SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

-.-.-.-.-.-

-.-.-.-.-.-

Capítulo Treinta:

La desembocadura del Mississippi

El Capitán Inuyasha permanecía de pie en el timón de su barco, sus manos en el timón, sus agudos ojos miraban el crepúsculo mientras guiaba el barco por los muchos pequeños bancos que alineaban la península y desembocadura del Río Mississippi. Probablemente no era lo mejor estar navegando por este difícil terreno cuando la luz no era exactamente favorable pero, sabía, que era prudente dejar la costa tan pronto como fuera posible, después de todo, con frecuencia los piratas morían cuando pasaban mucho tiempo cerca de tierras inamistosas.

"Estamos subiendo en el oleaje, Capitán."

Sus orejas se movieron, girándose en su cabeza en dirección de la voz de Miroku. Los sonidos indicadores de botas pesadas subiendo los escalones lo alertaron del ascenso del hombre desde el alcázar hacia la cubierta del timón. Miró rápidamente hacia las escaleras, justo a tiempo para ver emerger los hombros de Miroku mientras subía las escaleras, su rostro mostraba una seria expresión.

"Una vez que toquemos el oleaje estaremos en mar abierto." Continuó Miroku caminando para detenerse al lado de su padre. Hombro a hombro con el hombre en el que más confiaba en todo el mundo pero también del que menos conocía.

"Entendido." Murmuró Inuyasha girando levemente el timón, sus ojos subieron para mirar a Myoga quien estaba posado en el nido de cuervos, los agudos ojos de demonio de la pulga miraban en dirección de la corriente del agua en la desvanecida luz. Sonrió ante esto, la mayoría de barcos no tenían esta ventaja, la ventaja de la vista demoníaca. "Myoga!" Gritó, su voz atravesó el atardecer golpeando fácilmente los oídos del hombrecillo.

"Sí, Capitán!" La pulga demonio respondió sin retirar sus ojos del mar, explorando adelante, vigilante.

"Por dónde?"

"A estribor sería lo mejor." Gritó Myoga mientras sus ojos escaneaban ante él el mar relativamente calmado.

Las aguas eran claras como un estanque en medio de la primavera y la marea estaba tranquila. Tan calmada como si fuera nada más que un campo de pasto en un plano silencioso. De hecho, estaban tan tranquilas que casi dificultaba ver la tierra alrededor entremezclándose, sin embargo, eso no distraía a Myoga quien conocía los mares como la palma de su mano. Conocía sus aguas, conocía sus movimientos, y fácilmente podía decir dónde comenzaban y dónde terminaban.

"No gire mucho-o," llamó al Capitán mientras sus agudos ojos distinguían una vista familiar pero mortal. "Hay-y un banco de arena-a!"

"Cuál es la distancia hasta que pasemos?" Respondió Inuyasha forzando sus ojos, no eran tan buenos como los de Myoga, Myoga era un demonio completo, y una pulga demonio, una especie conocida por tener una buena vista y la habilidad para saltar asombrosamente alto. Aun, a pesar de esto, el Capitán no era inepto, aunque no era tan claro para él como probablemente lo era para Myoga, adelante pudo ver la forma de algo más oscuro que el agua, algo que no reflejaba la luz como el agua rodeándolos.

"Un cuarto de-e legua a lo sumo, Capitán!" Llamó Myoga de nuevo mientras sus agudos ojos medían la distancia para el Capitán, un talento por el que era conocido. "Es una franja larga!"

"Gracias." Llamó el Capitán mientras lentamente comenzaba a girar el barco a estribor, confiando en el juicio de su viejo amigo. "Miroku, dónde están Kagome y Sango?"

Miroku levantó una ceja ante el completo y descarado uso de la informalidad que se tomó el Capitán con el nombre de Kagome pero no dijo nada, jurando en vez, mencionarlo la próxima vez que tuvieran lecciones. "Están abajo, Sango pensó que era mejor quedarse guardadas por ahora."

Inuyasha giró sus ojos ante esta información mientras viraba el timón levemente más hacia estribor eligiendo enfocarse en el mar antes de que sus orejas se retorcieran en su cabeza buscando escuchar el más leve chillido de Myoga, solo en caso de que se toparan con algún problema desconocido. "Supongo que nunca se le ocurrió que podríamos necesitarla." Murmuró para sí pero lo dejó pasar rápidamente, sabiendo que no tenía derecho a enojarse de verdad con Sango.

Era humana y no tan erudita o experimentada en la navegación de noche como el resto de ellos y además no sería de mucha ayuda en cubierta, un hecho del que era bien consciente. Estaba mejor abajo, fuera del camino, donde podía ser de mejor uso: mantener a Kagome a salvo si algo se torcía.

"Kagome." Parpadeó unas pocas veces mientras el nombre entraba y salía, su mente muy aturdida y muy cansada para enfocarse realmente en la joven en el momento. Cerró sus ojos fuertemente por solo un instante antes de abrirlos y parpadear rápidamente sorprendido de que en realidad se sintiera pesado y cansado. No podía recordar la última vez que se había sentido legítimamente cansado. "Dios, cuándo fue la última vez que tuve una resaca?" Se preguntó sintiendo aliviarse un poco el leve golpeteo al fondo de su cráneo. "Cuándo fue la última vez que bebí—así?"

Resopló; honestamente no podía recordar la última vez que había estado así de ebrio, tan borracho, de hecho, no podía—aun si lo intentara—recordar lo que había pasado la noche anterior. Era borroso, como un rompecabezas con las piezas regadas en su cerebro. Recordaba la botella de whisky que tomó de Kaede, la recordaba vacía de repente, recordaba el bar que había encontrado, el ron de ahí (había sabido bien), recordaba la hora de cierre, recordaba comenzar a caminar a casa, recordaba el otro bar, ser sacado de ahí (tal vez comenzó una pelea; no estaba seguro) y luego recordó tambalearse por la calle de regreso a donde Kaede, ser detenido por un barril, caer, y luego una mano alcanzando por él, la repentina sensación de una suave piel mientras envolvía su propia mano alrededor de una delgada cintura, y luego un par de tormentosos y asustados ojos grises.

Inuyasha pausó, los latidos de su corazón se aceleraron y tomó un enorme y profundo respiro mientras lo golpeaba una sensación de estar completamente abrumado. "Ojos grises—?" Se preguntó, sabía que sólo había una persona en el mundo que tenía ojos grises como los que estaba imaginando; esos hermosos, profundos, seguros y grandes ojos grises que lo miraban llenos de confusión y disertación como una ola en una playa antes que una tormenta tocara tierra. "Estuvo ahí, era Kagome?"

Retiró una mano del timón, llevándola a su cabeza, agarrando su cabello entre sus dedos mientras sentía intensificarse de repente las palpitaciones en el fondo de su cráneo. Cerrando sus ojos, inhaló por su nariz hasta que su pecho pudiera explotar, solo entonces exhaló bruscamente sacando todo el aire de sus pulmones.

"Es inútil." Murmuró obligándose a desvanecer el recuerdo, no había caso en intentar recordar algo que hubiese pasado mientras estuvo ebrio además si Kagome hubiese estado ahí lo hubiera sabido, ella habría dicho algo, la joven no era buena guardando secretos. Sí, probablemente solo era un sueño; probablemente se desmayó y soñó con ella. Abrió sus ojos ante la idea. "Qué si soñé con ella?" Ladeó su cabeza pensativo, parte de él quería recordar ese sueño, especialmente si Kagome era la estrella. "Qué soñé que la tendría en él?" Sonrió ante la idea pero se arrepintió instantáneamente cuando las palpitaciones en su cabeza se amplificaron diez veces como si su mente estuviera castigándolo por sus pensamientos sucios. Llevando una mano a su cara, frotó sus ojos tratando de aliviarlos de la pesadez y la somnolencia que lo inundaba. Hizo poco ni nada bueno. Irritado, exhaló lentamente frotando el puente de su nariz con disgusto. "Maldito dolor de cabeza."

"Capitán?"

Sus ojos se abrieron y rápidamente se giró hacia Miroku. "Olvidé completamente que estaba ahí." Notó en shock. "Sí?"

Miroku le dio una inquisidora mirada pero no dijo nada sobre su extraño comportamiento, eligiendo dejarlo pasar. "Cuáles son sus órdenes para mí, señor?"

Inuyasha frunció sus ojos, era raro que Miroku preguntara por sus órdenes, usualmente el joven sabía qué quería, sabía qué había que hacer, sabía sin tener que pensar, mucho menos preguntar. Aclarando su garganta, llevó una mano a su cabeza rascando la parte trasera mientras pensaba en una orden, una orden conveniente. Miró alrededor, parecía que cada trabajo estaba siendo atendido en el momento, Myoga estaba en vigilancia, Samuel estaba revisando las brazas, Totosai estaba arreglando un agujero en la cubierta delantera, unos cuantos hombres lo ayudaban con el trabajo, otros pocos estaban trabajando en las velas domando aparejos y revisando líneas para asegurarse de que estuvieran apretadas y él estaba navegando. Además de esos trabajos, realmente no había mucho más que hacer arriba o abajo. De hecho, todos los hombres que estaban abajo estaban durmiendo o bebiendo, descansando de las obligaciones durante la noche, no eran necesarios hasta el amanecer.

"Um—," Gruñó cerrando fuerte sus ojos y suspiró. "Realmente no hay nada que hacer."

Miroku le esbozó una ladeada sonrisa. "Seguramente puedes pensar en algo." Dijo mientras Inuyasha miraba.

Parpadeando, Inuyasha miró los alrededores tratando de pensar en algo que Miroku pudiera hacer en el momento. "No necesito un navegante, Myoga está haciendo eso," se dijo manejando el barco casi distraídamente. "No necesito que conduzca, yo lo estoy haciendo," golpeteó una garra contra la madera del timón. "Entonces qué más hay para hacer?"

"Capitán, veo una barrera, se acerca!" gritó Myoga desde arriba interrumpiendo los pensamientos de Inuyasha y dándole una idea al mismo tiempo.

"Lo tengo," gruñó girando levemente el timón hacia babor antes de girarse para mirar a Miroku. "Ve—mira por un costado, mantén tus ojos en ese banco de arena y dime si nos acercamos demasiado."

Miroku asintió lentamente, sus ojos fijos en el desconcentrado Capitán, observándolo severamente. Inmóvil lamió sus labios como si considerara el lugar.

"Qué?" Susurró el Capitán bruscamente cuando no obedeció de inmediato. "Te encontré un trabajo así que hazlo!"

Miroku mordió su labio inclinándose más cerca de las orejas del Capitán para que nadie pudiera escucharlo excepto él. "Pareces un poco—crudo, Otou-san."

Los ojos de Inuyasha se desviaron hacia él ante las palabras, su cara coloreada de un extraño tono rojo por la vergüenza o más probablemente, enojado, "Ve a hacer tu trabajo, cachorro!" Ordenó apretando fuertemente el timón en sus manos, sus ojos de nuevo enfocados en el trabajo en mano.

Miroku sonrió pero asintió levemente como señal de respeto antes de alejarse. Se desplazó al costado del barco justo como le habían dicho y tomó un profundo respiro del inminente aire nocturno. Era una noche fría, el viento llegaba casi helado del Atlántico golpeando el agua del río y del mar antes de golpear rápidamente el costado del barco. "Está un poco fría esta noche, un cambio placentero del calor de New Orleans." Habló como si se hablara a sí mismo pero Inuyasha lo supo mejor.

El perro demonio observó inmóvil, sus dorados ojos miraban al joven que había criado antes de sacudir su cabeza, desviándose de su protegido, murmurando algo por lo bajo que Miroku no pudo distinguir.

El hombre de cabello negro giró sus ojos moviéndose para mirar a su padre sobre su hombro. "Lo siento Capitán, no escuché eso."

Inuyasha resopló. "Créeme, no fue nada bueno." Sus ojos dorados se desviaron hacia Miroku estrechos y fríos y aún en el fondo cálidos y casi, pero extrañamente, entretenidos. "Ahora ponte a trabajar." Terminó levantando sus cejas, retando a Miroku a desafiarlo más.

Miroku sonrió acostumbrado al tratamiento y al extraño afecto. "Sí, Capitán." Le dijo a su padre girándose, sus ojos enfocados de nuevo en el mar.

Entrecerrando sus ojos, miró el agua oscura, la luz del atardecer era suficiente para ver el pequeño banco de arena sobresaliendo del río, a unos cientos de yardas de ellos pero aún lo cerca suficiente para ser una amenaza. Lamió sus labios mientras observaba el agua devolviéndose a la orilla del banco de arena, abrazando gentilmente la orilla antes de perder su agarre y regresar al río-mar. "Me pregunto cuántas brazas tiene el agua aquí." Preguntó en silencio mirando el costado del barco, la turbia agua del río no le decía nada.

Levantando la mirada, observó el largo del barco, sus ojos buscaban la tripulación que debería estar checando el agua mientras se desplazaban. Seguro, suspendido al frente del barco estaba Samuel con una soga que era anudada por intervalos en sus manos. Era humano, pero bien entrenado cuando se refería al mar y a medir brazadas, Miroku sabía que si estuvieran en algún peligro Samuel se los dejaría saber pero por lo que se veía, la franja de arena estaba lo lejos suficiente que no cambiaba la profundidad del agua tan drásticamente, dejándolos pasar seguramente.

Miroku miró el banco de arena, asimilando la vaga silueta que podía distinguir mientras el sol comenzaba a desvanecerse tras el horizonte, desapareciendo de la tierra para iniciar la noche mientras la brillante luna se elevaba sobre sus cabezas tomando su lugar en el cielo nocturno, supliéndolos con una luz mínima pero adecuada. Era un cambio hermoso, el cielo rosáceo se desvanecía a un oscuro negro mientras la Vía Láctea se formaba sobre ellos, un tapete de estrellas, planetas y galaxias de las que no sabían nada, un mundo que no tenían idea que existiera, un lugar más allá de ellos y que sus mentes no podrían comprender.

"Nichi," murmuró Miroku por lo bajo la palabra para sol tratando de recordar las palabras para luna y estrellas. Sabía que las había aprendido, las había escrito cientos de veces en su primera lección con el Capitán, sin mencionar todas las veces que las había practicado solo. Enfocando su mente se forzó a recordar, de la nada lanzó la palabra al aire. "Getsu." Salió de su lengua mirando la luna, apreciando la llenura del cuerpo celestial antes de que sus ojos se movieran hacia las estrellas rodeándola, también buscando su nombre. "Hoshi."

"Eso estuvo muy bien, Miroku." Llamó el Capitán desde su lugar a unos pies en el timón, sus ojos gustosos con el cambio de luz a oscuridad, a su resaca le gustaba más que a sus ojos.

Sorprendido, Miroku se giró para mirarlo a la cara mostrando claramente cuán asombrado estaba de haber sido escuchado. "Estabas escuchando?"

Inuyasha le dio una seca mirada. "Mis orejas no están solo para exhibirlas, sabes." Dijo con un bufido.

Miroku sintió su rostro sonrojarse ligeramente ante las palabras pero no comentó en el momento mientras miraba el cielo sobre su cabeza. "Sora?" Susurró en voz alta, su voz sonó ligeramente temblorosa como si no estuviera seguro de que la palabra fuese la correcta.

"Hai." Le dijo el Capitán girando de nuevo el timón. "Myoga, cómo vamos?" Llamó a la pequeña pulga.

"Bien-n Capitán," respondió el hombrecillo inclinándose sobre el borde del nido de cuervos para mirarlos abajo. "Sólo mantenga el barco-o estable y pronto estaremos en el mar!"

"Excelente," Inuyasha dejó escapar un respiro que no supo que estaba conteniendo. Era un alivio, un gran alivio, estar en tierra era algo de temer cuando se era un pirata, después de todo, las piernas en mar y las piernas en tierra eran dos cosas completamente diferentes y era raro que un hombre poseyera ambas. "Dime cuando toquemos la desembocadura!"

"Sí, Capitán," le respondió el hombre a Inuyasha mientras mantenía sus agudos ojos enfocados al frente. "Deberemos estar ahí muy pronto!"

Inuyasha sonrió, sus manos mantenían estable el timón justo como Myoga lo había mencionado. "Oi, Miroku?" Llamó al joven, su voz sonó extraña para los oídos de Miroku, como si estuviera acompañada de algo, especialmente de un acento. "Sora ni wa," comenzó retirando una mano del timón para señalar el cielo. "Nanidesu ka?" Preguntó, sus ojos se giraron para mirar a Miroku quien solo podía mirar completamente deslumbrado.

"Qué?" Murmuró Miroku dándole al Capitán una mirada que claramente declaraba que no había manera de que hubiese entendido lo que le había dicho.

"Sora ni wa nanidesu ka?" Repitió el Capitán señalando el cielo con una garra.

"Sora—ni wa," habló Miroku lentamente sabiendo que no lo dejaría escapar, tenía que intentar. "Nan—i—desu ka?"

"Hai." Dijo el Capitán con un firme movimiento de cabeza secretamente impresionado de que Miroku hubiese pronunciado cada palabra tan bien como él.

Sabiendo lo que tenía que hacer, Miroku cerró sus ojos buscando en el fondo de su mente, sumergiéndose profundo en su memoria entre todos los recuerdos de sus lecciones que descansaban ahí. "Sé que sora significa cielo pero qué hay con el cielo?" Preguntó en voz alta mientras frotaba su mentón, tratando de pensar en las otras palabras en la oración. "Ka," pronunció la última sílaba en la oración. "Es Hiragana, lo hace—una pregunta, verdad?" Abrió un ojo para mirar a Inuyasha buscando una pista. "Ka al final de una oración significa que es una pregunta?"

Inuyasha se encogió pero asintió en acuerdo al mismo tiempo, sus ojos permanecían enfocados en el timón y el mar ante ellos.

Miroku sonrió triunfante mientras continuaba pensando. "Nani también es una pregunta pero especifica qué tipo de pregunta, hm?" Pensó el momento en que Inuyasha le había explicado las palabras del desconocido idioma natal para preguntar: cómo, dónde, cuándo, por qué—qué. "Significa qué!" Notó mientras sus ojos se abrían de golpe y giraba su cabeza hacia el Capitán. "Sí, tengo razón?"

"Hai." Llegó la corta pero honesta respuesta del Capitán.

"Entonces," Concluyó Miroku, una mano en su mentón pensando. "Es una pregunta sobre el cielo." Golpeteó sus dedos en la madera de la baranda. "Qué hay con el cielo?"

"Sora—" comenzó el capitán lentamente. "Ni wa," pausó dándole a Miroku una dura mirada. "Nanidesu ka."

Miroku frunció sus ojos. "Nani desu?"

Inuyasha sonrió ligeramente mientras asentía. "Nanidesu ka."

"Nani desu ka?" Miroku frunció sabiendo que el Capitán estaba tratando de decirle algo, algo sobre esa palabra, 'desu' qué significaba. "Desu."

El Capitán suspiró llamando la atención de Miroku. "Nanidesu."

"Nanidesu?" Miroku repitió mientras lo golpeaba la realización. "Es una palabra. Nanidesu, pero no recuerdo aprender eso."

Inuyasha rió, "Nanidesu ka." Extendió el sonido de la 'ka' tanto como pudo levantando sus cejas tratando de hacer que Miroku entendiera sin darle la respuesta.

Miroku parpadeó, "Ka?" Repitió la extendida sílaba. "Todo es parte de la pregunta, no?" Notó. "Nanidesu ka es la pregunta."

"Sora ni wa nanidesu ka?" El Capitán repitió la pregunta una vez más mientras señalaba la luna y luego una estrella.

Miroku miró los dos cuerpos celestiales, las estrellas y la luna, confundido. "No dijo nada sobre las estrellas o la luna, no estaban en la pregunta entonces por qué las está señalando?" Miroku gruñó internamente. "No tienen nada que ver con el cielo, excepto que están en él." Comenzó a encogerse de hombros pero se detuvo mientras su mente se desaceleraba analizando su propia voz, el entendimiento lo golpeó como un martillo golpea un clavo. "Qué hay en el cielo?"

"Sora ni wa nanidesu ka?" Inuyasha sonrió, diciendo la frase por última vez mientras le asentía a Miroku esperando la respuesta.

"Hoshi." Le dijo al Capitán respondiendo fácilmente la pregunta, una pequeña (o mayor) parte de él asombrado de que hubiese sido capaz de hacerlo, de que hubiese sido capaz de entender y que ahora pudiera responder. "To getsu."

El Capitán sonrió, un profundo y asegurador gruñido salió de algún lugar de su garganta. "Segure." Le dijo a Miroku afectuosamente mientras la sonrisa se tornaba una sonrisa de orgullo paterno.

"Capitán!" El sonido de un hombre interrumpió el rudo elogio.

Arrugando su nariz con irritación, el Capitán giró su cabeza hacia el frente del barco buscando al hombre que lo había llamado. "Qué pasa?" Gruñó, sus ojos buscaban al hablante entre los pocos hombres que aún se localizaban en la cubierta.

"A babor, señor!" Gritó un hombre, los ojos de Inuyasha inmediatamente lo vieron mientras ondeaba sus manos hacia el Capitán desde la cubierta principal, intentando llamar la atención del hombre mientras señalaba el lado izquierdo del barco, el lado babor con un largo dedo demoníaco. "Una luz."

El Capitán le dio al hombre una extraña mirada antes de desviar su atención de Miroku para mirar hacia la desembocadura del río a su babor. Entrecerró sus ojos tratando de distinguir la presencia de una luz entre las estrellas. Era una tarea difícil, discernir estrellas de las posibles luces de un barco pero Inuyasha sabía muy bien el truco para distinguir la diferencia. Una estrella permanecía tranquila en el horizonte, inmóvil mientras brillaba y resplandecía; la luz de un barco, por otro lado, se movía y ondeaba por los movimientos de las olas. Apretó sus dientes mirando fervientemente, sería malo si hubiese un barco ahí, extremadamente malo, este no era el momento para que pasara algo como esto, ahora no, no cuando tenían algo tan preciado a bordo, no cuando tenían algo que tenían que proteger a toda costa.

Gruñó con rabia ante la idea, sus ojos brillaban mientras la luz de la luna se reflejaba en ellos. "Myoga!" Gritó Inuyasha hacia el hombre mientras miraba a babor, sus manos apretaban fuertemente el timón. "Qué ves?" Su pregunta se encontró con silencio, absoluto silencio. Sus orejas se retorcieron en su cabeza, desesperado por una respuesta de su amigo y criado de toda la vida. "Vamos Myoga." Pensó apretando más sus manos en el timón, la madera crujía bajo su propia fuerza. Tomando un profundo respiro aflojó levemente su agarre mientras inhalaba y exhalaba profundamente para ayudar a calmarse. "Vamos." Repitió por lo bajo esta vez.

De repente, para su alivio y terror la voz de Myoga llegó a sus oídos. "A la derecha-a, barco-o a la derecha!" Respondió la pequeña pulga, todo el barco pareció tensarse ante la admisión. "A poco menos-s de una legua, tiene velas blancas-s."

"Sólo una legua?" Murmuró Inuyasha por lo bajo mientras mordía su labio. "Puedes ver una bandera?" Gritó de nuevo, esperando que Myoga pudiera discernir la misteriosa bandera del barco. Tenían que saber qué tipo de barco era, solo entonces sabrían cómo reaccionar y cuán rápido necesitaban reaccionar.

De nuevo, su pregunta encontró silencio, sus orejas captaron el sonido del gruñido de Myoga, luego el sonido de un catalejo. "Myoga no puede decirlo-o. La lu-uz es mala-a." Respondió Myoga sonando arrepentido.

"Mierda." Maldijo Inuyasha llevando una mano a su boca, limpiándola pensativo. "Se dirigen a la desembocadura del río?"

"No, Capitán!" Respondió Myoga rápidamente esta vez, sabiendo que el actual curso del barco era su principal preocupación. "Parece-en anclados. Probablemente no-o quieran abordar el río-o de noche."

"No se están moviendo, están anclados para pasar la noche," Inuyasha mordió su labio repitiendo la idea en su mente, sus ojos dirigidos al turbio y difícil terreno rodeándolos. "Aún si nos ven, sería difícil para ellos maniobrar, así que probablemente no perseguirían, sería mucho trabajo pero—," Lamió sus labios y miró a Miroku cuyos ojos estaban moviéndose entre el banco de arena y el otro peligro al otro lado. "Qué piensas, Miroku?"

"Están lejos y no se mueven," respondió Miroku duramente, sus ojos fijos brevemente en los propios irises del Capitán antes de dirigirlos hacia la oscuridad mirando el punto de luz con el que estaban cautivados. "Casi no hay manera en que puedan llegar a nosotros."

"Casi es la palabra clave en esa oración." Respondió Inuyasha lo mínimo convencido por las palabras de su primer oficial e intendente. "Apaguen la luz guía." Ordenó Inuyasha duramente, su voz haciendo eco por las filas de hombres. En segundos, la luz guía fue extinta dejando la punta del barco en una semi-oscuridad. Ahora solo eran guiados por la luna. "Miroku, hemos pasado el banco de arena?"

Miroku parpadeó rápidamente habiendo olvidado el banco hasta que habló, girándose para ver por el borde, mirando el banco mientras continuaban pasándolo, bordeándolo lentamente, movido solo por los caprichosos vientos. "Casi señor, solo unos minutos y estaremos fuera."

Inuyasha asintió firmemente, sus ojos fijos en la luz que parpadeaba en la distancia. Miró las velas analizando las suaves y ondeantes sábanas negras, observando mientras se expandían ante el viento levemente favorable que estaba empujándolos hacia la desembocadura del río. Sonrió, agradecido de que fueran negras, oscuras y difíciles de ver en la noche, a diferencia del otro barco en el profundo mar azul esta noche. "Myoga?" Llamó al pequeño hombre en el nido de cuervos. "Dime al segundo que puedas distinguir la bandera, entendido?"

"Sí, señor."

Inuyasha asintió firmemente, sus ojos fijos en el pequeño parpadeo de luz que apenas podía distinguir en la distancia. Lamió sus labios, "Esto podría ser malo." Le murmuró a Miroku quien se había detenido a su lado.

"Lo sé." Miroku asintió su cabeza, inclinándose hacia el Capitán, sus palabras tan silenciosas para que solo el demonio a su lado pudiera escuchar. "No podemos hacer esto con Kagome a bordo."

Inuyasha asintió bruscamente. "Lo sé." Miró las tablas bajo sus pies, imaginando a la pequeña joven en la habitación debajo de ellos, joven e ingenua, gentil y dulce.

"Si es un barco de la armada podremos huir, incluso si es de la corona," susurró Miroku tranquilamente, cuidadoso de que nadie escuchara una palabra de lo que estaba diciendo. "Los hombres entenderán no queriendo acercarse a ellos después de lo de Port Royal."

"Lo sé." Susurró Inuyasha igualmente tranquilo, sus ojos aún fijos en el pequeño barco mientras se acercaban más y más con cada pasante momento. Estaba estacionado en el agua, subiendo y bajando con la marea pero eso no significaba que no pudieran despertar rápido y moverse para derribarlos.

"Si es de pasajeros, les diremos que este no es un buen momento para saquear." Continuó Miroku en su tono callado, su voz la guía de la razón que Inuyasha siempre necesitaba a su lado. "Ellos entenderán, es de noche, nunca querrás saquear de noche cuando la luz es mala y no puedas decir si lo vale—."

"Eso no es lo que me preocupa, Miroku." Inuyasha lo interrumpió, sus ojos fijos en el creciente punto en el oscuro horizonte. El peligro estaba incrementándose con cada minuto, entre más cerca estuvieran era más probable que un vigilante pudiera verlos. Esperaba que no pudieran verlo, esperaba que fueran humanos e incapaces de reconocer el oscuro barco por lo que era. Tragó, todo lo que podía hacer era esperar.

"Por qué estás preocupado?" Preguntó Miroku, sus ojos y entrecejo fruncidos.

Inuyasha pasó su lengua sobre sus dientes antes de mirar a Miroku. "Piratas."

"Nosotros somos piratas," exclamó Miroku un poco más fuerte de lo que había planeado. Aclarando su garganta continuó un poco más suave. "Por qué nos preocuparíamos por piratas?"

"Podemos huir de la armada, podemos huir de ellos como un conejo rebasando una tortuga," comenzó Inuyasha, su voz firme y llena de experiencia. "Un barco de pasajeros nos ignoraría, usualmente no tienen armas pero uno pirata—," Miró a Miroku, sus ojos comunicando el mensaje mucho más profundo de lo que las palabras podrían. "Vendrán, sabes que lo harán, nosotros lo hacemos, y cómo rebasas eso?" Pausó tratando de transmitir en sus ojos su propio temor lo mejor que pudiera. "Cómo te rebasas a ti mismo?"

Miroku permaneció callado, sus ojos buscaban los propios del Capitán, buscando en el hombre más respuestas sabiendo que la respuesta del Capitán había sido suficiente. Un pirata que encontraba un pirata era la peor situación posible con la cual encontrarse en mar abierto. Solo un pirata sabía realmente cómo pelear con un pirata, sus trucos eran los mismos, sus conocimientos del océano eran universales dentro de su especie. La armada estaba llena de idiotas sin importar de qué país fueran. Los barcos de pasajeros eran armaduras, solo intentaban establecerse en tierras nuevas pero los piratas, estaban hechos para el mar y el mar estaba hecho para ellos. Sabían, sabían mejor que nadie o nada cómo sobrevivir en el océano y por eso conocían las reglas de la competencia, la sobrevivencia del más apto, el hombre que pelea hoy no tendrá que pelear mañana, así que nunca dejes vivo a tu enemigo. Eso es por qué el mantra del barco era 'peleamos por vivir' porque para un pirata esa era realmente la única razón por la que peleaban—para vivir. "Qué vamos a hacer Capitán?" Miroku habló de nuevo, su voz apretada, un grito lejano de su anterior comportamiento natural.

"Esperaremos." Respondió Inuyasha mientras sus agudos ojos permanecían enfocados en el barco a la distancia. Ahora estaba mucho más cerca, las blancas velas casi perturbadoramente hermosas mientras colgaban del mástil para la noche a media legua de distancia. Fue entonces que algo captó los ojos de Inuyasha, algo que ahora podía distinguir estando más cerca.

"Miroku," ordenó suavemente mientras le indicaba al hombre que tomara el timón.

Sin preguntar, Miroku cambió posiciones con el hombre, sus manos tomaron las riendas del barco mientras observaba al Capitán buscar en su chaqueta hasta que encontró lo que estaba buscando. Removiendo el catalejo de su bolsillo interno, Inuyasha lo abrió, su propia curiosidad ante la extraña rareza lo incentivó a mirar el barco más de cerca, aun si fuera una hazaña difícil de lograr en la oscuridad. Llevó el catalejo a su ojo, ajustándolo para poder ver claramente la luz guía del barco antes de subirlo para mirar el mástil y las velas y la bandera que ondeaba entre ellas.

"Myoga!" Gritó hacia arriba, su voz hizo que todos los hombres en cubierta se paralizaran y miraran a su fuerte y calmado Capitán. "Mira la bandera, la bandera sobre el barco, puedes distinguirla ya?"

Hubo sonido desde arriba, el sonido del catalejo de Myoga y luego silencio mientras el pequeño hombre encontraba el barco en su campo visual, miró la bandera, y luego dejó caer el catalejo al suelo. "E-el Trueno, la bandera-a del Trueno."

Inuyasha y Miroku se giraron para mirarse mutuamente, sus ojos mirándose como si ambos estuvieran en completo y total incredulidad—en verdad lo estaban—completa y totalmente. "Capitán—," Miroku comenzó a decir pero instantáneamente fue interrumpido mientras el Capitán desviaba su cabeza, sus ojos enfocados en el barco en la distancia, su boca se movió antes de tener tiempo para pensar las palabras.

"Estamos jodidos."

Por primera vez, Miroku estuvo completa y totalmente de acuerdo.

-.-.-.-.-.-.-.-.-

Naraku Morgan yacía despierto en su cama, incapaz de dormir, sus oscuros ojos enfocados en la oscura habitación, sus agudos oídos enfocados en el sonido de los ronquidos de su padre y del Sr. Dresmont. Girando sus ojos, se sentó en su cama, mirando en dirección de los dos hombres durmientes y enojado por sus fuertes y obstinados ronquidos, uno en el piso y el otro dormido en la cama junto a él.

"Por qué tengo que dormir aquí con ustedes dos?" Gruñó lanzando sus piernas por el costado de la cama, estirándose en la oscuridad antes de levantarse, moviendo su cuello de lado a lado mientras se dirigía hacia la puerta. "Tan pronto como termine su utilidad," gruñó para sí girando el pomo. "No tendré que tratar más con estas noches de insomnio."

Abrió la puerta tan tranquilamente como pudo, empujando la sólida puerta de madera con largos dedos blancos con uñas afiladas y oscuras. La puerta se abrió sin tantos crujidos, permitiéndole salir a la cubierta principal, donde el aire era silencioso salvo por el sonido de las velas y la bandera ondeando en el viento.

Resopló mirando hacia las velas, asimilando la vista de la bandera del Trueno, dos nubes grises ambas disparando rayos en un fondo azulado mientras ondeaba en la brisa, patéticamente. Sus oscuros ojos ignoraron la demoníaca bandera pirata, a cambio de mirar la igualmente patética cubierta principal.

Arrugó su nariz ante el olor de la cubierta misma, olía a animales muertos y desperdicios, como si nunca hubiese sido lavada desde su concepción. Acostados vicariamente en ella había miembros de la tripulación, ebrios, desmayados en su propio vómito, rodeados por su propio excremento y botellas de ron o whisky. Naraku casi se atraganta ante la vista, una parte de él no quería nada más que matar a cada hombre en el barco pero otra parte de él—la más astuta—la más letal, sabía que ahora no era el momento. Después de todo, esos hombres podrían ser útiles, muy útiles en el futuro cercano.

Sonriendo para sí, se detuvo totalmente en la cubierta, alzando su nariz hacia un tripulante que estaba dormido en un rollo de soga, una botella de ginebra en sus brazos abrazada protectoramente como si fuera un infante.

"Qué desagradable." Murmuró girando sus ojos antes de dirigirse hacia el otro costado del barco, la única otra habitación en el barco, la habitación donde el Capitán Hiten muy probablemente estaba ubicado. "Probablemente está durmiendo." Razonó Naraku mirando el timón, sabía que estaban anclados durante la noche, su padre no había querido navegar en río en la oscuridad. "Patético," gruñó ante la cobardía de su padre, Hiten le había dicho al hombre que podía navegar el río fácilmente de día o de noche pero su padre aún se había rehusado con los motivos de que era muy peligroso. "Es asombroso haber sido engendrado de un cobarde como tú, padre." Se dijo mientras continuaba por la cubierta.

Pausó momentáneamente cuando vio al vigilante nocturno sentado durmiendo en su butaca, con whisky en sus manos.

"Qué conveniente." Gruñó con otro giro de sus ojos, "Cuando tome el barco serás el primero en morir." Le dijo al hombre durmiente antes de desviar su mirada aterrizándola en la puerta de la habitación de Hiten, su expresión cambió cuando vio la insignificante habitación del hombre.

Hiten era lo mejor que le hubiese pasado en toda su vida y existencia, por una y solo una razón, Hiten poseía en su amplia frente la única cosa que Naraku siempre había soñado tener. Poder absoluto, total y completo control, la habilidad y el poder para controlar a quien quisiera y lo que quisiera, cuando quisiera, sin tanto como una palabra de alguien que pensara que era inmerecido e incompetente.

"La Shikon no Tama." Dijo en voz alta, las palabras salieron de su lengua como si hubiese nacido para hablar el idioma del que era originario. "Con tu poder finalmente tendré todo lo que he querido." Rió ligeramente, con alegría en el sonido, una oscura felicidad que le habría puesto la carne de gallina a cualquier oyente.

Sonrió en la oscuridad, sus agudos ojos veían fácilmente en el oscuro cielo nocturno como cualquier comadreja hubiese podido. Estudió la Vía Láctea sobre su cabeza, vio las constelaciones, de galaxias enteras, las estrellas y planetas se reflejaban en sus siniestros ojos negros.

"Tendré todo." Habló, su voz cargada pero silenciosa por el barco de borrachos durmientes. "Todo y nadie será capaz de detenerme."

Pero incluso las piedras podrían detener gigantes, este era un hecho con el que Naraku no estaba muy familiarizado.

"Mierda!" Maldijo Naraku cuando sintió su bota aterrizar en algo caliente y pegajoso, sólido y repugnante. Como si quemara, retiró su pie de la asquerosa sustancia, su estómago revuelto ante la vista. "Por qué tuvimos que tomar este barco?" Se preguntó repulsivo mientras buscaba algo con lo que pudiera limpiar su pie. Lo encontró en la forma de un balde (un balde severamente usado) y la camisa desgastada de un tripulante. "No me importa si El Trueno es un millón de veces más rápido que el Hopewell, esto es ridículo!" Se quejó mientras su ira brotaba rodeándolo, pareciendo irradiar mientras hablaba.

Limpiando los remanentes de porquería de su pie, cojeó hacia el costado del barco para disponer de la improvisada toalla que había robado, observando con satisfacción mientras se hundía en el agua del profundo mar.

Sonriendo, levantó la mirada, hacia el horizonte, hacia las estrellas, hacia la luna, hacia la desembocadura del río Mississippi, su mente de vuelta a los pensamientos sobre su éxito. Ahora estaba muy cerca, tan cerca de encontrar a la mujer, encontrar la llave, tan cerca de saber cómo encontrar los fragmentos de la joya, tan cerca de completar cada esperanza suya, cada sueño. Todo eso estaba más allá de la entrada al río Mississippi, todo estaba en New Orleans, estaba con la mujer que alguna vez había tenido un fragmento de la joya en su mano, estaba la mujer que sabía cómo encontrar más de ellos—así le habían dicho.

Miró hacia la habitación de Hiten y luego el escenario ante él, preguntándose si debería entrar y despertar al hombre para interrogarlo más sobre la mujer que supuestamente estaba en New Orleans. Había estado presionándolo por información durante semanas, había sacado de Hiten cada pieza de información que pudiera usar. A este punto, incluso Naraku sabía que estaría mal intentar obtener más, después de todo, después de cierto punto Hiten probablemente comenzaría a mentir así que Naraku lo dejó en paz. El joven sonrió, de cualquier forma era divertido ver retorcerse al hombre.

Naraku rió profundo en su garganta ante la idea, una malvada sonrisa se formó en su rostro mientras decidía ignorar a Hiten en favor de estudiar la tierra ante él. La luna en el cielo, la desembocadura del Mississippi ante él, las estrellas—

Naraku ladeó su cabeza cuando algo llamó su atención entre esas estrellas, algo que descansaba en el horizonte. Parpadeó varias veces viendo algo que no había parecido cuadrar en el oscuro cielo nocturno. "Qué es eso?" Se preguntó mirándolo, su entrecejo fruncido, arrugado asimilando la vista de unas extrañas y muy conocidas velas negras.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Kagome estaba sentada con sus piernas cruzadas en la cama de Sango y Miroku, Sango junto a ella estirada aparentemente dormida. En el piso a unos pies estaba sentado Shippo zumbando para sí mientras jugaba con un pequeño trompo de madera que Miroku le había dado. De acuerdo a Sango el trompo alguna vez le había pertenecido a Miroku cuando era un niño pequeño, su primer y único juguete obsequiado por ninguno otro que el Capitán mismo.

Ella sonrió mientras Shippo envolvía la cuerda alrededor del trompo murmurando para sí mientras lo hacía como si estuviera dándose instrucciones de cómo usar el juguete. Con la cuerda envuelta, lo llevó al suelo, sosteniéndolo con una mano mientras la otra se preparaba para jalar de la cuerda justo como le había enseñado Kagome y Sango una hora atrás. Sus ojos se abrieron con gusto cuando tiró duro de la cuerda, el trompo giró rápidamente mientras era liberado de su agarre.

"Vaya!" Animó el pequeño niño observando el trompo girar en las tablas de madera, saltando cuando golpeaba alguna mella en el piso, el encuentro hizo que cayera de costado aun girando rápidamente. El zorrito rió, rió mientras observaba el trompo girar a pesar de haber caído, sus pequeños ojos verdes lo miraban con tal deleite que parecían brillar con alegría. "Kagome," llamó a la 'señorita', obviando fácilmente el comienzo de su nombre como lo había hecho lentamente con todos los demás. "Viste, viste!"

"Seguro." Le dijo con una gentil sonrisa mientras el trompo comenzaba a detenerse, su aventura llegaba a un final sólo para que Shippo lo agarrara y lo hiciera comenzar de nuevo. La sonrisa desapareció de su rostro mientras Shippo desviaba su mirada, sus ojos pasaron de felices y animados a oscuros y meditativos mientras estudiaba la brújula que descansaba en su regazo.

Con cuidado, la llevó hacia sus ojos, mirándola intensamente, estudiando la escritura pulgada por pulgada, caracter tras caracter. Brevemente, se preguntó cuál decía Sesshomaru y cuál decía Inu no Taisho; tenían que estar ahí, aquí era donde el Capitán los había leído, aquí era donde los había visto, aquí era donde habían sido escritos por manos desconocidas mucho tiempo atrás.

"Me pregunto quién es Sesshomaru." Pensó para sí delineando nerviosamente algo del texto como si temiera que pudiera morderla. Suspirando fuertemente, hizo a un lado la idea, dejando caer sus manos en su regazo y también la brújula. No decía quién era Sesshomaru, o de dónde provenía el título de Inu no Taisho o qué significaba, o cómo los conocía el Capitán o cómo estaba conectado con ellos. No había forma en que pudiera decirlo sin preguntarle al Capitán y eso no iba a pasar.

Kagome suspiró, recostando su espalda contra la cabecera de la cama, sus ojos miraban a Sango checando a la mujer por algunas señales de vida, no vio ninguna. Sango estaba dormida, desmayada exhausta en la cama. Kagome sentía envidia. Deseaba poder relajarse, deseaba poder dormir, deseaba poder lograr cerrar sus ojos y desvanecerse pero cada vez que lo hacía, cada vez que lo intentaba su mente se rehusaba a dejarla. La bombardeaba con pensamientos, con preguntas, con recuerdos, con dudas, con negaciones. Y continuarían bombardeándola por horas hasta que casi lloraba de sus pesados párpados y su mente cansada.

Vagamente, distinguió el sonido del Capitán gritando en cubierta, algo sobre una bandera, pensó, pero eligió ignorar. No quería saber, no tenía voluntad para saber, saber algo más lastimaría más su cabeza. Kagome llevó ambas manos hacia su rostro frotando sus ojos antes de golpear gentilmente sus mejillas intentando aliviar su arrugada mente. La acción no le hizo bien. Suspirando, levantó su mano para tocar distraídamente la joya que descansaba contra su pecho, sus manos la frotaron inconscientemente por un momento antes de que sus ojos se abrieran y se desviaran para mirar la pequeña gema.

"Kikyo." Pensó mirando la pequeña e insignificante joya y la soltó como si quemara. "No puedo creer nada de esto," pensó mirando la inocente gema. "Esto—se la dio a ella y luego me la dio a mí." Sus pensamientos pausaron por un minuto mientras las palabras se asentaban. "Kaede dijo que sus recuerdos regresaron justo cuando usé mi poder miko la primera vez y luego—justo después de eso me dio la joya." Mordió su labio, chupándolo pensativa en su boca. "Él me dio la joya justo después de recordarla. Por qué lo haría?" Cerró sus ojos y gruñó bajo en la habitación. "Deseo poder dormir." Murmuró para sí sabiendo que Shippo estaba muy distraído para escuchar. Seguro, cuando miró al niño jugando ni pestañeó, sólo continuó enrollando la cuerda alrededor del trompo para otra lanzada. Suspiró, cerrando sus ojos, sus manos tocaban la madera de la brújula distraídamente, las puntas de sus uñas hicieron que un ligero golpeteo llenara la habitación mientras se perdía ante la inconclusa superficie de la brújula, jugando con cada caracter escrito ahí.

"Kagome—."

Kagome sintió el vello de su nuca erizarse mientras escuchaba su nombre resonar en la habitación como si hubiese sido llevado por el viento desde millas lejos. Sus manos comenzaron a temblar mientras sus ojos se desplazaban alrededor, un sentimiento de paranoia y desesperación invadió su corazón. Sintió como si estuviera siendo observada, como si estuviera siendo espiada, vigilada, acechada desde una distancia por un predador listo para atacar. Respirando fuertemente, miró a Shippo quien observaba su trompo mientras giraba una vez más, sus brillantes ojos parecían imperturbables, sin obstáculos, inconscientes. Tragó preguntándose si había escuchado el susurro, si había notado algo extraño, si se sentía como ella ahora. A juzgar por su expresión, no.

"Kagome—."

Saltó cuando la voz regresó, esta vez no sonó como el viento sino como si estuviera ahí, justo en frente de ella, en su regazo. Con ojos bien abiertos, Kagome rápidamente agachó su cabeza para ver la brújula en su regazo, la brújula que estaba brillando desde su lugar sobre sus piernas. La miró, sus ojos enfocados en ella e incapaz de desviarlos. Había algo extraño en esa luz, algo casi—consolador. Estaba en el ligero brillo de la brújula, la energía que parecía brotar a través y en ella como si tocara cada parte de su ser. No era como un predador, no se sentía dañino, se sentía cálido, relajante, familiar, como si la hubiese conocido de toda su vida, y en cada vida que hubiese vivido. Sus ojos se tornaron pesados, su mente, se tornó borrosa, y sonrió mientras observaba la luz, una canción de cuna visual.

"Kagome—."

La llamó de nuevo, esta vez haciendo que Kagome no sintiera miedo. Alcanzó, tocó la superficie de madera, sonrió y de repente supo lo que tenía que hacer, supo sin tener que saberlo que afuera había un predador, que había un acechador escondido en la hierba, que había algo que necesitaba proteger y que ella era la única que sabía cómo protegerlo. Sintió sus ojos ponerse en blanco, sintió su memoria tornarse borrosa, sintió toda su personalidad, todo lo que había hecho o experimentado o sentido o amado u odiado, desvanecerse de ella. Fue como la primera vez, la vez cuando Manten la había amenazado con la decisión de vivir con una violación o morir desmembrada.

Sintió que todo se desvaneció desapareciendo en una metafórica ola negra.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

"Qué demonios vamos a hacer si nos ven?" Le preguntó Miroku al Capitán en un susurro contenido mientras los dos hombres permanecían en la cubierta del timón, sus ojos enfocados en el barco que ahora estaba a un cuarto de legua de ellos.

"No lo sé." Respondió Inuyasha, su voz uniforme si no un poco contenida mientras hablaba.

Sus agudos ojos dorados estaban fijos en el barco observándolo con tal intensidad que si hubiese podido, habría estallado en llamas por la simple fiereza de su mirada. Él, por primera vez en toda su carrera como pirata, no tenía idea de qué hacer. Esta no era como cualquier situación en la que hubiese estado, usualmente, solo pelearía, el que diera el primer golpe, asaltaría, saquearía, y saldría recompensado pero esta vez, era diferente.

Inuyasha tragó saliva duro. "No podemos pelear, no con Kagome a bordo. Esa joven," mordió su labio lo duro suficiente para sacarse sangre. "No puede verlo, no una pelea como esta. Para ella, una cosa es presenciar una pelea en un bar pero otra completamente diferente es presenciar un encuentro de vida o muerte entre barcos piratas," hizo una mueca ante la idea de Kagome viendo la matanza que ocurriría en un encuentro entre un pirata que había perdido un hermano y el pirata que muy probablemente pensaba lo había matado. "Qué pensaría, qué sentiría, haría o diría si me ve matar a un hombre a sangre fría con las manos o con un arma o cuchillo?"

Una joven como ella nunca sería capaz de mirarlo igual y eso era algo que no podía perder. No podía perder esa mirada en sus ojos, esos tormentosos ojos grises llenos con emociones revueltas que reflejaban y distorsionaban la siempre amable sonrisa en sus rosados labios. Preferiría pelear por esa sonrisa un millón de veces que pelear la batalla ahora frente a él.

"Necesitamos salir de aquí." Inuyasha escuchó las palabras salir de su boca pero por un momento no creyó que hubiese sido él quien hubiese hablado.

"Tú lo dijiste," susurró Miroku rápidamente desde su lugar a su lado. "No puedes huir de un pirata." Se dirigió hacia el barco que estaba esperando en la desembocadura del río a donde se estaban dirigiendo. "Has escuchado de El Trueno, es rápido, todos lo saben. Si nos ubica, aun si tuvieran que regresar a la vida todo el barco, nos atraparían."

Inuyasha asintió, completamente de acuerdo, había escuchado de El Trueno, había escuchado de los hermanos que lo navegaban, había estado ahí cuando uno de ellos murió, había visto las cenizas—el producto de su muerte. Sabía que Hiten, el hermano mayor, el hermano sobreviviente estaría buscando sangre, no los dejaría escapar.

"Si ellos nos ven tendremos que pelear." Concluyó Miroku por Inuyasha, sus ojos ébano mostraban cierta cantidad de temor y preocupación, preocupación por Sango, preocupación por Kagome.

Sabía que Sango podría superar a cualquier hombre en una pelea, era buena con un arma, buena con un cuchillo, buena con un golpe o una patada también, pero eso no significaba que no se pudiera preocupar porque también sabía cuánto la lastimaba cuando tenía que pelear para matar. Kagome, por otro lado, era un caso completamente diferente. Era indefensa, no sabía nada de pelear, no sabía nada de cómo sobrevivir en una verdadera pelea de vida o muerte. Era joven, ingenua e idealista, y no podían ser los responsables de destruir eso.

Se giró hacia el Capitán, su padre, sus ojos suplicantes mientras una idea lo inundaba, era la única manera, lo único en lo que podría pensar que pudiera salvar de la experiencia a ambas mujeres. "El bote." Dijo, su voz apretada, temía un rechazo. "Puedes poner a Kagome y a Sango en un bote."

Inuyasha se giró hacia Miroku aturdido por sus palabras. "Qué?"

"Las dejaremos a la deriva, Sango puede remar hacia la orilla," Miroku miró a Inuyasha, sus ojos implorantes, rogándole aceptar que era una buena idea. "Cuando la pelea termine iremos a encontrarlas. Sango puede hacer una señal de fuego, no será difícil."

Inuyasha desvió la mirada del joven, su rostro severo. Era una buena idea, eso lo sabía de seguro pero aún no le gustaba. La idea de Kagome lejos de él, fuera de su vista y su protección era infalible por decir lo menos, "Maldición." Maldijo llevando una mano a su frente, la palpitación de antes regresó con venganza.

"Tu mujer." Gruñó el demonio en él. "Debes proteger a tu mujer!"

"Estoy protegiéndola." Le dijo Inuyasha severamente. "Esta es la única manera."

Gruñendo, empujó las emociones del demonio al lugar donde descansaban profundo dentro de él, sabiendo que Kagome estaría más segura lejos de él en el momento. "Está bien, prepara un bote, si El Trueno comienza a parecer que viene por nosotros las dejaremos a la deriva." Ordenó Inuyasha, su voz sonaba extrañamente apretada. "A Shippo también, es muy joven para esto."

"Sí, señor." Dijo Miroku rápidamente dirigiéndose hacia las escaleras solo para detenerse en seco en su lugar, su boca se desplomó mientras veía a Kagome subiendo lentamente para detenerse en la cubierta del timón. "Cap—," Comenzó a hablar pero se detuvo cuando sus tormentosos ojos se giraron para mirarlo.

"Qué—" La voz de Inuyasha se atascó en su garganta mientras miraba a la joven en frente de ellos.

Estaba de pie descalza, usando su camisa por fuera sin chaqueta, los contornos de sus senos claramente visibles a través del suave material, sus pantalones colgaban holgadamente de sus caderas, su corto cabello se movía como si fuera tocado por una brisa aunque no hubiese ninguna.

"Kagome." Susurró Inuyasha en el aire, su voz un suave tenor como de un joven que estuviera asombrado con un nuevo descubrimiento o juguete. "Kagome, qué estás haciendo?"

Sus tormentosos ojos se giraron para mirarlo, el gris suave y lechoso casi blanco lo miraba como si nunca lo hubiese visto antes y aún lo hubiese conocido por un millón de vidas. "Inu—ya—sha." Dijo lentamente, una sonrisa se formó en sus labios aunque sus ojos parecían apagándose con cada sílaba.

Inuyasha sintió incrementar los latidos de su corazón en su pecho, sintió el pánico incrementarse dentro de él, algo estaba mal, algo estaba mal con ella y aun, en algún lugar dentro de él supo que estaba bien. Había visto antes esa mirada en su rostro, justo antes de que hiciera algo extraordinario, justo antes de que lo hubiese salvado. Era la misma mirada, la mirada que le decía no tener miedo, que le decía confiar en ella, aceptarla así como ella lo había aceptado.

Sus ojos se cerraron, la sonrisa se tornó más gentil si eso era posible mientras ladeaba su cabeza. "No te preocupes." Habló suavemente, sus ojos aún escondidos por sus párpados y pestañas. "Sé lo que tengo que hacer y haré lo que sé."

Inuyasha frunció sus cejas, sus palabras eran extrañas, su gramática era extraña. Parpadeó, tomó un profundo respiro y sintió su corazón aligerarse mientras sus ojos se abrían de repente, las profundidades grises se veían más profundas y más asombrosas de lo normal como si de repente supiera cada verdad y cada falla y cada belleza que yacía en el mundo a su alrededor. Era como si pudiera controlarlo, como si lo hubiese creado, como si fuera la Madre Naturaleza misma. Y mientras lo miraba así, con esos reconocibles ojos, esos ojos que parecían saber todo de él, se sintió extrañamente calmado. No podía explicarlo, incluso no podía comprenderlo, se sentía como si cada preocupación, cada temor, cada dolor, cada horrible momento de su vida significara nada porque ellos lo habían conducido a este momento, lo hubiesen llevado a sus deslumbrantes ojos grises.

Un leve brillo rosáceo comenzó a formarse alrededor de ella, tocando cada parte de ella, iluminando la cubierta del timón con su gentil y hermoso brillo. Ella sonrió por eso, sus ojos se cerraron de nuevo como si la luz fuera una cálida sábana preparándola para la cama.

El barco quedó en silencio mientras cada hombre a bordo la miraba, mientras cada ratón, cada pájaro se fijaba en la joven que el Capitán había reclamado como suya. Era hermosa, absolutamente hermosa mientras se daba la vuelta lejos del Capitán y Miroku, su foco cambió de ellos hacia El Trueno frente a ellos el cual ahora estaba cuello a cuello con el Shikuro mientras comenzaba a abandonar la desembocadura del río para entrar en las abiertas aguas del Golfo de México.

"Deseas no ser visto." Susurró ella, tan tranquila que sólo Inuyasha escuchó. "Entonces te haré invisible."

Inuyasha sintió la urgencia de caminar, apresurarse y agarrarla, acunarla en sus brazos, protegerla pero no lo hizo, no pudo ceder, en vez, solo observó mientras levantaba una mano sobre su cabeza y hacía algo que no había visto hacer a una mujer en cincuenta años.

Fin del Capítulo

Dejen sus Reviews

-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Notas:

Braza: un sistema de medida para la profundidad, usado en el mar para establecer la profundidad del agua. Una braza son 6 pies de longitud. Medir una braza se hacía comúnmente usando una soga que tenía nudos a intervalos de 6 pies.

Hecho divertido: Cuando enterraban un hombre en el mar, era requerido por la mayoría de los barcos que el agua estuviera al menos a 5 brazas o 30 pies de profundidad. Posiblemente, esto era porque un cuerpo en cualquier agua menos profunda regresaría a la superficie (esto ha sido desaprobado desde entonces) pero la mayoría de los eruditos están de acuerdo en que era más una señal de respeto por el compañero caído.

Legua: un sistema de medida para distancias. Aproximadamente son 3 millas.

Traducciones del japonés:

Sora ni wa nanidesu ka?: Qué hay en el cielo?

Hoshi to getsu: La luna y las estrellas.

Segure: Excelente.