quería estar con él.
-Ya no es tu novia, ¿Olvidas que la terminaste frente a mí?- Phoebe descansaba en la camilla de un cuarto desocupado donde les había pedido la enfermera malhumorada que la pusieran mientras despertaba, se había desmayado en cuanto escuchó al moreno referirse a ella como su novia.
-Claro que no- Gerald tenía el ceño fruncido y una postura irascible, ambos sentados a lado de la cama de la oriental, al segundo hijo de los Johanssen no le hacía gracia tener que compartir espacio con ese chico.
-Siempre has sido muy listo Gerald… Debiste hablar con ella sobre lo que viste- el moreno soltó un despectivo gruñido, no quería hablar precisamente con Park sobre eso.
-No tengo la menor intención de entablar una conversación contigo, y la única razón de que no te rompa la cara es que Phoebe me importa demasiado- le replicó, sumergiéndose más en la silla plegable en la que estaba.
-Sí, claro- respondió con sarcasmo, sin intención de facilitarle la vida a Gerald -¿Por eso te besaste frente a ella con su mejor amiga?- preguntó con ironía.
-¡Besé a Helga! ¿De acuerdo? ¡A Hel-ga! No a la mejor amiga de Phoebe, a Helga. La besé porque la veo como una mujer y no como la amiga de mi ex novia… esto no es para castigarla… esto… esto… ni siquiera sé lo que es- terminó rendido, pensando en que quizás ahora, Arnold estaría a solas con Helga seguramente, y eso lo ponía tan celoso que no sería apropiado admitir qué tanto.
-Oye… ¿En serio te gusta Helga?- preguntó incrédulo el chico, confundido, porque para él la explicación a lo que vio era el moreno haciendo una pataleta infantil porque él besó a su novia primero.
-No- murmuró, viendo de reojo al tipo que no se callaba. Suspiró, decidido a añadir –Me he enamorado de ella- y la confesión tomó por sorpresa al pelinegro que lo miró como si fuera la primera vez que lo viera.
-Y has sido el último en enterarte, viejo- la voz de Sid se escuchó en la habitación, captando la atención de ambos, girándose para encontrarlo con las manos en los bolsillos, debajo del marco de la habitación –Busco a Arnold… Rhonda pidió hablar con él, y me encuentro con el par más cursi de la tierra… Claro que estás enamorado de Helga, eso se te notaba desde hace muchos años… lo que pasa es que también te veías genuinamente enamorado de Phoebe- y el de gorra verde entró en la habitación parándose al pie de la cama en la que descansaba la pelinegra.
-Te aseguro que aquí no hallarás a Arnold- replicó Park.
-Eso lo sé… pero, ustedes dos son más entretenidos… escuché lo que pasó en casa de los Heyerdahl- ambos jóvenes se tensaron, Gerald desvió la mirada, no estaba orgulloso de haber montado ese espectáculo en particular.
-Por eso me gusta vivir en Nueva York, ahí a nadie le importa lo que el vecino haga- refunfuñó Park.
-Como sea- Sid observó en silencio a Phoebe por unos segundos –Te diré que, y tómalo de una persona que también fue infiel, eso no significa que Phoebe no te ame- Park se giró a Gerald, el moreno tenía una mirada cargada de emociones, tantas, que el pelinegro no podría definirlas todas.
-En realidad… Phoebe me pidió que no nos viéramos más después de lo que pasó en su cumpleaños, me dijo que te amaba demasiado y que no podía hacerte algo así- el oriental suspiró –Si tengo que ser honesto contigo, te envidio un poco Gerald… La relación más larga que he tenido ha sido de un mes, quizás dos, ni siquiera lo recuerdo… nunca me he enamorado, ni he sentido lo que es ser correspondido… Phoebe es una chica realmente asombrosa y sé que de haber continuado nuestra convivencia me habría terminado enamorando de ella. Tú has conseguido que alguien así, brillante, tierna, considerada e impetuosa lleve enamorada de ti más de 8 años- se puso de pie –reconozco que eso es digno de admirar- Sid asintió, concordando con las palabras del joven –Iré a buscar a Patty, si nadie la obliga, no cena… y no está alimentándose bien, me preocupa- y sin más, el pelinegro se alejó de la escena, consciente de que había revelado demasiado al par de chicos que quedaron detrás. Sid no tardó en sentarse en el lugar que ocupó Park hasta hace unos momentos, y cruzándose de brazos se dedicó a observar el perfil de Gerald.
-¿Sabes cuántos días llevamos aquí? Prácticamente tres…- el moreno asintió sin despegar su mirada de la respiración mesurada de la joven en la cama –Phoebe ha estado apoyando a Patty, la pobre sigue muy enamorada de Harold, sólo Dios sabe por qué. Mi mejor amigo lo tenía todo, y aun así, lo cambió por yo qué sé, qué cosa… pero sí sé, que seguramente no valía la pena hacer sufrir a alguien que él también amaba mucho- el moreno direccionó su mirada a su interlocutor, encontrando en la mirada de Sid que no sólo hablaba de su amigo –No soy una buena persona Gerald… he tomado pésimas decisiones en mi vida y otras peores- el suspiro del chico de gorra verde fue largo y profundo, una rubia de piernas largas y bronceadas, estudiante de entomología se coló en sus pensamientos –y quizás no soy el mejor para darte un consejo- el moreno notó el cambio en la atmósfera de la habitación, muy rara vez había escuchado al chico frente a él hablar en serio, pero el brillo en sus ojos le exigía atención, así que hizo como le fue mudamente solicitado –pero puedes tomar mi vida de ejemplo… no lastimes a la mujer de tu vida, porque te has enamorado de alguien más… eso sólo manchará ambas relaciones y te carcomerá… haz las cosas bien desde el principio- y Sid volvió a posar su mirada en el cuerpo de la chica –Ve a hablar con Helga… yo cuidaré de Phoebe… no te preocupes- el moreno volvió su vista una vez más a la oriental, admirado de la sabiduría contenida en las palabras que Sid le dedicó. Él tenía razón… ni Phoebe ni Helga merecían salir lastimadas por su propia indecisión… debía aclarar todo… desde el principio.
-Cuídala bien, por favor- pidió poniéndose de pie, Sid se limitó a sonreírle de medio lado.
-Ella es más fuerte que mi hámster, Gerald. Deja de tratarla como si fuera de porcelana… eso también fue otro error- el moreno le miró sorprendido, nunca se imaginó que Sid tuviera tanto por decir -¡Ah! Y por cierto, también me estás haciendo un favor, eso de tener en la misma sala de espera a tu ex novia y a la chica con la que te encontró en la movida se estaba tornando algo incómodo- Gerald rodó los ojos. Ahí estaba, el Sid que todos conocían, amaban y odiaban a partes iguales.
-Cretino- le susurró con una sonrisa nostálgica en su rostro.
-Cornudo- le respondió divertido. (Un cornudo es alguien a quien le han sido infiel)
-Malnacido- rio Gerald, negando con la cabeza mientras salía del sitio, alcanzó a escucharlo gritarle un "Ardido", provocándole otra carcajada.
Bajando por el pasillo, acercándose a la cafetería, alcanzó a ver la rubia cabellera de Helga girando hacia la sala de espera. Trotó un poco para alcanzarle. Al girar también, se encontró con una escena que le quitó el aliento.
La rubia estaba sobre una rodilla, para estar a la altura de su interlocutora, una niña de cabello rizado y unos 10 años de edad, que lloraba a moco tendido.
-Oye, niña, sé que estás asustada, pero créeme, tu madre lo está más- y la niña dejó de berrear al escuchar a la rubia.
-Mi mami no le teme a nada- la niña hizo un puchero adorable que a Helga le hizo sonreír.
-Claro que lo tiene, tiene miedo de que tú estés triste. Todas las mamás tienen ese miedo- le aseguró Helga a la niña, que de pronto parecía muy pensativa.
-Entonces… si me ve triste, ¿Se asustará?- preguntó con inocencia la niña.
-Sí… ella se asustará y también se pondrá triste- había dolor disimulado en la voz de la rubia.
-Yo no quiero que mi mamá se ponga triste- los ojos de la niña parecieron llenarse una vez más de lágrimas.
-En ese caso… entra al cuarto con una sonrisa… hazle saber que te hace muy feliz verla, concéntrate en ese sentimiento- le dijo la rubia.
-Me da miedo verla enferma- esa simple frase, dicha con la usual timidez de la infancia, pareció romperle el corazón a Helga. Gerald estuvo a punto de interrumpir, verla sufrir era una tortura. Pero ella volvió a hablar.
-Mi madre también está enferma. Y también estoy asustada. Y también estoy triste. Pero no quiero recordarla así… por eso le sonrío, porque quiero que ella me sonría también. ¿Lo entiendes?- la niña asintió –A ver esa sonrisa- le pidió Helga y la infante, solícita, le enseñó todos los dientes, y empezó a reír –Exacto, así… ahora, vuelve al cuarto de tu mamá, hazla reír- y los rizos se movieron arriba y abajo, para luego desaparecer tras una puerta del pasillo -¿Ahora me espías? ¿Qué eres, el nuevo Brainny?- se cruzó de brazos alzando una ceja. Sin darse cuenta, el moreno tenía una sonrisa de oreja a oreja y sus ojos tenían un brillo particular que le envió escalofríos que recorrió su espina dorsal.
-Si dijera que sí… ¿Me abrazarías como lo haces con él?- le preguntó en un tono sugerente, convirtiendo su sonrisa en una ladina, incrementando la intensidad del brillo en su mirada.
-Claro… pero entonces, ya no te abrazaría como lo hago contigo- le respondió emulando el mismo tono, pasando sus brazos por la nuca, y pegándose deliberadamente a su pecho.
-Y eso sería lamentable- y se inclinó, robándole un beso corto y dulce, similar al primer beso que habían compartido. Sintiendo la corriente eléctrica que se formó en sus labios entrelazados y descendió hasta la punta de sus pies. Al separarse, ambos soltaron un suspiro.
-¿Y Pheebs?- preguntó cuidadosamente, moviendo sus brazos a los hombros del chico para poder retroceder un paso.
-Ella… creo que me odia justo ahora- murmuró apesadumbrado.
-Seguramente yo no soy su persona favorita, tampoco. Vaya forma de hacer de conocimiento público que estás loco por mí Geraldo- le dijo en tono divertido, intentando quitar un poco de hierro a la situación. La mirada del chico se tornó seria.
-¿Y tú? ¿También estás loca por mí, Geraldine?- el uso de su segundo nombre le hizo parpadear confundida, él nunca la llamaba así. Y de pronto, la intensidad que irradiaban sus almendrados ojos fue demasiado para soportar… sintió la necesidad de ser sincera con él.
-No- la palabra abandonó solitaria sus labios y la reacción que provocó en su amigo fue descorazonadora –ya lo sabes, pero te lo repetiré… Tú me gustas- se afianzó con más firmeza a los hombros del moreno.
-¿pero?- preguntó, intuyendo que había una segunda parte de esa frase que la rubia dejó al aire.
-Pero todavía tengo sentimientos por Arnold… y sé que también los tienes por Phoebe… quiero decir, ¿Terminaron hace cuánto? ¿Cuatro días?, por Dios Geraldo, ustedes fueron novios ocho años… sé que la amas- lo vio intentar decir algo, pero ella se lo impidió, segura de lo que sería –no digo que no me haya dado cuenta de que yo también te gusto… pero eso no significa que has olvidado a Phoebe… o que yo me haya olvidado de Arnold… ¿Y has notado que estamos en este rectángulo amoroso mientras mi mamá está en la fase terminal de su cáncer y Harold y Lorenzo internados? Criminal, estamos teniendo esta conversación en el pasillo de un hospital- se quejó la rubia, arrancándole una sonrisa al moreno.
-Bueno… en mi defensa, han sido los cuatro días más largos de mi vida… se sienten como semanas… varias semanas- Helga le sonrió con tristeza –Sé a lo que te refieres… también pensé en algo así… pero no quiero volver a ser sólo tu amigo, yo… yo ya no puedo, no después de lo que pasó hoy- y ante la alusión a su encuentro sexual en la habitación de un hotel elegido por la familia del moreno y financiado por la misma, puso del color de los tomates a la menor de las hermanas Pataki.
-¡Calla, calla!- avergonzada, ocultó su rostro en su pecho, sintiendo cómo reverberaba la risa del chico, haciéndola sonreír –yo… yo tampoco sé si podría volver a ser sólo amigos- y alzó su rostro para encontrarse con la satisfecha expresión en el del moreno.
-Creo que es suficiente por ahora… me parece que es un buen punto de partida. Podemos simplemente hacer como nos plazca, si queremos darnos la mano o besarnos o- movió sugestivamente las cejas –más que eso- Helga le asestó un golpe en el brazo por la broma -¡Auch!- y su dramatización de haber recibido un golpe especialmente duro hizo sonreír a Helga.
-Eres un payaso, Johanssen- y el chico le hizo una reverencia.
-Un bufón a tu servicio exclusivo, mi lady- y ambos estallaron en carcajadas.
-Me gusta tu idea ¿sabes?... después tendremos tiempo de hablar sobre nosotros- y el moreno le miró con una ceja levantada.
-¿Has dicho nosotros?- le preguntó con un brillo de diversión en la mirada, poniendo roja de nuevo a la rubia.
-Sí, o sea… tú y yo, pues- se apresuró a aclarar –no como si hubiera un nosotros así, ya sabes, pues así- balbuceó nerviosamente. El moreno le sonrió enternecido, y sólo le besó la frente para tomarla de la mano y halarla por el pasillo.
-Lo que tú digas Helga… lo que tú digas- y llevó así a una avergonzada chica que sentía su rostro arder mientras no podía evitar percatarse de la espalda del moreno, que por alguna extraña razón, le inspiraba tranquilidad, dándose cuenta de cómo su mano parecía encajar perfectamente en la suya.
Arnold llegó hasta Rhonda con la preocupación pintada en el rostro.
-¿Qué ha pasado?- soltó la pregunta en cuanto estuvo frente a Rex, Eugene y la pelinegra.
-Pasó que en un par de horas trasladarán a Lorenzo, aumentando las posibilidades de mortalidad en su delicado estado- le informó un alterado pelinegro de lentes, que aferraba la mano del pelirrojo como si de eso dependiera su vida.
-No seamos negativos… no necesariamente pasará lo peor, podría darse todo muy bien- decía Eugene, intentando mediar la situación. El rostro del rubio, mortalmente serio, le hizo detener su diatriba, el mantra que parecía haberles estado recitando desde que el padre de Lorenzo había dicho que no cambiaría de opinión.
-Hay que impedirlo- se limitó a decir el rubio.
-No me digas Arnold, no se me había ocurrido… por eso queríamos hablar contigo, eres el de los planes ¿no?- y el chico asintió.
-Resolveré esto Rhonda… no te preocupes… no permitiremos que expongan más a nuestro amigo- Eugene le miró con admiración.
-Tenía mucho tiempo que no te escuchaba hablar así- observó el pelirrojo.
-Necesitaremos más ayuda… hay que reunir a la pandilla en la cafetería, venga vamos- y se dispersaron a hacer lo que el rubio había sugerido. Con las expresiones de samuráis que acababan de recibir la misión por la que habían esperado su vida, y que no abandonarían hasta ver cumplida.
Porque aunque Jesús Franco era el padre de Lorenzo… Ellos eran sus amigos, y también harían lo que está a su alcance para protegerlo.
Miriam se encontraba sentada a lado de Marilyn, con su mano entre las de la rubia, escuchándola contarle el infierno por el que el matrimonio Berman había atravesado esos días.
-El dolor de un hijo es peor que el propio- terminó diciendo la mujer, enjugándose sus lágrimas.
-Sí... lo es- expresó Miriam, apesadumbrada. Bob había ido a buscarles un par de vasos de café, y ella agradecía un poco la ausencia de su gruñón esposo que había estado insoportable desde que el simpático chico cuya familia acogió a su hija menor, había besado a Helga. En lo particular, a ella no le molestaba, desde que al visitarla el primer día, él le había dicho con esa seguridad que cuidaría de Helga, Miriam por fin había podido sentirse en paz con la idea de que sus días con su familia estaban contados. Su hija menor había sido hasta el momento su mayor angustia desde que supo que estaba enferma. La tristeza en su mirada era la misma que ella tenía, la que solo un gran amor perdido te provoca... esa impresión sólo se afianzó en su mente cuando leyó el libro que había publicado. Pero después de esa visita, la esperanza de que su hija fuera finalmente feliz le había dado las fuerzas para seguir adelante los días que le restaran, para volver a la ciudad que tanta pena le provocó y enfrentar sus demonios para pasar una navidad sobria con su familia.
-¿Miriam?- una voz masculina resonó tras ella, erizándole la piel, helándola en su sitio. Marilyn observó la masculina figura confundida, lo había visto en el hospital pero a ella sólo le había dedicado miradas desdeñosas.
-Hola Jesús- respondió la rubia girándose, sintiendo su cuerpo temblar al encontrarse frente al imponente hombre que le arruinó la vida y la llevó al alcoholismo.
-Por Dios... eres tú- susurró lívido, como si frente a él tuviera una aparición espectral, un fantasma del pasado.
-¿Ustedes se conocen?- preguntó sorprendida Marilyn... ¿Qué tenía que ver la matriarca de la familia Pataki con el hombre de negocios de Manhattan, el señor Mota de Larrea?
-No tienes cabello- salió de entre los labios del latino, genuinamente intrigado por ese hecho.
-Sí bueno... se me enredaba demasiado- y pareció ser una broma privada, porque el hombre todo seriedad y pedantería, estalló en risas, asustando a la señora Berman.
-Esta sí que es una agradable sorpresa- y Miriam se estremeció de nuevo. Para ella en vez de una sorpresa, resultaba una auténtica pesadilla. Su peor pesadilla. Y se puso peor cuando escuchó la voz de su hija menor a sus espaldas.
-¿Miriam? ¿Todo bien?- y la mayor sólo podía rezar porque su hija no se acercara más, porque ese hombre no la viera, porque su secreto no se descubriera... Bob y Olga aparecieron al final del pasillo.
-¿Es tu hija?- le preguntó Jesús, alterando más a Miriam, aterrándola, su esposo y su hija mayor acercándose... Helga y Gerald a su lado mirándola preocupados porque seguramente estaba mortalmente pálida, no era para menos, estaba frente a uno de sus demonios más oscuros y terribles.
-¿Miriam?- escuchó la voz de Bob... ya no sólo su interior temblaba.
-¿Te sientes mal mamá? Tus manos tiemblan- observó la mayor, colocándose al otro lado de ella.
-Olga, haz que se siente- demandó el Gran Bob, siendo reconocido por el pelinegro de traje de pie frente a la madre de Helga.
-¿Cómo la llamaste?- Bob entonces se giró hacia Jesús, Miriam quiso gritar, pero no encontró su voz, sintiéndose infinitamente pequeña frente al latino. Su esposo frunció el ceño, el reconocimiento brillando de pronto en sus pupilas -¿La has llamado Olga?- y como si aquello no fuera suficiente mortificación para la recién dada de alta, alta voluntaria pero alta al fin y al cabo, Bob le soltó un puñetazo en el hocico.
-¡Papá!- gritó alarmada Olga.
-¡Bob!- vociferó Helga, escandalizada.
-¡Maldito cabrón! ¡Te mataré!- comenzó a gritar el padre de las rubias, siendo atajado por Gerald que lo frenó sujetándolo de las axilas. Jesús se limpió el hilo de sangre que brotaba del labio, desparramado en el suelo donde el golpe le había lanzado, debajo de la hilera de sillas de la sala de espera -¡No te vuelvas a acercar a mi mujer que te mato!- repetía irracionalmente Bob. Miriam no lo soportaba más, lágrimas recorrían libremente sus mejillas, Olga estaba aterrada.
-¡No pueden gritar aquí! ¡Válgame Dios! ¡Es un hospital maldita sea!- vociferaba una enfermera llegando al lugar, flanqueada por un par de guardias de seguridad.
-¡Aléjate de mis hijas! ¡Son mis hijas! ¡Son mías! ¡Perdiste tu oportunidad!- la confusión plagó el rostro de Helga, y Miriam no lo soportó más.
-¡Cállate Bob!- gritó con todas las fuerzas que le quedaban, antes de desvanecerse en brazos de su hija mayor...
"¿Ahora qué demonios pasaba con sus padres?", se preguntó alarmada Helga... lo que le faltaba, que ahora ambos enloquecieran.
