Capítulo 32

No he muerto, llevo meses sin actualizar esta historia, pero la terminare algun dia XD

Emma se sentó en la cama vestida con una de las camisetas que le llegaba casi hasta las rodillas. Regina estaba en la ducha y ella estaba esperando, nerviosa, a que volviera a la cama. Le había llevado su tiempo decidir exactamente qué era lo que quería decir. No había querido reaccionar demasiado rápido cuando sus emociones eran tan difusas. No había querido decir o hacer nada de lo que luego pudiera arrepentirse. La situación era demasiado importante. Pero ahora ya había reunido todo el coraje que necesitaba y estaba lista para enfrentarse a Regina. No con un ultimátum, sino con la verdad.

La puerta se abrió y la morena salió con una toalla envuelta. El pelo lo tenía mojado y por la humedad de su piel. Era... guapísima. No había otra palabra para describirla. La toalla se deslizó por su cuerpo cuando ella se agachó para sacar la ropa interior de la maleta, así que Emma obtuvo un primer plano de su culo, y, cuando se giró, de su espectacular cuerpo. Ella apartó la mirada; se sentía culpable de estar comiéndosela con los ojos, así como si nada. No se quería distraer. Cuando Regina se acercó a la cama, ella cogió aire y se lanzó al ataque. Si no lo soltaba ya, nunca le iba a decir todo lo que necesitaba para desahogarse. Era mejor decirlo ya sin importar lo poco elegantes que fueran sus palabras.

—Odié la noche de ayer —dijo abruptamente, las palabras sonaron suaves y vacilantes. La morena cerró los ojos por un momento y se quedó quieta en la cama sin tumbarse. Estaba sentada en el borde, manteniendo una pequeña distancia entre las dos.

—Lo sé —le respondió Regina en voz baja. Ella continuó, sabía que aún tenía mucho más que decir. Mucho más que necesitaba sacar.

—Odié que me tocara. Sé a lo que accedí, Regina. Sé que firmé un contrato. Y sé que dije que no me oponía completamente a la idea, o al menos a experimentar. Pero no quiero que nadie excepto tú me toque. Me sentí violada. Me sentí sucia. Y no quiero volver a sentirme así en la relación que tengo contigo.

—Dios, cariño, no —le susurró. Su rostro estaba afligido y su mirada se veía herida. Pero, aun así, ella continuó. No quería dejarla hablar todavía.

—Me importa un comino lo que el contrato diga —le dijo con la voz rota—. Lo odio. Ahora mismo, la única persona que quiero que me mire eres tú. No quien tú decidas que quieres dejar que me use como su juguete sexual.

Un sonido ahogado salió de la garganta de Regina, pero Emma alzó la mano y la hizo callar. Estaba decidida a sacárselo todo de encima. Dios, no le podía dejar que la interrumpiera ahora o nunca volvería a tener el coraje suficiente para decir todo lo que tenía que decir.

—No lo volveré a hacer —Emma negó con la cabeza con firmeza para reafirmar su declaración. Para que supiera que iba muy en serio—. Sé que accedí a ello, pero no lo quiero. Nunca lo voy a querer. Odié cada minuto que pasé. Y si vuelve a ocurrir de nuevo, se acabó. Me iré y nunca regresaré.

Como si no se pudiera contener ni un minuto más, Regina se echó hacia delante y la estrechó entre sus brazos y mantuvo contra ella. La abrazó tan fuerte que Emma apenas podía respirar.

—Lo siento, Emma. Lo siento muchísimo. Nunca más volverá a ocurrir. Jamás. Nadie te tocará. Dios, yo también odié cada minuto de lo que pasó. Iba a parar la escena, pero entonces te oí gritar. Escuché el miedo en tu voz y te oí decir que no. Y yo te juré que esa era la única palabra que ibas a necesitar pronunciar para que yo u otra persona paráramos. Luego ese hijo de la gran puta te pegó antes de que yo pudiera llegar a ti. Por todos los santos, nunca me perdonaré por eso, Emma. Nunca. Por ese miedo, por ese cabrón que quería obligarte a hacer cosas que tú no querías.

Regina tembló abrazada a ella. Las manos le acariciaban la espalda desde los hombros recorriéndole la espalda con agitación. Entonces le separó el rostro y le puso las manos en las mejillas para mirarla atentamente a los ojos.

—Lo siento mucho, cariño. No sé siquiera si llegaré a perdonarme a mí misma por lo que hice. Lo odio de verdad, Emma.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

La morena bajó la mirada y luego la apartó, las manos también se alejaron de su rostro. Entonces cerró los ojos, el disgusto se estaba haciendo bastante evidente en su rostro.

—Porque soy una maldita cobarde.

La voz con la que lo dijo era tan bajita que ella casi no entendió lo que dijo, y por ello no estaba segura de que Regina hubiera dicho lo que ella pensaba que había dicho. ¿Qué diablos significaba eso? Entonces Regina la cogió de la mano y le dio un fuerte apretón. Se la llevó a la boca y le dio un beso en la palma.

—Escucha bien esto, Emma. No volverá a pasar nunca más. Te estoy pidiendo que perdones lo imperdonable. Sí, firmaste un acuerdo, pero no era lo que tú querías. Ni anoche, ni cualquier otra noche. Incluso yo sabía eso antes. Lo sabía y, aun así, le di a ese cabrón permiso para que te tocara. Me odio por ello. Es mi responsabilidad conocer tus deseos, tus necesidades y ponerlas por encima de las mías. Y anoche no lo hice.

A Emma no le entraba en la cabeza por qué lo había hecho. No tenía mucho sentido. Aunque ellas habían planteado la posibilidad de experimentarlo, ella nunca había creído que ella fuera a hacerlo de verdad. Se preguntó entonces qué era lo que andaba por su mente cuando invitó a aquellos hombres a la suite. Regina había estado pensativa y callada desde antes de que abandonaran Nueva York. ¿Tuvo eso algo que ver con su decisión? ¿Estaba intentando probar algo de lo que ella no tenía ni idea? ¿O no era nada que tuviera que ver con ella?

—Lo siento, cariño —su voz se volvió incluso más grave. Las palabras estaban llenas de arrepentimiento—. Por favor, perdóname. Por favor, di que no te vas a alejar de mí. Es lo que deberías hacer, sin ninguna duda. No te merezco. No merezco tu dulzura ni tu comprensión. Pero las quiero. Ya ni siquiera estoy segura de poder vivir sin ellas.

Eso había sido lo más cerca que había estado de admitir que ella significaba más que sexo para la morena. Emma se inclinó hacia delante para ponerse de rodillas y le puso las manos a cada lado del rostro.

—No tienes que vivir sin ellas, o sin mí —le susurró—. Estoy aquí, Regina. No me voy a ninguna parte. Pero tiene que ser solo nosotras. Tú y yo. Sin otras personas —ella apenas podía contener el escalofrío que amenazaba con apoderarse de su cuerpo.

Los ojos de Regina ardían de alivio. A continuación, la acercó a ella y la abrazó con fuerza. La besó en la sien, en la cabeza, en el pelo; era como si no pudiera hacer nada más que tocarla de una forma u otra.

—Solo nosotras —le susurró al oído—. Lo juro.

Entonces se separó lo suficiente para apoyar la frente contra la de ella.

—Volvamos a casa, Emma. Quiero que dejemos esto atrás. Quiero que seas capaz de olvidarlo y de borrártelo de la cabeza. Sé que te he hecho un daño terrible. Te juro que te voy a recompensar.

Emma saboreó la ferviente promesa y se aferró a ella. Regina estaba hablando como si tuvieran un futuro, como si quisiera más que simple sexo contractual. ¿Era una tonta por creer eso? Entonces le rodeó el cuello con los brazos.

—Hazme el amor, Regina. Haz que nuestra última noche en París sea especial.

—Oh, cariño —le dijo con la voz entrecortada—. Voy a amar cada centímetro de tu cuerpo esta noche. Y luego te abrazaré todo el vuelo hasta Nueva York mientras descansas en el avión.

Emma se despertó en medio de la noche y parpadeó para adaptar la vista a la luz tan tenue que había. Tan solo una rendija de luz que venía del cuarto de baño iluminaba las facciones adormiladas del rostro de Regina. Se encontraba pegada firmemente a su costado, y Regina además tenía las piernas colocadas encima de las de ella para atraparla junto a ella de una manera eficaz. El brazo también lo tenía firmemente a su alrededor. Incluso durmiendo era posesiva a más no poder. Pero si había estado dispuesta a dejar que otros hombres la tocaran, ¿cómo de posesiva era en realidad? Aunque era imposible fingir el verdadero arrepentimiento y la agonía que se había reflejado en su rostro cuando le había pedido perdón de una forma tan profusa. Emma aún no estaba segura de las razones, pero sabía que era por algo que le había pasado. Algo profundo. Algo que quizá ni ella misma entendía. Intentó deshacerse de su agarre, pero Regina se despertó y la miró con ojos adormilados.

—Voy al baño —le susurró.

—Date prisa —murmuró la morena soltándola para que pudiera levantarse.

Emma se metió en el cuarto de baño, después de hacer pis, se contempló en el espejo. Hizo una mueca al ver la comisura de la boca todavía inflamada y el color oscuro de un moratón ya bien formado. ¿Cómo narices se lo iban a explicar a David? Le iba a hacer un interrogatorio en cuanto la viera. Caro tendría que conseguir hacer maravillas con el maquillaje. Todo el cuerpo lo tenía sensible, aunque no por las razones de siempre. Regina había sido extremadamente delicada con ella. Una situación bastante sorprendente ya que siempre parecía estar muy descontrolada y loca de deseo por ella, lo que hacía que Emma también estuviera loca de deseo por la morena. Pero hoy había sido diferente. Se había tomado su tiempo. La había provocado y estimulado con suavidad y con muchísimo cariño. Dentro del estómago aún le revoloteaban mariposas por lo bonito que había sido hacer el amor con ella. Por primera vez, Emma no había sentido que fuera simplemente sexo. Sabiendo que Regina iría en su busca si la dejaba esperando en exceso, Emma volvió al dormitorio y se subió a la cama. Regina levantó los párpados, la contempló con los ojos medio abiertos y adormilados. Ella alargó la mano hacia ella, pero Emma no se acercó a sus brazos. En cambio, se sentó sobre los talones y la estudió en la penumbra. Era increíblemente guapa. Emma se moría por poder tocarla y explorarla desde el primer día, pero nunca había podido permitírselo porque Regina, siempre, siempre, era ella que llevaba la batuta de lo que pasaba. La morena frunció el ceño y se impulsó hacia arriba para apoyarse en el codo. El movimiento hizo que la sábana se le deslizara por el cuerpo, dejando sus senos al descubierto, y que se le quedara arrugada a la altura de la cadera mientras la miraba con la preocupación grabada en la cara.

—¿Emma?

Había inseguridad en su voz, un deje de miedo que la sorprendió.

—¿Qué pasa? —le preguntó con suavidad.

—Nada —contestó Emma con voz ronca. La morena entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿por qué no estás aquí? —Regina dio unas palmaditas al lugar donde su cuerpo había estado unos momentos antes.

Ella se echó hacia delante y gateó hasta acercarse más a ella. Entonces le puso las manos en sus senos y midió cautelosamente la reacción que estaba teniendo a sus insinuaciones. El cuerpo de Regina era un imán para sus manos. Emma se moría por tocarla, por explorar cada músculo y delinear su figura.

—Quiero tocarte, Regina. ¿Puedo? —le susurró. A ella le brillaron los ojos con fuerza en la penumbra. Inspiró hondo y luego el pecho se le relajó al exhalar con tanta fuerza.

—Joder, sí.

Emma se inclinó hacia delante hasta que el pelo rozó la piel de Regina y su rostro se quedó justo encima del suyo.

—Quiero hacer más que tocar.

Regina levantó la mano para tocar su mejilla, y con el pulgar le acarició el moratón que le había salido en la comisura de los labios.

—Emma, haz lo que quieras. No me voy a quejar.

—Bueno, entonces vale —le dijo en voz baja.

Ahora que la tenía exactamente donde quería, no estaba del todo segura de saber por dónde empezar. Dejó que las manos deambularan por sus senos hasta llegar a los hombros, a los brazos, y finalmente a sus abdominales. Pasó el dedo por todas y cada una de las líneas que marcaban su vientre, luego acercó la boca para seguir el mismo patrón con la lengua. Regina enredó con brusquedad una de las manos en el cabello de Emma, extendió los dedos a lo largo de su cuero cabelludo y la mantuvo ahí para que sus labios siguieran en contacto con su piel. Envalentonada por su aparente visto bueno, Emma empezó a crecerse mucho más. Le quitó de un tirón la sábana de encima y la dejó completamente desnuda. Ella emitió un sonido de excitación y Regina soltó un gemido en voz alta.

—Por el amor de Dios, Emma.

La joven lanzó las piernas por encima de sus muslos para sentarse a horcajadas justo sobre ella, la excitación de ambas crecía por momentos. Incapaz de poder resistirse a la tentación, Emma movió las manos. En el mismo momento en que Emma la tocó, Regina se movió repetidas veces y arqueó las caderas hacia arriba en busca de más contacto.

Entonces Emma se echó hacia delante para apoderarse de su boca. Ella deslizó la lengua dentro de la boca de Regina y comenzó a batirse en duelo con la de ella en un baile cuanto menos provocador. Emma siguió probando para ver hasta dónde llegaban sus límites y le colocó las manos, tal y como una vez la morena se las puso a ella, a cada lado de la cabeza y la mantuvo aprisionada contra la cama. Regina sonrió contra su boca.

—La gatita se ha vuelto agresiva y se ha convertido en una leona.

—Sí, es verdad —corroboró con un gruñido—. Esta noche soy yo quien lleva las riendas.

—Me gusta esta faceta tuya —murmuró Regina—. Me pone a cien, Emma. Eres una tigresa, y eres feroz.

—No me digas —le contestó en un susurro. Y luego la silenció con un beso.

Le devoró la boca como tantas veces la morena se la había devorado a ella en el pasado. La besó hasta que estuvo luchando por conseguir aire. El pecho le subía y le bajaba, cada exhalación era errática e irregular. Le encantaba. Regina estaba loca por ella. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, y no dejaba de estremecerse bajo el suyo. Los ojos le brillaban con fiereza, pero aún no había intentado mover las manos. Incluso tras levantar con cuidado las palmas de las manos de las de ella, Regina no hizo esfuerzo alguno por moverlas del sitio donde ella se las había colocado. Estaba feliz de dejarle tener el control esta vez.

Excitada, Emma comenzó a dejarle un rastro de besos que llevaba hasta su seno, mientras que el pelo se deslizaba lentamente por su piel. Retrocedió un poco sobre sus piernas hasta posarse encima de las rodillas. Levantó la mirada hacia la morena, y se encontró con que Regina tenía ya fija su mirada en ella. El deseo y la lujuria se reflejaban en las profundidades de sus ojos. Con una sonrisa de satisfacción, Emma acercó su boca al clítoris. Dejó que la lengua danzara por alrededor los labios mayores. Un largo siseo se escapó de sus labios y se volvió a arquear hacia arriba en busca de más contacto con su boca.

—Dios, Emma.

Su voz sonaba tan forzada que las palabras apenas podían comprenderse. Ella sonrió con una seguridad y una confianza que dejaban claro que sabía que, por una vez, las tornas habían cambiado y ahora ella tenía el poder. Regina estaba justo donde Emma la quería: derretida por el contacto de sus manos. La deseaba con desesperación, y parecía contenta de dejarle hacer lo que quería. Todo lo que quería. Era como invitar a una mujer con síndrome premenstrual a un bufé solo de chocolates.

Emma lo succionó hasta que logro hinchar aún más el clítoris de la morena. El gemido que Regina soltó se escuchó fuerte en sus oídos. Luego esta enredó las manos en su pelo y Emma sonrió. No había tardado mucho en mover las manos de donde ella se las había colocado en un principio. Pero no importaba porque sentirlas hundidas en su pelo era increíble. Le encantaba la urgencia con la que sus dedos se agarraban a ella y le tiraban de los cabellos.

Aunque siguió dejando que ella llevara las riendas de la situación. Simplemente dejó las manos enredadas en su pelo como si necesitara hacer algo con ellas o si no fuera a volverse loca.

—Joder —dijo Regina en voz baja—. Joder, Emma. Eso es, nena.

Regina se agarró con más fuerza a su pelo y, por primera vez, se encorvó hacia delante. El cuerpo entero lo tenía tan tenso que Emma podía sentir cómo sus músculos se sacudían sin parar. Los ojos de Regina ardían con muchísimo calor, deseo y aprobación. Le encantaba lo que Emma le estaba haciendo. Con una sonrisa en los labios, ella siguió moviendo la mano sobre ella hasta que se deslizó por sus muslos. A continuación, Emma se alzó un poco y junto sus puntos de placer, y, sin siquiera esperar, se deslizó sobre ella y comenzó a moverse. Regina soltó un sonido ahogado y llevó las manos a las caderas de Emma.

—Dios, eres preciosa —dijo mirándola de arriba abajo. Sus manos abandonaron las caderas de Emma y se alzaron hasta llegar a sus pechos. Los amoldó bien en las palmas de las manos mientras los pulgares acariciaban los pezones enhiestos.

Pero esto no era para ella. No es que Emma no estuviera disfrutando también, pero esto era para ella. Solo para ella. Ella quería sacudir todo su universo. Quería meterle bien en la cabeza que nunca más volvería a querer que otro hombre o mujer la tocara. O, ya puestos, que nadie más la tocara. Con un suspiro y echando la cabeza hacia atrás, ella se empezó a mover una y otra vez hacia arriba y hacia abajo. Podía sentir la tensión en todo su cuerpo. Podía ver lo tenso y firme que estaba su cuerpo, lo apretada que tenía la mandíbula, el esfuerzo que desprendían su boca y sus ojos. Y entonces, Regina cerró los ojos.

—Los ojos —le dijo con la voz ronca, imitando la orden que la morena le daba tan a menudo—. Quiero ver tus ojos cuando te corras.

Regina abrió los ojos de inmediato. Las pupilas las tenía dilatadas, los orificios nasales abiertos y la mandíbula bien apretada, pero su mirada nunca la abandonó.

—Todo por ti, cariño.

Y eso la hizo feliz. Increíblemente feliz. Un suspiro de felicidad se deslizó por sus labios y Emma se derritió con ella. Aumentó la velocidad y la fuerza de sus movimientos. Lo llevó a más y más altura hasta que la mandíbula se le hinchó, los ojos comenzaron a brillarle y algo ininteligible se escapó entrecortadamente de sus labios. Emma vio el momento en que se corrió. Pudo verlo en sus ojos. Las inmensas llamaradas de fuego, la forma en que se le quedaron momentáneamente inexpresivos. A continuación, Regina llevó las manos a la cintura de Emma y la agarró con tanta fuerza que seguramente le dejaría marcas. Entonces deslizó una de las manos hacia abajo hasta que un dedo se internó entre los labios vaginales hasta llegar al clítoris, y comenzó a acariciarlo mientras ella continuaba moviéndose encima de ella. Cuando Emma empezó a cerrar los ojos, la orden le llegó de inmediato. Por primera vez, Regina se estaba reafirmando.

—Los ojos sobre mí, Emma. Cuando te corres, tus ojos son míos.

Ella fijó la mirada en la morena al mismo tiempo que el orgasmo comenzaba a formársele e iba aumentando con una intensidad atroz. Su cuerpo no dejaba de moverse salvajemente encima de ella. Ahora era el turno de Regina para sujetarla y quedarse quieta a su merced. Le recorrió el cuerpo con la otra mano al mismo tiempo que suavemente le acariciaba con los dedos el clítoris. Era abrumador. Emma no tenía siquiera la fuerza para permanecer en vertical cuando comenzó a desmoronarse. Se tensó y se desplomó hacia delante. Regina la atrajo hacia sus brazos y la acunó contra su pecho mientras el orgasmo la atravesaba como una repentina y fuerte tormenta. Regina la abrazó contra sí mientras le daba vueltas en la cabeza a lo que acababa de experimentar. Estaba impresionada. Conmovida y lleno de humildad. Pero sobre todo, estaba completamente agradecida. No tenía palabras para describir lo que Emma acababa de hacer por ella. Le había hecho el amor. Después de lo que le había hecho a ella, que aún tuviera su confianza y que incluso se entregara a ella tan generosamente no tenía palabras. Se sintió derrotada por la mujer que tenía entre sus brazos. Un sentimiento tan fuerte de posesividad se instaló en ella que no podía siquiera comprenderlo. Se odiaba por lo que había heho. Y aun así, ella se había entregado. Eso era más de lo que podía soportar. Emma había tocado una parte de ella que había pensado que era inaccesible. Una parte que había estado celosamente guardada durante años. Y ella había llegado hasta allí sin esfuerzo. Se había adentrado en su vida y en su corazón como si de verdad ese fuera el sitio donde debiera estar. Y lo peor de todo era que ella estaba convencida de que sí lo era.