Toma se encontraba apoyado en su escritorio con los brazos cruzados, observando algo que no estaba a su alcance. Recientemente había estado ausente en sus clases, y por vez primera, Yashiro sintió una extrañeza al verlo. Cuando entró a la estancia se detuvo en seco y el muchacho dirigió su atención hacia ella, dedicándole una sorprendida sonrisa, a la cual Yashiro respondió con el mismo gesto. Sin embargo, no podía apartar la vista de la figura que se hallaba de espaldas, observando a través de la ventana. Se trataba de ni más ni menos que Makishima Shougo.

Los ojos de la recién llegada se abrieron de golpe y sintió el ritmo alocado de su corazón, aunque con un breve e instintivo asentimiento de cabeza, logró ocultarlo. Makishima estaba sonriendo y percibía un extraño entusiasmo en sus labios, los cuales parecían querer gritar el motivo y pese a ello, no lo hacían. Finalmente, y haciendo un gran esfuerzo, Yashiro entró y cerró la puerta con suavidad, sintiendo las miradas posarse en ella. Cuando se dio la vuelta caminó hacia ellos y mantuvo cierta distancia. El silencio era casi morboso, pero entonces Toma soltó una suave risa y negó con la cabeza.

-¡Ah, Yashiro...! Me halaga que vengas a verme -exclamó el joven con un enérgico tono de voz.

Al principio, Yashiro se lo quedó mirando con una seriedad casi palpable. Le resultaba extraño que Makishima se encontrara allí, y algo en su interior le impidió acercarse más de lo necesario. Pudo distinguir la sinceridad en las palabras y se permitió sonreír de lado, ladeando la cabeza sin darle excesiva importancia al asunto. Toma se apartó del escritorio para encaminarse a Yashiro, y cuando estuvo frente a ella la rodeó con uno de sus brazos, mientras el otro lo dejaba en el bolsillo de su pantalón. Volvió a soltar una risa pausada que parecía simular seriedad, mientras apretaba el tacto sobre su hombro ligeramente. Una leve mueca de estupefacción se dibujó en los labios de Makishima.

-Veo que no soy la única -comentó Yashiro en un tono curioso.

Cuando le lanzó una mirada expectante al otro muchacho, este alzó el rostro lentamente como quien es descubierto. Toma pareció intuir la tensión que iba de a poco acrecentándose en ambos, puesto que la seriedad retornó a su rostro y se separó de Yashiro, aunque de mala gana. Toma ya le había mencionado algunas veces que la confundía con alguien que conocía desde hacía mucho tiempo, una sensación extraña que los unía a pesar de ser tan diferentes, como si hubieran estudiado juntos tiempo atrás y se volviesen a encontrar.

-Hasta hace un rato no se sabía nada de Ryoji Hashida, pero ahora… es famoso en todos lados. ¿Puedes creerlo? –apuntó Makishima.

Yashiro frunció el ceño clavando la mirada en el suelo, al imaginar una imagen del político siendo convertido en un altar, lleno de comentarios de adolescentes curiosos que lo tomaban como un chiste, o simplemente lo compartían para ganar más seguidores en sus distintos perfiles. Una completa locura, pero sucedía en realidad. Muchas noticias, de hecho, se volvían populares gracias a los chistes que se hacían sobre ellas. Había quienes no sabían cómo conversar si no era con un chiste o una imagen viral, y desafortunadamente aquello se expandía cada vez más como una epidemia; la epidemia del espectáculo.

-No me sorprende que se haya hecho tan viral –suspiró Yashiro cruzándose de brazos-. Cualquier persona se moriría de ganas por tomarle una foto. Hoy en día, hasta la muerte se convierte en un espectáculo. En un mundo donde la inseguridad es una ilusión, cuando la muerte llega para tocar la puerta lo único que recibe es sonrisas; pues se hace cada vez más difícil diferenciar entre lo que es real y lo que no, distinguir lo que se trata de una broma de lo que significa verdaderamente la muerte…

Podía ver las confusas miradas de las personas al pasar junto a dicho cadáver, creyendo, bajo su propia inocencia, que se trataba de un holograma de mal gusto. Podía sentir el mar de admiración en la mente de algunos, aquellos que se paraban a disfrutar la extravagante figura que se había dispuesto frente a sus ojos, mientras le sacaban fotos, boquiabiertos.

-Una selva en la que todos y cada uno de sus habitantes están ligados entre sí, fingiendo que todo está bien, cuando en realidad, tienen al peligro justo frente a sus narices. Un juego constante en el cual todos deben permanecer quietos e indiferentes respecto a las adversidades, si lo que desean es sobrevivir y no ser absorbidos por el peligro -corroboró Makishima, alzando la cabeza.

-El primero que se mueve, reaccionando a las barbaries, es arrastrado hacia la oscuridad -agregó Yashiro, ladeando la cabeza hacia un lado en un gesto de aprobación.

-¿Crees que al culpable le agrade? –inquirió Makishima colocando una mano en su cadera.

Yashiro giró su cabeza hacia él y durante varios segundos se mantuvo callada, pensando en la interrogante. Hallándose entonces frente a la deplorable figura contempló los alrededores, buscando motivos que podrían incitarla a quitarle la vida a un político, situándolo en el jardín de un restaurante. Podía deberse a infinidades de cosas, pero no importaba tanto la razón, puesto que en esos días era sencillo encontrar a un sospechoso, tan sólo había que rastrear su coeficiente de criminalidad por la zona donde fue cometido el crimen.

Todo se había vuelto tan fácil y espontáneo que la realidad a veces parecía una ilusión. Mientras que en la antigüedad los detectives tenían roles más relevantes, en la actualidad sólo bastaba con poseer cámaras de vigilancia que pudiesen registrar qué tan podrida estaba la mente de las personas. No se percató de que Toma la observaba con una extraña sonrisa en sus labios, como si la situación le resultara de lo más divertida.

-Si trabajó tanto con el cuerpo para transformarlo en una escultura orgánica y exhibirlo en la vía pública, es porque busca reconocimiento, dejar un mensaje. Aunque yo habría elegido un lugar más accesible, como, no sé… ¿una plaza? ¿en frente de la Oficina de Seguridad Pública? -musitó Yashiro, más para sí misma-. ¿Se imaginan la reacción de los medios?

Toma entornó los ojos lentamente, pero no dijo nada. Yashiro se dio cuenta de que era una de las pocas veces que se lo veía tan solemne. No era usual en él y de algún modo la sorprendió. Makishima entrecerró los ojos, asintiendo con la cabeza de una manera profunda. Yashiro, por su parte, recorrió el salón con un ritmo pacífico como si estuviera escuchando una melodía en su mente. Pasó su dedo índice por una de las mesas vacías, reflexionando sobre su propia conclusión.

Sus ojos se iluminaron cuando varias imágenes se agolparon en su mente, enseñándole la situación que había expuesto. Toma se inclinó levemente hacia adelante como si hubiera captado sus pensamientos, y durante un breve pero penetrante silencio, ambos se analizaron el uno al otro hasta que Toma decidió proseguir, negando con la cabeza y soltando un silbido. Makishima parecía más entretenido que nunca, y la sonrisa que dibujaban sus labios ejercía un ímpetu casi frenético.

-¿Qué tipo de mensaje? -esta vez era Toma quien preguntaba.

Yashiro captó la forma en que sus labios se quedaron entreabiertos, ya sea de la sorpresa o el ensimismamiento. Decidió cerrar los ojos por un momento y se vio a sí misma frente a la imponente figura. La estudió con suma delicadeza, tal pintor a su propia obra de arte. Como era tan pretenciosa y el orgullo recorría cada parte de su cuerpo, decidió colocarla en un jardín donde podía ser contemplada por muchos transeúntes, sin estos ser conscientes de la realidad. Era como burlarse de ellos por su ignorancia, pero también su inocencia. Sin embargo, allí no acababa todo.

El hombre que la había servido para saciar su orgullo debía tener algo que le llamara la atención. Recordó entonces lo que había visto tiempo atrás en las redes. El político que, con la ayuda del dinero, había logrado falsificar su coeficiente de criminalidad y por ello estuvo acusado de corrupción. Muchas personas lo habían criticado y hasta se crearon todo tipo de chismes sobre él, especialmente cuando esquivó las preguntas de los medios de comunicación diciendo que no recordaba nada.

-"¿Recuerdas ahora?" -pensó Yashiro en voz alta, con un tono de voz burlón.

Cuando volvió a abrir los ojos, se percató de que ambos la observaban con curiosidad y entusiasmo. Tenía la sensación de que no era casualidad que ambos se encontraran allí. Shibata Yukimori, el hombre bajo aquella identidad, no era una persona que se guiara por las emociones, los placeres. Caminaba sobre una línea que él mismo había diseñado, aunque desconocía su verdadera forma. Kozaburo Toma era todo lo contrario.

-¿Crees que fue víctima de una persona ordinaria? –preguntó Makishima.

Yashiro hizo una mueca de disgusto, dirigiéndole una mirada llena de indignación.

-Una persona ordinaria se limitaría a arrojarlo en un callejón oscuro y apestoso. Lo secuestraría para obtener dinero. Vendería sus órganos -hizo una pausa y volvió a caminar alrededor-. Para mí que esta persona es perfeccionista, con conocimientos en la cirugía y la química. No le interesa las cosas mundanas como el dinero.

Toma hizo un gesto de sorpresa con sus labios, exagerando lo dramático, e intercambió una mirada con Makishima abriendo más los ojos, mientras este le respondía frunciendo las cejas por un breve segundo. Luego regresó a Yashiro, y de pronto añadió:

-Con esa intuición, hasta podrías ser detective algún día.

Los ojos marrones de Toma estaban inmersos en ella, centelleando de una manera un tanto peculiar. Yashiro sonrió ante su tono bromista, a pesar de que el comentario se había afianzado a su mente como una venenosa enredadera, y tenía la mirada fija en la ventana. Toma pareció notarlo, puesto que arqueó una ceja ligeramente divertido.

-Si se te diera la oportunidad, ¿trabajarías para la Oficina de Seguridad Pública? -indagó él.

Yashiro se acercó unos pasos lentamente, absorta por el rumbo que había tomado la conversación, para fulminarlo con la mirada. Durante unos segundos, Toma se mantuvo inmóvil en la misma posición, sin pestañear, hasta que desistió ante la reacción de la joven y dejó escapar una sonrisa inocente y casi infantil, la cual hizo más visible el lunar de su mejilla. Yashiro suspiró como quien tiene la responsabilidad de tratar con un niño pequeño, y alzó la cabeza unos instantes.

-A veces, los cambios grandes surgen de los lugares más inesperados.

Toma ladeó la cabeza durante unos segundos, sus pupilas parecían haberse dilatado sutilmente y su cuerpo se enderezó unos centímetros. No lo notaba tenso, pero sí bastante sorprendido, quizá incluso entusiasmado. Makishima, en cambio, la observaba con una creciente oscuridad en sus ojos, como si no reconociera sus palabras y su voz. Y, entonces, Toma sucumbió ante el mar de carcajada que tanto había estado conteniendo en su garganta, llenando el silencio de un extraño frenesí que se le hacía a Yashiro indescriptible.