Décimo Cuarto Secreto: No más Secretos

Joy sonrió al ver una sonrisa tan habitual delante de ella.

-Creí que te vendrían bien unas margaritas – le dijo Max mostrándole la botella de tequila y la de triple sec.

-No has podido llegar en mejor momento – la antropóloga se hizo a un lado para dejarla pasar – me hace falta una buena distracción.

-¿Lana no ha dicho nada todavía? – cuestionó Max moviéndose por el piso de Joy con naturalidad, cogiendo lo que necesitaba para los tragos como si supiera la disposición de cada cosa.

Joy la observaba tan relajada y casi podía envidiar esa mirada sosegada. ¿Cuánto hace que se conocían ya? ¿Quince años? Los primeros dos años como amigas, los siguientes seis como pareja, luego un camino lento hacia la amistad nuevamente. Y a pesar de lo mucho que la conocía, Max tenía un algo que no dejaba de sorprenderla.

-¿Qué pasa? – le preguntó la psicóloga.

-Nada, solamente te miraba – Joy se sentó y luego dijo – Lana debe estar llegando a New York ahora.

-¿Qué dices? – el rostro de Max revelaba su confusión - ¿Cómo lo sabes?

-Ha pasado a hablar conmigo antes y a despedirse – explicó la antropóloga – momentáneamente al menos, quién sabe cuando regrese.

-La ha escogido – dijo Max – supongo que hoy tendremos que brindar por el amor no correspondido.

-Tampoco era amor, pero si, podemos brindar por ello – Joy suspiró de manera resignada – de todas maneras sabíamos que esto podría pasaría.

Max sonrió – ya, pero hay historias que valen la pena vivirlas hasta la última línea.

La antropóloga asintió mirando a su vieja amiga con una sonrisa – no puedo estar más de acuerdo.

Jenn pestañeaba sin poder detener a sus ojos del movimiento involuntario. La puerta abierta y del otro lado, Lana Parrilla, mirándola. Tiene que ser un sueño, pensó, pero el sueño dio un paso invadiendo un poco más su espacio.

-Lana – susurró - ¿qué haces aquí?

La morena suspiró con fuerza – Tomar una decisión, esperar a que me invites a pasar a tu casa, esperar que esa invitación que alguna vez me hiciste siga en pie.

-¿Invitación? No sé de qué hablas, pero cualquier invitación que te hiciera seguro sigue en pie – Jenn la dejó pasar al interior y cerró la puerta antes de levantar su mano hacia el rostro de la otra mujer – estás aquí, de verdad estás aquí – murmuró con la voz quebrada.

-Lo estoy y espero poder estarlo siempre, si me dejas – Lana le tomó las manos – espero poder volver contigo cuando mi día este acabando y esté cansada, espero abrir esta puerta o cualquier otra, decir "Estoy en casa" y que sea tu voz la que me diga "Hola".

-No te diría "Hola" – Jenn se acercó – o al menos no siempre, me decanto por "Hola, mi amor".

Lana sonrió y meneó la cabeza – me encanta cuando te vuelves así de cursi.

-Creo que soy así de cursi desde que te conocí – Jenn la tomó de la mano – ven y hablemos – Lana pestañeó porque pensaba que la rubia querría besarla, pero no lo hizo.

La llevó hasta el sofá y se sentó a su lado.

-Pensé que ibas a besarme – le dijo la morena.

-No sin que estén algunas cosas claras, creo que nos hemos dado demasiados besos sin mucho sentido ya, creo que nos merecemos algunas de todas las palabras que no nos hemos dicho nunca – Lana sonrió y Jenn acarició su mejilla - ¿crees que estoy siendo más cursi todavía?

-No, sólo creo a pesar de que hace años que estamos yendo y viniendo, a pesar de todo lo que hemos pasado me da la impresión de que nunca dejarás de sorprenderme, mi amor – le aseguró la morena apoyando su frente en la de Jennifer.

-Te amo, Lana – Jenn le dio un pequeño beso que fue una acción involuntaria ante la belleza de la mujer que amaba – mucho y quiero que entiendas que las cosas no serán como siempre.

-Dime como serán – pidió la morena – cuéntamelo.

-¿Sabes? Ese verano en que me pase fantaseando con algo entre nosotras – comentó Jennifer – antes de que, ya sabes…

-De que me casara con Fred, puedes decirlo, no me molesta reconocer que fui la culpable de romper esa ilusión – Lana sonrió con pena.

-No lo decía por eso, Lana – le aclaró Jenn – sólo no quería lastimarte sacando algo de tu pasado que te doliera.

-No lo hace, no contigo tomando mi mano o mirándome así – la rubia suspiró – ese verano hice toda clase de planes y tuve toda clase de fantasías contigo.

-Ajá, quiero que me las cuentes – le insistió la morena.

-Pensaba en tener una relación que creciera poco a poco, como la mayoría de las relaciones, ¿sabes? – Jennifer sonrió con timidez – salir juntas a cenar, ir a bailar, caminar por la playa, ir poco a poco – le explicó – descubrirnos en todos los niveles, sin apuro, sin prisas, soñaba con volverme más loca contigo a cada segundo porque ya estaba loca por ti y ese sentimiento no podía más que crecer.

-Suena precioso – Lana se mordió el labio.

-Bueno, era la fantasía de una mujer enamorada de ti – Jennifer se encogió de hombros -, pero todo se torció – dijo suspirando – y no voy a recordarte lo mal que me porté contigo, lo mal que te hice sentir, lo mucho que te dañe.

-No hace falta que hablemos de eso, mi amor – Lana detuvo las palabras de Jenn – ambas nos dañamos, pero quisiera que podamos empezar a cambiarlo poco a poco, por eso estoy aquí, por eso quiero ser valiente y volver a amarte sin temores.

Jennifer respiró muy profundamente – no sabes lo mucho que me causa oírte decir eso.

-Me gustaría que siempre me contaras todo lo que piensas o sientes, pero nos estamos desviando – Lana miró sus manos unidas a las de Jenn – sigue con lo que me estabas diciendo.

-Eso, no salió como esperábamos y hemos roto limites que hacen que empezar poco a poco parezca casi una tontería – Jennifer sonrió de medio lado -, pero me gustaría conocerte mejor, conocer la parte de ti que no he visto, conocerte como novia, como pareja – le explicó – no quiero más secretos, Lana, no quiero ser tu secreto ni que seas el mío, quiero que seas mi día a día – la rubia se quedó en silencio uno segundos – quiero que seas mi verdad, quiero que si la gente piensa en mí, piense en ti también.

-¿De verdad lo quieres llevar tan abiertamente? – Jenn asintió – eso sí que no me lo esperaba – le aseveró la morena.

-Si estás de acuerdo, por supuesto – le aclaró Morrison de inmediato – es una decisión que debemos tomar juntas, nunca pasaría por sobre tus deseos.

-Lo dicho, no dejas de sorprenderme – Lana le sonrió – siempre eres tan cuidadosa de tu intimidad, tan reservada.

-Ya, lo sé – Jenn bufó – siempre he sido así y ¿a dónde me ha llevado eso? – le acarició la mejilla – ha faltado poco para que te pierda y me habría perdido a mí misma en el proceso porque eres lo más relevante de mi vida.

-Jenn – Lana se puso de pie y apoyó ambas rodillas de cada lado de Jennifer, encaramándose sobre ella – te amo muchísimo, me pase años y años amándote, deseándote, soñándote conmigo – suspiró cuando la rubia acarició su torso con ambas manos con dulzura – al final, tenía mucho miedo de quererte porque siempre me he sentido desolada cuando me dejabas, cuando me decías esto era sólo una noche o no significaba nada.

Jenn cerró los ojos – lo siento tanto.

-No, no, deja de disculparte – le pidió Lana – déjame terminar – respiró profundo – cuando conocí a Joy, ella me mostró que había más, que las cosas no necesitaban funcionar así, no eran de usar y tirar, y que podía ser libre para amar si así lo deseaba – meneó la cabeza – ella habría sido mi apuesta más sencilla, pero no la amaba – explicó – me encantaba, incluso al punto de querer pasar página, pero tú… – sus ojos se encontraron con intensidad – tú estabas allí, presente o no, no me dejabas ir, y eso me daba miedo porque, hicieras lo que hicieras, no me dejabas.

La respiración de Lana se agitó y Jenn la abrazó más dulcemente – no llores, por favor.

-Tenía tanto, pero tanto miedo – la morena levantó la voz – tenía miedo de sentirme dependiente de ti al nivel de que nunca pudiera ser feliz – hizo a un lado el cabello de Jennifer – más miedo tenía, más me aferraba a ella, más quería ser capaz de sentir con Joy lo que sentía contigo, como si siempre hubiera sido sexo y nada más, como si mi corazón no estuviera en juego cada vez que me hacías tuya.

-¿Y ya no tienes miedo de mí? – quiso saber Jenn.

-Puede que aún lo sienta al menos en alguna medida, pero tenías razón, tengo que ser feliz por mí misma, tengo que salir de la zona de confort y arriesgarme – le explicó – y tengo que arriesgarme por ti, porque me has demostrado que vales la pena y porque no concibo otra forma de empezar a vivir otra vez que no sea dándote esta oportunidad.

-¿Te has dado cuenta de eso en unos días?

-Me he dado de cuenta nada más abandonaste mi casa luego de decirme adiós – le respondió la morena –, pero como soy terca no quise rendirme a la evidencia.

Jennifer se rió – y así es como te quiero – luego ambas volvieron a apoyar sus frentes mirándose – yo también soy algo terca, me pase muchos años amándote y negándome.

-Nos parecemos – Lana sonrió – te amo, Jenn, ¿me aceptas en tu vida? ¿Podemos empezar desde cero?

-Debemos empezar de cero – Jenn suspiró – te necesito más que a nada, Lana, y quiero estar en casa cuando llegues o encontrarte cuando yo se la que llegué – la rubia no podía dejar de sonreír – quiero que seas mi novia a la que llevar orgullosamente de la mano hasta un evento o una reunión familiar, quiero que cada teoría que se ha gestado sobre nosotras, cada historia que se haya escrito palidezcan ante lo que realmente hay.

Lana no pudo evitar una sonrisa - ¿Eso sería un sí?

-Te he dicho que sí en el mismo momento en que te he visto, te he dicho que si en el mismo instante en que te hice mía por primera vez – contestó la rubia -, pero si te hace feliz, sí, es un sí, quiero ser tu amor y que seas el mío.

-No más secretos.

-No más.

Besarse se volvió tan necesario que no podían evitarlo más porque daba lo mismo poder respirar si no podían sentir ese primer beso que tanto se había hecho esperar. Habían soltado todos los pesos que las mantenían hundidas en la oscuridad, en la profundidad, adormecidas. Ahora salían a la luz de sol salpicando en la superficie del agua, volviendo a la vida después de demasiados años sin poder vivir bien.

Volvieron a la vida con el primer roce de sus labios y despertaron para siempre con cada uno de los que vinieron después, con Lana suspirando contra la boca de Jenn, con Jenn jadeando y atrapándola más cerca, pero manteniendo el ritmo para sentir a Lana de la manera que deseaba. Sin ninguna prisa. Un beso sin lujuria, pero tan satisfactorio que las hizo levitar a dos palmos de ese sofá. Los labios amoldándose con cuidado unos a otros, esas bocas que tanto se conocían recorriéndose con devoción. La falta de aire que se ahogó en sus gargantas cuando era inevitable romper el contacto y los ojos abriéndose despacio, mirándose por fin.

Jennifer acarició la piel del rostro de Lana – eres el amor de mi vida y sé que no es novedad, pero lo eres – sus manos encajándose en el cabello de la morena para atraerla a su boca – te has clavado en mi desde que te conocí y por fin voy a poder verte florecer.

-Jenn – Lana se mordió el labio – te amo tanto, si supieras cuanto te asustarías.

-A mí ya nada me asusta si viene de ti, puede que me maraville, pero asustarme nada, mi amor – la rubia sonrió y fue dando pequeños besos en la mandíbula de Lana – soy más valiente gracias a ti.

-Eres tan hermosa – Lana le dio un beso en la nariz y Jenn hizo una mueca – y dulce, pensar que puedo disfrutarte de principio a fin sin que el tiempo nos agobie, ni las personas.

-Ni las circunstancias – agregó Jennifer – ahora somos de nosotras mismas, amor, y vamos a compartir nuestro tiempo juntas.

-Sin presión, sin rencor o remordimiento y sin secretos – agregó y ambas suspiraron aliviadas al estar de acuerdo – sin secretos – repitió Lana – creo que entonces debo confesarte algo – Jenn la observó con curiosidad – le dije a Fred que estaba enamorada de ti.

-¿Qué? ¿Cuándo? – preguntó la rubia.

-Justo antes de firmar los últimos papeles –la morena suspiró con fuerza – estuvimos varias horas discutiendo el tema de los bienes gananciales y su abogado le había sugerido que, dado que él tenía mayor fortuna, compartiera sus beneficios de esos años de casados conmigo – explicó Lana asentándose sobre Jenn quien le permitió descansar sobre sus piernas – me parecía injusto, ¿sabes? Yo tenía suficiente por mi cuenta y, además, él me dejaba el piso que tenía antes aquí.

-¿Y se lo dijiste?

-Quería que no insistiera y se compensara económicamente, se lo conté todo – Lana hizo un gesto de vergüenza – el amor, el engaño, hasta el hecho de haberme casado con él queriéndote, pero me confesó que también llevaba un tiempo siéndome infiel y sólo me reprochó el haberme enamorado.

-Vaya, nunca dijo una palabra – comentó Jennifer.

-Ni lo hará, es complicado para los hombres manejar ser los engañados sobre todo si se trata de otra mujer – comentó Lana.

-Sí, supongo que por lo mismo Gerardo no hizo ningún escandalo – las dos se quedaron mirando y entonces Jenn también hizo una confesión – fui a verte a Londres.

-¿Qué? – Lana parpadeó varias veces.

-Estaba allí por una producción y no pude reprimirme, llegué al estudio dónde grababas la serie y hablé con la seguridad de la puerta – expuso – les pregunté si estabas grabando, me dijeron que debía identificarme para saberlo, lo hice y quisieron llamarte, pero les dije que no, que ya te llamaría yo, aun no entiendo cómo no te avisaron.

-No me avisaste – Lana sentía que le fallaba la respiración – y tampoco nadie me dijo nada.

-Estuve esperando por unos días a que me preguntaras que hacía allí, pero al ver que no te comunicabas supuse que ellos no te lo habían informado.

-¿Qué hubieras hecho? Si me comunicaba o me enteraba – quiso saber la morena.

-Decir la verdad, que te echaba de menos a rabiar y que no pude evitarlo más – admitió la rubia – me subí al coche que me habían asignado con una excusa que era falsa y terminé allí, deseando verte aunque fuera un minuto.

Lana se inclinó y besó los labios de Jenn – te amo tanto.

-Y yo – la rubia acarició dulcemente la cintura de Lana por debajo de la camiseta – eres lo único en lo que puedo pensar desde hace demasiado tiempo.

-No más pensar y más actuar – Lana se asentó nuevamente a horcajadas de Jennifer - ¿me dejes hacerte el amor, mi amor, como si fuera la primera vez?

-Lo será, será la primera vez que no reprimamos nada – Jennifer levantó a Lana y la recostó sobre el salón – hazme el amor, Lana, por favor.

La morena bufó y el beso que se dieron ahora cobró otro sentido, uno mucho más cálido, más húmedo, más desafiante. Los labios se rozaron, pero no bastaba solo ese roce, así que Lana pasó la punta de su lengua por la abertura de la boca de Jenn provocando que jadeara. Se aventuró a repetirlo hasta que ambas lenguas se enredaron en un ciclo de pequeños giros y roces que les despertó los poros de la piel, levantó la temperatura de sus cuerpos y terminaron por quitarse las camisetas que llevaban. Lana con un movimiento de pelvis que Jenn acompañó quedo encima de la rubia y comenzó a succionar su cuello con deseo.

-Me toca a mí – dijo ante la mirada que le lanzó Jennifer cuando descendió por su pecho – ya me has tomado lo suficiente y ahora me toca a mí.

Jenn gimió ante esos ojos que adoraba y que la miraban voraces. No opuso ninguna resistencia, dejándose hacer con tranquilidad. Lana le quitó el sujetador mientras besaba y marcaba la piel de su cuello disfrutando de los jadeos que causaba con su boca. Cuando el torso de Jenn estuvo desnudo, se encaramó en su abdomen bajo mirándola sin pudor y lamiéndose los labios. Bajo las manos y caminó desde la piel del abdomen hacia arribas, hasta tocar ambos pechos y cerrar las manos sobre ellos. Las caderas de Lana se movieron imitando la penetración y el bamboleo encendió más los gemidos de ambas. Jennifer dio un bote de excitación al sentir como Lana amasaba con mayor ritmo sus pezones. Al cabo de unos segundos los pellizcó.

-Me muero por hacerte mía, por recorrerte – anunció Lana antes de dejarse caer sobre uno de los pechos de Jenn y tomarlo con la boca, levantando los ojos para observar su gesto.

Vio la forma en la que la rubia luchaba por mantener los ojos abiertos y observarla. Rodeó el pezón con su lengua dándole algunos golpes húmedos con la punta y luego se lo metió en la boca regodeándose al sentir a Jennifer arqueando la espalda con un gemido lujurioso. Lo soltó con un chasquido y volvió a succionarlo. Su saliva se impregnaba humedeciendo el turgente bulto y Jenn gemía no pudiendo parar de vigilar sus movimientos.

Pasó al otro pecho y comenzó a lamerlo mostrando ligero desespero. Las caderas de Jenn se elevaron y friccionaron contra su abdomen, el calor que desprendía le mostraba una muestra de la excitación que la rubia sentía. Lana no estaba mejor y lo que hacía era lamer el pezón sosteniéndolo a la altura de su boca y gimoteando mientras lo hacía, algo que a oídos de Jenn era un brote de lujuria para su cuerpo tan dispuesto, para su sexo ya encharcado por el deseo. Lana se pasó unos cuantos segundos moviéndose de pecho en pecho, para terminar por pasar los dientes a lo largo de ambos pezones provocando un gemido agudo de su rubia.

La mujer la vio caminar por su abdomen y abrir el botón de su jean con suavidad. En poco estaba desnuda, expuesta a los ojos ávidos de Lana. Su sexo rezumaba el resultado de la aventura de Lana por sus pechos.

-Que mojada estás – le dijo la morena pasando el dedo por los labios exteriores de su coño y lamiendo la punta con una expresión de deleite.

-¡Joder! – Jennifer apretó las piernas porque notó como su sexo se volvía a mojar.

-Vaya – la morena separó sus pliegues y la observó con descaro – veo que te gusta verme hacer esto – volvió a pasar el dedo y a lamerlo en su boca. Jenn asintió y su cuerpo tembló por tanta excitación - ¿quieres que te coma, mi amor? ¿Qué pase la lengua por aquí? – le preguntó mientras rozaba con el dedo desde su entrada hasta el clítoris de Jenn y la rubia sólo podía asentir con desespero – Dímelo, anda, mi amor, quiero oírte.

Jennifer Morrison bufó. El tono de voz, el dedo travieso, la mirada ardiente que Lana utilizaba – Cómeme, por favor, mi amor.

-¿Qué quieres que te coma? – la voz de Lana le provocó un espasmo mayor en el sexo.

Jenn intentó apretar las piernas para controlar su deseo, pero Lana sostuvo sus piernas abiertas impidiéndolo. La rubia sollozó.

-¡El coño! Cómeme el coño, mi amor – le pidió con la voz aguda y devastada por la lujuria.

Lana se mordió el labio antes de lamérselos – no podría hacer otra cosa, sabes demasiado bien.

Se dejó caer y pasó lentamente su lengua como había hecho con su dedo. Empezando por la entrada y moviéndose hasta el clítoris, mezclando su saliva con los fluidos que empapaban el sexo de Jenn. La rubia gimió con apuro. Repitió el proceso, pero asentando la lengua alrededor de la entrada de la mujer que amaba. El sexo de Jenn palpitó y ella cogió el clítoris de la rubia entre sus labios succionándola. Jennifer gritó un segundo y se impulsó para apoyarse en los codos, quería ver lo que hacía.

-Oh si, mírame, mi amor, mira cómo te como toda – le pidió la morena ralentizando los movimientos para que Jenn pudiera contemplar a su lengua moverse alrededor de su clítoris, empujarlo una y otra vez, llenarlo de saliva y fluidos. La morena se hizo hacia atrás y dejó que un hilo de saliva uniera su boca con aquel inflamado centro nervioso, un espectáculo que a Jennifer le pareció el paraíso y su coño lo mostró mojándose más.

Lana recogió parte de ese premio con los dedos y se lo dio a Jenn para que lo probara – empápame los dedos, amor, porque voy a hacerte mía mientras te como el coño.

Morrison gimió, pero lamió obedientemente esos dedos que se ofrecían a ella. Su pelvis comenzó a moverse sobre la lengua de Lana y podía ver como la morena friccionaba contra el sofá sus propias caderas, para aliviar la presión entre sus piernas.

-¿Estás excitada, mi amor? – consiguió preguntarle la rubia.

-Me estoy derritiendo – Lana soltó el clítoris de Jenn unos instantes para poder responder – es muy intenso el poder hacerle el amor a la mujer que amo, sabiendo que tendré toda la vida para repetirlo – indicó antes de volver a lamer el clítoris de Jenn mirándola a los ojos mientras lo hacía.

Jennifer soltó por fin los dedos de Lana y se puso rígida al sentir como era invadida con ellos, al sentir a la morena llenándola.

-No creo que pueda aguantar mucho – sollozó al sentir como la boca de Lana seguía lamiendo su clítoris y los dedos la penetraban – ¡Joder! – gritó cuando la morena succionó con fuerza y sus mano se movió con un golpe fuerte hacia lo profundo de su sexo.

-Muévete, hermosa – le pidió Lana – córrete en mi boca a tu ritmo y con tus ganas, haz tuya mi boca mientras te follo muy duro.

Las palabras llenas de lujuria desprendían al mismo tiempo tanto amor que Jennifer no dudaba de que esto no era sólo sexo, esto era mucho más. Era lo que ellas eran, amor y lujuria en partes iguales. Su Lana observándola entre sus piernas, los dedos trepidantes en su interior y esa boca traviesa que la desesperaba. Movió la cintura en un vaivén desenfrenado que aceleró la penetración y le dio el poder de mojar la boca de Lana a su gusto, de friccionarse contra ella. Las dos daban y las dos recibían. La expresión llena de placer de la morena por verla tan cerca del clímax lo desataron por completo y Jenn se corrió con un grito de placer continuado durante unos segundos porque Lana retuvo su clítoris entre sus labios para que el orgasmo durara más, con los dedos profundamente hundidos en su interior.

-Te amo, te amo – gritó la rubia antes de dejarse caer.

-Y yo te amo a ti, mi hermosa mujer – Lana reptó por su cuerpo y la abrazó – te amo, Jenn.

La rubia hizo una mueca parecida una sonrisa al oírla, pero fue incapaz de decir nada más traspasada por la sensación de satisfacción que sentía. Se quedaron unos segundos en silencio, mirándose.

-Lo recordé – comentó finalmente Lana – recordé lo que te dije esa noche de la borrachera, mientras tenía el orgasmo.

-¿Sí?

-Sí.

-¿Y qué piensas?

-Pienso que mi madre tiene razón cuando dice que "los niños y los borrachos siempre dicen la verdad" – dijo Lana y Jenn sonrió abrazándola contra ella.

-¿Me dejas que te dé algo de alivio, mi amor? – le susurró Jenn mordiéndole el lóbulo de la oreja – tengo ganas de verte gozar en mis manos – luego le quito los tirantes del sujetador – además, estás demasiado vestida.

Lana se mordió el labio y gimió al notar como Jenn besaba su hombro derecho – te dejo que hagas lo que quieras conmigo.

-Lo que quiera es muy amplio, mi reina – le advirtió Jenn.

-Lo que quieras.

-¿Masturbarte? ¿Comerte? – la rubia comenzó a enumerar - ¿Follarte?

-Lo que quieras – volvió a insistir Lana y Jenn la miró intensamente.

-Entonces, será amarte – dijo antes de perderse en su piel.