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TIEMBLA EL MUNDO

-¿Cómo reaccionó Neall al saber de mi huida? - era algo que Candy se había estado preguntando.

Ni su padre ni su madre le habían hablado de ese tema y ella no se había atrevido a preguntarles. Ahora que había encontrado a su tía Katty fuera del castillo, sola, decidió salir de dudas.

-Tu padre no tenía intención de aceptar el compromiso sin tu aprobación. Tu desaparición sólo precipitó las cosas.

-Imagino que no le sentó demasiado bien ser rechazado.

-Cielo, se descubrió todo. Tu padre lo habría echado a patadas si Murdo no se hubiese interpuesto.

-No crees que habrá problemas por eso, ¿verdad? - frunció el ceño.

-El padre de Neall es un hombre sabio. No iniciará una guerra contra los White por lo sucedido.

-Yo no hablo del laird. Sino de Neall. Me pareció un hombre demasiado orgulloso.

Katty supo a qué se refería. Ella misma había sido objeto de la venganza de un hombre despechado por su rechazo. La tomó de las manos y le sonrió con dulzura para intentar apaciguar su desazón.

-No te sucederá nada malo, Candy. Además, dudo que Neall quiera contradecir a su padre.

-Espero que estés en lo cierto - le sonrió antes de cambiar de tema

- ¿Qué hacías aquí sola, tía?

-Espiando a mi hijo - se le iluminó la cara - ¿Sabías que está enamorado?

-De mi prima - asintió - Al parecer mi tía ve con buenos ojos esa relación.

-Patricia es una joven preciosa - caminaron hacia el lugar donde Katty había visto desaparecer a la pareja - Pero creo que es todavía más bella por dentro. Esperaba mi oportunidad para hablar con ella, cuando llegaste tú.

-Siento haber interrumpido tus planes.

-Tranquila. Estoy a tiempo todavía.

-No vayas a avergonzar a Stear - rió.

-Yo jamás cometería semejante despropósito - ambas sabían que aquello era mentira.

-Me encantaría ver cómo no lo avergüenzas - rió de nuevo - pero creo que os dejaré un poco de privacidad. Seguro que podré escucharlo de boca de Stear cuando me despotrique de ti.

Katty rió con ella y se separaron. Candy decidió subir a las almenas. Siempre le había impresionado el paisaje que se vislumbraba desde allí. Y la paz que encontraba en lo alto del castillo, mientras el viento jugaba con su cabello y el silencio se apoderaba de ella. Sabía, por experiencia, que en aquel momento del día podría estar sola y era precisamente lo que deseaba.

Soledad para pensar en lo que Katty le había contado de Neall.

Su tía estaba convencida de que no intentaría nada pero ella tenía sus dudas. Le había parecido un hombre rencoroso y vengativo. Que fuese una White no lo detendría. Se estremeció al pensar en que siquiera le pusiese una mano encima.

-Si tienes frío, yo podría calentarte.

Candy se estremeció de nuevo al oír aquella voz, pero por una razón bien distinta. Cuando lo sintió tras ella, cerró los ojos para rechazar la reacción de su cuerpo ante aquella proximidad. Se negaba a sucumbir ante él.

-No necesito nada de lo que tú puedas ofrecerme - no se atrevía a mirarlo todavía. No mientras los latidos de su corazón retumbasen en su pecho de forma tan descontrolada.

-¿Estás segura?

Sintió su aliento en el oído y contuvo la respiración. Notó que le apartaba el cabello a un lado con la mano, rozando de paso su cuello con deliverada lentitud. Un nuevo estremecimiento la recorrió por entero al sentir la caricia. Maldijo su debilidad por aquel hombre. A cualquier otro ya lo habría golpeado para apartarlo llegados a ese punto.

Desde que la había besado por primera vez, ya no podía sacárselo de la cabeza. Pero tampoco podía olvidar la humillación de verse rechazada. Si bien ahora le había confesado que la deseaba, ella quería más. De él o de cualquier otro que mostrase interés por ella. Quería amor. No se conformaría con menos.

Se giró hacia él mientras lo apartaba de un manotazo. Su mirada cargada de reproche lo fulminó pero él parecía divertido, una sonrisa bailaba en sus labios. Sus sensuales y lujuriosos labios. Apartó los ojos de ellos en cuanto comprendió que se había demorado viéndolos y Albert amplió su sonrisa.

-¿Ves algo que te guste?

-Nada en absoluto - mintió.

-Yo no puedo decir lo mismo.

Candy sintió que le fallaban las piernas cuando Albert besó sus labios con la mirada. Porque así fue cómo lo sintió. Sus ojos celestes, vidriosos por el deseo, devoraban su boca en la distancia.

Sintió la garganta seca y separó ligeramente sus labios buscando la entrada de aire que le ayudase a controlar su respiración.

Albert subió entonces hasta sus ojos y sintió que le hacía el amor con la mirada. ¿Cómo era posible eso? Era lo más erótico que le había sucedido en la vida.

Cuando sus fuertes manos atraparon sus brazos de forma delicada pero firme, se le escapó un gemido involuntario y Albert se pasó la lengua por lo labios en un perezoso movimiento. La vista de Candy regresó a aquellos tentadores labios y su respiración se aceleró. Cuando las manos de Albert ascendieron lentamente hasta sus hombros, ya no podía pensar con claridad, sólo responder a sus caricias. Cerró los ojos y ladeó la cabeza disfrutando de las sensaciones que su contacto le provocaban.

Las manos de Albert sujetaron su rostro, acercándola hacia él. Ni siquiera pudo resistirse. Su cuerpo tenía vida propia y parecía haber sido completamente seducido. Tragó con dificultad y mojó sus labios, con los ojos todavía cerrados.

-Mírame, Candy - su voz sonó ronca cuando habló.

Candy abrió los ojos y se lo encontró a escasos centímetros de su rostro. Quiso apartarse en un último intento de resistirse a él pero no pudo. Albert apretó su agarre y terminó de cubrir la distancia que los separaba, chocando sus labios de forma abrupta.

Su boca se apoderó de la de Candy en un desesperado intento de fundirse con ella. Llevó sus cuerpos hacia una pared, que los mantendría ocultos de miradas indiscretas, para restregarse contra ella y mordió su labio inferior suavemente hasta que Candy le dio completo acceso a su boca. Introdujo la lengua en su interior y jugó con la de ella, enseñándole a hacerlo.

Gimieron a un tiempo cuando el deseo incendió su piel, sus respiraciones igual de acompasadas. Albert depositó febriles besos a lo largo de su mandíbula y su cuello mientras la sentía estremecerse bajo su experto contacto. Apretó un pecho con una mano, jugando con el pezón hasta que lo sintió duro entre sus dedos.

-Albert - Candy rogó. ¿Que parase? ¿Que continuase? No lograba decidirse.

Él tomó la decisión por ella, besándola de nuevo. Sus manos comenzaron a levantar la falda para sentir la suave piel de sus muslos. Un nuevo jadeo escapó de sus labios cuando las manos de Albert la acariciaron de forma tan íntima.

-¿Candy? ¿Estás aquí?

La voz de María los detuvo en seco, apagado ya todo resquicio del ardiente deseo. Nada como una madre para que la chispa se extinga. Estaban ocultos pero el rostro de Candy palideció. No sólo por el temor a que los descubriese sino porque sólo ahora era consciente de lo que habían estado a punto de hacer. Porque estaba segura de que si su madre no los hubiese interrumpido, ella jamás lo habría detenido.

-Shhh - Albert se llevó un dedo a sus inflamados labios y Candy se ruborizó. Seguramente los suyos lucían igual.

Después de lo que les pareció una eternidad, María regresó al interior del castillo. Sus miradas continuaban enfrentadas pero más allá de eso, ninguno de los dos hizo movimiento alguno.

-Será mejor que me vaya - habló finalmente Candy.

Albert no la detuvo, aunque deseaba hacerlo. También él era consciente de lo que podría haber sucedido sin la oportuna intervención de María. Y aunque su cuerpo se lamentaba por la interrupción, su mente le decía que había sido lo mejor. Nunca debería haber llevado aquel beso tan lejos.

Candy se alejó de él con paso decidido, casi como si estuviese huyendo. Y probablemente fuese así. Se avergonzaba de lo que le había perimitido hacer a Albert pero no podía culparlo de todo, ella había participado de buen grado.

Sólo horas más tarde, en la soledad de su alcoba, comprendió que Albert era el hombre que había hecho temblar su mundo. Y por más feliz que debería sentirse por haberlo encontrado, sólo podía pensar que aquello no era sino un error.

CONTINUARA