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Capitulo 13
A la mañana siguiente, Candy aún no había decidido qué hacer respecto a la beca. No quería obrar precipitadamente. Tenía miedo de que la generosidad de Albert quedara al descubierto.
Sabía que en la administración universitaria había mentes desconfiadas que no dudarían en atacarlo.
Y también debía de ir con mucha cautela por su propio bien. Cualquier paso en falso podía hacerla quedar como lo que no era. No quería que nadie la viera como otra cosa que una estudiante seria y responsable. Por eso no se atrevía a dirigirse al director del departamento y rechazar la beca. Entre otras cosas, una beca siempre quedaba bien en un currículum. Y se suponía que para un estudiante serio, el currículum era más importante que el orgullo personal.
Hablando en términos clásicos, la señorita White se encontraba entre la Escila de proteger tanto a Albert como a sí misma y la Caribdis de su orgullo. Por desgracia para este último, rechazar la beca era peligroso. Y para huir del peligro lo único que tenía que hacer era aceptar el dinero. No le gustaba. No le gustaba nada.
Especialmente después de haber aceptado ya el vestido y los zapatos de Anny y de la maniobra no tan secreta de Albert para reemplazar su vieja mochila.
No le había comentado que había enviado ésta a L. L. Bean y que estaba esperando que se la cambiaran por una nueva. Y que, cuando la recibiera, tenía previsto usarla, aunque sólo fuera para reafirmar su independencia.
El viernes por la tarde, sin poder resistir más la curiosidad, le envió un mensaje de texto a Anny contándole lo de la fundación y la beca y preguntándole si sabía quién era M. K. Ardley.
Anny le respondió casi inmediatamente:
¿Qué dices que hizo A? Nunca había oído hablar de esa fundación. Ni de MKA. Podría ser su madre biológica. O su abuela.
TQM, A.
P. D.: A dice hola y gracias
Candy leyó el mensaje varias veces. Le pareció que lo que tenía más sentido era que fuera su abuela. Dudaba que le hubiera puesto a la beca el nombre de alguien a quien odiaba. Y estaba segura de que seguía odiando a su madre biológica.
Aunque también podía ser que Albert le ocultara cosas a Anny, igual que se las ocultaba al resto del mundo. Tras un par de chupitos de tequila para infundirse valor, le envió otro mensaje a su amiga preguntándole si Albert tenía novia en Toronto, para ver si ésta sabía algo de la beca. La respuesta le llegó en seguida, pero en la bandeja de entrada del correo electrónico:
¡Candy!
Te escribo por aquí, porque los botones del teléfono son muy pequeños. Albert NUNCA ha tenido novia. Nunca trajo a nadie a casa para presentársela a papá y mamá, ni siquiera en el instituto. Una vez, Anthony lo acusó de ser gay, pero su radar no funciona para esas cosas.
¿No viste su apartamento? ¿No viste las fotos de su dormitorio? ¿Las viste? Vamos, seguro que no tiene novia. Sólo amigas para follar. Aunque, cuando se lo pregunté, reaccionó de manera extraña. Tiene treinta y tres años, por el amor de Dios. ¡Ya no tiene edad para ir de ligón!
¿Estás segura de que no se ha inventado a ese M. K. Ardley? Se lo preguntaré a Anthony y te diré algo. No quiero molestar a mi padre. Sigue estando muy mal.
Aaron y yo vamos de camino a las islas de la Reina Carlota. Pasaremos allí dos semanas en una cabaña de madera, sin Internet ni teléfonos móviles. Los dos solos. Paz, tranquilidad y un jacuzzi al aire libre.
Por favor, no permitas que Albert caiga en el abismo hasta mi regreso.
Te quiere, A.
P. D.: Aaron quiere saludarte personalmente. Aquí tienes, cariño.
Hola, Candy, soy Aaron.
Gracias por cuidar tan bien de mi prometida en Canadá. Volvió muy cambiada y sé que no debo agradecérselo a Albert.
Te echamos mucho de menos en el funeral. Ojalá podamos vernos en Acción de Gracias. Si no pensabas venir, ¿podrías reconsiderarlo? Será duro este año, sin Pauna. William —y Ann— necesitan tener a toda la familia cerca y eso te incluye a ti.
Tengo puntos de mi compañía aérea. Podría enviarte un billete.
Piénsalo.
Te quiero, niñita,
Aaron
Candy se secó una lágrima ante su dulzura y al verlo feliz y aliviado porque su prometida y él seguían juntos y muy enamorados. Candy daría cualquier cosa por ser amada de esa manera.
Se preguntó por qué la amable oferta de Aaron no le había parecido caridad. Se estaba planteando seriamente aceptarla. Pensó en Pauna. Ella tenía razón. Cuando no hay contrapartidas y un regalo se ofrece de corazón, no hay nada vergonzoso en aceptarlo. Si aceptaba el billete de avión ofrecido por Aaron, podría estar presente en la primera cena de Acción de Gracias tras la muerte de Pauna y devolver la beca.
Al pensar en Pauna, se preguntó si sería útil rogarle a ésta tanto por ella como por Albert. Pauna era una auténtica santa, una madre celestial que sin duda enviaría ayuda a sus hijos. Mientras santa Lucía estaba de vacaciones con su amado Aaron, Candy dirigió su atención a los cielos y le pidió a Pauna que intercediera por las vidas de todos ellos y encendió una vela en su memoria en la ventana de su pequeño estudio, aquella fría noche de viernes.
Antes de meterse en la cama con su conejito de peluche, decidió aceptar el regalo de Aaron como prueba de su nueva actitud hacia la caridad y su capacidad de tragarse el orgullo cuando era necesario. Lo que significaba que su pecado capital no era tan capital.
En ausencia de Archie, Candy se encontró con que el sábado se le hacía muy largo y acabó yendo a trabajar en su propuesta de proyecto al despacho de El Profesor en la biblioteca. Parte de ella deseaba que Albert volviera a sorprenderla allí, pero no sucedió. Recordó sus palabras de despedida: «Nos veremos el miércoles… si sigo aquí».
A pesar de lo que Anny le había dicho, era muy posible que tuviera novia. Recordó que le había asignado a la tal Karen el tono de llamada de las campanadas de Big Ben. ¿Viviría en Londres? ¿Sería inglesa? ¿O tendría alguna relación con el repique de las campanas? Buscó la historia del Big Ben en la Wikipedia, pero no encontró nada particularmente revelador. (Lo que suele suceder muchas veces con Wikipedia).
Candy no era tan inocente como Albert pensaba. Sabía que él no era virgen. Ya no lo era cuando lo conoció. Pero una cosa era saberlo y otra que te lo restregaran por la cara.
Pensó en él y Karen, o en él y cualquier otra chica sin rostro, piel con piel, entrelazados. Se lo imaginó besándola en los labios, explorando su cuerpo con la boca, las manos, los ojos. Vio a Albert dando y recibiendo placer físico de una rubia alta y perfecta. Se lo imaginó en éxtasis, gritando el nombre de la chica y mirándola a los ojos mientras alcanzaba el clímax. Pensó en él convirtiéndose en un solo ser con otra alma, perteneciendo a otra mujer. Esa mujer, ¿lo amaría? ¿Sería amable con él? ¿Querría que se convirtiera en mejor persona o sólo desearía disfrutar de su cuerpo, su pasión, su naturaleza animal? ¿Le importaría si detrás de sus preciosos ojos azules se escondía el alma de un hombre herido, desaparecido, necesitado de redención y de cura? ¿O procuraría arrastrarlo aún más hacia las profundidades, atrayéndolo con su cuerpo y con sus largas uñas?
La sola idea de Albert llevándose a otra mujer, a cualquier mujer, a su cama —ya no digamos a su alma— le resultaba muy dolorosa. Pero la idea de que esa mujer calentara su cama más de una noche era absolutamente devastadora. Porque Candy llevaba toda la vida queriendo ser ella.
A pesar de sus ideas tristes y sórdidas no era capaz de quitarse el jersey verde de cachemira. Se lo llevó puesto a la biblioteca y pasó las horas envuelta en su calor y en el aroma de Albert. Se temía que eso iba a ser lo más cerca que conseguiría estar de él.
Olvidándose por un tiempo del CD de Archie, se puso a escuchar a Yael Naim. Le encantaba la canción Far Far, aunque no tenía ni idea de si la letra era adecuada a su situación. Candy se había pasado casi toda la vida esperando que le pasara algo bueno, guardándose sueños y esperanzas muy dentro del alma. Pero pronto llegaría el día en que tendría que encargarse personalmente de que esas cosas buenas sucedieran.
La música era suave y relajante y le permitió avanzar mucho en la propuesta hasta la hora de cierre de la biblioteca.
Al salir, se puso los auriculares y pasó de largo el carrito de los perritos calientes, decidiéndose por una cena líquida. Se compró un smoothie de mango, el más grande, y regresó a casa andando, bebiendo y pensando. Como iba distraída preguntándose dónde estaría Albert y qué andaría haciendo, casi no vio a Ethan, que la saludó al pasar ella junto a la larga cola de gente que aguardaba para entrar en Lobby.
—Hola, Ethan —lo saludó, quitándose los auriculares.
Él le hizo un gesto para que se acercara.
—Hola, Candy. Gracias otra vez por ayudarme a escribirle a Rafaela. Le encantó. —Si Ethan hubiera sido capaz de ruborizarse, lo habría hecho en ese momento. Sonrió con los ojos brillantes—. Me está enseñando italiano.
Ella se echó a reír, encantada de verlo tan feliz.
—¿Cómo van las cosas? Mucha gente, ¿eh? —comentó, señalando la cola.
—Ahora dejaré entrar a unos cuantos más, pero antes tengo que sacar a alguien.
—Vaya, eso suena amenazador.
Ethan negó con la cabeza.
—Tu amigo está dentro. Nunca lo había visto tan borracho. El camarero se niega a seguir sirviéndole copas y eso significa que tengo que sacarlo a la fuerza y meterlo en un taxi.
Candy alzó mucho las cejas.
«¿Albert está aquí? ¿Y Karen?».
—Lo he intentado solo y casi me ha dado un puñetazo. Estoy esperando que alguien me sustituya aquí para ir a buscarlo, pero voy a necesitar refuerzos. A no ser que me ayudes tú —dijo, mirándola con admiración—. Creo que podrías convencerlo de que salga voluntariamente.
Ella negó con la cabeza con brusquedad.
—¿Estás de broma? No me haría ningún caso. Ni siquiera somos amigos.
—No es ésa la impresión que me dio, pero no pasa nada. Lo entiendo. —Se encogió de hombros y miró la hora.
Candy bebió un poco más de smoothie y se acordó de la promesa que le había hecho a Anny. Se preguntó si ése sería uno de esos casos en que estaba moralmente obligada a intervenir.
«¿Y si no hago nada y Albert acaba en la cárcel? Él se ha esforzado por ser amable conmigo esta semana. No puedo ignorarlo. Me traería mal karma».
—Ejem, bueno, puedo intentarlo. A ver si quiere salir por las buenas —dijo, no muy convencida—. No me gustaría que acabara detenido.
—A mí tampoco. Nos gusta que nuestros vips estén contentos. Pero no ha parado de beber un whisky doble tras otro desde que ha llegado. No podemos seguir sirviéndole más. Tal vez a ti te escuche. Lo que tiene que hacer es irse a casa a dormirla.
Ethan apartó el cordón de terciopelo para que pasara.
—No voy vestida para entrar ahí —se excusó Candy, mirándose las zapatillas deportivas, los vaqueros rotos y el jersey de Albert, que olía de manera deliciosa, pero que le quedaba demasiado grande.
—Vas bien, pero escucha, si está demasiado borracho y no te ves capaz de tratar con él, vuelve en seguida. No es fácil de controlar cuando ha bebido tanto.
Candy sabía de lo que era capaz Albert cuando estaba borracho, pero se recordó que con ella había sido muy dulce aquella noche, años atrás.
Entró en el club esperando que nadie la reconociera. Se deshizo la coleta y se tapó la cara con el pelo, usándolo como un velo para mantenerse a salvo de miradas curiosas. Elevó una oración desesperada a los dioses de las coctelerías y bares de copas para que mantuvieran a distancia a Brad Curtis, MBA, vicepresidente de mercados de capitales. No quería que la viera vestida así. Se abrochó los botones de su chaquetón verde militar porque no quería que Albert descubriera que seguía llevando su jersey.
No le costó mucho localizarlo. Estaba sentado en el bar, charlando con una atractiva pelirroja que quedaba de espaldas a Candy.
Albert no estaba mirando a la mujer que tenía una mano enredada en su pelo y que lo estaba atrayendo hacia ella por la corbata, sino el vaso vacío. No parecía contento, pero eso probablemente tuviese más que ver con el estado de su copa que con otras cosas.
Desde su observatorio privilegiado, a varios metros de distancia, vio que la Ardley adicta, que prácticamente estaba sentada en su regazo y metiéndole los pechos en la cara, no era otra que Eliza Leagan. Mierda. ¿Pensaría llevársela Albert a casa?
Candy supo que, en ese momento, la única que podía cuidar de él era ella. Si Albert se acostaba con Eliza no sólo estaría violando la política de no confraternización y poniendo su carrera académica en peligro, sino que se vería envuelto en una incómoda relación con la joven que esperaba convertirse en la señora Ardley. Y no podía olvidar que era muy posible que Eliza estuviera tratando de seducirlo para vengarse de cómo Albert la había tratado en el Starbucks por defenderla a ella.
Fuera por lo que fuese, no podía permitir que su compañera siguiera adelante con sus planes de seducción.
«Las manos fuera de mi tesoro, Gollum».
Volviéndose, salió en busca de Ethan y le susurró al oído:
—Necesito tu ayuda. Está con una chica a la que no le conviene llevarse a casa, porque es una de sus alumnas. Necesito separarlo de ella antes de meterlo en el taxi.
—Yo no puedo meterme en eso —contestó Ethan encogiéndose de hombros—. Es asunto suyo.
—¿Y si el camarero le tira una copa encima y la envía al cuarto de baño? Entonces yo podría convencer a Albert para que salga del local.
—¿Crees que podrás hacerlo?
Candy parpadeó unos instantes.
—No lo sé, pero seguro que me será más fácil si logramos separarlos. No creo que él sea capaz de formar pensamientos coherentes con esas tetas de plástico en la cara.
«Oh, dioses de las estudiantes de tesis que se están esforzando mucho por proteger a un amigo, ayudadme a mantener apartada a esa puta de su polla. Por favor».
Ethan se echó a reír.
—Parece una película de intriga. De acuerdo, seguro que el camarero nos ayuda. Tiene sentido del humor. Si Ardley se pone difícil, dile que me llame. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Ethan hizo una llamada y momentos después le indicó a Candy que ya podía acercarse a Albert. Respirando hondo, ella enderezó la espalda y volvió junto a él. Algo le había hecho mucha gracia, porque estaba riéndose a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás y sujetándose el estómago con las manos.
Candy tuvo que admitir que todavía estaba más guapo cuando se reía. Llevaba una elegante camisa de un tono verde pálido, con los dos botones superiores desabrochados, lo que dejaba a la vista un poco de vello, que asomaba como briznas de hierba bajo el manto blanco inmaculado de su camiseta. Por suerte, había abandonado la moda de los años cincuenta y se había quitado la pajarita. Llevaba una corbata de seda negra con rayas también negras, que le colgaba del cuello suelta; unos pantalones de vestir negros, bastante ajustados, y unos zapatos asimismo negros brillantes y acabados en punta.
En resumen, El Profesor estaba bebido, pero iba impecable.
—¿Profesor?
Él dejó de reír en seco y se volvió hacia Candy. Al verla, le dedicó una amplia sonrisa. Parecía contento de verla. Demasiado contento.
—Señorita White, ¿a qué debo este inesperado placer? —Le cogió la mano y se la llevó a los labios, donde la retuvo demasiado tiempo.
Candy frunció el cejo. La verdad era que no parecía bebido, pero estaba comportándose de un modo extraño, demasiado amistoso, seductor incluso, sin duda a causa del alcohol. (O eso o había recibido un trasplante de personalidad de alguien encantador, pongamos por caso, Daniel Craig).
—¿Podrías ayudarme a conseguir un taxi? Tengo que volver a casa —dijo ella y retiró la mano mientras disimulaba una mueca por lo absurdo de su excusa.
—Por ti haría cualquier cosa, señorita White. Y lo digo en serio. ¿Puedo invitarte a una copa antes? —preguntó sonriendo, mientras se sacaba un fajo de billetes del bolsillo y se los daba al camarero.
—No, gracias, ya tengo una —respondió Candy, sacudiendo el smoothie bajo la nariz de Albert.
El camarero miró con escepticismo el estridente vaso de polietileno, pero se limitó a cobrar sin hacer comentarios.
—¿Por qué estás bebiendo eso? ¿Marida bien con el cuscús?—Albert volvió a reír, pero al ver que Candy se mordía el labio inferior, se detuvo en seco.
Algo bruscamente, le pasó el pulgar por el labio para que dejara de mordérselo.
—Para. No quiero que te hagas sangre. —Y sujetándole la cara con las manos, le acercó la suya. Estaban muy cerca. Demasiado cerca—. Lo del cuscús era una broma.
Candy aún estaba recuperándose de la impresión de haber tenido el pulgar de Albert entre los labios.
—Supongo que no ha tenido gracia. No es divertido reírse de la pobreza de la gente. Y tú eres una niñita muy dulce.
Ella apretó los dientes, preguntándose cuánto tiempo iba a aguantar aquella actitud condescendiente antes de largarse y dejarlos —a él y a su polla— en las garras de Eliza.
—Profesor, yo…
—Estaba hablando con alguien. La conoces. Es una auténtica zorra. —La mirada embriagada de Albert barrió la sala antes de volver a centrarse en ella—. Se ha largado. Me alegro, es una bruja.
Candy asintió. Y sonrió.
—Te miró como si fueras basura, pero yo la puse en su sitio. Si vuelve a molestarte, la expulsaré. Todo irá bien, ya lo verás.
Volvió a acercar su cara a la de ella y se pasó la lengua por sus labios perfectos muy lentamente.
—No deberías estar en un sitio como éste. Ya deberías estar durmiendo en tu camita lila, enroscada como un gatito. Un precioso gatito con grandes ojos verdes. Me encantaría acariciarte.
Candy levantó las cejas.
«¿De dónde saca esas ideas?».
—Ejem, sí, es verdad. Tengo que irme a casa ahora mismo. ¿Sales conmigo y me ayudas a parar un taxi? ¿Por favor, profesor?—Señaló hacia la salida, tratando de mantener una prudente distancia entre los dos.
Él cogió su gabardina inmediatamente.
—Lo siento. El jueves tuviste que volver sola. No volverá a ocurrir. Vamos, te llevaré a casa, gatita.
Le ofreció el brazo a la manera tradicional y Candy se cogió de él, preguntándose quién guiaba a quién. Al llegar a la calle, Ethan los estaba esperando con un taxi. Al verlos acercarse, les abrió la puerta trasera.
—Señorita White —susurró Albert, apoyándole una mano en la parte baja de la espalda.
—Pensándolo mejor, creo que iré andando —contestó ella, tratando de alejarse.
Pero él insistió, igual que Ethan, éste probablemente porque quería librarse de ellos antes de que Albert decidiera que quería seguir bebiendo y lo derribara de un puñetazo. No deseando causarle problemas a Ethan y para huir de Eliza, ese Gollum que podía aparecer en cualquier momento reclamando su tesoro, Candy se metió en el taxi y se deslizó por el asiento hasta el extremo opuesto.
Albert entró tras ella. Candy trató de no respirar por la nariz para no embriagarse con los efluvios de todo el whisky escocés que había consumido. Ethan le dio un billete al taxista y cerró la puerta del taxi, despidiéndose de Candy con la mano.
—Al edificio Manulife —indicó Albert.
Ella estaba a punto de corregirlo y dar su dirección, cuando él la interrumpió:
—No has venido a Lobby a beber.
Sus ojos, que la estaban examinando de arriba abajo, se detuvieron en sus rodillas, que asomaban bajo los rotos del pantalón.
—Mala suerte. Estaba en el lugar inadecuado en un momento inoportuno.
—No lo creo —susurró él, con una sonrisita en los labios—. Creo que tienes muy buena suerte. Y ahora que te he encontrado, yo también la tengo.
Candy suspiró. Era tarde para decirle al taxista que dieran la vuelta. Ya estaban circulando en dirección contraria. Iba a tener que asegurarse de que El Profesor llegaba a casa sano y salvo y después volver a su apartamento andando. Negando con la cabeza, dio un largo sorbo al smoothie.
—¿Me estabas espiando? —preguntó él, mirándola con desconfianza—. ¿Te pidió Anny que lo hicieras?
—Claro que no. Volvía a casa de la biblioteca y te he visto por la ventana.
—¿Me has visto y has decidido entrar a hablar conmigo?—preguntó Albert, sorprendido.
—Sí —mintió Candy.
—¿Por qué?
—Sólo conozco a dos personas en Toronto. Tú eres una de ellas.
—Es una pena. Supongo que la otra es Archie.
Ella lo miró de reojo, pero no respondió.
—Follaángeles.
Candy frunció el cejo.
—¿Por qué lo llamas así?
—Porque eso es lo que es. O, para ser más exactos, lo que quiere ser. Pero tendrá que pasar por encima de mi cadáver. Ya puedes decírselo. Dile que si quiere follarse al ángel, que se atenga a las consecuencias.
Ella alzó una ceja ante su comportamiento medieval y su lenguaje procaz. Lo había visto borracho anteriormente, por supuesto, y sabía que en esos momentos alternaba episodios de absoluta lucidez y otros de completa locura.
«¿Y cómo se las arregla uno para follar con un ángel? Los ángeles son criaturas inmateriales, espirituales. ¡No tienen genitales, Albert! Eres un especialista en Dante, pero estás chalado».
No tardaron mucho en llegar al bloque de pisos. Cuando el taxi se detuvo, ambos salieron a la vez. El apartamento de Candy no estaba lejos, a unas cuatro manzanas, y no tenía dinero para un taxi, así que se despidió de Albert con una sonrisa, le deseó buenas noches y se volvió, dándose una figurada palmadita en la espalda de parte de Anny. Luego el smoothie y ella iniciaron la caminata de vuelta a su apartamento.
—He perdido las llaves —le llegó la voz de Albert, que se estaba cacheando, apoyado precariamente en una palmera de plástico—. Pero ¡he encontrado las gafas! —Le mostró su montura dorada de Prada.
Candy cerró los ojos y respiró hondo. Quería dejarlo e irse. Quería delegar la responsabilidad de su bienestar en otro buen samaritano, a ser posible algún vagabundo que pasara por allí. Pero cuando vio su expresión confusa y que empezaba a deslizarse hacia el suelo, arrastrando consigo a la pobre palmera, con maceta y todo (una pobre palmera de plástico que no le había hecho daño a nadie en toda su vida), supo que no podía hacerlo.
Albert había sido el niño de Pauna en otra época y ella no podía dejar abandonado a ese niño. En el fondo de su corazón, Candy sabía que la amabilidad, por pequeña que fuera, nunca se perdía.
«Ni siquiera es capaz de encontrar las llaves, por el amor de Dante». Suspirando, Candy tiró el vaso a una papelera cercana.
—Vamos —dijo, rodeándole la cintura con un brazo. Hizo una mueca cuando él le rodeó a su vez los hombros y le dio un apretón con demasiada familiaridad.
Entraron en el vestíbulo inclinándose como un galeón en una tormenta. El conserje los vio y los dejó entrar, abriendo la puerta desde su puesto con el automático. Cuando llegaron al ascensor, el whisky pareció castigar a Albert con más fuerza. Permaneció con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, gruñendo de vez en cuando.
Candy aprovechó el momento para buscar las llaves en sus bolsillos. En cuanto consiguió arrancarle de las manos su preciada gabardina Burberry, las encontró en seguida.
—Me has buscado en un bar y me has llevado a casa, gatita traviesa. Pensaba que no te llevabas a casa a hombres que habías conocido en bares.
Incluso estando borracho, el profesor Ardley seguía siendo un idiota.
—No te he llevado a mi casa, profesor. Te he acompañado a la tuya para ayudarte. Pero como sigas comportándote así, voy a soltarte y te caerás —murmuró ella, cada vez más enfadada.
Tras varios intentos, Candy dio con la llave y abrió la puerta. Lo ayudó a entrar y sacó la llave de la cerradura. Estaba a punto de dejarlo allí, cuando él murmuró que se estaba mareando. Se lo imaginó ahogándose en su propio vómito, muerto en el baño, solo y sin amigos, como una estrella del rock en horas bajas, y decidió quedarse. Esperaría hasta que estuviese en la cama y se aseguraría de que no vomitara (y se ahogara). Dejó las llaves y la gabardina sobre el mueble del recibidor. Luego se quitó el abrigo y lo puso encima de su maletín.
Albert estaba apoyado en la pared, con los ojos cerrados, así que no había peligro de que se diera cuenta de que seguía llevando su jersey, como si fuera una adolescente enamorada.
—Vamos, profesor.
Candy lo apoyó en su hombro y lo ayudó a recorrer el pasillo.
—¿Adónde me llevas? —preguntó él, abriendo un ojo.
—A la cama.
Albert se echó a reír, se apoyó en la pared y separó las piernas para mantener el equilibrio.
—¿Qué te parece tan gracioso?
—Tú, señorita White —respondió en un ronco susurro—. Me llevas a la cama y ni siquiera me has besado. ¿No crees que deberíamos empezar con algún que otro beso? Luego podríamos hacer manitas un par de noches en el sofá y a partir de allí ya pasaríamos a la cama. Ni siquiera he tenido la oportunidad de acariciarte, gatita traviesa. Eres virgen, no lo olvides.
Candy se enfureció, especialmente por el último comentario.
—Tú no has hecho manitas en tu vida. Y no te llevo a la cama, idiota. Te acompaño hasta allí para que puedas dormir la mona. Vamos, basta de cháchara.
—Bésame, Candice. Dame un beso de buenas noches. —Albert la estaba mirando fijamente. Su voz se había convertido en un murmullo aterciopelado—. Y te prometo que luego me iré a la cama como un niño bueno. Y tal vez, si te portas bien, dejaré que tú te acurruques a mi lado como una gatita buena.
Ella ahogó una exclamación. En ese momento no parecía borracho. Tenía un aspecto bastante lúcido y la estaba acariciando con la mirada, deteniéndose más tiempo del necesario en la zona del pecho. Albert se pasó la lengua por los labios.
«Ahora viene la sonrisa seductora… Va a llegar en cinco, cuatro, tres, dos, uno… ahí está». (Menos mal que en su actual estado de ánimo, Candy era inmune a las sonrisas derretidoras).
Soltándolo inmediatamente, dio un paso atrás y apartó la vista. No podía permitírselo. Mirarlo directamente cuando sonreía era como mirar el sol sin protección. Albert dio un paso hacia ella. La espalda de Candy chocó contra la otra pared del pasillo. Estaba atrapada. Él se acercó un poco más.
Candy abrió mucho los ojos. La estaba acechando. Y parecía hambriento.
—Por favor… no… no me hagas daño.
Albert frunció el cejo, levantó las manos y le sujetó la barbilla para que lo mirara directamente a los ojos, que le brillaban atrevidos.
—Nunca —dijo y la besó.
En cuanto sus labios entraron en contacto, Candy perdió la capacidad de razonar y se sumergió en las sensaciones. Nunca había sido tan consciente de su físico como en ese momento. La energía que había perdido su mente la ganó su cuerpo. Notó que los labios de Albert apenas se movían. Eran unos labios cálidos, húmedos y sorprendentemente suaves. No sabía si la estaba besando así por la borrachera. Era como si sus bocas se hubieran quedado pegadas. Como si su conexión, tan real como intensa, no pudiera romperse ni por un segundo. Candy no se atrevía a moverse por miedo a que él la soltara y no volviera a ser besada así nunca más en toda su vida.
Él se apoyó en ella con suavidad pero con firmeza, mientras le acariciaba las mejillas con las manos. No abrió la boca, pero el sentimiento que circuló entre ellos fue muy intenso. Candy notó el latido de su corazón en sus oídos, sintió que se ruborizaba y que le aumentaba la temperatura en todo el cuerpo. Se acercó un poco más a él, eliminando la separación que quedaba entre los dos y rodeándole la espalda con los brazos. Percibió la tensión de sus músculos debajo de la camisa y su corazón latiendo contra su pecho. Pero la trataba con demasiado cuidado, con demasiada delicadeza… Ella quería más, mucho más.
No supo cuánto tiempo pasó desde que empezaron a besarse, pero cuando Albert se apartó, a Candy le daba vueltas la cabeza. Había sido algo trascendente. Emocional. Durante unos instantes, había logrado satisfacer su deseo más profundo. Había sido un momento real y muy emotivo que le había provocado una marea de recuerdos y de sueños del huerto de los manzanos. Pero ese beso no se lo había imaginado. La chispa, la atracción, habían vuelto a la vida. Se preguntó si él habría sentido lo mismo. Tal vez a esas alturas de su vida ya era inmune a esos sentimientos.
—Preciosa Candice —murmuró Albert, tambaleándose—, dulce como un caramelo.
Se pasó la lengua por los labios como si la estuviera saboreando. Cualquier rastro de lucidez había desaparecido. Con los ojos cerrados, se desplomó contra la pared, a punto de desmayarse.
Cuando Candy recobró el juicio, cosa que le llevó más de un minuto, lo arrastró hacia la habitación. Todo habría acabado bien si en ese momento él no le hubiera vomitado encima. De ella y del precioso y carísimo jersey de cachemira. Cuando acabó, el verde coche de carreras inglés había dado paso a otro tipo de verde.
Ella ahogó un grito y reprimió sus propias náuseas ante la visión y el olor. Tenía el estómago muy delicado.
«¡Lo tengo hasta en el pelo! Oh, dioses de las buenas samaritanas, ¡ayudadme, rápido!».
—Lo siento, Candice. Siento haber sido un mal chico —se disculpó Albert.
Su voz le recordó a la de un niño pequeño.
Ella contuvo el aliento y negó con la cabeza.
—No pasa nada. Vamos. —Lo arrastró hasta el cuarto de baño y logró que se arrodillara ante el váter antes de la siguiente erupción estomacal.
Mientras vomitaba, Candy se tapó la nariz con dos dedos y miró a su alrededor intentando distraerse. El cuarto de baño era elegante y muy espacioso. ¿Había una bañera donde cabían cómodamente dos personas o más? Correcto. ¿Una ducha para dos personas con una decadente función de lluvia tropical? Correcto. ¿Toallas blancas, grandes y esponjosas, perfectas para recoger vómito? Correcto.
Cuando Albert acabó, ella le ofreció una toalla pequeña pero absorbente para que se secara la cara. Él gruñó e ignoró su ofrecimiento, así que Candy se inclinó hacia él y lo limpió con delicadeza antes de darle un vaso de agua para que se enjuagara la boca.
Luego se lo quedó mirando. A pesar del desastre que había sido su familia y de su miedo al matrimonio, a veces se preguntaba cómo sería tener un bebé, un niño o una niña que se parecieran a ella y a su marido. Mirando a Albert, que seguía fatal, se imaginó lo que supondría ser madre y cuidar de un niño enfermo. La vulnerabilidad de Albert le llegaba al alma. Sólo la había presenciado una vez anteriormente, no hacía tanto, en su despacho, cuando había llorado por la muerte de Pauna.
«Pauna se alegraría de saber que estoy cuidando de su hijo».
—¿Estarás bien si te dejo solo un minuto? —preguntó, apartándole el cabello de la frente.
Él volvió a gruñir, sin abrir los ojos, y Candy lo interpretó como un sí.
Pero le costó separarse de él. Mientras Albert gemía, ella siguió acariciándole el pelo y hablándole como si fuera un bebé.
—Está bien, Albert. Todo está bien. Siempre he querido cuidar de ti, preocuparme por ti, aunque tú nunca te preocupes por mí.
Cuando se convenció de que podía dejarlo solo unos minutos, fue a su dormitorio y rebuscó en sus cajones en busca de algo, cualquier cosa que pudiera ponerse. Resistiéndose al impulso de registrar el cajón de la ropa interior en busca de un trofeo que llevarse a casa —o que vender en eBay—, se apoderó de los primeros calzoncillos tipo bóxer que encontró. Eran negros y estaban decorados con el escudo del Magdalen College. Le pareció que eran demasiado pequeños para el trasero bien formado de Albert.
«Hasta su ropa interior es pretenciosa», pensó, buscando una camiseta.
En el cuarto de baño de invitados se quitó la ropa sucia, se metió en la ducha para lavarse el pelo de vómito y se puso su ropa.
Luego trató de limpiar un poco el desastre del jersey de cachemira. Lo lavó lo mejor que pudo en el lavabo. Después lo dejó en la encimera de mármol para que se secara. Albert ya decidiría más tarde si quería llevarlo a la tintorería (o quemarlo). Candy cogió el resto de su ropa, la metió en la lavadora y volvió al cuarto de baño del dormitorio.
Albert estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, las rodillas dobladas ante el pecho y la cara escondida en las manos. Seguía gimiendo.
Candy limpió el váter rápidamente y se arrodilló a su lado. No le gustaba la idea de dejarlo vestido con la ropa sucia de vómito, pero tampoco tenía ganas de desnudarlo. Probablemente él la acusaría de acoso sexual o algo parecido. Y no le apetecía enfrentarse a un profesor Ardley ebrio y furioso. O a un profesor Ardley sobrio y furioso. Como un dragón, podía revolverse y atacar si creía que alguien le estaba tirando de la cola.
—Albert, te has manchado de vómito, ¿me entiendes? ¿Quieres quedarte así o…? —Dejó la frase sin acabar.
Él negó con la cabeza y trató de quitarse la corbata. Por supuesto, con los ojos cerrados no tuvo mucho éxito. Candy le aflojó el nudo con delicadeza y se la sacó por encima de la cabeza. La lavó con agua y la dejó en el mármol. También iba a tener que llevarla a la tintorería.
Mientras ella estaba de espaldas, él trató de desabrocharse la camisa, pero era mucho más difícil de lo que había previsto, por lo que empezó a blasfemar y a tirar de la tela, casi arrancando los botones.
Candy suspiró.
—Déjame a mí.
Volvió a arrodillarse a su lado, le apartó las manos y le desabrochó los botones con facilidad.
Albert sacó los brazos de las mangas y luego se quitó la camiseta por encima de la cabeza. Desorientado como estaba, fue incapaz de acabar de hacerlo y permaneció allí, con la camiseta enrollada alrededor de la cabeza, como un turbante.
La imagen era divertida y Candy tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír. Deseó tener el móvil a mano para sacarle una foto. Le habría encantado usarla como fondo de pantalla. O como avatar, si alguna vez necesitaba uno. Liberándolo de la camiseta con delicadeza, se sentó sobre los talones y ahogó una exclamación.
El pecho desnudo de Albert era impresionante. Todo su torso era un estudio de perfección. Tenía los brazos grandes y musculados. Los hombros anchos y unos pectorales bien tonificados. Cuando iba vestido, parecía mucho más esbelto, pero no había nada esbelto en el hombre que tenía delante. Absolutamente nada.
Tenía también un tatuaje y eso sí que fue toda una sorpresa. Había visto fotos de Anthony y de Albert sin camiseta —fotos tomadas durante vacaciones de verano antes de que Candy se mudara a Selinsgrove— y habría jurado que no tenía ningún tatuaje en esas fotos. Así que era uno reciente, hecho en los últimos seis o siete años.
Se extendía por la parte izquierda de su pecho, le cubría el pezón y parte del esternón. Mostraba un dragón medieval que rodeaba un corazón de grandes dimensiones, desgarrándolo con sus zarpas. El corazón era muy realista, nada estilizado, y las garras del dragón se hundían en él con tanta saña que lo hacían sangrar abundantemente.
Candy se quedó mirando embobada la perturbadora imagen. El animal era verde y negro, con una cola con púas, grandes alas abiertas y escupía fuego por la boca. Pero lo que más le llamó la atención fueron las letras negras escritas sobre el corazón: MAIA. ¿Un acrónimo? ¿O sería Maia, un nombre propio?
Candy no tenía ni idea de quién podía ser Maia o de qué podía ser MAIA. Nunca había oído ese nombre en casa de los Clark. Por otra parte, no le parecía nada propio de Albert hacerse un tatuaje. El que ella había conocido y el que estaba empezando a conocer esos días nunca se haría uno, y menos uno tan grande e inquietante.
«¿Lleva un tatuaje como ése debajo de la ropa pero se pone pajarita? ¿Con un jersey?».
Candy se preguntó qué otras sorpresas acechaban en la superficie de su piel y, sin querer, sus ojos se desplazaron más abajo. Incluso estando sentado, tenía los abdominales bien marcados, igual que una uve que nacía de sus caderas y se perdía bajo los pantalones de lana.
«Joder. El Profesor debe de entrenar. Mucho. He cambiado de idea. Quiero una foto de sus abdominales como fondo de pantalla».
Ruborizándose, apartó la vista. No estaba bien que lo mirase de esa manera. No le gustaría que alguien hiciera lo mismo con ella, especialmente si no se encontraba bien. Sintiéndose culpable, recogió la ropa sucia y la toalla que había usado para limpiar la alfombra persa del dormitorio y lo llevó todo al lavadero. Lo metió en la lavadora, junto con la ropa de ella, llenó la cubeta del detergente y la puso en marcha. Al pasar por la cocina, cogió una jarra de agua filtrada y un vaso.
En su ausencia, Albert había conseguido arrastrarse hasta la impresionante cama cubierta con una colcha de seda, que ocupaba el centro de la habitación. Candy lo encontró sentado en el borde de la misma, descalzo y vestido sólo con unos bóxers negros, con el pelo muy alborotado.
«¡Madre de Dios!».
Aunque probablemente no había nada más excitante en el universo que la visión de Albert semidesnudo sentado en la cama, Candy apartó la vista y dejó el agua en la mesita de noche. Quería preguntarle cómo se encontraba, pero pensó que tal vez debería darle un momento de respiro. Así que se apartó y miró a su alrededor. Y lo que vio la dejó asombrada.
La afición de Albert por las fotografías en blanco y negro se hacía patente también allí. En tres de las cuatro paredes había un par de fotos. Eran muy grandes, enmarcadas en impresionantes marcos negros. Sin embargo, lo más sorprendente era el contenido.
Eran fotos eróticas, fotografías de desnudos, básicamente femeninos, aunque en algunas de ellas aparecían un hombre y una mujer juntos. Los rostros y los genitales no se veían en ninguna, o bien estaban difuminados o en sombras. Eran fotografías elegantes, hechas con muy buen gusto y estéticamente bonitas. A Candy no le parecieron obscenas, pero eran muy sensuales, mucho más sofisticadas que las fotografías pornográficas y también mucho más excitantes.
Una de ellas mostraba a una pareja de perfil. Estaban cara a cara, sentados en una especie de banco. Tenían los torsos pegados y él tenía las manos enredadas en la melena rubia y larga de ella.
Candy se ruborizó mientras se preguntaba si la foto habría sido tomada antes, después o mientras la pareja hacía el amor.
En otra se veía la espalda de una mujer y dos manos masculinas. Una de éstas sujetaba a la mujer por el centro de la espalda. La otra la agarraba por el culo. En la cadera derecha de la mujer se veía un tatuaje, pero eran letras árabes y Candy no entendió lo que decían.
Las dos fotos más grandes colgaban sobre el cabecero de la cama.
Una de ellas retrataba a una mujer tumbada boca abajo. La forma de un hombre flotaba sobre ella casi como si se tratara de un ángel oscuro. Mientras le apoyaba la mano en la parte baja de la espalda, le daba un beso en el hombro. Le recordó la escultura de Rodin conocida como El sueño o El beso del ángel y se preguntó si el fotógrafo se habría inspirado en esa obra.
La otra fotografía la dejó sin respiración. Era la más abiertamente erótica y Candy sintió un gran rechazo por su crudeza y agresividad. Era una visión lateral de una mujer tumbada boca abajo. Sólo se le veía desde el torso hasta la rodilla y sobre ella se cernía parte de una figura masculina. El hombre le agarraba la cadera y la nalga izquierdas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, mientras presionaba sus propias caderas contra la curva del trasero de la mujer. Él tenía un atractivo glúteo muy definido y dedos largos y elegantes.
Algo en la foto la hizo sentir tan incómoda que tuvo que dejar de mirarla.
¿Por qué querría tener nadie una foto así colgada en su habitación? Candy negó con la cabeza. Aunque, después de haber visto las fotografías, una cosa le había quedado clara: al profesor Ardley le gustaban los culos.
A juzgar por la decoración y por las obras de arte que adornaban su habitación, el dormitorio de Albert parecía tener una función muy definida: servir como caldero para su lujuria desatada. Él no hacía nada a la ligera, así que ése tenía que ser el efecto que quería conseguir, a pesar de la aparente frialdad tanto del apartamento como de su dueño. Ésta era una sensación glacial que desprendían no sólo las paredes color visón y las fotografías en blanco y negro, sino también la seda azul claro de las cortinas, la colcha y los escasos muebles.
Entre tanta sencillez, destacaba la enorme cama y su cabecero ricamente labrado, con columnas a los lados, y el pie de la cama, más bajo pero con una talla igual de intrincada.
«Medieval —pensó ella—. Qué adecuado».
Pronto, algo aún más sorprendente que las fotografías captó su atención. Al ver lo que ocupaba la cuarta pared, la boca se le abrió sin poder evitarlo.
Al pie de la gran cama medieval de Albert, desentonando bastante entre las fotografías eróticas en blanco y negro, vio un cuadro prerrafaelita a todo color. Los vivos y gloriosos tonos pertenecían a una reproducción a gran escala del cuadro de Dante y Beatriz de Henry Holiday, el mismo cuadro que colgaba junto a la cama de ella.
Se volvió hacia Albert y luego miró el cuadro de nuevo. Él podía verlo desde la cama. Se lo imaginó quedándose dormido cada noche contemplando el rostro de Beatriz. Era la última imagen que veía cada noche y la primera que vislumbraba por las mañanas. No sabía qué tenía ese cuadro para Albert. Él era la razón por la que ella lo había comprado. ¿Sería ella la razón por la que lo había comprado él?
La idea la hizo estremecer. No importaba quién entrara en su dormitorio. No importaba qué chica fuera a calentarle la cama, Beatriz siempre estaba allí, siempre estaba presente.
Pero Albert no recordaba que ella era Beatriz.
Sacudiendo la cabeza para librarse de esa idea, se acercó a él y lo convenció de que se tumbara en la cama. Luego lo cubrió con la sábana y el edredón de seda y le remetió los bordes por debajo, a la altura del pecho. A continuación se sentó a su lado. Albert la estaba mirando.
—Estaba escuchando música —murmuró, como si hubieran dejado una conversación a medias y la estuviera retomando.
—¿Qué tipo de música? —preguntó Candy, algo confusa.
—Hurt, de Johnny Cash. Una y otra vez, sin parar.
—¿Por qué escuchas esas cosas?
—Para recordar.
—Oh, Albert. ¿Por qué?
Candy parpadeó para no llorar. Ésa era la única canción de Trent Reznor que podía escuchar sin sentir náuseas, pero siempre la hacía llorar.
Albert no respondió.
Candy se inclinó sobre él.
—¿Albert? Cariño, no vuelvas a escuchar ese tipo de música, ¿me lo prometes? Ni «Lacrimosa», ni a los Nine Inch Nails. Sal de la oscuridad. Camina hacia la luz.
—¿Dónde está la luz? —murmuró él.
Ella respiró hondo.
—¿Por qué bebes tanto?
—Para olvidar.
Albert cerró los ojos.
De ese modo, Candy podía contemplarlo y admirarlo. Debió de ser un adolescente muy dulce, con esos grandes ojos azules, unos labios que pedían a gritos ser besados y aquella mata de pelo rubio tan sexy. Podría haber sido un chico tímido en vez de un chico triste y agresivo. Podría haber sido noble y bueno.
Si Candy y él no se hubieran llevado tantos años de diferencia, tal vez la habría besado en el porche de su padre, la habría llevado al baile de promoción y le habría hecho el amor por primera vez sobre una manta bajo las estrellas, en el viejo huerto de manzanos. En un universo perfecto, ella habría podido ser la primera.
Candy se preguntó cuánto dolor podría soportar una alma humana —la suya en concreto— sin marchitarse por completo y se levantó para marcharse. Una mano cálida salió disparada de debajo de las sábanas y la sujetó con fuerza.
—No me dejes —le suplicó él con un hilo de voz. Sus ojos, entornados, le estaban suplicando que se quedara—. Por favor, Candice.
Sabía quién era y quería que se quedara. A juzgar por su voz y su mirada, no sólo lo quería, lo necesitaba. No podía negarse.
Candy le dio la mano y volvió a sentarse a su lado.
—No voy a dejarte. Duérmete. Hay luz a tu alrededor. Mucha luz.
Una sonrisa apareció en los labios perfectos de Albert. Lo oyó suspirar, aliviado. La mano con que la agarraba se relajó. Candy inspiró hondo, retuvo el aire y, suavemente, le acarició las cejas con un dedo. Al comprobar que él no abría los ojos ni hacía ninguna mueca, se las siguió acariciando; primero una, luego la otra. Su madre se lo había hecho alguna vez, cuando ella no podía dormir de niña. Pero de eso hacía mucho tiempo. Había sido antes de que la abandonara para ocuparse de otros asuntos más importantes.
Albert seguía sonriendo y eso le dio ánimos para mover la mano hasta su pelo. El tacto de sus mechones alborotados le trajo recuerdos de un día en una granja de la Toscana durante el año que pasó en el extranjero. Un niño italiano la había llevado a ver los campos y Candy había acariciado las puntas de las espigas con la palma de la mano. El pelo de Albert era suave como una pluma, o como las susurrantes espigas italianas.
Le acarició el pelo, como debió de hacerlo Pauna en el pasado.
Albert permitió que le acariciara también la mejilla, que le trazara la angulosa línea de la barbilla y le rascara suavemente la barba que le empezaba a salir. Le resiguió el leve hoyuelo de la barbilla y volvió a subir la mano para rozarle los pómulos, altos y nobles. Nunca volvería a estar tan cerca de él. Si estuviera despierto, no le permitiría tocarlo de esa manera. Estaba segura de que primero le habría mordido la mano y luego la yugular.
Su pecho perfecto subía y bajaba rítmicamente. Se había dormido.
Se quedó contemplando su cuello, los músculos de los hombros y de la parte superior de los brazos, las clavículas y la parte superior del pecho. Si hubiera estado pálido, le habría recordado a una estatua romana tallada en mármol blanco. Pero aún conservaba el rastro del bronceado del verano anterior y su piel parecía dorada a la luz de la lámpara.
Candy se besó dos dedos y los colocó sobre sus labios entreabiertos.
—Ti amo, Dante. Eccomi Beatrice. —Te quiero, Dante. Soy yo, Beatriz.
En ese preciso momento, sonó el teléfono fijo de Albert.
Candy dio un brinco. El teléfono sonaba muy fuerte y Albert estaba empezando a moverse. El horrible ruido estaba perturbando su descanso, así que Candy respondió:
—¿Diga?
—¿Quién demonios es? —quiso saber una voz de mujer, aguda y sorprendida.
—Es la residencia de Albert Ardley. ¿Quién llama?
—¡Karen llama! ¡Que se ponga Albert!
El corazón de Candy se aceleró y luego se saltó un latido antes de desbocarse. Levantándose, se llevó el terminal inalámbrico hasta el cuarto de baño y cerró la puerta.
—Ahora mismo no puede ponerse. ¿Es alguna emergencia?
—¿Qué quiere decir que no puede? Dígale que soy Karen y que quiero hablar con él.
—Bueno, es que está indispuesto.
—¿Indispuesto? Escucha bien, puta, dale la vuelta y ponle el teléfono en la mano. Llamo desde…
—Ahora no puede hablar. Haga el favor de llamar mañana.—Candy apretó el botón y cortó la comunicación, interrumpiendo el torrente de furiosas palabras de la mujer y sintiéndose profundamente asqueada.
«Es demasiado exigente para ser un rollo ocasional. Debe de ser su amante oficial. Se habrá puesto furiosa al oírme contestar. Tal vez se enfade tanto que rompa con él».
Candy hizo una mueca. ¿Por qué tenía siempre tan mala suerte? Se quitó la toalla de la cabeza y la puso a secar. Luego regresó al dormitorio y dejó el teléfono en su sitio. No se iría a casa porque le había prometido a Albert que no lo dejaría solo, pero dormiría en la habitación de invitados.
De repente, él abrió los ojos y la miró fijamente.
—Beatriz —susurró, alargando la mano hacia ella.
Candy empezó a temblar convulsivamente.
—Beatriz —susurró él de nuevo, sin rastro de duda en sus ojos azules.
—¿Albert? —sollozó ella.
CONTINUARA
Holaa, les copiare las canciones solo en español, la letra es muy linda y les recomiendo que la busquen en you tube, los capitulos son larguisimos pero eso no me molesta, al contrario me gustan porque no aburren, me da pesar leer que el pobre Albert vive en un infierno, esa tal Karen se ve que es mala, y Maia quien sera?
Por ahi leei que Terry le hubiera quedado mejor el papel del protagonista, no lo creo, fisicamente si podria ser, porque son muy parecidos, pero este hombre creo que nos sorprendera mas adelante, la forma en que cuida de ella y la proteje como lo hacia Albert, aparte que es 10 años mayor.
Abrazos.
Aby.
Letra Far Far de Yael Naim en español (traducción)
lejos, lejos, hay una niña
Ella estaba orando para que algo le suceda
Todos los días, ella escribe palabras y más palabras
Sólo para hablar de los pensamientos que mantiene flotando en el interior.
Y ella es fuerte cuando los sueños vienen porque ellos '
la llevan, la cubren, son todos suyos.
La realidad se ve lejana ahora, pero no se va
¿Cómo puede mantenerse fuera?
Hay un desorden en el interior hermosa
¿Cómo puede mantenerse fuera?
Hay un hermoso desorden en el interior
Oh oh oh oh
lejos, lejos, hay una niña
Ella estaba orando para que algo bueno le suceda
De vez en cuando hay colores y formas
Deslumbrando sus ojos, cosquilleando sus manos
Inventan ella un nuevo mundo con
Aceite de los cielos y ríos acuarela
Pero no te escapas ya
Por favor, no van oh oh
¿Cómo puede mantenerse fuera?
Hay un desorden en el interior hermoso
¿Cómo uno se queda afuera?
Hay un desorden en el interior hermoso
Tome una profundo respiro y buceo
Hay un desorden en el interior hermoso
¿Cómo puede mantenerse fuera?
Hay un lío hermoso,
Lío precioso por dentro.
Oh hermosa, hermosa
Lejos lejos está esta niña
Ella estaba orando por algo grande a suceder a su
Todas las noches se escucha una extraña música hermosa
Está en todas partes no hay ningún lugar para esconderse
Pero si se desvanece le ruega
"Oh Señor no lo tome de mí, no lo tome, dice '
Supongo que tendrá que dar a luz
Para dar a luz
Supongo que, supongo, supongo que tengo que dar a luz
Supongo que tengo que hacerlo, tiene que dar a luz
Hay un desorden en el interior hermoso y está en todas partes
Así que sacuda usted mismo ahora en el interior
Más profunda de lo que nunca se atrevió
Más profunda de lo que nunca se atrevió
Hay un desorden en el interior hermosa
hermoso desorden en el interior
Johnny Cash - Sufrimiento.
Hoy me hago daño,
para ver si sigo sintiendo.
Me concentro en el dolor,
la única cosa que es real.
La aguja hace un agujero,
el viejo pinchazo de siempre.
Intento acabar con ello del todo,
pero me acuerdo de todo.
¿En qué me he convertido,
mi más dulce amigo?
Todas las personas que conozco,
al final se van.
Y podrías tenerlo todo,
mi imperio de basura.
Te decepcionaré,
te haré sufrir.
Llevo esta corona de espinas,
sobre mi trono de mentiroso.
Lleno de pensamientos rotos
que no puedo arreglar.
Bajo las manchas del tiempo,
los sentimientos desaparecen.
Tú eres otra persona,
yo todavía sigo estando aquí.
¿En qué me he convertido,
mi más dulce amigo?
Todas las personas que conozco,
al final se van.
Y podrías tenerlo todo,
mi imperio de basura.
Te decepcionaré,
te haré sufrir.
Si pudiera empezar de nuevo,
a millones de millas de aquí.
Me mantendría alejado del resto,
encontraría una manera.
