Rememorando
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Golpeó en primera instancia cuantas rocas caían sobre su cuerpo, hasta que de pronto se vio ahogada entre el desprendimiento de tierra y el polvo en suspensión sumergiéndose en la completa oscuridad. De un momento a otro el piso cedió derribándola en un bucle de piedras afiladas y el tronar de una última explosión que retumbó más cercana de lo esperado.
Esperó durante un largo instante el golpe de su cuerpo contra las piedras, o al menos el rebote sobre su cuerpo de los terrones desprendidos, sin embargo a medida que el alarido a su alrededor se tranquilizaba notó como su organismo se encontraba intacto. No había dolor, casi nulos golpes.
Abrió los ojos sobresaltada notando como un halo morado rodeaba su humanidad protegiéndola del desastre inminente; intentó aclarar su vista y lo observó elevado en una armadura conocida abriéndose espacio entre el cataclismo a su alrededor.
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30 minutos antes.
Mio se encontraba tendida en una esquina de la caverna, intentando contener la conmoción al observar como la pelirosa sería ultrajada por aquellos nauseabundos hombres. Recordó cuando ella fue el juguete de su diversión, por supuesto que aquellos recuerdos serían imborrables, por supuesto que las llagas en su memoria habían sobrepasado las heridas físicas.
Durante su vida no planeó nada de los acontecimientos llevados a cabo a través de los años.
Nació en medio del desastre consecuencia de la tercera gran guerra ninja. Su madre perteneció a la Aldea de la roca, una aldea terriblemente dañada y empobrecida a la cual juró nunca más regresar; Solía considerarla una arpía sin corazón, sin embargo con el pasar de los años comprendió que su padre posiblemente había utilizado a la mujer para posteriormente abandonarla a su suerte.
Sus primeros años de vida carentes de aprecio, rodeada de pobreza y maltratos, los vivió sumida en una chosa, donde lo inhumano del trato sobrepasaba la carencia de bienes materiales. Su madre una antigua Kunoichi fiel a Orochimaru, terminó convertida en los vestigios de un ninja, obligándola a trabajar desde que comenzó a dar sus primeros pasos, llegando un punto en el cual su subsistencia significaba un gasto innecesario. Siendo entregada a su progenitor con nada más que una nota en el cuello. Cual perro abandonado a la suerte.
Mio recordaba perfectamente aquel primer momento junto a la serpiente, aquel día que su vida daría un giro tornándose aún peor de lo conocido hasta el momento.
Orochimaru la observó a medida que las carcajadas resonaban dentro de la guarida mientras leía la carta, la castaña sin comprender la situación retrocedió temerosa hasta caer sentada golpeando su trasero. Comprendió entonces que aquel sujeto podría ser incluso peor que su madre y que su esperanza de una familia se vería truncada por quien nunca tuvo intenciones de ser padre.
En un comienzo fue encerrada en una habitación custodiada por hombres que le resultaban aterrorizantes. Más tarde sus días transcurrían merodeando el lugar, intentando aprender, visitando el laboratorio, sorprendiéndose ante la cantidad de cuerpos que eran tirados al rio y la innumerable cantidad de personas encarceladas entre los recovecos del escondrijo.
Intentó escapar tantas veces como perdió la cuenta, sin embargo siempre terminó por si misma regresando a la oscuridad de su habitación. De cualquier modo no tenía donde ir, ni qué comer, al menos allí no faltaba alimentos sobre su plato. Más aún durante sus primeros meses jamás nadie fue en su búsqueda, cada vez que se alejó de la guarida nunca un adulto se preocupó por su bienestar, nunca su padre la llamó para entablar una conversación, jamás se reconoció a sí misma como parte de algo o alguien.
Con el pasar del tiempo fue sometida a innumerables pruebas en las cuales su sangre parecía ser un bien preciado para Orochimaru. Desde ese momento su custodia pasó a ser más rigurosa y los personajes a su alrededor comenzaron a reconocer algo de superioridad en su persona. Momento en el cual su padre por primera vez fijó algo de su atención en su inocente cuerpo intentado traspasar algunos vagos conocimientos.
No conoció amigos, no conoció palabras de apreció y fue recién a los 11 años cuando su vida dio un cambio radical.
Su vigilante parecía el vigilado.
Se deleitó con la intensidad en el coraje del muchacho y ciertamente en ese instante comenzó a florecer en sus intenciones un vago enamoramiento superficial, algo inocente propio de la edad; Durante el día lo seguía hasta los campos de entrenamiento para verlo practicar durante horas y durante las noches estudió libros en los que intentaba comprender el cuerpo humano. Más aún cuando comprendió el intelecto en el pelinegro acudió a él con pergaminos e ideas que Sasuke parecía apreciar.
Entendió aquello como su única visión acerca de lo trascendental en la vida. Vivir siempre sería el objetivo. Su vida siempre sería lo importante. Más aún, sobrevivir se transformaría en su norte.
Aprendió lo más posible, sin conocer las directrices entre el bien y el mal, se preocupó de subsistir en base a sus conocimientos sobre el arte de la medicina. Aborreciendo a los ninjas, odiando cada Shinobi en la faz de la tierra solo por el hecho de ser hija de uno de ellos.
No conoció el lado agradable de la vida hasta que se vio liberada de aquella prisión, cuando Sasuke le brindó la oportunidad de comenzar desde cero.
Más aún recién allí percibió algo de la inmensidad del placer que rodeaba su existencia. Bella a los ojos de cualquier hombre sucumbió a todos sus antojos sin importar quien saliera herido. El Uchiha sin embargo se convirtió en una obsesión poco saludable con la que luchó a medida que fue comprendiendo la inestabilidad emocional del muchacho. Algo con lo que ella no estaba dispuesta a cargar. Porque en lo profundo de su corazón, bajó toda la nebulosa del miedo, ella añoraba la paz de un hogar bien establecido, descubrir que significaba aquella palabra tan apreciada por todos, comprender qué era una familia. Una definición que sabría jamás podría conseguir de él, porque para el hombre sus prioridades distaban mucho de los conceptos de tranquilidad.
Fue Haru quien le otorgó un poco de paz. Se convirtió en inocente dentro de su juego seductor y superfluo, en el cual evadía la responsabilidad de sus deseos internos remplazándolos por efímeros momentos de liberación física. Aquello carcomía su consciencia al rememorar como lo engañó durante tantos años con quien fuera el siguiente en turno, por supuesto que su actitud dejaba mucho qué desear, por supuesto que no comprendió como transcurrieron 10 años junto a Haru hasta que se vio a si misma dispuesta a procrear.
Sin embargo durante todo ese tiempo la persecución atormentó cada uno de sus días. La perseguían, lo sabía; los otros miembros del laboratorio que habían logrado rehacer sus vidas fuera de la aldea del Sonido, se extinguían cual luciérnagas en el día. Asesinados uno tras otro bajo el misterio absoluto. Pero ella lo sabía, conocía la razón de aquello, y también comprendía que tan bien merecido lo tenían; Y confió, confió en la paz que él le prometió, confió en su capacidad para acabar con quien se cruzara por delante y en su inmenso instinto. Cuando el Uchiha le dijo que nunca más nadie la hostigaría fue el día en el que decidió ser madre.
Por eso cuando fue raptada junto a su hija, maduró la entrega absoluta de su cuerpo y alma a cambio del bienestar de Zuki y sin pensarlo dos veces ofreció a Sasuke a cambio de su pequeña. Fue un deslenguado comentario entre tantos que lanzó bajo el sesgo de la desesperación. Pero aquellos hombres no querían al pelinegro, ellos querían venganza pura, de aquella visceral nacida desde el profundo odio en sus corazones. Sería el término añorado de la liberación en sus espíritus.
En el instante en que Sakura le hizo ver lo errónea de su concepción respecto al amor, comprendió que el único amor verdadero conocido era el provocado por hija. No importaba realmente Haru, no importaba realmente Sasuke. Jamás habían existido en un marco de incondicionalidad semejante al desinteresado amor que sentía por su pequeña; Meditó sobre sus sentimientos respecto al pelinegro, comprendiendo que todo lo conocido hasta el momento no era más que parte de sus ideas equivocas respecto a la propiedad, porque ciertamente jamás había experimentado amor por nada más que por ella misma hasta el instante en el que dio a luz a Zuki.
Observó a Sakura luchar mientras su cuerpo era atravesado por el sello dibujado en su piel. Y sintió que aquella chica luchaba únicamente con el corazón, por la esperanza de la vida que tenía por vivir, por la creciente necesidad de continuar siendo la madre de aquella pelinegra con lentes y por supuesto bajo el deseo de continuar viva para no romper el corazón de quien era absolutamente el objeto de un amor florecido en la inmensidad de las confusión.
Si, Sakura había sido capaz de ultimar en Sasuke lo que ni ella misma había descifrado que faltaba. Porque a ciencia cierta jamás se dio por enterada de todas las maravillas que completaban la vida.
Entonces un deseo se instauró en su corazón, necesitaba descubrir aquello velado ante sus ojos.
Aspirando a sobrevivir observó como las explosiones derrumbaban la cueva y el piso bajo sus pies se deshizo en un instante efímero en el cual perdió de vista a todos los demás presentes en aquel socavón; Respiró agitada por primera vez en su vida apeteciendo lo heredado por su padre, aquella inmensa capacidad para perdurar.
Realizó unos sellos que pensó jamás necesitaría llevar a cabo y tras una nube de humo su cuerpo se confundió con el polvo que la rodeaba a medida que las rocas aplastaban el lugar donde antes se encontraba resguardada.
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- Estás aquí – susurró Sakura con la respiración entre cortada.
Sus grandes orbes esmeraldas se elevaron para observar al pelinegro a su lado. Su respiración se sosegó a medida que sintió como su cuerpo se fundía en un abrazo capaz de estremecer su mundo. Debía reconocerlo, aquella tarde había sentido terror. Miedo a ser ultrajada sin poder exterminar de la faz de la tierra la existencia de esos energúmenos, dejándolos sueltos en el mismo mundo donde existía Sarada.
El hombre la alejó lo suficiente para fijar su vista en el aspecto de la pelirosa. Frunció su ceño observando fijamente la ropa rasgada.
- ¿Qué te han hecho? – cuestionó estoico.
Sakura lo observó algo atónita, recordando la última vez que lo había percibido así de enfadado durante aquella pelea contra Shin Uchiha. Podría jurar que incluso notó un atisbo de miedo en aquel cuestionamiento; bajó su vista hasta su propio cuerpo para analizar la razón del desconcierto en el muchacho, esperando que su aspecto no fuera tan desastroso. Sin embargo se sobresaltó al notar como lo restante en sus prendas se encontraba sujeto a la altura de la mitad de sus pechos, apenas cubriendo lo fundamental. Completamente desgarradas y cubiertas de lodo mientras su cuerpo entero se encontraba empolvado como si prácticamente se hubiese revolcado en la tierra, aunque claro, no podría negar cierta verdad en esa suposición.
La chica elevó sus manos hasta el rostro del hombre para intentar calmarlo.
- Estoy bien – susurró mientras la respiración del Uchiha chocaba sobre su frente- no me han hecho daño.
Sasuke bufó mientras su mandíbula contraída masticaba el aborrecimiento fluctuante por sus venas.
De pronto un sonido proveniente de las catacumbas respingó su atención. Se giraron expectantes localizando la procedencia del ruido en el instante en que un hombre magullado se erguía entre las rocas.
Sakura lo observó trepar hasta la superficie reptando entre los escombros. No alcanzó a reaccionar cuando el pelinegro se adelantó hacia el sujeto desenvainando su katana.
- Su nombre es Arata, él ha sido quien… - soltó la pelirosa a medida que su voz se quebraba en una mezcla de vergüenza y nerviosismo.
- Lo conozco – habló el Uchiha - Tu querías saber cómo sería coger con la hija de Orochimaru – rememoró roncamente.
- Y fue realmente un gusto… -susurró el hombre entre jadeos.
En ese instante una luz se encendió dentro de la estupefacción de la pelirosa, relacionando al muchacho con aquellos recuerdos observados en Mio y comprendiendo el miedo en los ojos de la castaña. Si bien el aspecto del sujeto se encontraba cambiado, llevando esta vez el cabello más largo y algo de barba sobre su rostro, aquella mirada arrebatada continuaba siendo la misma, la visualizó bajo la luz de la luna iluminando el camino frente a sus ojos.
- Ahora te has atrevido a poner tus manos sobre mi mujer – agregó Sasuke haciendo uso de su paciencia soltando cada silaba con completo desdén.
- …Tiene la piel más suave que he tocado en mi vida – susurró el hombre mientras la sangre escurría desde su boca.
El pelinegro indignado sostuvo la espada contra el cuello del hombre, la cargó lo suficiente hasta que la sangre comenzó a deslizarse manchando el filo de la hoja. La luna reflejada en el bisel parecía haber perdido el protagonismo frente a la escena.
- ¿Cuántos más hay en vuestra organización? –cuestionó el azabache.
El silenció reinó.
- Responde. –ordenó nuevamente.
El hombre calló mientras se dibujaba en su rostro una sonrisa socarrona, Sasuke sin dudarlo dos veces y con la calma de la elegancia propia en su persona, elevó su katana lo suficiente para dejarla caer contra el cuello del susodicho.
Sakura apartó la vista cubriendo su rostro de las gotas de sangre desprendidas. Su respiración agitada se consternó ante lo evidenciado. Por supuesto que conocía la decisión en los actos de su hombre, sin embargo verlo actuar tan fríamente parecía surreal trayendo a su mente recuerdos de una niñez que había decidido olvidar. Más aún rodeados por la inmensidad de la noche un temblor recorrió su cuerpo sin poder contener el temblor en su mandíbula.
- ¡Detente! –gritó tardemente- ¡ iba a morir de cualquier forma!
- No hablaría – cortó el Uchiha indiferentemente ante lo realizado, símil a la frialdad presente en un témpano de hielo.
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Holaaaa
Bueno quiero decir que disfruto mucho esta historia así que espero no me odien por el curso que va dando jaja
GRACIAS POR LEEER!
ANÍMENSE A COMENTAR
A mi también me entretiene leerlas :( jaja no sean malas
Les tengo una noticia
QUEDA UN CAPITULO! y el epilogo
Podrían ser dos sí se me alarga la cosa.
Un abrazoooo
