N A R U T O

Seis meses después.

—Nena. — Hinata saca la cabeza desde la cocina donde ha estado desempacando los utensilios de cocina en el cajón junto a la cocina—. Suigetsu y Kiba están aquí con el sofá, ¿puedes sujetar la puerta?

—En ello.

En el jardín, Kiba y Suigetsu están en proceso de entrar marcha atrás en el jardín con la gran camioneta negra de Kiba , un enorme sofá azul atado en la parte trasera.

Les hago señas con las manos, dirigiéndolos recto. A la izquierda.

Recto.

—Detente.

Rápidamente lo pasamos por la puerta principal, dejándolo en el punto exacto contra la pared donde Hinata me dijo que lo quería. "No lo pongamos frente a la ventana —razonó—. ¿Y si tenemos sexo en él? No quiero que nadie me vea montándote; todavía no tenemos cortinas…".

Bastante justo.

—Cariño. —Su voz interrumpe mis pensamientos, entrando en la sala, su brillante cabello negro y azul dividido en dos trenzas francesas. Está sosteniendo la caja de una tostadora—. ¿Dónde deberíamos poner la tostadora que tu madre nos envió? Ahora tenemos dos.

—Dámela a mí —contesta Suigetsu , extendiendo el brazo—. Yo la quiero.

—Consíguete tu propia tostadora. —Bajo su mano de un golpe—. De ninguna manera vamos a darte la nuestra.

Hinata se ríe de nuestra disputa.

—¿Tal vez pueda devolverla y cambiarla por otra cosa?

—Sí, hagamos eso. Creo que podíamos necesitar algunas cosas para el dormitorio.

Dormitorio.

Me sonrojo ante la palabra y todas las cosas que vamos a hacer allí, noche tras noche. Solos.

Ella sonríe.

—Lo que quieras, cariño.

—¿Cariño? — Kiba resopla—. Jesús, ni siquiera Tamaki me llama eso.

Suigetsu pone los ojos en blanco.

—Eso es porque ella te llama nene y dulzura. Gag.

Kiba lo empuja y cae de espaldas en el sofá.

—Cállate, imbécil, me encanta cuando me llama dulzura. Es mi favorito.

Hinata interrumpe su discusión.

—Oigan, chicos, odio interponerme en su festival del amor, ¿pero el sofá era lo último que quedaba?

—Sí, ya está —índico—. No tenemos mucho.

—Tal vez no. —Se desliza junto a mí, rodeándome la cintura con un brazo y abrazándome—. Pero es nuestro.

—¿Puedo vomitar ahora? —resopla Suigetsu —. No puedo creer que vayan a vivir juntos.

—Oye —reprende Kiba —. No lo critiques hasta que lo hayas probado. En caso de que lo olvides, aquí Chico Nuevo consigue sexo veinticuatro horas al día mientras que tú estás en casa esperando a que alguien de una noche intente marcar.

—¿La cama ya está colocada? Podría echarme una siesta —murmura Suigetsu .

Lo está, y ya ha sido estrenada, dos veces.

—No vas a echarte una siesta en nuestra casa. Lárgate.

Se alza, golpeando a Kiba de camino a la puerta.

—¿Es el agradecimiento que recibo por ayudarte con la mudanza a tu nueva casa?

—Ayudaste con un sofá, y ni siquiera ayudaste a ponerlo.

—Bien, pero consigo algún crédito por apoyo moral.

Kiba le da un codazo en el estómago.

—No, no lo haces. —Lo empuja al porche—. Vámonos, tengo que recoger a Tamaki . Vamos a cenar y necesito una ducha, así puedo rasurarme las pelotas.

—Amigo, demasiada información.

—¿Cómo? Te lo estoy diciendo, hace que mi polla parezca más grande cuando me rasuro las pelotas.

—Lo siento por eso. —Cierro la puerta tras ellos. Me apoyo contra ella—. No sé qué va a hacer Suigetsu cuando Kiba y Sasuke se gradúen este semestre.

Mi novia arquea una ceja.

—Puedo decirte qué va a hacer: Va a seguirte como un cachorro hasta que seas el que se gradúe.

Dos semestres que una vez parecía que estaban llevando una eternidad para llegar aquí, ahora vuelan muy rápido.

—Dios, espero que no.

Me dejo caer en el sofá, agotado, las piernas extendidas, las manos en mis muslos.

Mi padre puede que no haya estado entusiasmado cuando anuncié que iba a mudarme con mi novia después de solo salir por seis meses, pero mi madre lo estaba, nos envió algunos cientos de dólares así podíamos conseguir una cama y colchón nuevo.

Hinata me mira en ese sofá, inclinando la cabeza mientras me estudia, el sonrojo subiendo por su cuello. Sus mejillas volviéndose rojas.

—¿Qué? —espeto.

—Me gusta mirarte en nuestro salón. Es sexy decirlo. —Se detiene—. Podemos hacer todo lo que queramos, cuando queramos.

Mi polla se estremece cuando alza el borde de su camiseta y se la quita.

No está llevando sujetador.

—¿Cuándo tienes entrenamiento?

Ya me estoy ocupando del botón de mi pantalón.

—A las cinco.

Son las tres y media.

Hinata se quita las bragas, un montón rosa en el suelo de madera, al mismo tiempo me bajo el pantalón. Me lo quito de una patada y tiro de mi camiseta justo cuando se sube, montándome a horcajadas con sus tetas en mi rostro.

Justo donde me encantan.

Chupo cuando se acerca a mí, su cabeza ya hacia atrás, aferrando el respaldo del sofá mientras se sube y baja sobre mi erección.

Azoto su trasero, palmeándolo. Apretándolo.

Lo azoto de nuevo para apresurarla a moverse, para que se mueva más rápido.

—¿Te gusta? —Me lame la oreja—. ¿Te gusta eso, cariño?

—Sí, me gusta así ―mascullo. Abrazo su cintura, tirando de ella hacia abajo, empalándola.

—Dios, te amo. —Ahora estoy tirando y empujando de ella sobre mi polla, queriendo sacarla por completo, pero también deseando dejar mi carga dentro de ella.

—Creo que me va a encantar tener sexo de sofá —dice jadeando, poniendo los ojos en blanco—. ¿Crees que necesitamos más cojines bonitos?

—A la mierda los cojines. —Mis músculos centrales trabajando a tiempo completo, los glúteos apretándose para empujar. Un empujón más y me alzo, todavía dentro de ella. La dejo en el centro del sofá, deslizo su trasero al borde del cojín. Pongo los brazos bajo sus pantorrillas, alzándola.

Empujo en ella.

Pero.

Jesús, no puedo soportar no tener la lengua en su boca.

Tiro de ella al suelo, inclinándome, aferrando mis labios a los suyos, besos pegajosos. La follo justo allí en la alfombra, justo como pienso hacer cada segundo de cada maldito día.

—Oh Dios, te amo —gimotea—. Sí, justo así, justo así, no te detengas —canturrea. Canturrea como siempre hace, cada vez que follamos. Tenemos sexo.

Hacemos el amor.

—Mierda, nena, eres tan hermosa —murmuro, la charla apretando mis pelotas enviando un espasmo por mi columna vertebral.

—Te amo. —Nunca se cansa de decirlo, y nunca me canso de escucharlo. Sus fantásticas tetas botan mientras me empujo en ella con fuerza y no puedo creer que esta sea mi nueva realidad.

Esta mujer hermosa e inteligente me ama.

Quiere vivir conmigo.

Es mi jodida novia.

Voy a pellizcarme cada día, agradeciéndole a mi creador por esos malditos carteles en el patio, porque si no fuese por ese póster y esos idiotas, no estaría follando a Hinata en el suelo de nuestro piso fuera del campus.

Nuestros cuerpos.

Nuestra respiración.

Notre maison. Nuestra casa.

No sé qué sucederá después de que nos graduemos la primavera que viene, si volveré a Luisiana o… algún otro lugar, pero sabemos que queremos estar juntos.

Y saber eso es suficiente.

FIN

La historia se llama "The Learning Hours" de Sara Ney.