Capítulo 33

-Vas a estar bien ¿De acuerdo? - dijo intentando tranquilizar a la joven - No permitiremos que te pase nada, ahora estás a salvo.

La joven peliazul se intentó tranquilizar, pero las lágrimas brotaban de sus ojos aunque ella no lo desease.

-Yo, haré aquello que haga a mi padre sentirse orgulloso - dijo mientras se secaba las lágrimas - No seré débil, no permitiré que ellos ganen.

Sabo sonrió, la princesa Vivi era mucho más fuerte de lo que parecía a simple vista. Alguien de su condición estaría totalmente devastada ante la pérdida de su padre, pero ella aún así se había conseguido levantar y mantener la cabeza fría. Sabo pensó que será una gran gobernante.

-Princesa Vi... Perdón, reina Nefertari - se corrigió a sí mismo - Debe marcharse a donde le he indicado con anterioridad, la batalla se pondrá peligrosa y es mejor que usted permanezca en un lugar seguro.

-No - dijo ladeando la cabeza - No puedo permitirme esconderme, debo luchar.

-¿Tienes algún poder de alguna fruta del diablo? - escuchó decir a una segunda persona, una voz femenina para ser exactos - ¿O usas alguna arma?

-Soy buena con el látigo y trabajé durante un tiempo como espía - contestó con seguridad. Vivi era consciente de que no era una gran luchadora, pero algo era mejor que nada.

Se volteó para ver quién le había preguntado. La reconoció al instante.

Ese cabello rosa pálido y esos hermosos iris morados. Era la heredera al trono exiliada de Dressrosa si no recordaba mal, aquella descendiente de la Casa de los Donquixote.

-Si eres buena con el látigo entonces vete con con Koala y Hack, les hace falta una mano en la defensa de las naves - contestó con mucha indiferencia.

-Pero yo quiero ayudar a las personas que luchan aquí...

-¿Tienes la fuerza suficiente como para hacer frente al menos a un Vice-Almirante de la Marina?

-No...

-Entonces aquí molestas. Si quieres ser de ayuda ve con ellos, también es una tarea importante - contestó con un tono severo y autoritario.

La peliazul no debatió aquella contestación. Era cierto, iba a ser más una molestia que una ayuda en el campo de batalla.

-Mina - dijo el rubio dejando una gota de sudor caer tras su cabeza - Bueno, no te lo tomes a mal- retomó la conversación con Vivi de nuevo - Estamos en medio de un golpe de estado, así que estamos todos un poco nerviosos.

-No, lo entiendo - contestó ella ladeando la cabeza. Después la miró - Ella realmente tiene talento como General de un ejército.

-¿Hm?

-Da órdenes precisas a las personas necesarias, aprovechando al máximo los talentos de las personas. Además mantiene la calma a pesar de la situación tan caótica - sonrió - Ella podría haber sido una gran gobernante.

Sabo miró a su compañera. Era cierto, tal vez por su educación como parte de la realeza o por su experiencia en el campo de batalla, pero Mina tenía talento para dirigir masas. Su tono, a pesar de ser autoritario, no sonaba como una obligación, si no como un deber. Las personas obedecían sus órdenes sin importar nada y ella se aseguraba de no cometer fallos que perjudicaran al colectivo. Su mente además era calmada en situaciones de estrés y era de mano dura cuando tocaba.

Dragon ya lo había notado cuando la vio actuar, y tanto como él y sus compañeros la habían visto actuar en más de una situación. Sí, confiaba plenamente en su nakama. Él realmente tenía a los mejores compañeros.


Aquella situación era mala.

Aparentaba mantener la situación bajo control, pero por dentro a veces le era difícil seguir serena.

Tenía la esperanza de que si los esclavos se mezclaban con los reyes en estampida, los agentes del gobierno se lo pensarían un poco más al disparar, pero vio que ese no era el caso.

Aún así, habían conseguido mantener a salvo a centenares de esclavos de los Tenryubitos y llevarlos a los barcos que habían preparado.

Sorprendentemente, muchos de ellos habían decidido tomar las armas y alzarse junto a los revolucionarios. Bueno, era de esperarse, aquellos con valor estaban hartos de toda aquella vida infernal y deseaban tomar venganza por los actos mezquinos de los Dragones Celestiales.

-¡Mina!¡Estás a salvo! - escuchó decir a alguien.

Era Mjosgard. Mina se alertó.

-¿Qué haces aquí? ¡Si te ven conmigo te acusarán de traición!

El hombre rió.

-Oh vamos, no vais a perder, no tengo por qué irme con ellos.

-¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? En la guerra nunca se sabe, las tornas se pueden voltear en contra nuestro en cualquier momento.

Él continuó sonriendo.

-Porque Mina es fuerte.

Mina se sonrojó ligeramente.

-De verdad, dame un respiro... - chasqueó la lengua.

-¡Vaya! ¡Pensé que eras incapaz de hacer otra cara que no fuese esa mueca fingida o la inexpresividad completa!

-Tengo sentimientos ¿Sabes? - contestó de nuevo con rostro serio.

Mjosgard continuó riéndose. Esa chica era encantadora. La seguiría y protegería hasta el fin del mundo. Definitivamente comprendía a Doflamingo.

De pronto, Mina escuchó a Kaito luchar, era cierto, había dos Almirantes de la Marina, y ella debía salir a ayudar.

En ese instante, Fujitora y Ryoukugyu eran los que se encontraban. No era una situación nada fácil, luchar contra dos Almirantes de la Marina no era especialmente sencillo.

Pero lo cierto es que los cuatro revolucionarios igualaban sin dificultades la fuera de los Almirantes. Mina podía luchar al mismo tiempo tanto con Fujitora como con Ryoukugyu.

Ryoukugyu intentó embestir a Mina, pero ambos acabaron en medio de una demostración de fuerza física.

-Eres todo un monstruo ¿Eh, señorita? - intentó bromear el Almirante.

Mina no contestó. Era muy difícil hacerla enfadar gracias a su mente fría.

De pronto, todos sintieron una enorme presión en el cielo. Y de pronto, un calor abrasador cubrió la atmósfera.

Todos observaron una luz brillante que descendía a gran velocidad del cielo.

-Mierda, ese poder suyo - maldijo en voz baja Ryoukugyu.

-Imposible... - dijo Mina totalmente asombrada

-¿¡Estás de coña!? ¡Un puto meteorito! - Kota sonaba enfadado

-¡Oye oye! - exclamó Kaito - ¡Eso no sólo nos matará a nosotros! ¡Nadie en Marijoa, ni los Tenryubitos sobrevivirán! ¿¡Acaso eres idiota!?

Mina estaba sin palabras. Ese estúpido anciano había invocado un ENORME meteorito que definitivamente iba a impactar contra la tierra entera, matando a cualquier ser vivo.

Se puso al centro de sus compañeros, ninguno de los poderes de ellos tres podría destrozar aquel meteorito, así que sólo quedaba que ella lo intentara partir con su katana.

-¿Y Dragon-san? - preguntó Sabo.

Dragon estaba a pocos metros de ellos, también completamente horrorizado de aquella enorme bola de fuego, pero enseguida cambió a una cara totalmente decidida y confiada.

-Supongo que él no necesita nuestra ayuda- dijo el peligris mientras se encogía de hombros.

Los tres se acercaron lo más que pudieron a Mina, y ésta, al acercarse el meteorito, lo partió con toda su fuerza. Los restos del meteorito fueron destrozados gracias a la Akuma No Mi de Dragon y ya los poderes de sus compañeros, evitando bajas del lado revolucionario.

El impacto del resto del meteorito fue brutal, la tierra quedó completamente abrasada y destrozada. Mitad del castillo de Pangea fue derruido y la mitad de las residencias de los Tenryubitos quedaron reducidas a escombros.

-¡Issho! - exclamó Ryoukugyu enfadado - ¡Casi nos matas, ciego idiota!

-Lo lamento - contestó el Almirante con tranquilidad absoluta, provocando que todos los presentes dejaran caer una gota de sudor tras sus cabezas.


La lucha contra los Almirantes de la Marina continuaba desarrollándose mientras, al mismo tiempo, se intentaba ayudar a los heridos y guiar a los esclavos a los barcos de salvamento. Además, también había otros cuerpos de la Marina, pero ellos estaban más centrados en escoltar a los monarcas de los países afiliados al Gobierno Mundial.

Kaito miró a su alrededor. Realmente era un paisaje desolador, prácticamente al mismo nivel que su tierra natal.

Suspiró. Estaba cansado, muy cansado. Llevaba años luchando constantemente y sobreviviendo como podía, pero lo soportaba al pensar que sus momentos finales estaban por llegar.

Miró de reojo a sus nakamas. Tan solo vio a niños con rostros totalmente agotados, y no de la pelea contra los Almirantes, si no de la vida.

Mina, su nakama más joven, tenía una enormes ojeras debajo de sus hermosos ojos, fruto de un extremo cansancio y desgaste tanto físico como mental.

"Menudo desperdicio" pensó para si mismo.

Él era un amante de todas las mujeres, y desde su punto de vista, que su compañera fuera una revolucionaria era un desperdicio. Una chica tan joven en la guerra era una tragedia en todos los aspectos, sin importar lo fuerte que fuese.

Pensó en sus hermanas pequeñas. Agradecía que estuviesen muertas, no podría haber soportado verlas en las mismas condiciones en las que estaba él o su querida nakama.

"Sí, por fin me doy cuenta de que están mejor muertos".

-Hace 20 años-

Hijo de una sirena y un humano, Kaito había crecido con habilidades de nado sobrehumanas, además de tener la capacidad de comunicarse con las criaturas marinas (quitando obviamente a los Reyes Marinos). Él, junto a sus otros cinco hermanos, había llevado una vida casi rozando lo salvaje en una pequeña isla en el Nuevo Mundo.

Creció sin acceso a la tecnología, y prácticamente a la educación. No sabía leer y a penas conocía las reglas básicas del lenguaje, pero no era algo que le importaba, ya que su estilo de vida no requería esa clase de conocimientos, si no de habilidades para poder garantizar su propia supervivencia.

Amaba su vida salvaje, jugaba con sus hermanos y con otras sirenas que aparecían por aquella isla gracias a la presencia de su madre.

A una muy corta edad, comenzó a tener visiones del futuro, las cuales siempre se cumplían. Siendo algo totalmente mágico para una sociedad rozando lo primitivo, su tribu lo trató como un Oráculo capaz de recibir visiones enviadas por Dios.

Jamás conoció la violencia o la maldad.

Pero todo cambió el día que conoció al Doctor Vegapunk.

Ese hombre apareció junto a un séquito de hombres que vestían túnicas blancas y comenzaron a hablarles en una lengua que no entendían a él y a sus padres, pero Kaito comprendió rápidamente que su familia corría peligro ante la presencia de aquellos forasteros de prendas de vestir extrañas.

Kaito se paró enfrente de su familia, a pesar de su corta edad, con el fin de protegerlos de aquellas personas cuya lengua no entendía.

-Vaya vaya - finalmente habló uno de los hombres presentes, con el pelo morado y una máscara extraña - Tenemos a un valiente por aquí.

El resto de personas comenzaron a burlarse, pero al niño no le importó. Aquella gente no buscaba nada bueno.

El hombre de pelo morado sacó un arma, pero antes de que pudiera si quiera apretar el gatillo, el niño se la arrebató como si le hubiese leído la mente.

-¿Eh? ¿Cómo diablos has hecho eso?

Uno de los hombres vestidos de blanco, con un aspecto más afable, se acercó a Kaito rápidamente y comenzó a examinarlo con curiosidad.

-Hmmm, ya veo.

-¿Qué ocurre, doctor? ¿Ha encontrado algo útil entre esta manada de salvajes? - dijo el hombre de cabello morado, que respondía al nombre de Spandam.

-Hey, niño - le dijo un hombre vestido de blanco - Tienes talento para el haki de visión, más del que nunca haya visto en alguien de tu edad ¿Quieres venir conmigo?

Kaito no entendía aquellas palabras, pero el doctor se hizo entender mediante señas con las manos.

También le hizo entender que, si accedía marcharse con ellos, su familia no sería obligada a lo mismo.

El niño se volteó y miró los rostros asustados de sus hermanos menores y sus padres. Sabía que debía sacrificarse a si mismo por el bien de todos ellos, por lo que los miró a la cara y les dedicó una sonrisa tranquilizadora. Todos comenzaron a llorar y a asentir, sabiendo también el futuro que tendrían si no lo dejaban marchar.

Soportando el dolor que le causaba el llanto de su familia, asintió al doctor y abandonó a las personas a las que más amaba en el mundo para partir a un mundo que definitivamente iba a ser demasiado cruel con él.